Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 43

Semana 44: Día 302: El jetlag de los ultramaratonistas

Recuerdo haber leído en “De qué hablo cuando hablamos de correr” que Murakami hacía una defensa de irse a dormir temprano. Él dice que junto a su esposa habían decidido aprovechar el día y dejar la noche para descansar, pero me imagino que esto fue algo que lo impuso él mismo. Así fue que empezaron a declinar todas las invitaciones para cenar y las salidas tarde, y sus conocidos no tuvieron más opción que adaptarse.

Yo nunca pude ganarle la batalla al sueño. Cabeceo y me desconecto. Podría estar atado a una camilla mientras un rayo láser va subiendo para cortarme en dos (luego de que el villano me explicó su plan, acariciando a su gato, y se fue a la sala de control a presionar el botón que dispara las bombas atómicas), y si estoy cansado igual me quedaría dormido. En una profesión como es el diseño gráfico, muchas veces los minutos cuentan y tengo que hacer espantosas horas extra para llegar a la fecha de entrega. Pero descubrí que no me sirve intentar quedarme despierto, así que directamente prefiero estar en la cama a la medianoche y madrugar.

Cuando empecé a hacer distancias de ultramaratón tuve que luchar contra el sueño varias veces, pero si estoy haciendo actividad física, casi que ni lo noto. En el fondo de 120 km que hice el fin de semana pasado arranqué a las 23:30 y terminé a las 14:30, y no fue hasta que me llevaron en auto a mi casa que comencé a cabecear. En varios fondos, para aprovechar el resto del día o acoplarme al entrenamiento que hacen los Puma Runners, salí muy temprano, a veces despertándome a las 3 de la mañana para desayunar y salir. Está buenísimo poder hacer una distancia de ultra y terminar a tiempo para almorzar… pero a veces me termina descompaginando el resto de la semana.

Siendo que tengo poca tolerancia al sueño (algo que para mí es muy bueno porque me obliga a descansar lo que mi cuerpo pide), madrugar hace que me duerma más temprano. Por ejemplo, ayer me desperté a la madrugada y salí a correr 22 km antes de acoplarme con mis compañeros de grupo. Fue un día largo, de una semana agitada, y a la anoche me quedé dormido como a las 8. Me desperté a las 3 de la mañana y cené. Es una especie de jetlag de ultramaratonista.

Después de mi fondo de 120 km prometí dormir 12 horas. Casi lo cumplo, ya que me desconecté a las 19:00 y a las 6:30 del día siguiente abrí los ojos, sin estar del todo seguro de qué día era ni qué hora. No soy de los que se pueden quedar dando vueltas en la cama, así que cuando me pasan estas cosas me levanto e intento comenzar, con la esperanza de ir acomodándome al resto de los habitantes de mi huso horario.

Algunas cosas que me desacomoda estar corriendo tanto a horarios dispares es que después termino actualizando el blog a cualquier hora (como la entrada del sábado a las 5 de la mañana del domingo). Pero no me quejo. Creo que es normal ir a contramano del mundo (o por lo menos es habitual en mí). Calculo que cuando uno está encasillado en en el rol del loquito que corre y come sano, estas cosas no le sorprenden a nadie. O por lo menos, muchos logran aceptarlo, más allá de que no lo entiendan. Es por eso que me estoy perdiendo cumpleaños, interesantes chats nocturnos en los grupos de whatsapp, salida… ¿y qué gano a cambio? Correr y seguir acercándome a mi sueño de correr la Espartatlón.

Todavía no tengo del todo decidido cómo va a seguir mi vida (y mi rutina) después de septiembre. Quizá siga corriendo ultramaratones, y este jetlag se vuelva algo habitual. O por ahí me sienta realizado y me dedique a otra cosa, poniéndome más en línea con el resto del mundo.

Semana 43: Día 301: ¿De dónde obtengo mis proteínas?

Algo que parece preocuparle más a la gente que no me conoce que a mí mismo es de dónde obtengo mis proteínas, por la difundida creencia de que solo se obtiene de consumir animales. Pero estoy en mi punto de mayor masa muscular en toda mi vida, luego de casi dos años de veganismo (y casi una década y media de no comer carne). ¿Cómo logré esto?

Bueno, gracias a Dios que la proteína también se obtiene de los vegetales. Mi experimentación me llevó a corroborarlo. Hacer fondos eventualmente quema músculo, y con tres veces a la semana de gimnasio y un poco de ingenio, pude ganar masa muscular a un ritmo bastante bueno.

Mi amigo Fito, mi gurú en lo que se refiere a fitness, un día me bajó de un hondazo cuando hablábamos del cuerpo ideal al que aspirábamos tener y mencioné el de Brad Pitt. En aquel momento me dijo que como no consumía proteína animal, jamás iba a poder desarrollar esos abdominales. Le creí, después de todo él tenía una larga experiencia en gimnasio y en el desarrollo de su cuerpo. Esto fue antes de que yo empezar a correr como lo hago ahora. Fito me decía lo difícil que le resultaba a él, con todo el esfuerzo que hacía, para ganar un kilo de músculo al mes. ¿Qué posibilidades me quedaban a mí?

Aceleramos unos años más tarde, cuando empecé a ir a la nutricionista y me obligó a empezar a consumir lácteos. Eran, después de todo, una fuente de proteína de alto valor biológico. A duras penas empecé a incorporarlos. Después del gimnasio me hacía una colación que consistía en una chocolatada chiquita, un par de vainillas y un Gatorade con una cucharada de leche descremada en polvo. Hoy que no consumo lácteos y dejé de lado el azúcar, todo esto desapareció de mi dieta. Pero en ese momento alcanzó para que ganara algo de músculo y me ganara la sorpresa y el respeto de Fito.

El tema fue cuando mi nutricionista me confesó que un libro, The China Study, la estaba haciendo replantearse todo lo que ella sabía de nutrición. Me pasó esta investigación sobre la influencia de la proteína animal en el desarrollo de males como el cáncer, las cardiopatías y las enfermedades autoinmunes. Yo ya era vegetariano… ¿qué tan difícil podía ser vegano? De un momento a otro, tomé la decisión e hice el cambio. A mí ya no me gustaban demasiado los lácteos… era cuestión de dejar de forzarme a consumirlos. Pero… ¿qué pasaba con la colación post gimnasio, que me ayudaba a aumentar mi masa muscular?

Romina, mi nutricionista, tuvo un nuevo desafío (y esto fue antes de que le sumara mi deseo de dejar de consumir azúcar, jarabe de maíz de alta fructosa y harinas refinadas). Haciendo un poco de prueba y error llegamos a la colación ideal: un sándwich de pan con semillas y tofu (conocido como “queso de soja”). Y después de ir al gimnasio y comer esto, gané entre 800 gramos y un kilo de músculo, algo que una persona experimentada (y no vegana) consideraba como todo un logro.

Con el tiempo aprendí sobre otros alimentos, como el seitán, que también tenían proteína vegetal, o la combinación de dos alimentos, como los cereales y las legumbres, que dan la cadena de aminoácidos completa. Contrario a muchos mitos y a la desconfianza de mucha gente, seguí ganando músculo. Lo que verdaderamente hacía la diferencia en cuanto a mi físico era lo obvio: si entrenaba o no. Eso es lo único que realmente define el ritmo del progreso.

Mi gran fuente de proteína vegetal y causante de varios dolores de cabeza es la leche de soja. Siendo que desayuno y meriendo siempre avena con pasas de uva y unas rodajas de banana, obviamente necesito algo para que baje por mi garganta. Cuando quise dejar por completo el azúcar me compré leche de soja en el Barrio Chino y me encontré con un líquido de un sabor no muy agradable, que no duraba más de dos días en la heladera. La opción era el AdeS natural, que tiene la gran contra (que no he podido sortear) de que tiene azúcar. Puse en la balanza que la practicidad era más importante, y empecé a consumirlo en gran cantidad. El problema es que esta variante escasea en las góndolas. No sé por qué, si siempre se agota, las grandes cadenas no reponen constantemente. Llamé a la empresa para decirles lo difícil que era encontrar este gusto y no me ofrecieron ninguna respuesta. Cuando veía AdeS natural en un supermercado, me compraba todo lo que mi cuerpo era capaz de cargar (10 cartones).

Como había períodos de sequía, aprendí a hacer leche de almendras, mucho más caro y trabajoso, pero con la ventaja de que podía hacerlo de un día para el otro y de que me podía encargar de que no tuviese azúcar. Ahora, después de una época de bonanza en donde tenía tanto AdeS que tenía que guardarlo afuera de la heladera, de nuevo se me está acabando y sin reposición a la vista. Por eso me compré almendras, esencia de vainilla, y con los restos de mi minipimmer en breve me haré mi propia leche.

Y ya lo tienen. Entre todos los alimentos que consumo, más la soja y mis colaciones post gimnasio, obtengo toda la proteína que necesito. Mi cuerpo nunca estuvo mejor, y los defensores de la carne jamás estuvieron tan sorprendidos.

Semana 43: Día 300!!!

Wow. 300. Qué número. No es la primera vez que llego al día trescientos de este proyecto. De hecho, es la cuarta. Pero me hace dar cuenta de cómo pasa el tiempo y de qué lejos estoy llegando.

300 es además el número con el que se conoció la novela gráfica realizada por Frank Miller, basada en la leyenda de la batalla de las Termópilas, en las que un puñado de guerreros espartanos, comandados por el rey Leónidas, le dio batalla a cientos de miles de persas (hay versiones que habla de millones). Se adaptó con un considerable éxito al cine, y estos fornidos actores nos hicieron ver realmente fuera de estado a todos los varones. Pero también impuso la figura del espartano como alguien que no solo se protege a sí mismo con su escudo, sino a su compañero de al lado. También representan la agudeza física, por su estricto entrenamiento, y mental, por sus brillantes estrategias. También eran un poco fachos, pero le hacemos la vista gorda a ese detalle.

Desde hace un tiempo Germán De Gregori, mi entrenador, comenzó junto a Romina, su socia, el proyecto de 300 runners. La idea era generar un espacio que fomentara un nuevo estilo de vida. Algo así como masificar lo que nosotros ya veníamos haciendo y difundiendo, que es entrenar con pasión y responsabilidad, así como comer sano y dejar de lado los vicios y todo lo que nos impacta negativamente en la vida. Vi de reojo cómo todo eso iba creciendo hasta que, para mi sorpresa, un día Germán me propuso que me sumara a 300 runners. Por supuesto que acepté orgulloso, porque significaba hacer algo parecido a lo que ya estoy haciendo en Semana 52, pero en una plataforma mundial.

Hoy estamos a días de lanzar la web, a cargo casi exclusivamente de Nico (compañero de aventuras), pero el Facebook de 300 ya arde en llamas. Es divertido ver cómo la gente de todo el mundo se engancha en las consignas y los sorteos. A propósito buscamos una identidad que sea para todo Latinoamérica. Que el equipo contenga a tres argentinos y un uruguayo no quiere decir que todo muere en el Río de la Plata. La idea es que 300 runners sea la vidriera del running y este nuevo estilo de vida a nivel de todo el mundo hispanoparlante. Con algo de suerte vamos a terminar de pulir el funcionamiento de la web y lanzarla en agosto.

Este es un proyecto que me entusiasma muchísimo. Varias veces hablé de la posibilidad de hacer algo relacionado con el running que no sea necesariamente correr. Mi fantasía es que, una vez que corra la Espartatlón y cruce la meta, toda mi atención se vuelque a 300. Para mí sería un upgrade.

Así que los invito a hacerse fans de este proyecto en Facebook, mientras terminamos de ultimar detalles. Este puede ser el inicio de algo trascendente, no solo para mí, sino para todo el mundo.

Semana 43: Día 299: Esperando el milagro

Faltan dos meses y monedas para la Espartatlón. Logré mucho en estos últimos meses, desde mejorar mi aptitud física y mental hasta conseguir inscribirme, con muchos percances inesperados en el medio, como fueron fallas en la inscripción, el dinero que no llegaba, etc… Está todo listo, pasajes comprados, hospedaje reservado… solo me falta poder llevar a mi equipo de asistencia para que me acompañe. Es el último obstáculo a sortear.

Armé presentaciones, escribí cartas preforma, pedí ayuda a todos los contactos que tengo. Hay un representante llevando un pdf impreso a distintas empresas que quieran auspiciar el viaje a Grecia. Tengo también el botón de recaudación para que la gente done. No logré juntar mucho porque tampoco estoy todos los días recordando que me den su dinero, pero al menos logré pagar un par de cuotas de mi propio pasaje. Igual lo que estoy queriendo conseguir no es para mí. Ya todos mis gastos van a correr por mi cuenta. Ahora necesito a Germán y a Nicolás, como mínimo, para que estén ahí, en los puestos de control, asistiéndome y cuidándome.

El tiempo es poco, pero tengo esperanzas de que ocurra el milagro y los pueda traer de algún modo. Aunque sea que viajen en el avión parados. Es probable que el martes me entrevisten en la FM Rock and Pop, en Gente Sexy, para contar del proyecto y difundir mi búsqueda de sponsor. Si lo logre o no, dependerá de una empresa que vea este sueño como algo explotable a nivel marketing. Es lo último que necesito para asegurarme llegar a la meta. No pierdo las esperanzas…

Semana 43: Día 298: Correr con amigos

Es inevitable que el círculo de amigos se forme alrededor de la rutina de uno. Tengo mi grupo autodenominado “Los Galanes” con quienes nos vemos muy de vez en cuando, menos de lo que nos gustaría a todos, pero en cada reunión es como si el tiempo no hubiese pasado nunca. Pero verte constantemente con otros seres humanos también forma vínculos. Es así que uno se encariña con ese pobre desgraciado que tiene la mala suerte de trabajar en la misma empresa.

Al ser autónomo y un poco ermitaño, frecuento poco a otras personas, y el skype, whatsapp, mail y Facebook no reemplaza el contacto directo. Por eso mi vínculo de amigos más fuerte en la actualidad está en mi grupo de running. No solo porque los veo más seguido, sino porque compartimos una misma pasión, que es correr.

No hace falta que nos lo tomemos con la misma seriedad. Si hago 300 abdominales y el otro 50, igual vamos a poder compartir un viaje y reírnos de las mismas cosas. Con quienes mejor me llevo también me une una sana competitividad. En las progresiones intentamos pasarnos, y yo a veces hago maldades como ponerle el cuerpo para no dejarlo pasar cuando sé que no puedo seguir acelerando. Eso es algo que solo haría con alguien a quien aprecio mucho (y que sé que no me va a responder moliéndome a palos).

Para mí fue todo un proceso. En un principio se trataba de un grupo de extraños, y de a poco fui abriéndome y permitiéndome conocer al resto. Antes hacía todas las carreras buscando superar mi marca personal, y hoy dejo esos esfuerzos para cuando valen la pena. Prefiero sumar anécdotas con amigos y hacer equipo.

En cierta medida creo que haberme puesto como objetivo la Espartatlón me ayudó a relajarme y a darme cuenta de que quiero compartir las carreras y los entrenamientos con mis amigos. Allá voy a estar solo, seguramente con un equipo de apoyo en los puestos y con la camaradería de cualquier ultra, pero si hoy termino la Adventure Race de Pinamar en 3 horas, no me cambia en nada. Sí me enriquecería estar acompañando a alguien que la corra por primera vez, aportando mi propia experiencia y dando aliento. Lo que me gustó que hicieran por mí alguna vez.

Compartir un trote con un amigo es una experiencia muy profunda. No deja de ser algo saludable para el cuerpo, pero más para el espíritu. Como todo, uno no lo nota al principio, pero los beneficios están ahí y son para toda la vida.

Semana 43: Día 297: Sigo en pie

Después de haber corrido 120 kilómetros, reconozco que me resultaba muy trabajoso caminar. Hacerlo lo hacía, pero no sin mucho esfuerzo y resistiendo el dolor. Me fui a dormir con un fuerte dolor de piernas… y me desperté once horas y media después casi como nuevo.

Nunca voy a dejar de sorprenderme cómo se adapta nuestro cuerpo. Antes me tomaba cuatro días dejar de sentir dolor en los cuádricep después de completar una maratón, ahora solo necesito una noche de buen sueño para reponerme de casi tres maratones consecutivas.

Hay molestias que siguen. El metatarso izquierdo, que no me complicó mientras corría, hoy pica un poco. El tobillo derecho también se queja. Pero es casi lo único. Hay un poco de contractura en la espalda, que por suerte ya se está yendo. Me pregunto qué procesos están ocurriendo en mi interior que no percibo ni veo. ¿Estará mi hígado recuperado? ¿Habrá vuelto la sangre a sus valores normales? ¿Seguiré en estado de alerta, con niveles elevados de endorfinas y adrenalina?

Hoy estoy yendo a entrenar. No creo que participe demasiado. Quizá con trabajo en el suelo, algo de abdominales, después de una entrada en calor tranquila.

También estoy para volver al gimnasio, si logro además acomodar la agenda. Pero me siento bien, cerca de recuperarme del todo, y eso renueva mi confianza en que puedo terminar la Espartatlón. Es cuestión de no aflojar y seguir avanzando.

Semana 43: Día 296: Un fondo de 120 km

El viernes a las 23:30 tenía todo listo: mochila con pinole y fainá, la remera térmica puesta, calzas por el frío, reloj con GPS para medir el recorrido y el Twitter listo para ir armando la crónica en vivo de un fondo de 120 km. La idea era no solo hacer una gran distancia de cara a la Espartatlón, que arranca en menos de 70 días, sino correr sin dormir. Es que cuando esté en Grecia voy a tener que pasar toda la noche despierto, y todavía seguir muchas horas más. El horario es desde el viernes 26 a las 7 hasta el sábado 27 hasta las 19 hs. Si quería practicar cómo era correr sin descansar, esta era la última oportunidad.

Ya en la calle me encontré con el primer problema, demasiado recurrente últimamente: el reloj no arrancaba. Esto me está fastidiando y realmente podría haber corrido libremente, sin estar mirando todo el tiempo a qué ritmo voy… ¿pero cómo iba a saber qué distancia estaba haciendo? Volví al departamento e intenté arreglarlo. El botón de “Start” se había quedado metido para adentro, pero era demasiado grande para un alicate. Probé con un cuchillo, pero no había forma. Agarré una pinza, paso previo al martillo, y se resbalaba. En un momento, sorpresivamente, arrancó. Yo solo quería sacarlo para afuera, que largara adentro del departamento era algo que no me esperaba. Bajé rajando y empecé a correr oficialmente faltando unos quince minutos para la medianoche.

El reloj estaba en una modalidad nueva que desarrollé especialmente desde la aplicación de Movescount. En lugar de buscar señal de GPS cada 10 segundos, le puse que lo haga cada 60. Esto alarga mucho la batería, que me ha sabido durar 14 horas. Si salía todo bien, me podía servir para medir la Espartatlón, o carreras de aventura de varios días como La Misión.

Ya en los primeros metros sentí las piernas muy cansadas y doloridas. En la semana habíamos estado entrenando burpees y estocadas, y justo al empezar ese fondo bestial me empezaban a pasar factura. Era raro correr a esa hora, porque me había acostumbrado a la noche de madrugada donde hay poco tráfico y solo algunos ebrios en las calles. Acá todavía estaban las calles atestadas de colectivos, y en lugar de ver a jóvenes volviendo del boliche, los veía entrando.

El metatarso, mi gran miedo, no me molestó demasiado. Mi segundo gran miedo, esas ampollas con sangre que me están saliendo, fue contrarrestado con cinta de tela en forma de “U” debajo de cada dedo de ambos pies (la idea es no cortarles la circulación). No me llevé analgésicos, y si me dolía el metatarso tampoco me iba a poder untar Voltarem porque la planta del pie estaba encintada.

El frío se soportaba con la térmica. El peso de la mochila estaba optimizado al máximo, ya que mi grupo de apoyo tenía lo que iba a necesitar a partir del kilómetro 50. Yo solo tenía que llegar a ellos. Me costó darme cuenta lo lento que estaba corriendo. En un principio no le presté atención, solo me dediqué a avanzar, cubriendo los pequeños objetivos intermedios: el bebedero en el km 8, cruzar el puente y tomar el primer pinole en el km 10, el bebedero en el km 15, segundo pinole en el km 20, y así. Iba concentrado, con Aspen Classic en los auriculares.

Cuando hice 12 kilómetros, pensé “estoy en el 10%”. También se me ocurrió que era el 5% de la Espartatlón. Aunque no lo parezca, bajar las distancias a porcentajes y fracciones me ayuda a visualizarme en la llegada. Cada tanto, actualizaba el Twitter. Me estaba tomando el fondo con calma y no me importaba perder algunos minutos mientras me hidrataba o comía algo.

Avancé sin complicaciones, sin dolores de metatarso, hasta que llegué al monumento a los remeros, en el Tigre. Ahí mi reloj marcaba 32 kilómetros. ¿Cómo podía ser, si siempre me daba 33 kilómetros? Evidentemente la nueva modalidad del reloj ahorraba batería pero a la vez perdía mucha precisión. Las opciones eran dos: corría hasta que el GPS indicara 120 km o calculaba la distancia de más y me detenía antes. Quería la foto del reloj con el 120, así que decidí darle para adelante.

El cansancio que sentía es difícil de describir. No puedo ubicar un dolor en alguna parte del cuerpo, o falta de aire. Estaba comiendo más que de costumbre, y tomaba mucha agua. Pero mi ritmo era mucho más lento del que debería ser con ese mismo esfuerzo. Me estaba costando y ni siquiera estaba en la mitad. No importaba, porque sabía que terminaba aunque fuera caminando. Eran las 3:30 de la mañana y sabía que la matemática no estaba de mi lado. El equipo de asistencia me esperaba en la base donde entrenamos los Puma Runners, al costado del Hipódromo de San Isidro, a las 4. Les mandé un mensaje para avisarles que estaba llegando más cerca de las 4:30. Marce y Nico, cada uno por su lado, me respondió que igual iban a estar a la hora señalada. Es curioso contar con personas tan comprometidas, tan responsables, tan inteligentes, y que me hayan esperado cada uno en su auto, sin saber de la presencia del otro (estaban a 100 metros entre sí). Ambos son uruguayos, quizá tenga algo que ver.

Llegué, feliz de ver a otro ser humano después de casi 5 horas corriendo. El reloj indicaba que había hecho 47 kilómetros… pero, ¿cómo creerle? Quizás eran 49, si el desfasaje era proporcional. Marce y Nico tenían en sus baúles comida extra (fruta principalmente, pan casero, pretzels), ropa de recambio, y unos aminoácidos que decidí probar para contrarrestar la pérdida de masa muscular ante semejante esfuerzo. Fue un acto de fe, porque no podría decir si funcionó o no… Además, contar con un auto me permitía dejar la mochila de una buena vez.

La Provincia de Buenos Aires tiene un clima un poco más fresco que la Capital Federal, pero el Hipódromo de San Isidro es todavía más gélido. Me puse una remera de manga corta encima de la térmica por miedo a enfriarme el pecho. Me abrigué el cuello y salí con algunos pretzels en el bolsillo. El frío era duro, y yo no paraba de quejarme todo el tiempo de lo cansado que estaba… ¡y me faltaban 70 kilómetros! Pero conscientemente nunca quise decir “No doy más”, porque sabía que esa es una de las mayores mentiras que nos solemos decir. Hay un componente alimenticio en nuestro rendimiento, y además estaba comprobando la diferencia enorme que hace descansar antes de un gran esfuerzo, pero sin lugar a dudas el factor más importante para conquistar un desafío es la cabeza. Y yo la quería de mi lado.

Fueron las cuatro horas más difíciles a las que me enfrenté en mucho tiempo. Los chicos iban a un ritmo que yo sentía imposible de mantener (aunque ellos deben estar convencidos de que solo me estaban acompañando a mi zancada). Había sido tan lento hasta llegar ahí que decidí no quejarme, no decir nada, y mantenerlo. En cada vuelta tomaba agua y en cada vuelta hacía pis. No tengo idea de por qué tenía esa necesidad de estar todo el tiempo hidratándome. Quizá la falta de sueño haya influido. El punto positivo fue que le dábamos vueltas al Hipódromo y estábamos absolutamente solos. Nadie en su sano juicio se iba a poner a correr en esas condiciones. En cada vuelta íbamos a los autos, buscábamos algo de comer o tomar, y volvíamos a salir.

Ahora supongo que mi bajón fue anímico. En ese momento, nada parecía levantarme. Decidí aflojar un poco con el pinole, esa fórmula que siempre me funcionó me empezaba a fastidiar. Seguí los consejos de Romina, mi nutricionista, y empecé a rotar las fuentes de carbohidratos. Pasé a la manzana roja pelada, cortada en gajos, y fue la cosa más exquisita del mundo. También comí un pan integral que hizo Nico, pero solo sentía que la energía que entraba servía para mantener, no para subir. Iba a ser un fondo duro…

Empezó a amanecer. A las 7 se veía en el fondo un poquito de claridad. Media hora después ya tenía que empezar a cubrirme si quería hacer pis en cualquier árbol. De a poco iban apareciendo corredores. Yo me seguía quejando. Esas primeras horas de sol son las más frías de la mañana. Pero con la luz empezaron a aparecer los Puma Runners, que nos interceptaron a mitad de la vuelta al Hipódromo. Primero uno, después otro.

Llegamos a la base, donde ya estaba Germán, nuestro entrenador, y varios chicos. El sol ya calentaba y el frío quedaba atrás. Ocurrió el milagro: me sentí bien. Quizá toda esa luz era lo que necesitaba para levantarme. O que haya desaparecido el frío invernal. O ver más amigos. O la suma de todo. Lo cierto es que me empezaron a preguntar cómo me sentía, y no hizo falta que mintiese. Estaba bárbaro.

Me gustaría decir que a partir de ahí todo se me hizo más fácil, y que pasé de un ritmo de 6:30 el kilómetro a 4:45, pero la verdad es que creo que físicamente rendí igual. Tuve otra actitud y empecé a disfrutarlo un poco más. Algo no menos importante: pude seguir, mientras que durante la noche sospechaba que lo iba a lograr pero no tenía idea de cómo lo iba a hacer.

Ante todo, me tomé las cosas con calma. El primer equipo, los uruguayos madrugadores, se fueron a su casa. La compañía fue rotando, alguno me escoltó una vuelta, otro se animó a meter 30 kilómetros… lo cierto es que no estuve solo en ningún momento. Ya sea corriendo o en la base, había gente apoyándome. En un momento me senté a tomar agua y comer pan, y me hicieron masajes en la espalda. Me dolían terriblemente porque estaba fusilado, pero también me relajaron mucho.

Cometí el error de concentrarme en todo lo que faltaba. Es algo que a veces ayuda, y otras te carcome el cerebro. Los últimos 40 kilómetros eran 8 vueltas al Hipódromo. Se me hacía eterno, un chicle. Esos 5 kilómetros me tomaban unos 35 minutos. El fin se veía lejano.

Mis actualizaciones de Twitter se fueron espaciando porque mi celular se quedaba sin batería (es bueno saber que yo tengo más energía que la tecnología que nos rodea). Los chicos de Puma Runners estaban ahí, sentados en una mesa, charlando. Su entrenamiento “oficial” ya había terminado, pero me estaban esperando a mí. El Gato decidió acompañarme hasta que terminara, así que se comprometió a correr mis últimos 30 kilómetros a mi lado. Estaba la sospecha de que el GPS de mi reloj compensaba las diferencias de medición, porque por momentos decía que mi velocidad era de 7 minutos el kilómetro, y a veces decía que era de 5 (algo demasiado lejano a la realidad). El Gato se convirtió en una gran compañía, a quien se le sumó esporádicamente algunos otros amigos. Sabía qué decir para mantenerme motivado, me aconsejaba para no quemarme, y cuando alguien me quería dar charla y yo no tenía fuerzas para hablar, respondía por mí. Casi me muero cuando una compañera me preguntó “¿Por qué se llama Semana 52?”. Por suerte, el Gato hizo la crónica de este blog y me ahorró el descomunal esfuerzo de responder más allá de monosílabas.

Y así, avanzando lentamente, pasé la barrera de los 100 km, algo desconocido para mí. Sin dolor de metatarso ni ampollas reventadas. “Con cada paro hacés historia”, me dijo el Gato. Las últimas vueltas las arrancaba caminando. Frenar para comer y tomar algo hacía que arrancar fuese muy duro. Por eso me tomaba unos metros para empezar a trotar.

