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Semana 50: Día 346: ¡Zapatillas nuevas!

¿Serán estas zapatillas las que use para correr en Grecia? No hay mucho margen para experimentar con otro calzado… creo que me tendré que hacer amigo de este nuevo par…

Hace tiempo que vengo pensando con qué voy a correr la Espartatlón. ¿Zapatillas de aventura, que me dan estabilidad? ¿De calle, que son livianas y optimizan la energía? Estuve probando diferentes pares en los últimos meses con resultados dispares. Nunca salí de la marca Puma porque son buenas y dentro de las marcas de mejor calidad no son las más caras. Siempre anduve bien con Asics, pero su precio hoy en día es prohibitivo.

Las últimas zapatillas con las que entrené, las Faas 500, anduvieron bien. No fueron una cosa espectacular, pero yo venía de entrenar con las 600 y me vivía torciendo los tobillos. Por eso pasé a las Nightfox, que si entendí bien no las hacen más. Esas sí son especialmente pensadas para aventura. Con estas tenía estabilidad, pero eran pesadas, y en 246 km cada gramo cuenta.

Como decía, las Faas 500 anduvieron bien. No puedo decir que me cabiaron la forma de correr, pero hay una simple razón: no debe existir un calzado que se aguante este volumen de entrenamiento. Recuerdo cuando cambiaba mis zapatillas una vez al año, y ahora como máximo cada tres meses. A 17 días de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta, era hora de cambiar los neumáticos. Ya venía sintiendo dolores en los pies, en especial en los tobillos. El calzado que tengo ahora, las Faas 1000, no me van a dar tanta estabilidad, pero tienen muy buena amortiguación. Las probé ayer y volví a sentir algo que hacía mucho no sentía: comodidad.

No corrí demasiado con ellas, apenas 6,3 km. En Grecia voy a tener que correr 39 veces más que esa distancia, pero el hecho de que sean livianas y cómodas me parece un buen combo. Creo que lo más importante es que absorban el impacto del asfalto para que no repercuta en mis articulaciones ni en mi espalda. En una primera impresión anduvieron bien. Vamos a ver cómo siguen estos próximos días. Quizá este nuevo par sea el que me lleve hasta la meta. Más les vale.

Semana 50: Día 344: Un fondo bajo el diluvio

Se acerca la Espartatlón. Faltan poquísimos días y el entrenamiento entra en su etapa final. Poco me imaginaba que en el fondo de esta mañana me iba a enfrentar a un verdadero diluvio.

Dicen que la suerte no existe. Coincido en gran parte con este precepto: uno elige su propio destino. Pero no me quiero meter en el karma ni en si Dios juega a los dados con el universo. Hay una sola faceta en la vida diaria del corredor en donde influyen agentes externos que podríamos definir como suerte, y se trata del clima. El pronóstico del tiempo nos adelanta con bastante certeza lo que va a pasar en las próximas horas, pero uno igual se la juega sin tener el porvenir definido.

Yo ya sabía que iba a llover durante el viernes y el sábado, pero no tenía forma de saber a qué hora ni por cuánto tiempo. Cuando ayer fuimos a la acreditación de la media maratón parecía que se iba a caer el cielo, pero cuando salí de mi departamento casi que sale el sol, y no cayó una gota en todo el camino.

Estos últimos días del invierno del hemisferio sur no han sido muy fríos. Tuvimos alguna semana complicada, pero nada que ver a los 16 grados que hacía hoy. Me desperté a las 5 de la mañana para prepararme el desayuno y salir a entrenar. Me tocaba hacer un fondo antes de entrenar con los Puma Runners, y la distancia que separa mi casa de la base son unos 22 kilómetros, que puedo hacer en 1:45 hr, a veces en 2:00. Me pareció que podía hacer un poco más, así que calculé como para meter 30 kilómetros, y que después el entrenador decidiera.

No sentía frío, así que solo me puse unas calzas cortas, un pantalón, medias zapatillas (con las plantillas nuevas) y una remera. Era todo con lo que iba a salir, más algo de comida en los bolsillos. Pero empecé a dudar de si me iba a arreglar, después de todo quería llevarme un sándwich de tofu para después, más algo de ropa de recambio… así que después de dudar un poco, me calcé la mochila y ahí sí, salí.

