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Semana 52: Día 361: Un fondo de 20 km en Atenas

Finalmente hice mi último fondo antes de la gran carrera de mi vida. Lo hice en Atenas, donde todo comenzó.

En la capital griega hacen unos devastadores 33 grados, lo que obliga a tomar ciertas medidas: ropa cómoda y fresca, hidratación y lo que se pueda de sombra. Ante la sugerencia de mi amigo Antonios, el taxista que me trajo desde el aeropuerto, salí a las 6:30 de la mañana, cuando todavía es de noche.

Mi instinto me llevó a correr hacia la Acrópolis, porque era un lugar más o menos conocido para mí y porque podía darle vueltas hasta completar la distancia, sin miedo a perderme. Lo que no tuve en cuenta es que la mitad del recorrido es en subida. No hubo problema, estoy muy preparado de piernas para estos ascensos y la Espartatlón va a tener mucho desnivel, así que lo encaré con ganas.

Poco a poco fue saliendo el sol y las calles comenzaron a iluminarse. Le gané a todos los turistas, así que el recorrido estaba bastante despejado. Lentamente la ciudad iba despertando (algunos se iban a dormir), se baldeaban las veredas, se sacaban las mesitas a la calle y las panaderías empezaban a abrir. Me sentía como cuando corro por Buenos Aires, y voy notando a los que terminan su jornada y los que la empiezan.

Correr a la sombra del Partenón es un flash, se mire por donde se mire. Es imposible no pensar en toda la historia que está concentrada en ese lugar. Si en Ortona mi cabeza se llenaba de imágenes del pasado de mi familia, en Atenas era del pasado de la civilización occidental. Me iba imaginando a la Grecia antigua, la ciudad como era hace 2500 años, cuando tuvo lugar la batalla de Maratón, que dio origen a la leyenda de Filípides (y la Espartatlón), pero que además redefinió la historia. El mundo sería muy diferente si hubiesen ganado los persas. Es imposible decir si hubiese sido mejor o peor, pero sin lugar a dudas hoy hablaríamos otro idioma y la sociedad tendría costumbres muy diferentes.

Terminé mi fondo promediando las dos horas, por supuesto que absolutamente perdido respecto a dónde estaba mi departamento. Es que una cosa es comenzar el recorrido en la oscuridad de la noche y otra terminarlo a plena luz del día. Ubicarse en los mapas, aunque leo algo de griego, es realmente complicado. Pero estaba a 200 metros, solo me hizo falta orientarme un poco y caminar.

Ahora ya está. Me queda descansar, terminar de definir los alimentos y la bebida de la carrera, y madrugar el viernes a la mañana. Este es un lugar con mucha historia. Es hora de escribir mi propio capítulo.

Semana 51: Día 351: Último fondo de 50 km

Hoy corrí el que se va a convertir en el último fondo largo antes de viajar a Atenas y correr hasta Esparta. Curiosamente lo hice en un ritmo muy alto y no terminé cansado.

Varias veces mi nutricionista, Romina, me había recomendado la maca, producto que nunca podía encontrar en las dietéticas. Ayer, finalmente, compré una bolsa de medio kilo, jugada que podríamos considerar arriesgada, porque si no me gustaba me iba a sobrar demasiado. Pero me di cuenta que este energizante no tiene gusto, así que no pasó nada.

Me preparé una nueva receta de pinole, con la harina de maíz, agua, maca y miel. Es más rápido que procesar las pasas de uva y aparentemente tenía muchos más carbohidratos, algo que preocupaba a Romina. Como la idea era terminar antes de que empezara el entrenamiento con el Puma Running Team, no me quedó otra que acostarme lo más temprano posible (terminó siendo a las 10 de la noche), levantarme a las 3 de la mañana y salir a las 4.

