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Semana 52: Día 364: El que se atreve, gana

Los griegos dicen “O tolmon nika”, que se traduce como “El que se atreve, gana”. Esto quiere decir, sencillamente, que quienes se animan a enfrentar un desafío automáticamente son ganadores, y no precisamente de una medalla o un podio.

Escribo estas líneas antes de correr la Espartatlón. Por supuesto que no pude dormir todas las horas que hubiese deseado, pero tener todas estas horas antes de ir a la Acrópolis me permite preparar las cosas con más calma, contestar los mensajes de todos mis amigos que están ansiosos por mi carrera, y escribir estas líneas.

Van a ser 36 horas de carrera para muchos. Mi largada va a ser a la 1 de la mañana en Argentina, y al mediodía del sábado será la llegada.

Me siento… Agradecido. Nervioso. Con ganas de correr y no parar por nada. Hice todo lo que pude. Algunas cosas no las pude preparar como hubiese querido. Me compliqué con la comida que voy a dejar en los puestos. No sé si salir con abrigo de lluvia o no, porque sabemos que va a llover pero no cuánto. No sé qué hacer todavía con mis pies, si encintármelos o ponerme vaselina. No me preparé el pañuelo en la gorra, para protegerme del sol en la nuca. Cosas que resolveré, claro, pero igual tengo esa incertidumbre dándome vueltas en la cabeza.

Imagino que este blog no volverá a tener actividad hasta el domingo. No pudimos resolver lo de tuitear en vivo, compramos un chip con datos y llamadas internacionales que nos duró quince minutos. La mejor opción será seguir la carrera desde la página web. Soy el corredor número 183.

O pueden esperar al lunes y averiguar qué pasó. Va a ser toda una aventura. Ahora no sé si vale la pena toda esta movida para no llegar. O sea, sí, conocí a Karnazes, tuve esas enormes muestras de afecto de mis amigos del Team Puma y de mis familia (en especial de mis padres). Viajé con el mejor equipo del mundo, recorrí, me relajé, descansé y me conecté con mis raíces. Pero no viajé 15 mil kilómetros para no llegar a la meta. No me jugué todas las cartas disponibles para abandonar.

Por más que ya salgo mucho más sabio de toda esta experiencia, necesito llegar. Creo que lo merezco, o al menos voy a hacer todo lo posible por ser merecedor de ese honor. Espero que en el próximo post pueda decir “Llegué”.

Semana 50: Día 347: ¿Por qué Grecia?

No siempre que hacemos algo nos planteamos nuestros motivos. ¿Para qué hacemos las cosas? Todo tiene un sentido, aunque no sepamos cuál es. Como una tarea terapéutica, me puse a pensar qué me está llevando a viajar a Grecia y dejarlo todo por una carrera.

Buscarle el sentido a la Espartatlón tiene dos niveles. El superficial, donde está lo más “obvio”, y uno más interno, que cuesta ver o aceptar.

Por un lado es una meta, un objetivo. Lo que me enriquece es el camino y no la llegada.

La experiencia me va a hacer bien, voy a salir más sabio. Ese aprendizaje es independiente de si finalizo o no.

Reafirma mi autoconfianza, porque correr 246 km (en 36 horas) es algo que la mayoría de la gente cree que es imposible de hacer.

También hay una cuestión de ego, porque busco demostrar que puedo conquistar lo imposible (si usted cree que esto también tiene que ver con cómo me relaciono con las mujeres, quizás esté en lo cierto).

Sirve para cerrar un círculo de sinergia con Germán, mi entrenador. Desde que empecé con Semana 52 y le dije que quería entrenar en forma comprometida, él siempre me apoyó. De hecho estuvo ahí desde mucho antes, cuando hice mi primera carrera y corrí 7 km (distancia que yo subestimaba). Hoy estoy yendo al otro extremo, el pico máximo, y es una metáfora de lo que creció nuestra amistad.

Siento que merezco hacer esta carrera y terminarla. Hay una cierta presión (autoimpuesta, aclaro) de llegar a la meta, por toda la gente que me apoyó, desde mi familia hasta mis amigos, incluyéndote a vos, quien estás leyendo estas líneas.

