Archivo de la categoría: dolor

Semana 49: Día 338: Otro fondo de 50 km

 En este último día de agosto hice un fondo de 50 km, siempre definido a último momento (como la vida misma). Estaba la duda de si correría 70, pero Germán estableció esa distancia, en medio de un fin de semana de trabajo y venta de pilas de cómics viejos.

Tengo algunas molestias en los pies que me preocupan un poco. No demasiado, lo suficiente como para prestarle atención y pensar alternativas. Creo que tiene que ver con el calzado y las plantillas, que las estoy por cambiar. Por las dudas, tomé un par de zapatillas más viejas pero más resistentes, a ver si cambiaba en algo. No cambió en nada.

Salí a las 6 de la mañana, apostando cumplir todo en 5 horas y estar a las 11 en casa, porque recibía gente que se venía a llevar cajas y cajas de historietas. Por suerte estamos golpeando las puertas de la primavera, así que el clima era ideal. Ni muy frío, ni muy caluroso, como para estar en remera y pantalón corto.

El calzado que llevé, mis viejas Puma Nightfox, me resultaron más cómodas que las Faas 500 (el problema es que es un modelo discontinuado). Las sentí más estables, aunque las molestias en el metatarso y en el tobillo izquierdo (cuando realizo ciertos movimientos poco habituales) siguieron estando. Me relajé todo lo que pude y corrí, que es lo que mejor me sale.

De nuevo decidí experimentar un poco con los límites y no llevarme mochila ni pinole. Quería tener el menor peso posible en la espalda. Llené mis bolsillos con pasas de uva y pan integral, y en el cinto hidratador metí dos caramañolas de agua que sumaban 500 cc. La idea era ir parando en algunas canillas y bebederos, teniendo esa ración encima como soporte. La vez pasada me había funcionado, y por suerte esta vez no fue la excepción.

Me gusta mucho salir en ese horario porque hay poquísima gente en la calle y se puede correr tranquilo. Nunca faltan los que vuelven muy alegres de bailar. Esta vez me gritaron “¡Vamos, Rocky!”, y debo confesar que es una bocanada de aire fresco que no te griten Forrest Gump.

Con el correr de las horas, mientras se hizo de día, las calles se fueron llenando de corredores y de gente que paseaba sus perros demasiado abrigados (ellos, no los perros). En la costanera de Vicente López estaban armando las estructuras de la Carrera Sustentable de Makro, 8 km que temí me entorpecieran mi entrenamiento a la vuelta. Nada me hubiese gustado más que la liberación del puente que desemboca en la cancha de River, pero la distancia no iba a llevar ese evento tan lejos. Una pena.

Esta vez hice un tiempo mayor que el fin de semana. No me sentía particularmente cansado, pero estas molestias en el pie izquierdo hacen que pise mal, y empecé a sentir un entumecimiento, como si estuviese a punto de acalambrarme. A eso se le sumó una ampolla en el dedo anular (¿se le dice así aunque no lleve anillo con la frecuencia de la mano?). Más el tobillo, se generaba una masa de tensión, así que me concentré en pisar “normal”, relajado, y no tensionarme. Fue lo más difícil de este fondo (así que podríamos decir que no fue tan complicado).

Volviendo desde San Isidro pasé por la Carrera Sustentable, pero como había empezado hacía 40 minutos, no pude mezclarme con la gente. Solo estaban los que caminaban la participativa, y vi correr a toda velocidad al cuarto de la general.

Todo venía según lo planeado, hasta que faltando 5 kilómetros sentí un dolor punzante en esa ampolla del dedo anular del pie izquierdo. Fue como si se reventase y mandara shocks de electricidad hasta el centro del cerebro. Empecé a preguntarme si necesitaba los dedos de los pies para correr, y si existía la posibilidad de cortármelos de una vez por todas. Sé de ultramaratonisas que se sacan las uñas porque igual se les van a caer… así que, ¿por qué no?

Decidí tomar un camino menos drástico y no parar. Sé por experiencia que uno se acostumbra al dolor. Frenar, por el contrario, hace que la molestia cese, y cuando quiero arrancar es mucho peor. Tuve, sin embargo, dos semáforos en rojo que me obligaron a detener la marcha, mientras insultaba al sistema automatizado del tránsito. En todo el recorrido frenaba para tomar agua, y ahora me tomé mis caramañolas trotando, volcándome un poco el líquido por la cara. Era preferible a parar.

