Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 24

Semana 24: Día 166: ¡Adiós, Buenos Aires!

En pocas horas me voy con mis amigos rumbo a Tandil, en lo que será la antesala de la Adventure Race. Para lograr esto que parece tan fácil, estuve trabajando a destajo, incluso sin dormir ni entrenar el miércoles, cosa que detesto profundamente.

Pero es un pequeño precio a pagar por esta escapada con los Puma Runners. Si hay wifi, sabrán mucho más de mí. Si no… veré qué invento con el celular. Se viene una de las carreras más lindas del año…

Semana 23: Día 165: Consejos para la Adventure Race de Tandil

En nada más que cinco días tendrá lugar la Adventure Race de Tandil. En una época le decíamos “La Merrell”, y yo sin caer en que era solo un sponsor. Hoy aupicia Terma, pero para no encariñarme con una marca, mejor no seguir mencionándola…

Esta carrera es muy especial para mí. Fue una de las primeras que hice, cuando recién estaba empezando a correr. Era 2009, llevaba menos de un año en el grupo (LionX), y me mandé a hacer la segunda mitad, que para mí era un montón. Recuerdo hacerla tranquilo, con mi prima Vero, disfrutando del sol y del paisaje. Era parte de un equipo de postas, me tocaba la última, pero decidí acompañarla e ir juntos. Al rato me mandó para que siga solo, así que terminé haciendo mi propia experiencia.

No me pareció un desafío bestial, a pesar de que no había corrido los 27 km completos. Pero no tuve en cuenta algo, que sí viví en 2010, y es que con piernas descansadas, cualquiera se hace el guapo. La mitad de esta carrera de aventura entre las sierras de Tandil tiene muchas subidas, lo que obliga a hacerlas caminando. Es el momento ideal para la recuperación aeróbica, por lo que me pareció razonable meterle pata y, justo cuando está la peor cuesta de todas donde se arma la filita de hormigas que somos los competidores, aprovechar para recuperar el aire.

Claro que… llegar con piernas cansadas hace todo mucho más complicado… Aprendí entonces que el secreto es ser moderado. Sí, la primera mitad tiene más llano, asfalto, caminos de tierra… permite acelerar. Pero quemarse en esa etapa es una tontería, porque todavía queda lo más difícil. Y casualmente eso que resulta dificultoso es a la vez la parte más divertida. Uno llega a ese punto cansado, pero ahí empiezan los mejores paisajes, la verdadera aventura, el desafío. Diría que conviene hacer la primera mitad más lento de lo que uno querría para largarlo todo después, pero ¿cómo aguantarse en esas rutas de asfalto y no intentar ganar terreno ahí? Hay que buscar el equilibrio, o bancarse las consecuencias.

Las cuestas, como su nombre sugiere, cuestan bastante. Ya la largada es subiendo en un serpenteo que parece infinito. Yo sugeriría aprovechar esa frescura y la adrenalina de la salida para posicionarse mejor. Es muy probable que casi toda la carrera tengamos a alguien adelante y nos veamos en la obligación de seguir su ritmo. Las piedras hacen que rebasar a otro pueda tornarse peligroso, no solo para uno sino para los demás. Por eso, salir rápido y separarse del pelotón puede rendir sus frutos después… si no terminamos quemándonos. Esa subida es complicada, quema las piernas, y tranquilamente puede ser un kilómetro o más. Después llega una bajada larga y empinada, donde la gravedad hace gran parte del trabajo y podríamos llegar abajar pulsaciones y recuperar aire ahí mismo.

Correr con bastones me parece una exageración, a menos que quieras usarlos para practicar en una inminente carrera en montaña. Las subidas, excepto la que está justo en la mitad, no son complicadas, en absoluto. Y esa trepada entre las rocas es muy breve. Lo que sí es más complicado son las bajadas. Seguramente veremos a muchos mandarse a los saltos, como si no tuviesen miedo de lastimarse. Es probable que estas personas sean oriundos de Tandil, o que estén acostumbrados a correr en montaña. Las piedras son el principal problema, caerse puede costar muy caro. Las frenadas de la bajada también tienen un costo alto para las piedras. Creo que el desgaste está acá y no tanto en las bajadas. Los cuádriceps y las rodillas son los que más van a sufrir. Bajar de costado ayuda, pero no del todo.

