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3899,24 km en un año

Ha llegado el final de Semana 52. No solo logré todos los objetivos que me había propuesto al comenzar, sino que fui superándolos y encontrando nuevos. Este es mi modo de darle un cierre a este proyecto, lo que no significa que no esté comenzando uno nuevo.

En estas 52 semanas corrí 3900 kilómetros. ¿Es mucho? ¿Poco? Saquen sus propias conclusiones. El primer año en que hice esto, 2011-2012, fueron 2272,09 km. El período 2012-2013 fueron 2598,59 km. En esta última temporada de Semana 52 sumé 1300 km a todo el año. Pero comparado con los entrenamientos que hicieron otros espartatletas, cualquiera podría considerar que me quedé corto. Si lo que valen son los resultados, llegué a la meta y eso es lo único que para mí cuenta.

Durante Septiembre, mes en que corrí el Spartathlon, sumé 415,33 km (por supuesto, más de la mitad fue esta ultramaratón). Al terminarla dije que no volvería a correrla. Hoy escribo esto 4 semanas después, y ya no estoy tan seguro. No siento que tenga una cuenta pendiente, pero hay algo que se abre paso desde el fondo de mi cabeza, una pregunta que dice… “¿Y si intentamos hacerla sin lesionarnos?”. Además dicen que las chances de finalizar el Spartathlon disminuyen cuando uno busca un segundo triunfo. La confianza de haber llegado suele jugar en contra. Pero bueno, estoy tranquilo, sin ansiedad. Esta carrera me dejó hecho una seda.

Me pareció importante escribir esta entrada para darle un broche final a Semana 52. Me emociona releer el primer post y recordar que mi meta máxima en julio de 2010 era llegar a correr 80 km. Me parecía una salvajada. En el Spartathlon llegué a esta distancia y empecé a sentir dolor. Entonces apreté los dientes y corrí 160 km más. En aquel entonces, mientras empezaba entusiasmado y con una actitud positiva desconocida en mí, jamás se me hubiese pasado por la cabeza correr esa distancia. Tampoco hubiese creído que me iba a volver vegano, y mucho menos que iba a aceptar la promesa de no afeitarme durante dos meses después de terminar este sueño (ya voy un mes y no la soporto, por más que me quieren convencer de que me queda bien).

¿Cómo sigue mi vida? Como saben mis más allegados (y adelanté bastante en la entrada en que hacía mi reseña de la carrera), sufrí un desgarro con inflamación que me dejó usando muletas durante casi tres semanas. No pisar con el pie derecho hizo que, al momento de empezar a caminar, me doliera tanto la planta del pie como la lesión, por la falta de costumbre. La recuperación fue lenta pero constante. Al principio lo único que me calmaba era mantener el pie elevado (y los analgésicos, que en Buenos Aires me suspendieron). Ir al baño, o sea poner el pie hacia abajo, era una tortura, porque la sangre bajaba al tibial y al tobillo y el dolor era espantoso. Así que me aguanté bastante esos días.

Caminar, las primeras dos semanas, estaba fuera de discusión. Todo era muletas, de acá para allá. Pero me las arreglé, hice caso, me puse hielo, y de a poco empecé a recuperar la movilidad del pie. Los dedos dejaron de estar adormecidos, y ya no me dolía al tacto. Empecé a levantarme, a pisar, a doblar a la altura del tobillo, y la hinchazón fue bajando. Ayer, sábado, exactamente 4 semanas después de haber terminado la carrera más gloriosa de mi vida, pude correr por primera vez. Fueron 5 minutos. Me sentí poco ágil, con una sensación de acortamiento en el tibial. Pero ahí estaba trotando, después de gritar de dolor por intentar pararme, luego de haber hecho los últimos puestos de asistencia llorando. Fue una sensación maravillosa.

De a poco estoy volviendo, sin que se me pasen todavía por la cabeza compromisos que quiero hacer ya. Me imagino que correré la San Silvestre, porque es una linda tradición. Seguramente haga la Demolition Race de Pinamar, en Diciembre, porque vamos a ir todos los Puma Runners. Pero qué haré en 2015 es un misterio para mí, y me gusta así.

Mi prioridad, desde que regresé de Atenas, fue recuperarme, y estoy a 7 sesiones de kinesiología de lograrlo. En el centro donde me estoy atendiendo me sugirieron empezar a correr de a poco, y los traumatólogos que me atienden se sorprendieron de lo rápido que desapareció la hinchazón y cómo está regresando mi movilidad. Insisto, todo esto es un pequeño precio por haber cumplido el sueño de mi vida, uno que empezó hace tres años.

Alguno hará una observación interesante. Hoy no tengo un sueño de vida. Y para tranquilidad de todos, digo que está bien. Tampoco lo tenía antes de empezar a correr. Creo que mucha gente no lo tiene, o lo que es peor, lo tiene y no hace nada para conseguirlo. Yo aprendí que no importa lo imposible que parezca ese sueño, está en uno salir a buscarlo. Si lo logramos o no podría no ser lo más importante, porque lo que vale es lo que uno incorpora en el camino a conseguirlo. Me animo a decir que salí muy cambiado de todo esto. Estoy relajado, tomándome las cosas con mucha calma, y sobre todo muy feliz conmigo mismo.