Todavía estaba oscuro, pero para nada fresca. Salí con mi mochila, pasas, algo de pan, pinole y la FM Blue en los auriculares. Pasé junto a un boliche con gente esperando para entrar… lo que quiere decir que la noche estaba en pañales. Alcancé el primer bebedero al km 8, crucé el puente que está junto a la cancha de River Plate, y cuando estaba promediando los 10 kilómetros, tomé el primer pinole. Estaba muy pero muy empalagoso. Me quedó el recuerdo de que tenía que ponerle mucha miel para endulzar el té, así que a una botellita de medio litro le puse dos cucharadas soperas, y quizá fue demasiado. Me costó pasarlo, no soy muy amigo de lo dulce, pero lo hice porque era una de mis pocas fuentes de energía.

Llegué a provincia, pasé por la costanera de Vicente López, volví a tomar agua en un bebedero que estaba por el km 14, tomé Libertador, crucé por el frente de la Quinta de Olivos, doblé al pasar junto a la terminal del Tren de la Costa, llegué a Acassuso y ahí trepé la cuesta de Perú hasta llegar al Hipódromo de San Isidro, donde me esperaba Marcelo. Llevaba poco más de 22 kilómetros, y me tomé otro pinole. Hice un gran esfuerzo, porque me resultó intragable (y eso que mi fórmula anterior no es precisamente exquisita).

El plan era darle vueltas a ese gran circuito del Hipódromo hasta completar mi fondo de 50 y el de 30 de Marce. Además pude dejar la mochila en su auto y correr sin peso sobre la espalda. Aproveché el bebedero que están en Márquez y me acoplé al ritmo de mi compañero, que estaba más fresco que una lechuga. Yo llevaba bastantes kilómetros encima, pero me sentía bien.

Mi impresión es que esa fórmula de miel+maca es muy efectiva. Corrí a menos de 5 minutos el kilómetro, después de haber estado trotando más de dos horas, y me sentía fantástico. Cada dos vueltas, que dan unos metros más que 10 kilómetros, íbamos al auto, tomábamos o comíamos algo, y seguíamos. Pero después de mi tercer pinole dije basta. No podía seguir tomándolo, me revolvía el estómago. Como lo tomaba cada 10 kilómetros, para el 40 lo dejé de lado y me comí medio sándwich de tofu con el pan integral que hago yo mismo (lleva harina integral, semillas y pasas de uva).

Si bien tenía energía de sobra y si daba seis vueltas terminaba en 54 km, decidí cortar en 50 para no arriesgar nada y no exigirme más de lo que me había dicho Germán, mi entrenador. Terminé contento, con energía y la confirmación de que me quedaba mucho resto para seguir. Pero preferí guardarme para la carrera, en nada más que 13 días.

Cuando terminé empezaron a llegar los chicos del Puma Running Team, y yo oficié de fotógrafo. Seguramente las fotos salgan en el Facebook del grupo. Y mi única secuela de estos 50 km ha sido una ampolla en un dedo del pie… ¿por qué es SIEMPRE en el izquierdo?

Este fue mi último fondo, y por suerte terminé bien, muy entero y tranquilo. Me da mucha confianza para la Espartatlón, el último viernes de este mes…

Semana 50: Día 344: Un fondo bajo el diluvio

Se acerca la Espartatlón. Faltan poquísimos días y el entrenamiento entra en su etapa final. Poco me imaginaba que en el fondo de esta mañana me iba a enfrentar a un verdadero diluvio.

Dicen que la suerte no existe. Coincido en gran parte con este precepto: uno elige su propio destino. Pero no me quiero meter en el karma ni en si Dios juega a los dados con el universo. Hay una sola faceta en la vida diaria del corredor en donde influyen agentes externos que podríamos definir como suerte, y se trata del clima. El pronóstico del tiempo nos adelanta con bastante certeza lo que va a pasar en las próximas horas, pero uno igual se la juega sin tener el porvenir definido.

Yo ya sabía que iba a llover durante el viernes y el sábado, pero no tenía forma de saber a qué hora ni por cuánto tiempo. Cuando ayer fuimos a la acreditación de la media maratón parecía que se iba a caer el cielo, pero cuando salí de mi departamento casi que sale el sol, y no cayó una gota en todo el camino.

