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La soledad del corredor de ultramaratones

La soledad del corredor de ultramaratones

Los lectores asiduos de este blog notarán que desde el regreso de Semana 52 le he dedicado poco tiempo a realizar entradas nuevas. Esto tiene una explicación y es que me estoy dedicando a cosas nuevas, pero relacionadas con el deporte y la motivación, que es mi norte en esta etapa de mi vida. Una de esas cosas es haber empezado un libro sobre running. No a leerlo, sino a escribirlo. Comenzó como una crónica detallada de mis 130 km en Patagonia Run y, si bien ese es el “esqueleto”, está evolucionando en algo muy personal, que describe qué pasa adentro de la cabeza de un corredor llevado al límite. Disfruté mucho leyendo “Correr, comer, vivir”, de Scott Jurek, y “Correr o morir”, de Killian Jornet, y dudo que ellos hayan sido los escritores (más bien juntaron sus anécdotas y un escritor calificado le dio un orden y una gramática decente. “De que hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami, seguro fue escrito por el autor.

Sí, he pensado en aprovechar mis largas ausencias en este blog e ir subiendo capítulos de a uno, pero como no estoy seguro de que sean versiones finales, y cada tanto se me ocurre intercalar algo en el medio, estoy indeciso. Por ahora puedo prometer crónicas de carreras, porque es material que después me va a servir para la página www.germandegregori.com, otro de los proyectos en los que estoy inmerso.

Pero bueno, dejando todo este preámbulo lleno de excusas de lado, lo cierto es que este último mes podría haber sido muy jugoso para este blog. Podría haber contado un proceso que estoy haciendo en el que me doy cuenta de que tengo una cierta tristeza adentro mío… Fue duro darme cuenta de esto, pero todo cobra sentido. Primero fue la comida, ese placer inmediato que desaparece cuando el plato está vacío o llegamos al fondo del paquete de galletitas. Comer porquerías no fue el camino a la felicidad perdurable. Después fueron las mujeres, en ese vano intento por creer que estar en pareja me iba a hacer feliz. Descubrí que estar de novio no es igual a estar acompañado, y que uno se puede sentir en soledad incluso viviendo con alguien. Luego llegó el turno a las carreras, en especial las ultramaratones. Esa felicidad que me daba cruzar la meta después de un esfuerzo descomunal… de nuevo se convirtió en algo efímero.

Murakami lo describía como al tristeza del corredor (runner’s blues). Después de correr 130 km en montaña, una de las experiencias más agotadoras de toda mi vida, me encontré con la horrorosa pregunta de “¿Y ahora qué?”. Descubrí que no puedo ir de ultramaratón en ultramaratón, intentando llenar un vacío. Peter Milligan decía que ni siquiera el océano podía llenar un balde agujereado.

Hoy salí a correr 50 km, porque ayer, en el entrenamiento, me di cuenta que ese objetivo mío de ir corriendo hasta Pinamar lo prometí para dentro de 4 meses. Pasa el tiempo y no estoy haciendo nada puntual para prepararme. Así que le dije a Germán que quería que me empezara a preparar, lo termine haciendo o no. Me dijo que con lo que estábamos haciendo en PUMA Running Team alcanzaba, que solo necesitaba agregar un fondo a la semana. Me dijo que corra 50 km, y menos de 24 horas después estaba despertándome, en una fría madrugada.

Me costó salir de la cama. Eran las 5 de la mañana. Hacía frío y el día anterior había corrido 24 km. Lo único que me entusiasmaba era probar en el entrenamiento un experimento culinario, unos rectángulos de harina de maíz con un poco de harina integral, salsa de soja, una pizca de sal y levadura de cerveza. Los bauticé “milanesas de maíz” porque parecen milanesas de soja, un poco menos duras, y con gusto a polenta. Me puse un par en cada bolsillo y me abrigué, mientras pensaba en que no quería salir. Llegué hasta el umbral de la puerta, con las llaves en la mano, y me detuve un momento. Me estaba mirando los pies, pensando en que solo tres personas sabían que yo iba a correr 50 km (cuatro conmigo). Nadie tenía por qué saber que me había quedado en casa. Podía prender la estufa, sentarme a adelantar trabajo, poner alguna serie en Netflix de fondo. Me puse a pensar, ¿qué es lo que realmente quiero hacer? Correr 5 horas sin parar no fue ninguna de las opciones que pasaron por mi cabeza. No me pregunten cómo, pero salí igual.

Originalmente iba a correr hasta la Reserva Ecológica, en Capital, y volver. Se me ocurrió que mejor iba a ser quedarme corriendo por el Hipódromo de San Isidro, porque ahí tenía bebederos y no iba a tener que preocuparme por la hidratación. Después me di cuenta que en realidad este razonamiento había sido una trampa de mi cerebro: muchas veces, por la cercanía a mi casa, pensé en desviarme, abandonar, y volver a mi cálido hogar. No lo hice.

Salí a las 6 de la mañana, lo que significa que me tomó una hora vestirme, desayunar y juntar fuerzas para salir. Estaba muy bien abrigado, así que no padecí el frío. Las veredas estaban absolutamente desiertas, así que corrí a mis anchas. Solo tuve que esquivar a algunos jóvenes que salían de bailar, todavía eufóricos.