Además me gusta correr, y este es el cierre del año (y quizá de una etapa en mi vida).

Es la lección definitiva, el examen final en coraje y compromiso.

La Espartatlón no tiene premios en metálico (aunque para aspirar a algo así habría que tener un nivel como para hacer podio). Hay un cuenco lleno de agua, una corona de laureles y una medalla en la meta. Pero claro, es MUCHO más que eso. Es un objetivo de vida, una anécdota para contarle a los nietos, una lección para cualquiera que crea que no es un incapaz.

Hace muchos años yo viajaba en el tren camino a Constitución. Bajo una lluvia torrencial, en el Velódromo de Escalada, un corredor entrenaba absolutamente solo. A esa distancia y bajo ese diluvio era imposible verle los rasgos de la cara, pero yo imaginé que esa persona, en ese instante, era realmente feliz. En ese momento yo creí que era imposible tener ese nivel de compromiso, y hasta me lamenté no poder ser como él.

A lo que voy es que también corro la Espartatlón por la persona que era en aquel entonces y las que hoy piensan que las proezas físicas solo las logran los que vienen de otro planeta. En verdad esa persona que fui pensaba que comer sano y correr ultramaratones era algo absolutamente imposible. Quizá vos también creas lo mismo. Y corriendo esta carrera podría demostrarme (y demostrarte) que no importa cuán lejanas parezcan las cosas. Si uno de verdad siente la necesidad de hacerlo, nada es inalcanzable.

Todo esto lo aprendí antes de viajar a Grecia. Sería muy lindo viajar y llegar a la meta. Sería el broche de oro a este este aprendizaje: más allá de lo inseguro que te sientas, qué tan sedentario seas o lo mal que te alimentes, nunca es tarde para incorporar el hábito del esfuerzo, la determinación y la paciencia.

Semana 47: Día 327: Hacer lo imposible

“¿Y eso es real? ¿Es algo que se puede hacer?”. Eso es lo que generalmente me dicen las personas que escuchan por primera vez que voy a participar de la Espartatlón.
Si nos sintonizas por primera vez, quizá no sepas que la Espartatlón (o Spartathlon) es una de las carreras más duras del mundo: 246 km en un máximo de 36 horas. No es imposible de hacer, solo requiere de tres cosas: preparación, estrategia y voluntad. Que sea “poco” no quita que no sea muy difícil.
Si voy a llegar, no tengo idea. En el fondo la experiencia me aterra, y es por eso que la tengo que hacer. Cuánto dolor, hambre, calor, sed, cansancio, frío, sueño voy a sentir es algo con lo que no me quiero enloquecer… pero sin dudas voy a sufrir. No creo que nadie la pase bien: como todo, la experiencia toma otro sentido cuando uno cruza la meta.
Sí creo que soy capaz de soportar todo eso y llegar. O sea, tragar saliva, apretar los dientes y no detenerme. Muchos creían que eso es imposible, pero ya lo he hecho en el pasado. Seguramente, quienes se sorprenden por la existencia de una carrera tan brutal es porque no han salido mucho de su zona de confort. Si supiera que la voy a terminar… ¿cuál sería la gracia?
Creo que todos somos capaces de terminar la Espartatlón. Solo necesitamos preparación, estrategia y voluntad. Si falta alguna de esas tres, seguro va a ser imposible. Pero con ese combo, hasta lo imposible empieza a volverse realizable…

Semana 44: Día 306: Lo bueno nunca es gratis

Me di cuenta que el tiempo se está acabando (toda una revelación) y que el viaje a Atenas está a la vuelta de la esquina. Si bien faltan 58 días para la largada de la Espartatlón, el viaje será dentro de 47, y hay algo que no pude resolver y es que venga un equipo de asistencia. Ya casi no queda tiempo para conseguir un sponsor, pero calculo que hasta que falten 45 días no voy a perder las esperanzas.

El tema, claro, es que la planificación de un viaje toma tiempo, y los pasajes hay que sacarlos pronto. Gracias a un contacto con Aerolíneas aprendí cómo se hace una carta preforma. La envié a nombre del Sr. Recalde y si bien no me podían ofrecer los pasajes gratis (los reservan para situaciones de enfermedad o casos graves), me ofrecieron un 40% de descuento. Sigue siendo mucho el dinero que hay que reunir, pero es una ayuda importante. Entonces, ¿cómo seguir?