No por mucho tiempo. Afuera empezaba a lloviznar. Apenitas. Subí nuevamente a mi departamento y me puse un rompevientos que es un poco impermeable. Dudé en llevarlo porque su impermeabilidad hace que también sea caluroso. Terminé saliendo poquitos minutos pasados de las 6 de la mañana. Aguanté el rompevientos unos 900 metros hasta que me lo saqué y lo guardé en la mochila. Cinco minutos después empezaba a llover. Y la lluvia se convirtió en aguacero. Y después en diluvio. Y después en baldazos de agua. Era como correr abajo de la ducha.

Por suerte (acá es donde entra este factor ajeno a nuestra influencia) no hacía calor, así que toda esa agua no me preocupaba. Fue inevitable volver unos años atrás, cuando ni siquiera me imaginaba que me iba a convertir en un corredor, y ver por la ventana del tren cómo un hombre entrenaba, solo, dando vueltas al Velódromo de Escalada bajo una lluvia torrencial. Hoy me convertí en ese hombre, el que enfrentaba a las fuerzas de la naturaleza en pos de entrenar. Dos automovilistas, en momentos diferentes, me tocaron bocina. Uno levantó su puño, en señal de apoyo. Me sentí, por un instante, un buen ejemplo.

Hice mi camino de siempre. Cuando corrí por debajo de la autopista, sentí un alivio especial porque salí por unos segundos de esa ducha incesante. Comí mi pan con semillas, mis pasas de uva, y en los bebederos tomaba agua, aunque casi que podía levantar la vista, abrir la boca y dejar que toda esa lluvia me hidratara.

En muchas partes tuve que hundir mis pies en el agua. Si no veía el suelo, bajaba la velocidad y caminaba dando zancadas largas. Por el bajo de Olivos, junto al tren de la costa, el camino estaba todo inundado. Sentí que juntaba información valiosa para darle al entrenador. Era obvio que no nos iba a convenir venir para ese lado.

Cuando finalmente uní Retiro con San Isidro llevaba esos 22 kilómetros que me imaginaba. Le di dos vueltas al Hipódromo y me detuve finalmente con esos 30 kilómetros que buscaba. Eran las 8:45 de la mañana, temprano todavía, ya que los Puma Runners se juntan a las 9. Aproveché esos minutos extra para elongar y comer otro poco de pan integral.

Ahí fue cuando miré el celular y vi que desde las 7:30 se había suspendido el entrenamiento (porque, claro, diluviaba). No hubiese tenido forma de verlo a tiempo, el mensaje cayó mientras yo llevaba como 15 kilómetros. Además, de haberlo visto, no hubiese hecho ese fondo, que me dejó bastante conforme. Así que vi el lado positivo de las cosas (otro fondo adentro), me abrigué y me fui a tomar el tren a casa. Toda mi ropa de recambio estaba empapada, pero al menos era manga larga (y no hacía frío).

Las seis cuadras que separan la terminal de tren de Retiro y mi departamento se me hicieron largas. Fue el único momento en que sentí frío, y temblaba como una hoja. Pero al llegar a casa y sacarme toda la ropa mojada pude sentir el placer de ponerme unas medias secas, además del orgullo de haber enfrentado yo a las fuerzas de la naturaleza… y no haberme arrepentido.

Semana 49: Día 340: El equipo espartano

Cuando me puse a investigar sobre la Espartatlón, en seguida llegué a dos conclusiones: es una paliza para las piernas, y correr sin equipo de asistencia es sinónimo de abandonar.
Para lo primero solo podía especular con entrenar mucho sobre asfalto y fortalecerme todo lo posible. Para lo segundo necesitaba ese elemento que resuelve todos los problemas del hombre moderno: dinero.
El sueño de correr los 246 km de Grecia era mío, y se lo contagié a mi grupo de entrenamiento, Puma Runners. No al punto de que ellos la quieran correr, sino ayudarme a lograrlo. Pero un viaje de esta magnitud, en temporada alta, es costoso, y por más que yo me pago todo con mucha felicidad, sin un sponsor iba a ser imposible que me acompañara un equipo.
Cuando me inscribí en la Espartatlón estaba obligado a completar los datos de mis dos asistentes. En un rapto de fe anoté a Germán, mi entrenador, y a Nico, compañero de aventuras y converso al mundo del running gracias a Semana 52. Ambos padres con responsabilidades laborales, era imposible que pagaran el viaje de su bolsillo.
La búsqueda de sponsor no dio sus frutos, pero reuní el dinero vendiendo mis comics y muñecos. Aclaré de entrada que no era un préstamo o favor a ellos. Yo necesito que estén para asegurar mi llegada a la meta.
Finalmente el equipo se conformó, y después de que cada uno hizo sus malabares con el trabajo, se convirtieron en el equipo espartatleta. Lean terminó sumándose, sospecho que porque imagina que el viaje va a ser pura joda. Pobrecito.
Estos son, entonces, mi equipo de asistencia. En ellos confío y de ellos dependerá en gran parte que no me desvíe de mi estrategia.
Germán De Gregori: Mi LifeCoach. Quien se encargó de mi entrenamiento. Durante la carrera se va a hacer cargo de mi salud. Sabe cómo corro, hasta dónde puedo esforzarme y está al tanto de mis aptitudes y debilidades física. También va a filmar y sacar fotos.
Nicolás Pardo: Conductor y encargado de la logística. Responsable de dónde voy a comer y tomar, y qué cosas. Responsable de los recambios de ropa y calzado.
Leandro Aciar: El comodín. Puede turnarse con cualquiera y dejar que el otro descanse. Puede conducir y creemos que filmar también. 
Ellos son mis ases en la manga, y en quienes confío la carrera más grande de mi vida.