Terminé el fondo en la esquina de mi casa, en 4:50 aproximadamente. Un ritmo muy bueno para el Espartatlón (sobre todo considerando las veces que paré y me tomé todo el tiempo del mundo para ir al baño y esas cosas). En la puerta del departamento me esperaban los muchachos que venían por las cajas de cómics, 10 minutos antes de lo previsto. Disimulé mi paso dolorido por la ampolla, les pedí disculpas por recibirlos todo transpirado, y pasé a recibirlos en mi departamento. Mi fondo había terminado.

Semana 48: Día 336: ¿Por qué todavía no me lesioné?

El listado de atletas argentinos que participaban de la Espartatlón era de 13 corredores, un récord. Consideremos el dato de que en toda su historia, la cantidad de mis compatriotas que la habían terminado era de 11. Si le sumamos el bendito promedio de finalistas, que ronda el 30%, se supone que solo cuatro la íbamos a terminar este año… con suerte.

Tuve una sensación muy extraña al enterarme de que uno de los inscriptos, y quien ya la había terminado el año pasado, se bajaba. Después otro por haberse lesionado. Más tarde un segundo relataba haberse hecho una tendinitis (en un relato que me puso la piel de gallina, con él tirado en un banco, llorando, cuando comprendió que no iba a poder correr en Grecia). Y se le sumó otro experimentado atleta que no iba a viajar por problemas estomacales que le hacían imposible correr y alimentarse correctamente (en esta brutal ultramaratón es clave).

Todos estos experimentados atletas, algunos finalistas en varias oportunidades, decidieron que su cuerpo no los podía acompañar y a un mes de la carrera anunciaron que se bajaban. La primera impresión es la de la compasión. Uno está en igualdad de condiciones, intentando juntar dinero de donde sea (con la dificultad que es para nosotros con nuestra moneda, muy débil ante el euro). Si la Espartatlón significa tanto para mí, para ellos debería ser algo similar. Me acuerdo las veces en que decidí no correrla (o que me dijeron que no podía hacerla), y fue duro aunque estaba a muchísimos meses de la largada. Hacerlo tan cerca de la fecha… es fuerte.

La siguiente sensación pasa a ser un poco más egocéntrica. ¿Por qué esto no me pasó a mí? Tuve lesiones que me dejaron sin poder correr en el pasado, pero no fue durante mi entrenamiento para la Espartatlón. Tampoco estaba yo haciendo el volumen que hacían algunos de estos “pesos pesados” del ultramaratonismo. Nunca llegué a correr 500 km en un mes, por más que sentí que tenía que llegar a los 800 km mensuales. Germán, mi entrenador, encaró el trabajo por otro lado, diferente a lo que compartían otros espartatletas. Me siento listo, a pesar de que no cumplí los requisitos “obligatorios” que recomendaban muchos finalistas (uno decía que si no corrés 100 km en menos de 9 horas, ni te molestes en participar).

Repaso entonces mis dolores. El metatarso todavía me molesta, no al nivel de antes, y estoy convencido de que es porque necesito cambiar de zapatillas. Lo mismo el tobillo izquierdo, que cuando hago progresiones o arranco en forma explosiva me molesta (una técnica de carrera que no voy a necesitar aplicar en Grecia, para nada). Después de mi último fondo me molestó un par de días el hombro izquierdo, como una contractura. Al día siguiente me contracturé el derecho. Creo que tiene que ver con el descanso (o la falta de él), y la obvia tensión de acumular kilómetros con un calzado inapropiado. Y las ampollas en los dedos chiquitos de los pies.

Todas cosas que no me van a dejar afuera de los 246 km de Grecia, y que tengo la esperanza de que se acomoden apenas me llegue mi nuevo calzado. Quizá Germán me cuidó lo suficiente para que no me exija de más, aunque estoy tirando fondos largos (el domingo me tocan 50 km nuevamente).

Confieso que me preocupa un poco que otros compatriotas experimentados se lesionen ANTES de la carrera… ¿qué nos queda cuando lleguemos? Supongo que es preferible “romperse” allá. La frustración va a ser la misma, dudo que haya consuelo para el que esté abandonando lejos de casa.

