Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 30

Semana 30: Día 210: Dolores placenteros

Siempre dije que los dolores musculares post entrenamiento eran un motivo para sentirse orgulloso. Entiendo que haya gente que le escape al dolor, es absolutamente comprensible. Pero cuando uno se habitúa a la musculación sabe que hay algo ahí que está indicando un inminente progreso.

Hay dolores y dolores. No hablo de cuando uno se lesiona un músculo. Hay que entrenar con inteligencia, dentro de un esquema que, idealmente, estará armado por alguien que sabe y que nosotros repetiremos confiados. En mi caso actual estoy haciendo una rutina que me pasó el traumatólogo, con el fin de fortalecer las piernas y prevenir lesiones. No trabajo la hipertrofia, sino la marcación. Poco peso, muchas repeticiones. Al principio creía que era algo demasiado fácil, y parte de mi subjetividad orgullosa e infantil creía que iba a hacer el ridículo ante los fornidos del gimnasio. Pero aunque estoy levantando 5 kilos a una pierna, hacer cuatro series de 10 repeticiones, sosteniendo el peso 5 segundos, demuestra ser bastante agotador. Cuando me levanto siento los músculos hinchados, la sangre que bombeó, y una sensación que está al límite entre el entumecimiento y el dolor. Y es algo fantástico.

Como no pude con mi genio, le fui sumando ejercicios para el tren superior, como espalda, bíceps, pecho. Y gracias a que tengo la experiencia de lesiones anteriores, como estoy volviendo a levantar peso después de varios meses de no hacerlo, empecé tranquilo, liviano. Controlando mi subjetividad orgullosa e infantil. Así, cuando un ejercicio ya no me cueste, sé que le voy a poder sumar más peso o más repeticiones. Es así, hacer que el cuerpo duela para que, cuando no haya más dolor, subir un escalón de esfuerzo.

Por eso, para mí, no hay que tenerle miedo a estos dolores ni tampoco tomarlos como un mal síntoma. Hay que abrazarlos, saber que son una parte necesaria del desarrollo físico, y usarlos como motivadores. A mí, hasta ahora, me ha funcionado…

Semana 30: Día 209: ¿Hasta cuándo duran las zapatillas?

Cuando uno se encariña con un calzado, desearía que duren para siempre. Entrenar es también desarrollar una rutina sostenida en el tiempo, y nos gustaría que no se alterara.

Las zapatillas tienen una vida útil, y quienes hacemos fondos con cierta constancia sabemos que no nos acompañarán eternamente.

Dicen que se deben cambiar cada mil kilómetros. Otros hablan de cuatro meses, como si usarlas o no fuera indistinto. Yo he tenido más zapatillas de las que podría recordar, y conforme aumento mis kilómetros mensuales, menos me duran.

Mi mejor experiencia la tuve con la marca Asics y después con Puma. Los cambios se debieron a que las sentía muy duras o a que el material cedía y se rompía. Destrocé las últimas Faas que me compré solo con un mes y medio de uso intenso. Anoche, le tocó el turno a mis Puma Nightfox.

Es un modelo pensado en aventura. Son pesadas y resistentes. Tienen una malla metálica por dentro y hoyos en la suela para que escurra el agua. Las usé en mi entrenamiento de 100 km y en la Patagonia Run. O sea que pasaron por mucho. Ayer, haciendo un regenerativo con los Puma Runners me enganché los pies con una rama. Digamos que con el pie izquierdo la trabé y con el costado interno del derecho le de una patada.

Trastabillé. No sentí más dolor que el de un golpe contra algo duro. Llegué a pensar que esos accidentes rompían zapatillas. En la oscuridad de la noche, camuflado por mis intactas medias negras, no noté nada fuera de lo común. Haría falta estar en casa para notar el tremendo agujero que le hice.

¿Podría seguir usándolas? No sin cierta vergüenza, pero ya es un camino de ida. Si corro posiblemente el agujero crezca, o podría pasar algo menos notorio (en un principio) y es que pierda sostén y firmeza. En lo que a mí respecta, ayer asesiné a mis Nightfox.