Estos últimos días del invierno del hemisferio sur no han sido muy fríos. Tuvimos alguna semana complicada, pero nada que ver a los 16 grados que hacía hoy. Me desperté a las 5 de la mañana para prepararme el desayuno y salir a entrenar. Me tocaba hacer un fondo antes de entrenar con los Puma Runners, y la distancia que separa mi casa de la base son unos 22 kilómetros, que puedo hacer en 1:45 hr, a veces en 2:00. Me pareció que podía hacer un poco más, así que calculé como para meter 30 kilómetros, y que después el entrenador decidiera.

No sentía frío, así que solo me puse unas calzas cortas, un pantalón, medias zapatillas (con las plantillas nuevas) y una remera. Era todo con lo que iba a salir, más algo de comida en los bolsillos. Pero empecé a dudar de si me iba a arreglar, después de todo quería llevarme un sándwich de tofu para después, más algo de ropa de recambio… así que después de dudar un poco, me calcé la mochila y ahí sí, salí.

No por mucho tiempo. Afuera empezaba a lloviznar. Apenitas. Subí nuevamente a mi departamento y me puse un rompevientos que es un poco impermeable. Dudé en llevarlo porque su impermeabilidad hace que también sea caluroso. Terminé saliendo poquitos minutos pasados de las 6 de la mañana. Aguanté el rompevientos unos 900 metros hasta que me lo saqué y lo guardé en la mochila. Cinco minutos después empezaba a llover. Y la lluvia se convirtió en aguacero. Y después en diluvio. Y después en baldazos de agua. Era como correr abajo de la ducha.

Por suerte (acá es donde entra este factor ajeno a nuestra influencia) no hacía calor, así que toda esa agua no me preocupaba. Fue inevitable volver unos años atrás, cuando ni siquiera me imaginaba que me iba a convertir en un corredor, y ver por la ventana del tren cómo un hombre entrenaba, solo, dando vueltas al Velódromo de Escalada bajo una lluvia torrencial. Hoy me convertí en ese hombre, el que enfrentaba a las fuerzas de la naturaleza en pos de entrenar. Dos automovilistas, en momentos diferentes, me tocaron bocina. Uno levantó su puño, en señal de apoyo. Me sentí, por un instante, un buen ejemplo.

Hice mi camino de siempre. Cuando corrí por debajo de la autopista, sentí un alivio especial porque salí por unos segundos de esa ducha incesante. Comí mi pan con semillas, mis pasas de uva, y en los bebederos tomaba agua, aunque casi que podía levantar la vista, abrir la boca y dejar que toda esa lluvia me hidratara.

En muchas partes tuve que hundir mis pies en el agua. Si no veía el suelo, bajaba la velocidad y caminaba dando zancadas largas. Por el bajo de Olivos, junto al tren de la costa, el camino estaba todo inundado. Sentí que juntaba información valiosa para darle al entrenador. Era obvio que no nos iba a convenir venir para ese lado.

Cuando finalmente uní Retiro con San Isidro llevaba esos 22 kilómetros que me imaginaba. Le di dos vueltas al Hipódromo y me detuve finalmente con esos 30 kilómetros que buscaba. Eran las 8:45 de la mañana, temprano todavía, ya que los Puma Runners se juntan a las 9. Aproveché esos minutos extra para elongar y comer otro poco de pan integral.

Ahí fue cuando miré el celular y vi que desde las 7:30 se había suspendido el entrenamiento (porque, claro, diluviaba). No hubiese tenido forma de verlo a tiempo, el mensaje cayó mientras yo llevaba como 15 kilómetros. Además, de haberlo visto, no hubiese hecho ese fondo, que me dejó bastante conforme. Así que vi el lado positivo de las cosas (otro fondo adentro), me abrigué y me fui a tomar el tren a casa. Toda mi ropa de recambio estaba empapada, pero al menos era manga larga (y no hacía frío).

Las seis cuadras que separan la terminal de tren de Retiro y mi departamento se me hicieron largas. Fue el único momento en que sentí frío, y temblaba como una hoja. Pero al llegar a casa y sacarme toda la ropa mojada pude sentir el placer de ponerme unas medias secas, además del orgullo de haber enfrentado yo a las fuerzas de la naturaleza… y no haberme arrepentido.