Ya llegará, eventualmente, un nuevo sueño. Lamentablemente no habrá blog donde comentarlo, porque de momento Semana 52 es parte de un sueño cumplido, y siento que debería dejarlo atrás y ver qué otras cosas puedo hacer. Voy a seguir teniendo mi twitter, @Semana52.

Nunca imaginé escribir como algo que pudiera despertar emociones en otras personas. Siempre lo tomé como una forma de comprometerme, de estar obligado a mantener la constancia porque iba a tener la mirada de alguien puesta sobre mí. Es algo que todavía me asombra, y es una de las tantas cosas que descubrí haciendo esto. Si inspiré a alguien, fue sin querer, y por eso estoy muy agradecido. Ojalá mi Spartathlon, y estos cuatro años de blog, sean la prueba de que todos somos capaces de lograr lo que soñamos.

Semana 52: Día 364: El que se atreve, gana

Los griegos dicen “O tolmon nika”, que se traduce como “El que se atreve, gana”. Esto quiere decir, sencillamente, que quienes se animan a enfrentar un desafío automáticamente son ganadores, y no precisamente de una medalla o un podio.

Escribo estas líneas antes de correr la Espartatlón. Por supuesto que no pude dormir todas las horas que hubiese deseado, pero tener todas estas horas antes de ir a la Acrópolis me permite preparar las cosas con más calma, contestar los mensajes de todos mis amigos que están ansiosos por mi carrera, y escribir estas líneas.

Van a ser 36 horas de carrera para muchos. Mi largada va a ser a la 1 de la mañana en Argentina, y al mediodía del sábado será la llegada.

Me siento… Agradecido. Nervioso. Con ganas de correr y no parar por nada. Hice todo lo que pude. Algunas cosas no las pude preparar como hubiese querido. Me compliqué con la comida que voy a dejar en los puestos. No sé si salir con abrigo de lluvia o no, porque sabemos que va a llover pero no cuánto. No sé qué hacer todavía con mis pies, si encintármelos o ponerme vaselina. No me preparé el pañuelo en la gorra, para protegerme del sol en la nuca. Cosas que resolveré, claro, pero igual tengo esa incertidumbre dándome vueltas en la cabeza.

Imagino que este blog no volverá a tener actividad hasta el domingo. No pudimos resolver lo de tuitear en vivo, compramos un chip con datos y llamadas internacionales que nos duró quince minutos. La mejor opción será seguir la carrera desde la página web. Soy el corredor número 183.

O pueden esperar al lunes y averiguar qué pasó. Va a ser toda una aventura. Ahora no sé si vale la pena toda esta movida para no llegar. O sea, sí, conocí a Karnazes, tuve esas enormes muestras de afecto de mis amigos del Team Puma y de mis familia (en especial de mis padres). Viajé con el mejor equipo del mundo, recorrí, me relajé, descansé y me conecté con mis raíces. Pero no viajé 15 mil kilómetros para no llegar a la meta. No me jugué todas las cartas disponibles para abandonar.

Por más que ya salgo mucho más sabio de toda esta experiencia, necesito llegar. Creo que lo merezco, o al menos voy a hacer todo lo posible por ser merecedor de ese honor. Espero que en el próximo post pueda decir “Llegué”.

Semana 50: Día 347: ¿Por qué Grecia?

No siempre que hacemos algo nos planteamos nuestros motivos. ¿Para qué hacemos las cosas? Todo tiene un sentido, aunque no sepamos cuál es. Como una tarea terapéutica, me puse a pensar qué me está llevando a viajar a Grecia y dejarlo todo por una carrera.

Buscarle el sentido a la Espartatlón tiene dos niveles. El superficial, donde está lo más “obvio”, y uno más interno, que cuesta ver o aceptar.

Por un lado es una meta, un objetivo. Lo que me enriquece es el camino y no la llegada.

La experiencia me va a hacer bien, voy a salir más sabio. Ese aprendizaje es independiente de si finalizo o no.

Reafirma mi autoconfianza, porque correr 246 km (en 36 horas) es algo que la mayoría de la gente cree que es imposible de hacer.

También hay una cuestión de ego, porque busco demostrar que puedo conquistar lo imposible (si usted cree que esto también tiene que ver con cómo me relaciono con las mujeres, quizás esté en lo cierto).

Sirve para cerrar un círculo de sinergia con Germán, mi entrenador. Desde que empecé con Semana 52 y le dije que quería entrenar en forma comprometida, él siempre me apoyó. De hecho estuvo ahí desde mucho antes, cuando hice mi primera carrera y corrí 7 km (distancia que yo subestimaba). Hoy estoy yendo al otro extremo, el pico máximo, y es una metáfora de lo que creció nuestra amistad.

Siento que merezco hacer esta carrera y terminarla. Hay una cierta presión (autoimpuesta, aclaro) de llegar a la meta, por toda la gente que me apoyó, desde mi familia hasta mis amigos, incluyéndote a vos, quien estás leyendo estas líneas.

