Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 34

Semana 34: Día 237: El Crossfit

Ayer recibí una invitación de Germán, mi entrenador, para hacer una clase de crossfit. En nuestro grupo, Puma Runners, solemos meter algunas técnicas de esta disciplina, tan de moda, pero nunca había estado en una clase hecha y derecha.

Fui sin expectativas, porque realmente no tenía absolutamente idea de nada. Solo sé que el crossfit está de moda y quizá cierto prejuicio en contra de las cosas populares me haya hecho ignorarlo. A esto le tendríamos que sumar un cierto temor, porque me dan pánico los desconocidos, así que ir a un lugar con completos extraños no era mi idea de pasarla bien. Pero mi tendencia ha ido variando hacia animarme a las cosas que no me animaba a hacer, así que ahí estuve, lo más preparado que pude, dispuesto a empezar.

Aprendí mucho. Por ejemplo, que las rutinas de entrenamiento, llamadas WOD (work out of the day) varían diariamente. Cada día, en cada hora, se hace la misma, así quienes entrenan en ese gimnasio pueden elegir cuándo ir. La rutina comenzó con una entrada en calor, corriendo alrededor del gimnasio: rodillas al pecho, a la cola, laterales, tocando el piso alternativamente con cada mano, cambiando de lado. La entrada en calor siguió con abdominales en V, planchas… todo dentro de mi capacidad y absolutamente controlable.

Después, basado en el WOD, tocó agarrar una barra larga y una soga. Primero comenzamos a practicar los ejercicios de levantamiento de pesa con un palo. Eso servía para corregir la postura de la espalda, los movimientos de los brazos y la coordinación. Me costó muchísimo porque es algo que no hago habitualmente. Tenía que comenzar desde las rodillas, levantar el palo pegado al cuerpo, dejar los codos apuntando hacia adelante, y levantar en un impulso, casi agachándome con las piernas y después subiendo. Todo ese movimiento que parece tan sencillo me mareaba mucho… ¡y solo estábamos practicando!

La clase, y creo que es una tendencia, tiene siempre esta parte previa para practicar los ejercicios hasta que empiece el WOD propiamente dicho… que es la parte más brutal de todas. En este caso era en espejo. Había que hacer 30 burpees, 30 deadlifts (levantar la pesa desde el piso hasta dejar la espalda derecha y los hombros hacia atrás), 30 DU (saltos dobles de soga, por ser novato me permitieron hacer 75 saltos simples), 30 abdominales en V (los brazos y las piernas extendidas, se tocan arriba, con la cola como vértice), 30 hang clean & jerk (levantar la barra desde las rodillas hasta arriba) y repetir en espejo.

Dejé aparte el tema de los burpees, el invento del demonio para castigar a los atletas. Consiste en ir al suelo, piernas atrás, pecho contra el piso, levantarse en flexión, que los pies queden apoyados en el piso haciendo un salto hacia arriba y hacia adelante, y saltar verticalmente, con un aplauso sobre la cabeza. Eso, 30 veces, después todas las rutinas, y cerrar con otros 30 de estos. Jamás me cansé tanto en un entrenamiento que no haya sido corriendo. No podía parar de transpirar, chorreaba gotas por el suelo, y a los 20 burpees se me salía el corazón y las piernas no me respondían. Le puse todo para terminar. Fue una experiencia tan agotadora como increíble.

Los WOD pueden ser por repeticiones o por tiempo. Como después venía otro grupo, quienes no terminaron cerraron cuando el profesor indicó. Yo debo confesar que terminé justito, uno o dos minutos antes del cierre. Luego de guardar las cosas, empezó la elongación, como para aflojar el cuerpo castigado.

Con esta sola clase sentí que el crossfit es un entrenamiento muy completo e intensivo. Quizás a mí me sirvan ciertas cosas y no todas, porque tengo un objetivo puntual que es la Espartatlón en 120 días, pero se lo recomendaría a cualquiera que tenga ganas de tonificar. Para mí fue un desafío y me encantó poder superarlo. Confieso que me quedé con ganas de volver… y probablemente algún día lo haga.

Semana 34: Día 236: El miedo a la lluvia

Hoy es un día de valientes. Porque la lluvia en primavera o verano ahuyenta a muchos deportistas que eligen el deporte al aire libre, pero cuando hace frío… quedan unos pocos.