Le di muchas vueltas y se me ocurrió algo que siempre me costó hacer: pedir. Ya había instalado una herramienta de donaciones en el blog, que funcionó muy bien el primer día, y después cayó en el olvido. Hice la siguiente cuenta: si tengo que reunir 26 mil pesos, ¿no tendré entre mi familia y amigos 26 personas que puedan disponer de mil pesos cada una, y convertirse así en donadores particulares? Yo soy bastante desprendido del dinero, así que me puse en esa situación y me imaginaba colaborando sin ningún reparo. Así que lo consulté con mi familia, qué pensaba de la idea, con algunos amigos, y me mandé. Publiqué en mi muro de Facebook, que lo tengo solo con amigos y familiares, escribí un llamado a la solidaridad honesto, sin intentar hacerme el gracioso o dar lástima… y funcionó mejor de lo que pensaba.

No tengo el monto exacto, pero muchos familiares y amigos se ofrecieron a colaborar. Algunos ya lo habían hecho hace meses, donándome dinero y hasta euros. Lo conmovedor es que se ofrecieron nuevamente a ayudar. Pasé mi CBU por privado, coordiné encuentros para que me den plata en mano… fue muy conmovedor.

No llegué a la cifra mínima para comprar los dos pasajes, pero me acerqué mucho. Incluso decidí poner una parte, porque después de todo es mi proyecto, y una amiga que administra mis fondos de retiro me dijo que podía sacar parte de mis reservas. Soy joven, voy a seguir trabajando y aportando durante años (además esto es un servicio privado, debería tener una jubilación por mi monotributo).

Esto que estoy haciendo es importante para mí, porque me convencí de que necesito tener un equipo de asistencia para poder hacerle frente a los 246 km de la Espartatlón. Me hace falta apoyo motivacional, alguien que se asegure de que estoy comiendo y tomando lo necesario, y todas esas cosas que el agotamiento puede llegar a hacerme perder de vista. Es una red de contención que considero imprescindible.

Sin embargo, sentí que podía hacer más. Me acordé de Kevin Smith, el afamado guionista y director de cine, que cuando quiso filmar Clerks, su primera película, optó por vender su colección de cómics y así poder financiarla. La movida le salió bien. Hoy su ópera prima es considerada una obra de culto, y pasó a realizar producciones más comerciales y convertirse, en el proceso, en guionista de historietas. En los últimos tiempos tuve una especie de crisis de identidad. Necesito un cambio profesional, o creo que lo necesito. Es algo que estoy trabajando en terapia. Pero realmente dejé de tener apego a mi colección de cómics. Quizá cambié mi pasión por el running, en donde aprendí el poco valor que tienen las cosas materiales. ¿Para qué acumular muñecos y dejar que en la biblioteca los libros junten polvo? ¿Qué es más importante para mí, las cosas que ocupan lugar o la concreción de un sueño?

Empecé tímidamente, publicando un par de libros en Mercadolibre, así como un pack de muñequitos de los Superamigos. Tuve mejor respuesta cuando publiqué esos links en mi muro de Facebook. Ahí me di cuenta que lo que tenía que hacer era usar la red social para vender mis cosas. Saqué fotos, armé un álbum y en medio día vendí un cuarto de la colección. A eso le sumé varias figuras, todo a precios irrisorios. Porque no me importa sacar un rédito económico ni siento que tanto plástico y papel tenga valor para mí. Me alegra ver que a otras personas sí. Yo me contento con saber que esto me va a terminar de formar el equipo que me va a acompañar a la meta. Eso también tiene un costo, pero tras una vida de acumular cosas, siento que todo converge en este viaje y este sueño.

Semana 44: Día 303: Soluciones alternantivas a problemas cotidianos

Todo problema tiene una solución. Pareciera que esta frase hecha es un poco facilista, pero yo creo que es así. A todo hay que buscarle la vuelta, no quedarse con la primera opción. Cuando trabajaba en un estudio de diseño y nos pedían hacer la creatividad de alguna campaña, la norma era tirar 15 ideas para empezar a llegar a algo original.

