Archivo de la categoría: Espartatlón III semana 11

Semana 11: Día 77: 20 semanas de gimnasio

Espero que la cantidad de números y la repetición de la palabra “semana” en el título no haya mareado a todo el mundo.
En su momento publiqué la evolución de mi tren superior en el gimnasio. Es la parte que queda medio “relegada” en el running, pero que a la vez es importante. Estuve yendo tres meses al gimnasio, hasta el 30 de octubre. Durante Noviembre no fui, intenté hacer algo de barra en el entrenamiento con los Puma Runners, y no quise dejar de hacerlo porque ya estaba notando cambios. Pero se vino el viaje a Europa y sabía que ejercitar iba a ser complicado.
Ahora volví con todo, armándome una rutina para hacer al aire libre y en casa. Estoy haciendo unas abdominales asesinas, que supuestamente contiene series de 30 segundos pero yo no puedo con mi genio y las hago de 45.
Va mi evolución, desde que empecé a hoy (con interrupciones y un ataque de galletitas veganas de anoche por la angustia de que mi tarjeta de crédito es muy maligna):

Foto del día 24-07-2013 a la(s) 11:16 

Foto del día 31-07-2013 a la(s) 11:23

Es difícil conseguir exactamente la misma posición en cada foto. A veces, dependiendo del ángulo, los músculos parecen más o menos marcados, o la espalda parece más ancha. Pero bueno, basta con decir que yo me doy cuenta de los cambios, y que hasta me lo han mencionado otras personas. Así que, sigo con mi máxima personal: cuando algo funciona, hay que seguir haciéndolo.
Barras y dominadas para todos.
Me voy a Pinamar.

Semana 11: Día 76: Armando la valija

Parece un deja vú, pero nuevamente tengo que armar el bolso para viajar… esta vez más cerca, a Pinamar, para participar de la Demolition Race. Es una excusa para cerrar el año con los Puma Runners, divertirnos y, por qué no, hacer un poco de playa.
Y esto que me resuena a “ya lo viví” es que nuevamente todo a las corridas, sin tiempo para hacer todo… desde que volví de Europa a hoy armé tres libros (dos de 160 y uno de 80 páginas), además de un suplemento de cocina, más algunas cositas extra como responder el Facebook de la editorial, actualizar el blog, e ir no una, sino dos veces la cine (Thor 2 y Los Juegos del Hambre: En Llamas… semana de secuelas). Dicho todo esto, ¿me alcanzó el tiempo para entrenar? ¡Felizmente sí! Me motivé con esto de tener la Reserva Ecológica cerca y le agarré la mano a lo de hacer musculación colgándome de la barra… así que estoy intentando hacer una costumbre diaria el tener una rutina por la mañana. Voy a la Reserva apenas abre, le doy una vuelta y después a hacer un poco de fierros.
Otra cosa que hice, que increíblemente influye en toda esta ecuación, fue comprarme un filtro para la canilla. Ahora tengo toda el agua que quiero, sin gusto a cloro, y puedo colgarme (literalmente) en casa y hacer rutinas de musculación, hidratándome todo lo que quiero en estos calurosos días. Es como que todo se me fue acomodando a una nueva rutina.
En este contexto, feliz con mi agua inocua, incolora e inodora, con la Reserva acá nomás y adaptándome a los ejercicios en la barra y los caseros, me voy tres días a la costa, a descansar y a despedir un gran año con mis amigos. Sí, no hice el bolso todavía, y mañana a la mañana, antes de salir para Pinamar, quiero entrenar. Quizá TODO no se pueda, pero descubrí que es posible organizarse y hacer lo que a uno le gusta, sin dejar de cumplir con las obligaciones.
Espero no perder el contacto con el blog desde allá (dependo de que haya Wifi). No tengo ni idea de cómo es la Demolition Race, y para mí es tan misteriosa como la que corrimos el sábado pasado. Pero bueno, sospecho que igual nos vamos a divertir.