Toco madera. Todavía nada me hizo sentir que mi participación peligraba, y con inteligencia y cuidado, nada me va a pasar. No puedo decir que necesite “suerte”, porque eso ya sabemos que es algo que no existe.

Semana 48: día 333: Un fondo de 50 km

Bueno, en el entrenamiento de ayer no hice nada para estar descansado para hoy… así que me levanté a las 5:30 de la mañana, desayuné, preparé la ropa, mi comida y salí. Afuera me esperaba el frío más áspero del año.

Decidí seguir experimentando los límites. No por el clima, sino por la comida y lo que iba a llevar encima. El último fondo largo que hice, de 70 km, fue en día domingo y estuve solo, así que cargué con mi mochila todo lo que iba a consumir. El circuito que me armé contempla varias canillas y fuentes, así que el tema del agua estaba algo cubierta… solo llegué una botella con agua, que después iba reponiendo. Después me hice dos botellitas de pinole, y como intento solo usar envases de vidrio, el peso en mi espalda iba en aumento. También llevé pasas de uva, galletas de arroz y fainá. Hoy quise hacer todo lo contrario.

En lugar de llevar mochila me puse unos pantalones cortos con bolsillos con cierre. En uno puse cuatro rodajas de pan integral con mix de semillas. En el otro un montón de pasas. También me puse el cinto hidratador, el cual contenía el celular, las llaves, algo de dinero y… dos caramañolas (¡de plástico!) con 250 cc de agua cada una.

El plan fue ir hasta los bebederos, con mi propia hidratación como backup si entre canilla y canilla no llegaba. Y con una remera térmica de manga larga, guantes y un buff en la cabeza y otro en el cuello, salí. El frío se sentía: 4,5 grados de sensación térmica, gracias al viento que hacía. Pero con lo que llevaba de abrigo, y habiendo entrado en calor, no lo sufrí en absoluto.

Salí a las 6:15 de la mañana, con el objetivo de estar a las 11 de regreso, ya que venía gente a buscar cosas que había vendido. Hice mi recorrido habitual de Figueroa Alcorta, Costanera de Vicente López, el bajo de Martínez, y por San Isidro, en una canilla ubicada estratégicamente, pegué la vuelta. Evidentemente el no llevar mochila me ayudó, porque hice bastante rápido. Recorrí esos primeros 25 km en 2 horas 8 minutos. Nunca pasé sed, y cada 10 km, en lugar de tomar mi clásico pinole, me comía una rebanada de pan. Cada tanto masticaba unas 5 pasas de uva.

Cuando salió el sol la temperatura subió… dos décimas. Tuve 4,7 grados de térmica y recién en el centro porteño empecé a sentir verdadero calor por el abrigo que llevaba. Me saqué los guantes un momento, pero en ciertas avenidas se formaban unos túneles de viento que en un instante me congelaban las manos, así que decidí abrigarme y aguantarme hasta llegar a casa.

La vuelta no fue tan rápida como la ida, además de que empecé a sentir molestias en el metatarso y el tobillo izquierdo. Definitivamente ese es mi pie malo. No llegaba a ser un dolor que me hiciera sentir en riesgo, pero creo que modificó un poco mi pisada, porque se me contracturó el hombro del mismo lado. Me resultó tan raro, siendo que no llevaba mochila… pero faltando uno o dos kilómetros me empezó a molestar, a la altura del homóplato… y bueno, como todo, aguanté hasta llegar.

Terminé en 4 horas con 34 minutos. Como dije, la segunda mitad más lenta que la primera, pero así y todo debe haber sido uno de mis fondos de 50 km más rápidos. Creo que mis molestias son señal de que tengo que cambiar mis plantillas y mi calzado… estoy en eso, pero hasta que me lleguen no puedo correr descalzo…

El próximo fin de semana correría 70 km, y quizá sea mi último fondo largo hasta la carrera, porque en tres semanas se viene el viaje… y con cada día que pasa, entrenar se vuelve más complicado. Igual todavía sigo disfrutando de estos enormes esfuerzos, y me siento muy confiado para Grecia…

