Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 7

Semana 8: Día 50: Reconociendo a los corredores

En días calurosos como el de hoy, quizá vea a esta nueva tribu urbana conocida como los “corredores”. Es importante saber identificarlos (para que no se lo lleven puesto), así que aquí les presentamos una breve pero intensiva guía.
Si bien hay corredores de todas las formas y colores, suelen reproducirse en épocas de calor intenso. El pico máximo es cerca de su período de migración, cuando viajan en oleadas al mar. En los meses previos (no más de dos) los puede ver corriendo de aquí para allá, sudando y sin aliento. Esta especie prácticamente desaparece en el invierno, y la combinación frío + lluvia ha demostrado ser fatal para ellos.
La forma típica de reconocerlos es por su vestimenta. Todos llevan zapatillas, pantalón corto y remera, la que puede tener mangas o ser del tipo musculosa. Los corredores de edad más avanzada parecen haber perdido el interés por vestir ropas sofisticadas o de marca, y corren con espantosas remeras desgastadas de nylon o de algodón. Los más jóvenes usan remeras transpirables y sus atuendos son en vivos colores flúo.
Los corredores aman correr, y por oposición odian detenerse. Bufan en los semáforos, bufan cuando una madre con un carrito se pone en su camino, y bufan cuando un automóvil les corta el paso. El sonido es más o menos así: “buf”. Si ve a uno que corre hacia usted, no se preocupe. No intenta alcanzarle o robarle la billetera, simplemente no lo sabe pero se ha puesto en su camino. Le sugerimos que dé un paso al costado para que no le bufen. Los corredores generalmente tienen buena vista periférica y en profundidad, por lo que y saben esquivar obstáculos. Si usted está de espaldas no se asuste, van a esquivarlo. Si está de frente intente siempre correrse para que le rebasen por su izquierda. Los corredores están acostumbrados a mantener su derecha.
Debido a su actividad física, es posible que esta tribu urbana despida un olor fuerte y a veces hasta nauseabundo. No sirve para atraer ejemplares de distinto sexo (tampoco del mismo), como tampoco es útil para repeler a sus depredadores. La ciencia aún no ha dictaminado para qué sirve esta baranda, pero se cree que es peor en el sexo masculino que en el femenino.
Hablando de los rituales de apareamiento, los machos detestan correr más lento que las hembras, por lo que siempre intentarán pasarlas (no sin antes mirar fijamente el trasero de las corredoras). Gran parte de los corredores machos, ante una presencia femenina, se demuestran más ágiles y menos perezosos que cuando están solos o en compañía de otros hombres.
No intente alimentar ni darle de beber a los corredores. Primero, como vienen corriendo probablemente se terminen chocando y se produzca un horrible accidente. Segundo, su alimentación es muy compleja y se balancea entre los vegetales u otros productos con bajo contenido de grasa y el asado y las medialunas. El agua es su bebida predilecta, pero no siempre la beben. A veces se la tiran en la cabeza ya que su cuerpo es incapaz de controlar su temperatura interna.
No importa cuál sea su idioma, entre ellos se comunican con términos anglosajones como “runner”, “dry fit”, “finisher” y “camel”. Sin embargo, tienen una frase que la repiten mucho, en cualquier idioma, y que traducida al castellano vendría a ser algo así como “Hoy es un día hermoso para correr”.