Semana 11: Día 75: La muela

Soy un tipo incompleto. Las cosas ocupan un cierto espacio de mi cerebro y cuando algo nuevo entra es porque algo viejo se fue para hacer lugar. Digo esto porque me preocupo por muchos aspectos de mi salud, excepto la bucal.
Esto quizá sea una de las pocas constantes en mi vida. No soy de cepillarme, casi que lo hago solo cuando voy a salir. A veces me decido hacerlo un hábito y lavarme varias veces, todos los días, pero a la tercera ya me olvidé.
Esta mala costumbre, sumada a una pésima alimentación, hizo que me saliera una caries. Cuándo exactamente, no lo sé. Tendría unos 20 años y aunque me aseguraron que tenía que usar aparatos, maté a la idea con la indiferencia. En uno de estos chequeos, un odontólogo encontró un hueco tapado por comida. Como no me lavaba, nunca me enteré. No era demasiado grande, pero estaba y acumulaba cosas.
Me negué a hacer algo al respecto por varios meses hasta quién sabe cuándo que me hice un tratamiento de conducto. Después venía el tema de la corona y lo dejé asentar como un año hasta que la muela se partió durante un almuerzo.
El odontólogo que me atendió me llamaba Eduardo (por respeto no lo corregí) y me hizo una corona y una muela de porcelana. “No tenés los dientes muy amarillos”, observó, mientras buscaba colores en un catálogo.
Las obras sociales no cubren las prótesis dentales, y mi papá pagó 270 pesos que en esa época me sonaban a una fortuna. Me durmieron la mandíbula con anestesia y me dejaron el diente biónico en su lugar.
No aprendí a cepillarme más seguido con esta experiencia, pero nunca volví a tener caries. Fui nuevamente a otras consultas odontológicas (dos o tres) y nunca volvieron a encontrar nada.
Quince años después (ponele) estaba desayunando mi avena con pasas de uva, espirulina y leche de soja, y de pronto mordí algo duro. Tenía punta, como una tachuela. La quité de mi boca con dos dedos, intrigado. Primero vi la punta, que parecía un clavo oxidado. En ese instante imaginé la demanda a la cerealera, pero en la otra punta del clavo había algo blanco. O mejor dicho, color hueso. Mi muela. Que se quiso escapar.
Tanteé la fila de dientes con la lengua, algo irresistible. Sentí el hueco, algo que desde que se cayó mi último diente de leche que no sentía. Fui al espejo del baño a ver la boca. Estaba ese agujero negro en el que quise poder de nuevo la muela, pero no encontré cómo calzar la punta de ese clavo.
Le temo a la degradación. Mis pesadillas recurrentes son, obviamente, que se me caen los dientes. También que pierdo el pelo por mechones. Ambas cosas realmente me pasan, pero a ritmos más lentos.
Como no soy de ver muchos odontólogos, no sabía qué hacer. Mi fantasía era que pedía turno y me lo daban para febrero. Y que me iban a matar con los honorarios. Pero no me dejé estar y averigüé. Resulta que existen guardias odontológicas, que hay una a 8 cuadras de mi departamento y que como está de camino al gimnasio pasé por la puerta no menos de doscientas veces.
Por un bono de 7 pesos y después de esperar cinco minutos, me volvieron a pegar la muela. El pronóstico no fue alentador. Es poco probable que me vuelva a durar quince años. No voy a zafar de hacerme un nuevo tratamiento, porque aunque sacaron la caries en aquel entonces, se siguió filtrando, algo que no sé qué significa ni quiero saberlo.
Cuando me pusieron la prótesis a fines de los 90s, me sentí raro. Como que ya no era un humano, sino que tenía algo artificial. Aunque representase un 0.02% de mi cuerpo. Ahora, bien de antiayuda, estoy con la incertidumbre de cuándo ese diente de mentira se volverá a caer. Porque ya no es una cuestión de si pasa o no… ¡sino de cuándo!
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Semana 11: Día 74: Zapatillas nuevas

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5 meses es lo que pasó desde que me compré mis zapatillas anteriores a las actuales. Y no me había comprado un par solo, sino dos. Como siempre, sigo con la marca Puma, porque son buenas y porque, obviamente, me hacen precio por el grupo de running.
Pero mi calzado anterior todavía se la bancaba. ¿Qué pasó? En los últimos tiempos venía escuchando siempre lo mismo: “Che, Martán, ¡pisás re mal!”. Al principio no les di bola, pero después me empecé a fijar que efectivamente, pisaba mucho hacia adentro. Con cualquier zapatilla. Me empezó a fastidiar bastante, y en las largas caminatas por Europa me concentraba para pisar con la parte externa del pie. Pero claro, me relajaba y me olvidaba… y de nuevo volvía a la posición natural, que es hacia adentro.
El sábado me lo volvieron a decir, y dije “OK, hora de zapatillas nuevas”. No puedo arriesgar lesiones, y tampoco puedo estar corriendo concentrado de cómo piso… hay muchas cosas que uno tiene que estar pendiente al entrenar, como dónde caen los pies (en especial sobre terrenos con piedras y obstáculos), al cruzar la calle, la posición de los hombros, la respiración… no se puede estar pendiente de TODO lo que pasa con el cuerpo y el entorno, algo siempre se escapa.
Así que fui a la tienda de Puma y le expliqué al vendedor lo que me pasaba. Me dio el único modelo que tenían, las Faas 600, con control de pronación. Y sentí la diferencia al instante. Tiene un soporte para el arco, más rígido, que levanta la planta del pie. Pude, nuevamente, correr relajado, pensando en una cosa menos.
Y ahora surge la pregunta… ¿por qué me pasó esto? ¿Se me venció el arco del pie? ¿Tanto cambia la pisada de un corredor? Ahí queda mi duda, esperando que alguien sepa orientarme.