Si bien hay puestos de hidratación (tres en el recorrido, separados cada 7 km aproximadamente, y uno en la meta), estos no alcanzan. Lo ideal es correr con hidratador o baticinturón. También podría sugerir la técnica de beber bastante en los puestos (un par de vasos de bebidas isotónicas) y llevarse una botella de agua en la mano por si nos da sed en el trayecto. Si nos caemos y nos lastimamos, ¿qué hacemos ahí tirados, sin agua? La buena hidratación previene los calambres, algo muy común en este tipo de carreras. Puede parecer que correr con una botella en la mano es incómodo, pero mucho peor es deshidratarse. El momento ideal para beber, como también para comer, es en las subidas, donde el terreno nos obliga a bajar la velocidad.

Hablando de comer, cada uno debe hacer su propia estrategia, probada antes de la carrera. Los geles son una opción, aunque yo me estoy decantando por cosas más naturales. Tenemos la comida de asimilación rápida, para lograr una subida veloz (azúcar, pasas de uva) y las de asimilación lenta, que son mejores porque van largando la energía paulatinamente (geles, hidratos de alimentos enteros como las legumbres, la papa, etc).

Quizá haga pinole para esta carrera, y si no me arreglaré con pasas y bebidas isotónicas. Pienso hacerlo lo más rápido posible y buscar hacer mi mejor tiempo. Mi marca anterior es de 2 horas 53 minutos, y sé que he corrido sin necesidad de geles en un período similar.

El consejo más importante que podría dar es el de ser respetuoso. Este tipo de competencias atrae a muchos corredores, hay muchos nervios y además de cuidarnos a nosotros tenemos que cuidar al otro. Alguna vez casi me hacen caer porque alguien decidió que quería apurarse y tomó un camino lateral, en lugar del marcado por la organización. Otra forma de respeto es el de no tirar basura en el camino, como envoltorios de geles, barritas, etc. Lo mejor de estas carreras es el contacto con la naturaleza… ¿para qué arruinarlo? Me fastidia el caminito de basura que van haciendo los de adelante. Creo que la ética del buen corredor amerita el cuidado del medio ambiente. La basura al bolsillo, que en la llegada o en el hotel la podemos tirar.

Semana 23: Día 164: El elogio a los excesos

La escena es conocida. Cambian los interlocutores, el escenario y el récord, pero la fórmula es la misma. “¡No sabés! ¡Pepito, así como lo ves, se sirvió seis platos en un tenedor libre!”. Pepito es un nombre ficticio, que usamos para proteger su identidad.

Pareciera que nos fascinan los excesos, independientemente de si son benignos o no. Sigue el principio de “No existe la mala publicidad”. Que hablen de uno es más importante que cualquier otra cosa. Todos conocemos nuestras limitaciones, y nos llama la atención que alguien lo supere. A mí me pasaba, tengo un amigo (otro Pepito) que en épocas del 1 a 1 se comía 20 hamburguesas de McDonald’s. Me impresionaba pero jamás me planteé, en ese momento, si era sano o cómo le afectaba al cuerpo. Yo solo veía el récord.

Las ultra podrían ser consideradas por cualquiera como otro exceso. Correr cinco, ocho, once horas, es algo fuera de lo habitual (fuera del circuito del atletismo). Me duele decirlo, pero cuando me dicen que me admiran por mi dedicación al running siento que también lo harían si les dijese que me como 20 hamburguesas y me puedo ir del McDonald’s caminando.

¿Es el que fuma cinco atados por día digno del mismo reconocimiento que el que corrió 42 km? A veces pareciera que sí.