Por supuesto que no todo problema tiene 15 soluciones, pero durante mucho tiempo fui de los que aceptaban su destino sin cuestionarlo demasiado. No tenía fuerzas para torcerlo. Hoy quienes me conocen piensan que tengo una fuerza de voluntad terrible, y aunque siento que la fórmula para llegar a ser el dueño de tu propio destino es muy sencilla, me costó muchísimo llegar ahí. Con esto quiero decir que no hay nadie tocado por la varita mágica, ni tampoco yo llegué a un punto inalcanzable para la mayoría de los mortales. Yo odiaba correr y hace diez días hice un fondo de 120 km. Lo que pasó en el medio fue mi búsqueda de alternativas y la paciencia que entrené. Por eso sé que ese camino que recorrí es accesible para casi todos.

A veces los problemas más complejos tienen soluciones sencillas. A veces los problemas sencillos tienen soluciones complejas. Decidí volverme vegano y con eso agregarle una pequeña complicación a mi vida. Me gusta desayunar con cereales, pero un día decidí no consumir más azúcar y ahí estaba yo, buscando cómo reemplazar mis desayunos y meriendas. En otra época de mi vida hubiese pensado que esto en lo que me embarcaba era muy difícil, bordeando lo imposible, y hubiese abandonado al instante. Pero por suerte me volví cabeza dura.

Pasar a cereales integrales fue más sencillo de lo que me imaginaba. Es increíble la cantidad de azúcar que tiene absolutamente todo lo que consumimos. Si leemos las etiquetas, que lista los ingredientes de mayor concentración a menor, vamos a ver que muchísimas marcas tienen más azúcar que cereal. Por favor, deténganse en esa frase. Los 400 gramos de copos de avena tienen más azúcar que cereal. Contabilizando algún que otro elemento externo (sal, conservante, colorante, etc) hablamos de que tranquilamente la mitad debería ser azúcar para que quede en primer lugar. Mi solución para escaparle a todo esto fue pasar a la avena instantánea. Lo fácil es que se consigue en casi cualquier supermercado.

Lo complicado, y esto sí no me lo esperaba, fue el reemplazo de la leche. Al principio opté por el AdeS natural, que es de soja, con dos grandes salvedades: tiene azúcar (al menos está en tercer lugar) y es muy difícil de conseguir. A pesar de que llamé a Unilever para decirles que en casi ninguna góndola está este sabor, no supieron darme una respuesta y ni siquiera tenían la opción de venta directa. La alternativa que me ofrecían era comprar al por mayor en alguna tienda de distribución. Mi problema es que, siendo peatón, no puedo ir hasta una de estas mega tiendas (que no están a la vuelta de la esquina) y acarrear conmigo 12 cartones de AdeS. Por eso, cada vez que veía este producto en el supermercado, cargaba todo lo que me era humanamente posible llevar.

La primera alternativa a este problema fue tomar las otras variantes de leche de soja, que son saborizadas, un poco más fluidas (las pondría cerca de los jugos), con un poco menos de proteína y más azúcar. No me dejaba del todo conforme, pero al menos seguía desayunando. Alguna vez conseguí que un alma caritativa me comprar el pack de 12 y me las fuera trayendo de a poquito, pero tampoco es una solución. Un poco cansado de angustiarme porque se me estaba por acabar el AdeS, pasé a la solución compleja para un problema que no lo es tanto: hacerme mi propia leche.

En sí es un proceso simple que requiere tiempo. Dejar 75gr de almendras en remojo unas 6 horas, escurrirlas, procesarlas en agua filtrada y colar con una tela para pasar el líquido blancuzco a un recipiente (unas 4 veces). Esto me dio un litro de leche de almendras, que complementé con unas gotas de esencia de vainilla. El gusto, por supuesto, es completamente diferente al AdeS natural, principalmente porque no tiene azúcar, pero además no cuenta con conservantes, lo cual para mí es otra ventaja. No tenía suficientes pasas de uva como para triturarlas y endulzarla con eso, así que le puse un poquito de stevia.