Decidí recorrer todo el Hipódromo en forma de “S” y volver sobre mis pasos. Eso me daba unos 12,5 km, así que repetir el circuito ocho veces (cuatro idas y vueltas) me iba a ayudar a cerrar en 50. Terminando el primer cuarto de la distancia prometida, empecé a sentir un dolor en la rodilla derecha. “Sigo derecho hasta casa y cierro por hoy”, pensé. No me hice caso. Comí mi primera milanesa de maíz, tomé agua y salí.

A medida que amanecía se empezaban a ver celestes mezclados con naranjas en el cielo. A esa altura fue el pico de frío, pero estaba entrado en calor. Tuve que hacer una parada en el baño de la YPF (no entraremos en detalles). Venía mirando el reloj. Si terminaba, quería hacerlo en menos de 5 horas.

Pensé mucho en conformarme con lo que había hecho hasta ese momento. Cuando estaba cerca de la mitad de mi objetivo, entendí que con los 24 km del día anterior ya me podía dar por satisfecho. Conforme pasaban los kilómetros, reducía la velocidad. Los pies me dolían, las lumbares también. Urgente cambiar de zapatillas.

Me distraía con las canciones que sonaban en mi cabeza. Cuando se me pegaba algo insoportable, pensaba en “I Want It All”, de Queen, que es la mejor canción de rock de la historia y me sirvió cuando se me pegó “Bailando en la sociedad rural”, de Alfredo Casero, en mis 130 km de principios de abril (en aquella oportunidad, le cambié la letra a “Corriendo en la Patagonia Run”, que repetí en mi cerebro ad nauseum).

Con el sol y un ligero aumento de la temperatura, empezaron a aparecer otros corredores. Mi paso se hacía tedioso y, si me concentraba, podía acelerar un poco y lograr que mi reloj marcara un ritmo más rápido que 6 minutos el kilómetro. De nuevo sentí ganas de ir al baño y pensé en venir a casa, donde iba a estar en un entorno amigable y más cómodo que la YPF. De nuevo, trampas de mi cerebro.

Pasé los 30 km y dije “qué bueno no sentir el muro”. Al km 32 me arrastraba. Pero no me detuve más que para tomar agua. Incluso comía mis milanesas de maíz caminando o iniciando un trote. Para no aburrirme cambié el plan y empecé a darle vueltas al Hipódromo, cada una de poco más de 5 km. Cada vez se aparecía más gente, incluso familias con niños aprendiendo a andar en bicicleta, quienes ocupaban todo el ancho del camino. Un fastidio para los corredores.

Pasé los 42 km y recién un kilómetro después me di cuenta de que acababa de pasar la barrera que define una ultramaratón. Increíble pensar que 24 horas atrás ni siquiera sabía que iba a estar haciendo eso.

Los últimos 6 km fueron eternos. Pero aceleré, porque sabía que así iba a terminar más rápido. Pasé de 6:05 minutos el kilómetro a 5:30. Me dolía la espalda, la nuca, y los pies. Caminando en la tierra me clavé una rama que atravesó el costado de mi zapatilla, cual iceberg contra el Titanic.

Y pensé mucho por qué no quería correr. Si es algo que en los últimos años fue sinónimo de felicidad. Saqué algunas conclusiones, mientras corría. Al igual que con la comida, funcionamos en sistema. No existe un alimento milagroso que nos va a hacer bajar de peso o nos va a dar todos los nutrientes que necesitamos. Siempre hay que hacer combinaciones y no apegarnos a una sola cosa. Lo mismo, sospecho, pasa con la felicidad. No puede haber una sola cosa que nos haga bien, tiene que haber varias, todas empujando para el mismo lado. Por eso, estando triste o insatisfecho con mi vida, es obvio que correr no va a ser suficiente. Necesito más cosas que me hagan bien.

Estoy muy contento de haber hecho este fondo. No quería hacerlo porque no quería pensar. Me espantaba la idea de estar a solas con mi cerebro durante tanto tiempo. Completé los 50 km en 4:56:01, así que alcancé mi meta caprichosa de estar por debajo de las 5 horas. La rodilla no me molestó más que aquella vez, las ganas de volver a ir al baño a sentarme un rato desaparecieron, y ningún dolor fue lo suficientemente grande como para hacerme parar. Me costó imaginarme terminando esos 50 km, así que tuve que salir a comprobar que podía hacerlo. Pude pensar en qué cosas iba a hacer apenas terminara y que me hicieran bien a mi ánimo. Planifiqué una ducha caliente y unos cereales con leche de soja y banana. Después me di cuenta de que por hoy quería cambiar de fruta y le puse manzana cortada en cubos. Pensé en escribir esta reseña, y todas esas pequeñas cosas me entusiasmaban. Las hice y sentí mucha satisfacción.

Ahora estoy terminando esta entrada con mi gato sentado en mi regazo. No estoy del todo seguro de qué enseñanza queda cuando la cabeza dice que no a algo y uno lo hace de todos modos, pero sospecho que en el fondo de la semana próxima voy a tardar menos en esa batalla antes de salir a la calle. Algo que me abrumaba me terminó resultando más rápido de lo que me imaginé. Quizás por eso de que mejor que correr es haber corrido.

Así que, de a poco, volverán las sesiones de fondos donde tendré que abrazar esa soledad de la madrugada (mejor que el amontonamiento de padres y abuelos enseñando a niños a andar en bicicleta), en la que buscaré una canción que me guste para repetirla hasta el hartazgo, y en la que probaré nuevas recetas. Pensaba que la próxima milanesa de maíz podía ser dulce, con ralladura de limón y un poco de miel. Suena asqueroso, es verdad, pero hoy me di cuenta que hay que seguir el instinto cuando algo te entusiasma. Eso puede hacer que el resto de las cosas empiecen a acomodarse.