Semana 49: Día 339: 288,85 km en un mes

Depende de quién lo mire, podría decirse que durante agosto corrí mucho, o muy poco… yo prefiero decir que fue “lo justo”.

El tema de las distancias de entrenamientos en un mismo mes es algo que te puede hacer perder toda tu confianza si te comparás con otros corredores. Hoy vi a un compatriota decir que en este mismo período había corrido más de 700 kilómetros. Y me pregunto… ¿cuánta diferencia hace?

Yo combiné fondos largos (50 a 70 km) con trabajos de piernas y técnica. Disfruto mucho correr y me encantaría hacer 200 km semanales, pero no encontraría el tiempo y va en contra de lo que dice mi entrenador. Preferí seguir su plan (que mal no me está yendo) y descansar mucho.

Siento que la autoconfianza es clave para llegar a la meta. Se supone que si llego a Esparta voy a sumar en un día y medio 246 km, lo que me podría dar uno de los meses con mayor distancia en el cuentakilómetros.

No me falta nada a nivel físico. Corrí 120 km en julio y sentí que podía seguir. Me recupero rápido después de estos fondos y me acostumbré a correr con dolor (metatarso, tobillos, ampollas). Lo físico está, no es lo que otros corredores hacen, pero dudo que exista una fórmula que sirva para todos. Antes estaba convencido de que no podía correr una maratón sin tomar un gel cada 8 kilómetros, y ahora corro 50 km con pan y pasas de uva en los bolsillos. Cualquiera estaría en derecho de decir que estoy loco, pero a mí me funciona.

Depende de qué decida mi entrenador, pueden quedarme uno o dos fondos antes de la carrera. Supongo que todos en Buenos Aires.

El fin de semana corro la media maratón de la Ciudad, donde voy a acompañar a dos debutantes. Me va a ayudar a relajarme y a volverme a conectar con el que era cuando empecé. Lo mejor que uno puede hacer, como atleta y también como persona, es no preocuparnos por lo que falta, sino mirar hacia atrás para valorar lo lejos que hemos llegado.

Semana 49: Día 338: Otro fondo de 50 km

 En este último día de agosto hice un fondo de 50 km, siempre definido a último momento (como la vida misma). Estaba la duda de si correría 70, pero Germán estableció esa distancia, en medio de un fin de semana de trabajo y venta de pilas de cómics viejos.

Tengo algunas molestias en los pies que me preocupan un poco. No demasiado, lo suficiente como para prestarle atención y pensar alternativas. Creo que tiene que ver con el calzado y las plantillas, que las estoy por cambiar. Por las dudas, tomé un par de zapatillas más viejas pero más resistentes, a ver si cambiaba en algo. No cambió en nada.

Salí a las 6 de la mañana, apostando cumplir todo en 5 horas y estar a las 11 en casa, porque recibía gente que se venía a llevar cajas y cajas de historietas. Por suerte estamos golpeando las puertas de la primavera, así que el clima era ideal. Ni muy frío, ni muy caluroso, como para estar en remera y pantalón corto.

El calzado que llevé, mis viejas Puma Nightfox, me resultaron más cómodas que las Faas 500 (el problema es que es un modelo discontinuado). Las sentí más estables, aunque las molestias en el metatarso y en el tobillo izquierdo (cuando realizo ciertos movimientos poco habituales) siguieron estando. Me relajé todo lo que pude y corrí, que es lo que mejor me sale.

De nuevo decidí experimentar un poco con los límites y no llevarme mochila ni pinole. Quería tener el menor peso posible en la espalda. Llené mis bolsillos con pasas de uva y pan integral, y en el cinto hidratador metí dos caramañolas de agua que sumaban 500 cc. La idea era ir parando en algunas canillas y bebederos, teniendo esa ración encima como soporte. La vez pasada me había funcionado, y por suerte esta vez no fue la excepción.