Así es que dejé de depender de los caprichos de un distribuidor o de una cadena de supermercados y logré mi independencia. Es un proceso complejo, la leche resultante me termina saliendo un poco más cara que el AdeS, pero al menos no dependo de nadie, y me llevo ese pequeño orgullo de hacer mi propio alimento.

Semana 39: Día 272: Coaching mental

Hoy decidí volver a terapia. Hice muchísimos años de análisis con la misma psicóloga, y siempre me criticaron no cambiar de profesional. Sinceramente he trabajado tanto con esta persona, que empezar de nuevo sería un retroceso para mí.

En los últimos tiempos estuve escribiendo sobre cuestiones mentales o de motivación. Siento que encontré un hilo conductor en varias repeticiones o compulsiones de mi vida. El running y el gimnasio se mantienen como las actividades que me hacen realmente bien, pero evidentemente me estoy desequilibrando con todo lo demás. No por nada estoy metiendo fondos de 50 km o más, y yendo cada vez más tiempo al gimnasio. Hoy conté 1 hora con 40 minutos desde que empecé la entrada en calor hasta que terminé de elongar después de todos los trabajos de musculación. ¿Es casualidad que paso cada vez más tiempo haciendo actividad física? Yo sospecho que no.

Me di el alta de análisis cuando empecé con Semana 52. Fue dar un salto al vacío, a ver qué pasaba. Sospechaba que este proyecto me iba a hacer bien, y así fue. Recuperé mi autoestima (o la desarrollé), cambié mi alimentación, y aprendí mucho sobre deporte y entrenamiento (cosas que pude aplicar en otros ámbitos de la vida). Cuando empezó mi crisis con mi ex, empezamos terapia de pareja. La terapeuta nos recomendó complementar con un análisis individual, así que llamé a mi antigua psicóloga, y retomamos hasta el día de mi separación. Como abandonaba mi departamento, eso de no tener lugar fijo donde vivir y no seguir compartiendo gastos me obligaba a hacer ajustes, así que dejé terapia.

Pero no siento que en primer lugar hubiese ido porque quería. Lo sentí como una obligación. Creo que podría haber vuelto antes porque me mudé a un departamento y recuperé mi estabilidad económica, pero no sentía la necesidad. Hasta recientemente, que me di cuenta que no estaba acompañando ciertos progresos físicos con lo mental. Me disperso mucho, busco patear las cosas para adelante, y en lo único que me puedo concentrar es en entrenar. Las facetas que tiene eso son infinitas, pero me gustaría explorarlas con un coach mental.

No sé si el psicoanálisis es la solución. Es un intento por hacer algo. He hablado muchas veces de motivación, probablemente sea hora de comprar lo que vendo y ser proactivo. Correr es terapéutico para mí, me sirve para reflexionar mucho, pero siento que necesito poder resolver ciertas cosas en las que me enrosco. Quizá sea una fase, o una forma de reaccionar ante la cercanía de la Espartatlón. No lo sé, pretendo averiguarlo…

Semana 35: Día 240: Recuperándome

El cuerpo humano nunca deja de asombrarme.

Ayer, sábado, corrí 70 km. Fueron prácticamente 7 horas, que por increíble que parezca, se me pasaron volando. Es difícil ser ajeno a los dolores que eso conlleva, en especial cuando paraba para comer o tomar algo, y arrancaba de nuevo la marcha. Era como que la máquina intentaba activarse y entrar de nuevo en ritmo era algo tortuoso, casi agónico. Pero a los pocos segundos, todo se acomodaba.

Era imposible correr con el cansancio de los 50 km del día anterior, y no pensar en “aquella otra carrera”. No sé si a otros atletas les pasará lo mismo, pero yo siempre vuelvo a mi primera maratón. Ese parámetro de esfuerzo descomunal, que hice por primera vez. Fue el 10/10/10, una fecha difícil de olvidar. Mis primeros 42 km, en 4 horas 6 minutos, que los hice con una mezcla de fascinación y espanto (igual que ahora). Recuerdo las piernas prendidas fuego en el kilómetro 30, la primera vez que sentí dolor y me convencí de seguir corriendo, lo mal que me sentí a los pocos minutos de cruzar la meta… en medio de esa euforia, las piernas me temblaban y sentía unos retortijones espantosos en el estómago, que poco podían disminuir mi alegría.

