Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 37

Semana 37: Día 259: Crisis

Esta historia la conté varias veces, pero todavía la estoy escribiendo, y ahora se viene un capítulo grosso. En julio de 2010 alcancé un punto de quiebre, y decidí que mi vida diera un vuelco. Estaba cansado de estar disconforme con mi cuerpo, y sospechaba que entrenar con compromiso, diariamente, siendo estricto con las comidas, iba a provocar un cambio profundo en mí. Se me ocurrió hacerlo durante un año, porque era una meta lejana pero a la vez alcanzable. El punto de partida fue el 1º de agosto, y desde entonces no he parado. He seguido progresando, exigiéndome cada vez más, y estoy a punto de participar en la carrera más importante de mi vida.

Pero de nuevo me siento en un punto de quiebre. Al igual que hace cuatro años, casi exactamente si no fuera por un mes de diferencia, siento que mi vida necesita dar un vuelco. La diferencia es que ahora no sé cómo. Faltan 103 días para la Spartathlon, y ya sé que llegue o no llegue va a ser una de las experiencias más trascendentes de mi vida. Eso no está en juego. Con lo que entré en crisis es con todo lo demás. Mi trabajo, mi vida. Desde la ropa hasta el orden del departamento. Mis relaciones con las personas (con las mujeres, en particular). Tengo toda la motivación puesta en entrenar, y nada en el resto.

Este blog, que alimenté constantemente todos estos años, a veces se me hace duro. Es un compromiso al que no me gusta faltar, pero cada vez me siento más forzado a cumplir. Hay días en que no tengo nada en la cabeza para escribir. Quizás era esquivarle a este post, a intentar procesar qué me pasa internamente. Por suerte Matías, mi jefe y uno de mis mejores amigos, no lee este blog, porque se enteraría de lo mucho que me cuesta trabajar. Tengo tiempo, pero termino levantándome a las 4 de la mañana para adelantar cosas que tendría que haber resuelto el día anterior. O dedicándole fines de semana.

Las fuerzas están en entrenar. Estoy yendo una hora y media al gimnasio, esta semana cuatro veces. Me voy a dormir pensando en eso y el despertador me levanta de un salto para desayunar y salir. No tengo música porque se me rompieron los auriculares, y eso, extrañamente, me hace estar más metido en el entrenamiento. En mi cabeza cuento las repeticiones, pienso qué sigue en la serie, y todo ese rato, desde que salgo de casa, me ejercito, me como el sándwich de tofu, me ducho y vuelvo, es lo mejor del día. Durará dos horas y media.

Cuando entreno fondos largos, de cinco horas, a los que le tengo que sumar la preparación previa y la elongación posterior, también son movilizadoras para mí. Pero a diferencia de otros años, al día siguiente quiero más. No quiero que se termine. ¿Me habré vuelto adicto a las endorfinas? Mi entrenador dice que es normal, tan cerca de la carrera y haciendo un volumen tan alto. No es vigorexia, porque estoy conforme con mi cuerpo. Sí, podría mejorarlo muchísimo, pero he estado tan mal que todo lo que logré me alcanza. Firmaría para quedar así por el resto de mi vida. Sin embargo… hay algo que me está faltando.

Murakami hablaba de la tristeza del corredor, cómo lo afectó después de terminar una ultramaratón de más de 100 kilómetros. No pudo correr durante meses, y le costó mucho volver. No pudo precisar exactamente qué era, más allá de un vacío difícil de llenar. Me siento parecido, pero no al punto de no querer hacer deporte. En mi caso es al revés… quiero hacer más. Como contaba, me paso hora y media en el gimnasio, así empieza mi día. Y llegan las 7 de la tarde y estoy en mi casa pensando en si podría volver o no. Como si tuviese mucha energía que necesito quemar. Nunca hice musculación dos veces el mismo día, más allá de cuando voy al gimnasio temprano y a la noche entreno con los Puma Runners.

Sospecho que esta crisis va a derivar en algo. ¿En qué? Me encantaría saberlo. No puedo entrenar más, no creo que el cuerpo lo soportase. Es más mental. ¿Me convierto en un obsesivo compulsivo y empiezo a ordenar la casa? ¿Descubro un deporte mejor que el running? ¿Renuncio a mi trabajo y me voy a recorrer el mundo como Kwan Chang Kein (niños, googleen)? ¿Será solo una necesidad de desarrollar una tolerancia a la ansiedad? No lo sé. Por ahora, lo único que se me ocurre, es ejercitar. Mañana voy a ir corriendo al entrenamiento, lo que me va a dar unos 20 km extra a lo que sea que nos toque.