Semana 47: Día 327: Hacer lo imposible

“¿Y eso es real? ¿Es algo que se puede hacer?”. Eso es lo que generalmente me dicen las personas que escuchan por primera vez que voy a participar de la Espartatlón.
Si nos sintonizas por primera vez, quizá no sepas que la Espartatlón (o Spartathlon) es una de las carreras más duras del mundo: 246 km en un máximo de 36 horas. No es imposible de hacer, solo requiere de tres cosas: preparación, estrategia y voluntad. Que sea “poco” no quita que no sea muy difícil.
Si voy a llegar, no tengo idea. En el fondo la experiencia me aterra, y es por eso que la tengo que hacer. Cuánto dolor, hambre, calor, sed, cansancio, frío, sueño voy a sentir es algo con lo que no me quiero enloquecer… pero sin dudas voy a sufrir. No creo que nadie la pase bien: como todo, la experiencia toma otro sentido cuando uno cruza la meta.
Sí creo que soy capaz de soportar todo eso y llegar. O sea, tragar saliva, apretar los dientes y no detenerme. Muchos creían que eso es imposible, pero ya lo he hecho en el pasado. Seguramente, quienes se sorprenden por la existencia de una carrera tan brutal es porque no han salido mucho de su zona de confort. Si supiera que la voy a terminar… ¿cuál sería la gracia?
Creo que todos somos capaces de terminar la Espartatlón. Solo necesitamos preparación, estrategia y voluntad. Si falta alguna de esas tres, seguro va a ser imposible. Pero con ese combo, hasta lo imposible empieza a volverse realizable…

Semana 42: Día 294: Cita con la nutricionista

Estas han sido semanas complicadas. Mucho trabajo atrasado, por lo que ya van dos semanas que no voy al gimnasio. Estoy haciendo una terapia alternativa para acomodar los pajaritos y porque necesitaba un cambio a nivel interno (algo de eso hablé en este mismo blog). Para mí esta es una etapa de transición, donde la única constante es el running. A esa cita no he faltado, y sigue siendo mi ancla.

La hora de la verdad, en la que corroborar si vengo bien, es mi cita con mi nutricionista. Desde el 31 de agosto de 2010 me vengo controlando con ella, y ha sido quien me ayudó a convertirme en un maratonista vegetariano y en un ultramaratonista vegano. Si le habré dado desafíos, como cuando decidí no consumir más azúcar ni jarabe de maíz de alta fructosa, y a regañadientes me tuvo que buscar alternativas. Podría decir que mi progreso tiene tres aristas: la física, la mental y la nutricional. De todas me tengo que hacer cargo yo, pero por suerte tengo la guía de gente como Germán, mi entrenador, y en cada caso la clave para lograr cambios perdurables es el mismo: los hábitos.

En mi primera cita, mi peso era de 76,9 kg, mi masa adiposa era 25,1 kg y mi masa muscular 31,2 kg, con el resto dividiéndose entre huesos, piel y mi masa residual (órganos y comida en el estómago). De esto se desprendía un dato interesante: mi cuerpo era 32,6% grasa. A menos que quisiera convertirme en nadador de aguas heladas, no me era de mucha ayuda.