Aquella persona que fui

Hola. Mi nombre es Martín Casanova. Voy a contarles una historia que ya habrán escuchado.

Hace exactamente 5 años yo era otra persona. Tenía el mismo nombre, DNI, y hasta entrenaba con el mismo grupo de running que hoy. Pero me despreciaba. No me consideraba capaz de nada, vivía frustrado con mi cuerpo y con mi poca valentía. Decidí empezar a entrenar “en serio”, al menos por un tiempo. 52 semanas. Con eso tenía que lograr algo.

El truco, verán, fue ponerme ese plazo. Porque podía hacer todos los “sacrificios” posibles y luego volver a mi vida de depresión y excesos. Puse la palabra sacrificios entre comillas porque en ese momento, cuando era esa otra persona, creía que comer sano y entrenar regularmente era algo raro. Casi diría molesto.

Antes lo que yo creía que me levantaba el ánimo era comer. Le llamaba “recompensas” a comprarme alfajores, papas fritas y la última comida chatarra que hubiese salido de una oficina de marketing. Me fascinaban las galletitas Oreo, en especial las bañadas en chocolate. Pero por suerte compensaba mi gusto por los snacks y golosinas con ser vegetariano. Las Oreo tenían grasa vacuna refinada, entonces las dejaba de lado.

Pero… en Europa eran apto para vegetarianos, así que cuando podía viajar, me daba ese gusto.

Semana 52, tal el nombre de aquel (y este) blog, se convirtió en un éxito. No porque lo visitara mucha gente (creo que siempre tuvo un alcance muy modesto), sino porque logró un cambio profundo en mi forma de ser y en cómo me valoraba a mí mismo. Mi cuerpo cambió, la panza desapareció muy rápidamente y empecé a crecer deportivamente. Me di cuenta de algo muy valioso: yo tenía el control de mi vida. Si estaba disconforme con algo, lo podía cambiar.

Festejé la llegada a la semana 52 del blog yendo a correr a Grecia. Me pagué mi pasaje e hice un recorrido desde Atenas hasta Maratón, que le copié a Murakami en su libro “De qué hablon cuando hablo de correr”. Fue sacrificado, no estaba acostumbrado a hacer esa distancia, con el calor europeo de agosto, pero lo hice. Fui muy feliz de haberme esforzado y haber cumplido un sueño.

Al día siguiente, cuando ya podía empezar a caminar con cierta normalidad, fui al supermercado que estaba al lado del hostel. Fui derecho a la góndola de las galletitas y agarré del estante un paquete de Oreos bañadas en chocolate. Aptas para vegetarianos.

Se habían acabado los sacrificios y era hora de la recompensa. Un año de no comer chocolates, galletitas ni comida chatarra. Todo se terminaba ahí.

Pero yo no era el mismo Martín Casanova de antes. Aquel otro hubiese sido feliz (por 5 minutos) comiéndose eso. El Martín que era en ese momento se dio cuenta de que ese gesto era falso. No quería comer eso.

Las Oreo volvieron al estante. No recuerdo qué compré en su lugar, pero me queda esa revelación de que la verdadera recompensa era haber llegado hasta ahí, superándome a mí mismo, algo mucho más duradero que esos 5 minutos de felicidad que puede dar un alimento procesado.

El Martín Casanova que devolvió las Oreo a la góndola no es, tampoco, el Martín Casanova de hoy. Muchas cosas han cambiado en estos 5 años, y tiene que ver con ese descubrimiento de que uno progresa, muta. Esa es la constante en mi vida, aunque parezca paradójico: el cambio.

He decidido darle una nueva oportunidad a Semana 52. Volver a escribir y registrar quién soy hoy, en julio de 2015, para que el Martín que yo sea en 2016 pueda leer dónde estuve y, si las cosas salen bien, todo lo que crecí en esas 52 semanas.

Terma Adventure Race Tandil 2015

Terma Adventure Race Tandil 2015

La Carrera: Este clásico de las carreras de aventura se corre desde hace 16 años en la ciudad de Tandil. La conocí como “La Merrel Tandil”, y en mi inocencia jamás asocié que se trataba de un sponsor, y que actualmente llevaría el nombre de “Terma”. Sin embargo, el circuito es muy similar: ha variado levemente con los años, ganando terrenos más interesantes y perdiendo uno o dos kilómetros en el camino. Pero a efectos de esta reseña, diremos que la distancia total fueron los 27 km que declaraba la organización.

El recorrido de esta carrera comienza en la Plaza de las Banderas y es siempre una largada multitudinaria. Es emocionante ver cada año las caras nuevas de los corredores que se animan a conquistar las sierras. Hablar de la belleza de Tandil y su oferta turística sería extenderse demasiado en la reseña, pero cualquier carrera que se realice en esta ciudad tiene el plus de convertirse en unas agradables vacaciones.

Antes de la carrera en sí misma tiene lugar la entrega de kits, donde además tiene lugar una suerte de feria de running donde se pueden conseguir muchos accesorios útiles a precios razonables.

El día de la largada amaneció fresco pero rápidamente el sol levantó la temperatura. En siete años que participo de esta carrera de aventura nunca sentí tanto calor. Los días de marzo, el último del verano, suelen ser bastante cambiantes, y mientras tuvimos que acostumbrarnos a correr con frío o con lluvia, el pasado domingo disfrutamos (y sufrimos) de un imponente día soleado.