Lo que me preocupa es que mis esfuerzos están concentrados en el Spartathlon. Sé que voy a llegar, ni siquiera lo dudo, por más que planifico dividir la carrera en etapas y sacarme la presión de si tengo que abandonar. El problema es qué va a pasar después. Tener ese objetivo es como jugar un mundial. ¿Y luego? ¿Quiero averiguar lo que sigue? Como verán, tengo más dudas que certezas…

Semana 37: Día 258: El mundial sin tele

Hoy empezó el Mundial de Fútbol 2014, por si no se habían enterado. Es todo un evento porque sucede cada cuatro años, entonces se acumula toda la tensión y la bronca de no haber salido campeón la temporada anterior… y bueno, pareciera que esto se convierte en lo más trascendente del año.

Dicen que la apertura fue malísima y que el árbitro japonés jugaba para Brasil. Incomprobable si uno no tiene televisión. Vivo en un monoambiente, la tele que tenía la había regalado hacía muchos años, y con mi ex habíamos comprado un Phillips de 42 pulgadas. Hermoso. Cuando nos separamos, aunque habíamos comprado el aparato a medias, me dio la mitad del costo de la tele y me dijo algo muy cierto: “total no te la vas a poder llevar”. Aquella fue la última vez que tuve una tele, ya hace como un año y dos meses.

No la extrañé, con el tema de la internet y de que de por sí tengo una vida muy ocupada, me queda poco tiempo para ver televisión. Y ni hablar de tener cable. Me siento medio un bicho raro, pero ya era vegano, así que estoy acostumbrado a no cuajar.

El tema, obvio, se complicó ahora que empezó Brasil 2014. No me interesa el fútbol, sinceramente. Pero el Mundial sí, porque en el fondo soy un argentino orgulloso que redescubre su patriotismo ante un evento deportivo internacional. Y en verdad solo me interesaban los partidos de la selección nacional, o en su defecto los de cuartos de final para arriba… y hasta ahí. Pero con los Puma Runners improvisamos un prode de último momento, y arriesgué un 3 a 1 a favor de los organizadores.

En las oficinas que están en el edificio de enfrente (exactamente en el mismo piso) hay un televisor LED instalado, bastante grande como para que vea perfecto los primeros planos, pero horriblemente mal las tomas desde arriba del campo de juego. Encima tenían una persiana americana medio baja. Puse un canal en streaming para poder seguir las jugadas desde mi computadora, pero los turistas brasileros que se hospedan por el microcentro me gritaban los goles 18 segundos antes de que Neymar me pateara al arco.

Por fortuna la pegué con mi pronóstico, y la cosa recién empieza. Puedo subsistir desfasado temporalmente del resto del planeta, el tema es que esto que tolero, cuando juegue Argentina, me va a desquiciar. Ya vi un partido en el mundial anterior, en la televisión digital de mis padres, pero tiene un delay de unos segundos, y el vecino gritaba gol antes de que la televisión local lo mostrara. Podría ir a verlo a lo de mi papá nuevamente, sobre todo porque es el día del padre, pero él y mi mamá están en Tucumán en estos momentos y no vuelven hasta el 19. Podría ir a verlo a la pantalla gigante que instaló el Gobierno de la Ciudad en Plaza San Martín, que la tengo muy cerquita, pero la sola noción de ir solo a ver un partido en la calle me deprime espantosamente. Lo mismo irme solo a un bar o quedarme en la vidriera del Falabella.

La opción que más me tienta es la de aprovechar que las calles van a estar completamente vacías y salir a correr. Son 90 minutos más alargues y entretiempos. Me va a alcanzar para meter unos 20 km. Podría escucharlo por la radio… o sacrificarme y enterarme después, cuando esté de vuelta. Así se calman ansiedades, se aprovecha para correr sin autos ni peatones estorbando… es eso o comprarme la tele. Creo que prefiero entrenar.

Semana 37: Día 257: Dolor de gimnasio

Aunque haya perdido el monitor cardíaco, quiero dejar en claro que estoy yendo al gimnasio con cierta regularidad. Desde que el traumatólogo me lo recomendó para acomodar la postura y mejorar la zancada, intenté ir todos los días. Hice este esfuerzo porque no siempre puedo, y eso me asegura un mínimo de tres veces de gimnasio a la semana. Algunas veces pude ir cuatro, y en contadas excepciones cinco.

La banda que funcionaba como monitor cardíaco era la prueba de que estaba haciendo trabajo de musculación, la cantidad de minutos por sesión y el esfuerzo. También venía bien para las sesiones de entrenamiento aeróbico,  pero tampoco me resultaba imprescindible. En el Movescount iba tirando cada una de las veces que ejercitaba, y me gustaba ver qué proporción de gimnasio había respecto a las veces que corría. Pero un día, en el vestuario, lo perdí, y aprendí que lo que se pierde allí, no se recupera jamás (se suma a mis guantes sin dedos y a mi billetera con todos mis documentos y tarjetas).