Me gusta mucho salir en ese horario porque hay poquísima gente en la calle y se puede correr tranquilo. Nunca faltan los que vuelven muy alegres de bailar. Esta vez me gritaron “¡Vamos, Rocky!”, y debo confesar que es una bocanada de aire fresco que no te griten Forrest Gump.

Con el correr de las horas, mientras se hizo de día, las calles se fueron llenando de corredores y de gente que paseaba sus perros demasiado abrigados (ellos, no los perros). En la costanera de Vicente López estaban armando las estructuras de la Carrera Sustentable de Makro, 8 km que temí me entorpecieran mi entrenamiento a la vuelta. Nada me hubiese gustado más que la liberación del puente que desemboca en la cancha de River, pero la distancia no iba a llevar ese evento tan lejos. Una pena.

Esta vez hice un tiempo mayor que el fin de semana. No me sentía particularmente cansado, pero estas molestias en el pie izquierdo hacen que pise mal, y empecé a sentir un entumecimiento, como si estuviese a punto de acalambrarme. A eso se le sumó una ampolla en el dedo anular (¿se le dice así aunque no lleve anillo con la frecuencia de la mano?). Más el tobillo, se generaba una masa de tensión, así que me concentré en pisar “normal”, relajado, y no tensionarme. Fue lo más difícil de este fondo (así que podríamos decir que no fue tan complicado).

Volviendo desde San Isidro pasé por la Carrera Sustentable, pero como había empezado hacía 40 minutos, no pude mezclarme con la gente. Solo estaban los que caminaban la participativa, y vi correr a toda velocidad al cuarto de la general.

Todo venía según lo planeado, hasta que faltando 5 kilómetros sentí un dolor punzante en esa ampolla del dedo anular del pie izquierdo. Fue como si se reventase y mandara shocks de electricidad hasta el centro del cerebro. Empecé a preguntarme si necesitaba los dedos de los pies para correr, y si existía la posibilidad de cortármelos de una vez por todas. Sé de ultramaratonisas que se sacan las uñas porque igual se les van a caer… así que, ¿por qué no?

Decidí tomar un camino menos drástico y no parar. Sé por experiencia que uno se acostumbra al dolor. Frenar, por el contrario, hace que la molestia cese, y cuando quiero arrancar es mucho peor. Tuve, sin embargo, dos semáforos en rojo que me obligaron a detener la marcha, mientras insultaba al sistema automatizado del tránsito. En todo el recorrido frenaba para tomar agua, y ahora me tomé mis caramañolas trotando, volcándome un poco el líquido por la cara. Era preferible a parar.

Terminé el fondo en la esquina de mi casa, en 4:50 aproximadamente. Un ritmo muy bueno para el Espartatlón (sobre todo considerando las veces que paré y me tomé todo el tiempo del mundo para ir al baño y esas cosas). En la puerta del departamento me esperaban los muchachos que venían por las cajas de cómics, 10 minutos antes de lo previsto. Disimulé mi paso dolorido por la ampolla, les pedí disculpas por recibirlos todo transpirado, y pasé a recibirlos en mi departamento. Mi fondo había terminado.

Semana 48: día 333: Un fondo de 50 km

Bueno, en el entrenamiento de ayer no hice nada para estar descansado para hoy… así que me levanté a las 5:30 de la mañana, desayuné, preparé la ropa, mi comida y salí. Afuera me esperaba el frío más áspero del año.

Decidí seguir experimentando los límites. No por el clima, sino por la comida y lo que iba a llevar encima. El último fondo largo que hice, de 70 km, fue en día domingo y estuve solo, así que cargué con mi mochila todo lo que iba a consumir. El circuito que me armé contempla varias canillas y fuentes, así que el tema del agua estaba algo cubierta… solo llegué una botella con agua, que después iba reponiendo. Después me hice dos botellitas de pinole, y como intento solo usar envases de vidrio, el peso en mi espalda iba en aumento. También llevé pasas de uva, galletas de arroz y fainá. Hoy quise hacer todo lo contrario.

