Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 17

Semana 17: Día 119: Crisis

No se asusten, no voy a caer en lo de que “Crisis significa Oportunidad”. En realidad hablo de lo que está pasando el país, que alguno puede tomar como una Crisis, de las que pasan cíclicamente cada 10 años en Argentina (y que este gobierno viene haciendo malabares para retrasar). Nunca me gustó hablar de política, de hecho es un tema que me deprime porque siempre termina en discusión, pero a la vez me pareció una tontería no mencionar cómo algo así nos impacta.
Probablemente hayan visto en los noticieros cómo en las grandes empresas de electrodomésticos le sacaban los precios a todos los productos, a la espera de ver qué pasaba la semana que viene. Para nuestros lectores extranjeros que no están al tanto, les comentamos que el peso se devaluó en nuestro país algo así como el 30% en dos días. Mientras el gobierno dice que está todo bajo control y que de hecho van a habilitar a que la gente vuelva a poder comprar moneda extranjera para ahorrar (algo que está vedado desde hace dos años), a muchos como a mí nos da un poquito de pánico.
Yo vengo de la industria gráfica. Soy diseñador y además editor, así que dependo del papel, que es un insumo importado que cotiza en dólares. De hecho, si disponés de un depósito grande, podrías comprar resmas y bovinas y esperar unos años a que toda esa celulosa aumente su precio (para eso se necesita mucho espacio disponible y el suficiente cuidado para que ese papel no se moje ni se estropee). Cuando la moneda se devalúa un 30%, el dólar sube al igual que los costos. O sea que Si estabas armando una revista que suponías ibas a vender a $20, tenés que empezar a considerar cobrarla $26.
Si eso quedara ahí, en la gráfica, sería un problema netamente laboral. Pero además me gusta correr, y no solo tengo puesto el ojo en la Espartatlón, en Grecia (ya volveré a este punto después), sino que constantemente tengo que renovar mi equipamiento. Y por supuesto, las mejores zapatillas, mochilas, etc, vienen de afuera. Mis amigos oficialistas creen que esto es una Oportunidad (se van al dicho trillado al que le escapaba al principio), para que la gente se vuelque a lo nacional. Pero, ¿ya hay calzado para correr en nuestro país al nivel de unas Asics, Sauconi o Puma? ¿Tenemos accesorios al nivel de los del Decathlon? Supongamos que un dólar caro y las trabas a las importaciones favorezcan la aparición de emprendimientos que cubran ese hueco, con precios competitivos y una calidad similar o superior… ¿cuánto le tomaría llegar a lo que estábamos acostumbrado? ¿Años, décadas?
Mi preocupación inmediata, más allá de lo laboral, es el viaje a Grecia. Una amiga que trabaja en un banco me decía que apenas me confirmen que entré en la Espartatlón, que compre los pasajes en 12 cuotas, para conservar un precio que, me asegura, va a aumentar. ¿Es hora de entregarse al pánico? Yo creo que no, pero estas cosas de la vida cotidiana tienen un impacto enorme en todo lo que hacemos.
Y entre toda esa paranoia, sobrevuela el fantasma del 2001, donde tuvimos una enorme crisis que derivó en que muchos hicieran largas colas en las embajadas para iniciar trámites de ciudadanía extranjera y salir del país. Yo lo viví, haciendo cola con una frazada y una almohada a las 3 de la mañana. Entonces, como yo tengo una mente muy fantasiosa, me empecé a imaginar la posibilidad de que el trabajo escasee o que no alcance. ¿Dónde me iría? Pensé en la casa de mis padres, que todavía está en Banfield. También me imaginé irme a vivir a otra provincia, como hicieron amigos míos, o a otro país, como hicieron algunos pocos conocidos. El desarraigo es algo que me aterra. Puedo no ver seguido a mi familia, pero siempre siento que los tengo al alcance. Lo mismo mis amigos, con los que entreno constantemente. Sin embargo me imaginé instalándome en una provincia con cerros, trabajando de algo que no me gusta, pero compensándolo con salir a correr todos los días por la naturaleza y no por el asfalto. También fantaseé con la posibilidad de aceptar un trabajo en el exterior. Y en todas esas fantasías donde, básicamente uno tiene que empezar de cero, enfrentar la crisis corriendo, entrando en contacto con el aire libre, el pasto, la montaña.
Yo en tengo el recuerdo, un poco vago, de la hiperinflación del 89 (fui a jugar a los videojuegos en un arcade, compré fichas, se me acabaron, volví a comprar una nueva tanda, y en ese interín de minutos, los precios habían aumentado… lo juro). Tengo más fresca la de 2001, con protestas, cacerolazos y trenes incendiados. Cosas que parecen muy lejanas y que no querría que se repitan nunca más. En aquel entonces yo no corría. Me pregunto cómo lidiaría con eso, si correr sería el escape necesario. No sé si tengo ganas de averiguarlo, pero en estas últimas 48 horas mi cabeza estuvo ocupada en estas cosas… y, por supuesto, hace dos días que no corro. Quizá todos esos fantasmas se disipen mañana, cuando vuelva a conectarme con eso que me da paz y tranquilidad, y vuelva a entrenar.

Semana 17: Día 117: En busca de la zapatilla indestructible

El 9 de diciembre de 2013 me compré zapatillas nuevas.

Seis semanas y dos días más tarde, así están. Abiertas, y si me pongo medias blancas, se nota todavía más que tiene “aeroventilas”. Tendrán… ¿500 kilómetros? No es poco, pero suponía que durarían más. Quizá la corrección en el arco haga que pise más hacia afuera, y con mis propios dedos de los pies las fui agujereando. Ahora noté que se empezaron a abrir en la punta, donde está el dedo gordo.
No las lavé, ni las pasé ácido encima, ni las metí en el horno. Solo las usé para correr. Tenía el recuerdo de que el calzado me duraba al menos 4 meses, pero evidentemente este modelo no me salió bueno. Me corrigió la pisada, seguro, pero suponía que unas zapatillas iban a tener más vida útil que un mes y medio…

Antes y después (9 de diciembre y hoy, 22 de enero):

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Nótese en la última, esas marcas blancas en la punta y en la parte externa de las zapatillas, no es parte del diseño, sino que se deja ver mi media…

Semana 17: Día 116: Cambios en el blog

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Recuerdo la gran preocupación que tenían los especialistas en 1989, porque se venía una nueva era, y no había nadie proponiendo una alternativa musical y cultural, como sí había ocurrido en 1979. Pienso en eso porque cuando Semana 52 cumplió su compromiso de las cincuenta y dos semanas, yo ya había pensado montones de cosas para cambiarle al blog. Desde el cuentakilómetros hasta otro diseño. Ya el cierre tuvo Twitter (red social que tenía absolutamente negada) y el gran cambio entre los cambios: plantear la meta de llegar a la Espartatlón.
Pero cuando pasé del segundo año al tercero, lo único que cambió fue que me flexibilicé y dejé de escribir todos los días. Era la única forma para que algo que me gusta y que le sirve a otras personas, se convirtiera en un tedio. No siempre me resulta fácil encontrarle el hueco a bloguear, pero todavía puedo hacerlo. Todavía mantengo esa suerte de “flexibilidad”, aunque estoy de nuevo actualizando con frecuencia.
Estamos cursando el cuarto año de blog, y las cosas se mantuvieron bastante inalteradas desde todos los cambios que propuse en el segundo año. Para ser honesto el diseño actual me gusta, pero probablemente sea hora de replantearlo. De todos modos, no es a cuestiones estéticas a lo que iba. Hubo una constante en Semana 52 que salió sin querer, y es que nunca le puse publicidad. Sí, en el camino me enteré de que WordPress lo hacía por su lado, y como yo era el administrador, a mí jamás me las mostraba. Pero ahí están, te puede salir un aviso de una hamburguesa en el mismo post donde hablo de las bondades de comer vegetales en forma estricta.
Pues bien, aunque pueda ser pronto para afirmarlo, tengo altas esperanzas de quedar en la Espartatlón de este año, e ir a correrla. Es algo que vengo soñando desde hace mucho, en lo que venimos trabajando con Germán, quien me orienta para que los entrenamientos me permitan ampliar mis límites. No es el mismo viaje el que haría este año que si lo hubiese hecho en 2013. Ahora siento que estamos más unidos, con metas claras y mucho entusiasmo. Hace poco me propuso algo que va a cambiar bastante la dinámica de este proyecto, y es que este no sea un emprendimiento personal como lo venía viviendo, sino de grupo (puntualmente, de todos los Puma Runners de Zona Norte). Yo solo sería el que correría toda la ultramaratón, pero ellos estarían ahí, ayudándome y contagiándose de toda esa experiencia.
Hasta ese momento, siempre imaginé la Espartatlón como un emprendimiento solitario. Quería que Germán me acompañara, pero no es sencillo para mí juntar el dinero para viajar a Europa, menos podría pedirle a otra persona que también lo haga. Por supuesto que cuando él me propuso que vayamos todos (o sea, los que quieran sumarse), en un principio no entendía nada. Entonces ahondó en su idea, la de hacer un esfuerzo conjunto para poder financiar este viaje. Con auspicios y recaudación de fondos, no solo podría ir a correr, sino que tendría mi equipo conmigo. Y después de investigar las experiencias de los que pudieron llegar a Esparta y los que quedaron en camino, se nota una diferencia determinante: los que la completan pudieron apoyarse en un grupo de asistencia, que los ayudaba a comer y a beber, en especial en los momentos de cansancio más extremo. Los que la jugaban solos veían sus posibilidades de llegar a la meta increíblemente más reducidas.
En consecuencia, esto me conviene, y hace que deje de ser un proyecto personal para que sea una experiencia colectiva, en la que ellos se vean tan involucrados como yo.
¿Y en qué afecta esto al blog? Bueno, WordPress es una plataforma fantástica, y siempre me resultó mucho más amigable que Blogger. El tema es que está realizada para que no se la pueda monetizar (al menos que uno no pueda). Ellos proveen el servicio, así que son ellos quienes buscan cómo hacerlo redituable. Hacer el sacrificio de mudar este blog a Blogger me permitiría ponerle publicidad, Adwords y sacarle unos dólares a todo esto. La plataforma actual no me permite poner un botón de donación, y es otro motivo para considerar la migración. Cualquier ayuda nos va a poner a todos más cerca de Atenas, y a ocho meses de la ultra es ahora o nunca.
Mantener dos blogs, el de los avisos y este, implicaría dividir a la gente, y necesito concentrar esfuerzos. El contenido va a seguir, hasta el día que le bese el pie a la estatua de Leonidas. Pero es probable que en febrero haya un cambio importante, con más presencia en redes sociales (Semana 52 todavía no tiene página de Facebook). Espero que los lectores sepan entender, este es el camino para hacer la carrera y terminarla. No soy el corredor más rápido y nunca he hecho podio, pero puedo recurrir a mi ingenio y a mi determinación para todo lo que hago en el día me encause a cumplir esa meta. Los mantendré informados, y espero que me acompañen en esta etapa.

Semana 17: Día 115: Encontrando huecos para correr

Hoy me tocó una nueva dosis de la vitamina B12. Duele un poco, pero su beneficio anti neutrítico vale la pena.
Yo ya consideraba que corría mucho, pero no alcanza para el objetivo que me puse de la Espartatlón. Ya había logrado que los días de entrenamiento (lunes, miércoles y sábado) sean sagrados. Resulta que si le decís a tus amigos, clientes y familia que a tal hora cortás porque tenés que entrenar, lo suelen respetar. En realidad es cuestión de que uno le dé el lugar de importancia a la actividad física.
En este contexto, queriendo sumar kilómetros pensando en la Espartatlón, necesitaba encontrar huecos para sumar distancia. Un día se me ocurrió la brillante idea de volver del entrenamiento corriendo. Con eso sumaba entre 21 y 24 km, dependiendo del camino que elija. El tema es que con el dolor de nalga que queda después de la inyección, volver corriendo no era opción. Entonces… ¿por qué no correr hasta el entrenamiento y después hacer actividad física con mis compañeros?
Así que eso fue lo que hice hoy. Hice un error de cálculo, pensé que me alcanzaba una hora y media para hacer la distancia de una media maratón, y para un entrenamiento, con mochila, era una locura. Cuando me di cuenta de que las matemáticas seguían sin ser lo mío, me quedaban 1:45 hora para llegar en horario al entreno.
Me guardé una botella de agua, una de Gatorade, pasas de uva y una caramañola con dos geles diluídos en agua, un buff, los lentes, un sándwich de tofu para después, y 17:45 partí.
A pesar de la hora, el sol pegaba fuerte y yo no paraba de transpirar. Resolví parar cada 5 km y resguardarme en la sombra para hidratarme y reponer energía con pasas o el gel. Así emulaba los puestos de hidratación de una carrera.
Cuando bajó un poco el sol, se hizo mucho más tolerable. Decidí ir por Libertador derecho. Es un poquito más corto (21 km), y no quería llegar muy tarde. Por suerte tuve pocas interrupciones en semáforos, y ningún coche me pisó, lo que siempre es bueno. Cerca de destino encontré una estación de servicio con la buena voluntad de dejar sus baños sin llave. Tomé agua de la canilla y me mojé la cabeza y la nuca.
Terminé llegando en 1:47:47, y teniendo en cuenta que nunca paré el reloj cuando hacía mis paradas técnicas, creo que es un muy buen tiempo. Y después tuve que entrenar como todos mis compañeros, sin chistar.
Creo que cuando hay voluntad, uno se puede armar los horarios y encontrar alguna vuelta para correr más. Las posibilidades siempre están. Yo jamás me imaginé que podía ir o volver corriendo en el mismo día que entrenamos, pero quizá las oportunidades se encuentren,justamente, cuando buscamos más allá de nuestros límites autoimpuestos.