A pesar de que ustedes deben confiar en mi palabra, estoy yendo y me estoy fortaleciendo. Pero parte del proceso es acostumbrarse al dolor, algo que los que entrenamos lo llevamos con cierto orgullo. No hablo de una molestia insoportable que te impide moverte al día siguiente, sino unos pequeños dolorcitos que se sienten en determinados movimientos y nos hacen pensar “Ah, sí, eso es de cuando hice pecho en el banco plano”.

Al entrenamiento que venía haciendo, el kinesiólogo le sumó una variante: el circuito. Yo antes hacía distintas series de un mismo ejercicio (generalmente tres, con 10 o 15 repeticiones en cada uno), descansaba un par de minutos y pasaba al siguiente. Ahora es una serie e inmediatamente pasar al siguiente músculo, intentando alternar piernas con tren superior. Eso elimina, al menos para mí, los pequeños períodos de descanso, pero además me permite usar más peso, porque luego tengo más tiempo para descansar. Así que ahora estoy levantando más kilos con las piernas, llegando a un par de repeticiones antes del fallo. Además me pidió subir la cantidad de abdominales que estaba haciendo, poniéndome un mínimo de 200 por día (yo estoy metiendo 210, como para estar en una zona segura).

Ahora, en este instante, siento un pequeño (y orgulloso) dolor en los pectorales, quizá los músculos que menos estoy trabajando. Es que por las cuestiones posturales y de mecánica de correr, en lo que más me estoy concentrando es en las piernas, la espalda y las abdominales. Necesito fortalecer ciertos músculos que corriendo no trabajo tanto, ganar más elasticidad y agilidad (por eso también estiro mucho), y mejorar la postura de la espalda, porque tengo una lordosis en la base de la columna (para eso están las abdominales) y un arqueo en la parte superior (para eso los ejercicios de remo, para los dorsales, intentando juntar las escápulas, además del trabajo de espalda).

Supongo que cuando llega un momento en que levantar peso ya no duele, es hora de intentar subir 5 kilos con las pesas. Por ahora vengo bien, me siento más fuerte, y empezar el día así me llena de energía, contrario a lo que uno podría asumir. Y este dolor no es el que corresponde a hacer mal un ejercicio o el de lastimarse. Es un indicador de que estás haciendo algo por tu cuerpo, y te incentiva a seguir esforzándote.

Semana 37: Día 256: Recuperar la libertad

¿Sabés lo bueno de tener un blog que se actualiza todos los días? Podés mirar atrás y ver qué estabas haciendo, por ejemplo, un año atrás.

Exactamente el 10 de junio de 2013 yo corría la media maratón de Mizuno, un evento con una organización que dejaba bastante que desear (rarísimo, siendo que TMX hace unas carreras impresionantes). Los chips se entregaban una hora antes de la largada, el recorrido no era muy agradable (parte en Vicente López, parte en lo más feo y gris de Capital, unas vueltas en rulo muy molestas) y yo venía de una de las etapas más horribles de mi vida.

Quizá no lo sabía en ese momento, pero mi relación con mi ex, con quien convivía, me había dejado muy golpeado y deprimido. Esa amargura me alejó de mis amigos y me hizo posponer muchas cosas que en el fondo me hacían bien. Cortar con la convivencia significó una serie de sacudones muy fuertes, porque pasé de alquilar (a medias) un hermosísimo y luminoso departamento en Colegiales, con un perro y un gato, a no tener residencia fija. Consideré volver a Banfield, dormí en el futón cama de mi hermano Lucas, y aterricé en lo de mi prima Vero, alternando una cama con un colchón en el piso, dependiendo de si la habitación extra que tenía estaba alquilada para extranjeros o no. Fueron unos meses convulsionados en los que maravillosamente todo terminaría saliendo bien, pero pusieron mi vida patas para arriba.

Y creo que yo necesitaba todo eso. Me hacía falta el caos de la libertad, algo que había perdido. No es que mi ex me la hubiese quitado, sino que yo la entregué como si nada. Me inscribí en esta media maratón a último momento, porque hacía rato que no participaba por mis medios de carreras. Todo era planeado con mi ex, si no, no iba. Así que inscribirme fue como un acto de liberación, poder volver a ser impulsivo y dejar de pensar todo en función de otra persona. La corrí relajado, acompañando a mi amigo Lean, sin preocuparme por el reloj, ni por hacer marca. No fui a mi ritmo, es cierto, pero no necesitaba eso. Quería compartir mi “regreso” con amigos.