En lugar de llevar mochila me puse unos pantalones cortos con bolsillos con cierre. En uno puse cuatro rodajas de pan integral con mix de semillas. En el otro un montón de pasas. También me puse el cinto hidratador, el cual contenía el celular, las llaves, algo de dinero y… dos caramañolas (¡de plástico!) con 250 cc de agua cada una.

El plan fue ir hasta los bebederos, con mi propia hidratación como backup si entre canilla y canilla no llegaba. Y con una remera térmica de manga larga, guantes y un buff en la cabeza y otro en el cuello, salí. El frío se sentía: 4,5 grados de sensación térmica, gracias al viento que hacía. Pero con lo que llevaba de abrigo, y habiendo entrado en calor, no lo sufrí en absoluto.

Salí a las 6:15 de la mañana, con el objetivo de estar a las 11 de regreso, ya que venía gente a buscar cosas que había vendido. Hice mi recorrido habitual de Figueroa Alcorta, Costanera de Vicente López, el bajo de Martínez, y por San Isidro, en una canilla ubicada estratégicamente, pegué la vuelta. Evidentemente el no llevar mochila me ayudó, porque hice bastante rápido. Recorrí esos primeros 25 km en 2 horas 8 minutos. Nunca pasé sed, y cada 10 km, en lugar de tomar mi clásico pinole, me comía una rebanada de pan. Cada tanto masticaba unas 5 pasas de uva.

Cuando salió el sol la temperatura subió… dos décimas. Tuve 4,7 grados de térmica y recién en el centro porteño empecé a sentir verdadero calor por el abrigo que llevaba. Me saqué los guantes un momento, pero en ciertas avenidas se formaban unos túneles de viento que en un instante me congelaban las manos, así que decidí abrigarme y aguantarme hasta llegar a casa.

La vuelta no fue tan rápida como la ida, además de que empecé a sentir molestias en el metatarso y el tobillo izquierdo. Definitivamente ese es mi pie malo. No llegaba a ser un dolor que me hiciera sentir en riesgo, pero creo que modificó un poco mi pisada, porque se me contracturó el hombro del mismo lado. Me resultó tan raro, siendo que no llevaba mochila… pero faltando uno o dos kilómetros me empezó a molestar, a la altura del homóplato… y bueno, como todo, aguanté hasta llegar.

Terminé en 4 horas con 34 minutos. Como dije, la segunda mitad más lenta que la primera, pero así y todo debe haber sido uno de mis fondos de 50 km más rápidos. Creo que mis molestias son señal de que tengo que cambiar mis plantillas y mi calzado… estoy en eso, pero hasta que me lleguen no puedo correr descalzo…

El próximo fin de semana correría 70 km, y quizá sea mi último fondo largo hasta la carrera, porque en tres semanas se viene el viaje… y con cada día que pasa, entrenar se vuelve más complicado. Igual todavía sigo disfrutando de estos enormes esfuerzos, y me siento muy confiado para Grecia…

Semana 47: Día 324: Un nuevo fondo de 70 km

Como comentaba en el último post, se suponía que en la madrugada del sábado tenía que hacer un fondo de 70 km como parte de mi preparación para la Espartatlón… y me quedé dormido.

El tema es que quería empalmar con el entrenamiento de los Puma Runners a las 9 de la mañana, en San Isidro, así que tenía que salir a las 4 de casa. El despertador sonó 3:30, y no me desperté hasta pasadas las 6:30. Así que ayer entrené, como de costumbre, hice un fondo de 15 km con el resto del grupo, y volví a casa, decidido a obtener la revancha.

Esta vez me fui a acostar a una hora prudencial. Al no tener que sumarme al entrenamiento de nadie, tenía más flexibilidad horaria. Me desperté a las 4:30 y a las 5:15 estaba afuera, listo para empezar. Mi reloj Suunto está reparado, así que pude poner el GPS sin problema. Afuera no hacía frío, así que salí.

Tengo todavía algunas molestias en los tobillos. Lo siento cuando hago un pique o algún movimiento explosivo. Si troto tranquilo no pasa nada.

