Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 33

Semana 33: Día 231: Extraño correr

He pasado muchos días sin correr, o directamente sin hacer actividad física. Pero era porque no podía, seguramente por compromisos laborales, o por estar de viaje. Ahora podría hacerme el tiempo, pero tengo que dejar que cicatrice la muela. Así que solo me queda extrañar calzarme las zapatillas y atacar la calle.

Quiero hacer las cosas bien, porque un problema con la muela y adiós correr por más tiempo todavía. Escuché de jugadores de fútbol que se acalambraban todo el tiempo y descubrieron que la causa de su problema era una caries. Así que me porto bien, hago caso a lo que dice el médico y no hago actividad física. Hasta me estoy tomando la Amoxicilina. El analgésico voy a dejarlo porque de lo contrario no tengo idea de si tengo dolor o no.

Pero ahí estoy yo, caminando tranquilamente por la ciudad, fracasando en no pasar la lengua por el agujero, cuando veo un semáforo peatonal que empieza a titilar. Entonces salgo corriendo para llegar a salvo al otro lado, y en ese ínfimo instante, siento alivio. Porque pude correr, aunque sea ocho metros. Lo hago y pienso que no me duele, que no estoy empeorando nada. Por eso hoy tomé el último calmante, para corroborar si ya puedo volver a la actividad física.

Creo que en el running nos malacostumbramos a enmascarar el dolor con ibuprofeno, y así nos perdemos de información vital para poder recuperarnos. “No todo dolor es significativo”, dice Scott Jurek, y bajo ese lema quiero vivir.

Se supone que la veda de actividad física termina mañana, así que ya estoy en condiciones de volver a las andadas. Mañana les cuento cómo es sacarse esa gana de hacer algo prohibido…

Semana 33: Día 230: Sin muela

Hace un par de meses, estaba desayunando y sentí algo con punta adentro de mi boca. Inmediatamente imaginé el juicio a Kellog’s por meter un objeto extraño adentro de su avena, pero no, era mi muela de porcelana y su sistema anticuado de pegarlo adentro de la cavidad de mi diente cariado.

En la guardia lo pegaron y me advirtieron que no iba a durar mucho. Era muy cierto, creo que aguantó dos meses (como mucho) y almorzando con amigos después de correr los 21 km de San Pedro, masticando mis ñoquis de papa, se volvió a salir. Ahí quedó, suelto, a la espera de turno con el dentista.

La tecnología odontológica ha avanzado, y ahora ponen unos tornillos que, sinceramente, me dan bastante pánico. Ver el video con animación 3D no me tranquilizó. Después de pagar una FORTUNA por algo tan chiquitito, el dentista se decidió a deshacerse de todo lo que quedara de mi vieja muela. Me sacó las raíces, pero primero las partió en dos (si alguien se empieza a sentir mal con este relato, me avisa). Por suerte estaba anestesiado, pero podía oler el hueso hecho polvo que volaba por los aires. Luego siguieron tironeos, raspados, un tubito que aspira la saliva y quién sabe cuántas cosas más. Yo estaba aislado mentalmente, en mi mundo feliz, uno en el que los dentistas y los pacientes son amigos.

Y eso fue todo, me vaciaron el diente y quedó un agujero (cosa que me angustia de una manera que no sé si podría explicar). Al principio me dieron una gasa enrollada que tuve que morder por una hora. La anestesia se quedó conmigo toda la tarde, durmiéndome hasta la nariz. El dentista me dio una lista de las cosas que tengo y que no tengo que hacer, ahora que estoy agujereado. En 45 días me revisan, si el hueso se soldó, pasan a la fase 2, que es la de poner la corona y el diente, con ese sistema de tornillos que preferiría no haber conocido.

Lo que más me perturba, además de concentrarme en masticar con el otro lado, es que no puedo hacer actividad física. Ni gimnasio ni running. Por eso aproveché y ese mismo día corrí 30 km, pero por la mañana… como para estar a punto y volver el sábado. Cuando el efecto de la anestesia se iba yendo, sentía como si me hubiesen pegado una trompada con una manopla, así que entiendo lo de quedarse quietito y dejar que todo cicatrice.

Mañana por la mañana podría probar ir al gimnasio a ver qué pasa… pero tengo que esperar a Fibertel a que me arreglen internet. Reconozco que mis desgracias son bastante poco importantes. Al menos tengo 3G en el celular y otros 33 dientes en su lugar…

…ah, los humanos tienen 32 dientes, yo tengo dos más, lo que me convierte en un mutante.

Semana 33: Día 229: Sin internet

Un día, internet dejó de funcionar. Esto me imposibilita trabajar, además del ocio, como puede ser ver videos para pasar el rato, escuchar la radio online, subir mis entrenamientos desde el reloj, contactarme con mis amigos, ver si mañana llueve o no, y un infinito etcétera.

Esta no es la primera vez que Fibertel me deja de garpe. Para colmo, lo primero que responden es que hay una falla general, aunque no sea cierto… porque cuando no recuperé por un día entero el servicio, me programaron un técnico para que venga al domicilio. Encima me decían que iban a pasar entre las 13 y las 19… ¿realmente esperan que me quede seis horas prisionero en mi casa, sin saber la hora exacta en la que van a venir? Pude renegociarles de 8 a 13, que sigue siendo un rango horario exagerado, pero al menos no me parte el día por la mitad.