Los días siguientes sí que fueron bravos. Subir escaleras no parecía algo demasiado preocupante, el tema era bajar. Los cuádriceps se sentían atravesados por hierros incandescentes. Todo dolía, como un constante recordatorio de aquel esfuerzo titánico que había hecho. Fueron cuatro días de caminar como un zombie, de intentar disimular el estado de debilidad general que tenía.

Lo bueno nunca es gratis, dice Bucay, y agrega que uno siempre paga por adelantado. Llegué a esa instancia después de entrenar mucho, de dedicarle horas y horas a perfeccionarme y a preparar mi estrategia. Parte del costo de cruzar la meta por primera vez y de haberme convertido oficialmente en “maratonista” también fue soportar esos cuatro días de estado deplorable. Pero a mí me parecía un precio justo.

Casi cuatro años después me encuentro haciendo distancias que, en ciertos casos, duplican a la maratón. Ayer, cuando crucé la barrera de los 30 km, me hicieron notar que había superado el “muro”, al que tanto le temen los que no hicieron nunca una maratón. Esta vez no sentí piernas en llamas, ni el viernes ni el sábado. Tampoco sentí que las tripas se me revolvían al finalizar, y más allá del desgaste lógico que sentí en las rodillas, después de casi 12 horas de correr en asfalto (sumando ambos días), no me sentí particularmente una piltrafa humana. Por supuesto que cualquiera que me desafiase en una carrera durante el domingo me hubiese puesto en ridículo, pero las escaleras no me atormentan y después de caminar un poco casi que ya no siento secuelas.

Con el paso de los años, y quizás ayudado por la alimentación, el entrenamiento demostró acelerar el proceso de recuperación. Mientras antes una carrera me podía dejar en cama, con fiebre, ahora necesito un día de descanso para volver al ruedo. Seguramente mañana no esté al 100%, pero ya sé que puedo regresar de a poco. Esto me da muchas esperanzas para la Espartatlón… no solo para soportar el rigor de la carrera, sino para festejar después, en alguna playita griega, a la que acceda por mis propios medios y no en camilla…

Semana 35: Día 239: Fondo de 70 km

Ayer corrí 50 km, algo que mi cuerpo me pasó un poco de factura. Apenas terminé me fui a hacer unos trámites a Belgrano (o sea, llegué, elongué, me sequé un poco, me cambié y salí; ni me bañé porque no llegaba). Intenté cruzar una calle al trote y no pude. Las abdominales me dolían y las piernas no me respondían. En medio de la Ciudad me sentí en riesgo. ¿Cómo escaparle a los mortíferos automóviles? Me tenía que mover con cuidado.

Por suerte, caminar mucho me ayudó a aflojarme, y cuando estuve de regreso, con tiempo para una ducha, me sentía mucho mejor.

El día transcurrió sin muchos sobresaltos. Tuve que trabajar, sentado en la compu, algo que resulta especialmente difícil después de correr cuatro horas y media. Hoy lo hablaba con Mariano, compañero corredor, y me decía que era lógico. Pasar de tanto tiempo haciendo una actividad física a algo que es estático y netamente mental no es fácil. Yo sentía todavía la adrenalina, y sabía que al día siguiente me tocaba un fondo de 70 km.

Esto de meter dos distancias tan largas en días consecutivos en una forma de acostumbrar al cuerpo al cansancio y a tener que seguir la marcha casi sin recuperación. Obviamente es más fácil que correr 120 km todo seguidos, quizás hasta más sencillo que 100 km, pero igual era un experimento interesante: ver cómo reacciona el cuerpo y dónde están los límites.

Los entrenamientos de los Puma Runners arrancan a las 9 de la mañana en el Hipódromo de San Isidro, así que el plan era salir de casa a las 7 y correr los 21 km como para continuar allá con los 49 restantes. Por supuesto que arrancar fue bastante duro. No hacía tanto frío como ayer, y eso ayudaba. Tenía en mi mochila 1,5 litros de pinole, pretzels y fainá casera. Tenía poca batería en en celular, así que decidí llevarlo en modo avión y dejar los auriculares en casa.