La medición de hoy fue la número 23. Ya al principio tuve cambios importantes, con el único problema de que perdía músculo cada vez. Me tomó casi un año subir algo mi masa muscular. Alcancé mi pico histórico en abril pasado, y hoy, tres meses más tarde, volví a mejorar mis niveles. Ahora, después de cuatro años, volví a estar por encima de los 70 kg de peso total, pero por suerte eso no significó que subí de grasa. Mi masa adiposa es de 14,1 kg (20% de mi peso total) y mi masa muscular es de 34,6 kg, lo que significa 800 gramos por mes desde la última medición.

¿A qué le podría atribuir haber progresado y no haberme estancado? Al entrenamiento. A pesar de no haber ido al gimnasio las últimas dos semanas, estuve haciendo un mínimo de tres veces por semana, además de la rutina en los Puma Runners. Estoy corriendo mucho, y eso influye en seguir bajando grasa, y estoy prestándole atención a lo que como… y haciendo caso.

Comparando mi primera medición con la de hoy, bajé exactamente 11 kg de grasa y subí 3,4 kg de músculo. Aquella vez no sabía lo que era correr una maratón, el veganismo me parecía una locura, y participar de la Espartatlón ni siquiera era una opción a considerar. Mi sueño en aquellos días era llegar a correr 80 km. En dos horas voy a salir para correr 120, y no en una carrera, sino como parte de mi entrenamiento.

Si llegue o no, realmente no me preocupa. Siento que mi experiencia y estrategia me van a jugar a mi favor. Creo que solo una situación muy extrema me va a dejar afuera. He aprendido a atravesar el dolor y a confiar en mí mismo.

Ahora me resta entrenar, seguir probando cosas para aplicar en la Espartatlón (para la que faltan 70 días, nada más) y una última cita con la nutricionista, unos días antes de viajar a Europa. Este es mi mejor momento a nivel físico, pero quizá lo pueda mejorar todavía un poquito más…

Semana 26: Día 180: Volviendo

Hoy va a ser mi regreso a entrenar con normalidad. Pero sigo con algunas molestias en la pierna izquierda, así que es todavía una incógnita para mí cómo me va a ir.

El dolor no es exactamente en el tobillo, al menos no a nivel óseo. Tengo la impresión de que es algún tendón, como si fuese otra vez una osteocondritis (prefiero que me agarre ahora y no en Septiembre). Tomármelo con calma el lunes me ayudó, hoy es la prueba de fuego, aunque todavía siento una ligera molestia.

Tanta fe me tengo que vine preparado para volver corriendo a casa. Si no me molesta cuando entrene, quizá haga los 21 km desde San Isidro a Retiro trotando. Si no, será con sentimiento de derrota y en tren.

Por si todo sale bien, mi estrategia es no correr con mochila, así que me traje un Powerade en una bolsa, junto a un sándwich de tofu. En este preciso instante estoy viajando a Acassuso en un atestado tren. Vistiendo una remera de manga larga sobre la musculosa y calzas largas. No es que tenga frío (aunque afuera caen algunas gotas de lluvia), sino que mi entrenador me aconsejó vestir calzas para ayudar a que las piernas entren en calor más rápido.

Y si me sigue doliendo, no podré seguir evitando ir a una consulta con un traumatólogo…

Semana 26: Día 179: Recuperando los tobillos

Si tuviese que recomendar un modo de tratar una lesión, sería descanso y entrenamiento.

Aunque eso suene una paradoja, es lo que siempre me funcionó. No sobrecargar la zona pero tampoco quedarse quieto indefinidamente. Veo a las lesiones o los dolores como una señal de que esa parte del cuerpo necesita más entrenamiento (me refiero a las consecuencias de la fatiga, no si te cae una piedra en el antebrazo). Siguiendo esta política, en los últimos meses decidí no tomar analgésicos. Entiendo si alguien necesita tomarlos ante una situación absolutamente intolerable, pero creo que jugamos demasiado con nuestra salud y le metemos demasiados químicos a nuestro cuerpo. Sin ir más lejos, muchos calmantes tienen contraindicaciones a las que no les damos mucha importancia, la más común siendo la de hacer pelota nuestro aparato digestivo.

No me queda muy en claro qué me pasó, pero supongo que el esfuerzo por correr la Adventure Race de Tandil me dejó especialmente sensible, y ayer, un día después de correr un fondo de 50 km, empecé a notar un dolor en el tobillo izquierdo. Cuando a la noche quise entrenar, habiendo dormido muy poco en los últimos dos días, me sentía duro como una piedra y con bastante molestia. Decidí no esforzarme y correr muy poco. Después de dormir unas reglamentarias 8 horas me siento mejor, calculo que mañana será la hora de la verdad.

