Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 4

Semana 4: Día 28: Cómo correr (realmente) en una cinta

Esta es una práctica guía que escribí en mi cabeza el día de hoy, mientras hacía 10 minutos de cinta a 12 km por hora. La “distancia”, “calorías” y “ritmo cardíaco” que indica la máquina son absolutamente falsos, así que no se guíe por números azarosos y sí por lo que le dice un desconocido en un blog.
1. Busque la mejor máquina del gimnasio, según su antojo. Esta puede ser la que esté más cerca de la tele o más lejos, dependiendo del volumen de la misma y de su capacidad para no distraerse.
2. En verano, colóquese debajo o junto al ventilador. Correr en cinta, sin la brisa que se produce al avanzar, es muy caluroso, y va a transpirar más de la cuenta.
3. En invierno, colóquese lejos de la estufa. Correr en cinta, sin la brisa que se produce al avanzar, es muy caluroso, y va a transpirar más de la cuenta, aunque afuera hagan 3 grados.
4. En primavera, colóquese debajo o junto al ventilador y/o lejos de la estufa. Correr en cinta, sin la brisa que se produce al avanzar, es muy caluroso, y va a transpirar más de la cuenta, y en primavera hay días que se muere de calor y días que hace un frío de aquellos.
5. En otoño… ídem anterior.
6. Para simular la resistencia de correr en la calle, ponga una inclinación de un grado. Usted creerá que todo este post está escrito en tono de broma, pero le estoy hablando en serio.
7. Ajuste la velocidad a su antojo. Las máquinas tienen programaciones para ejercitar resistencia, pero en este blog corremos en cinta emular la calle, y si queremos hacer que entrenamos en montaña, nos vamos a la montaña.
8. Mire de reojo la velocidad de la máquina del compañero que tenga a su lado, y corra siempre a 1 km por hora más que él.
9. Si tiene a otra persona a su lado, elija la más fácil de vencer. No importa que sea una cinta, usted siempre está compitiendo con su par.
10. Las máquinas tienen que romper la inercia y hacerlo con usted parado encima las puede averiar. Lo ideal es que arranque sola, sin su peso, y que se suba cuando esté en movimiento. En serio. No intente subirse si está a gran velocidad, a menos que alguien lo esté filmando y después lo suba a Youtube para que nos riamos todos.
11. Asegúrese de tener una toallita cerca, preferentemente colgada en la misma máquina. Va a transpirar como un marrano y pasarán cosas bochornosas como hacer una fuerte exhalación mientras las gotas de sudor caen sobre su rostro, y salpicar todo el panel. La toallita es para secarse la frente, y si fracasó en esto, para secar la máquina.
12. Si se va a subir a la cinta para caminar y afuera hace un lindo día, usted no entendió nada. La cinta es para entrar en calor o para no perder el entrenamiento si afuera llueven meteoritos. Para caminar 20 minutos, lo puede hacer afuera mientras produce vitamina D gracias a la exposición al sol.
13. Si es de los que se distrae con la televisión, procure colocarse en un ángulo cómodo, en el que no tenga que girar o darse vuelta cada vez que Gimnasia hace un gol. Puede perder el equilibrio, caer y salir disparado.
14. Aproveche las ventajas de correr en cinta. ¿A cuántos kilómetros por hora máximo puede correr? ¿Por cuánto tiempo? Haga cambios de ritmo. Póngase metas, como sostener una velocidad por tantos metros o minutos. El tablero electrónico, además de recordarle al DeLorean de Volver al Futuro, puede servirle de marco de referencia.
15. Ignore todos los puntos anteriores y haga lo que sienta (pero lo de poner la inclinación a 1 grado es en serio).