Además me gusta correr, y este es el cierre del año (y quizá de una etapa en mi vida).

Es la lección definitiva, el examen final en coraje y compromiso.

La Espartatlón no tiene premios en metálico (aunque para aspirar a algo así habría que tener un nivel como para hacer podio). Hay un cuenco lleno de agua, una corona de laureles y una medalla en la meta. Pero claro, es MUCHO más que eso. Es un objetivo de vida, una anécdota para contarle a los nietos, una lección para cualquiera que crea que no es un incapaz.

Hace muchos años yo viajaba en el tren camino a Constitución. Bajo una lluvia torrencial, en el Velódromo de Escalada, un corredor entrenaba absolutamente solo. A esa distancia y bajo ese diluvio era imposible verle los rasgos de la cara, pero yo imaginé que esa persona, en ese instante, era realmente feliz. En ese momento yo creí que era imposible tener ese nivel de compromiso, y hasta me lamenté no poder ser como él.

A lo que voy es que también corro la Espartatlón por la persona que era en aquel entonces y las que hoy piensan que las proezas físicas solo las logran los que vienen de otro planeta. En verdad esa persona que fui pensaba que comer sano y correr ultramaratones era algo absolutamente imposible. Quizá vos también creas lo mismo. Y corriendo esta carrera podría demostrarme (y demostrarte) que no importa cuán lejanas parezcan las cosas. Si uno de verdad siente la necesidad de hacerlo, nada es inalcanzable.

Todo esto lo aprendí antes de viajar a Grecia. Sería muy lindo viajar y llegar a la meta. Sería el broche de oro a este este aprendizaje: más allá de lo inseguro que te sientas, qué tan sedentario seas o lo mal que te alimentes, nunca es tarde para incorporar el hábito del esfuerzo, la determinación y la paciencia.

Semana 48: día 333: Un fondo de 50 km

Bueno, en el entrenamiento de ayer no hice nada para estar descansado para hoy… así que me levanté a las 5:30 de la mañana, desayuné, preparé la ropa, mi comida y salí. Afuera me esperaba el frío más áspero del año.

Decidí seguir experimentando los límites. No por el clima, sino por la comida y lo que iba a llevar encima. El último fondo largo que hice, de 70 km, fue en día domingo y estuve solo, así que cargué con mi mochila todo lo que iba a consumir. El circuito que me armé contempla varias canillas y fuentes, así que el tema del agua estaba algo cubierta… solo llegué una botella con agua, que después iba reponiendo. Después me hice dos botellitas de pinole, y como intento solo usar envases de vidrio, el peso en mi espalda iba en aumento. También llevé pasas de uva, galletas de arroz y fainá. Hoy quise hacer todo lo contrario.

En lugar de llevar mochila me puse unos pantalones cortos con bolsillos con cierre. En uno puse cuatro rodajas de pan integral con mix de semillas. En el otro un montón de pasas. También me puse el cinto hidratador, el cual contenía el celular, las llaves, algo de dinero y… dos caramañolas (¡de plástico!) con 250 cc de agua cada una.

El plan fue ir hasta los bebederos, con mi propia hidratación como backup si entre canilla y canilla no llegaba. Y con una remera térmica de manga larga, guantes y un buff en la cabeza y otro en el cuello, salí. El frío se sentía: 4,5 grados de sensación térmica, gracias al viento que hacía. Pero con lo que llevaba de abrigo, y habiendo entrado en calor, no lo sufrí en absoluto.

Salí a las 6:15 de la mañana, con el objetivo de estar a las 11 de regreso, ya que venía gente a buscar cosas que había vendido. Hice mi recorrido habitual de Figueroa Alcorta, Costanera de Vicente López, el bajo de Martínez, y por San Isidro, en una canilla ubicada estratégicamente, pegué la vuelta. Evidentemente el no llevar mochila me ayudó, porque hice bastante rápido. Recorrí esos primeros 25 km en 2 horas 8 minutos. Nunca pasé sed, y cada 10 km, en lugar de tomar mi clásico pinole, me comía una rebanada de pan. Cada tanto masticaba unas 5 pasas de uva.

Cuando salió el sol la temperatura subió… dos décimas. Tuve 4,7 grados de térmica y recién en el centro porteño empecé a sentir verdadero calor por el abrigo que llevaba. Me saqué los guantes un momento, pero en ciertas avenidas se formaban unos túneles de viento que en un instante me congelaban las manos, así que decidí abrigarme y aguantarme hasta llegar a casa.

La vuelta no fue tan rápida como la ida, además de que empecé a sentir molestias en el metatarso y el tobillo izquierdo. Definitivamente ese es mi pie malo. No llegaba a ser un dolor que me hiciera sentir en riesgo, pero creo que modificó un poco mi pisada, porque se me contracturó el hombro del mismo lado. Me resultó tan raro, siendo que no llevaba mochila… pero faltando uno o dos kilómetros me empezó a molestar, a la altura del homóplato… y bueno, como todo, aguanté hasta llegar.

Terminé en 4 horas con 34 minutos. Como dije, la segunda mitad más lenta que la primera, pero así y todo debe haber sido uno de mis fondos de 50 km más rápidos. Creo que mis molestias son señal de que tengo que cambiar mis plantillas y mi calzado… estoy en eso, pero hasta que me lleguen no puedo correr descalzo…

El próximo fin de semana correría 70 km, y quizá sea mi último fondo largo hasta la carrera, porque en tres semanas se viene el viaje… y con cada día que pasa, entrenar se vuelve más complicado. Igual todavía sigo disfrutando de estos enormes esfuerzos, y me siento muy confiado para Grecia…

Semana 47: Día 327: Hacer lo imposible

“¿Y eso es real? ¿Es algo que se puede hacer?”. Eso es lo que generalmente me dicen las personas que escuchan por primera vez que voy a participar de la Espartatlón.
Si nos sintonizas por primera vez, quizá no sepas que la Espartatlón (o Spartathlon) es una de las carreras más duras del mundo: 246 km en un máximo de 36 horas. No es imposible de hacer, solo requiere de tres cosas: preparación, estrategia y voluntad. Que sea “poco” no quita que no sea muy difícil.
Si voy a llegar, no tengo idea. En el fondo la experiencia me aterra, y es por eso que la tengo que hacer. Cuánto dolor, hambre, calor, sed, cansancio, frío, sueño voy a sentir es algo con lo que no me quiero enloquecer… pero sin dudas voy a sufrir. No creo que nadie la pase bien: como todo, la experiencia toma otro sentido cuando uno cruza la meta.
Sí creo que soy capaz de soportar todo eso y llegar. O sea, tragar saliva, apretar los dientes y no detenerme. Muchos creían que eso es imposible, pero ya lo he hecho en el pasado. Seguramente, quienes se sorprenden por la existencia de una carrera tan brutal es porque no han salido mucho de su zona de confort. Si supiera que la voy a terminar… ¿cuál sería la gracia?
Creo que todos somos capaces de terminar la Espartatlón. Solo necesitamos preparación, estrategia y voluntad. Si falta alguna de esas tres, seguro va a ser imposible. Pero con ese combo, hasta lo imposible empieza a volverse realizable…

Semana 46: Día 321: Próximo fondo largo de 70 km

Este sábado me toca nuevamente un fondo de 70 km. Es probablemente la distancia máxima que haga de acá a la Espartatlón. Es increíble cómo en otras épocas esta distancia me parecía imposible, y ahora es simplemente un entrenamiento.

Quizá la distancia varíe. Voy a correr hasta Tigre y volver al Hipódromo, como para estar a las 9 de la mañana en San Isidro y engancharme con el entrenamiento de los Puma Runners. Eso me va a dar 50 km y supongo que ellos harán 20 km, o quedaré como un mentiroso.

Toda esta joda me obliga a salir de casa a las 4 de la mañana. Si tengo todo preparado de la noche anterior (pinole, ropa, etc) me podría levantar 3:30, desayunar y salir. Pero siempre me atraso. Como sea, voy a salir de noche y estaré las siguientes 5 horas solo, la calle y yo. Y algunos que salen de bailar, también.

Estos fondos voy a hacerlos sin música. En parte porque se me volvieron a romper los auriculares que me compré (los hacen muy frágiles a propósito), pero también porque no me quiero desacostumbrar a estar únicamente en compañía de mis pensamientos, tal como va a ser en la Espartatlón donde está prohibido correr con reproductores de música. Creo que es necesario tomar noción del tiempo y apropiarse de esa sensación. Si no, la perspectiva de correr una ultramaratón de 246 km te destruye mentalmente.

Haré lo posible por descansar, pero ya siento la presión del viaje, de las cosas que tengo que dejar listas antes de salir… posiblemente el vuelo de ida a Roma, el 17 de septiembre, sea lo primero que descanse como se debe. Me encanta viajar, es algo que me motiva muchísimo, pero a la vez me estresa horriblemente, y siempre que me voy me siento en falta por algo que no pude resolver antes de viajar. ¿Será esta aventura en Grecia la excepción? Lo dudo.

El tobillo no me está molestando tanto como antes, así que tengo la esperanza de que en este fondo no va a ser un problema. Correr tranquilo nunca me molestó, pero superar las 5 horas de pavimento es exigente para cualquier cuerpo, dolorido o no. Me enteraré de todo el sábado a la madrugada.

Semana 44: Día 306: Lo bueno nunca es gratis

Me di cuenta que el tiempo se está acabando (toda una revelación) y que el viaje a Atenas está a la vuelta de la esquina. Si bien faltan 58 días para la largada de la Espartatlón, el viaje será dentro de 47, y hay algo que no pude resolver y es que venga un equipo de asistencia. Ya casi no queda tiempo para conseguir un sponsor, pero calculo que hasta que falten 45 días no voy a perder las esperanzas.

El tema, claro, es que la planificación de un viaje toma tiempo, y los pasajes hay que sacarlos pronto. Gracias a un contacto con Aerolíneas aprendí cómo se hace una carta preforma. La envié a nombre del Sr. Recalde y si bien no me podían ofrecer los pasajes gratis (los reservan para situaciones de enfermedad o casos graves), me ofrecieron un 40% de descuento. Sigue siendo mucho el dinero que hay que reunir, pero es una ayuda importante. Entonces, ¿cómo seguir?

Le di muchas vueltas y se me ocurrió algo que siempre me costó hacer: pedir. Ya había instalado una herramienta de donaciones en el blog, que funcionó muy bien el primer día, y después cayó en el olvido. Hice la siguiente cuenta: si tengo que reunir 26 mil pesos, ¿no tendré entre mi familia y amigos 26 personas que puedan disponer de mil pesos cada una, y convertirse así en donadores particulares? Yo soy bastante desprendido del dinero, así que me puse en esa situación y me imaginaba colaborando sin ningún reparo. Así que lo consulté con mi familia, qué pensaba de la idea, con algunos amigos, y me mandé. Publiqué en mi muro de Facebook, que lo tengo solo con amigos y familiares, escribí un llamado a la solidaridad honesto, sin intentar hacerme el gracioso o dar lástima… y funcionó mejor de lo que pensaba.

No tengo el monto exacto, pero muchos familiares y amigos se ofrecieron a colaborar. Algunos ya lo habían hecho hace meses, donándome dinero y hasta euros. Lo conmovedor es que se ofrecieron nuevamente a ayudar. Pasé mi CBU por privado, coordiné encuentros para que me den plata en mano… fue muy conmovedor.

No llegué a la cifra mínima para comprar los dos pasajes, pero me acerqué mucho. Incluso decidí poner una parte, porque después de todo es mi proyecto, y una amiga que administra mis fondos de retiro me dijo que podía sacar parte de mis reservas. Soy joven, voy a seguir trabajando y aportando durante años (además esto es un servicio privado, debería tener una jubilación por mi monotributo).

Esto que estoy haciendo es importante para mí, porque me convencí de que necesito tener un equipo de asistencia para poder hacerle frente a los 246 km de la Espartatlón. Me hace falta apoyo motivacional, alguien que se asegure de que estoy comiendo y tomando lo necesario, y todas esas cosas que el agotamiento puede llegar a hacerme perder de vista. Es una red de contención que considero imprescindible.

Sin embargo, sentí que podía hacer más. Me acordé de Kevin Smith, el afamado guionista y director de cine, que cuando quiso filmar Clerks, su primera película, optó por vender su colección de cómics y así poder financiarla. La movida le salió bien. Hoy su ópera prima es considerada una obra de culto, y pasó a realizar producciones más comerciales y convertirse, en el proceso, en guionista de historietas. En los últimos tiempos tuve una especie de crisis de identidad. Necesito un cambio profesional, o creo que lo necesito. Es algo que estoy trabajando en terapia. Pero realmente dejé de tener apego a mi colección de cómics. Quizá cambié mi pasión por el running, en donde aprendí el poco valor que tienen las cosas materiales. ¿Para qué acumular muñecos y dejar que en la biblioteca los libros junten polvo? ¿Qué es más importante para mí, las cosas que ocupan lugar o la concreción de un sueño?

Empecé tímidamente, publicando un par de libros en Mercadolibre, así como un pack de muñequitos de los Superamigos. Tuve mejor respuesta cuando publiqué esos links en mi muro de Facebook. Ahí me di cuenta que lo que tenía que hacer era usar la red social para vender mis cosas. Saqué fotos, armé un álbum y en medio día vendí un cuarto de la colección. A eso le sumé varias figuras, todo a precios irrisorios. Porque no me importa sacar un rédito económico ni siento que tanto plástico y papel tenga valor para mí. Me alegra ver que a otras personas sí. Yo me contento con saber que esto me va a terminar de formar el equipo que me va a acompañar a la meta. Eso también tiene un costo, pero tras una vida de acumular cosas, siento que todo converge en este viaje y este sueño.

Semana 44: Día 304: El sueño completo

Estos últimos meses escribí muchas veces mi historia. De cómo pasé de ser un “gordo come chizitos” (como le gusta decir a mi entrenador Germán) a ser un tipo que está a 60 días de correr los 240 km de la Espartatlón. Un sueño que está ahí nomás de realizarse.

Y la conté tantas veces porque armé una presentación con mi historia, la carrera, y por qué necesito un sponsor. Verán, estadísticamente quienes llegan a la meta en Atenas son quienes cuentan con un equipo de apoyo propio. Será por motivación o porque te ayudan a no salirte de la estrategia, pero los que van solos la tienen más difícil y los que van acompañados llegan. Tiene sentido.

Hace casi un año, Germán le dijo al grupo que el sueño de correr la Espartatlón no era más mío, sino que era de todos. Claro, ellos me acompañaron en los fondos más largos y difíciles, corriendo a mi lado o asistiéndome con agua, comida y aliento. Además, yo me hice ahí, entre ellos. No empecé siendo ultramaratonista: era el tipo que iba al fondo, que faltaba cuando llovía y que creía que la recompensa era un alfajor triple y no un cuerpo sano. Ellos me ayudaron y confiaron, yo cambié, y terminé ayudándolos a ellos al mostrarles que el compromiso y la constancia rinden sus frutos más rápido de lo que uno creería.

La Espartatlón es de todos y con ayuda de al menos dos de ellos tendría a mi equipo de asistentes y el sueño estaría completo. Pero es algo que sale caro, así que armé la presentación para conseguir sponsors o pasajes (no para mí, eso ya está pagado y estoy feliz de que salga de mi bolsillo). En la primera versión hablaba de mí en tercera persona, y los chicos me la bocharon. Decían que le faltaba emoción, que tenía que contar las veces que había intentado cumplir los requisitos de la Espartatlón y fallé. Lo importante que era para mí todo este proyecto. Cómo pasé de odiar correr de chico a vivirlo con tanta pasión. Los cambios que logré en los últimos años. Les hice caso y surgió una nueva versión que te podía hacer llorar.

Pero tiempo después obtuve consejo de vendedores, gente más cerca de los gerentes, que me dijeron que era demasiado largo. Que no tenían ni 5 minutos para dedicarme y que me iba a perder la poca atención que me podían dar. Una página, sintética, y si los enganchaba ahí les trataba de sacar una lágrima. Así que nació la segunda versión, más técnica y fría, pero con un bello mapa del recorrido y sus 75 puestos de control.

Resultó que esa no sería la versión final. Otra persona experta en ventas me dijo que la primera página estaba fantástica, pero le faltaba una segunda en la que contara qué ofrecía yo a las empresas y cuáles eran mis objetivos. Lo de la experiencia personal estaba bien, pero como complemento. De hecho, se convirtió en un anexo de “historia de vida” llamado “El corredor que odiaba correr”.

Con estos híbridos más una carta preforma, llegué a Aerolíneas Argentinas, rogándoles por dos pasajes de avión como mínimo (aunque el número mágico es 4). Me respondieron un mes después con una oferta muy buena, descontándome un 40% el precio de los pasajes como forma de apoyo. No tenían por qué hacerlo ni pedían nada a cambio, pero no es suficiente. Eso sigue siendo muchísima plata. Así que sigo buscando.

Me parece que 15 días es un plazo razonable para decir “muchachos, hasta acá lo intentamos”. Me estoy jugando las últimas armas, tocando los últimos contactos. A través de mi amigo Seba De Caro llegué a la Rock n’ Pop (FM 95.9), y mañana, en Gente Sexy, a eso de las 10:45 de la mañana, voy a estar en la sección “Gente que hace” hablando de la Espartaltón, cómo correr se convirtió en mi vida, y en mi necesidad de conseguir un sponsor para que el sueño esté completo. Quizá sea mi última arma. No dejo de soñar. Tengo fe de que algo puede surgir a último momento.

La carrera… la correré como sea. Pero una ayudita del destino no me vendría nada mal.

Semana 44: Día 303: Soluciones alternantivas a problemas cotidianos

Todo problema tiene una solución. Pareciera que esta frase hecha es un poco facilista, pero yo creo que es así. A todo hay que buscarle la vuelta, no quedarse con la primera opción. Cuando trabajaba en un estudio de diseño y nos pedían hacer la creatividad de alguna campaña, la norma era tirar 15 ideas para empezar a llegar a algo original.

Por supuesto que no todo problema tiene 15 soluciones, pero durante mucho tiempo fui de los que aceptaban su destino sin cuestionarlo demasiado. No tenía fuerzas para torcerlo. Hoy quienes me conocen piensan que tengo una fuerza de voluntad terrible, y aunque siento que la fórmula para llegar a ser el dueño de tu propio destino es muy sencilla, me costó muchísimo llegar ahí. Con esto quiero decir que no hay nadie tocado por la varita mágica, ni tampoco yo llegué a un punto inalcanzable para la mayoría de los mortales. Yo odiaba correr y hace diez días hice un fondo de 120 km. Lo que pasó en el medio fue mi búsqueda de alternativas y la paciencia que entrené. Por eso sé que ese camino que recorrí es accesible para casi todos.

A veces los problemas más complejos tienen soluciones sencillas. A veces los problemas sencillos tienen soluciones complejas. Decidí volverme vegano y con eso agregarle una pequeña complicación a mi vida. Me gusta desayunar con cereales, pero un día decidí no consumir más azúcar y ahí estaba yo, buscando cómo reemplazar mis desayunos y meriendas. En otra época de mi vida hubiese pensado que esto en lo que me embarcaba era muy difícil, bordeando lo imposible, y hubiese abandonado al instante. Pero por suerte me volví cabeza dura.

Pasar a cereales integrales fue más sencillo de lo que me imaginaba. Es increíble la cantidad de azúcar que tiene absolutamente todo lo que consumimos. Si leemos las etiquetas, que lista los ingredientes de mayor concentración a menor, vamos a ver que muchísimas marcas tienen más azúcar que cereal. Por favor, deténganse en esa frase. Los 400 gramos de copos de avena tienen más azúcar que cereal. Contabilizando algún que otro elemento externo (sal, conservante, colorante, etc) hablamos de que tranquilamente la mitad debería ser azúcar para que quede en primer lugar. Mi solución para escaparle a todo esto fue pasar a la avena instantánea. Lo fácil es que se consigue en casi cualquier supermercado.

Lo complicado, y esto sí no me lo esperaba, fue el reemplazo de la leche. Al principio opté por el AdeS natural, que es de soja, con dos grandes salvedades: tiene azúcar (al menos está en tercer lugar) y es muy difícil de conseguir. A pesar de que llamé a Unilever para decirles que en casi ninguna góndola está este sabor, no supieron darme una respuesta y ni siquiera tenían la opción de venta directa. La alternativa que me ofrecían era comprar al por mayor en alguna tienda de distribución. Mi problema es que, siendo peatón, no puedo ir hasta una de estas mega tiendas (que no están a la vuelta de la esquina) y acarrear conmigo 12 cartones de AdeS. Por eso, cada vez que veía este producto en el supermercado, cargaba todo lo que me era humanamente posible llevar.

La primera alternativa a este problema fue tomar las otras variantes de leche de soja, que son saborizadas, un poco más fluidas (las pondría cerca de los jugos), con un poco menos de proteína y más azúcar. No me dejaba del todo conforme, pero al menos seguía desayunando. Alguna vez conseguí que un alma caritativa me comprar el pack de 12 y me las fuera trayendo de a poquito, pero tampoco es una solución. Un poco cansado de angustiarme porque se me estaba por acabar el AdeS, pasé a la solución compleja para un problema que no lo es tanto: hacerme mi propia leche.

En sí es un proceso simple que requiere tiempo. Dejar 75gr de almendras en remojo unas 6 horas, escurrirlas, procesarlas en agua filtrada y colar con una tela para pasar el líquido blancuzco a un recipiente (unas 4 veces). Esto me dio un litro de leche de almendras, que complementé con unas gotas de esencia de vainilla. El gusto, por supuesto, es completamente diferente al AdeS natural, principalmente porque no tiene azúcar, pero además no cuenta con conservantes, lo cual para mí es otra ventaja. No tenía suficientes pasas de uva como para triturarlas y endulzarla con eso, así que le puse un poquito de stevia.

Así es que dejé de depender de los caprichos de un distribuidor o de una cadena de supermercados y logré mi independencia. Es un proceso complejo, la leche resultante me termina saliendo un poco más cara que el AdeS, pero al menos no dependo de nadie, y me llevo ese pequeño orgullo de hacer mi propio alimento.

Semana 40: Día 279: Terapia

Dicen que correr es la mejor terapia y la más económica. Igualmente, como a mí no me estaba alcanzando, volví a ver a mi psicóloga.

Mi relación con ella es de muchos años, cosa que algunos amigos me han dicho que no es bueno. Aparentemente eso perjudicaría la objetividad del profesional o generaría ciertos mecanismos que a la larga entorpecerían el análisis… o algo así. No sé. A lo largo de los años me han dicho que tenía que cambiar de psicóloga, de nutricionista, de entrenador… y realmente el que tiene la decisión soy yo. ¿Por qué dejar el asesoramiento de alguien que veo que me ayuda?

Empecé terapia por el año 2000, en una época en la que estaba bastante desorientado. En 2003 dejé porque mi pareja en aquel entonces, Mariana, me exigió que abandonara. Su “irrefutable” argumento era que no podía ser que le contara mis problemas a un extraño en lugar de a ella. Lejos de condenarla por este acto de egoísmo e inseguridad, creo que me espera un rincón especial en el Infierno por dejarme de lado y ceder ante esta clase de pedidos.

Lo primero que hice cuando corté con Mariana, dos años después, fue llamar a mi psicóloga (lo segundo fue llamar a esa chica de la que ella estaba terriblemente celosa e invitarla a tomar algo). Volví y continué con mi análisis hasta 2010, cuando este blog y todo lo que me esperaba me dieron la confianza para darme el alta. Estoy pasando por alto muchísimos cambios que se produjeron en esa década, entre los que podría destacar elegir una carrera y recibirme, empezar a trabajar, convertirme en un diseñador freelance y empezar a correr.

 En ese período sin terapia conocí a Vicky (en realidad la conocía, pero nos enamoramos y empezamos a salir). Las cosas iban bien al principio, pero después chocamos constantemente así que hicimos lo que cualquier pareja haría si se lleva mal: nos fuimos a vivir juntos. Al año de no soportarnos y ante mi insistencia, empezamos terapia de pareja. Como me terminé separando, evidentemente no nos ayudó. Estuvimos yendo más de un año. La terapeuta, una mujer que le ponía mucha onda para reconectar a nuestra pareja, nos recomendó hacer también análisis individual. Yo no tenía intención de hacerlo, pero accedí solo para presionar a Vicky de que también fuera por su lado. Cuando nuestra enemistad siguió creciendo hasta límites que ni siquiera me imaginaba, cortamos y me mandé a mudar. Fue el final de una etapa muy triste de mi vida que intento no recordar. Es curioso porque tengo toda esa época documentada en el blog, pero obviamente intenté dejar mi crisis de pareja, que era más pesada que todo mi entrenamiento, fuera de la vista pública.