Cuando estamos con el cuerpo caliente por haber corrido quizá ni nos demos cuenta. Probablemente sea más tolerable correr con calor, uno hasta puede desabrigarse hasta quedar en cuero (los hombres, al menos). El problema está cuando hace frío… solo contamos con el abrigo que tenemos encima. Ese es el motivo por el que conviene dejar poco margen al error y tener ropa de más. De última, ese buzo puede terminar atado a la cintura…

Nunca deja de sorprenderme el miedo que le tiene la gente a la lluvia. Me refiero puntualmente a los corredores, no a Doña Rosa… si disfrutamos del aire libre y la naturaleza… ¿acaso la lluvia no es parte de eso? La pregunta de si se entrena con lluvia debería desterrarse de quienes participan de carreras de aventura, las cuales no se suspenden a menos que venga Godzilla…

Los seres humanos somos impermeables, y se ha desarrollado toda una industria que se apoya en ofrecer ropa de abrigo y que repela el agua. Me juego a que el 90% que se queda en sus casas, jamás entrenó bajo la lluvia…

La ventaja de hacerlo, además de que fortalece el carácter (como todo lo que nos saca de nuestra zona de confort), es que hay unos pocos que se animan a entrenar bajo la lluvia de los meses fríos… eso es más vereda para correr… más barro también, pero eso es opcional…

Semana 34: Día 235: Hacer un fondo en el frío

Mirando mi cuentakilómetros puedo sacar como conclusión que en el verano hago los entrenamientos más largo y acumulo mayores distancias. El calor invita a correr, por supuesto, pero si en las carreras existe la posibilidad de pasar frío (como en la noche griega), no queda otra que salir a enfrentar los climas poco amigables.

Lunes por la noche. Entrenamiento con los Puma Runners. Yo ya había decidido volver corriendo hasta casa para meter un buen fondo. Como después de entrenar elongo y me como un sándwich de tofu (para incorporar hidratos y proteína) generalmente me enfrío. Al principio cuesta enfrentar esos 22 km que me quedan por delante, así que en estas épocas me preparo una remera térmica para protegerme. No me la saqué en ningún momento, además de que me puse un buff en la cabeza, para no enfriarme la azotea.

Lo bueno de las remeras térmicas es que aíslan de los climas fríos incluso si estamos transpirados. Obviamente yo estaba empapado de sudor, pero no me afectaba como sí me pasaría con absolutamente cualquier remera común que tuviese (como las dry-fit). Opté por calzas largas, también, para cubrirme las piernas. Y después de meter 10 km alrededor del Hipódromo, en los que me congelé las manos, me hidraté, comí y rajé.

Hacía un tiempo que no tenía un fondo nocturno. Dudo que haya sido el peor frío del año, obviamente esperan sesiones duras y con mayor abrigo (un gorro windstopper, guantes, etc). Correr transpirado y con ese clima es horrible, pero es lo que hay. Entrenar es una sensación hermosa, una vez que uno logra superar ese eterno estado de incomodidad.

Algo que siempre intento recordar cuando corro con frío es a no descuidar la hidratación. En verano transpiro más y eso me da más ganas de tomar, pero hay que regirse por la sencilla máxima de “Tomar sin sed, comer sin hambre”, o en una ultramaratón estás frito. Probablemente podría hacer 32,5 km sin un sorbo de agua (la pasaría espantosamente mal), pero entre las ventajas de estar bien hidratado se encuentra la de evitar los calambres, motivo más que suficiente para imponerse un sistema cada tantos minutos o kilómetros. Yo me lo dividí en 250 cc cada 5 kilómetros, aproximadamente. Eso me dio un litro en 22 km, lo cual me parece que está más que bien.

Me esperan fondos ásperos estos meses, más incómodos que los del verano en los que todo se resolvía sacándome la remera. Acá voy a tener que encontrar el equilibrio entre correr cómodo y ligero con abrigado. Me entusiasma seguir investigando.

Semana 34: Día 234: Tatuaje espartano

No soy de los que se hacen tatuajes. ¿Por qué? ¿Miedo a las agujas? No, más bien es que en mi vida suelo aburrirme de las cosas. Que me apasione el running durante tantos años es una novedad, pero he sido fanático de bandas o artistas y después me he olvidado. Lo mismo con series o películas. ¿Qué piensa hoy el adolescente que se tatuó a los Guns n’ Roses en el brazo? ¿Qué hay del que se puso “VEGAN” gigante y ahora come panchos en eventos públicos?

Podría, claro está, hacerme algo atemporal, un tribal o un dibujo abstracto, pero sé que con los años me aburriría y me arrepentiría. Tanto me retocaría los tatuajes que terminaría siendo todo negro.

Pero… no dejo de coquetear con la idea de hacerme uno después de terminar la Espartatlón. Algo conmemorativo, porque aunque algún día deje de correr, será un recordatorio de un punto alto (quizás el máximo) en mi carrera atlética. La gente me preguntaría qué es eso que me hice, y tendría una historia interesante para contar.

