Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 6

Semana 6: Día 41: Corredores orgullosos

Hay corredores que no pueden consigo mismos y creen que todo en la vida es una competencia. Hay autoestima y amor propio por un lado, y el orgullo por el otro.
Todos hemos visto esa situación: el macho alfa trotando detrás de una mujer, y hace todo su esfuerzo para pasarla. ¿Lo hace para impresionarla? ¡NO! En verdad lo saca de quicio que una chica esté por delante suyo. Y no lo hacen para alardear tampoco. De hecho, es algo que no se lo cuentan a nadie. Simplemente creen que una situación es injusta y la deben revertir.
Hay corredores orgullosos, que si ven a un atleta con buen tranco, lo consideran un adversario. Ya sea en una carrera o en un entrenamiento, pareciera que se juegan la vida, el todo por el todo. Nunca se habla, bastan las miradas, estudiarse mutuamente, para que uno de los dos acelere y el otro imite el ritmo. Si alguno resulta vencedor, el triunfo se olvida rápidamente, porque el orgullo se aplaca hasta que surja una nueva competencia.
La competitividad pareciera ser todo lo que vale, no importa si es hacia un colega, un amigo o un desconocido. Ejemplifico con una experiencia cercana. Anoche estábamos entrenando progresiones con Marcelo. Los dos tenemos un ritmo parecido, y sin llegar al terreno de la rivalidad, siempre nos seguimos mutuamente, lo que nos obliga a esforzarnos, a ajustar la velocidad al ritmo del otro. Hay siempre charla, camaradería, y alguna vez que tuve que hacer una parada técnica (en un baño o escondido detrás de un árbol), Marce sigue trotando, pero despacito, como para darme oportunidad de que lo alcance.
Veníamos los dos muy concentrados. Empezábamos en una esquina, al 40%, y corríamos 500 metros, hasta alcanzar el 90%. Estábamos distraídos, charlando, corriendo codo a codo, sin dejar de medirnos. De pronto, alguien roza mi brazo, y entre medio de los dos, un desconocido se abre paso, como si fuésemos dos obstáculos que impiden el paso. Este tercero no nos rodea, sino que nos corre y se dispara por el medio.
Marcelo me mira, yo me quedo unos segundos intentando comprender qué acababa de pasar. Miro a mi compañero, y no decimos nada, pero aumentamos la velocidad. Más. Y más. Y más todavía. Lo pasamos y no estamos en una progresión del 90%, casi podríamos decir que superamos el 120%. Arrancamos muy pronto, y como somos animales de costumbres, no podemos evitar el intento de estar todo el tiempo aumentando el ritmo. Llegamos exhaustos, con el corazón en la boca. “¿Quién se cree que es el tipo ese?”, le digo, mientras intentamos recomponernos para empezar una nueva progresión.
Nos cruzamos con el contrincante que venía en el sentido opuesto. Baja la vista, no cruzamos miradas. Algunos creerán que le dimos una lección a una persona orgullosa. Otros pensarán que los orgullosos fuimos nosotros. En una afirmación realmente salomónica, creo que todos estarían en lo cierto…

