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Semana 21: Día 147: La Espartatlón hoy

Bueno, ¿qué está pasando en la Espartatlón en esto días?

Actualmente hay 19 personas confirmadas.

“¿Cómo, no te habían confirmado a vos?”.

Técnicamente sí, yo estoy adentro. Excepto que no pague la inscripción. Entonces me quedo afuera. Sé que la plata la voy a conseguir (son nada más que 450 euritos), pero tengo hasta el 15 de mayo para efectivizarla. Actualmente 19 personas de distintas partes del mundo ya lo han hecho, y la verdad es que los admiro. Si tuviese el dinero en este momento también lo hubiese transferido a la Asociación Internacional de la Espartatlón. Pero de momento tengo que tener paciencia y no ponerme ansioso.

De estos precoces (y prevenidos) corredores tenemos a una sola mujer (griega), varios ingleses, italianos, franceses… todavía ningún compatriota ni nadie fuera del continente europeo. Si no puedo aspirar a ser el primer Argentino en llegar a la meta, ¿podría por lo menos confirmarme con ser el que primero pague? Sería un verdadero honor…

La edad promedio de estas personas arroja un dato interesante: más de 46 años. Para mí esto indica que la Espartatlón es una carrera puramente mental, no para un recién iniciado (como yo…). Se precisa estrategia y mucha resistencia. Creo que muchos corredores la ven como la carrera máxima, la culminación de una vida deportiva. Para mí es algo así… lo veo como la meta máxima, y a veces me pregunto si no debería haber esperado a tener más años de carreras encima. Pero bueno, yo siempre digo “no dejes para los cuarenta lo que podrías hacer a los treinta”.

El clima en Atenas está entre los 12 y los 18 grados centígrados, con el cielo un poco nublado y alguna llovizna intermitente. Para ser invierno, no está nada mal… Escribo estas líneas y es medianoche en Grecia, lo que indica que no suelen molestarse por el frío, aunque ese sigue siendo el “cuco” de la carrera, y lo que tendremos que prever cuando llegue a la montaña con más de 15 horas de actividad física encima.

La inscripción ya está cerrada, no se puede acceder a formularios nuevos. Creo que quien no se anotó en los primeros tres o cuatro días ni siquiera logró entrar en la lista primeriza. Todavía hay gente reclamando que nunca recibió respuesta a su aplicación de una plaza en la Espartatlón, pero lo cierto es que la organización no anuncia los rechazos a las solicitudes. Es así: si entraste, te avisan. Si no, seguí intentándolo el año que viene. Es cruel, siendo que no es que abunden las competencias donde haya que tener currículum para entrar. En su mayoría estamos acostumbrados (yo al menos) a anotarte y pagar en fecha. He corrido hermosas carreras en las que pagué media hora antes de la largada…

Esta semana prácticamente no corrí, aunque me moría de ganas. El lunes el entrenamiento fue prácticamente musculación, aunque si no fuese por las ampollas podría afirmar que no me dolía nada. El miércoles, por trabajo, rompí mi asistencia perfecta al entrenamiento por primera vez en meses. Mañana, sábado, es el día fuerte del entreno con los Puma Runners, así que probablemente me saque la ansiedad, pruebe cómo están efectivamente las piernas, y retome mi ritmo habitual.

Estoy pensando en que quiero volver a correr un ultrafondo como el sábado pasado. No sé si mi cuerpo acompañará, pero mi cabeza ya está preparada para dedicarle otras 11 horas a esto…

Semana 21: Día 146: ¡Correr hace mal!

A muchas carreras se les ocurre la graciosa idea de que uno tenga que presentar un apto médico para poder correrla. Y lo absurdo llega cuando uno firma un deslinde de responsabilidad en el momento en que entrega ese certificado, donde básicamente jura que si pasa algo (accidente, problema de salud o… la muerte…) uno no puede hacer ninguna demanda contra la organización. Entonces, ¿quieren que vea que estoy apto para participar o quieren que no haga juicio si no lo estaba? Supongo que es la manera en que mejor se cubren.

Lo cierto es que debe haber pocos médicos que hagan certificados de aptitud física y que sepan realmente lo que estamos haciendo. Quizá se imaginen una carrera de 5 km en medio de la ciudad, y no estar 4 horas trepando sierras, o 18 cruzando arroyos con el agua rozando las rodillas. Cuando pedí un apto para correr 100 km, el doctor se quedó pensando y me propuso un trato. Me dijo que la ciencia médica jamás avalaría que un ser humano corra esa distancia, y como no quería poner en riesgo su licencia, en el certificado iba a escribir que yo estaba “Apto para correr maratones” (porque algunos imaginan que maratón es sinónimo de carrera).