Semana 47: Día 328: Lo que no te mata, te fortalece

Si tuviese que decir qué fue lo último que aprendí corriendo, debería decir que fue la tolerancia al dolor.
En mi vida he sufrido fracturas, golpes, esguinces, y todo eso antes de empezar a correr. Haber llegado a un entrenamiento intensivo me llevó a conocer un abanico de nuevos dolores que me obligaban a tragar saliva y seguir avanzando.
Muchas veces estuve acompañando a alguien en una carrera o un entrenamiento, y en mi rol de motivador intenté que se fuerce más allá de sus límites. “El dolor es pasajero”, les decía. Y me tocó estar corriendo con dolor en los tobillos o el metatarso izquierdo y pensar si yo forzaba a otras personas mientras sentían algo similar. Creo que me aguanté por el deseo de mantener una coherencia.
Me da la impresión de que eso que uno se aguanta fortalece el carácter. Al menos en una ultramaratón es muy probable que algo duela y haya que seguir. El máximo ejemplo es Scott Jurek, quien ganó una carrera con un tobillo hecho una pelota y otra (una carrita llamada Espartatlón) con un dedo del pie fracturado. 
Aguantar el dolor y seguir te fortalece el carácter. Uno le escapa a estas situaciones, pero yo creo que cada experiencia le quita el rótulo de “desconocido” a las cosas. Al menos, la siguiente vez que te enfrentes al dolor, es algo a lo que estarás un poco más habituado.
“El dolor es vida”, dicen. Y además es un gran maestro. Por eso sé que la Espartatlón, la termine o no, me hará un hombre más sabio. Con eso me alcanza…

Semana 46: Día 321: Próximo fondo largo de 70 km

Este sábado me toca nuevamente un fondo de 70 km. Es probablemente la distancia máxima que haga de acá a la Espartatlón. Es increíble cómo en otras épocas esta distancia me parecía imposible, y ahora es simplemente un entrenamiento.

Quizá la distancia varíe. Voy a correr hasta Tigre y volver al Hipódromo, como para estar a las 9 de la mañana en San Isidro y engancharme con el entrenamiento de los Puma Runners. Eso me va a dar 50 km y supongo que ellos harán 20 km, o quedaré como un mentiroso.

Toda esta joda me obliga a salir de casa a las 4 de la mañana. Si tengo todo preparado de la noche anterior (pinole, ropa, etc) me podría levantar 3:30, desayunar y salir. Pero siempre me atraso. Como sea, voy a salir de noche y estaré las siguientes 5 horas solo, la calle y yo. Y algunos que salen de bailar, también.

Estos fondos voy a hacerlos sin música. En parte porque se me volvieron a romper los auriculares que me compré (los hacen muy frágiles a propósito), pero también porque no me quiero desacostumbrar a estar únicamente en compañía de mis pensamientos, tal como va a ser en la Espartatlón donde está prohibido correr con reproductores de música. Creo que es necesario tomar noción del tiempo y apropiarse de esa sensación. Si no, la perspectiva de correr una ultramaratón de 246 km te destruye mentalmente.

Haré lo posible por descansar, pero ya siento la presión del viaje, de las cosas que tengo que dejar listas antes de salir… posiblemente el vuelo de ida a Roma, el 17 de septiembre, sea lo primero que descanse como se debe. Me encanta viajar, es algo que me motiva muchísimo, pero a la vez me estresa horriblemente, y siempre que me voy me siento en falta por algo que no pude resolver antes de viajar. ¿Será esta aventura en Grecia la excepción? Lo dudo.

El tobillo no me está molestando tanto como antes, así que tengo la esperanza de que en este fondo no va a ser un problema. Correr tranquilo nunca me molestó, pero superar las 5 horas de pavimento es exigente para cualquier cuerpo, dolorido o no. Me enteraré de todo el sábado a la madrugada.

Semana 46: Día 320: Ese maldito tobillo

Con el correr de los años y los kilómetros voy descubriendo nuevos dolores, algunos en partes del cuerpo que rara vez me habían dolido antes. Ahora fue el turno de mis tobillos.

No recuerdo exactamente cuándo empezó, así que no podría decir qué fue lo que lo provocó. Posiblemente tenga que ver con el uso de la plantilla con realce que usé un tiempo y que me provocó fuertes dolores en el metatarso izquierdo. Como me duele el tobillo derecho externo y el izquierdo interno, deduzco que tiene que ver con una inclinación de mi cuerpo. También tengo la teoría de algún mal movimiento haciendo burpees, sumado a la fatiga de los entrenamientos.