Hay calzado que no dura nada, otros que se retiran habiendo cumplido con el deber, y otros como mi amigo Marce que lleva ocho años usando el mismo par y se niega a tirarlo. Pero todo depende del modelo y del uso. En mi caso, llega la hora de empezar a mirar precios de zapatillas…

Semana 30: Día 208: Reivindicando a los griegos

Ayer me volví a quejar de la “desorganización” de la Espartatlón y de los griegos en general. En verdad yo veo estas cosas como puntos de giro en el guión de una película que termina con la carrera (llegar o no la meta es lo que se resuelve en el final).

Como un colega corredor me dio su punto de vista (si fuese legal, probablemente se casaría con la International Spartathlon Association), me pareció justo mostrar otra cara.

Los griegos son, ni más ni menos, nuestros padres a la hora de hablar de la civilización occidental. Sus aportes en la filosofía, ciencia y política nos han definido como sociedad al día de hoy.

Visitar Atenas puede ser un golpe para muchos turistas. Yo me sentí en casa. El modo en que actúa la gente, parecieran todos argentinos. Lamentablemente, manejan tan mal como nosotros (lo sé, se supone que iba a compensar…). Honestamente en Atenas fue donde mejor me trataron como turista. Hay que manejarse en inglés, pero siempre supieron darme indicaciones precisas y se interesaron por mi historia (es muy raro explicarle a un griego lo que es la Espartatlón).

Si algo nos hermana con los atenienses es que ellos también se subestiman. Se quejan de su gobierno, de los servicios públicos, y de sus propias playas. Pero cuando un griego te dice que un balneario es feo, para un argentino puede ser el paisaje más alucinante de su vida. Y lo mejor es que algo de razón tenían: aunque uno vea una playa hermosa, más lejos se esconden lugares infinitamente mejores.

No tuve suerte con mis primeros intentos de anotarme en la carrera, pero siempre encontré gente que me ayudó desinteresadamente. De hecho, todos los problemas que tuve me los resolvió un griego…

Hoy solo soy un atleta intentando correr su primera Espartatlón. Siento que estoy juntando anécdotas, y que seguramente termine muy agradecido con la organización una vez que cruce la meta (si la cruzo, si no, no).

Semana 30: Día 207: Las trabas para llegar a Esparta (o para no llegar)

La Espartatlón es una de las carreras más difíciles del mundo. Pero no me refiero al desafío titánico de correr 36 horas, casi exclusivamente en asfalto, por lomas que te comen las piernas y luchando contra el agotamiento. Me refiero a la inscripción.

Como comenté varias veces, en mi primer intento por inscribirme pregunté si podía hacerlo sin cumplir los requisitos de pre-aprobación. Me dijeron “¡Pero ya está inscripto y su número de corredor es XX!”, porque me habían confundido con un mexicano de apellido Casanovas. Tardé varios meses en darme cuenta del error. Rogué porque reconocieran que el problema era de ellos y no mío, pero los griegos son tercos y no dieron el brazo a torcer. Inventamos la Ultra Buenos Aires 100K para cumplir al menos ese requisito (dos semanas después de volver de la Patagonia Run, y comentiendo todos los errores de principiante que pude). Luego de mi fallido intento, prometí reintentar al año siguiente.

En 2013 corrí esa dichosa ultra y llegué en menos de 10 horas y media. Al lunes siguiente fui a la compu a inscribirme, solo para ver que no quedaban cupos y que habían cerrado la lista de espera. Ok, ESPERARÉ OTRO AÑO MÁS…

Esta vez no quise dejar nada librado al azar. Me senté frente a la computadora, mirando fijamente el reloj para estar llenando mi solicitud en el minuto cero que abriesen las inscripciones. Pero le calculé mal al huso horario y en lugar de completar la ficha online al instante de que la habilitaron, lo hice 45 minutos después. A dos horas de iniciarse la inscripción, cubrieron los cupos y empezaron con la lista de espera. Esta vez les había ganado.

O eso creía. El formulario no adjuntó mis archivos donde demostraba que había corrido 10:14 hs en 2013, así que ni me tuvieron en cuenta. Pasaban las semanas y cuando vi que le habían confirmado hasta el último, sufrí. Empecé a averiguar, a preguntar, a molestar… se destapó que había un error en la programación de la web y terminé mandando mis adjuntos al Facebook personal de uno de los organizadores. A los pocos días, me confirmaron que me aceptaban.