El recorrido fue muy similar al año pasado. Tengo la impresión de que la bajada a la cantera tuvo un sendero nuevo, más angosto, donde uno debía agachar la cabeza en ciertas partes. Quizá haya sido parte del año anterior, pero sin dudas es parte de los pequeños cambios en el recorrido que fue sufriendo la carrera. Nunca están de más, ya que aunque la haríamos si el camino fuese calcado, las novedades son siempre bien recibidas para los reincidentes.

Lo bueno: La organización por parte del Club de Corredores y la gente de Tandil suele ser muy eficiente, tanto durante la entrega de kits como en la competencia en sí. Tengo algunas observaciones que voy a dejar para la sección con los aspectos negativos, pero en general se destaca su prolijidad.

El recorrido es óptimo, ya que combina una pequeña parte de asfalto en la largada (en una eterna subida), caminos de tierra, pasto y muchas, muchas rocas. Para quienes entrenamos con responsabilidad todo el año, Tandil es una excelente oportunidad para poner a prueba todo eso que hemos preparado. La primera mitad es una prueba principalmente aeróbica, mientras que la segunda es técnica y aquí entra en juego lo que hayamos entrenado en cuestas. También es un buen entrenamiento en sí mismo para quienes estamos viajando en breve a carreras de montaña, como es mi caso con los 120 km de Patagonia Run. En lo que a mí respecta intenté moverme rápido, con poco equipo encima (solo una botella en la mano con algunas pasas), para aprovisionarme en los tres puestos de hidratación (dos de ellos tenían comida). Así pude probar en dónde estaba parado (no de forma literal) en cuanto a mi potencia de piernas y ver cómo se comportaban mis nuevas zapatillas Asics pisando rocas sueltas.

Lo malo: Aunque el saldo de esta edición de la Adventure Race es positivo, hubo una situación que colmó mi paciencia, y por lo que pude escuchar la de otros corredores. Quienes me conocen saben que soy vegano, y como atleta de alto rendimiento me preocupo mucho por lo que consumo, tanto en lo que respecta a alimentos como bebidas. No creo que los beneficios de las bebidas isotónicas como el Gatorade y el Powerade estén por encima de lo nocivo que es llenarse de azúcar, colorantes y jarabe de maíz de alta fructosa. Pero mucha gente considera que es importante y no está mal que la organización ofrezca este tipo de bebidas. Sí me sigue pareciendo un acto de inconsciencia que el agua de los puestos sea solo la de bajo contenido de sodio. Cualquiera que se dedique a investigar va a poder comprobar que a menos que tengamos problemas de hipertensión, los corredores necesitamos bebidas con un nivel de electrolitos similar al de la sangre. Está bien, la opción es hidratarse con Gatorade, pero quienes estamos harto de que nos llenen de azúcar necesitamos una opción saludable en la que podamos correr más de tres horas sin jugarnos la vida. Para el Club de Corredores esto no es prioritario.

Hasta aquí esto es una apreciación muy personal con la que pocos podrían estar de acuerdo. Pero mientras en el recorrido uno toma su agua o su vaso de Gatorade para beber y seguir corriendo, la llegada a la meta es una combinación de euforia con el cansancio que empieza a hacerse sentir. No tomé la botella de Gatorade que me ofrecieron, y directamente pedí la de agua (con bajo sodio). Salí del corral de la llegada, bebí y me puse a estirar. El sol estaba fuerte, así que fui a pedir otra botella, porque además quería volver, subir la sierra, y acompañar a cualquier corredor de mi equipo que necesitara ayuda. Pero me lo negaron. “La verdad que no nos dejan”. La respuesta me sorprendió mucho, en especial porque gasté media botella de mi propia agua en limpiarle un feo corte en la rodilla a una corredora que se había caído, y la otra mitad en un corredor que rogaba a ver si a alguien le sobraba un poco de líquido.

La organización, que es la que prohibió que se diera más de una botella de agua a los corredores que habían pagado su inscripción, no tiene en cuenta que muchos no corremos con dinero para ir a comprar bebida, que traemos lo puesto y que seguramente agotamos toda nuestra bebida en la carrera. Ya no consideran que sea importante el sodio en los deportistas, pero tampoco el calor ni la necesidad de hidratarse. En la carpa médica comentaban que este fue uno de los años en que más tuvieron que atender a corredores que se desvanecían, en consonancia con un día bastante caluroso. ¿Era justo la edición para escatimar el agua? Realmente me frustró y amenazó con amargarme una mañana que, hasta ese momento, había sido perfecta.

El veredicto: La Adventure Race de Tandil es una carrera exigente, bien organizada, pero no por eso menos riesgosa. El terreno es muy técnico como para subestimarlo. Las cosas que funcionan de la organización hacen que uno pueda disfrutarlas de punta a punta si se está preparado, pero lamentablemente a veces a uno lo tratan como un número, en lugar de como un ser humano.

Puntaje:
Organización: 6/10
Kit de corredor: 8/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 3/10
Nivel de dificultad: Para corredores avanzados

Puntaje final: 6,50

Semana 52: Día 358: Un fondo de 20 km en Italia

Hoy hice mi anteúltimo fondo antes de la gran carrera de mi vida. Fue una ocasión muy especial para mí, porque pude conectarme a través del running con la cuna de mis antepasados.