Si la medicina dice que hacer ultramaratones está mal (aunque haya estudios que digan que los ultramaratonistas sufren menos enfermedades como cáncer o diabetes), ¿por qué lo seguimos haciendo? De hecho podríamos acumular motivos para no hacerlo. Las ampollas, sin ir más lejos. ¿A alguien le gusta que le salgan? ¿Existirá un corredor al que le cause placer, y no pegue un grito de dolor y empiece a insultar cuando aparecen en medio de una carrera? Pero bueno, quizá deberíamos entrar en otro debate, de qué hace “bien” y qué “mal”. Por ahí que te salgan ampollas, que se te paspen las piernas o que te sangren los pezones (ocurre con demasiada frecuencia) no es algo tan grave. Pasa, sobre todo en carreras de grandes distancias, pero no es la muerte de nadie.

Todos los que corremos alguna vez habremos escuchado el mito de que si corrés se te agranda el corazón y te morís. Sí, lo dice gente que obriamente no hace actividad física. También está la absurda teoría de que el running fija la celulitis en las mujeres (cuando el efecto es el opuesto). De hecho, creo que por acá aparece el origen de que correr hace mal: el miedo.  Nadie quiere pasarla mal, y correr está asociado con el sufrimiento (yo prefiero decir “sacrificio”, pero hay gente que le parece que sufrir y sacrificarse son sinónimos). Ese miedo se alimenta en esta sociedad llena de contradicciones donde la delgadez es “estético”, pero si bajás de peso porque corrés estás enfermo o estás corriendo “demasiado”.

Es difícil, sino imposible, ir en contra de lo que esa masa indefinida llamada “sociedad” piensa. Yo digo que no sigamos intentando refutarlo. Digamos que sí, que es cierto. Correr hace mal. A la salud, a la autoestima. Los que se convencieron de que es más sano sentarse frente al televisor con un paquete de papas fritas y una gaseosa que hacer deporte, difícilmente se convenzan de lo contrario.

Pero no nos guardemos el “secreto”. Si vemos a alguien con intriga, que quiere saber cómo es esto de salir a correr, compartamos todo lo que sabemos. Yo también, alguna vez, creí que correr hacía mal, y alguien me ayudó a ver la realidad. Espero que hoy pueda, con este blog, convencer a otros indecisos de que este es el mejor estilo de vida que se puede elegir.

Semana 21: Día 145: Correr y comer sano no son sacrificios

¿Qué entendemos por hacer un “sacrificio”? Supongo que el hecho de dejar de hacer algo que no queremos (o hacerlo) para obtener otra cosa. Digamos, que podría ir en contra de nuestra voluntad o de nuestros impulsos. Por ejemplo, Bruce Willis haciendo estallar la bomba que destruye el asteroide (todos vimos “Armageddon”, ¿no?).

Si me guiara por lo que me dicen mis allegados, yo debería ser un mártir que día a día hace tremendos esfuerzos y que tiene una voluntad de hierro. ¿Me creerías si te digo que yo no lo siento así? Dejemos de lado ese karma que tengo con nunca sentirme conforme con nada de lo que hago, esto va más allá. Vamos con un ejemplo. Me invitan a un asado. Hay papas fritas en una fuente (cantidades como para alimentar a un ejército), cerveza, y distintos formatos de cadáver de vaca, cerdo y lo que sea que viene adentro de los chorizos y morcillas. Yo me quedo en el molde con mi agua y un sándwich de milanesa de soja. Entonces pasa el asador, pincha algo que a él lo deleita y que a mí me da impresión y me lo ofrece. Digo que no, seguramente tirando un chiste de esos que caen mal (“no como animales llenos de hormonas de crecimiento alimentados en un feedlot y con barro hasta las costillas”) y me responde “La verdad que admiro tu sacrificio. Yo no largo el asado ni loco” (y sigue su camino).

Pero ¿es un sacrificio si yo no tengo ganas de comer eso? Lo sería si por dentro me estuviese torturando por aguantarme las ganas. Para mí comer así es natural. Quizá en un principio lo que me costaba era pasar de dos comidas diarias con picoteo de un cuarto de pan con Mayoliva y palitos salados a seis comidas diarias sin grasas. Ese hábito fue el que me costó. No sé si califica de “sacrificio” porque básicamente era pasar a comer más y mejor… Como tenía que incorporar esa rutina, me puse recordatorios en el celular. Y como si fuese un perro de Pavlov, escuchar la alarma me daba hambre, y al año desactivé toda la agenda del teléfono y mi cuerpo me seguía pidiendo comida a esas horas. Todo se volvió tan natural que dejó de ser algo impuesto.