Semana 7: Día 49: El mejor momento de tu vida

Hay gente que se obsesiona con el pasado. Todos cometemos errores, es casi el requisito para aprender. Algunos pueden ver más allá de eso, incorporar alguna lección, y seguir con su vida. Otros experimentan una cosa espantosa llamada resentimiento, y se aferran a lo que pasó. Invitan al rencor a vivir adentro de su cabeza.
Los norteamericanos tienen un muy buen dicho que dice que el pasto del vecino siempre es más verde. Esta afirmación sobre la perspectiva equivocada de cada uno se puede extrapolar a esa mitificación que se tiene del pasado, y podríamos decir que en nuestros recuerdos el pasto siempre fue más verde. Los programas de televisión eran mejores, los jóvenes no eran tan ridículos. Comparen lo que sea, al parecer el paso del tiempo hace que cualquier cosa mejore exponencialmente.
Cierta vez hablaba con un hombre que me doblaba la edad. Estábamos discutiendo sobre la escuela secundaria y me dijo que esa había sido la mejor época de su vida. Tenía un brillo en los ojos especial, como si fuese algo hermoso que ya pasó. Seguramente no era la intención de esta persona, pero su afirmación me dio una mezcla de pena y espanto. La adolescencia es una etapa a la que es imposible volver. No se puede. Vamos cambiando, no somos los mismos, y seguramente eso es lo que se añora: algo inalcanzable.
También hay gente que se obsesiona con el futuro. Todo es una promesa de que las cosas van a mejorar, de que la salvación está en la espera. Es típico de la ansiedad infantil, el esperar a que lleguen las 12 para abrir los regalos. Algunos dejan esto en la niñez, otros lo acarrean toda la vida.
De chico soñaba con el futuro. El año 2000 era algo mágico, me preguntaba cómo iba a ser. Según mis cuentas, cuando llegara yo iba a tener 23 años, que en ese momento me parecía un montón. Iba a ser un adulto. ¿Y cómo iba a llegar a eso? ¿Iba a ser como en “Quisiera ser grande”, que un día te despertás y te encontrás que estás en el cuerpo de un adulto? Quizá vivir en el mañana me resulte un poco más optimista que en el ayer.
Nada de lo que escribo es en tono peyorativo, simplemente que algunos tienen su cabeza en el pasado y otros en el mañana. Así como están los que tenían un pasto más verde en tiempos pasados, también existen los que creen que lo tendrán a futuro. A ambos los une el inconformismo con su jardín actual. Tampoco creo que seamos una cosa o la otra. Me puse de ejemplo porque en distintas etapas de mi vida sentí que todo tiempo pasado era mejor. Vivía de viejas glorias y me atormentaban viejos fracasos.
Pero también me enfrasqué en planificar, en la ansiedad y la promesa del cambio. Fueron dos etapas parecidas y a la vez opuestas. Quizá el gran punto en común que tienen es que ambas actitudes me impedían disfrutar del presente. Yo no podría decir exactamente cuándo hice el click. Empecé a correr ansiando tener nuevamente el físico delgado de mis años de juventud. No pasó, pero me había convencido de que mi mejor yo se encontraba en el pasado. Después me hice la idea de que para ser feliz tenía que realizarme laboralmente y tener una familia. Casarme y tener hijos se convirtió en la promesa de que mi vida iba a tener sentido. Y en todos los casos me olvidaba de vivir el hoy.
No encontré la felicidad, pero hoy siento que soy mi mejor versión. No añoro lo que pasó, de hecho no pienso demasiado en el pasado. No reniego de dónde vengo, pero tampoco tengo una fijación con eso. Tampoco creo que lo mejor está por venir. En algún momento del camino empecé a disfrutar del presente. Me tranquiliza mucho pensar en esto, y no en que mi adolescencia fue el momento más feliz de mi vida. Mi momento es ahora, todo está en orden, me siento en control de mi vida, y seguro que correr y hacer un cambio en mi rutina me ayudó a hacer un cambio de actitud. Sigo teniendo problemas, hay días en que las cosas no me cierran, y añoro el pasado o sueño con el futuro. Pero solo un ratito. Es muy probable que si me cruzan por la calle me estén viendo en el mejor momento de mi vida.

Semana 7: Día 47: Cumpleaños LionX

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¿Qué son los LionX? Son un grupo de entrenamiento creado por Germán De Gregori en 1995. Es donde empecé a entrenar en manada hace poco más de cinco años, una experiencia que, sin exagerar, me cambió la vida. Y hoy mismo, los LionX cumplen 18 años.
Con el tiempo nos convertimos en running team de Puma y empezamos a entrenar todos con la misma remera. Para mí fue una reivindicación de uno de los pirineos grupos de corredores (no me animo a decir “de Buenos Aires” por si exagero, pero fue el primero en establecerse en los lagos de Palermo, algo que hoy es un lugar común).
Hoy festejamos este aniversario LionX entrenando y después con una cena donde todos olvidarán que se están cuidando con las comida. Pero además va a ser una reunión entre amigos, que nunca van a querer que esto se termine.
A fin de año, puntualmente el 14 de diciembre, vamos a cerrar 2013 en la Demolition Race de Pinamar. Serán 8 kilómetros de barro, obstáculos y trabajo en equipo. Lo que nos depare el futuro… nadie lo sabe. Portero