Pero la historia no termina ahí. Porque para quedar fehacientemente inscripto hay que pagar 450 euros. Yo soy un afortunado porque pude cobrar un trabajo que hice afuera y le di el dinero a un amigo que tiene cuenta en España para que haga la transferencia. Fantástico. Lo hizo, me mandó el comprobante y se lo reenvié a la organización. El que no paga antes del 15 de mayo, pierde su lugar y entra alguno de la extensa lista de espera.

Pasaban las semanas, y yo no tenía noticias de mi inscripción. Preocupado, empecé a preguntar. Me pedían paciencia, la lista la actualizaban cada 2 semanas… pero yo seguía sin aparecer. Finalmente me confirmaron mi temor: no tenían registros del pago. Atribuyo la confusión a que el dinero llegó de una cuenta que no era mía, por lo que no lo asociaban conmigo. Tampoco había llenado una ficha (otra más) con los datos de mi equipo de acompañantes. Insistí, por supuesto, aclaré todo, y ahí sí me aseguraron que todo estaba en orden.

Dicen que hay que luchar por lo que uno quiere. Yo todavía no puedo creer las vueltas que estoy dando solo para estar inscripto… Poner un pie en la línea de largada podría ser más difícil que realizar la carrera misma…

Semana 30: Día 206: Organizando una carrera

Me tocó organizar una carrera por pura desesperación. Era abril de 2012, y un teléfono descompuesto entre la organización de la Espartatlón y yo me hizo creer que estaba inscripto para la edición de ese año. Cuando caí que no era así, los griegos no querían dar el brazo a torcer. Había lista de espera y yo ni siquiera cumplía con los requisitos para anotarme.

Como los hacía responsables de la confusión, pedí una excepción: correr 100 km en menos de 10 horas y media, que era una marca que me parecía alcanzable. La otra, 200 km sin límite de tiempo, me parecía demasiado.

Así nació la Ultra Buenos Aires, y tiempo después me enteré que existe un recital de música electrónica del mismo nombre. Entonces, nuestros abogados recomiendan llamarla Ultra Buenos Aires 100K.

Mi idea era simple: organizar una carrera para mí solo, fiscalizado por una organización que se dedicara a los eventos deportivos. Le pedí ayuda a Fede Lausi, de Salvaje Eventos, y el 28 de abril de 2012, si la memoria no me engaña, me lancé a la aventura.

Fracasé a los 70 km.

Al año siguiente le recordé a Lausi de la Ultra Buenos Aires 100K. Esta vez la abrimos al público y se hizo en un circuito de 25 km. Esa era la distancia mínima, y estaba la categoría half de 50 km y la ultra de 100. Ahí sí, con mi experiencia previa, nervios y algunos percances, logré el objetivo con algo de tiempo extra: 10 horas con 14 minutos. Éramos poquitos, por eso fui el único en terminarla. El resto fue abandonando o los frenaron cuando cayó la noche.

Nunca estuve del todo seguro de si la Espartatlón iba a aceptar esta carrera. O sea, todo el mundo me decía que sí, incluso voluntarios griegos a los que contacté por Facebook. Pero me había costado tanto que me permitía dudar de todo. Finalmente la aceptaron, avalando de ese modo a la Ultra Buenos Aires. La falta de cupo no me permitió anotarme en 2013, pero la tercera es la vencida y este año estoy adentro.

Yo podría dedicarme solo a entrenar, y considerar a la Ultra Buenos Aires 100K como una anécdota dentro de una historia que se sigue escribiendo, pero aunque quedó en manos de Salvaje (a quien le cedí el logo y todo) me sigue llamando… hay pocas ultras en plano donde poder buscar velocidad. Si te vas de las carreras en pista de 400 metros donde los competidores corren 24 o 48 horas, tenés que irte a la montaña, donde cumplir los requisitos de tiempo de la Espartatlón es imposible. No quisiera que desaparezca la única alternativa…

Hace unas semanas lo contacté a Lausi. “¿La volvés a hacer este año?”. Él no estaba del todo seguro. Tenía sus carreras del calendario oficial, ya instaladas y accesibles para un nivel de corredor más amplio. Pero a él también le picó el bichito del desafío. “¿Te parece? ¿Y en qué fecha?”. Así empezamos a hablar. Y quedó en que lo iba a pensar.