Lo mismo con el entrenamiento. Alguna vez que llovía o hacía un calor de locos salí a correr, y por la calle la gente me miraba extrañada, como si hubiese bajado un plato volador y hubiese salido un alien cabezón envuelto en un traje de aluminio. Me ha pasado de meter un fondo extra de 30 km y que les parezca una barbaridad, pero para mí no había sido un gran esfuerzo. Ni siquiera lo fueron los 100 km del sábado pasado. Porque disfruto de correr. Me hace bien, lo ansío, cuando no puedo hacerlo me pongo de mal humor… ¿cómo puede ser un sacrificio hacer lo que me gusta? Creo que debería ser todo lo contrario, ¿no?

Entonces mientras algunos me dicen que soy una persona determinada o sacrificada, yo siento que estoy haciendo trampa. No te dirían que hiciste un enorme sacrificio si te clavás la primera temporada de The Walking Dead en la tranquilidad de tu hogar (suponiendo que te gusten las series… y esa en particular). Tampoco aplaudirían tu determinación si en un bar no tomás una gota de alcohol sabiendo que no te gusta tomar.

Por eso siento que voy a llegar a la Espartatlón, o al menos voy a dar batalla hasta el final. Porque todo esto a mí me divierte muchísimo. Sale en forma natural. Y si hay cosas que te cuestan e igual las hacés… te ganaste mi admiración. Solo podría decirte que te tengas paciencia y te permitas incorporar las cosas que te hacen bien, hasta que se vuelvan tan normales y triviales como hacer las cosas que te gustan.

Semana 21: Día 144: ¡Sorteamos una remera!

Para empezar a darle movimiento a la página de Facebook decidimos hacer un sorteo. La mecánica es muy sencilla: hacerte fan de la página de Puma Runners, hacerte fan de la de Semana 52, darle “Me gusta” a la foto del sorteo y compartir la imagen. Y ya está. A diferencia de los miles de concursos de Facebook que vi en estos años, donde regalaban iPads (o sea… ¡¡¡AIPADS!!! ¡Que salen arriba de 5 mil pesos!), este es real… porque estoy yo involucrado.

Probablemente ya lo hayan visto, pero si no lo hicieron, no dejen de entrar. El sorteo es el viernes 28 de febrero. La idea es repetir la experiencia cada tanto. Facebook da un contacto tan inmediato que en otro medio es difícil de igualar. La base del proyecto sigue siendo el blog porque acá se genera el contenido, que no es otra cosa que la experiencia diaria de este entrenamiento que me va a llevar a correr los 246 km de la Espartatlón, a fines de Septiembre. Pero con el tema de la mudanza de WordPress a Blogger quiero hacer ruido, que se sume más gente en Twitter, Facebook, y que le dé visibilidad a nuestro proyecto.

Mientras jugamos un poco con las redes sociales, me voy recuperando del fondo de 100 km que corrí el sábado. Si no fuese por las ampollas que anoche todavía me dolían, podría decir que estoy totalmente recuperado. Ayer corrí muy poco, supongo que mañana estaré de nuevo en mi volumen habitual. Es un camino interesante el que estamos recorriendo. El mes que viene quizá me esperen 120 km…

Semana 21: Día 143: Cuánto toma mejorar

Últimamente me preguntan mucho cuánto tardé en conseguir algún resultado. Por ejemplo, el tiempo que me tomó bajar de peso cuando me hice vegano, o cuánto pasó desde que hice mi primera carrera de 10 km hasta una maratón (o 42 km). Y ante preguntas tan generales solo tengo respuestas vagas e imprecisas. Porque mis tiempos no respondieron a un plan determinado, sino que la cosa se puso en marcha cuando yo me puse un objetivo.

“Las metas son sueños con fecha de vencimiento”, leí por ahí. Si me pongo a recordar y hacer cuentas, corrí por primera vez 10 km hará como diez años atrás. Quedé tan destruido que pensé que ese era el límite humanamente posible. Recién en 2010, hace tres años y medio, pasó lo de correr 42 km por mi cabeza. Estaba perdiendo peso, sumando entrenamientos, y un amigo me desafió. Él me pagaba la inscripción si prometía correrla y no abandonar. No sé si él lo sabía, pero hizo mucho por mí.

¿Y cuánto me tomó llegar a una maratón? No sé, pasaron dos meses desde el desafío a la carrera. Me costó pero llegué. Nunca voy a olvidar la satisfacción de cruzar la meta tras 4 horas de esfuerzo sostenido.

No podría decir que me tomó siete años, pero desde decidirlo hasta hacerlo pasaron dos meses. Por supuesto que tenía una base sólida o no podría haberlo logrado. Me tomó tres años sacarle una hora a mi tiempo y llegar en 3 horas, pero tampoco me lo había propuesto. Si ese hubiese sido un objetivo importante… quién sabe si no lo hubiese logrado antes. El tema es que en 2011 decidí que quería correr la Espartatlón, la carrera a pie más dura del mundo… y acá estoy. Lo decidí sin haber corrido 100 km, y la primera vez que lo intenté fracasé. Recién lo logré el año pasado, en los tiempos en que la International Spartathlon Association decidió que me daba pedigrí para inscribirme.

¿Cuánto pasó entonces desde que decidí pasar de las maratones a las ultramaratones? No podría medirlo en tiempo, pero me tomó desde que soñé con eso hasta que me decidí a buscarlo. Lo del medio fue aprendizaje… y ese lapso es el que asusta, pero es lo más valioso de todo.

Semana 21: Día 142: Mi ultrafondo de 100 km

Antes de ponerme a escribir sobre el fondo de 100 km que corrí ayer, me viene a la mente un cómic llamado “Enigma”, escrito por James Robinson y dibujado por Duncan Fegredo. Era una de esas historietas “raras”, “para adultos”, con escenas que impactan en algún rincón del cerebro y se quedan ahí, escondidas. Allí, el personaje llamado Enigma, con poderes prodigiosos, recordaba el último día que había pasado. Y lo hacía con absolutamente todos sus detalles, tanto que le tomaba exactamente un día hacerlo. Algo así como un Funes, el memorioso.

Ayer volví absolutamente agotado, después de pasar una noche con un dolor de piernas que no me dejaba dormir (aunque estaba liquidado por el sueño), tiritando de frío por una incipiente fiebre. No era el momento de seguir esforzándome y estar frente a la computadora, intentando condensar esas 11 horas en un post que me tomara menos que ese tiempo para elaborarlo. Estoy más cerca de querer ser Enigma que de un personaje que tenga entre sus habilidades el poder de síntesis. Me gusta contarlo todo y no dejar nada afuera. Sin embargo, esto no va a ser así. Esta entrada va a ser una sombra, un vistazo borroso de una epopeya que me llevó gran parte del día y que, quizá por fortuna para ustedes, no podremos vivir en tiempo real.

El fondo más largo que hice este año fue de 50 km. Germán, mi entrenador, me venía marcando los entrenamientos, y si bien estaba latente la promesa de correr 100, me avisó que se venían una semana antes. Como siempre confié en él y vi reflejada esa confianza en logros, no lo cuesitoné. Si era lo que había que hacer, lo hacía. Me preparé lo mejor que pude, experimenté un poco con variantes de alimentación para poder abandonar los geles, y ayer sábado me levanté temprano para desayunar y salir.

El tema con un fondo tan largo es que ya es imposible que uno pueda hacerlo por su cuenta. Sé de algunos que entrenan en una pista donde pueden dejar a un costado comida y bebida para ir nutriéndose constantemente. No cuento con esa capacidad. Los fondos de 50 km los pude resolver llenando mi mochila de agua, Powerade y todo lo que se me iba ocurriendo de comida (pretzels, pasas de uva, y últimamente la maravillosa fainá). A duras penas me alcanzaba para esa distancia, y correr 5 horas con peso en los hombros es muy tedioso. Yo quería hacer los 100 sin mochila… y sin geles.

Unos días antes le había dejado a Germán una fainá entera que había hecho, esta vez con semillas de chía incorporadas. Además le di un paquete entero de pretzels y tres botellas de 750 cc de Powerade. Si lo hubiese planificado mejor, le hubiese dejado más cosas como ropa de recambio o más bebida, porque eso no me iba a alcanzar. Pero igual me resolvió muchísimo.

Salí unos minutos después de las 7 de la mañana, cargando dos botellas de 750 cc de Powerade, pretzels, pasas de uva y dos botellitas de pinole, la bebida tarahumara. Había inventado mi propia receta en base a prueba y error. Cada una, equivalente a un vaso, tenía una mezcla de agua, pasas trituradas y maíz molido. A la vista parecía espantoso, pero el sabor no estaba mal.

Afuera hacía buen tiempo pero estaba un poco ventoso. A los 2 km de salir me encontré con mi amigo George, al que todavía no pude convencer de que entrene con nuestro grupo de Puma Runners. En abril va a correr la Patagonia Run, así que cuando tengo algún fondo en domingo nos solemos juntar y compartir algunos kilómetros. Me acompañó desde Recoleta hasta San Isidro, y fuimos charlando, tirándonos bromas y mechándolo con consejos y experiencias de carrera. Él me enseñó un camino hacia la Zona Norte más entretenido que tomar la Avenida Libertador derecho, que es bordear la cancha de River y seguir por la costanera de Vicente López.

Cuando llegamos a la zona de Acassuso nos separamos, y él siguió su camino y yo el mío. Llegué a la base donde me esperaban algunos Puma Runners unos minutos después de las 9 de la mañana, con 23 kilómetros encima. Me saqué la maldita mochila, junté mi alimento con el que ya tenía Germán, y salí con Marcelo, mi eterno compañero de entrenamiento. Él tiene una velocidad muy similar a la mía, y es una persona muy serena llena de buenos consejos. Empezamos a darle la primera vuelta al Hipódromo, y él, como buen amigo, se ajustaba a mi ritmo. Siempre tenemos una muy sana competitividad, acelerando para forzar al otro. No buscamos ser mejor que el otro, simplemente nos apoyamos mutuamente para superarnos a nosotros mismos.

En la segunda vuelta me llevé unas porciones de mi fainá para comer en el camino. Cometí la tontería de hablar, correr y comer a la vez, que podría traducirse en “receta para el desastre”. No me di cuenta cómo, pero en un momento una porción de comida se fue por el camino equivocado y empecé a toser como un condenado. Para peor las abdominales inferiores me dolían muchísimo con cada espasmo, y me irritó la garganta. No podía hablar. El bebedero lo teníamos a 2 kilómetros de distancia, así que no quedó otra que apechugar y seguir. Pude controlar la tos y la lengua (o sea, quedar en silencio). Ya antes de poder tomar agua estaba recuperado, pero comprobé que si uno se serena, nada impide seguir corriendo.

Germán nos recomendó alternar el sentido de las vueltas, primero para un lado, luego para el otro. Así rompíamos un poco con la monotonía y no forzábamos siempre los mismos músculos y articulaciones. Quizás uno no se dé cuenta, pero girando en cada esquina hacia el mismo lado termina resintiendo un costado del cuerpo, sobre todo en distancias tan largas.

Muchos compañeros de grupo se fueron sumando. Sé que hacer un listado de nombres no le va a significar nada a los lectores de este blog, sobre todo si no los pueden asociar con una cara, pero cada uno que estuvo ahí fue crucial para que yo siga esforzándome y avanzando. Si bien cada uno tenía su propio objetivo (entre 15 y 40 km, dependiendo del nivel personal), todos prácticamente lo ajustaron para estar en algún momento a mi lado. Marcelo tenía compromisos familiares y tuvo que irse antes de la 1 de la tarde, pero me acompañó 30 km… los más “fáciles” porque estaban dentro de la distancia a la que me acostumbré este año. Pero se sumaron Nico, Javier, Juan Carlos, Gustavo, Gloria, Leandro, Paco, Fernanda, Sergio, Ceci, Paz, Vane, Ale, Sol… temo estar olvidándome de alguien. Alguno necesitó seguir con su largo camino a casa, o compromisos con la familia. Otros eligieron quedarse, esperar a que yo cerrara cada una de las vueltas de 5 km alrededor del Hipódromo. No sé si es el mejor plan quedarse todo un día sentado esperando, pero es tan valioso que no alcanzan las palabras para describirlo.

También corrió Germán, para mi grata sorpresa. No son muchas las oportunidades que tenemos de entrenar juntos, y él se puso encima el peso de coordinar los fondos de todos y de acompañar a los novatos. Cuando se me empezó a hacer más pesado correr, estuvo a mi lado charlando, aconsejándonos y distrayéndome.

Pasé la barrera de la maratón, 42 km con 195 metros, a las 4 horas con 12 minutos. En algún momento soñé con hacer un mejor tiempo que mis 10 horas 14 minutos de la Ultra Buenos Aires 100K, pero después me di cuenta que era una tontería. ¿Para qué? ¿A quién quería impresionar? ¿Para qué matarme, si el ritmo de la Espartatlón va a ser mucho más lento? Me costó muchísimo, pero decidí relajarme y no angustiarme si mi ritmo estaba por encima de los 6 minutos por kilómetro (un tiempazo para lo que es esa monstruosa ultramaratón griega). El objetivo era no agotar mis reservas de energía y llegar.

Fue muy placentero pasar los 50 km y decirle a los chicos “Acabo de pasar la mitad”.  No tuve prácticamente ningún inconveniente muscular ni nada durante el trayecto. Sí sentí las señales del cuerpo de que tenía que ir al baño (difícil en todo ese tiempo, y comiendo, no sufrir las “ganas”). Estuve en duda de si era solo la sensación, porque correr tanto tiempo afloja todo y uno se puede confundir… pero no, eran ganas verdaderas. Lo bueno de entrenar alrededor del Hipódromo es que cuento con un par de opciones de baños para… bueno, ustedes se lo imaginan. Si no hubiese contado con la escolta (y la discreción) de Nico… no sé qué hubiese hecho. Por suerte, estuve en buenas manos.