Algo debe tener que ver cierto desconocimiento de las consecuencias de nuestros actos. Correr más de lo que nuestro cuerpo soporta seguramente nos terminará lastimando. Comer, beber, fumar, drogarse también. Todos conocemos a alguien que sufrió de alguna enfermedad terrible como cardiopatías, cáncer, obesidad, y otras más habituales (que la mayoría tiene sin saberlo) como el colesterol alto. ¿Asociamos esos excesos a lo largo de nuestra vida con esos males? ¿O preferimos pensar que todo es culpa de genética en lugar de nuestros hábitos?

Quizá yo cometa excesos corriendo. No por nada tuve que ver a traumatólogo más de una vez. Por eso me tomo los eventuales elogios con pinzas. Sé que, al igual que los Pepitos con sus marcas gastronómicas, yo también camino sobre la cuerda floja. A mi favor solo puedo decir que en mi búsqueda constante de superar mis límites, no me olvido de que eso va acompañado de intentar mantener siempre el equilibrio…

Semana 24: Día 163: ¿Por qué no entrenar da más hambre?

Siempre me planteo esto, y nunca le encuentro una explicación. Seguro me van a decir “ansiedad”… y quizá tengan razón.

Cuando tenía un poco de sobrepeso, comía mucho y mal. Me sorprendió que acomodarme en mi dieta significara comer mejor, pero mayor cantidad. Agregué comidas al día y en cuanto bajé de peso pude sumar más hidratos, e incluso colaciones después de entrenar.

Comer se volvió algo automático. Como el perro de Pavlov, cada vez que era hora de una de las comidas que indicaba el Excel (apoyado en los recordatorios que había seteado en el celular), me empezaba a agarrar hambre. Casi como cuando uno pone el despertador a las 7 de la mañana y se despierta 6:55. Nunca dejé de disfrutar la comida, todo lo contrario, pero empecé a alejarme de los excesos, de comer por antojo, y pasé a alimentarme en función de rendir mejor físicamente.

Sin embargo, como diseñador gráfico que a veces tiene que quedarse largas horas frente a la computadora trabajando, me di cuenta de que en esos momentos de inactividad sí me daban “ganas” de comer. Ni siquiera hambre. Es como si fuese más fácil lidiar con la presión comiendo algo. Pero no cualquier cosa. Porque esos antojos no son de frutas o de un jugo. Quizá algo de eso saciaría ese capricho (en parte). Lo mío es muy puntual, necesito hidratos. Preferentemente harina, algo para masticar. Todavía no pude reprogramar mi cerebro para que en estas situaciones me la banque o reemplace ese deseo por un jugo de manzana.

Soy de los que cree que el cuerpo nos habla y que nos dice cuando necesitamos algo puntual. Mi dieta es en gran medida hidratos, no sabría decir por qué es esa necesidad. ¿Acaso porque es lo que mi cerebro necesita para seguir funcionando en esos períodos de estrés? ¿Será la necesidad de masticar? Puede ser pan, galletas de arroz o galletitas Cachafaz. Estas últimas son veganas, bastante sanas, pero no dejan de tener azúcar, quizá lo único que consumo en mi dieta, junto con la leche de soja AdeS (cada vez más imposible de conseguir en los supermercados).

Si hiciera una comparativa de lo que como los días que entreno (lunes, miércoles y sábado con seguridad, a veces alguno más) con los que no, me daría que en reposo consumo menos verduras y más cantidad de hidratos, ya sea harinas o cereales. ¿Hay alguna explicación a todo esto? Estoy corriendo entre 80 y 130 km semanales, sinceramente no me preocupa estar consumiendo hidratos en exceso… creo que lo que como sigue siendo sano, muy bajo en grasas, y que eventualmente lo voy a quemar. No estoy falto de energía, algo que me preocuparía muchísimo más que subir de peso o que me crezca panza.

Quizá en esos momentos de “estancamiento” un fumador se prendería un cigarrillo… yo correría, sinceramente estaría corriendo todo el tiempo. Tengo un trabajo bastante flexible y me organizo los horarios, a veces vuelvo corriendo del entrenamiento, a sabiendas de que si hubiese vuelto en tren no hubiese llegado a casa y me hubiese sentado a trabajar. Pero después de esos fondos largos no regreso con hambre…  Sí con sed, muchísima, pero mi cena inmediata suele ser moderada.