Hasta que no se resuelva, las actualizaciones de este blog pueden verse afectadas… pero bueno, háganme el aguante. Podría actualizar desde el celular, pero hasta último minuto tenía la esperanza de que el servicio volviese tan súbitamente como desapareció…

Semana 33: Día 228: La mala suerte no existe (tampoco la buena)

Hoy es martes 13. Se supone que es un día de mala suerte, y quizás el origen venga del dicho de “en día martes no te cases ni te embarques” (viene de la época en la que la gente embarcaba en barcos, no es aeropuertos). Casualmente hoy tuve lo que podríamos considerar mala suerte: me cambié de obra social y me enteré de que todavía tengo en débito automático las cuotas de ambas. También me enteré de que falleció una queridísima amiga que me crió y alimentó por años, viviendo la infame época en que decidí dejar de comer carne. O sea, tuve un día bastante de mierda, porque sigo siendo pobre y ahora estoy lleno de remordimientos por una persona a la que no veía desde hacía una década y por quien nunca cumplí mi auto promesa de ir a visitarla.

Pero no creo en la mala suerte. Tampoco en la buena. O sea, no siento que haya cosas predestinadas. Tampoco creo en el karma, aunque me encantaría que existiese. Creo que en el universo pasan millones de cosas e inevitablemente algunas se superponen. A esas coincidencias algunos le llaman suerte.

Yo podría elegir ponerme mal por este maldito martes 13, y la verdad es que es difícil no encararlo de otro modo (una importante pérdida emocional y una reemplazable pérdida material). No creo que la suerte exista, es casualidad que Ceferina haya fallecido justo hoy. Tenía problemas de salud, y le llegó su hora. No es mala suerte que no la haya visto en los últimos años, es puro egoísmo mío. Tampoco puedo acusar a la mala fortuna de estar pagando dos obras sociales, cuando me cambié porque la anterior no la podía seguir afrontando. Puse la responsabilidad en un tercero para hacer la baja, en lugar de encargarme yo (veo una constantes en mí, la de no hacerme cargo).

En el pasado escribí sobre esto, y decía que en una carrera o entrenamiento no se le pueden achacar los resultados a la buena o mala suerte. Uno es lo que hizo y lo que hace, es imposible que en un evento deportivo haya cosas libradas al azar. ¿Hace frío? Hay que abrigarse. ¿Llueve? Depende de si tengamos calor o no, habrá que ajustar la vestimenta. ¿Nos lesionamos en medio de la competencia? Algo malo habremos hecho, como forzarnos de más o estar distraídos.

En lo que sí creo es en las oportunidades. En saber verlas y no dejarlas escapar. Si dos amigos van caminando por la calle y encuentran 100 pesos, no los va a levantar el que tenga más suerte, sino el que haya estado más atento. Los contratiempos tampoco son mala suerte, simplemente son cosas que pasan y que uno debe resolver. Es parte de hacerse cargo. Si uno enfrenta un problema y lo resuelve, cualquier victoria va a resultar más sabrosa.

Ni Dios, ni el destino, ni el karma decide si nos van a pasar cosas buenas o malas. Sería mucho más fácil que la responsabilidad estuviese afuera de nosotros, pero no es así. Hay oportunidades, y nos tenemos que hacer cargo de si las dejamos pasar o no.

Semana 33: Día 227: Ser feliz durante 100 días

Cuando escribís un blog que directamente cuenta los días, pueden surgir cosas interesantes. Por ejemplo, objetivos en X cantidad de tiempo, los cuales uno puede seguir de cerca, o metas al alcance del calendario.

Hoy tuve la suerte de cruzarme con uno que parecía hecho para este proyecto que he dado en llamar Semana 52. Con el hashtag #100HappyDays, esta movida que se inició en 2013 consta de tomar fotografías de las cosas que te hacen feliz, y sostenerlo durante cien días. Es poco más de tres meses, y no lo veo como un concurso de fotografía, sino como un modo de encontrar diariamente esas cosas que nos hacen bien y que quizá damos por sentado.

Enumerar durante todo este tiempo y guardar un registro no pareciera tan difícil. Los que abandonaron (más del 70% en la primera vez que se hizo), alegaron falta de tiempo. ¿Será que el reloj dicta si somos o no felices? ¿O no tenemos tiempo de verlo porque vivimos con los minutos contados?

Ya que me hice una cuenta de Instagram casi exclusivamente para sacarle fotos a mis jugos y comidas, decidí darle un nuevo uso y empecé hoy con mi primer registro de cosas que me hacen feliz. Estoy muy atrasado con trabajo, realmente mal, y me tomé unos minutos para amasar pan integral. Es algo que me hace feliz, no solo por la pausa en la vorágine laboral, sino porque me reconforta demostrarme que puedo cocinar, ensuciándome las manos y sin estar leyendo las instrucciones de un paquete.