Correr es una de las mejores formas de conocer un lugar. Lo hice las últimas veces que estuve de viaje, ya sea en Río de Janeiro para la Maratona o el año pasado en Londres, París y Barcelona. Ya tenía programado correr 20 km, dos veces, antes del 26 de septiembre (no puedo creer que falte tan poco), y hoy me tocó hacerlo en Ortona, Italia.

Mi idea era levantarme temprano, pero todavía tengo cruzados los horarios, así que basta decir que salí de la casa de Rocco, primo segundo de mi papá, hacia la costa del pueblo, a un horario en el que en Argentina todos duermen (bueno, excepto los trasnochadores y los que salieron a bailar). Estaba nublado, así que no pude practicar en el calor similar que hará en Grecia. Espero que en mi próximo fondo, el lunes, sí lo pueda experimentar.

Salí con una de las remeras con las que voy a correr, así como las calzas y las zapatillas. Mi idea también era probar toda la ropa que voy a usar. De la casa de Rocco y Anna María hay que bajar unos cuantos metros hasta llegar al nivel del mar. Los sábados por la mañana varios ortonenses eligen este circuito de 2 km para entrenar, así que me sumé a esta movida.

Esta vereda está al costado de una vía, por lo que no hay cruces de calles. Todo termina en la subida de una autopista, que se cruza por debajo, y lleva hasta una larga escollera que desemboca en un pequeño faro colorado.

Mientras hacía este circuito varias veces me imaginaba a los Casanova de antaño, escapándose de los bombardeos durante la Segunda Guerra, y cómo mi bisabuelo había escapado muchos años antes y había echado raíces en Argentina. También pensé en la Espartatlón, en los dolores que voy a sufrir y en cómo los voy a aguantar. No tuve molestias en el metatarso, pero sí me tira un poco en los tobillos, sensación que tengo desde hace varias semanas y que, aunque me alarma, nunca me ha impedido correr.

Si bien lloviznó durante quince segundos y el sol nunca salió, estaba pesado y un poco caluroso. No sé si será el clima que voy a encontrarme en Atenas, pero necesitaba correr y lo disfruté mucho.

Mañana partimos temprano al aeropuerto para volar a Atenas, última parada antes de correr la gran ultramaratón. Todo está en orden en mi vida, y mientras corría pensé que si no llego a destino, no tengo nada de lo que arrepentirme. Eso es lo más parecido a la felicidad que sentí en mi vida.

Semana 51: Día 351: Último fondo de 50 km

Hoy corrí el que se va a convertir en el último fondo largo antes de viajar a Atenas y correr hasta Esparta. Curiosamente lo hice en un ritmo muy alto y no terminé cansado.

Varias veces mi nutricionista, Romina, me había recomendado la maca, producto que nunca podía encontrar en las dietéticas. Ayer, finalmente, compré una bolsa de medio kilo, jugada que podríamos considerar arriesgada, porque si no me gustaba me iba a sobrar demasiado. Pero me di cuenta que este energizante no tiene gusto, así que no pasó nada.

Me preparé una nueva receta de pinole, con la harina de maíz, agua, maca y miel. Es más rápido que procesar las pasas de uva y aparentemente tenía muchos más carbohidratos, algo que preocupaba a Romina. Como la idea era terminar antes de que empezara el entrenamiento con el Puma Running Team, no me quedó otra que acostarme lo más temprano posible (terminó siendo a las 10 de la noche), levantarme a las 3 de la mañana y salir a las 4.

Todavía estaba oscuro, pero para nada fresca. Salí con mi mochila, pasas, algo de pan, pinole y la FM Blue en los auriculares. Pasé junto a un boliche con gente esperando para entrar… lo que quiere decir que la noche estaba en pañales. Alcancé el primer bebedero al km 8, crucé el puente que está junto a la cancha de River Plate, y cuando estaba promediando los 10 kilómetros, tomé el primer pinole. Estaba muy pero muy empalagoso. Me quedó el recuerdo de que tenía que ponerle mucha miel para endulzar el té, así que a una botellita de medio litro le puse dos cucharadas soperas, y quizá fue demasiado. Me costó pasarlo, no soy muy amigo de lo dulce, pero lo hice porque era una de mis pocas fuentes de energía.

Llegué a provincia, pasé por la costanera de Vicente López, volví a tomar agua en un bebedero que estaba por el km 14, tomé Libertador, crucé por el frente de la Quinta de Olivos, doblé al pasar junto a la terminal del Tren de la Costa, llegué a Acassuso y ahí trepé la cuesta de Perú hasta llegar al Hipódromo de San Isidro, donde me esperaba Marcelo. Llevaba poco más de 22 kilómetros, y me tomé otro pinole. Hice un gran esfuerzo, porque me resultó intragable (y eso que mi fórmula anterior no es precisamente exquisita).

El plan era darle vueltas a ese gran circuito del Hipódromo hasta completar mi fondo de 50 y el de 30 de Marce. Además pude dejar la mochila en su auto y correr sin peso sobre la espalda. Aproveché el bebedero que están en Márquez y me acoplé al ritmo de mi compañero, que estaba más fresco que una lechuga. Yo llevaba bastantes kilómetros encima, pero me sentía bien.