No creo que mantenga este blog más allá de la Espartatlón de este año. Si bien estas reseñas terminaron siendo diapositivas de mi vida en estos últimos cuatro años, siento que son parte de un proceso que tiene que terminar. Ahora mi vida pasa por entrenar duro y reportarlo. No deja de ser un desafío, lo cual en el fondo divierte, pero aunque sea útil llevar este registro, también necesito relajarme. Es otro de los pequeños precios de la libertad. Todo cambia, y lo mejor es que a veces es para mejor. Ese es el destino de mi vida: mejorar. Ya vi que lo estuve haciendo desde que empecé con este proyecto, y tenga o no tenga un blog diario, eso es algo que lo voy a mantener por muchos años más.

Semana 37: Día 255: Correr me hace feliz

No sé si alguna vez puse el “running” y la felicidad en la misma frase. Pero no tengo dudas de que correr me hace muy feliz. El que entrene podrá entender un poco este concepto, el que no posiblemente crea que no solo son dos cosas que no se relacionan, sino que además están en veredas opuestas.

De chicos, en el colegio, nos enseñan que correr es un castigo. Si no hacemos caso en la clase de Educación Física nos mandan a dar 10 vueltas. Ya nos programan que hacer deporte es un tedio (excepto para el grupo de cinco atletas innatos con los que el profesor tiene un trato especial, que solo sirve para frustrar a todo el resto). Así lo entendía yo y lo sostuve por años.

Quizá la genética sí haya jugado un papel importante en que esto cambiara para mí. Mi papá y su hermano corrían en su juventud, cuando tener un par de Adidas era símbolo de buena clase social o de tener la suerte de que alguien te las trajera del extranjero. Entrenar más de una vez por semana era para atletas campeones, y las ultramaratones eran absolutamente impensadas. Pero quizá había algo en los genes Casanova que hizo que cuando realmente quise empezar a correr (no todos esos años en los que me obligaban) me diera cuenta de que era algo bastante natural.

Me tomó varios años superar muchas barreras mentales (que yo creía físicas) y encontrar la felicidad que encuentro hoy. Quizá le tendría que sumar esos 12 años de análisis, en los que me reconcilié (un poco) conmigo mismo y aprendí a valorar las cosas que me hacían bien, sin culpas. No recuerdo qué día dije “esto es lo mío”, como tampoco recuerdo cuándo decidí que me gustaba el cine ni la manzana verde. Un día, de pronto, correr me hacía bien. Empecé a darme cuenta de que podía salir a trotar si estaba bajoneado, enojado, frustrado, ansioso, estresado. Nunca, pero nunca, me arrepentí de salir a la calle y hacer un poco de actividad física.

Cuando Germán me dijo que lo que seguía en nuestro entrenamiento era correr 50 km viernes, sábado y domingo, encontré un desafío, algo que me intriga mucho, pero no sabía si lo iba a disfrutar. Me estoy acostumbrando a las plantillas nuevas y al realce en el talón derecho, lo que me hace doler bastante el metatarso izquierdo. Disfruto mucho del running, pero no del dolor. Lamentablemente, en las ultramaratones casi que van de la mano.

Así que hice todos mis rituales previos a hacer una distancia tan larga y lo hice. Como comenté en sus respectivos posts, sufrí, tuve segundos de duda, y logré superar cada obstáculo. A mí me cuesta, en este momento, sentado y en patas, pensar en cómo hice para pasar esas 5 horas que me tomó cada fondo. Si fuerzo un poco la memoria me encuentro en ese instante, en la noche, con una Buenos Aires que se iba despertando de a poco, buscando superar distintas etapas que me ponía en la cabeza. Primero era llegar al bebedero en el kilómetro 8. Después doblar en el Carrefour hasta la costanera de Vicente López, donde había más bebederos y baños químicos. Lo que seguía era llegar hasta las vías del Tren de la Costa, y por último el kilómetro 25, donde pegaba la vuelta y hacía el camino inverso. Esto no tenía que ver con las pausas que me imponía para hidratarme y comer, que yo consideraría algo más “funcional”. Estas pequeñas metas me daban aliento y un poco de paz mental. Cada objetivo superado me ponía un poco más cerca de llegar.

Y mientras avanzaba iba acomodando los patitos en mi cabeza, pensando en Grecia, en mi vida, en las cosas que quiero lograr a corto y a largo plazo. Y era un momento muy personal y profundo, tanto que en un momento terminé sacándome los audífonos porque la música (y las publicidades) me impedían pensar con claridad. Lo mejor fue cuando directamente se me rompieron en el tercer fondo y solo me quedó el ruido del viento, interrumpido por algún auto ocasional.