Podría haber quedado ahí. Pero hoy me escribió con ideas nuevas. Cambiar el formato, manteniendo los 100 km en plano. Ver un lugar nuevo. Un horario completamente diferente. Realmente me entusiasmó enormemente.

Por ahora son solo ideas. Hacerla en la segunda mitad del año. Y que sea el referente para todos los que quieran clasificar para la Espartatlón sin tener que recurrir a las carreras de 24 y 48 horas en pista. ¿Saldrá algo de todo esto? Ojalá que sí, y que sea una cita anual para todos los ultramaratonistas de Sudamérica.

Los mantendré informados…

Semana 30: Día 205: Morir corriendo

Hoy llegó una noticia que nos conmocionó a todos. En la meta de la media maratón que se corrió en la ciudad de Córdoba, un joven se desplomó y murió. Los intentos por reanimarlo fueron infructuosos, y se le fue la vida a la vista de todos los presentes, incluso los de su propia familia.

“Ahora, a soportar a nuestras madres”, dijo un amigo. Lejos de querer hacer un chiste con esta tragedia, es una señal de lo que despiertan estos dramas, el terror por el deporte. Quizá a mi propia mamá le costaría entender que si yo tuviese que elegir un modo de irme de este mundo, sería corriendo. Quizá preferiría hacerlo solo, en el medio de la naturaleza, como le sucedió a Caballo Blanco. Pero esto es lo que me apasiona, y la ironía para mí no sería morir en la meta sino sentado de una silla, o bajo las ruedas de un colectivo.

Dejando el morbo de lado, la historia de Ezequiel Ponce, el joven que perdió la vida tras correr los 21 km, despertó también la ignorancia de mucha gente. Primero y principal de la prensa, que empezó a decir en sus apresurados artículos que había ganado y que su fellecimiento se dio cuando le daban su medalla. Evidentemente desconocen que se premia a todos los finishers que cruzan la meta. Ezequiel terminó en 1:50 hr, lo que lo ubica a mitad de la carrera. Sobre los motivos de su deceso, ahora solo podríamos especular. De eso se encargó la gente que comentaba estas noticias mal escritas, hablando del infame “todos los excesos son malos”, de que hacía 28 grados al rayo del sol y de que la hidratación era deficiente.

Para no especular en un tema tan delicado, esperé a ponerme en contacto con mi amigo Rodrigo Arietti, oriundo de Córdoba, quien estuvo ahí y vio todo con sus propios ojos. El calor no era tan intolerable como algunos pensaban (unos 20 grados), y sí fue cierto que la hidratación dejó mucho que desear. Los corredores recibían vasitos de café con agua, servidos de botellas de litro y medio. Algunos decidieron cargar con una botella para ir compartiendo en el camino. ¿Puede convertirse esto en algo fatal? ¿Correr menos de dos horas deshidratado? No soy un experto, pero no me suena. Lo cierto es que los últimos corrieron sin agua, y eso deja mucho que desear, pero Ezequiel sí fue del pelotón que, al menos, llegó a los vasitos.

Rodrigo me comentó que este chico venía detrás suyo, y que faltando 200 metros para la línea de llegada, se desplomó. Los médicos lo querían sacar de la carrera y él no quiso. Le faltaba poco, después de todo, y la quería terminar. Venía sintiéndose mal de antes, pero… ¿qué corredor aceptaría no terminar corriendo una carrera, en especial faltando tan poco? Me pongo en su lugar y hubiese hecho exactamente lo mismo. Los atletas somos tercos, coqueteamos con nuestros límites y pensamos que con ser determinados alcanza. Yo ya llevo muchísimos aptos médicos como para despejar cualquier duda de un problema cardíaco o alguna enfermedad que me ponga en riesgo si corro. Pero no sé si eso me garantiza que nada me va a pasar corriendo.