Mi impresión es que esa fórmula de miel+maca es muy efectiva. Corrí a menos de 5 minutos el kilómetro, después de haber estado trotando más de dos horas, y me sentía fantástico. Cada dos vueltas, que dan unos metros más que 10 kilómetros, íbamos al auto, tomábamos o comíamos algo, y seguíamos. Pero después de mi tercer pinole dije basta. No podía seguir tomándolo, me revolvía el estómago. Como lo tomaba cada 10 kilómetros, para el 40 lo dejé de lado y me comí medio sándwich de tofu con el pan integral que hago yo mismo (lleva harina integral, semillas y pasas de uva).

Si bien tenía energía de sobra y si daba seis vueltas terminaba en 54 km, decidí cortar en 50 para no arriesgar nada y no exigirme más de lo que me había dicho Germán, mi entrenador. Terminé contento, con energía y la confirmación de que me quedaba mucho resto para seguir. Pero preferí guardarme para la carrera, en nada más que 13 días.

Cuando terminé empezaron a llegar los chicos del Puma Running Team, y yo oficié de fotógrafo. Seguramente las fotos salgan en el Facebook del grupo. Y mi única secuela de estos 50 km ha sido una ampolla en un dedo del pie… ¿por qué es SIEMPRE en el izquierdo?

Este fue mi último fondo, y por suerte terminé bien, muy entero y tranquilo. Me da mucha confianza para la Espartatlón, el último viernes de este mes…

Semana 50: Día 349: Cuenta regresiva a Grecia

Faltan 7 días para que viaje a Europa. ¿Qué cosas tengo pendiente antes de poner un pie en Atenas?

Primero, compromisos laborales. MUCHOS. Los voy resolviendo como puedo, intentando vencer al sueño, el tedio y los nervios. Tengo dos cómics de Los Simpsons por plantar, uno de ellos lo tengo que traducir, más un libro de 190 páginas de Hulk y revisar otras publicaciones diseñadas por otros. Son cosas que hace un año me enloquecían de felicidad y hoy las hago con cierto fastidio.

Pero esa es la parte aburrida de mi vida. El viernes voy a ver a Romina, mi nutricionista, con quien vamos a cerrar el plan alimentario para la carrera. Ella me asesora desde que empecé con Semana 52 y hasta ha colaborado económicamente con el viaje, como tantas otras personas. Mi idea es verla ahora y lo más pronto posible a mi regreso, para medir los cambios que se produzcan en mi cuerpo después de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta.

En cuanto a running, este sábado tengo un fondo de 50 kilómetros, el último largo antes de la carrera. Me siento confiado que llego bien, y me entusiasma mucho seguir probando la ropa que me donó Puma para la carrera (nunca hay que estrenar prendas el día de una competencia). Tengo dos pares de zapatillas por ablandar, así que las voy a ir alternando para poder disponer de ambos en la Espartatlón. El lunes será mi último entrenamiento con el Puma Running Team, porque el miércoles ya estoy volando desde el Aeropuerto de Ezeiza hacia Roma.

Italia va a ser mi entrada a Europa. Cuando lleguemos con mis papás al Aeropuerto de Fiumicino nos tomaremos un micro hasta Pescara, donde se encuentran los Casanova que no abandonaron el viejo continente. Van a ser dos días en este pueblo, algo alejado de Roma, en el que seguro meteré un fondo de 20 km. El 21 de septiembre, día de la primavera en Buenos Aires pero del otoño en Grecia, estaré llegando a Atenas. Supongo que al día siguiente voy a hacer otro fondo de 20 km, el último antes de la Espartatlón. El 23 recibo a mi equipo en el Aeropuerto Venizelos y a partir de ahí puliremos la estrategia, iremos a buscar el kit de corredor, e intentaré dar rienda suelta a mi cholulismo y charlar dos palabras con Dean Karnazes. Este inmenso atleta y motivador ha sido infinitamente citado por mí, y sería un honor para mí poder hablar con él y sacarme una foto. El día de la carrera, obviamente, pienso seguirlo aunque sea un kilómetro.

En el medio, por supuesto, tendré distintos pequeños desafíos, como encontrar opciones veganas en Roma y en Atenas, descansar, actualizar el blog, monitorear el sitio de 300runners.com, y descansar. Sé que ya lo había dicho, pero tengo que hacerlo el doble de lo que vengo haciéndolo en casa…

Faltan 7 días para viajar, 15 para correr. No. Puedo. Más.

Semana 50: Día 346: ¡Zapatillas nuevas!

¿Serán estas zapatillas las que use para correr en Grecia? No hay mucho margen para experimentar con otro calzado… creo que me tendré que hacer amigo de este nuevo par…

Hace tiempo que vengo pensando con qué voy a correr la Espartatlón. ¿Zapatillas de aventura, que me dan estabilidad? ¿De calle, que son livianas y optimizan la energía? Estuve probando diferentes pares en los últimos meses con resultados dispares. Nunca salí de la marca Puma porque son buenas y dentro de las marcas de mejor calidad no son las más caras. Siempre anduve bien con Asics, pero su precio hoy en día es prohibitivo.

Las últimas zapatillas con las que entrené, las Faas 500, anduvieron bien. No fueron una cosa espectacular, pero yo venía de entrenar con las 600 y me vivía torciendo los tobillos. Por eso pasé a las Nightfox, que si entendí bien no las hacen más. Esas sí son especialmente pensadas para aventura. Con estas tenía estabilidad, pero eran pesadas, y en 246 km cada gramo cuenta.