Semana 4: Día 27: La mini-corredora

¿Cuál es la edad para empezar a correr? Básicamente, cuando obtenemos el uso de nuestras piernas. Aunque a muchas madres les horrorizará esta historia como si se tratase de apología del delito, incluso los niños ponen sus propios límites en cuanto a la cantidad de ejercicio que realizan. Keelan Glass, de seis años, acaba de convertirse en la corredora de media maratón más joven del mundo, con seis años.
Existen otros casos de infantes que completan los 21 km, pero no estaban nomenclados por la ARRS (Asociación de Estadísticos de Carreras de Calle, por sus siglas en inglés). Lo cierto es que esta nena completó la distancia en 2 horas 47 minutos, y llegó en el quinto puesto de diez corredores en la categoría menores de 14 años. Era para la Showdown Half Marathon en Fairview, Texas, cuya finalidad era recaudar fondos para un centro de embarazo de la ciudad. La hazaña cobra más dimensión cuando nos enteramos de que el resto de los niños tenía de 12 años para arriba.
Hija de padres triatletas, es lógico entender su entusiasmo. Su mamá aseguró que nunca la forzaron a seguir, y aseguran que ni siquiera estaba agitada al cruzar la meta. De hecho, Keelan ni siquiera entiende lo que hizo. Al principio acompañaba a sus papás en un carrito, hasta que se volvió tan ansiosa que empezó a andar en bicicleta a su lado. En un momento pidió correr con ellos. Consultaron a médicos que le dieron el visto bueno, y corrió 5 km a los 4, 10 al año siguiente, y ahora la media maratón. Su próxima meta es terminar los 42 k a los 10 (aunque su mamá se encargó de aclarar que le parece demasiado pronto).
¿El momento favorito de la nena? Cuando anunciaron su nombre en la llegada, y dieron a conocer el monto que había recuadado: 3 mil dólares. Ella encuentra divertido correr y así ayudar a otros. Pero, por supuesto, hubo voces de protesta. William Moore, pediatra de Dallas, dijo al diario The Morning News que “hay muchas posibilidades de que pasen cosas malas, y pocas de que pasen cosas excepcionalmente buenas”, ya que sus huesos y músculos no terminaron de desarrollarse.
El tiempo dirá cómo sigue la vida de esta jovencísima atleta. Sería genial seguirle el rastro en los próximos años, y comprobar quiénes tuvieron razón: los médicos que la dejaron correr o los fatalistas que encuentran horroroso que un infante haga deportes de fondo.

Semana 4: Día 26: El regreso del muerto vivo

Nunca estuve en una situación de vida o muerte. Las carreras me han llevado al límite, a sentir que las fuerzas me abandonaban, y alguna vez me pregunté cómo iba a salir de ahí. Pero jamás tuve la sensación de que no contaba el cuento.
Hago esta aclaración porque me encantan las aclaraciones innecesarias. Soy de los que usa la muerte como metáfora constantemente, de la forma liviana que lo hace alguien que nunca tuvo una enfermedad grave y que su peor accidente fue quemarse la yema del dedo índice con el encendedor de un auto.
Dicho todo esto, esta semana tuve el cierre del catálogo del LesGaiCineMad, el festival de cine lésbico-gay-transexual de Madrid, que año a año me da euros para malgastar. Y me dejo la vida en ese laburo, durmiendo dos horas por día, trabajando hasta desmayarme frente al teclado… uno se preguntaría para qué hacer eso… después de nueve años encargándome de la imagen de uno de los festivales madrileños más prestigiosos, podríamos organizarnos mejor… pero es así. Gajes del oficio. Esta semana fue fatal, y terminé muerto (en la acepción explicada al principio de esta entrada). Pueden imaginarse la imagen patética, yo sentado en maratónicas sesiones de 16 horas seguidas, viendo el sol salir por la ventana y después ver cómo cae la noche… y yo todavía sentado, diseñando. El blog se vio muy afectado por este ritmo, y también mi vida, ya que no entrenar impide que libere mis tensiones. Solo trabajaba hasta que me daba cuenta que me había quedado dormido, con una terrible tortícolis.
¿Y qué hace uno que está todo el día sentado frente a la computadora? Come. Me puse a pensar por qué, cuando no puedo hacer actividad al aire libre, como más que lo habitual. Y me di cuenta: es una de las pocas actividades que no impide que siga trabajando. Creo que igual como cosas sanas, pero si tengo una mano en el mouse, la otra puede ir picoteando. ¿Qué otra cosa se podría hacer? No puedo levantar pesas, o fortalecer los cuádriceps. Solo puedo estar ahí, quemándome los ojos, con música o la radio de fondo… y no mucho más.
Pero eso no es todo. Mientras armaba el catálogo, maquetaba un libro de historietas de 128 páginas, lleno de diálogos (lo cual aumenta su dificultad). Mientras pasaba material del festival para que corrigiesen, plantaba globitos y corregía textos. Un infierno. Trabajos monumentales que consumen mucha energía por sí solos. Combinados, son fatales.
Hoy a la mañana había terminado el trabajo para el festival y me quedaba todavía pendiente el tomo de historietas. Mentalmente calculé cuánto me quedaba de trabajo por delante para finalizarlo, y ya venía de no correr desde el sábado ni ir al gimnasio desde el viernes. Me dolía la cabeza y no tenía más energía. Pensar en correr o levantar peso me parecía imposible. En mi cabeza seguía repitiéndome esa macabra metáfora: “estoy muerto”. Me pareció que hacer musculación así, mal dormido cansado y quemado era una tontería.  Eran las 9 de la mañana y ya llevaba 3 horas trabajando. Dije “Ma’ sí…”, me calcé y salí para el gimnasio.
En el camino pensaba si correr en la cinta o no. Quizá era demasiado… por ahí podía levantar pesas más livianas que de costumbre… hacer algo tranqui, porque estaba volviendo. Pero cuando estaba corriendo, me sentí espectacular. Como si hubiese estado contenido y me hubiese liberado. Después de esa entrada en calor de 10 minutos a 12 km por hora, me fui a levantar la barra de pecho. Quise empezar con un peso moderado, pero me resultó poco y le tuve que agregar más. Hice tríceps, dorsales, hombros, abdominales… hasta me colgué un rato para hacer espalda, solo por capricho. Me resultó increíble la energía que tenía. Me duché (después de comerme mi sándwich de tofu) y mientras iba caminando por la calle, con el sol del mediodía calentándome, pensé “esto es lo que se siente estar vivo”. Realmente entrenar me revivió. Ya venía de maratónicas sesiones frente a la computadora, muerto de cansancio… y hacer algo que básicamente es desgaste físico me devolvió a la vida.
¿Cuántas veces dejé pasar cosas así porque me sentía cansado? Esta experiencia se suma a una larga lista que confirma que uno nunca se arrepiente de entrenar. No importa la circunstancia, si estoy cansado o deprimido. Levantarme de esta silla y salir a la calle para entrenar se termina convirtiendo, siempre, en mi momento favorito del día.