Mi idea era ir a Tigre y volver, pero en el camino decidí improvisar. Pasé por los distintos puntos con bebederos e iba racionando el pinole, la fainá y las galletas de arroz. Cuando estaba en Acassuso, en lugar de seguir derecho hasta la ciudad costera de Tigre, decidí subir por Perú y darle una vuelta al Hipódromo. No tenía idea de cuánto me iba a desviar del camino pensado, pero quería variar ese trayecto tan recorrido. Como distracción me vino bien, además de que sumé el bebedero que hay sobre Fleming y la posibilidad de usar el baño que está en Márquez y Centenario, en una terminal de colectivos.

No me sentía al 100%… quizás al 70%. Si bien el fondo del sábado no había sido muy exigente, sumaba. Además estoy acostumbrado a dejar la mochila cuando me junto con los chicos del grupo, y esta vez sabía que la tenía que llevar sobre los hombros hasta terminar. No estaba particularmente cansado, pero empecé a sentir dolores en los pies, y ya empiezo a sospechar que es por las zapatillas. Además de los tobillos, los dedos chiquitos se me ampollan siempre, y el metatarso izquierdo empezó a molestar nuevamente.

En el km 35, a la altura de San Fernando, pegué media vuelta y volví sobre mis pasos. Me di cuenta que me estaba cansando porque las pausas para tomar eran cada vez más largas, y caminaba bastante antes de empezar a trotar. Estuve a punto de preocuparme por esto, pero me di cuenta que estaba sosteniendo un ritmo demasiado alto para la Espartatlón. Seguramente en la carrera tuviese que hacer pausas como esas y correr más lento. Además voy a hacerla más descansado y sin estar trotando el día anterior.

El sol salió pasadas las 7 de la mañana y me pegó en la cara todo el día. Subestimé este hecho. Ya en el km 50 había pasado una marca, que era la de entrenar en calle con la mochila puesta. A esa altura ya me había desquitado de las cosas porque tenía compañía. Estaba, además, haciendo uno de los fondos más largos sin asistencia.

Hacia el km 60 estaba literalmente cansado y con ganas de llegar a casa. Decidí tomármelo con calma. Nadie me apuraba y no tenía sentido exigirme, así que paré a tomar cada vez que sentí deseos de hacerlo y aproveché esos cortes para caminar un poco. El último tramo, de 7,5 km, los hice a puro huevo, sin frenar. A pesar de que en algún momento sentí que iba demasiado lento o que estaba parando por demás, terminé los 70 km en 6 horas 53 minutos, lo cual no está nada mal. Creo que debería relajarme más.

Esta distancia va a ser la máxima que haga antes de la carrera. A lo sumo repetiré un fondo similar. Me gustaría hacerlo con un modelo nuevo de zapatillas. Todavía necesito encontrar el calzado que voy a usar en toda la Espartatlón…

Semana 47: Día 323: El fondo que no fue

Hoy tenía que levantarme a las 3:30 de la mañana a correr un fondo de 70 km. En realidad era ir hasta Tigre, volver al Hipódromo de San Isidro y completar lo que faltaba con mis compañeros de Puma Runners. Me hice pinole, fainá, me preparé la ropa, la vaselina, la cinta… y me quedé dormido.

En realidad, nunca me desperté. El celular sonó y siguió sonando, aparentemente. Yo abrí los ojos, vi que era de noche, y asumí que, nuevamente, me había despertado antes de que sonara la alarma. Pero eran las 6:38 de la mañana. Y sí, la musiquita que siempre me despierta sonaba cada 5 minutos… todavía.

Supongo que estuve durmiendo mal en la semana, e intenté despertarme tras 4 horas de sueño. Mi cuerpo no lo toleró. Al fin quedó demostrado: soy humano.

Igual fui a entrenar con los chicos del grupo, un poco avergonzado (no saben las cosas de las que me acusaron que me quedé haciendo a la noche). En definitiva, el fondo largo no lo quise perder, así que estoy nuevamente yéndome a dormir, con todo preparado, y apelando a que voy a correr los 70 km sin importar el horario. Lo cierto es que ya el reloj no me corre, así que si me vuelvo a quedar dormido, dispondré de las siguientes 7 horas para correr, termine a la hora que termine.