Corrí la Adventure Race de Pinamar ya sintiendo estas ligeras molestias. No le di tanta importancia y durante la carrera no sufrí dolores, pero esta carrera de aventura es muy irregular y los pies bailan entre montículos de arena, piñas, raíces, pozos… es factible que eso haya empeorado algo previo. Lo cierto es que posterior a esta carrear empecé a sentir cada vez más dolores. El sábado pasado hice un fondo de 22 km antes de empezar el entrenamiento con los Puma Runners y descubrí esa molestia que tenía que ver con la rotación del pie y no con correr. Dependiendo de si apuraba el paso o pegaba un salto (para subir un cordón) el dolor aparecía o no.

En el entrenamiento hicimos abdominales, y cuando llegó el momento de saltar sobre bancos para trabjar cuádriceps, me di cuenta que un simple salto me hacía doler mucho, en especial el tobillo interno izquierdo. Ahí decidí guardarme y no seguir corriendo (después de todo ya llevaba 26 km encima). El lunes no fue diferente, la molestia estaba ahí. Correr no me dolía, pero esprintar y saltar hacía que el dolor aparezca y no se quiera ir.

Con el correr de los días fue cediendo, y lo que me tranquiliza es que el trote tranquilo no me afecta en lo más mínimo. Incluso probé un sprint y pude hacerlo sin problemas. Pero la sensibilidad sigue estando.

Nada de lo que me pasa me hace sentir que la Espartatlón está en peligro. Y sé que en el caso de que me doliese, correría igual. No sé en dónde está mi límite, pero el dolor del metatarso me dio bastante tolerancia al dolor. Estuve horas corriendo, acostumbrándome a la molestia, abrazándola. Me mantenía enfocado, cauteloso. Esto lo voy a encarar del mismo modo.

Si me cuido y no pego saltos ni hago un sprint explosivo, probablemente se vaya en unos días. A menos de un mes y medio de la carrera, nada me va a detener…

Semana 45: Día 314: Parado

Hace un tiempo que mi muela de porcelana se fugó y me dejó un incómodo hueco. Esto es una herencia de mi muela cariada, que con muchos años de azúcar y golosinas fui alimentando hasta que dejó una profunda marca en mí. Ese diente se agujereó, me hicieron un tratamiento de conducto, me pusieron una prótesis malísima y a los 15 años se salió. Aparentemente no suelen durar tanto, así que debería considerarme afortunado.

El tema con esta nueva muela es que hoy me calza en un momento donde estoy entrenando mucho, tanto en el gimnasio como en largos fondos. Y ya tuve una intervención donde sacaron todo lo que quedaba de raíz, que me dejó unos días sin actividad física, y ahora me pusieron un perno, que también me deja sentado en el banco.

Como siempre en estas situaciones igual fui a ver el entrenamiento de los Puma Runners, y sentí un poco de nostalgia al verlos tirarse al piso a hacer burpees, técnica de carrera y progresiones. Estaba en jean y zapatillas no aptas para correr, pero igual tenía ganas de largar todo y unirme a ellos. Es duro cuando la motivación está pero uno se tiene que guardar. Al menos esto coincide con el momento en el que empiezo a cuidarme y a bajar el ritmo de los entrenamientos. A poco más de un mes de viajar a Europa ya no queda mucho más por mejorar, es solo mantener y seguir avanzando con la estrategia de carrera.

Es curioso que un tratamiento para algo tan pequeñito como una muela tenga tanta secuela. Me cosieron y todo. El médico me dijo que tomara calmantes solo si dolía, cosa que por ahora no pasó. Sí tuve la leve sensación de tener dolor de cabeza, tan en esa zona que no pude evitar relacionarlo. Esta es la segunda intervención que me hacen, todavía falta que me saquen los puntos el martes y que me coloquen la prótesis… quién sabe cuándo. Pero ya pagué todo el tratamiento, así que espero que esto acabe pronto.

El sábado ya se levanta la veda y pienso ir a entrenar corriendo. Van a ser 22 km extra, además de lo que hagamos ese día con el resto del grupo. Me va a venir bien para calmar las ansias y recuperar el tiempo parado.