En esos primeros kilómetros me dolían las piernas, particularmente los isquiotibiales. Pero no todo dolor es significativo, y con el paso del tiempo me iba acostumbrando. Empecé de noche, con pocos autos en la calle, pero enseguida empezó a amanecer. Me dio un poco de calor tanto abrigo, así que me fui sacando cosas: el buzo, los guantes (todo iba a la mochila).

Hice lo que me suele funcionar, que fue racionar el pinole cada 10 km, con una ración de 250 cc. Me los preparé en botellas de vidrio de medio litro de Gatorade, algo que alguno podría considerar irónico porque mi objetivo era abandonar por completo esta clase de bebida. Con una marcha tranquila y constante, siempre por la Avenida del Libertador, llegué a San Isidro. Me sentía cansado, y por primera vez pensé “¿Cómo voy a lograr esto?”. No llevaba ni un tercio del recorrido, 1:45 horas, y suponía que iba a estar bastante tiempo hasta llegar a la marca. Por suerte, no imaginarme cómo alcanzar una meta no quiere decir que sea imposible. Simplemente me dio un poco de inseguridad por el estado general de mi cuerpo, pero el cansancio y esas distancias no me son ajenas, así que seguí avanzando.

Llegué hasta donde se reunían los Puma Runners. Frené pocos minutos, pero alcanzaron para que me enfriara, por lo que me volví a abrigar con el buzo y los guantes. A partir de ahí era darle vueltas al Hipódromo, unas 10 veces. Por suerte tenía compañía y eso me ayudó a tener la cabeza despejada. Mientras mis compañeros de grupo se centraban en hacer abdominales y otros ejercicios de musculación en el suelo, yo corría con Mariano, un ex-Puma Runner que había venido de visita. Hicimos tres vueltas, que daba unos 15 km (35 de los míos) hasta que alguno de los chicos se sumó. Íbamos en patota, charlando. Yo recibía chistes de que andaba mariconeando, pero creo que no se notaba el esfuerzo que le estaba poniendo.

Me sentía mejor que en mi fondo del día anterior de 50 km porque estaba acompañado, pero físicamente estaba peor: al dolor de isquiotibiales se le sumó una molestia en las lumbares, y más tarde en la espalda, a la altura de los hombros. Mientras corría y mis compañeros de entrenamiento se iban rotando, pensaba cómo podía ser que sintiera esos dolores. O sea, ¿tenía que tomarlo como un indicio de que no estaba del todo preparado para distancias tan brutales con poco descanso? Los lectores habituales quizá no se hayan percatado todavía, pero esas molestias que sentía tienen un clarísimo origen: el miércoles fui a una clase de Crossfit, y mis dolores coincidían exactamente con los ejercicios que tuve que hacer. Este descubrimiento vino acompañado de un gran alivio. Si no hubiese sido por eso, quizá no hubiese sentido nada.

Es tramposo reducir lo que fueron 7 horas corriendo en unos pocos párrafos, pero es justo para el lector de este blog. Mantuve mi plan de 250 cc de pinole cada 10 km (por suerte la mochila quedó con el entrenador y no la tuve que llevar encima), me metí fainá en el bolsillo por si atacaba el hambre, tomé agua en el bebedero que hay en Fleming (comer sin hambre, beber sin sed), y frené solo para abastecerme e ir al baño. Lo genial de este circuito es que hay unos prácticos baños en una terminal de micro (aunque de dudosa higiene).

Corrí con amigos de diferentes niveles, algunos que no veía desde hacía rato, otros con los que nunca había dado una vuelta de 5 km, y en medio de la angustia de hacer un fondo tan largo, la pasé muy bien. Cuando terminé, a las 6 horas con 59 minutos, me estaban esperando con manzanas, pan, agua, bananas y colchonetas en las que me ayudaron a estirar. Llegando a San Isidro, 50 km antes, no me imaginaba cómo iba a ser terminar todo eso que tenía por delante. Era cuestión de paciencia. El alivio de llegar, sea a la meta de una carrera o al final de un entrenamiento muy exigente, es indescriptible. Lo logré con mucho huevo, la guía de mi entrenador Germán, y la compañía de mis amigos. Fue un gran sábado…

Semana 34: Día 233: ¿Qué es más difícil, empezar o continuar?