Semana 7: Día 46: Cocinero por necesidad

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Dicen que la necesidad es la madre de todos los inventos. Quizá no se aplique del todo al tópico que voy a tratar hoy, pero sin dudas está relacionado.
Como ya saben quienes siguen este blog, yo soy pobre. Para la AFIP no tengo capacidad de ahorro, entonces me voy a Europa de la única forma posible: endeudándome. Como mi banco es la única entidad que aceptaría a alguien como yo como cliente, no me queda otra que ir a rogarles que me aumenten el límite de la tarjeta de crédito, y bajezas similares. Mis papás han sido de inmensa ayuda, prestándome plata que se las devolveré en los próximos meses (cosa que mi Banco también podría hacer). No pienso ser pobre toda la vida, de hecho he decidido que este es mi último año. Pero mientras tanto, me las tengo que apañar.
No estoy tan ahogado como lo hago parecer. Me hice un excel con todas las entradas de dinero y las deudas. Al ser autónomo, no tengo una entrada fija, sino varias fluctuantes, a veces imprevistas. Con motivos del viaje, vendí mi compu vieja, algunos muñecos que guardaba desde hacía tiempo, y así fui pagando todo. Sumándole honorarios de diseño, cancelé deudas de monotributo, obra social, teléfono, expensas, y la bendita tarjeta de crédito, que comprando pasajes y hospedaje más que plástico la hice de goma.
Y eso me lleva a la cuestión de los gastos que no son “deudas”. Por ejemplo, comer. Ahí me di cuenta de una actitud muy necia que venía arrastrando. Por un lado fue una suerte que me fui guardando alimentos no perecederos, pero como eran cosas que no me tentaban demasiado, ahí quedaban, apartadas. Entonces iba al chino vegetariano y me armaba el menú del día, o me compraba milanesas de soja y las metía en el horno eléctrico (con su maravilloso timer) para almorzar y cenar. Los fideos y arroces quedaban bien guardados.
Cuando decidí ajustarme este mes, me di cuenta de que tenía suficientes alimentos para tirar lo que me queda antes de viajar. Algunos los había descartado por no ser “integrales”, en un intento de comer más sano. Pero seguía siendo comida, y ciertamente no me iba a matar. Empecé haciéndome arroz blanco y fideos hechos con harinas blancas. Por suerte siempre tengo una bandeja de verduras picadas en el freezer, gracias a que en las Ferias se consiguen por precios hasta la mitad que en supermercados. Después pasé a esos alimentos que nunca entendí por qué había comprado, como lentejas secas. Tenía una bolsa que sentía que no iba a cocinar jamás. Entonces pensé “Es comida, muy nutritiva, y cuando la como de una lata me encanta”. Yo soy de leer las instrucciones de cualquier cosa al pie de la letra, así que me armé de valor y dije “voy a cocinar lentejones”.
El proceso no fue sencillo. Primero tuve que “lavarlas con abundante agua”, y como me encanta hacer lo que dice el paquete, me parecía algo imposible. ¿Le paso un cepillito a cada una? ¿Las tengo que frotar, revolver, sacudir? Pero ni de lejos era lo más complicado. Eso de dejarlos en remojo la noche anterior es algo que me desquicia. Entiendo que no se puede cocinar todo mágicamente como cuando rehidrataban las pizzas en Volver al Futuro 2. Pero bueno, esta era la oportunidad de probarlo. Al mediodía siguiente, escurrí las lentejas y las puse a hervir, supuestamente media hora. ¡Media hora! Todo un ritual. Pero no llegué a este punto. Distraído con otra cosa (no me iba a quedar mirando la olla todo el día), de pronto hizo una espuma marrón que desbordó. Aunque todavía tenía agua, los probé y estaban muy tiernos. Probablemente hayan sido las lentejas más ricas que probé en mi vida. Obviamente que hice todo el paquete, y comí esto por tres o cuatro días seguidos.
Con esta experiencia positiva, pasé a hacer milanesas de soja. Claro que no me puse a moler los porotos para fabricar harina y quién sabe qué otro proceso. Todo era bastante sencillo; tomar la mezcla, ponerle agua, embadurnarse un poco las manos (algo a lo que nunca me acostumbré) y después pasarlas por el rebozador. Las frizé y esa noche cociné un par… ¡exquisitas! Nada se compara a comer la comida hecha con esfuerzo por uno mismo.
Entusiasmado por esta veta del “slow food”, decidí invertir un poco y comprar harina integral, levadura y semillas. Decidí hacer pan, ya que siempre me hago sándwiches para después del entrenamiento. Acá no había paquete con instrucciones, sino la world wide web con miles de variantes. Cuando me recuperé del pánico por la cantidad de recetas y sus variantes, encontré una fácil y me puse a amasar. Fue un enchastre, el pan me quedó con poca sal y sospecho que no levó todo lo que debía… ¡pero estaba muy bueno! Y es toda una tranquilidad comer sabiendo exactamente qué ingredientes estoy consumiendo.
Me di cuenta que en estos 15 días realmente cociné, sin fracasar en el intento. Incluso hice arroz yamaní (también me saqué cuando leí que lo tenía que lavar primero), y sigo bajando mi stock de alimentos en la alacena. Probablemente si no fuera por estos gastos extra que estoy haciendo con motivo del inminente viaje, nunca me hubiese animado a cocinar de verdad. Siempre estoy con los minutos contados, queriendo comer rápido. Encontré la excusa para reconciliarme con la cocina, y de nuevo reivindico mi escueta máxima que dice “Si yo lo pude hacer, cualquiera puede”.