Quizás estas cosas nos podrían servir de algo más allá de para ponernos la piel de gallina. Cuidarnos, por nuestra familia, que rara vez entiende nuestra locura. Es raro que una persona fallezca en una carrera, pero cuando pasa despierta las paranoias de todos. No está de más que uno se cerciore de que está en óptimas condiciones. Por ahí con eso alcanza para tranquilizar a los demás. También esta tragedia servirá para presionar a las organizaciones a que tengan más aceitado el tema de la hidratación. Yo dudo muy seriamente que esto haya contribuido con este trágico desenlace, pero al menos desnuda las falencias de una organización deportiva. Y por último, y lo más difícil, esto debería servir para que dejemos de creer en todas las noticias que leemos en internet. Hay mucha gente fatalista que ahora está convencida de que un campeón de media maratón perdió la vida en una carrera sofocante y sin agua. Las cosas no son siempre como las pintan, pero lo único que es innegable es que una fiesta del deporte terminó con mucha tristeza. La tragedia va a ser todavía mucho mayor si nos olvidamos de esto y hacemos como si no hubiese pasado nada…

Semana 30: Día 204: ¿Qué hay más allá del "no puedo más"?

Durante los 100 km de la Patagonia Run me encontré con una situación muy interesante… llegué a un punto de agotamiento físico en el que si venían con una moto y me decían “subí que te llevo al próximo puesto, sin que nadie se dé cuenta”… me lo pensaba. Las piernas me dolían, en forma bastante pareja porque los gemelos estaban agarrotados de las subidas y los cuádriceps de las bajadas. Soñaba con estar con los pies secos, en una cama mullida, calentito, comiendo cualquier cosa caliente que no fuera pasas, fainá o pretzels. Entonces, cuando no podía más… seguí corriendo.

El rival más difícil está en la cabeza, decía una publicidad del Tour de France dibujada por Liniers, y un ciclista tenía que soportar sobre su casco a un cerdo. Supongo que se aplica a casi cualquier deporte de resistencia. Es muy contradictorio que sea nuestra propia mente la que nos dice en voz bajita y repetitivamente “frená que no podés más”, a la vez que nos motiva a seguir esforzándonos. Sé que existe un límite físico, posiblemente bordeando una lesión, en la que es imposible seguir avanzando, pero también entiendo que hay un umbral que pasar, donde el cuerpo se pone en una modalidad “crucero”, y esa velocidad es mucho más cómoda que caminar y hasta que quedarse parado.

Frenar en los puestos es prácticamente inevitable. Hay que reabastecerse, ya sea con comida o con agua, y un tecito caliente para subir la temperatura interna. Arrancar, sobre todo con más de media carrera encima, parecía tan difícil como subir una montaña. Rodillas duras, piernas doloridas, frío… cualquiera podía abandonar a esa altura y no ser considerado otra cosa que un atleta con coraje. Yo me preguntaba hasta cuándo iba a poder seguir corriendo y en qué momento iba a necesitar caminar, pero aún en esos momentos de máximo agotamiento, cuando sentía que no me quedaban fuerzas, seguía un poco más. Las subidas las caminaba, mirando el reloj (antes de que se acabase la batería) para controlar mi ritmo cardíaco. Pero el llano y las bajadas las atacaba con un trote estable, más rápido de lo que me decía mi instinto.

Y esa era una sensación maravillosa. Ir a mayor velocidad de la que yo suponía que tenía que hacer. Tenía un poco de incertidumbre. ¿Lo iba a poder sostener por mucho tiempo? Y la respuesta era sí. Pasando el último puesto de control, cuando la meta era cuestión de minutos (y de kilómetros), apreté sin tener en cuenta que llevaba casi 100 km encima (y era distancia en montaña). Esto me da muchísimas esperanzas para la Espartatlón, donde voy a sentir muchas veces esa alarma corporal que me indica abandonar, y a pesar de eso poder seguir. Seguro que tendrá consecuencias, como ser dolor al día siguiente, pero mientras mantenga mis fuerzas durante la carrera, voy a estar bien.

Creo que no encontré mi límite todavía. Por supuesto que es un límite nuevo, distinto al que tenía hace un año, porque mi cuerpo se siguió adaptando, el entrenamiento se fue volviendo más centrado, al igual que mi alimentación. No queda tanto para ir a correr a Grecia, pero el fin de semana anterior, en la Patagonia, pude seguir contra mi propio instinto, y cuando crucé la meta, más rápido de lo que sentía que podía, me di cuenta que mi cuerpo hubiese podido seguir corriendo. ¿Cuánto? ¿5 km? ¿20? No lo sé, ojalá que mucho más. Probablemente tenga más resto, solo que nunca experimenté mayores distancias. Es la cuenta pendiente a resolver en las próximas semanas…

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