Semana 43: Día 297: Sigo en pie

Después de haber corrido 120 kilómetros, reconozco que me resultaba muy trabajoso caminar. Hacerlo lo hacía, pero no sin mucho esfuerzo y resistiendo el dolor. Me fui a dormir con un fuerte dolor de piernas… y me desperté once horas y media después casi como nuevo.

Nunca voy a dejar de sorprenderme cómo se adapta nuestro cuerpo. Antes me tomaba cuatro días dejar de sentir dolor en los cuádricep después de completar una maratón, ahora solo necesito una noche de buen sueño para reponerme de casi tres maratones consecutivas.

Hay molestias que siguen. El metatarso izquierdo, que no me complicó mientras corría, hoy pica un poco. El tobillo derecho también se queja. Pero es casi lo único. Hay un poco de contractura en la espalda, que por suerte ya se está yendo. Me pregunto qué procesos están ocurriendo en mi interior que no percibo ni veo. ¿Estará mi hígado recuperado? ¿Habrá vuelto la sangre a sus valores normales? ¿Seguiré en estado de alerta, con niveles elevados de endorfinas y adrenalina?

Hoy estoy yendo a entrenar. No creo que participe demasiado. Quizá con trabajo en el suelo, algo de abdominales, después de una entrada en calor tranquila.

También estoy para volver al gimnasio, si logro además acomodar la agenda. Pero me siento bien, cerca de recuperarme del todo, y eso renueva mi confianza en que puedo terminar la Espartatlón. Es cuestión de no aflojar y seguir avanzando.

Semana 42: Día 288: Un fondo de 70 km

Dormí pésimo. Me acosté unos minutos antes de las 22 y la alarma estaba puesta a las 3 de la mañana. Pero daba vueltas en la cama, preguntándome si me había quedado dormido, si había escuchado el reloj… tenía tos, dolor de garganta. En un momento no aguanté más, me levanté y miré a ver qué hora era: 2:59. Arriba.

Desayuné, me vestí, guardé las cosas en la mochila (fainá, pinole, algo de abrigo para después) y salí. Faltaban 10 minutos para las 4 de la mañana. Creo que nunca salí tan temprano. Los boliches todavía estaban a pleno, pocos autos en la calle y un clima ventoso. Harían unos 12 grados. No quería arriesgar nada, así que tenía puesta una remera térmica, un rompeviento y un pañuelo en el cuello.

Desde que me hice plantillas nuevas y le puse un realce al talón del pie derecho, vengo lidiando con un dolor en el metatarso izquierdo que no termina de irse. Como ya se lo saqué, esa molestia va cediendo, pero igual sigue ahí. Mi consuelo es que antes no podía hacer 7 km sin que aparezca, y estaba todo el fondo aguantando, intentando acostumbrarme. Puro huevo.

Seguí mi plan de ir hasta Tigre. Pasé por mis puntos intermedios, donde tomo agua en bebederos (kilómetro 8 y 15), además de ir tomando mi pinole. Cuando sentí algo de hambre, comí un poco de fainá, como hice al pie de una canilla (un bebedero no oficial) en el kilómetro 25. Como salí tan temprano, nunca amanecía. La vez pasada que corrí 70 km y llegué al monumento a los remeros el sol estaba saliendo. Ahora seguía la noche cerrada y todavía no estaba en la mitad.

Decidí seguir por la costa hasta donde se pudiese correr, llegar a la mitad de mi fondo y pegar la vuelta. No sé si fue una buena idea porque me metí por zonas muy oscuras en las que no se veía un alma. En todo mi trayecto hay mucha iluminación y algo de tráfico, como para no sentirse tan desamparado. Pero en ese momento, como buen porteño, me dio un poco de miedo estar en ese barrio bonaerense. Pueden ver mi recorrido en este link.

Emprendí la vuelta cuando llegué a los 35 km, justo después de tomar un poco de agua de mi botella. Me alegró regresar a zonas más iluminadas. Mis zapatillas V2 TR no son muy buenas en ciertas veredas húmedas. Si hay canto rodado o alguna superficie un poco patinosa, me siento a punto de caerme. Es algo que con las Nightfox no me pasaba, y tiene que ver con que esta suela es más dura. En asfalto voy fantástico, pero correr patinando es horrible. Fui tensionado, apretando los pies para no caerme.