Releo lo que describo y pareciera que correr un fondo así es una experiencia melancólica, pero si bien no me voy matando de la risa con cada zancada, lo disfruto enormemente. Tomar consciencia de lo que se está haciendo, de lo que se avanzó, es maravilloso. Y no es una experiencia solitaria, como parece a simple vista. El domingo me encontré con una multitud de corredores, algo que me pasó otras veces. Y creo que es una metáfora (un poco forzada) de la vida. Porque uno nunca termina de saber qué va a surgir. Así como a Tom Hanks la marea le trajo una vela en “Náufrago”, a mí me trajo un mar de atletas que me impulsaron a seguir, a olvidar mi cansancio y mis dolores, y encontrar fuerzas que no pensaba que tenía. En ese constante rozar los límites para dar más de lo que uno se imaginaba y salir victorioso… ¿cómo no encontrar la felicidad?

Si correr fuese un sufrimiento para mí, no podría padecer 5 horas. Soy una persona ansiosa, a veces no soporto hacer la cola en el supermercado. En el colegio, cuando me obligaban a correr 20 vueltas a la manzana, nunca me hubiese imaginado que de grande iba a entrenar horas y horas, y que lo iba a disfrutar tanto. Pero es real, y será por eso que después de sumar 150 km en tres días seguidos, todavía quiero más.

Semana 37: Día 254: Tercer fondo de 50 km

Y llegó el final de esta epopeya de tres días. Si alguno me hubiese preguntado hace cuatro días si podía correr 50 kilómetros tres veces, con una diferencia de 24 horas entre cada fondo, hubiese sido absolutamente sincero y hubiese respondido “No sé… pero me interesaría averiguarlo”. Hoy, si me lo vuelven a preguntar, podría responder un rotundo “Sí”.

Dicen que los ganadores no usan drogas, y debe ser por eso que no me considero un ganador. Mi preparación fue exactamente la misma que la de los dos días previos (¿para qué modificarla, si me había funcionado?), con la excepción de que ante mi desconcierto por el dolor en el metatarso del pie izquierdo y el tobillo derecho, decidí untarme con diclofenac en crema. Las alternativas eran bajarme (cosa que no quería hacer), probar si había algún cambio sacándole la talonera a la plantilla (pero creo que el “daño” ya estaba hecho) y la de espartano, que es abrazar al dolor. Opté por enmascarar mi dolencia y ver qué pasaba.

La gran diferencia con los fondos anteriores es que estaba tan cansado de levantarme temprano y correr durante 5 fuckin’ horas, que cuando me dio sueño me fui a dormir, sin poner el despertador. Quería que mi cuerpo decidiera cuándo me iba a levantar. Y decidió que fuera a las 4 de la mañana, para mi sorpresa. Lentamente me fui despertando y desayuné avena con cacao, pasas de uva y leche de soja. Tenía el pinole ya preparado en dos botellas de vidrio de Gatorade (la ironía de armar mi propia bebida energizante casera en un envase industrial) y lo que me había sobrado de fainá. Me vestí y bajé a la calle.

Se suponía que iba a hacer frío, pero no sentí que fuera mayor que los días previos. Me cubrí la cabeza con un pañuelo más que nada por el viento en las zonas más abiertas de Retiro, pero ya cuando estaba pasando por debajo de la autopista me fui desabrigando. Me saqué los guantes para no volver a ponérmelos. Sí llevaba una remera térmica y un buzo por encima, que no me lo saqué en ningún momento.

La gran incógnita era qué iba a pasar con mi metatarso. El dolor del tobillo ya era bastante tolerable, lo único que me preocupaba era habérmelo torcido ayer. Pero por suerte no tenía ninguna molestia. ¿Era el Voltaren en crema, o mi cuerpo ya se estaba acostumbrando a esta paliza? Era el Voltaren en crema, definitivamente, porque en el kilómetro 7,5 se pasó el efecto y me empezó a doler. En ese punto sospechaba que iba a terminar, como sea. Nadie me apuraba, podía caminar todo el trayecto, podía hacer cambios de ritmo, quejarme, llorar… todo estaba permitido, excepto frenar. Obviamente, dentro de los parámetros que no afecten mi salud ni me impidan seguir corriendo.