El cansancio se hacía sentir. Tenía molestias en los cuádriceps, pero nada fuera de lo común. Me mojaba en los bebederos cada vez que podía la cabeza. Estaba un poco nublado, de a ratos salía el sol… la temperatura nunca superó los 27 grados, así que era bastante agradable. Subestimé los rayos solares que tapaban las nubes y no me puse protector ni nada. Terminé con los labios paspados y ardiendo, además de la cara colorada. Hay cosas que van siendo hora que las aprenda…

La hidratación era casi exclusivamente bebidas isotónicas. De vez en cuando un poquito de agua, pero intenté que fuese lo mínimo, por la mala experiencia que tuve el año pasado, en la Ultra Buenos Aires, cuando sufrí de hiponatremia. Creo que todas las experiencias que tuve, en especial las que estuvieron llenas de errores, me ayudaron muchísimo ayer. Si bien no me puse protector solar, ese fue el más caro de los errores que no terminé de corregir (y en verdad fue muy barato). Me intrigaba cómo me iba a caer la fainá, y más allá de inevitables gases (que entre compañeros hombres no se disimulaban) me funcionaron muy bien. Quizá los geles duren más tiempo y en el caso de mi experimento culinario ya necesitaba una porción por vuelta de 5 km, pero me resultaba más agradable comer eso que beber químicos.

La hora de la verdad llegó al kilómetro 60, cuando tomé la primera botellita de pinole. A pesar de que se veía desagradable, todo el mundo quería probarlo. Tuve que recurrir a algunos gritos y tomas de karate para que no se la tomaran. Las pasas le daban un dejo dulce y el maíz no se disolvía, así que bajaba en forma arenosa por la garganta. El sabor era el de las tutucas, con énfasis en lo tostado. Es la mejor forma en que podría describirlo. En esa parada técnica no comí fainá. No sé si fue un efecto placebo, pero la siguiente vuelta me sentí fantástico. Renovado. Estaba en duda de si era algo mental o la pura casualidad… me quedaba otra dosis para confirmarlo.

Decidí frenar en cada una de las vueltas a tomar y comer. La base representaba un puesto de control cada 5 km, muy similar a la Espartatlón. Intenté no detenerme demasiado, lo suficiente para reponer combustible y, de vez en cuando (y ante los retos de mi entrenador), tuitear mi progreso. Pero a medida que se acumulaban las vueltas, arrancar se hacía más arduo. Las piernas se quejaban, también las abdominales. La planta de los pies me dolían, y todo el cuerpo parecía decir “¿No habíamos terminado? ¿OTRA VUELTA MÁS?”. Pero somos máquinas realmente asombrosas, bastaba con avanzar al timo que fuese posible por 100 metros para encontrar un paso cómodo y dejar a todos los dolores atrás.

Por las dudas, en el kilómetro 70, me cambié de medias y me puse vaselina en los dedos. No me quería ampollar. Fui muy ingenuo, porque si bien tenía los pies muy transpirados, me saqué un par de medias que era muy bueno y me puse uno de inferior calidad. Envaselinarse ayuda… pero tampoco hace magia.

Alguna vez sentí una molestia en una rodilla, y no me preocupó demasiado porque enseguida desaparecía, y se alternaba con la de la otra pierna. Los dolores aparecen y desaparecen constantemente, así que los fui bloqueando hasta que desaparecían. En un momento me empezaron a molestar los brazos, en la parte que se une el bíceps con el hombro. Tenía ganas de arrancármelos a mordiscos, pero como todo era cuestión de no darle importancia. “No todos los dolores son significativos”.

Las horas iban acumulándose, y de algún modo maravilloso se pasaban volando. Por supuesto que tuvo que ver con estar acompañado todo el tiempo. Cuando vi que iban más de 8 horas simplemente no lo podía creer. Pensar que a veces me hago problema porque tengo una fila larga en el supermercado, y ahí estaba haciendo un ejercicio extremo de paciencia, intentando completar 100 km a pie en el tiempo que fuese.

No me quejé, no flaqueé, aunque sobre el final veía a los chicos sentados en una mesa de camping, tan relajados y llenos de comida y bebida, que deseé más que nada sentarme con ellos. Pero cuando todos habían terminado sus respectivos fondos, yo era el que quedaba corriendo. Germán le dijo a Nico “La próxima vuelta quedate descansando”, y tuve ganas de decirle “yo también me quedo”. Pero el que marcaba las vueltas era yo…

Volví a tomar la última dosis de pinole en el kilómetro 81. Esta marca era muy significativa para mí porque es donde va a estar el primer puesto en el que mi equipo me puede asistir durante la Espartatlón. Hasta ese momento es uno solo, con los otros corredores y los eventuales puestos. A partir de esa marca tu equipo te puede dar comida y bebida y ayudarte en lo que necesites.

Nuevamente el pinole me llenó de energía. ¡Realmente funciona! Mientras antes a duras penas podía mantener un ritmo de 6 minutos, terminé una vuelta en 5 el kilómetro, codo a codo con Gloria. Obviamente es algo que cada uno tiene que comprobar, pero para mí tener una alternativa natural, sin aditivos ni conservantes, y que funcione, es maravilloso. Ahora quiero probar de hacer mucho más, ir tomando cada 10 o 15 km.

Me enfrenté al único dilema del día. Me quedaban 8 kilómetros para terminar y si daba dos vueltas eran más de 10. Realmente no tenía ganas de correr un metro de más… ¡estaba cansado y quería terminar! Lo que se le terminó ocurriendo a Germán fue la solución más simple: correr 4 kilómetros, dar medie vuelta y volver. Así que hice eso. ¡Estaba muy motivado! Salí con un grupo de chicos pero estaban todos bastante cansados de sus propios fondos. Quedamos solo Lean y yo, y él subiendo la velocidad conmigo y alentándome. En el kilómetro 94,5… un dolor terrible en un dedo del pie. ¡Ampolla! Es increíble porque aparece de golpe, un fogonazo que recorre el cuerpo hasta la cabeza. Pero más asombroso es el cuerpo, porque si bien grité del dolor, me lo aguanté y no bajé el ritmo. “¿Qué es una ampolla en 100 kilómetros?”, me dijo Lean. Y seguimos apretando. Por suerte esa ida me permitió pasar por el bebedero, y tomamos agua y nos refrescamos por última vez.

Pegamos la vuelta y ya no importaba nada más que terminar. Las piernas se iban solas, no dolía nada, ni siquiera la ampolla del pie izquierdo. Era una progresión de un tipo que hacía 11 horas que estaba corriendo. Era mágico. Exactamente en el kilómetro 99… ¡otra ampolla! Esta vez en el pie derecho. Lean intentaba consolarme: “¡Es un último desafío!”. ¡Le contesté que ya había tenido suficientes desafíos en ese día!

Los últimos metros fueron a toda velocidad. El reloj indicaba 4:38 minutos por kilómetro. Detuve el reloj en los 100. ¡Había terminado! Era un alivio y una felicidad tan grande… No pude evitar gritar “¡ESPARTAAAAAA!” cuando caí en que todo había acabado. Si me pidiesen hacerlo en cualquier momento me moriría de vergüenza… pero después de tamaño esfuerzo, es casi un grito de alivio. Y cada carrera (y entrenamiento monstruoso como este) me acerca un poquito más a esta histórica ciudad.

Quise abrazarme con mis compañeros, llorar un poco quizá, pero Germán nos mandó a caminar unos metros y a elongar. Los saludos y abrazos quedaron para más tarde. Pude finalmente sentarme después de 11 horas y 5 minutos que estaba corriendo. Me senté para cambiarme las medias, pero no sé si cuenta. Estaba agotado, la bebida casi se había acabado (a pesar de que mi equipo, que estaba cuidándome, fue a comprar un refuerzo). Tampoco había comida. Solo una manzana, un fondo de una bolsa de pretzels y una bolsa hidratadora con agua… que me mandé para mis adentros con voracidad.

Si bien había viento, mi temperatura corporal bajó en picada. Empecé a sufrir muchísimo frío. Me cambié y me puse ropa seca, más de la mitad prestada. Me dieron una remera de manga larga, una campera, medias… Estaba hecho una piltrafa. Después de haber hecho ese sprint final, apenas podía caminar. Las ampollas, que había anulado por completo, me estaban matando. Había pasado a modalidad zombie.

Nos despedimos, temiendo que los nubarrones se convirtieran en lluvia. Nico me alcanzó hasta la estación de tren, porque ni siquiera sentía que pudiese caminar esas cinco cuadras. El vagón venía llenísimo, pero alguien velaba por mí y apenas entré me topé con un asiento vacío. En la terminal de Retiro me bajé, disimulando que me costaba caminar. Llegué a casa después de esas eternas seis cuadras y al entrar empecé a tomar líquido (agua, Gatorade) y a comer. Tenía una necesidad imperiosa de hidratos así que comí pan integral, y me calenté una milanesa de soja y la devoré en un sándwich.

Actualicé como pude el blog, con las pocas fuerzas que me quedaban, y a las 11 de la noche estaba en la cama. El dolor de piernas me incomodaba muchísimo para conciliar el sueño, y tiritaba de frío. Me tapé con la frazada, sentía que me llegaba la fiebre. Estaba completamente abatido.

A la mañana siguiente me sentía infinitamente mejor. Un poco de dolor de garganta, pero si me bajaron las defensas y eso fue lo que me pesqué, la saqué barata. De hecho las piernas no me duelen en este momento. Si no fuese por las ampollas, que pinché y sequé, estaría fenómeno. Pero pude salir de casa y caminar hasta el supermercado. Me sentí bien, aunque la planta de los pies quedó un poco sensibilizada. Hice carreras que me tomaron un tercio del tiempo y quedé en condiciones mucho peores. Todavía estoy lejos de la Espartatlón (debo haber hecho 2/5 partes, en un terreno netamente plano), pero me siento muy bien encaminado. Las cosas que funcionaron ayer y las que no me sirven muchísimo para seguir puliendo la estrategia de carrera.

Ayer fue un día espectacular para mí, rodeado de amigos que me están ayudando a intentar cumplir un sueño. El pie de la estatua del Rey Leonidas todavía está lejos, pero estoy convencido de que estamos en el camino correcto.

Y me sigue impresionando que me haya tomado una hora escribir un post sobre algo que me tomó más de once horas completar. Espero que a vos te haya tomado mucho menos tiempo leerlo…

Semana 21: Día 141: 100 km

Es muy extraño pensar que estuve todo el día corriendo, desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Nada menos que 11 horas, donde me pasaron miles de cosas que no puedo contar hoy…

Básicamente volví a casa, en tren, después de correr 100 km, y quedé destruido. Feliz, inmensamente… pero necesito un descanso. Si me tienen paciencia, mañana hago un post estando más descansado. Probablemente me lleve una hora, y necesito irme ya a la cama (aunque sean las 9 de la noche).

Voy a decir dos cosas importantes, para que este post no quede vacío de contenido. Primero, el pinole funcionó DE MARAVILLA. Me di cuenta que había hecho poco, y a pesar de que visualmente era espantoso, tuve que sacárselo de las manos varias veces a mis compañeros Puma Runners porque todos querían probarlo…

Segundo, y esto es muy importante, ayer me contactó mi amiga María de los Ángeles Musumeci Miseredino, o “Musu”. Ella coordina Espera por la vida, una fundación cuyo objetivo es generar conciencia sobre la donación en vida (sangre, médula ósea). Ella es corredora, así que optó por un modo sencillo de difusión: distintos atletas corren por pacientes que luchan contra enfermedades terribles (como el cáncer). Generalmente se trata de niños, y aunque originalmente actuaba en Tucumán, esto se extendió a todo el país.

En mi caso me pidió correr por Isac, un muchacho de 31 años que le da pelea a la leucemia, y que actualmente está en Cuba para recibir tratamiento. “Tu poco es mucho”, dice mi amigo Juanca, embajador de Espera por la vida en Venado Tuerto y un sabio atleta. El único compromiso es correr pensando en estos verdaderos luchadores, y después ellos se encargan de comentarles del triunfo y cómo pensaron en ellos. Las veces en que lo hice intenté contactarme con estos chicos, generalmente por carta, y mandarles algún obsequio o recuerdo de la carrera.

Los 100 km no fueron fáciles. Creo que no existe una frase que contenga la palabra “100 km” y “no me costaron nada”, al menos en mi vocabulario. Nunca pensé en abandonar por la sencilla razón de que ya había corrido esta distancia (una vez fallé, el segundo intento lo logré, y en 2012 fue el kilometraje de la Patagonia Run, en montaña). Eso de conocer todas las cosas que le pasa al cuerpo en tanto tiempo de exigencia permite encararlo desde un lugar de mayor serenidad. Pero tuve al menos dos momentos en donde el dolor en mis piernas era muy fuerte, o estaba cansado y la meta me parecía muy lejana. Ahí pensé en Isac, en que su pelea hacía parecer a mi esfuerzo como una nimiedad, y en que tenía ganas de que le digan “hubo un pibe en Buenos Aires a quien ayudaste a terminar 100 km”. Eso me permitió encontrar fuerzas que ninguna comida ni bebida te pueden otorgar.

Les pido que si tienen ganas de ayudar, se contacten con Espera por la Vida. Recuerden, “tu poco es mucho”.
https://www.facebook.com/groups/esperaporlavida/
https://www.facebook.com/EsperaPorLaVidaTucuman/

Me voy a dormir, que me lo merezco.

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