Como siempre, cada 10 km tomaba pinole. No pude evitar sacar algunas fotos al amanecer en el Tigre. Los paisajes son un espectáculo que disfruto mucho, algo indivisible de los fondos largos. Llegué donde hacen base los Puma Runners, unos minutos antes de las 9 de la mañana, con 50 km encima. Era fantástico, porque solo me quedaban cuatro vueltas al Hipódromo para cerrar. Hice la primera solo mientras el resto iba llegando. Se me hizo especialmente larga, no sé por qué, pero al menos pude dejar la mochila y correr sin peso extra.

Para mi segunda vuelta el resto del grupo ya estaba entrenando progresiones y burpees, así que tampoco pude engancharlos para que me acompañen. Salí nuevamente solo. Acá pasó algo extraño, el reloj se detuvo (quizá lo había parado yo sin querer), así que me comió más de 1 km. Decidí forzarme a seguir hasta que marcara 70 km. Eso que midió de menos se lo sumaría cuando bajara la información a internet.

Ya en la tercera tuve escolta, y venía fantástico. Comparado con mi fondo anterior , donde el dolor estaba presente constantemente, me sentí espectacularmente bien. Pero claro, llegó la última vuelta. Ahí la compañía era mucho más numerosa. Todo el tiempo había sentido una ligera molestia en el metatarso, y en algún punto me pareció que el pie se agarrotaba y que estaba a punto de acalambrarme. Lo cotrarresté corriendo relajado, no intentando forzar nada. Y funcionó. Pero cuando iba 66 km el dolor pasó de una intensidad de 3 a 8. Apreté los dientes y seguí. Los chicos me hablaban y yo no respondía. Estaba muy concentrado. Me preguntaron si me dolía y asentí. La tensión que sentí en ese momento, el estrés, fue bastante importante. Me llevaba el deseo de terminar. Sabía que al instante en el que parara (aunque fuera un minuto), el dolor desaparecería. Fueron 4 kilómetros muy largos, muy tensionantes, pero faltando 400 metros aumenté la velocidad y terminé con todo lo que tenía.

Fueron 7 horas con 5 minutos para esos 71,80 km (aunque mi reloj marcó 6:56 y 70,17 km). Físicamente terminé muy bien, solo que se me hizo una ampolla con sangre en el dedo chiquito del pie izquierdo, y me corté con una uña del derecho. Un cortecito muy chiquito, y parecía un efecto especial de una película clase B. Obviamente que el metatarso no me dolió más desde el instante en que dejé de correr. Me toco, me aprieto, y no siento absolutamente nada. Al menos ese dolor que tenía que tragarme a partir del kilómetro 7 ahora me castigó en el 66. A ese ritmo, quizá desaparezca para la Espartatlón. Y si no… será cuestión de aguatarme. Es hacer esto mismo pero 2 veces y media más. Quizá peque de optimista, pero me parece que es algo que voy a poder hacer…

Semana 39: Día 268: Lo que aprendí corriendo con dolor

No me puedo olvidar de la anécdota de Scott Jurek, quien unos días antes de correr su segunda Spartathlon, le dio una patada a un mueble estando descalzo y se rompió el dedo chiquito del pie. Como no está de acuerdo con enmascarar el dolor ni con los corredores que toman ibuprofeno de a puñados, no le quedó otra que aguantarse. Se entablilló, se untó remedios caseros, pero a la larga tuvo que correr los 256 km con un dedito quebrado. Y, por supuesto, ganó.

Siempre pienso en eso cuando yo siento un dolor. Probablemente el correr ultramaratones signifique, inevitablemente, que partes de tu cuerpo te duelan y que tengas que seguir. No queda otra. Habiéndome fracturado tres veces (las clavículas y la tibia, por suerte en ocasiones distintas) siento que he conocido un amplio espectro de dolores. También he sufrido cálculos en el riñón (mi paso previo a abandonar las gaseosas y, más tarde, volverme vegetariano), me he golpeado con picaportes, marcos, patas de camas y recientemente le di con todo al borde de la puerta de un auto. Pero empezar a correr fondos largos me abrió la puerta a un universo de dolor que desconocía.