En Palermo, casi en el momento en que el metatarso se acordó que me tenía que causar dolor, vi las primeras señales de que estaban armando una carrera. Era la media maratón de Nike, que como no estaba anotado no le había prestado la más mínima atención. Durante algunos kilómetros vi cómo desplegaban botellas de agua (CON BAJO CONTENIDO DE SODIO… ¿POR QUÉ, INSENSIBLES?) y acomodaban los carteles que indicaban la distancia. Tomé agua en el bebedero del kilómetro 8 (de mi propio recorrido), pasé por la cancha de River, crucé el puente que me deja del otro lado de la autopista (que no sé cómo se llama) y por tercera vez pasé al lado del control policial, que nuevamente estaba completamente vacío. En el kilómetro 10 tomé media botella de pinole y seguí.

Todo este camino estaba acompañado de mesas donde acomodaban miles de botellitas de agua y naranjas. No sé por qué imaginé que el trayecto era en el mismo sentido en el que iba corriendo, o sea desde Capital hacia Provincia, así que empecé a imaginarme si me iba a cruzar a los corredores en sentido contrario, cuando volviese. Ni siquiera sabía a qué hora largaban. Los auriculares de mi celular dejaron de funcionar, así que el resto del camino lo hice en silencio, solo con los ruidos de mis pensamientos.

La magia ocurrió en el km 12. Lo registré, porque no podía creerlo. El metatarso dejó de doler de un instante a otro. Yo creía que si no pensaba en él o no le daba importancia, ayudaba a mitigar la molestia. Pero era consciente del pie, pisaba normal, cómodo, y no sentía nada. ¿Había matado a todos mis nervios? Ojalá.

En el km 15 tomé agua y comí un poco de fainá. Todavía era muy de noche, el amanecer parecía lejos. De mi boca salía vapor con cada exhalación. Corrí por Avenida del Libertador, convencido de que si había llegado hasta ese punto, podía terminar. Era un tercio del trayecto, y me imaginaba poder hacer eso dos veces más. En el km 20, al costado de las vías del Tren de la Costa, terminé la primera botella de pinole. No había más nadie entrenando, solo yo en una noche fría.

Sin dudas me sentía mucho mejor que en el día de ayer, cuando el dolor me hizo bajar mucho el ritmo. De vez en cuando sentía molestias en el metatarso, pero eran bastante tenues. Quizá si frenaba lo sentía más. Descubrí que tenía que usar el pie que me dolía para subir y bajar cordones, otra vez contrario a lo que mi instinto me decía. En la calle Uruguay alcancé la marca del kilómetro 25, la mitad del recorrido. Estaba un poco por debajo de las 2 horas y media, así que supuse que iba a tardar menos de 5 horas… si no surgía algún imprevisto. Emprendí el regreso, reconfortado porque cada paso me llevaba más cerca de terminar. Tomé más agua y comí otra porción de fainá.

A esta altura empezó a hacerse de día, algo que venía viendo a la altura del río (porque salía más tarde), pero igual fue un digno espectáculo, con el cielo veteado de azul y naranja. En el km 30, otra media botella de pinole, mientras el metatarso empezaba a molestar y yo buscaba EL paso que no me hiciera doler (no lo estaría encontrando). Sin embargo, mi velocidad era constante; corría con soltura. Llegué a la costanera de Vicente López, donde tomé agua, llené mi botella en los bebederos, comí la última porción de fainá del día y seguí mi curso, intrigado por si me iba a cruzar a la media maratón o no.

Cuando pasé por el costado del Carrefour y enfilé hacia la calle que pasa por debajo de la General Paz y te lleva de Provincia a Capital, vi miles y miles de remeras amarillas que avanzaban como un enjambre. No eran los punteros, como llegué a pensar, sino que parecían ser la mitad de tabla. Había corredores de todas las formas y tamaños, hombres y mujeres, charlando, trotando, dándose aliento. Me mezclé entre ellos. Era mi kilómetro 38. Estaba cansado, pero las intermitentes molestias en el metatarso me habían servido de distracción. Ahora estaba acompañado por una ruidosa y colorida multitud, y de algún modo eso me incentivó a correr más y mejor.

¿Lo mejor de mezclarte en una carrera? Las calles están totalmente libres para los atletas. ¿Lo malo? Aprovecharse de la hidratación y los puestos de comida. Por eso yo me alejaba de las mesas, intentando no entorpecer a los que habían pagado su inscripción. Yo solo quería el asfalto, por un ratito.

Subimos el puente, al que algunos le tenían un poco de miedo. Bajamos a la cancha de River y me tomé lo que quedaba del pinole en mi kilómetro 40, a un costado, para no molestar. Ahí retomé el mar de corredores, que dobló por Figueroa Alcorta. Me di cuenta que a la media maratón le faltaba casi lo mismo que a mí para llegar a mi casa. ¡Ojalá siguieran todos a Retiro! Pero era mucho pedir.