Semana 4: Día 23: Madre hay una sola

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Hay un festival de cine que es una vez al año, en el que siempre tengo que trabajar. Me gusta la experiencia, pero es agotadora. El tema es que como el fuerte es un mes antes de su inauguración, el último día de octubre o el primero de noviembre, siempre coincide con el día de la madre. Y yo estoy siempre trabajando a destajo, convenciéndome de parar un instante para ver a mi mamá.
Este año ella me lo hizo un poco más fácil, y justo se fue de viaje con mi papá. Así fue que todos estaban yendo y viniendo a sus antiguos barrios, visitando a la familia para almorzar. No fue mi caso, que me quedé pegado a la silla, armando fichas de largometrajes, documentales y cortometrajes. En medio de maratónicas sesiones de trabajo (hablamos de 15 horas seguidas antes de desmayarme del sueño) pensaba en escribir unas líneas sobre ella.
Como puede corroborar cualquiera que lea este blog, mi mamá es una de mis grandes fans. Quizá como el nene lo le salió muy extrovertido, aprovecha para leer diariamente mis entradas y enterarse de qué estoy haciendo. Ella supo reprimir sus instintos maternales y no se escandalizó cuando empecé a entrenar duro y perder mucho peso, ni cuando decidí hacerme vegano (creo que ya se había acostumbrado a mi vegetarianismo). Mientras mi entrenador y mi nutricionista me supervisaran, y los estudios de sangre y del corazón dieran bien, ella se quedaba tranquila. Muchas veces postea en los comentarios de las entradas, y otras cree que si opina me va a incomodar, entonces directamente me llama por teléfono y hablamos de cosas que escribí.
Ella se movilizó junto a mi papá, amigos y hermanos hasta Marcos Paz para verme correr mis primeros 100 km. Estuvo en 2012 cuando me quedé en el km 77 y volví a la meta en auto, tiritando de frío por mis escasas reservas de energía (hay que bancarse manejar 50 km para verme pasar un segundito cada dos horas y media). También volvió este año, en condiciones similares, pero esta vez sí para recibirme en la meta cuando cumplí mi objetivo en 10 horas y 14 minutos. Cuando llegué fui directo a ella, a llorar en sus hombros, todo transpirado, agotado, y feliz. De todas las personas que estaban ahí, ella era la que yo primero necesité abrazar.
Mi mamá no es precisamente una deportista, pero ahí estuvo en toda mi “carrera atlética”. Para ser realmente honesto, estuvo pendiente de mí toda mi vida. Junto con mi papá se convirtió en sponsor de mis caprichos, aún cuando no estuvo siempre 100% de acuerdo. Pero en los momentos de mayor angustia, cuando estuve en algún lugar remoto, o las fuerzas me fallaron, siempre pienso en ella y en las ganas de verla que tengo. En cuanto a la herencia genética, ella siempre dice que mi cuerpo tenía la forma del lado de su familia, y que el running lo modificó para ser como los genes de los Casanova.
Mis papás son muy diferentes. Ella es extrovertida, impulsiva, pasional. Él es más introvertido, reflexivo, paciente. Tienen en común que son muy afectuosos, generosos, creativos, y que han sabido acompañarme en cada una de mis locuras. Dejando de lado la obviedad de que yo no existiría sin ella, mi mamá es un 50% responsable de que yo esté donde estoy y que sea como soy. Por eso, aunque nunca compartimos la locura de correr, cada vez que las fuerzas me abandonan, solo pienso en abrazarla y decirle “Mami, llegué”.

