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Semana 47: Día 326: En la recta final

Es increíble lo poco que falta para la Espartatlón y lo mucho que siento que falta.
Como todo viaje en mi vida, este no viene exento de estrés. El trabajo se acumula y ya tengo hasta los fines de semana comprometidos. Así y todo, me sigo atrasando. Algo que sacrifiqué y que quiero recuperar en breve es el gimnasio. Cómo extraño ese momento de soledad y sacrificio…
El viaje, con sus menesteres y gastos, está bien encaminado. Solo hace falta ultimar un par de detalles allá y de conseguir moneda extranjera sin tener que asaltar a nadie (sinceramente preferiría evitar volver a prisión). Salgo el 17 de septiembre con mis papás, principales sponsors de Semana 52: Espartatlón. Es un viaje de relax por Italia antes de llegar a Atenas el 21. Mi equipo de asistencia llega a Grecia el 23, y me prometieron obligarme a hacerme descansar. Así que nada de museos, ni hacer cola, ni salir a asaltar casas de cambio.
Los pocos días que quedan hasta viajar los voy a pasar trabajando y entrenando. No quiero seguir sacrificando días de running o gimnasio, pero a la vez entiendo que con lo hecho, tendría que estar bien. A menos de un mes de despegar desde el Aeropuerto de Ezeiza, no hay mucha diferencia que pueda hacer.

Semana 47: Día 325: Descansando

Las circunstancias de mi viaje me obligan a no entrenar hoy, un día después de haber corrido 70 km. Pero no dejé pasar la oportunidad de descansar.

La falta de un sueño reparador ha sido siempre mi gran déficit en el entrenamiento. He intentado, en los últimos meses, dormir todo lo que el cuerpo me pida. La única forma natural en que se me ocurrió hacerlo es dejar de lado el despertador y que la cabeza se active sola. Obligarme a dormir es algo que no me sale.

Por no acostarme en horario es que el sábado me quedé dormido y me perdí de hacer el fondo ese día. Por eso reintenté el domingo, con éxito (y más descansado). Llegado el lunes, por supuesto, me dolía la espalda y tenía los pies ampollados y un poquito doloridos (nada grave). Además tengo pilas y pilas de cómics para catalogar, ya que no los puedo vender sin saber su estado ni si las colecciones están incompletas, por no mencionar que hay cosas que tengo que no me acuerdo. Aunque recibí algo de ayuda durante el fin de semana para empezar a ordenarlo, no me quedó otra que tener que hacerlo yo, y me resultó algo menos cansador que ir a entrenar.

Normalmente hubiese ido igual, aunque sea para ver a mis compañeros de Puma Runners, pero me urge organizarme porque me he cruzado con dementes que quieren comprar colecciones completas, así que es mejor saber qué ofrecerles.

Así terminé descansando… mientras por mis manos pasaban miles y miles de revistas. Hubo, sí, dos momentos dolorosos: el primero fue ver que a pesar de ciertos cuidados que tuve, algunas portadas tienen manchas de humedad (otras tienen su olor). Va a ser difícil vender eso, creo que hasta me va a costar regalarlo. El segundo, notar que me faltan cosas. Series que, si las menciono, solo las conocerán los lectores experimentados, pero por ejemplo no apareció la Doom Patrol, escrita por Morrison, material que estoy seguro le hubiese interesado a mucha gente. Como no tengo tan buena memoria, me cuesta darme cuenta si es lo único faltante, porque podría ser que lo haya prestado y me haya olvidado, o que nos haya quedado una caja en la casa de Banfield que no vimos.

Pero, ¿la buena noticia? Nada de esto me quitó el sueño. Cuando me cansé de ordenar, me fui a la cama y dormí como un bebé, soñando con todo lo que vamos a poder hacer en Atenas gracias a esta megaventa…

Semana 45: Día 314: Parado

Hace un tiempo que mi muela de porcelana se fugó y me dejó un incómodo hueco. Esto es una herencia de mi muela cariada, que con muchos años de azúcar y golosinas fui alimentando hasta que dejó una profunda marca en mí. Ese diente se agujereó, me hicieron un tratamiento de conducto, me pusieron una prótesis malísima y a los 15 años se salió. Aparentemente no suelen durar tanto, así que debería considerarme afortunado.

El tema con esta nueva muela es que hoy me calza en un momento donde estoy entrenando mucho, tanto en el gimnasio como en largos fondos. Y ya tuve una intervención donde sacaron todo lo que quedaba de raíz, que me dejó unos días sin actividad física, y ahora me pusieron un perno, que también me deja sentado en el banco.

Como siempre en estas situaciones igual fui a ver el entrenamiento de los Puma Runners, y sentí un poco de nostalgia al verlos tirarse al piso a hacer burpees, técnica de carrera y progresiones. Estaba en jean y zapatillas no aptas para correr, pero igual tenía ganas de largar todo y unirme a ellos. Es duro cuando la motivación está pero uno se tiene que guardar. Al menos esto coincide con el momento en el que empiezo a cuidarme y a bajar el ritmo de los entrenamientos. A poco más de un mes de viajar a Europa ya no queda mucho más por mejorar, es solo mantener y seguir avanzando con la estrategia de carrera.

Es curioso que un tratamiento para algo tan pequeñito como una muela tenga tanta secuela. Me cosieron y todo. El médico me dijo que tomara calmantes solo si dolía, cosa que por ahora no pasó. Sí tuve la leve sensación de tener dolor de cabeza, tan en esa zona que no pude evitar relacionarlo. Esta es la segunda intervención que me hacen, todavía falta que me saquen los puntos el martes y que me coloquen la prótesis… quién sabe cuándo. Pero ya pagué todo el tratamiento, así que espero que esto acabe pronto.

El sábado ya se levanta la veda y pienso ir a entrenar corriendo. Van a ser 22 km extra, además de lo que hagamos ese día con el resto del grupo. Me va a venir bien para calmar las ansias y recuperar el tiempo parado.

Semana 44: Día 302: El jetlag de los ultramaratonistas

Recuerdo haber leído en “De qué hablo cuando hablamos de correr” que Murakami hacía una defensa de irse a dormir temprano. Él dice que junto a su esposa habían decidido aprovechar el día y dejar la noche para descansar, pero me imagino que esto fue algo que lo impuso él mismo. Así fue que empezaron a declinar todas las invitaciones para cenar y las salidas tarde, y sus conocidos no tuvieron más opción que adaptarse.

Yo nunca pude ganarle la batalla al sueño. Cabeceo y me desconecto. Podría estar atado a una camilla mientras un rayo láser va subiendo para cortarme en dos (luego de que el villano me explicó su plan, acariciando a su gato, y se fue a la sala de control a presionar el botón que dispara las bombas atómicas), y si estoy cansado igual me quedaría dormido. En una profesión como es el diseño gráfico, muchas veces los minutos cuentan y tengo que hacer espantosas horas extra para llegar a la fecha de entrega. Pero descubrí que no me sirve intentar quedarme despierto, así que directamente prefiero estar en la cama a la medianoche y madrugar.

Cuando empecé a hacer distancias de ultramaratón tuve que luchar contra el sueño varias veces, pero si estoy haciendo actividad física, casi que ni lo noto. En el fondo de 120 km que hice el fin de semana pasado arranqué a las 23:30 y terminé a las 14:30, y no fue hasta que me llevaron en auto a mi casa que comencé a cabecear. En varios fondos, para aprovechar el resto del día o acoplarme al entrenamiento que hacen los Puma Runners, salí muy temprano, a veces despertándome a las 3 de la mañana para desayunar y salir. Está buenísimo poder hacer una distancia de ultra y terminar a tiempo para almorzar… pero a veces me termina descompaginando el resto de la semana.

Siendo que tengo poca tolerancia al sueño (algo que para mí es muy bueno porque me obliga a descansar lo que mi cuerpo pide), madrugar hace que me duerma más temprano. Por ejemplo, ayer me desperté a la madrugada y salí a correr 22 km antes de acoplarme con mis compañeros de grupo. Fue un día largo, de una semana agitada, y a la anoche me quedé dormido como a las 8. Me desperté a las 3 de la mañana y cené. Es una especie de jetlag de ultramaratonista.

Después de mi fondo de 120 km prometí dormir 12 horas. Casi lo cumplo, ya que me desconecté a las 19:00 y a las 6:30 del día siguiente abrí los ojos, sin estar del todo seguro de qué día era ni qué hora. No soy de los que se pueden quedar dando vueltas en la cama, así que cuando me pasan estas cosas me levanto e intento comenzar, con la esperanza de ir acomodándome al resto de los habitantes de mi huso horario.

Algunas cosas que me desacomoda estar corriendo tanto a horarios dispares es que después termino actualizando el blog a cualquier hora (como la entrada del sábado a las 5 de la mañana del domingo). Pero no me quejo. Creo que es normal ir a contramano del mundo (o por lo menos es habitual en mí). Calculo que cuando uno está encasillado en en el rol del loquito que corre y come sano, estas cosas no le sorprenden a nadie. O por lo menos, muchos logran aceptarlo, más allá de que no lo entiendan. Es por eso que me estoy perdiendo cumpleaños, interesantes chats nocturnos en los grupos de whatsapp, salida… ¿y qué gano a cambio? Correr y seguir acercándome a mi sueño de correr la Espartatlón.

Todavía no tengo del todo decidido cómo va a seguir mi vida (y mi rutina) después de septiembre. Quizá siga corriendo ultramaratones, y este jetlag se vuelva algo habitual. O por ahí me sienta realizado y me dedique a otra cosa, poniéndome más en línea con el resto del mundo.

Semana 38: Día 266: El sueño (literal) de un fondista

Quienes me conocen saben que no tolero el sueño. Si estoy cansado, mi cuerpo empieza a apagarse lentamente. A los bostezos y ojos achinados se me suma una picazón en todo el cuerpo. En realidad no creo que me pique realmente, sino que me rasco y no sé si eso me da más o menos sueño. Creo que más. Acto seguido, las funciones cognitivas se apagan, los ojos se cierran, la boca se abre y la cabeza queda colgando (hacia atrás o hacia adelante, depende). Mientras duermo todos me sacan fotos, se ríen y la pasan bomba.

He comprobado que no sufro narcolepsia ni nada parecido. Todos los Casanova nos rendimos ante el sueño, cabeceamos y nos desmayamos. Más allá de la genética, esto me inquietaba, hasta que leí en Nacidos para Correr que los tarahumara van caminando y de pronto se desploman en el suelo. Esta tribu de ultra corredores optimizan su energía al máximo y cuando tienen sueño, se dejan caer como si fueran marionetas a las que le cortan los hilos. ¿Tendré algo de tarahumara, aunque solo sea en desmayarme ante el sueño?

Esto de estar entrenando distancias de ultramaratón hace que tenga que madrugar. Y es algo que, por suerte, me cuesta muy poco. Todo el esfuerzo que hago para quedarme despierto a la noche es me lo ahorro en la mañana, levantándome de un salto. Mañana, por ejemplo, tengo que correr 70 km, y quiero que los últimos 20 coincidan con el entrenamiento de los chicos de Puma Runners. Además necesito terminar antes de que empiece el partido de Argentina, así que mis cálculos me dieron que tendría que estar empezando mi fondo a las 4 de la mañana. Si les parece que va a hacer frío, es porque no saben cómo baja la temperatura en los primeros minutos de luz solar. ¿Algún meteorólogo que me explique por qué, cuando sale el sol, hace más frío que la noche anterior?

Aunque tenga las cosas preparadas, necesito desayunar, así que con suerte me tengo que levantar a las 3:30 de la madrugada, vestirme, comer mis cereales y salir.

Lo curioso de todo esto del sueño, mi resistencia (o falta de ella) ante el cansancio y las ultramaratones es que voy a enfrentarme a la Espartatlón, en la que no voy a poder dormir. La única experiencia que tuve haciendo algo similar fue en La Misión (que a simple vista no estaría siendo tan parecida), en la que no debo haber dormido más de dos horas en tres días. Supongo que la emoción de la carrera no me va a permitir rendirme ante el sueño, así que no me estoy preocupando por controlar mi agotamiento (digo esto mientras bostezo, me lloran los ojos, y me empiezo a rascar la cabeza… sí, definitivamente eso me da más sueño).

Madrugar, por supuesto, obliga a acostarse más temprano, algo que le encantaba a Murakami. Él un día decidió que junto a su esposa no iban a acostarse tarde. Quienes los rodeaban iban a tener que entenderlo, así que se excusaba de las reuniones (a veces ni siquiera iba) y aprovechaba las primeras horas del día, como hacemos todos los amargos.

El descanso es uno de los pilares del deporte de alto rendimiento, junto al entrenamiento y la alimentación. Probablemente sea el aspecto más descuidado, pero últimamente estoy intentando meter la mayor cantidad de horas de sueño, aunque sean pocas como suele pasar cuando arranco una ultra a la medianoche.

Mañana toca un fondo de siete horas, así que ya me estoy metiendo en la cama…

Semana 29: Día 199: Lo que viene después de una ultra

Derribemos un mito. Correr no está bueno. O sea, yo la paso mal. Primero paso por un odioso estado de competitividad. Quiero estar bien adelante, ganar posiciones, y me angustio cuando me pasan. Me cuesta salir de ese estado, pero siempre empiezo por ahí.

Después viene el cansancio, los dolores, las dudas, la incertidumbre y la eterna pregunta sin respuesta: “¿Qué estoy haciendo acá?”. Eso si no le sumamos un golpe o lesión que nos llene de terror y arrepentimiento. Entonces… ¿qué tiene de bueno correr?

Llegar. Eso hace que todo valga la pena. Cualquier percance o sentimiento negativo disminuye a medida que nos acercamos a la meta. Alcanzamos la gloria, y todo cobra sentido. “¡Ah! ¡Ahora entiendo por qué sufrí como un desgraciado!”.

Pero después de alcanzar la gloria y saborear las mieles del éxito, llega la triste consecuencia de que hay que volver al mundo real.

Cuando llegué a la meta de la Patagonia Run, después de correr 102,5 km en 19 horas, cruzando dos montañas, ríos helados, barro, bajadas entre peligrosas piedras y trepado troncos, me sentí inmensamente feliz. Me comí un plato de pastas con salsa, acompañado por mi amigo Nico, con quien no podíamos dejar de hablar de la carrera.

Y de a poco, fuimos volviendo a la realidad. Nos empezaba a costar caminar. Bajar escaleras se volvió un desafío enorme. Fuimos al apart hotel a pie, temblando de frío. Me tiré en la cama y las piernas me dolían en cualquier posición. Dormité una hora y con mucho esfuerzo me levanté y me di una ducha caliente. Cenamos y me fui a dormir, esta vez toda la noche.

A la mañana me sentía un poco peor. Tenía tos, más cogestión que antes, y tenía menos agilidad que un playmobil. La combi nos vino a buscar a las 7 de la mañana para llevarnos al aeropuerto. El pie izquierdo me dolía mucho, así que fui descalzo todo el viaje. Repetí la técnica en el avión hasta Buenos Aires.

Después de buscar mi equipaje, me despedí de Nico y realicé mi máximo desafío desde que había escalado el Quilanlahue: caminar 200 metros hasta la parada del 45. Bajar del colectivo, a una cuadra de casa, fue todavía más arriesgado.

Me pasé el resto del domingo tirado en la cama, intentando reponer fuerzas. Hoy, lunes, me siento un poco mejor, aunque tengo los labios estropeados y la nariz lastimada de tanto moquear. Las piernas casi no me duelen, pero los brazos se sienten como si me hubiesen atacado a martillazos. Sin embargo, sé que lo peor ya pasó, y que cada día me voy a sentir mejor. Si comparo mi recuperación actual con la vez que corrí mi primera maratón, diría que ha sido milagrosa. A 48 horas de haber cruzado la meta, parezco un ser humano y no una marioneta.

De nuevo, vuelvo a la pregunta del principio. ¿Para qué todo esto? ¿Vale la pena? Y no puedo mentir, claro que lo vale. Cualquier consecuencia me remite a esa meta tan ansiada, y al instante en que la crucé. Mi dolor es un recuerdo de ese esfuerzo enorme. Hoy lo sigo sintiendo en mis huesos y en mi piel. Mañana estará únicamente en mi cabeza y será solo parte de mis memorias

Semana 27: Día 187: Técnicas para no dormirme

Descansar, para lo que es mi entrenamiento de fondo, es algo tan crucial como hacer actividad física y comer sano. Sin embargo, es lo que más descuido. Este año me propuse modificarlo y que pase a tener tanta importancia como el resto. Pero esta etapa de transición todavía me resulta difícil.

Los diseñadores gráficos, sobre todos los freelance, solemos hacer sesiones maratónicas, recuperando tiempo perdido, aunque no lo hayamos perdido nosotros. No pasa solamente con los autónomos. Recuerdo trabajar en un estudio de comunicación y que tuviese que ir un sábado para llegar con un cierre, o quedarme hasta las 8 de la noche cuando el horario era hasta las 6. En una editorial, para cumplir con las entregas de unos manuales escolares, trabajé muchos días seguidos hasta las 11 de la noche, con la promesa de que me pagarían un extra que jamás lo hicieron (AZ Editora, hablo de vos).

En este contexto de tantas horas frente a la máquina, entrenar fondos largos parece un oxímoron. Pero se puede. El problema se da con el sacrificio del sueño. Yo funciono mejor de madrugada, por lo que siempre preferí acostarme cuando tenía mucho sueño y levantarme muy temprano, antes del amanecer. Pero también se dan situaciones donde sigo derecho, como me pasó el martes, que para terminar un libro que venía con dos semanas de atraso, me senté a las 8 de la mañana en la compu y me levanté a las 9… del día siguiente.

No sé si es comparable el esfuerzo de estar trabajando 25 horas que el de estar corriendo. Calculo que si estuviese haciendo actividad física, ni notaría el sueño. Pero estar sentado, con el mundo exterior en silencio, no me sube los niveles de adrenalina (todo lo contrario). He intentado muchas cosas, como poner música electrónica al palo, tener las luces prendidas, parar de tanto en tanto para jugar a un jueguito en el iPad, hacerme un té… También es importante comer, porque el organismo sigue trabajando, y es preferible que reciba alimento cada tres horas a hacer un ayuno despierto.

Anoche intenté muchas cosas nuevas para no caer redondo. Por ejemplo, levantarme de la silla cada tanto, hacer algo (cualquier cosa) y volver. También opté por arrodillarme frente al teclado, ya cerca de terminar. Es una de las posiciones más incómodas del mundo para trabajar, pero también lo es para dormirse. Lo peor es que cuando había terminado, con todos los PDFs en baja enviados para su aprobación, me acosté finalmente en la cama y no me podía dormir… Suele pasar.

Siendo una persona que se desnuca en una silla cuando tiene sueño, que se ha quedado dormido en los lugares más insólitos, a quien sus parejas han sabido odiar con todo su ser por desmayarse en reuniones familiares y con amigos, me intriga muchísimo eso de correr mientras debería estar durmiendo. A veces pienso que tengo que salir a entrenar algún día a la medianoche, como para ver qué me pasa. En una semana estaré viajando para San Martín de los Andes a correr la Patagonia Run. El micro que nos lleva a la largada sale a las 22:30 hs. Largamos a las 00 hs del sábado y tenemos hasta las 22:30 para cruzar la meta. No va a ser lo mismo, pero bien podría ser una experiencia similar a reemplazar el sueño por la vigilia. De lo que estoy seguro es que corriendo en la montaña no me va a dar sueño. No voy a necesitar ponerme de rodillas en el suelo o poner música electrónica al palo para no dormirme (eso creo).

Semana 26: Día 178: Al final, soy humano

Creo que esta vez voy a decepcionar a mucha gente, pero hoy me sentí realmente cansado y con muy poca energía para hacer algo.

Posiblemente tenga que ver con el fondo de 50 km que hice ayer. En general me sentí bien, pero lo hice con la sensación se estar agotado. Correr sin mochila me hizo una gran diferencia, y posiblemente eso fue lo que me permitió hacer un buen tiempo para un entrenamiento (4 horas y media). Pero venía de dormir cinco horas, y para colmo, ese mismo día me acosté a las 2:30 de la mañana y a las 7 ya estaba arriba.

Creo que tampoco me recuperé del todo de Tandil. Los tobillos me empezaron a doler recién hoy, y un par de veces alguien mencionó mi cara de cansado.

Hoy fui a entrenar y di pena. Me dolían las rodillas y los tobillos. Entrar en calor me ayudó muchísimo y bajó bastante el umbral de dolor. Pero todavía están aquí, quejándose.

Evidentemente no puedo mantener este ritmo y no ddormir. Por ahí en otro momento de mi vida lo hubiese hecho. Esta fue mi resolución para 2014: descansar más. Es momento de empezar a buscar cómo cumplirlo.

Semana 6: Día 37: El miedo de parar

Generalmente me siento a escribir más o menos sabiendo cómo va a terminar el post. Este no es uno de esos casos. Tengo una idea en la cabeza que la voy a desarrollar a medida que la voy escribiendo, porque sinceramente es algo que me pasa y que no hablo a menudo. Seguro que muchos lo viven diariamente. Me refiero al miedo a detenerse… o en realidad, el miedo a no poder arrancar después de eso.
Lo podemos vivir en lo micro y en lo macro. Hablo desde mi experiencia personal: en las carreras, no quiero parar. Manoteo el agua en los puestos de hidratación o la fruta y me la llevo al paso. Puedo seguir corriendo o caminar, pero nunca quedarme quieto en el lugar. Creo que viene de una Adventure Race en Pinamar, año 2009. Me había lesionado la rodilla entrenando y recién me estaba recuperando. Estaba manteniendo un ritmo fuerte (al menos para mí en aquel entonces), a la par de un compañero de grupo. Pasamos toda la segunda posta, que es 100% médanos. Subir y bajar en la arena blanda era muy exigente. Entonces llegué a un puesto donde me detuve a tomar Gatorade (todos saben que lo sirven en vasos y que se vuelca todo). De paso aproveché para sacarme la arena de las zapatillas. Y entonces quise arrancar… y no pude. El dolor en la rodilla se había quintuplicado desde que me había detenido. Quise retomar, incorporar el sufrimiento, pero era demasiado. Caminé muchísimo hasta que improvisé un paso que me aliviaba. Pero desde ese momento me aterró volver a frenar en carrera.
Eso fue lo micro. Algo puntual, un instante determinado dentro de una acción. Ahora vamos a otro ejemplo de lo macro. En otra circunstancia, volviendo después de una temporada de recuperación de una lesión, o luego de ausentarme unos meses por vacaciones, falta de dinero, etc. Volver a entrenar siempre termina siendo muy duro. Uno quiere retomar desde donde dejó y no se puede. Hay que pasar por un período de adaptación, ya sea corriendo o en el gimnasio levantando pesas. El tiempo sin entrenamiento se puede comprobar elongando, es frustrante notar cómo los músculos se acortan, aunque sea milímetros. La pierna no estira como antes, la mano ya no llega a tocar la punta de la zapatilla. es la confirmación concreta de que frenar no nos dejó en el lugar que estábamos antes, sino que nos hizo retroceder un par de casilleros.
El descanso es necesario. Es más, dicen que el músculo crece en el descanso. Pero dejar de ir al gimnasio o no entrenar constantemente es algo que me da miedo. Cuando me pasa, me angustio. Me miro los músculos, pensando en que los voy a perder. Pienso en velocidades en progresión, en resistencia, y me empiezo a angustiar. Para alguien que se dedica a entrenar como una actividad recreativa, la sensación de estar volviendo es constante. Si me voy de vacaciones sé que me va a resultar difícil entrenar al mismo nivel, entonces cuando vuelva del viaje voy a estar pensando en “recuperar tiempo perdido”. Ahora que se me venció la membresía del gimnasio, me pareció prudente renovarla recién en diciembre, porque voy a estar dos semanas afuera… entonces no dejo de pensar que va a ser una pena estar 30 días parado. Si en un mes puedo ganar un kilo de músculo, ¿también en el mismo tiempo perdería una cantidad similar?
Tengo la barra para hacer dominadas en el marco de la puerta del baño. También puedo ir al suelo a hacer flexiones o abdominales. Podría, en teoría, hacer ejercicios para mantener durante ese período. Pero también pienso, ¿no me estaré obsesionando demasiado? ¿Qué me conviene, relajarme y retomar cuando pueda, o hacer un esfuercito extra y tratar de mantener el estado actual? Francamente, no tengo idea, así que se aceptan sugerencias…

Semana 5: Día 32: El descanso

¿Influye el descanso en el rendimiento? No tengo ningún estudio a mano, pero estoy convencido de que sí.
Nunca intenté correr una carrera sin dormir. He hecho grandes esfuerzos, y llegué a la conclusión de que poco tiene que ver con el “tipo” de alimentación, sino con la calidad. Pero hay algo en mí, químico o genético, que hace que me desmaye por la noche, después de cenar. Mis compañeros de grupo en los Puma Runners tienen varias colecciones de fotos mías que me sacaron durante cenas o algún viaje. Qué le encuentran de fascinante a tener una imagen mía babeando, nunca lo voy a entender.
Más allá de esto, tengo días en que me le animo a cualquier desafío, y otros en donde el cuerpo no me responde (y, como aclaré antes, a mi juicio poco tiene que ver con la comida). Llegué a la conclusión de que lo que influye es el descanso. Últimamente no llego a dormir las 8 horas reglamentarias, y a veces ni siquiera llego a 6. Estas últimas semanas han sido difíciles: mucho trabajo y ninguna gana de perder un día de entrenamiento. Así fue que pasé a tener entre 5 y 6 horas de sueño.
Ayer, puntualmente, Germán (nuestro entrenador), nos dio una buena paliza. Abdominales, flexiones, sentadillas. Bastante por encima de lo habitual. Aunque pude hacer todo, me sentía terriblemente cansado. Mal. Pensé que podía llegar a ver el volumen de trabajo, pero me di cuenta de que tenía que ver con dormir poco. No me termino de recuperar. Me duelen los músculos como si acabara de empezar, y me doy cuenta de que las cosas me llevan un esfuerzo superior al que estoy acostumbrado.
No me queda otra que comprobarlo de una forma que sea sana para mí: durmiendo más. Es una resolución que me gustaría respetar. Seguramente el descanso es algo que subestimo, porque creo que así el día me va a rendir más. Pero un gran problema para los atletas es cuando el cuerpo nos pasa factura, y tenemos el extraño don de ignorarlo. Deséenme 8 horas de sueño. Nos vemos del otro lado.

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