Corrí por el centro de la avenida, que es la parte más horizontal y con menos pendiente de una calle. Escuché a un corredor decirle a otro “No puedo más, me duele todo” y pensé “No te preocupes, todos pasamos por eso”. Mientras avanzaba intentaba pasar a los corredores, a ver si reconocía a alguno, pero de espaldas son todos muy parecidos. De pronto escuché “¡Aguante, Semana!”. Me di vuelta y una corredora me dijo que me leía siempre. Otro incentivo para el último tramo de mi fondo.

Como si fuera poco, escucho que me llaman por mi nombre, y veo a Glo, una compañera del Puma Running Team, que después de una larga ausencia volvió a entrenar con nosotros. Fui a saludarla y corrimos unos 10 metros juntos, solo para que su hermana Do nos sacara una foto (que espero ver con ansias). Me quedé charlando un ratito, mientras Glo le contaba la locura que estaba haciendo de los tres fondos de 50 km en tres días consecutivos. Ahí cayeron en que estaba por el kilómetro 43, así que más o menos me echaron para no entrentenerme.

La media maratón tomaba un desvío hacia los Lagos de Palermo, que a mí me sacaban de mi trayecto, así que seguí corriendo por Figueroa Alcorta. Me dio mucha pena ver a otros corredores inscriptos en la media maratón que hacían lo mismo. ¿Cuál era el sentido de recortar unos kilómetros a su propia carrera? No estaban mal posicionados dentro de la general como para hacer semejante tontería, y no creo que se ahorrasen más de 2 kilómetros, una diferencia que no mata a nadie. Hice mis últimos metros con los mediomaratonistas, que daban una vuelta por Dorrego y volvían por Figueroa Alcorta, en sentido contrario, para correr su último kilómetro hasta la meta. Después de tantas horas corriendo solo, con mis propios pensamientos, en el frío de la noche, ese estallido de color me levantó mucho el espíritu.

Faltando 5 kilómetros tomé un poco de agua, no por sed, sino para no cortar el plan de hidratarme periódicamente (“comer sin hambre, tomar sin sed”) y mantuve un ritmo constante, rápido si se tiene en cuenta que hacía más de cuatro horas que estaba corriendo. Quería terminar y tirarme a descansar. El haberme sumado a la media maratón alteró un poco mi recorrido, así que los 50 km no terminaban en la puerta de mi casa como tenía planeado. Tuve que seguir casi una cuadra más para poder cerrarlo. Pero estaba inmensamente feliz. De mis tres fondos, este fue mi favorito.

Y así terminó esta aventura de hacer estas distancias de ultramaratón sin descansar. Se suponía que esto era lo que me encausaba en la Espartatlón, y realmente me hizo sentir que estoy preparado (o en el camino correcto). Si pude hacer estas distancias con un dolor constante sin la tentación de abandonar, me estoy viendo llegando a Esparta en septiembre, para darle un beso en el pie a la estatua de su majestad, el rey Leónidas…

Semana 37: Día 253: Segundo fondo de 50 km

Hacer dos distancias de ultra dos días seguidos es un tema. Es la segunda vez que me mando en algo parecido, y la primera vez pude disfrutar de la compañía de mis amigos de Puma Running Team. Eso hizo la experiencia más amena y pude relajarme. También tenía otra clase de plantillas que me permitieron disfrutar más de toda la experiencia…

Hoy tenía el cumpleaños de Lauti, mi ahijado, y la cita era a las 11 de la mañana en el Abasto. Eso me obligaba a hacer mi fondo a partir de las 5 de la mañana, cosa de estar en casa a las 10, elongar, reponer hidratos, bañarme y salir. Era muy justo, pero no tenía mucha opción. Me levanté a las 4:30, con el pinole ya preparado del día anterior más algunas porciones de fainá (para emergencias). Afuera lloviznaba, así que me agarré mi capa de lluvia que había comprado para la Patagonia Run (en realidad, lo que quedaba de ella). Para variar me puse mucho abrigo, y cuando salí a la calle, tipo 5:10, me di cuenta que era demasiado. Empecé a guardar guantes, buffs y la capa, mientras un muchacho que volvía de rotation me pedía 2 pesos para el bondi amigo. Salí apenas agarré señal con el GPS, y la Torre de los Ingleses en Retiro me indicó que había arrancado a las 5:18 de la mañana.