Semana 11: Día 73: El vegano y las fiestas

Si usted ha decidido dejar la proteína animal o si tiene uno de esos parientes raritos que no comen carne, esto puede serle de su interés. O puede ser información útil para burlarse de un vegano. Uno nunca sabe.
En Argentina, por una extraña costumbre que tenemos, festejamos Navidad y Año Nuevo como si no hicieran 35 grados a las diez de la noche. Nos atestamos de comida y le damos a alimentos y bebidas super calóricas: vitel toné, turrón de maní, garrapiñadas, chocolate, champagne y un digestivo etcétera.
A todos los argentinos, menos a mí, les encantan los asados. No importa la temperatura, el clima ni la ocasión. Por eso no es extraño que la palabra mágica para la reunión de fin de año sea “¿Nos juntamos a comer un asadito?”. Y como en el fondo me aprecian y disfrutarían mucho de mi presencia, ofrecen “A vos te ponemos unas ensaladas”, a lo que con toda sinceridad respondemos “Soy vegano, no anoréxico”. La oferta pasa a ser “Ok, ponemos unas verduras a la parrilla”. Aquí entra la parte obse a hacer de las suyas:
– Pero me da asco si la verdura toca la grasa de la carne.
– Las pongo a un costado.
– Nunca limpiarías esa parrilla como para que yo coma.
– Te pongo unas papas o ajíes en las brasas.
– Les chorrea la grasa de arriba.
– Las envolvemos en aluminio.
– Alto. Alto, alto, alto. Agradezco tu interés, pero las verduras tostadas en aluminio no son el equivalente del manjar que te resulta el vacío y los chorizos. Si nos vamos a juntar para pasarla bien, me llevo un tupper con comida.
– O quedate en tu casa.
Yo sé que es difícil para la familia y amigos congeniar esta decisión alimenticia. Por eso me acostumbré a llevar lo mío. En un asado o en esos grandes banquetes en los que al arroz le ponen mayonesa y huevo, hay días opciones: amargarse (y pasar hambre) o ser previsor. El vegano no puede esperar que el resto lo atienda (y estoy dejando de lado cuestiones más profundas, como no querer comer alimentos refinados como arroz blanco, harinas, etc… les haría explotar la cabeza).
Comer es un placer. Uno creería que dejar los animales afuera de la dieta es igual a sufrir, pero no es así. A mí me encantan mis comidas y no me salteo ninguna (mi favorita es el desayuno y la merienda, en las que como exactamente lo mismo).
Lo bueno de ser vegano es que uno puede ir a una de esas grandes cenas en las que todos llevan algo y llegar con su plato favorito. Hay una posibilidad en diez millones de que alguien más quiera probarlo. Pero ojo… si empezamos a compartir y el resto descubre lo rico que es el pastel de banana, podemos quedarnos sin nada (lo que no estaría tan mal porque sería acorde al espíritu navideño).
Por eso, mi querido vegano, en estas fiestas tu mejor amigo será tu tupper. Y para todos: uidado con el alcohol (el único animal involucrado en el vino, la sidra y el champagne es quien lo bebe), y no olvides que estos almuerzos y cenas no son para comer, sino para socializar.