Recuerdo la primera carrera en la que una lesión en la rodilla me impedía seguir. Ahí aprendí a sobreponerme a la frustración y avanzar. Al principio caminando y después trotando cuando descubrí EL paso que aliviaba el esfuerzo sobre la lesión. Esta jugada es la más peligrosa del running, porque generalmente la compensación hace que duela en la pierna contraria. Y esto es un poco lo que me está pasando ahora. El realce en la plantilla del pie derecho, para compensar mi asimetría, me genera un dolor muy agudo en el metatarso izquierdo. A casi un mes, sigue firme como el primer día. Hasta ahora lo resolví como Scott Jurek: sin enmascararlo, aguantándolo y recordándome: “No todo dolor es significativo”.

En mi fondo anterior, de 27,5 km, un poco harto de esa molestia, le saqué el realce a la plantilla. No hubo ningún cambio. En los 70 km de ayer, me unté Voltaren y tomé Keterolac sublingual, mandando a Scott Jurek a la puta madre que lo parió. Hubo un período de calma, pero el dolor volvió, más fuerte que nunca. También sufrí una importante ampolla, de esas que tienen sangre adentro. No era la primera vez que corría con dolor, pero me doy cuenta ahora que aprendí mucho de estas experiencias.

Nada te educa en humildad como enfrentarte a tus propias limitaciones. Nada te fortalece tanto como vencer a la adversidad. Es imposible que estas cosas no te cambien. Ser consciente del dolor y seguir adelante hace que, a la larga, uno pase un umbral. No sé por qué, pero eso que duele en un momento cede, y todo lo que queda es la zancada. ¿Por qué pasa? ¿Hay algo en la irrigación sanguínea, como aventuraba ayer mi amigo Nico? ¿Entumecimiento de las terminales nerviosas? ¿Un cambio a nivel psíquico? Hoy no lo sé, pero lo que sí sé es que no hubiese soportado 7 horas continuas de dolor. Ni siquiera cinco o tres. Cuando los dolores aparecían eran fuertes, intensos, pero cada tanto se iban. Esto me obligaba a disfrutar y ser consciente de esos períodos de “bienestar”, en los que el acto de correr una ultradistancia se convertía en algo absolutamente placentero.

Otra cosa que me enseñó el soportar el dolor es que la mente se detiene en tonterías. ¿Estás cansado? ¿Bajaste el ritmo? ¿Te duelen los cuádriceps? ¿La mochila te pesa? ¿El buzo te da calor? Correr con el metatarso en llamas hace que todo eso pase a un segundo plano. Ya ni me daba cuenta de las secuelas de estar corriendo distancias de ultramaratón. En todo lo que pensaba era en mi zancada y qué podía hacer para mitigar el dolor. Decidí no recurrir más a analgésicos. Si el bienestar que me daban duraba un par de horas, de poco me van a servir. No pienso destrozarme los riñones o el hígado por tomar medicamentos. Lo que ayer descubrí que me servía era frenar. Ni caminar ni bajar el ritmo: detenerme. Aproveché cada instante en que tenía que tomar agua o pinole para ese descanso de unos segundos. Contrario a detenerse por miedo o falta de confianza, para mí eran pequeños objetivos y pequeñas recompensas. ¿No aguantaba más y necesitaba frenar? Okey, cuando llegara al kilómetro 55. Así fui tirando hasta el final.

Estoy convencido de que correr sin dolor es preferible a estar sufriendo. Lo que no te mata te fortalece, de acuerdo, pero a mí también me gusta disfrutar del running. Ayer tuve que ponerle mucha garra y sobreponerme a una frustración inmensa. Haberlo logrado le dio al entrenamiento un sabor a triunfo inexplicable, pero ahora mi objetivo es volver a correr sin molestias. Por eso voy a abandonar la talonera y darme un par de semanas más, a ver si el metatarso deja de molestar. Quizá esto eche por tierra mi plan de pasar a un calzado más liviano (pero con menos estabilidad). Es algo que tengo que sopesar.

Con la Espartatlón a tres meses, no tengo tanto tiempo para adaptarme a una nueva forma de correr. Es un riesgo que tengo que asumir: zapatillas pesadas para no perder estabilidad, o calzado liviano para gastar menos energía (a riesgo de torcerme más fácilmente los tobillos). Siendo que mi objetivo está en una carrera que es casi exclusivamente asfalto, no me tendría que preocupar tanto por las torceduras. Es hora de tomar esa decisión, y ver qué pasa en los próximos días.

A %d blogueros les gusta esto: