Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 41

Semana 41: Día 287: Recetas ultramaratonistas: Fainá

Una de las cosas que más satisfacción me dio fue descubrir que podía prescindir del azúcar y de muchos alimentos refinados y químicos para poder correr grandes distancias. Al principio, como cualquier corredor que se inicia, fui a lo seguro, a lo que consumía todo el mundo. Obviamente bebidas isotónicas y geles. Era imposible pensar en una carrera sin eso. Pero bueno, ese era el preconcepto que tenía. Ya descubrí que no es tan así.

Abrir la cabeza y cuestionar lo establecido no es fácil. A mí me costó mucho. Pero siendo vegetariano estaba un poco acostumbrado a ir a contramano del mundo. Por eso el paso al veganismo fue más fácil de lo que esperaba. Nunca imaginé que iba a terminar en una cruzada en contra de las harinas refinadas, el azúcar blanca, los químicos en los alimentos procesados y el nefasto jarabe de maíz de alta fructosa. Creemos, porque así nos educaron, que cualquier cosa de la góndola del supermercado nutre, y no queremos volvernos paranoicos y pensar que lo que las empresas quieren es producir mucho a bajo costo, dejando el tema de la nutrición en último plano.

Es imposible hacer una ultra y no estar correctamente hidratado y alimentado. Lo sé por experiencia personal. Los geles y las bebidas isotónicas SÍ sirven… pero, ¿son la única opción?

Cuando decidí dejar el azúcar descubrí que está presente en casi todos los alimentos que se pueden comprar en un supermercado. Hasta en las latas de garbanzos (porque, justamente, son un conservante barato). Es por eso que pasé a la variante de comprar las legumbres secas y dejarlas en remojo toda la noche. Es más trabajoso, pero al menos soy un poco más consciente de lo que estoy comiendo. No quiero hilar fino y ponerme a hablar de los pesticidas, los alimentos transgénicos y todas las cosas que no podemos ver. No todos tenemos acceso a granjas orgánicas. Hay mucho que se puede hacer por la salud, y por supuesto que soy consciente de que me queda mucho por hacer.

Cuando decidí dejar los geles, la alternativa a la que llegué con mi nutricionista para obtener hidratos de carbono de asimilación lenta fue la fainá. Este alimento, muy típico de Argentina, es nada menos que harina de garbanzo. Al principio compraba un preparado muy fácil de cocinar, pero que en los ingredientes tenía montones de químicos y conservantes. Sentí que estaba a mitad de camino. Hasta que compré directamente harina de garbanzo en el Barrio Chino (un kilo por el mismo precio que los 200 gramos del preparado). Le hice algunas variantes y llegué a esta receta, pensada para un fondista.

FAINÁ PARA CARRERA
Ingredientes:
200 gr de harina de garbanzos
una pizca de sal
pimienta (a gusto)
semillas de chía trituradas (a gusto)
600 cc de agua

Preparación:
Echar en un bowl la harina de garbanzos, la sal, la pimienta y las semillas. Se puede probar cualquier otra semilla, estas en particular me gustan (tiñen un poco la preparación de marrón), y al estar trituradas se mezclan mejor.
Echar el agua y revolver hasta que no queden grumos.
Aceitar una fuente para horno con fritolim mientras dejamos descansar la preparación unos minutos en el bowl.
Volver a batir, ya que seguramente quedó mucho sedimento por debajo.
Colocar en horno fuerte hasta que la parte de arriba se dore. Bajar y cocinar unos 20 minutos más.

Los tiempos de cocción varían. Yo uso un horno eléctrico, pero en algunas recetas de internet recomiendan precalentar el horno. A veces, después de que se terminó de cocinar, noto que la fainá queda muy blanda, casi como un flan. Es cuestión de dejarla reposar y toma consistencia.

Para los fondos la corto en cuadrados y lo meto en una bolsita, para poder guardarlo en algún bolsillo de la mochila hidratadora. Si te estás preguntando si los garbanzos y las semillas pueden dar gases, te respondo que sí, seguramente. El tema de la fibra y cualquier alimento que provoque una revolución en tu estómago es algo a lo que yo le escapaba. Lo importante era correr y que nada lo entorpeciera. Pero llegó un día en el que pasé a las ultramaratones, y prácticamente cualquier cosa puede molestarte, hasta una correa que cuelga de la mochila y te golpea a cada paso el hombro. Esas cosas, si te distraen, pueden enloquecerte.

Mi experiencia me indicó que a todo nos acostumbramos. Incluso a la fibra. Por eso me puse como objetivo acostumbrarme a comer y correr. Empecé a hacer mis fondos inmediatamente después de un suculento desayuno, y a llevarme cualquier tipo de comida en mis fondos y carreras. Es increíble cómo el cuerpo cambia con los hábitos. La capacidad está en uno mismo. Con esta sencilla receta yo dejé por completo las bebidas isotónicas. Ahora con agua mineral o filtrada y estos cuadraditos de fainá ya tengo lo que necesito para entrenar para mis ultramaratones. Pero por supuesto que no es lo único que consumo. Dejaré mi receta del pinole para otra ocasión…

Semana 41: Día 286: Próximos desafíos

En tres semanas voy a correr la Adventure Race Pinamar, un clásico al que asisto desde 2008. Son 27 km de arena, y quienes la corren aprenden a extrañarla todo el año luego de odiarla todo un día.

Pero la voy a hacer muy tranquilo. A ocho semanas de la Espartatlón no vale la pena romperse. Los verdaderos desafíos serán antes.

El próximo sábado (o sea, pasado mañana) voy a correr 70 km, arrancando tipo 4 de la mañana. Es la entrada al plato fuerte para el fin de semana siguiente, donde voy a correr 120 km. La idea es empezar a las 23:30 y correr sin dormir, para que el cuerpo y la mente experimenten a lo que me voy a enfrentar en Grecia. Aunque sea para no conocerlo allá. Me entusiasma porque es algo desconocido, extremo.

El recorrido en ambos casos va a ser muy similar: fondo hasta el monumento al remero, en Tigre, vuelta hasta Acassuso y cerrar dando las vueltas que haga falta en el Hipódromo. La gran diferencia, además de la distancia, estará en que el fondo de 120 km lo empiezo en el cumpleaños de un amigo. Tengo una excusa que creo válida para retirarme antes de la medianoche…

Semana 41: Día 285: No me gusta el fútbol

¿Cómo podría gustarme un deporte que me provocó una lesión que no me dejó correr por semanas?

Nunca me entendí con el fútbol. Mi papá nunca me llevó a la cancha ni me afilió a ningún club. No tenía habilidad para correr, patear ni marcar, así que después del “pan y queso” yo era el último al que elegían.

Cuando me cambié de colegio al empezar el secundario tuve una oportunidad de empezar de nuevo. Se armaban los primeros partidos y yo me sumé, como si fuese lo más normal del mundo. Me puse los cortos, mis zapatillas de gimnasia y fui a una cancha con pasto sintético. Marcando a uno, sin querer lo mandé al piso y esa alfombra verde le lijó una rodilla, dejándosela en carne viva. Después hubo penales y metí un gol, el primero de mi vida (no vendrían muchos más después). El arquero no salía de su asombro. “La pateó de puntín, ¿vieron?”. Supongo que quiso decir que yo era un burro, pero en ese momento no entendía si era algo bueno o malo.

Pasados mis 20 empecé a jugar con mis amigos partidos de trasnoche, a veces en una cancha, a veces en la calle. Lo disfrutaba mucho porque compartía ese momento con gente a la que quería mucho, y a ellos no les importaba lo malo que era y que no hiciera goles. Una vez hicimos partido al lado de la 9 de julio, contra unos empleados del servicio de recolección de residuos. Clavaron sus palas en la tierra para hacer los arcos, y jugamos mientras se hacía de día. Esas anécdotas sí las disfrutaba, pero no me acuerdo para nada cuál fue el resultado.

Una de esas madrugadas, girando sobre mi pie mientras marcaba a uno de mis amigos (éramos tres contra tres), me fracturé el tobillo. La rehabilitación, después de 60 días de yeso, consistió en kinesiología, después natación, luego bicicleta y finalmente correr.

Empecé a entrenar en el mismo grupo en el que estoy ahora, pero los miércoles faltaba para jugar a la pelota con los chicos. No hacía goles, solo marcaba. Subía al área contraria porque así me marcaban y despejaba un poco el arco, pero nunca me la pasaban, y cuando tocaba la pelota era para tirarla al demonio. Mis amigos de vez en cuando me la pasaban, por piedad (o lástima) y yo lo odiaba. De hecho, cuando creía que se venía un pase, miraba para otro lado, evitando el contacto visual.

La última vez que jugué a la pelota, en 2010, un choque me provocó una lesión llamada osteocondritis, que es la separación del hueso de los músculos, y duele como una fractura. Fue en una costilla, y no podía toser ni reirme porque veía las estrellas.

Esa es mi historia con el fútbol, nunca tuve equipo (decía cualquiera cuando me preguntaban) y me daba igual jugar a la pelota o a las cartas, mientras compartiera un momento con mis amigos.

Pero claro… una vez cada cuatro años me enloquezco con la selección. Me encuentro viendo partidos de selecciones que no conozco (como Portugal o Uruguay), y como no tengo tele en casa, ayer salí corriendo a ver en la calle la paliza que sufrió Brasil.

Sé que muchos detestan a los paracaidistas como yo, que se convierten a la religión del fútbol cada cuatro años. Pero así es, la pasión se me despierta cuando mi país me representa en el Mundial. Viví de chico el triunfo del 86, sufrí con acariciar la gloria en el 90 y estoy esperando que hoy la selección se clasifique para una nueva final del mundo. Y si no se nos da… al menos disfruté mucho del viaje.

Semana 41: Día 284: Lo atropellan entrenando

A veces me cruzo con estas noticias que me ponen los pelos de punta.

Darío Piñeyro, umn atleta misionero de 38 años, entrenaba al costado de la ruta nacional 14, cerca de la ciudad de Oberá, cuando fue embestido por un adolescente que participaba con su motocicleta en una picada. Piñeyro sufrió una grave lesión en la rodilla izquierda y debió ser intervenido quirúrgicamente. Los médicos le colocaron dos tornillos y creen que más adelante  podrá volver a competir en las maratones. Pese a la grave lesión, el deportista declaró: “El médico piensa que voy a volver a correr, voy a salir adelante”.

Como atleta que entrena constantemente en la ciudad, el tema del tránsito es un riesgo al que me expongo constantemente. Las picadas son algo que nunca voy a poder entender, a menos que piense en la explicación de que se trata de seres humanos que buscan compensar insuficiencias sexuales a través de la velocidad y de vehículos que hacen mucho ruido al acelerar.

Correr al costado de la ruta también implica un riesgo mayor (sobre todo en la ruta nacional 14, donde se supone que es habitual que se corran picadas), pero por más que tengamos equipo con detalles refractantes o conservemos una distancia prudencial, siempre nos exponemos al peligro de un imprudente. Es el principio del cinturón de seguridad: no nos lo ponemos porque no confiamos en nuestra habilidad de manejo o de quien maneja el auto en el que vamos, sino por desconfianza en los otros conductores.
El incidente en cuestión ocurrió el viernes a la noche cuando Piñeyro volvía trotando de su trabajo. En el “Cruce Karabén” fue impactado por una moto conducida por Mauro, de 17 años, que circulaba a alta velocidad junto a otro motociclista que no detuvo su marcha pese a haber observado el accidente. Como consecuencia del impacto, Piñeyro sufrió un corte en la cabeza y una severa lesión en la rótula de la pierna izquierda, mientras que el conductor de la moto quedó tendido, inconsciente sobre el asfalto. A pesar de estar muy lastimado y sin pensar en la grave lesión que le va a impedir correr por mucho tiempo, la grandeza del corredor lo puso de pie y corrió a ayudar al adolescente, que quedó tendido sobre uno de los carriles de la ruta 14, con riesgo de ser arrollado por otro vehículo. El adolescente fue internado en terapia intensiva, con un severo traumatismo de cráneo.

Imagino que el tesón de Piñeyro lo va a llevar a rehabilitarse y volver a entrenar lo más pronto posible, pero ¿qué pasa con el adolescente que corría picadas? ¿Esta imprudencia (mal llamada “accidente”) le sirve de experiencia para darse cuenta de que no solo pone en riesgo su vida, sino la de los demás? ¿O queda en el olvido, como una anécdota? Porque la verdadera tragedia no es tanto los heridos ni los daños que pueda haber llegado a tener esa moto, sino que todo el dolor físico que van a sufrir ambos haya sido en vano…

Semana 41: Día 283: A 80 días de la carrera

Faltan nada más que 80 días para que se largue la Espartatlón. Es lo que le tomó a Phineas Fogg (lo escribo de memoria, ¿la pegué?) dar la vuelta al mundo en globo.

Es menos que un cuatrimestre, menos de lo que le toma al gobierno de la Ciudad actualizar una línea de subterráneo (y darse cuenta de que los coches no entran en los túneles). En sí, no es nada. Pero todavía me da tiempo para entrenar, aprender cosas nuevas, experimentar.

La semana que viene tengo cita con la nutricionista. No sé si la volveré a ver antes del viaje (probablemente sí), pero quiero cerrar todo lo que sea estrategia de carrera (hidratación y alimentación). También me gustaría concentrar estas últimas semanas en casa para optimizar el trabajo en el gimnasio y enfocarme en todo lo que me ayude en la carrera.

Me queda resolver el hospedaje en Esparta (la noche de la llegada, porque aunque no llegue, el autobús de la muerte te lleva a la meta) y no mucho más. Son diez semanas. Allan Lawrence decía que uno es el resultado de lo que entrenó en las últimas ocho. La hora de la verdad es esta.

Semana 41: Día 282: Cadena maratonista

No tengo muy planificada mi vida post Espartatlón. No sé cómo me va a pegar a nivel emocional, tampoco tengo muy en claro si mis piernas van a ser utilizables después de estar un día y medio corriendo (o lo que me dé el físico). Solo sé que si viajo con amigos voy a querer escaparme a alguna isla por unos días. Y si solo sale viaje familiar con mis papás… probablemente también.

Esto de viajar a Europa hizo que me perdiese un par de ediciones de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, sin lugar a dudas mi carrera favorita del calendario. ¿Por qué prefiero correr sobre el asfalto, entre el concreto, en lugar de en la montaña, en los médanos, en el bosque? No tengo ni idea. Será que siempre puse la maratón en un pedestal, y cuando la corrí por primera vez, no me decepcionó. Será que haciendo esos 42 km con 195 metros comprendí lo que era ser un corredor, el resultado del entrenamiento y la planificación de carrera. Será que soy una rata de ciudad y que transitar sus avenidas sin interrupción de los coches es lo más cercano a un triunfo que podré sentir. Por ahí es todo eso y por ahí nada que ver. Lo que sí puedo afirmar es que cada vez que participé lo disfruté enormemente.

La edición de 2014, para mí, estaba absolutamente fuera de discusión. Pero me enteré que Javier, compañero de Puma Runners, la va a correr por primera vez. Y me acordé de aquella maratón en la que debuté, en 2010, y cómo me incentivó otro compañero (que siguió su propio camino), llamado Walter. Yo valoré enormemente que él me acompañara, así que me la jugué, después de pensarlo varios días, y le ofrecí a Javier correrla con él. En algún punto es una subestimación hacia él o una sobreestimación hacia mí: creo que puedo correr 246 km y dos semanas después hacer 42 km al mismo ritmo que él, sin retrasarlo. Veremos.

Desde el año pasado estoy prefiriendo las carreras en las que acompaño a un amigo más que las que me mato por mejorar tiempos y posiciones. Creo que viví todo lo que tenía por vivir. Nunca soñé con el podio y aunque siempre estuve bastante lejos de él, mi principal preocupación era mi marca personal. Creo que uno puede superarse infinitas veces, y más allá de la autosatisfacción, queda ahí. Veo más enriquecedor estar ahí para un amigo, aconsejando, dando aliento. Es completar el círculo: yo disfruté mucho mi primera carrera, me gustaría que alguien a quien aprecio viva algo parecido. Seguramente, en unos años, él también pueda pasarle la antorcha a otro corredor que esté debutando en esa distancia. Como me pasó a mí, le pasará a él, y así, armando una cadena maratonista hasta el infinito, y más allá…

Semana 41: Día 281: Reconectándome

No sé si le pasará a todo el mundo, pero a mí internet me anda pésimo. Me quejo, mandan un técnico, ajusta una tuerquita, anda todo fenómeno hasta una semana después. Entre cortes y microcortes se me cancelan archivos bajados que tengo que volver a cargar, no puedo mandar a aprobar proyectos… en fin. Es una empresa que empieza con Fiber y termina con tel. Me caen mal, pero no sé si tanto como esa que empieza con Tele y termina con un centro en el área chica.

Ayer no pude actualizar, pero tuve una revelación muy triste: ya no quiero seguir escribiendo este blog. Ojo, no estoy diciendo que voy a cortar acá. No voy a seguir haciéndolo un quinto año. Me encuentro repitiéndome y me siento falto de inspiración. Ayer odié a Fibertel con todo mi ser, pero no me angustié por no generar una entrada nueva. Pensé en hacerlo por la mañana, pero internet volvió recién hoy, sábado a las 10 de la noche. Y como me cuesta escribir sobre temas que no sean repetitivos, me pareció que lo mejor era ser honesto y ver qué pasa.

Sin dudas este va a ser el último año de Semana 52. No voy a dejar de bloguear ni tampoco me alejaré del mundo del fondismo. Posiblemente lo siga haciendo pero no acá. Estoy en un proyecto que creo que va a ser muy significativo y que va a ayudar a mucha gente. Me entusiasma poner mis esfuerzos en eso.

Empecé Semana 52 para forzarme a generar un cambio. Si me exponía, me ponía en la incómoda situación de no aflojar. Pude documentar un proceso que, sin ánimos de exagerar, me salvó la vida. Al principio vivía con cierta obsesión por la cantidad de visitas que recibía, y me costó despegarme de eso. Después empezaron a reconocerme en la calle (en todos estos años habrán sido unas quince personas) y es algo que nunca deja de darme vergüenza. Soy un tipo de bajo perfil, que nunca destacó, y creo que nunca tomé la verdadera dimensión de estar contando cosas muy personales en un blog. Hacerlo protegido por un teclado facilita todo, pero nunca me detengo a pensar que del otro lado va a haber gente que lea esto con atención.

Escribir me gusta, disfruto mucho de hacer reseñas de carreras, así que seguiré haciendo eso, pero desde otro sitio. Creo que no necesito seguir cambiando física ni deportivamente. Si termino la Espartatlón voy a poder decir “ya está”. Quiero disfrutar del deporte al aire libre, no obsesionarme con los tiempos ni mi ubicación dentro de la clasificación. Quiero correr carreras con gente que la haga por primera vez, compartir las cosas que aprendí… Que todo esto le sirva a alguien más que a mí.

Semana 52 empezó como algo bastante egocéntrico, en el camino encontré que ayudó a varias personas, pero cumplió su función conmigo, y cuando actualizar el blog se convirtió en un compromiso o en algo tedioso (que admito que no pasa siempre) empecé a sentir que era mejor darle un final a terminar odiando esto. No puedo evitar recordar al maratonista español que corrió 500 maratones seguidas y cuando llegó al objetivo se comprometió a seguir y llegar a mil. Pero pasando las 600, un día se despertó para correr y no pudo levantarse de la cama. De un día para el otro había perdido la motivación y su proyecto de desvaneció. No quiero que me pase eso, quiero disfrutarlo, y me quedan solo 12 semanas para la Espartatlón. Todavía puede ser más divertido que un compromiso diario.

Así que finalmente Fibertel me reconectó con Internet. Solo falta que yo me reconecte con esto de escribir, pero desde un lugar diferente… sé que puedo.

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