Semana 11: Día 72: Los 5 km de Felicidad en movimiento

Felicidad_en_movmiento_2013
…que en realidad fueron 3,2 km. Pero no importa.
Mientras estaba de viaje en Europa intentaba estar al tanto de lo que hacía mi grupo, los Puma Runners, a través del whatsapp. Me enteré de un entrenamiento bajo una lluvia torrencial (pero con calor, mientras yo me congelaba en el viejo continente) y de cierta carrera a beneficio en la que podía estar bueno participar. Eso era todo lo que sabía, además del precio de la inscripción, así que pedí por favor que me anotasen. Yo me sumo a todo.
La cita era el sábado a las 16 hs, y el plan era entrenar por la mañana, quedarnos a almorzar, y salir para Vicente López. Una compañera se encargó de pagar y de buscar los kits, que incluía la remera y no tenía idea de qué más. Así que fui a entrenar, y el sol acompañó. Fue un día hermoso. Entonces, recién ahí, me enteré de cómo era la carrera. Te recomendaban llevar ropa no muy nueva, porque te iban a pintar. ¿¿¿Cómo???
Eso me pasa por hacerme el europeo. Me sumé a un evento llamado Felicidad en movimiento, no competitivo, donde nos iban a tirar polvos de colores. De hecho la remera era blanca para poder mancharla y que se note bien. Ya estaba jugado, pero me cambió bastante mis expectativas. Por miedo no llevé los anteojos, que me hubiesen protegido los ojos pero que podían pintarse todos y no salir más. Por similares motivos no llevé mi celular para sacar fotos ni mi reloj Suunto.
Fuimos en manada a la salida, creyendo que empezaba a las 3 de la tarde (y estábamos llegando con demora, deseando que no arrancaran en horario). En el camino nos confirmaron que era a las 16. “¿Y para qué estamos yendo tan temprano?”, dijimos. Pero por suerte ese tiempo “extra” fue uno de los más divertidos. Llegamos y en todo el predio había unos 2 metros cuadrados de sombra. Después era estar al rayo del sol. Nos mojamos un poco en las canillas de la costanera, cerca del Parque de los Niños y del Carrefour. Parte del kit, además de la remera, era una bolista con polvos de colores que teníamos que guardar para el final. Como el clima era festivo, se alentaba ir disfrazado. Germán, nuestro entrenador, abrió su paquetito azul y con un poquito de agua se empezó a pintar todo. El resto, malinfluenciado, empezó a hacer lo mismo. Yo era naranja.
De ahí, pintados casi de cuerpo entero, nos fuimos al precalentamiento, donde había música electrónica, y empezamos a bailar y a hacer payasadas. Faltaban 20 minutos para la largada (que finalmente fue muy puntual). Algún otro, quizá también influenciado por nosotros, abrió su paquetito de polvo de color y empezó a tirarlo al aire, manchándonos con otros tonos. Así estuvimos al rayo del sol, moviéndonos, transpirando y en Technicolor.
La idea no era salir a ganar, sino divertirnos. Por eso en la largada salimos todos juntos y no nos separaron. Alguna vez me pidieron que baje el ritmo porque me sale el instinto competitivo de adentro y empiezo a acelerar. Pero nos fuimos esperando. Cada kilómetro había un grupo de voluntarios con polvo de un color (primero el azul, después fucsia, etc). Nosotros estábamos sacados, así que íbamos a los tachos a robar polvo y tirárselo a los chicos de la organización (nota: estaba prohibido). En uno de esos motines me metieron un kilo de esa cosa asquerosa azul en la boca y me bajó por la garganta. Me secó todo y temí morir teñido de azul. Escupí ese color durante todo el trayecto.
Esos 5 kilómetros en realidad fueron 3,2, como decía al principio de este post. No era importante, lo que valía era divertirnos al aire libre. Igual nos mareó un poco, porque algunos cruzaron el arco de llegada creyendo que todavía faltaba un tramo más. Yo conseguí en el camino una peluca naranja que iba con mi color, aunque durante el trayecto me fueron pintando de todos los tonos.
Cuando pasó un rato de la llegada, nos juntamos junto al arco y ante la cuenta regresiva de la organización, los que conservaban sus bolsitas (o los que conseguimos alguna de las que revoleaban desde la tarima) las tiramos al aire. Estar ahí adentro de esa nube de colores que se mezclaban era un verdadero flash. El sol desaparecía, se oscurecía todo y de a poco se iba dispersando el polvo para ver los diferentes tonos de color. A eso lo combinabas con agua y pintabas cualquier cosa. Un evento que se suponía iba a ser corto terminó siendo una fiesta en la que nadie se quería ir.
Eso sí, la remera blanca jamás se lavó del todo, me saqué todos los colores de la piel, excepto el azul que insiste en quedarse (como una sombra tenue) y la espalda me quedó colorada. No por la pintura, sino por haber estado todo el día sin remera, al sol. Pero… ¿quién me quita lo bailado?

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