Semana 4: Día 22: Comer sano es caro

Tengo la suerte de haber incentivado a mi amigo Nico a que empiece a entrenar en los Puma Runners. Así que estamos toda la semana chateando y los sábados nos vemos las caras en San Isidro. Parte de mi proceso de traerlo al lado oscuro, además de la parte aeróbica y las constantes charlas sobre qué equipo comprar y en dónde, es hablar de comida. De la sana.
Hoy, después de un trabajo intenso con peso y un fondo de 16 km, me vio comiendo mi típica colación: un sándwich de tofu y pan integral con semillas. Le intrigaba el queso de soja, lo probó… y extrañamente no le disgustó. Este chico en dos años abandona los asados y se hace vegano.
Nos pusimos a hablar del pan: él sugiere cocinarlo uno mismo (creo que tiene razón), y yo le comenté que el que compraba era muy bueno, y me dijo algo que me quedó resonando: “Sí, pero es re caro”. Probablemente se refería a que el que uno hacía en casa era más económico, pero yo lo procesé por otro lado. Puede sonar bastante obvio, pero muchas de las cosas que son más sanas son más caras. Y a veces es medio ridículo, porque se supone que los procesos industriales y los agregados deberían subir el precio de venta al público de un producto, pero generalmente es al revés. Y no me refiero al kilo de tomate a 20 pesos, sino a que las hamburguesas o las comidas rápidas están mucho más al alcance de la mano, a un costo mucho más accesible.
Me estoy acordando de la publicidad que dan ahora del “Ensaladero”. Sería absolutamente impensado que exista un vendedor así, que en lugar de helados vende ensaladas. A mí me solucionaría la vida, pero creo que soy minoría.
Por supuesto que la realidad está dictada por la demanda. La gente, en su gran mayoría, prefiere la grasa y los azúcares que los alimentos integrales. El hecho de que comer bien sea más caro no ayuda. Yo encontré mis alternativas, como ir a ferias o al Barrio Chino, que si bien no es tan barato, está mejor que los supermercados express que abundan en el microcentro.
Hoy no quise dejar pasar la oportunidad de abastecerme de avena, pasas de uva, ese pan integral caro y otras cosas, cuando una lectora del blog me reconoció y se acercó a hablarme. Como yo estaba con los auriculares, al principio pensé que yo me había colado sin querer o algo por el estilo (sépanlo, lo primero que pienso es que estoy en falta). Entonces me dijo que me leía todos los días, y me llené de vergüenza y de ahí pasé al orgullo. ¿Sabrá la gente que me reconoce por la calle que inmediatamente después se lo cuento a mis amigos por whatsapp? ¿Se rompería la magia si digo eso?
Esta chica me dijo que la había incentivado a correr, y eso me honró mucho. Ser un buen ejemplo, sin habérmelo propuesto conscientemente, es algo que nunca deja de sorprenderme. Quizá sea más difícil convencer a la gente de que se pase a los alimentos naturales y enteros, por más que nos lo cobren carísimo. Yo puedo decir que los mejores tiempos en mi vida los hice siendo vegano… ¡ojalá seguir afirmando esto le sirva a alguien! Nadie tiene que volverse un extremista como yo, pero seguramente todo lo que uno haga para que la gente deje de lado las grasas y los azúcares, va a ser todavía más beneficioso que el deporte. Porque correr lo hacemos tres veces por semana, en ocasiones un poco más (pero no demasiado). En cambio comer es una actividad de varias veces por día… y conviene llenarnos de cosas que nos alimenten y nos sirvan.
Si no podemos evitar pensar con el bolsillo, lo que invirtamos hoy en salud son gastos en médicos que no tendremos que hacer el día de mañana.

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