Seguiré dándole vueltas al asunto.

Semana 24: Día 162: La mujer corredora

Esto lo escribí hace un tiempo en el blog… me pareció que estaba bien rescatarlo, como homenaje a las mujeres en su día:

Una mujer que corre. Qué loco, ¿no? Hoy en día las mujeres votan, conducen automóviles, van al ejército y tocan la batería. Hasta dónde van a llegar, nadie lo sabe.

Hubo un tiempo en que ser un misógino (o sea, sentir aversión hacia las mujeres) estaba muy de moda. La historia nos indica que siempre fue así: en la antigua Roma, el género femenino era un objeto más en la cocina. Yéndonos más hacia atrás todavía, el macho era el cazador, mientras que la hembra recolectaba frutos.
Esa diferencia de sexos aún existe hoy en día, pero aquellas mujeres de la historia antigua se sorprenderían de los derechos que han conseguido. Resulta muy extraño pensar que, no hace tanto tiempo, se creía que la maratón era algo exclusivo de los hombres. Claro, si el primer maratonista, Filípides, murió al llegar a Atenas, ¿cómo podía una mujer repetir semejante hazaña?

Ya en las olimpíadas de la antigua Grecia el deporte estaba vedado para los varones, a tal punto que, luego de que una madre se infiltrase para ver competir a su hijo, se estableció que los concursantes debían participar desnudos, y así determinar fehacientemente su género.

Algo así como 2400 años después,  los 42 km seguían siendo para hombres (excluyente). La única competencia oficial femenina eran carreras de… ¡2,5 km! El pensamiento generalizado era que ellas eran físicamente incapaces de sostener un desafío mayor. Hubo una mujer que vino a romper todos los preconceptos, llamada Bobbi Gibb. Esta atleta estudiaba en el Museo de Bellas Artes de Boston, y entrenaba por los bosques, corriendo con los perros del vecino. En 1962, uno de estos paseos la llevó a cruzarse con el fondista William Bingay, quien se convirtió en su primer esposo. Cada día iba al trabajo corriendo 13 km con sus mocasines de enfermera de la Cruz Roja, ya que en esa época no existían las zapatillas femeninas para correr.

Gibb comenzó a entrenar en 1964 para correr la famosa Maratón de Boston. Había jornadas en que llegaba a cubrir 64 km en un solo día. Cuando llenó la solicitud para correr los 42 km en 1966, recibió una carta rechazando su pedido. Estaba firmada por el director de la carrera, Will Cloney, que tenía la gentileza de informarle que las mujeres no estaban psicológicamente capacitadas para correr la distancia de una maratón, y que según las leyes de deportes amateurs establecidas por la AAU (Unión Atlética Amateur), no se le permitía a las mujeres correr más que 2,5 km en forma competitiva. Lejos de deprimirla, esto la incentivó a correr, no solo por el desafío personal, sino para lograr algo más significativo.

El 19 de abril de 1966, con 23 años, se acercó sigilosamente a la largada. Vestía bermudas y un buzo con capucha, y se quedó escondida detrás de unos arbustos. Cuando la mitad de los corredores pasó a su lado, se mezcló entre ellos. Para su sorpresa, los atletas y el público reconocieron que era una mujer y comenzaron a alentarla con mucho entusiasmo. Esto la motivó a sacarse el abrigo que ocultaba su género.

Cuando llegó a la meta, con el impresionante tiempo de 3:21:17, el gobernador de Massachusetts estaba ahí para estrechar su mano. La prensa especializada estaba encantada con esta corredora furtiva. Siguió compitiendo los años siguientes, pero siempre en forma clandestina. Recién en 1996, en el aniversario de su debut, la Asociación de Atletismo de Boston le reconoció sus participaciones en las maratones, registró sus tiempos en forma oficial, y le dio una medalla.

 Roberta “Bobbi” Gibb repitió su hazaña en años posteriores, pero siempre corriendo en forma no oficial. Recién en 1972 se agregó la categoría femenina, o sea que hace tan solo 40 años que a las mujeres se les permite competir en maratones de forma profesional.