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Semana 7: Día 45: El running y otras adicciones

Drogas. La sola palabra intimida. A menos que te gusten las drogas, por lo que la sola palabra tienta.
No he sido un gran consumidor de sustancias ilegales, algo que a esta altura no va a depender a nadie. No puedo decir que fumé crack como el alcalde de Toronto ni que tuve una “intoxicación alimenticia” como Justin Bieber. Pero sí probé marihuana, puntualmente la primera vez que estuve en Barcelona. Mi impresión fue como emborracharme en un instante. Pero no me volví adicto a esa sensación. Entiendo a los que no pueden dejar el alcohol, el cigarrillo y las drogas… Bueno, imagino que entiendo, como también me hago una idea de qué siente un fanático de fútbol y un adicto a la comida.
Probablemente todos tengamos algún tipo de adicción. Algo de este mundo terrenal que nos llene algún vacío.
Muchos decimos que cuando empezamos a correr cambiamos una adicción por otra. Yo entiendo que en mi caso vivo esto con tal intensidad que me hace una especie de adicto. Estoy mal si no corro (puedo llegar a deprimirme bastante) y el running roza los niveles de la autodestrucción. No me imagino sin correr, y creo que es de las adicciones más sanas y con menores consecuencias nefastas que existen.
Nunca me compararía con un adicto a las drogas, principalmente porque correr, ejercitarse y comer sano prolongan la vida. Además, hacer deporte está permitido por la ley. Ese porro debe ser la única cosa ilegal que hice en mi vida, dejando de lado colarme en el tren y el robo a la sucursal del Banco Ciudad, delito por el que aún no me atraparon (¿eso lo escribí o solo lo pensé?).
Una vez un amigo me regaló dos porros y los guardé en el placard para fumarlos en alguna ocasión especial. Creo que cuando pasaron seis años los terminé tirando.
El alcohol, aunque es legal, es la cosa nociva de la que me costó despegarme. No podía concebir otro modo de seducir a una mujer si no era emborrachándonos, por más que no disfrutaba de beber. Para bailar primero tenía que tomar (¿de qué otro modo me iba a animar a hacerlo?) y el día que me dio pánico fue cuando me encontré en mi casa, solo, tomando una lata de cerveza. Si no me gustaba… ¿para qué la estaba bebiendo? Es más, ¿para qué la había comprado?
Semana 52 (este blog) fue la excusa para no seguir tomando, y eso me sirvió para comprobar que podía hablar con una mujer estando los dos sobrios, y que podía bailar sin que medie el alcohol. Las pocas veces que tomé fue para socializar, a sabiendas de que no lo necesito.
Muchos de los que corremos convertimos a esto en nuestra nueva adicción. Sirve para reemplazar a las viejas (las de los químicos y venenos que arruinan nuestro organismo), y creo que es el cambio más maravilloso que una persona puede hacer.

Semana 7: Día 44: En solo 10 días…

Hoy me salgo un poco del running y me centro en mi futuro, más precisamente en los próximos 10 días. Justamente porque en ese lapso de tiempo voy a estar instalado en Londres, al comienzo de mis vacaciones. Y a tan poco tiempo, surge la gran pregunta… ¿por qué? No estoy holgado de dinero, tengo muchas responsabilidades en casa e interrumpe mi entrenamiento… así que esa gran duda sobrevuela mi cabeza.
Lo curioso es que nadie me lo ha cuestionado. Ni siquiera Matías, el director de la editorial. Simplemente le pareció que era una buena idea, que me merecía las vacaciones, y hasta me adelanta el aguinaldo para que se me haga más sencillo. Pero todo con la promesa de que no quede nada pendiente y esté todo entregado a la imprenta. Por eso es que estoy internado, trabajando de sol a sol (y más también). Generalmente estos viajes son un golpe durísimo a la producción mensual, y no recuerdo un viaje donde todo haya salido bien. Por ahora, estoy cumpliendo con las entregas… iba a decir “cómodamente”, pero acostarme a las 23 para levantarme a trabajar a las 3 de la mañana no es muy cómodo (un secreto: como tengo el sueño fácil y con la edad me vuelvo mañoso, encontré que me resulta más fácil madrugar que quedarme en vela).
No tengo dinero como para enfrentar el viaje sin endeudarme. Pero existen dos entidades financieras que me ayudan: el banco y mis padres. Uno me dio su tarjeta de crédito y ahí estoy, pagando todo como es debido. El otro… me dio una extensión de su propia tarjeta. Y así, de a poco, voy pagando todo. Tuve que vender mi Mac para hacer frente a la deuda de la Mastercard este mes, me dio gracia que mucha gente creía que por irme de viaje no iba a poder trabajar… me faltó aclarar que hace unos seis meses me compré otra compu y tenía dos, una activa y otra juntando polvo. No la había vendido porque no me urgía… hasta que me urgió.
Respecto al entrenamiento, me preocupa como todo. Vivo haciéndome mala sangre, y Germán, mi entrenador, estuvo intentando que baje a la tierra el sábado pasado. Yo quería rutinas para hacer musculación en casa, y consejos para correr en Europa, y me dijo “¿Para qué querés una rutina si estás durmiendo cuatro horas?”. Supongo que correré un poco allá, pero aunque me cuesta tomármelo con calma, tendré que hacerlo. Tengo una cita con la nutricionista el 17 de diciembre (casualmente el día de mi cumpleaños) y con mi regreso el 4, temo que las mediciones no me den tan bien como podría. Escribo esto y me sorprenden las cosas que me preocupan.
El motivo principal, el “¿por qué?”, es muy sencillo: porque sí. Viajar me gusta, lo suficiente como para ser humillado por AFIP cuando pido comprar moneda extranjera, para trabajar hasta cualquier hora en forma compensatoria, para endeudarme, pedirle plata prestada a mis papás, y alterar el entrenamiento, a 10 meses de la Espartatlón. Me gusta el quilombo, lisa y llanamente. Esto me llena, me ayuda a crecer, y todo el esfuerzo viene acompañado de un enorme disfrute. También me ayuda a reencontrarme, conmigo mismo y con mi pasado, y las cositas que realmente amo. Quizá poca gente lo entienda, sé que a mí me cuesta entenderlo, pero el secreto de mi felicidad es ese: no hacer lo que no quiero, y no dejar pasar la oportunidad de hacer lo que sí quiero.

Semana 7: Día 43: Cosas que necesitamos los corredores (y que no existen)

Volver al Futuro nos prometió para 2015 autos y patinetas voladoras, videojuegos que no se manejan con las manos y camperas con secador incluido. Aunque vivimos a pocos meses de ese mundo soñado. Nada de eso pasó. Vivimos en el siglo XXI y la tecnología tiene una deuda enorme con la sociedad. Aquí hay una breve lista de cosas que, increíblemente, todavía no existen:
Agua mineral de la canilla. ¿Complot de las embotelladoras? ¿Cómo puede ser que usemos ese líquido con gusto a cloro para cocinar y lavar, pero no sirva para tomar? No hablo solo del gusto feo, sino de su bajos niveles de sodio, que la hacen inservible para carreras.
Zapatillas indestructibles. No hay mucho para agregar. ¿Pusimos al hombre en la Luna (ponele) y tengo que cambiar de calzado cada cuatro meses o me pulverizo las articulaciones?
Articulaciones indestructibles (hasta que aparezcan las zapatillas indestructibles).
Remeras con fragancias agradables. O sea… ¡Llevamos al hombre a la Luna (ponele)! ¿Cómo no hay ropa que anule el olor a chivo? Ahorraríamos mucha electricidad y agua si lavásemos nuestras remeras solo porque están sucias y no porque huelen.
Auriculares indestructibles. Para los que escuchamos música o la radio mientras entrenamos. Todo lo que duren sabemos que es tiempo de prestado. Duran menos que las zapatillas.
Un reloj que tenga GPS y mapa en vivo. Me gustaría ver el recorrido mientras estoy corriendo. Si no existe ese por pereza de las compañías tecnológicas.
Geles con gusto rico. ¿Todos te tienen que destapar la nariz cada vez que los tomás?
Corresendas (o un nombre más marketinero). Hay veredas para los peatones, calles para los autos y bicisendas para las bicicletas. Los corredores molestamos en cualquiera de esos tres. Chicos el auge del running, ¿no es necesario una vía en la ciudad donde poder correr sin que nos insulten y sin jugarnos la vida?
Gatorade salado. Otra cosa que no existe por pereza. Porque en una ultra maratón el dulce termina empalagando. Hay que ponerse creativo con los gustos (tomate, chimichurri… no sé, no puedo servirles todo en bandeja).
Medias antiampollas. Existen… ¡pero casi nunca funcionan!

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