Por supuesto que no me decido qué hacerme, y para ponerme a pesar en eso primero tengo que llegar a la meta. Así que por ahora es solo una fantasía, pero es la primera vez que lo considero seriamente. Mientras fantaseo, me crucé con este artículo de Mark Wooley, un atleta británico que compartió su historia en la Espartatlón y la marca permanente que se hizo en su gemelo. Sin más, la traduzco para la posteridad:

Déjame contarte sobre de mi tatuaje.

La mayoría de las personas lo ven y simplemente lo asocian con un corredor. Aquellos que saben lo asocian con Filípides y la Espartatlón. Claramente, llevar el tatuaje es haber terminado la Espartatlón, pero el significado es de hecho mucho más profundo.

Hace unos 20 años me caí mientras hacía escalada y me rompí la pierna justo sobre el tobillo derecho. La pierna literalmente se había partido a la mitad y el pie colgaba de unos pocos tendones. El equipo de rescate me llevó en helicóptero y entonces tuve una cirugía de emergencia en el hospital. Los doctores me dijeron que jamás volvería a correr.

En aquel entonces, en los 80s, la historia de Filípides corriendo de Atenas a Esparta en 36 horas era considerada imposible, nada más que una curiosa anécdota antigua, mezclada con mitología griega de hazañas imposibles, criaturas imposibles y dioses. Eso fue hasta que John Foden y su equipo decidieron probar que en verdad era posible, y que Filípides sí corrió entre Atenas y Esparta. El resto lo sabemos todos, que ahora es historia del ultra-running, con el nacimiento de la Espartatlón, la carrera más grandiosa del mundo. 

Así que el significado del tatuaje es que nada es imposible, ni la herida ni la hazaña. Los únicos límites son los que están en nuestra cabeza y solo están ahí para ser rotos. El tatuaje está en la pierna que me rompí,  aunque hoy tendrías que mirar detenidamente para ver las cicatrices. Yo solo tengo que mirar hacia abajo para recordarme que nada es imposible. Filípides será siempre el mito que debe ser roto.

Semana 34: Día 232: Excusas para no correr

Frío. Lluvia. Cansancio. Algo bueno en la tele. Muchas veces enumeré excusas para no entrenar, en tono de burla. Pero motivos para no hacer nada sobran, lo que parece escasear es el empuje para ponerse en movimiento.

Yo fui un experto en excusas. La principal, difícil de retrucar, fue siempre la falta de dinero. Pasé muchos meses sin ir al grupo de running porque no podía pagarlo. Y realmente era una excusa porque podría haber salido solo, por mi casa, con el único fin de mantenerme activo.

Hoy veo tantos motivos para no correr… y me siento muy extraterrestre cuando los leo, una sensación difícil de explicar (la experimento también cuando paso por un kiosco o un supermercado y veo que venden 99% basura). A poca gente parece gustarle la lluvia, pero a menos que tengamos neumonía (o seamos un Gremlin) no nos va a pasar nada si salimos. ¡Cuando el cuerpo entra en calor hasta es agradable! En mis tiempos de excusas, unas gotitas era todo lo que necesitaba para quedarme en casa. A veces era una lluvia pasajera, y me quedaba mirando por la ventana, rogando que se largue más fuerte para sentirme justificado.

Otra excusa es tirarse abajo. “Yo no corro ni al colectivo”, o “No corro ni tres cuadras”. Podría decir que todos pasamos por eso. Yo odiaba correr. Educación Física era una tortura para mí. He dejado pasar incontables colectivos. También me he considerado incapaz, aferrándome a un límite cuando lo alcanzaba, convencido de que nunca iba a poder superarlo.

Encuentro un poco más justificado estar enfermo o lesionado. Pero con los años encontré que incluso en estas situaciones podía correr. “No todo dolor es significativo”, dice Scott Jurek, y se convirtió en mi lema ahora que me volví un ultramaratonista. Los fondos largos vienen acompañados de mucho esfuerzo, y hay que convivir con cierto sufrimiento físico. Obviamente que hay un límite para todo, pero he encontrado que entrenar en muchos casos me ayudó a recuperarme. Ahora entiendo que no todos los dolores requieren que me quede quieto.

Los límites están en la cabeza, y somos nosotros los que decidimos entrenar o no, y acompañamos esa decisión con la excusa que mejor nos calce. He corrido con los pies llenos de dolorosas ampollas, y me acostumbré. También bajo una lluvia torrencial, y no pasé frío. Corrí con sueño, cansancio, habiendo donado sangre esa mañana, con zapatillas rotas, a toda hora del día (mi favorita es antes de que amanezca). Y creo que todo eso, lejos de arruinarme, me fortaleció mental y físicamente. Y esa es la excusa para entrenar que contrarresta a cualquiera para quedarse en casa.

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