Si les interesa, estoy empezando en mi cuenta de Instagram y lo replico en Twitter con el hashtag 100HappyDays. No sé hasta dónde llegaré, pero me va a ayudar a que pasen los días hasta mi viaje a Atenas, y me va a ayudar no solo a reconocer lo que me hace feliz, sino a no olvidarme de hacer algo que me gusta una vez al día.

Semana 33: Día 226: A un paso más cerca de Atenas

Estos días me junté con mis padres, principales inversores del sueño espartatleta, para ultimar el tema de los pasajes. Fue una jornada ardua y frustrante. Primero vimos unos precios bastante razonables, y cuando dos días después quisimos efectivamente comprarlos, estaban mucho más caros. No quisimos dejar pasar más tiempo y después de encontrar la combinación más económica, hicimos la compra con tarjeta de crédito.

Pero claro, era el costo de tres pasajes (el de mis padres y el mío), así que Visa no aceptó el pago. Hubo que llamar y rogarles, cosa que a ellos les encanta que uno haga. Sorteado ese obstáculo, compramos el billete para volar el miércoles 17 de septiembre a Roma, y regresar el 3 de octubre a Buenos Aires. La idea es llegar a Fiumiccino y de ahí tomar un bus hasta Pescara, junto a Ortona, donde viven los Casanova originales.

Después de pasar un par de día con ellos, volvemos en micro a Fiumiccino para volar en un servicio low cost hasta Atenas, el día domingo 21. Con la semana bajo el sol ateniense creo que va a alcanzar para que el viernes 26 de septiembre a las 7 AM esté todo lo acostumbrado al sol mediterráneo de lo que se pueda estar.

Toda esta operación nos llevó casi todo el día con mi papá, sentados en la compu, comparando precios y , lo más importante, los horarios. Pero vencimos al sistema y lo logramos.

Exhaustos, decidimos comprar el micro Fiumiccino / Pescara más adelante, y dejar también para otro día el tema del hospedaje. Como dato de color, la AFIP le retiene a mi madre, jubilada, como 11.000 pesos de ese impuesto al turismo tan impopular entre los que viajamos seguido al exterior. Espero que se lo devuelvan sin que sea un trámite demasiado complicado.

Mi llegada a Atenas tiene fecha, y ha sido financiado por mis padres, porque todavía no pude conseguir un sponsor. Queda poquísimo tiempo para lograrlo, pero no bajo los brazos. Me gustaría reintegrarles todo lo que hay hecho por mí, y también poder financiar el pasaje de mi equipo de asistencia. Vamos que se puede.

Semana 33: Día 225: Entrenando en Zárate

Hoy Germán, nuestro entrenador, nos llevó a realizar un entrenamiento diferente. En lugar de nuestras típicas cuestas en el bajo de San Isidro, nos encontramos más temprano y nos fuimos manejando hasta Zárate, a unos 100 km, donde pasamos el día en un camping. Pero la idea era enfrentar al largo puente, la primera parte del mítico “Zárate-Brazo Largo”.

Creo que desde la Ultra Buenos Aires 100K que no corría tanto tiempo en línea recta, y probablemente haya sido una distancia menor. De punta a punta medía 3,6 km, así que el puente de Zárate ida y vuelta medía 7,2 km. El punto más alto estaba a 200 mts, y al principio teníamos una larga subida (tan sutil que no se sentía), para después bajar en un tramo más corto. El regreso era al revés, aunque parecía más cómodo.

El jueves quise hacer un fondo largo y tuve una molestia en la zona del psoas, lo que me asustó un poco. Por eso quería venir a este entrenamiento, habiendo descansado, a ver qué me pasaba. Por suerte no me dolió absolutamente nada, lo cual fue un gran alivio. Encaré las subidas a gran velocidad, y me sentí cómodo todo el tiempo. Los camiones pasaban a gran velocidad, y me daban envión cuando los tenía de espalda y me frenaban casi por completo de frente. La vista era imponente, por momentos daba un poco de vértigo estar tan elevado y cruzar el inmenso Paraná. Los pájaros anidaban debajo de las vías del tren, que pasan paralelo al angosto paso peatonal del puente. Es realmente un espectáculo, y me dio un parámetro para calcular a ojo cuánto son 3 kilómetros y medio.

El trayecto es casi recto, aunque tiene una ligera curva. El espacio para correr es suficiente para una sola persona, pero se complicaba cuando volvía algún compañero. En un sector, por alguna extraña razón que solo podría saber el arquitecto, ese sendero se vuelve muy angosto y dos veces me choqué el codo contra la baranda (y dolió en serio).

Me había preparado pinole, como un litro. Quizá fue demasiado para esos 26,7 km, pero mi intención era hacer cuatro puentes (28,4 km) más la ida y vuelta al camping (5,2 km). Lamentablemente no pude por falta de tiempo, y solo hice tres (que tampoco es despreciable). El sol acompañó, y fue una experiencia muy especial. Pude entrenar en asfalto, no sentí dolores, y cuando terminé me imaginé multiplicando el día por 10, distancia que pasa a asemejarse a los 246 km de la Espartatlón. Me pareció que podré hacerlo…

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