La historia de Bobbi causó un gran impacto en la gente. Pero en una chica logró encender una lamparita y germinó una idea que, en ese entonces, parecía muy osada. Kathrine Switzer, de 20 años, pensó que si a Gibb no le habían permitido anotarse, ella podía ser “ambigua” en su ficha de inscripción, y correr la Maratón de Boston en forma “oficial”. Se anotó como “K.V. Switzer”, y los organizadores asumieron que era un hombre. Durante la carrera, se las ingenió para evadir una prueba física, hecha por los organismos oficiales, que la podía dejar fuera antes de la largada.

Otro antecedente ocurrió varios años antes. Alentada por su padre para no ser una porrista y “alentar en lugar de participar”, Kathrine empezó a correr por su cuenta, preparándose para jugar al hockey, y descubrió que esto aumentaba considerablemente su resistencia. Corría 5 km diarios, algo impensado para una chica en aquella época. Y luego de las prácticas de hockey, corría otro kilómetro y medio. Un día, el entrenador del Lynchburg College, en Virginia, la vio entrenando y le pidió una mano. El equipo masculino necesitaba un miembro más para calificar en una inminente competencia, y tan desesperado estaba que le pidió que se una a ellos. Causó un gran revuelo en una institución de base religiosa. Increíblemente, comenzó a recibir cartas anónimas en las que decía que Dios la iba a castigar por atreverse a competir entre hombres.

Pero no se desanimó, y continuó entrenando entre corredores masculinos, aunque le estuviese vedado competir. Cansada de escuchar las historias gloriosas de la Maratón de Boston, le preguntó al entrenador cuándo iban a correrla. Él le recordó que era imposible para una mujer. Pero Kathrine había leído sobre la gesta de Bobbi Gibb el año anterior. Lamentablemente, el entrenador no estaba enterado, y creía que era un invento. Luego de un momento de tensión, recapacitó. “Si alguna mujer alguna vez puede correr una maratón, estoy seguro que serías vos”, le contestó.

Luego de un duro entrenamiento, llegó el momento de la inscripción. Kathrine tenía prohido por su entrenador correr colada. “Boston es una carrera seria, y vos sos una corredora seria”. Además, obtener un dorsal era todo un símbolo. Cuando llegó el momento del examen de aptitud física, ella se lo hizo por su cuenta. Pagó los 3 dólares de isncripción, se anotó como “K.V.”, y obtuvo el número 261.

A diferencia de la primera maratón de Gibb, Kathrine no quiso ir de incógnito. Se peinó y se maquilló. El objetivo era que se notase que era una mujer. Su novio Tom creía que si ella podía hacerla, él también, y sin tener entrenamiento, se anotó. Armaron entonces un pequeño grupo y partieron todos juntos.

A mitad del sexto kilómetro, la prensa estaba encima de ellos. Jock Semple, que iba en el camión de los medios, era el co-director de la carrera. Estaba furioso. Saltó del vehículo e intentó sacar a Kathrine del circuito. Pero los hombres la rodearon y la protegieron. La escena, obviamente, fue documentada, y se convirtió en un hito en la historia del deporte y de la lucha por la igualdad de derechos. Semple, que tenía pésimo temperamento, le gritó “Salí ya mismo de mi carrera y dame ese número”, mientras tironeaba de su remera. No fue hasta que Tom lo cuerpeó, que Semple salió disparado, y la carrera continuó como Kathrine la había planeado.

A pesar de haber terminado, la organización decidió no registrar su tiempo en forma oficial, que estuvo en las 4 horas y 20 minutos. Este hecho era un eslabón más en una cadena de sucesos que terminaría, en 1972, con la primera maratón en la que pudieron participar mujeres.

Y, aunque saltaron a la fama como antagonistas, Jock Semple y Kathrine se convirtieron en grandes amigos, y se reencontraron con mucha alegría en aquella maratón donde ya no había hombres y mujeres, ni inscriptos y colados, sino atletas.

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