Cuando faltaban 8 kilómetros para terminar, Germán propuso algo que hemos hecho durante otros fondos largos: Correr 4 kilómetros en un sentido y volver sobre mis pasos. Así podía hacer esa distancia y ya terminar de una buena vez. Hasta ese momento cada vuelta eran 5 kilómetros. Pensar en hacer 8 parecía una proeza enorme… pero, ¿en qué estaba pensando? ¿Cómo podía, después de correr 112 kilómetros, preocuparme por hacer 8 sin parar? Si hubiese tenido fuerzas y flexibilidad, me hubiese dado una patada en el culo. Arrancamos lentamente el Gato, Paco y yo. Corrí en musculosa, como para hacer un contraste del excelente clima que hacía. Como estaba en las tres cifras de kilometraje, el reloj ya no me indicaba decimales, así que estaba todo el tiempo mirando a ver cuándo se cumplían esos 4 kilómetros para pegar la vuelta.

Finalmente, en el kilómetro 116, frenamos y me comí una banana. Quedaba lo último. Media vuelta, y volver sobre nuestros pasos. Se notaba que empezábamos a correr más rápido. De a poco íbamos pasando por esos puntos del Hipódromo que venía viendo desde hacía 9 horas y que ya no iba a volver a ver por un tiempo. Avanzamos con entusiasmo, empecé a abrir las piernas y a levantar el brazo en señal de victoria… pero el maldito GPS se había clavado en 119 km. “¡CAMBIÁ!”, pensaba. Se suponía que teníamos que terminar frente a la base donde estaba el resto de los chicos, pero nos pasamos 100 metros hasta que, finalmente, apareció ese gran número 120.

Grité “¡ESPARTAAA!”, me abracé con el Gato y Paco y me sentí inmensamente feliz. Tanto que fanfarroneé y esos 100 metros que nos pasamos de donde estaba Germán con el resto de los chicos los hice trotando. Cinco minutos después de comer y tomar algo me di cuenta de algo que me llenó de esperanzas: me sentía como para seguir corriendo. Seguramente este fondo lo parí por no haber dormido, y empezar con tantas horas de noche no ayudó. Cuando caiga el sol en Grecia va a ser igualmente duro, pero sé que puedo pasarlo. Sé que va a ser cuestión de esperar a que amanezca y siga. Entiendo que hay corredores más fuertes que pueden hacer los 246 km de un tirón, pero yo sé que 5 minutos me hacen una diferencia. Si algo comprobé con el fondo de ayer es que necesitás a la cabeza de tu lado. Sé que puedo lograrlo.

Ayer fue un día lleno de héroes para mí. Desde quienes me dieron aliento apenas arranqué hasta los que se quedaron hasta las 14:30 para verme terminar, pasando por el equipo que apareció a asistirme a la madrugada, los que corrieron media vuelta o más a mi lado, y el gran motivador y compañero que resultó el Gato. En un lugar especial lo pongo a Paco, que a pesar de vivir en Núñez me llevó en auto hasta la esquina de mi casa, en el Microcentro. A pocas cuadras de llegar me empecé a quedar dormido, y cuando me bajé caminé a paso de hormiga los 20 metros hasta la puerta de mi edificio. Un niño de cinco años armado con una cuchara me podría haber superado físicamente y robado todas mis posesiones.

El dolor de piernas que sentía era tremendo. Quizá si seguía corriendo no lo hubiese notado hasta después. Frenar tiene esas cosas, uno ya no puede dejar de ignorar el dolor. En casa tomé agua, me comí un paquete de galletitas Cachafaz (bueno, me las merecía) y me acosté a ver una película. A las 19 la paré porque me quedaba dormido y me desperté a las 6:30 de la mañana. Por eso no hice la crónica de este fondo ayer, ni cené, ni terminé de ver “Grand Hotel Budapest”, maravillosa película de Wes Anderson que recomiendo enormemente (pude terminarla esta mañana).

Ayer hice una distancia casi igual a la mitad de la Espartatlón. Revisando el trayecto que grabó mi reloj Suunto en la compu, me di cuenta de que realmente compensó las diferencias porque en alguna vuelta indica que atravesé el alambrado del Hipódromo y corrí de una punta a la otra por el medio de la pista. Aunque el terreno griego va a ser diferente, con más lomas, toda esta experiencia me hace sentir que con una buena estrategia y mucha confianza, soy capaz de terminar la Espartatlón en Septiembre.

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