Separarme significaba muchos cambios en mi vida, en especial porque estaba acostumbrado a todo eso que puede conseguirse combinando dos sueldos: cable, empleada, bidones de agua a domicilio, calefacción central, tres ambientes en Colegiales con seguridad las 24 horas, un perro, un gato y terapia individual y de pareja. Cosas de las que uno puede desprenderse y seguir vivo, pero grandes cambios al fin. Así que hace exactamente un año, ante la perspectiva de pagar un guardamuebles para todas mis cosas y todos los gastos que implicaría una inminente mudanza, decidí cortar terapia.

Doce meses después vivo en un monoambiente en el microcentro donde pago religiosamente el alquiler, sin atrasarme. No tengo cable, limpio yo, me compré un filtro para la canilla, no tengo calefacción, no hay seguridad ni tengo mascotas. Creo que incorporar terapia no era un gasto imposible. Y este momento es otro, donde nuevamente (como en el año 2000) siento que tengo que replantearme las cosas que hago y encontrar el rumbo. Hoy tuve mi primera sesión, y realmente salí peor que cuando entré. Un poco más focalizado, consciente de todas las presiones para ser perfecto a las que me someto, las trampas en las que me meto para entretener la cabeza y todos mis inmensos esfuerzos puestos en cosas que creo que me hacen feliz y que en realidad no me llenan.

Pero eso es la terapia para mí. Enfrentarme a todas esas cosas que elijo no pensar. La cabeza tiene sus mecanismos para escaparle al dolor. Sin ir más lejos, el fin de semana fue el cumpleaños de Vicky. Yo ni siquiera estaba enterado. De hecho hoy me cuentan anécdotas de ella en las que yo estaba presente y no las recuerdo. La tenía bloqueada mentalmente. Y el chiste entre mis amigos consistía en cantarle el feliz cumpleaños a Vicky en mi presencia. Ella que estaba totalmente ausente (en presencia y en mi mente). Tardé dos “Que los cumplas feliz” completos antes de darme cuenta que cantaban por ella. Y de algún modo todo ese chiste me destrozó. Esa noche soñé que volvía con ella, y no era una situación feliz. No nos mirábamos a los ojos, igual que en los últimos meses de agonía de nuestra pareja. Yo estaba más preocupado por lo que mis amigos iban a pensar cuando se enteraran. Estaba angustiado, y como en cualquier sueño, me preguntaba cómo había llegado a esa situación.

Probablemente el mecanismo de protección de mi cabeza hizo que la bloqueara post separación y me preocupara exclusivamente por “subsistir”. Buscar departamento, acomodarme a una nueva rutina, reconectarme con mis amigos que tenía olvidados… No me detuve a pensar en todo el daño que había sufrido. Y quedó enterrado hasta que salió a la luz. Hoy me di cuenta que no había hecho el cierre definitivo con ella. No le tengo rencor, es muy extraño que una persona con la que soñaba casarme termine convirtiéndose en un completo extraño. En el apuro por escaparme del departamento que compartíamos me llevé algunos libros, DVDs y accesorios de carreras que le pertenecían. Se lo quise devolver porque el destino ubicó mi departamento a tres cuadras de su trabajo, pero ella se negó a que apareciera por ahí. Y guardé todo eso en un cajón, sabiendo que tarde o temprano se lo iba a tener que llevar.

Ayer hice el trámite para renovar mi DNI, dato que parecería descolgado salvo por el detalle de que hice el cambio de domicilio. Ya no tengo que volver a Colegiales a votar, ni tengo que ver en mi documento mi vieja dirección. Eso pertenece a otra vida. También le escribí a Vicky para asegurarme de que un año después ella sigue viviendo en ese departamento. Me respondió escueta y fríamente, pero era la confirmación que necesitaba para saber que mañana puedo mandarle una moto con sus cosas y que la seguridad en recepción lo va a recibir. La bloqueé del whatsapp y del Facebook, y borré su teléfono de la agenda. ¿Por qué no lo había hecho antes? No tengo idea.

Para mí esto es también un proceso terapéutico. Nunca me quedó nada pendiente por decirle, solo me unía esa promesa de devolverle sus cosas en algún momento. Y surgió hacerlo hoy, después de estar 40 minutos contándole a mi psicóloga todas las cosas que me están pasando internamente. Creo que ya había pasado la última página con Vicky y me faltaba cerrar el libro.

Por supuesto que todos mis mambos actuales no son ese (ojalá lo fueran porque ya tendría todo resuelto). Germán, mi entrenador, me pide constantemente que me focalice, que ponga la cabeza en la Espartatlón. Y realmente lo intento, todo el tiempo. En general no me han faltado ganas de entrenar o de correr. Faltan 12 semanas para la carrera, eso me da como 10 sesiones de terapia antes de viajar a Europa. Podrá ser poco (o mucho), pero espero que me ayude a acomodar las ideas, porque esta ultramaratón no la voy a correr con las piernas, sino con la cabeza.

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