Si pongo la carrera en perspectiva, la montaña no es lo mío. Me cuesta mucho bajar y no piso con seguridad. Me tropecé dos veces y me torcí el tobillo todo el tiempo, pero lo raro es que era el derecho. ¿Podría ser que la molestia en el izquierdo haya sido por compensación? Todo es probable…

En 20 días es la Patagonia Run, que en comparación hace que la Adventure Race de Tandil sea una caminata al chino de la vuelta. Decididamente no me voy a enloquecer y voy a tomarme con mucha calma cualquier terreno que no sea asfalto o tierra plana. Estoy necesitando hacer una ultramaratón como entrenamiento, exigirme y salir de mi zona de confort (en la montaña no voy a poder ir a una estación de servicio a comprarme algo para tomar), pero tampoco quiero lesionarme y poner en riesgo mi entrenamiento para la Espartatlón.

Mi conclusión es que, aunque le puse mi mejor esfuerzo y me fue mejor que nunca, no estoy preparado para correr entre las rocas y mucho menos en las bajadas. Entonces, ¿para qué me meto en esa clase de carreras? Supongo que si fuera fácil para mí, no me representarían un desafío…

Semana 25: Día 169: Acreditándonos para la Adventure Race Tandil

Han sido días difíciles para actualizar el blog… pero no para relajarme y disfrutar con amigos. Habiendo pasado un día en Mar del Plata, llegamos a Tandil, donde el clima nos recibió con frío y lluvia… un pronóstico para el que no me había preparado. Me puse el poco abrigo que tenía y me la banqué…

Como en todos los viajes, mi principal dolor de cabeza es la comida. En realidad es difícil coordinar cualquier actividad que involucre a muchas personas. Yo, que de vegetariano pasé a vegano y de ahí a no querer comer alimentos procesados, tengo que hacer algunas concesiones por el bien común. Pero más allá de eso, todo ha salido muy bien y nos estamos divirtiendo mucho.

En la cabaña que caímos este año somos once personas. No todos nos acostamos la misma hora, ni nos levantamos a desayunar juntos. Llegar todos a la acreditación es una proeza, y hoy lo logramos. Llegamos a las doce, más o menos cuando otras mil personas decidieron ir. Nos entregaron un número, como una sala de espera pero de deportistas impacientes y ruidosos, y tuvimos que esperar cuarenta lugares.

Tandil es una carrera hermosa y la logística durante el evento está muy aceitada, pero la acreditación es siempre un caos. Nuestro liberado nunca les figura y hoy me dijeron que tenía que pagar $325. Después que había una deuda del equipo de $200, cuando había pagado yo personalmente lo de todo el grupo. Para el liberado solo había talles L y XXL. ¿Para qué hacen tantas remeras tan grandes? ¿Acaso hay muchos corredores extra extra large que corran carreras de aventura? ¿No se dan cuenta que los atletas son en su mayoría talle M? O sea, es siempre el tamaño que se acaba…

Cuando resolvimos todo este embrollo (en su defensa, la gente de la organización es paciente y atenta) retiramos todos los kits. El contenido depende de los sponsors. Los cereales te los acepto, pero los dos botellones de Terma y el vaso plástico me parecieron mucho. Tampoco me enloqueció la sal baja en sodio que regalaban. Otros años entregaban fideos, cosa que me parece tenía mucho más sentido para fomentar la cena con hidratos. Es cierto que en otros años regalaban cerveza, cosa que me resultó cualquiera, pero bueno… no sé con qué nos encontraremos en la charla técnica.

Estoy con muchas ganas de correr. Mañana largamos a las nueve de la mañana. Es probable que haga frío y que con el correr de las horas suba la temperatura hasta volverse muy agradable. Mañana, si el wifi o el 3G me lo permiten, les contaré…

Semana 23: Día 158: Correr adelgaza… y reduce tu altura

Hay días en que no pasa mucho con mi vida. Quiero actualizar el blog, pero no hay mucho para decir. Por ahí podría contarles que me pasé todo el feriado en calzoncillos, trabajando en adaptar cómics para plataformas digitales, y en un momento de esparcimiento me vi una película. Pero no creo que a muchos les interese.

Es cierto que parte del entrenamiento de cualquier corredor es descansar. Ayer tuve un día muy intenso, con duras sesiones de musculación con los Puma Runners. Y lo coroné volviendo los 21 km que separan San Isidro de Retiro corriendo. Llegué a casa a las 12 de la noche, más mojado por la transpiración que por la lluvia, con hambre y sueño. Hoy me levanté con dolor en todo el cuerpo, pero no por correr, sino por los ejercicios de musculación. Estoy dedicándome más al running que a otra cosa, así que las flexiones de brazos y las dominadas me cobran un precio más alto que el que estaba pagando hace un par de meses.