Hoy se armó un interesante debate cuando Germán, nuestro coach, compartió una frase con los Puma Runners: “Ver un nuevo día es saber que tenemos una oportunidad de volver a empezar”. La frase es interesante, sobre todo porque uno crea sus propias oportunidades, o sea que nunca es tarde para buscar un cambio.
Pero… ¿y si el proceso de cambio ya había empezado en nuestra vida? Alguien aportó: “¡Volver a empezar o elegir continuar con lo ya comenzado!”. Yo estaba de acuerdo con esto. Después de todo, continuar con algo recientemente incorporado es también una decisión. Pero después agregaron: “Creo que elegir continuar es un poco menos importante que empezar pero muy importante de todas maneras”. No me considero una eminencia en sostener las elecciones, pero me pareció importante hacer una salvedad: “Tomar la decisión de empezar es difícil, pero es la mitad del camino.Sostenerlo y no desviarte… eso es algo para no subestimar”.
Una elección de cambio es importante porque nos estamos valorando tanto como para hacer borrón y cuenta nueva. En mi caso fue despedirme de la comida chatarra, incorporar frutas y verduras a la dieta, hábitos más saludables… pero esa decisión hubiese tenido poco impacto si a los dos meses hubiese vuelto a mi vida anterior.
¿Es más difícil sostener el compromiso tomado que decidir tomarlo? ¿O es parte del mismo proceso? Porque para terminar una carrera tenés que llegar a la meta, pero también tenés que haber salido desde la largada. Dar el primer paso es muy importante, como también lo es dar el segundo, el tercero, el cuarto, y así… aunque el camino sea largo, hasta los pasos tienen un comienzo y un fin. Todos los días se elige volver a tomar el compromiso de avanzar.

Semana 32: Día 220: No tomar atajos

Cuando empecé con Semana 52, a mediados de 2010, tenía como meta no tomar atajos. Lo pensaba literalmente, corriendo todo lo que hiciera falta, dando el máximo siempre y el mínimo nunca. Me alegra saber que, casi cuatro años más tarde, sigo viviendo bajo ese mismo lema.

Nunca lo pensé para químicos o drogas que aumenten la masa muscular o el nivel de oxígeno en sangre porque, para qué negarlo, ni siquiera sabría dónde conseguirlo. La creatina por ahí es fácil de conseguir, y hasta me chicanearon en un principio con que siendo vegetariano lo iba a necesitar, pero para mí eso no era natural. Cualquiera podría decir que los geles tampoco son naturales, pero aunque me tomó tiempo, ya los dejé.

El que busca encuentra, dicen. Nunca busqué epo, droga que supuestamente abunda en el ambiente del running tanto como el ibuprofeno, y quizá por eso es que jamás me la crucé. Lo más cerca que estuve de ese efecto fue cuando volví de Cusco, Perú, lleno de oxígeno en mi sangre.

Germán, mi entrenador, siempre identifica a los papeados. Sabe verlos a lo lejos y nos incentiva a no intentar imitarlos. Yo puedo aspirar a marcar músculo y quizá que crezca un poco, pero tampoco demasiado. Sin embargo no estoy atrás de un químico que acelere un proceso que debería ser natural. Ayudo con la alimentación, pero al parecer hay gente urgida en el gimnasio. Y tampoco es que no se tengan que esforzar. Levantan mucho más peso que yo, pero lo levantan. De todos modos, prefiero mis modestos logros a base de hidratos y proteína que obtengo de un sándwich. No siento que esté poniendo mi salud en juego, y no me urge estar musculoso porque no hago lo que hago para que me vean.

Bueno, tampoco me molesta que me vean.

La ciencia se encargó de acelerar todos los procesos. Yo creo que se va a perder la satisfacción del esfuerzo, lo conseguido con el trabajo duro y la paciencia. Si no, tranquilamente podríamos tomar un atajo en una carrera y después reclamar nuestra medalla. Ahí nos estaríamos olvidando de que lo que importa no es la meta, sino el trayecto.

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