Semana 6: Día 39: El miedo a lo distinto

¿Existirán en el mundo personas a las que nunca hayan cargado por alguna cualidad personal? Todos somos iguales, habitantes de esta aldea llamada Planeta Tierra. Al menos es lo que dice la ley. Sin embargo, los apodos pasan por remarcar alguna diferencia, y hasta convertir aptitudes en “defectos” (lo pongo entre comillas en forma intencional).
¿Tanto le tememos a lo distinto, a la individualidad? Tener una nariz grande, tener sobrepeso, ser inteligente o hacer deporte son distintos motivos por el que uno podría recibir cargadas de parte de un grupo. Y aunque existe una “inimputabilidad” por tratarse de una broma, es imposible que no nos afecte en algún nivel. De chico me cargaban porque era muy flaco, después me cargaron por ser gordo, y ahora ni se imaginan la cantidad de cosas que me dicen por ser vegano (pero recién ahora puedo decir que no me afecta). Así no dan ganas de resaltar, y supongo que por eso crecí intentando ser perfil bajo y no llamar demasiado la atención. Será por eso que las cargadas las suelo hacer entre amigos con mucha confianza, que sé que no les afecta (y no me suelo enganchar con gastadas grupales).
¿Desde cuándo pasa esto? Ya los niños son crueles entre sí, y creo que una de las primeras cargadas es con el peso. Me pregunto también si esto se relaciona con que el “gordo” es un arquetipo humorístico (cuánto capocómico con sobrepeso hay en nuestra historia televisiva). ¿Vieron alguna vez a un nene decirle “gorrrrrda” (con ese énfasis) a una nena? A mí me parte el alma. Podría también ubicar las divisiones entre sexos como una de las primeras alienaciones que nos impone la sociedad.
Cuando me hice vegetariano, obviamente el chiste en absolutamente cualquier ámbito pasó por la comida. Cada vez que me ofrecen algo de comer y me dicen “está buenísimo, tiene jamón” me da déja vu. Incluso en discusiones han querido ser “crueles” conmigo diciéndome “comete un cacho de carne”. Tuvo que pasar bastante tiempo para que quedara demostrado que ser vegetariano no me influía negativamente en mi entrenamiento, pero poco importó, porque lo que valía era que yo era minoría.
Empecé a correr de grande, ya con 30 años cumplidos. Entonces los comentarios de que era un talibán del entrenamiento no me afectaron tanto. Creo que me hubiese costado más lidiar con la presión de adolescente. Pero me di cuenta que ni siquiera hacía falta tener algo que podríamos llamar un “defecto” para ser el centro de la atención. Quizá la gran diferencia es que si los chistes pasan con que uno se la pasa corriendo, o “yo no te corro ni el colectivo”, lo podemos tomar como un halago. Pero yo creo que estar todo el tiempo marcándonos las individualidades colabora a que las queramos esconder. Y también corremos el riesgo de hacerlas públicas, gritarlas… y quedar como unos soberbios.
El mundo sería un lugar muy diferente si se considerase “broma” a algo que hace reír a todos por igual, en lugar de dejar afuera de las risas al distinto. Quizás el “diferente” resalte del resto… y en una sociedad donde a todos nos insisten con ser iguales para pasar desapercibidos… es lógico que dé miedo destacar.

Semana 6: Día 38: Mi sueño actualmente

Ok, estoy pensando en la Espartatlón. En poder anotarme y en terminarla. Pero no va por ahí la cosa. Hace poco mi amigo Nico me compartió un video, que a mí me fascinó. Entiendo que esto me pasa a mí porque me gusta correr, porque hace mucho que no participo de una carrera de aventura, y porque esas imágenes me evocaron a muchas experiencias imborrables en mi vida.
El running se convirtió en una excusa para conocer lugares y personas increíbles. Me ayudó a conocerme (porque uno se conoce mejor al estar agotado en medio de la montaña) y a aprender cuáles eran mis límites (y cómo superarlos). Cuando vi este video rememoré los nervios de la salida, el cansancio, los dolores, las imágenes de la naturaleza en el fondo, los pies yendo uno adelante del otro, comer en la marcha, hidratarse, transpirar, cansarse, y recuperar la vida al cruzar la meta. Todas cosas muy difíciles de explicar a quien no lo vivió.
Este video me hizo sentir “yo quiero estar ahí, haciendo eso, ahora mismo”. Me pareció que era una buena oportunidad compartirlo con todos:

Semana 6: Día 40: Entrenar en grupo

puma_runners
Ya lo he dicho en el pasado: creo que uno puede progresar mucho más rápido entrenando en un grupo.
Primero y principal, el running es una actividad bastante solitaria. A diferencia de otros deportes como el fútbol, dependen de una sola persona (uno mismo). Además, a medida que uno se aventura en fondos largos, es difícil encontrar una persona que vaya exactamente al mismo ritmo, a menos que alguno de los dos ajuste su velocidad al otro. Yo tengo la suerte de haber encontrado a Marcelo, un hallazgo que cayó un día a los Puma Runners del cielo, y tenía una zancada similar a la mía. Inmediatamente empezamos a entrenar a la par, pero rara vez compartimos una carrera, porque eventualmente nos separamos.
Puede sonar contradictorio esto de que el running es una actividad algo solitaria, porque en un grupo se juntan varios solitarios y terminan congeniando. No importa de dónde venimos, cuál es nuestra formación nuestras creencias, nuestro oficio; todos tenemos una cosa en común, que es que nos gusta correr. Y eso nos da una sensación de pertenencia. Yo no sé cómo son otros grupos. Algo he visto en carreras, y creo que hay dos tipos: los que se limitan a entrenar y los que comparten esto como una actividad social. Los Puma Runners vienen a ser lo segundo.
Muchas veces me han sugerido cambiar de grupo, y nunca me lo pude plantear del todo. ¿Para qué? Quizá podría encontrar el lugar donde entrenen a fondistas veganos que sean finishers de la Espartatlón, pero no sacrificaría mi espacio, donde asisto tres veces por semana y whatsappeo diariamente. El running team termina formando una familia, que a veces es disfuncional, pero que acompaña e incentiva.
Lo social termina jugando a favor. Es una excusa más para que la pereza o el desánimo no nos venza. Por eso defiendo a muerte entrenar en grupo y encontrar el lugar donde dejar atrás las preocupaciones laborales.

Semana 6: Día 37: El miedo de parar

Generalmente me siento a escribir más o menos sabiendo cómo va a terminar el post. Este no es uno de esos casos. Tengo una idea en la cabeza que la voy a desarrollar a medida que la voy escribiendo, porque sinceramente es algo que me pasa y que no hablo a menudo. Seguro que muchos lo viven diariamente. Me refiero al miedo a detenerse… o en realidad, el miedo a no poder arrancar después de eso.
Lo podemos vivir en lo micro y en lo macro. Hablo desde mi experiencia personal: en las carreras, no quiero parar. Manoteo el agua en los puestos de hidratación o la fruta y me la llevo al paso. Puedo seguir corriendo o caminar, pero nunca quedarme quieto en el lugar. Creo que viene de una Adventure Race en Pinamar, año 2009. Me había lesionado la rodilla entrenando y recién me estaba recuperando. Estaba manteniendo un ritmo fuerte (al menos para mí en aquel entonces), a la par de un compañero de grupo. Pasamos toda la segunda posta, que es 100% médanos. Subir y bajar en la arena blanda era muy exigente. Entonces llegué a un puesto donde me detuve a tomar Gatorade (todos saben que lo sirven en vasos y que se vuelca todo). De paso aproveché para sacarme la arena de las zapatillas. Y entonces quise arrancar… y no pude. El dolor en la rodilla se había quintuplicado desde que me había detenido. Quise retomar, incorporar el sufrimiento, pero era demasiado. Caminé muchísimo hasta que improvisé un paso que me aliviaba. Pero desde ese momento me aterró volver a frenar en carrera.
Eso fue lo micro. Algo puntual, un instante determinado dentro de una acción. Ahora vamos a otro ejemplo de lo macro. En otra circunstancia, volviendo después de una temporada de recuperación de una lesión, o luego de ausentarme unos meses por vacaciones, falta de dinero, etc. Volver a entrenar siempre termina siendo muy duro. Uno quiere retomar desde donde dejó y no se puede. Hay que pasar por un período de adaptación, ya sea corriendo o en el gimnasio levantando pesas. El tiempo sin entrenamiento se puede comprobar elongando, es frustrante notar cómo los músculos se acortan, aunque sea milímetros. La pierna no estira como antes, la mano ya no llega a tocar la punta de la zapatilla. es la confirmación concreta de que frenar no nos dejó en el lugar que estábamos antes, sino que nos hizo retroceder un par de casilleros.
El descanso es necesario. Es más, dicen que el músculo crece en el descanso. Pero dejar de ir al gimnasio o no entrenar constantemente es algo que me da miedo. Cuando me pasa, me angustio. Me miro los músculos, pensando en que los voy a perder. Pienso en velocidades en progresión, en resistencia, y me empiezo a angustiar. Para alguien que se dedica a entrenar como una actividad recreativa, la sensación de estar volviendo es constante. Si me voy de vacaciones sé que me va a resultar difícil entrenar al mismo nivel, entonces cuando vuelva del viaje voy a estar pensando en “recuperar tiempo perdido”. Ahora que se me venció la membresía del gimnasio, me pareció prudente renovarla recién en diciembre, porque voy a estar dos semanas afuera… entonces no dejo de pensar que va a ser una pena estar 30 días parado. Si en un mes puedo ganar un kilo de músculo, ¿también en el mismo tiempo perdería una cantidad similar?
Tengo la barra para hacer dominadas en el marco de la puerta del baño. También puedo ir al suelo a hacer flexiones o abdominales. Podría, en teoría, hacer ejercicios para mantener durante ese período. Pero también pienso, ¿no me estaré obsesionando demasiado? ¿Qué me conviene, relajarme y retomar cuando pueda, o hacer un esfuercito extra y tratar de mantener el estado actual? Francamente, no tengo idea, así que se aceptan sugerencias…

Semana 6: Día 36: Corriendo en paracaídas

Uno asumiría que un paracaídas es para tirarse, no para correr. Pero en las carreras de velocidad, con esos autos de propulsión a chorro que un demente hizo en su garage, se usan para frenar… ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?
Hoy, en el entrenamiento de los Puma Runners, nuestro entrenador nos sorprendió con este artilugio. Me lo até a la cintura (con un velcro) y lo probé corriendo unos metros. Sin dudas me frenaba mucho más si iba contra el viento que a favor. Nos fuimos a entrenar al río, donde las corrientes son realmente importantes…
Me tocó estrenarlo, así que después de un fondito de 4 km me encontraba frente a una progresión de 400 metros. Casi nada. Arranqué con todo, de cara al viento, y de entrada sentí cómo me tiraban para atrás. Apreté con más fuerzas para alcanzar una velocidad que se pareciese a ir rápido. De las caderas esa tirita me frenaba y yo empezaba a sentir que las piernas se prendían fuego. Nunca me pareció tan largo correr 400 metros. Me faltó el aire, y no sabía si reír o llorar. Iba esquivando a la gente y cuando la pasaba miraba para atrás, viendo que no me la llevara puesta con ese cacho de tela que se inflaba a mi paso.
Con el pecho a punto de explotar y las piernas ardiendo (tanto en los cuádriceps como en la parte posterior) seguía apretando, casi al borde del grito (ESPARTAAAAAA). El viento hacía que el paracaídas no solo me frenase, sino que se movía de un lado al otro, moviéndome de mi eje. Después de lo que pareció una eternidad, llegué al final de los 400 metros, sin aire, con los pulmones y las piernas ardiendo. Me dijeron que arranqué demasiado rápido, y quizá me imaginaba que la distancia se me iba a hacer más corta. ¡Pero qué sensación espectacular! Como éramos muchos, fue el único momento en que me tocó usarlo. Cada uno en el grupo lo iba a ir usando.
Volví con el paracaídas en la mano. Nico, flamante compañero, me preguntó qué tal era. “Ni se siente, es una gilada”, le dije, disimulando mi falta de aire. Repetí el mismo y poco original chiste con mi entrenador, que se sorprendió y hasta pareció desilusionarse. Le tuve que confesar la verdad. “Es un chiste. Me liquidó”.
Al que tenga la oportunidad de probar cómo se siente volver a sentirse un novato corriendo, se lo recomiendo…

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