Como decía, las Faas 500 anduvieron bien. No puedo decir que me cabiaron la forma de correr, pero hay una simple razón: no debe existir un calzado que se aguante este volumen de entrenamiento. Recuerdo cuando cambiaba mis zapatillas una vez al año, y ahora como máximo cada tres meses. A 17 días de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta, era hora de cambiar los neumáticos. Ya venía sintiendo dolores en los pies, en especial en los tobillos. El calzado que tengo ahora, las Faas 1000, no me van a dar tanta estabilidad, pero tienen muy buena amortiguación. Las probé ayer y volví a sentir algo que hacía mucho no sentía: comodidad.

No corrí demasiado con ellas, apenas 6,3 km. En Grecia voy a tener que correr 39 veces más que esa distancia, pero el hecho de que sean livianas y cómodas me parece un buen combo. Creo que lo más importante es que absorban el impacto del asfalto para que no repercuta en mis articulaciones ni en mi espalda. En una primera impresión anduvieron bien. Vamos a ver cómo siguen estos próximos días. Quizá este nuevo par sea el que me lleve hasta la meta. Más les vale.

Semana 50: Día 344: Un fondo bajo el diluvio

Se acerca la Espartatlón. Faltan poquísimos días y el entrenamiento entra en su etapa final. Poco me imaginaba que en el fondo de esta mañana me iba a enfrentar a un verdadero diluvio.

Dicen que la suerte no existe. Coincido en gran parte con este precepto: uno elige su propio destino. Pero no me quiero meter en el karma ni en si Dios juega a los dados con el universo. Hay una sola faceta en la vida diaria del corredor en donde influyen agentes externos que podríamos definir como suerte, y se trata del clima. El pronóstico del tiempo nos adelanta con bastante certeza lo que va a pasar en las próximas horas, pero uno igual se la juega sin tener el porvenir definido.

Yo ya sabía que iba a llover durante el viernes y el sábado, pero no tenía forma de saber a qué hora ni por cuánto tiempo. Cuando ayer fuimos a la acreditación de la media maratón parecía que se iba a caer el cielo, pero cuando salí de mi departamento casi que sale el sol, y no cayó una gota en todo el camino.

Estos últimos días del invierno del hemisferio sur no han sido muy fríos. Tuvimos alguna semana complicada, pero nada que ver a los 16 grados que hacía hoy. Me desperté a las 5 de la mañana para prepararme el desayuno y salir a entrenar. Me tocaba hacer un fondo antes de entrenar con los Puma Runners, y la distancia que separa mi casa de la base son unos 22 kilómetros, que puedo hacer en 1:45 hr, a veces en 2:00. Me pareció que podía hacer un poco más, así que calculé como para meter 30 kilómetros, y que después el entrenador decidiera.

No sentía frío, así que solo me puse unas calzas cortas, un pantalón, medias zapatillas (con las plantillas nuevas) y una remera. Era todo con lo que iba a salir, más algo de comida en los bolsillos. Pero empecé a dudar de si me iba a arreglar, después de todo quería llevarme un sándwich de tofu para después, más algo de ropa de recambio… así que después de dudar un poco, me calcé la mochila y ahí sí, salí.

No por mucho tiempo. Afuera empezaba a lloviznar. Apenitas. Subí nuevamente a mi departamento y me puse un rompevientos que es un poco impermeable. Dudé en llevarlo porque su impermeabilidad hace que también sea caluroso. Terminé saliendo poquitos minutos pasados de las 6 de la mañana. Aguanté el rompevientos unos 900 metros hasta que me lo saqué y lo guardé en la mochila. Cinco minutos después empezaba a llover. Y la lluvia se convirtió en aguacero. Y después en diluvio. Y después en baldazos de agua. Era como correr abajo de la ducha.

Por suerte (acá es donde entra este factor ajeno a nuestra influencia) no hacía calor, así que toda esa agua no me preocupaba. Fue inevitable volver unos años atrás, cuando ni siquiera me imaginaba que me iba a convertir en un corredor, y ver por la ventana del tren cómo un hombre entrenaba, solo, dando vueltas al Velódromo de Escalada bajo una lluvia torrencial. Hoy me convertí en ese hombre, el que enfrentaba a las fuerzas de la naturaleza en pos de entrenar. Dos automovilistas, en momentos diferentes, me tocaron bocina. Uno levantó su puño, en señal de apoyo. Me sentí, por un instante, un buen ejemplo.

Hice mi camino de siempre. Cuando corrí por debajo de la autopista, sentí un alivio especial porque salí por unos segundos de esa ducha incesante. Comí mi pan con semillas, mis pasas de uva, y en los bebederos tomaba agua, aunque casi que podía levantar la vista, abrir la boca y dejar que toda esa lluvia me hidratara.

En muchas partes tuve que hundir mis pies en el agua. Si no veía el suelo, bajaba la velocidad y caminaba dando zancadas largas. Por el bajo de Olivos, junto al tren de la costa, el camino estaba todo inundado. Sentí que juntaba información valiosa para darle al entrenador. Era obvio que no nos iba a convenir venir para ese lado.

Cuando finalmente uní Retiro con San Isidro llevaba esos 22 kilómetros que me imaginaba. Le di dos vueltas al Hipódromo y me detuve finalmente con esos 30 kilómetros que buscaba. Eran las 8:45 de la mañana, temprano todavía, ya que los Puma Runners se juntan a las 9. Aproveché esos minutos extra para elongar y comer otro poco de pan integral.