Semana 17: Día 114: Reconciliado con el sol

Hace unos años le escapaba al sol, en especial en verano. Por eso mi color pálido, tirando a un matiz oliva. Un amigo me dijo una vez, en mi propia pileta: “Estás a un tono de la pavita”. Esa frase me quedó grabada (y hoy la uso con los que están más blanquitos que yo).
Correr me reconcilió con el sol. Hacer actividad al aire libre me hizo tolerarlo más. A fuerza estar afuera constantemente me dio un matiz más tostado, y ya no me pongo como un tomate en un día de pileta.
Creo que colaboró con mi trauma los melanomas que le tuvieron que extraer a mi papá. A partir de ahí me escondí durante años, al abrigo de la sombra, con gorros y protector solar.
Reconozco que exponerse al sol mucho tiempo tiene efectos sobre la piel, pero diversos estudios dicen que entre los beneficios que tienen los ultramaratonistas está el de tener un riesgo muy bajo de contraer cualquier tipo de cáncer. Menos probabilidades tienen los veganos, así que hoy me siento doblemente protegido.
Y mi bendita Espartatlón también influye en que ya no le escape al sol. Como tendré que correr por rutas, sin sombra, durante un día y medio, mejor hacer las paces con él y lograr acostumbrar a mi piel…

Semana 17: Día 113: Comer en el entrenamiento

Siguiendo con esta serie sobre mis nuevos y largos fondos, bastante pegados entre sí, hoy me tocó ir a Acassuso a entrenar con los Puma Runners. El objetivo que me tocó a mí y a un puñado de valientes fue darle cinco vueltas al Hipódromo. Yo sabía que eso daba unos 25 kilómetros (terminó dando 26) y que teníamos dos bebederos en el recorrido, más la hidratación de la base donde estaba Germán, nuestro entrenador. Pan comido, ¿no? Ojalá (lo bien que me hubiese venido el pan).
Salimos cancheros, optimistas. Yo sin remera, aunque con el monitor cardíaco parecía que estaba en corpiño. El sol de la mañana empezaba a pegar fuerte. En la primera vuelta, de 5,15 km, me salteé el agua, total… ¿quién no hace esa distancia de un tirón? Pero después el calor se hizo sentir. Frenar en ambos bebederos, separados entre 2 y 3 km (dependiendo de cuál) se volvió una obligación. En la tercera vuelta nos mojábamos, tomábamos hasta que la panza se nos hinchaba, pero no teníamos fuerzas. Yo no sabía si me chorreaba agua del bebedero o si era transpiración. Me intrigaba este experimento de sobrepasar los límites… en una semana ya tenía acumulados 131 km. Y sin embargo estaba ahí, con mis amigos, corriendo y sin chistar.
Pero en un momento el agua dejó de alcanzar. No me servía más que para refrescarme. De pronto, las dos últimas vueltas parecían una proeza imposible. En un rapto de lucidez, decidimos seguir frenando en los bebederos, pero ir también a la base, donde nos esperaba algo de agua congelada y mi sándwich post-entrenamiento. Había considerado llevar pasas, pero lo descarté. Me hubiesen venido bien. Cuando llegamos a donde estaban nuestras cosas, fui directo a mi mochila. Saqué una Powerade de 750 cc y tomé un tercio. Después se la pasé a Lean y le dije “tomá y dale la mitad a Marce”. Estaba para tomármela toda yo y aprovechar su alto contenido de hidratos de carbono, pero también quería a mis amigos a mi lado. Como dijo el Che, “Partes iguales, y que sea lo que Dios quiera”.
También fui a buscar mi sándwich de pan con semillas y tofu. Corté un tercio y lo fui devorando de a bocados. Si el Powerade, a punto de desmayarnos del calor, se sintió como la bebida más rica del universo, qué decir de esos pedazos de comida, que también compartí… Con eso nos recuperamos los tres, tanto que empecé a coquetear con la idea de hacer una vuelta de más… algo descartado por amigos y entrenador.
La cuarta vuelta, después de esta parada de 5 minutos, fue otra cosa completamente distinta. Seguimos hidratándonos en los bebederos y mojándonos, pero ahora con un pequeñito plus de energía. Comprobé, una vez más, que en ciertas distancias (y más en ese calor), tomar y comer se vuelven cruciales.
No voy a tener muchas alternativas más que aumentar la ingesta de bebidas isotónicas, y empezar a entrenar con alimento sólido. Lo del sándich anduvo genial (además me permitió la oportunidad de probar cómo me caería en la Espartatlón), pero nunca está de más tener un repuesto de pasas de uva. También podría llevar pan o alguna otra clase de frutas, geles y barritas.
Las ultramaratones son carreras donde se espera que comamos. Hay que acostumbrar al cuerpo a hacerlo mientras estamos corriendo. Antes era solo cosa de carreras… ahora pareciera que voy a tener que hacerlo cada vez más seguido…

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