Hacía frío, estaba todo el piso mojado y por suerte la lluvia había parado apenas puse un pie en la calle. Visto y considerando que ayer había corrido 50 km más o menos a la misma hora, estaba dolorido pero bastante entero. Lo que más me viene complicando es el metatarso izquierdo, y apenas arranqué hoy me empezó a molestar. El instinto me dijo que tenía que caer apoyando el talón para no cargar el peso de mi cuerpo en la parte delantera del pie, pero eso a veces ayuda y a veces no. En la negrura total de la noche, desde los autos que volvían de bailar, me gritaban cosas que yo no entendía. Creo que me dijeron “Lavezzi” y no tengo idea por qué (tampoco sé quién es Lavezzi).

El dolor del metatarso no se iba, y no había posición del pie que ayudase. Me la bancaba, porque creo que en la Espartatlón voy a pasar cosas peores. Pero no dejaba de pensar que era imposible aguantar 50 km así. La molestia se mantenía conforme avanzaba. Retiro quedó atrás, vino Recoleta, Palermo, Belgrano, y estaba por el octavo kilómetro cuando hice la parada en el bebedero, y mi pie sintió alivio por primera vez. Si tenía alguna rigidez por estar corriendo un día después de un fondo de ultramaratón, todo quedaba opacado. Los cuádriceps duros, un ligero dolor en el tobillo derecho… eso quedaba en segundo plano. ¿Iba a poder terminar? Realmente estaba en duda. Pensé en sacarme el realce de la plantilla, pero no sabía si eso iba a ser una solución inmediata. ¿Y si tenía que abandonar? ¿Cómo me volvía, a la madrugada?

Entonces tuve una revelación. Una de esas cosas que se descubren casi por accidente (o, en verdad, producto de la desesperación). Estaba con mi metatarso en llamas, intentando sin éxito pisar con el tobillo, cuando noté que de mis dos zapatillas, la que tiene el refuerzo en la plantilla es el derecho. ¿Por qué, al sentir dolor en el izquierdo, me concentraba en ese pie? Pasé mi atención al otro lado, buscando impulsar mejor, tomando consciencia de que esa era mi pierna más corta y la que estábamos intentando compensar. Y casi instantáneamente, el dolor cesó. Fue paulatino, pero rápido. Hasta ese momento venía con un paso de 6 minutos el kilómetro, algo inusual cuando estoy empezando. Este cambio me permitió subir la velocidad, correr más relajado… y entendí que esto es lo que yo hacía, inconscientemente, en cada fondo donde empezaba con dolor y al rato se pasaba. Seguramente esta compensación la hacía involuntariamente, y ahora me daba cuenta de qué tenía que hacer.

El camino que hice fue el mismo de ayer. Pasando los 10 kilómetros, cuando tomé mi primera dosis de pinole, empezó a llover, así que busqué un techo que me reparara, me puse la capa de lluvia, los guantes, un pañuelo en la cabeza, y seguí. Las nubes oscuras no me dejaban ver si estaba amaneciendo o no. En la costanera de Vicente López, al costado del río, todo era lluvia y una oscuridad que rompían las luces de la calle y los semáforos.

No tuve mayores contratiempos. La lluvia iba y venía. Mi capa de lluvia, llena de tajos, empezó a abrirse en dos a la altura del agujero para la cabeza, hasta que se me empezó a deslizar por los hombros. Decidí sacármelo y tirarlo a un tacho de basura. Me había protegido bastante.  En el km 20 tomé mi segunda ración de pinole, en el 25 pegué la media vuelta y en el 30 de nuevo otro pinole. Me sentía confiado de que iba a terminar. Entonces, otra señal de alarma: km 33 y al pisar mal una vereda rota me tuerzo el tobillo derecho. Ya ese tobillo (cara externa) me dolía. Puteé, pero no frené. Aunque lo tenía controlado, de vez en cuando el metatarzo izquierdo me daba un fogonazo de dolor. Un segundo, llegaba, me hacía ver las estrellas, y desaparecía.

Así, cansado y con dolor, abandoné la Provincia e ingresé a Capital, donde tomé mi última ración de pinole. En ese instante me di cuenta de que iba a terminar. Antes lo dudaba, después no quería pensar en esas cosas. Era cuestión de sostener, tener perseverancia y que todo fluyera. Así fueron pasando los kilómetros, mientras intentaba adivinar cuánto iba a tardar en completar los 50 km. Excepto por algunos segundos, terminó siendo casi exactamente en 5 horas.

La alegría de terminar algo para lo que invertiste mucho esfuerzo es increíble. Me propuse algo que sabía que era difícil, dudé, sufrí, y lo logré. Una vez en mi departamento elongué, me comí un sándwich de tofu y me duché, para rajar al cumpleaños, al que llegué media hora tarde. Pero lo hice con la buena (e inusual) excusa de que me había levantado 4:30 de la mañana para correr 50 km. A nadie le molestó mi tardanza…

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