Así me reencauso en la Espartatlón, para la que faltan nada más que 40 días. Cuando llegue y me bañe, tendré que ponerme a catalogar los miles de cómics que me traje de mi casa materna y que pienso reventar estos días… pero bueno, primero me tengo que ir a dormir. Hasta mañana.

Semana 46: Día 321: Próximo fondo largo de 70 km

Este sábado me toca nuevamente un fondo de 70 km. Es probablemente la distancia máxima que haga de acá a la Espartatlón. Es increíble cómo en otras épocas esta distancia me parecía imposible, y ahora es simplemente un entrenamiento.

Quizá la distancia varíe. Voy a correr hasta Tigre y volver al Hipódromo, como para estar a las 9 de la mañana en San Isidro y engancharme con el entrenamiento de los Puma Runners. Eso me va a dar 50 km y supongo que ellos harán 20 km, o quedaré como un mentiroso.

Toda esta joda me obliga a salir de casa a las 4 de la mañana. Si tengo todo preparado de la noche anterior (pinole, ropa, etc) me podría levantar 3:30, desayunar y salir. Pero siempre me atraso. Como sea, voy a salir de noche y estaré las siguientes 5 horas solo, la calle y yo. Y algunos que salen de bailar, también.

Estos fondos voy a hacerlos sin música. En parte porque se me volvieron a romper los auriculares que me compré (los hacen muy frágiles a propósito), pero también porque no me quiero desacostumbrar a estar únicamente en compañía de mis pensamientos, tal como va a ser en la Espartatlón donde está prohibido correr con reproductores de música. Creo que es necesario tomar noción del tiempo y apropiarse de esa sensación. Si no, la perspectiva de correr una ultramaratón de 246 km te destruye mentalmente.

Haré lo posible por descansar, pero ya siento la presión del viaje, de las cosas que tengo que dejar listas antes de salir… posiblemente el vuelo de ida a Roma, el 17 de septiembre, sea lo primero que descanse como se debe. Me encanta viajar, es algo que me motiva muchísimo, pero a la vez me estresa horriblemente, y siempre que me voy me siento en falta por algo que no pude resolver antes de viajar. ¿Será esta aventura en Grecia la excepción? Lo dudo.

El tobillo no me está molestando tanto como antes, así que tengo la esperanza de que en este fondo no va a ser un problema. Correr tranquilo nunca me molestó, pero superar las 5 horas de pavimento es exigente para cualquier cuerpo, dolorido o no. Me enteraré de todo el sábado a la madrugada.

Semana 43: Día 297: Sigo en pie

Después de haber corrido 120 kilómetros, reconozco que me resultaba muy trabajoso caminar. Hacerlo lo hacía, pero no sin mucho esfuerzo y resistiendo el dolor. Me fui a dormir con un fuerte dolor de piernas… y me desperté once horas y media después casi como nuevo.

Nunca voy a dejar de sorprenderme cómo se adapta nuestro cuerpo. Antes me tomaba cuatro días dejar de sentir dolor en los cuádricep después de completar una maratón, ahora solo necesito una noche de buen sueño para reponerme de casi tres maratones consecutivas.

Hay molestias que siguen. El metatarso izquierdo, que no me complicó mientras corría, hoy pica un poco. El tobillo derecho también se queja. Pero es casi lo único. Hay un poco de contractura en la espalda, que por suerte ya se está yendo. Me pregunto qué procesos están ocurriendo en mi interior que no percibo ni veo. ¿Estará mi hígado recuperado? ¿Habrá vuelto la sangre a sus valores normales? ¿Seguiré en estado de alerta, con niveles elevados de endorfinas y adrenalina?

Hoy estoy yendo a entrenar. No creo que participe demasiado. Quizá con trabajo en el suelo, algo de abdominales, después de una entrada en calor tranquila.

También estoy para volver al gimnasio, si logro además acomodar la agenda. Pero me siento bien, cerca de recuperarme del todo, y eso renueva mi confianza en que puedo terminar la Espartatlón. Es cuestión de no aflojar y seguir avanzando.

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