Ahí fue cuando miré el celular y vi que desde las 7:30 se había suspendido el entrenamiento (porque, claro, diluviaba). No hubiese tenido forma de verlo a tiempo, el mensaje cayó mientras yo llevaba como 15 kilómetros. Además, de haberlo visto, no hubiese hecho ese fondo, que me dejó bastante conforme. Así que vi el lado positivo de las cosas (otro fondo adentro), me abrigué y me fui a tomar el tren a casa. Toda mi ropa de recambio estaba empapada, pero al menos era manga larga (y no hacía frío).

Las seis cuadras que separan la terminal de tren de Retiro y mi departamento se me hicieron largas. Fue el único momento en que sentí frío, y temblaba como una hoja. Pero al llegar a casa y sacarme toda la ropa mojada pude sentir el placer de ponerme unas medias secas, además del orgullo de haber enfrentado yo a las fuerzas de la naturaleza… y no haberme arrepentido.

Semana 49: Día 339: 288,85 km en un mes

Depende de quién lo mire, podría decirse que durante agosto corrí mucho, o muy poco… yo prefiero decir que fue “lo justo”.

El tema de las distancias de entrenamientos en un mismo mes es algo que te puede hacer perder toda tu confianza si te comparás con otros corredores. Hoy vi a un compatriota decir que en este mismo período había corrido más de 700 kilómetros. Y me pregunto… ¿cuánta diferencia hace?

Yo combiné fondos largos (50 a 70 km) con trabajos de piernas y técnica. Disfruto mucho correr y me encantaría hacer 200 km semanales, pero no encontraría el tiempo y va en contra de lo que dice mi entrenador. Preferí seguir su plan (que mal no me está yendo) y descansar mucho.

Siento que la autoconfianza es clave para llegar a la meta. Se supone que si llego a Esparta voy a sumar en un día y medio 246 km, lo que me podría dar uno de los meses con mayor distancia en el cuentakilómetros.

No me falta nada a nivel físico. Corrí 120 km en julio y sentí que podía seguir. Me recupero rápido después de estos fondos y me acostumbré a correr con dolor (metatarso, tobillos, ampollas). Lo físico está, no es lo que otros corredores hacen, pero dudo que exista una fórmula que sirva para todos. Antes estaba convencido de que no podía correr una maratón sin tomar un gel cada 8 kilómetros, y ahora corro 50 km con pan y pasas de uva en los bolsillos. Cualquiera estaría en derecho de decir que estoy loco, pero a mí me funciona.

Depende de qué decida mi entrenador, pueden quedarme uno o dos fondos antes de la carrera. Supongo que todos en Buenos Aires.

El fin de semana corro la media maratón de la Ciudad, donde voy a acompañar a dos debutantes. Me va a ayudar a relajarme y a volverme a conectar con el que era cuando empecé. Lo mejor que uno puede hacer, como atleta y también como persona, es no preocuparnos por lo que falta, sino mirar hacia atrás para valorar lo lejos que hemos llegado.

Semana 49: Día 337: Entrenando con los Teams Puma

Hoy se dio un evento muy entretenido que fue un entrenamiento colectivo entre todos los Puma Running Team: el de Zona Norte (al que pertenezco), Puerto Madero y Palermo, este último jugó de local porque nos juntamos por esa zona.

La experiencia fue interesante porque de golpe triplicamos la cantidad de alumnos. Había, por supuesto, tres entrenadores, y pude comprobar que cada uno tiene sus códigos y su modo de entrenar. En turnos de 20 minutos fuimos rotando, en grupos mezclados, para entrenar técnica con uno, pasadas con otro y suelo (o musculación) con Germán, mi coach habitual.

Gracias a que nos mezclaron pude encontrarme con otros corredores, algunos mucho más veloces que yo (esto fue una novedad y un buen ejercicio para el ego). Pude intercambiar anécdotas con otros atletas, y escuchar de un chico que hizo su primera maratón en 4 horas. No es nada destacable eso, pero la primera mitad corrió a 7 minutos el kilómetro y el restante a 4, cuando se dio cuenta de que estaba yendo demasiado lento. Otra que empezar en forma conservadora… Le dije que los seres humanos hacemos el camino inverso, arrancamos con todo y terminamos bajando.

El cambio me vino bien porque Palermo me queda más cerca que San Isidro, aunque si hay una próxima vez y es en Puerto Madero, tendría la posibilidad de salir de casa 10 minutos antes… Es interesante ver qué zonas de la Ciudad se pueden aplicar para un entrenamiento combinado. Hice pasadas a toda velocidad, me reí mucho con los ejercicios de técnica (sobre todo con los que desconocía) y pude comprobar que la práctica hace al maestro. En nuestro grupo los burpees, que tanto odiamos, los manejamos con bastante soltura, mientras que los chicos de otros grupos que lo hacían por primera vez tuvieron dificultades, primero para entender cómo hacerlo y segundo para que les salga. ¿Y no es eso progresar? Todos fuimos un desastre el primer día, y aunque no estamos para dar clases de burpees, al menos ahora podemos hacer diez seguidos.

El día ayudó y nos acompañó el sol. Además conocí a gente de Puma que me aseguró que me van a dar ropa para la Espartatlón. Eso espero, ¡realmente la necesito! Fue un día relajado, aunque el entrenamiento haya sido intensivo. Ahora me queda descansar para enfrentar el fondo de 50 km de mañana.

Grecia espera…

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