Y en estos días donde no pasa mucho y me distraigo con la internet, me puse a investigar sobre ultramaratones, y el impacto que tiene sobre el cuerpo humano estar corriendo semanas sin parar. Encontré un artículo (en inglés) muy interesante en el que un panel de especialistas se dedica a filosofar si era posible que una persona haga el épico trote de Forrest Gump (visto en su película homónima, que se estrenó hace… ¡20 años!). Recuérdenme en algún momento traducirlo y publicarlo.

Revisando los comentarios de este artículo, alguien dijo “¡No mencionaron a Eddie Izzard!”, y compartió un link al periódico Daily Mall. Me sorprendió porque conozco a este actor y no tenía idea de que corría. Resulta que en dos meses corrió 1770 kilómetros por todo el Reino Unido, gracias a lo cual reunión 200 mil libras para obras de caridad de Sport Relief. Él mismo asegura que antes de comenzar, el 26 de julio de 2009, solo había entrenado 5 semanas. Hacía más de 43 kilómetros por día, seis veces por semana, y empezó completando la distancia en 10 horas y para el último día lo había bajado a la mitad.

Pero lo que me llamó la atención fue cuando en el artículo mencionaban que su mejor se debió al “efecto entrenamiento”. Mientras el cuerpo se ajusta al ejercicio, soporta mejor las demandas físicas al tiempo que los músculos se agrandan, el ritmo cardíaco se adapta y baja, y la capacidad pulmonar y respiratoria mejora. John Brewer, estudioso del deporte en la Universidad de Bedforshire, dijo que golpear el pavimento por tanto tiempo podría haber reducido la altura de Izzard: “Podría ser un poco más bajo”, declaró. “Los estudios han mostrado que los corredores de maratones tienden a perder entre uno y dos centímetros de altura porque la columna se contrae un poco. Esto es un efecto a corto plazo”, por lo que uno “volvería a la normalidad” en poco tiempo.
En realidad debería corregirme, porque hasta en los días en que “no pasa mucho” en mi vida se puede aprender algo… Quizás el día en que deje de correr sea para recuperar esos dos centímetros de altura que perdí.

Semana 23: Día 157: Hay que salir de la zona de confort

Cuántas veces dejamos de hacer algo porque nos resultaba “incómodo”. Yo era de esos, definiendo mi menú por lo que hubiese en el supermercado chino de la esquina de mi casa.

Pero correr, y en especial el fondismo, es netamente ponerse a uno mismo en situaciones incómodas. El running es esfuerzo, traspirar y, de vez en cuando, pasarla un poco mal. No es eso lo que disfrutamos, sino el sobreponernos a la adversidad (y a nuestras propias inseguridades).

Cuando experimenté una distancia de ultra por primera vez, lo sufrí. Mucho. Me sentí el tipo más débil del mundo. Pero hasta el alfeñique de 44 kilos, con tiempo y esfuerzo, se convirtió en Charles Atlas. Me repuse de esa penosa experiencia llamada Patagonia Run, y en un mes estaré corriendo de nuevo los 100 km.

Lo que más le espanta a la gente de la Espartatlón es el esfuerzo descomunal. “¿Para qué?”. Bueno, en mi caso, porque es un capricho. Es salir del potrero y querer jugar en Primera (ni siquiera intentar ganar). Ni siquiera yo me imaginaba lo que hacía falta para clasificar para esa prueba, pero lo fui aprendiendo. Fue, como con la Patagonia Run, animarme a pasarla mal, hasta que el esfuerzo se convirtió en algo más habitual. Por ahí parte del proceso es animarse a hacer las cosas, porque muchas veces el miedo es por desconocimiento. Habiendo vivido algo, por primera vez, cuando lo volvemos a hacer ya no es tan terrible.

Sé que la Espartatlón es una prueba muy dura y que está bastante por fuera de mi zona de confort. Por eso estoy intentando correr en cada oportunidad que tengo, como cuando un trámite me lleva a la otra punta de la ciudad, o lo que voy a hacer esta noche, que es volver corriendo desde el entrenamiento (o sea, trotar y hacer musculación con mi grupo y a las diez de la noche volver a casa haciendo 21 km a pie).

No voy a negar que a veces me siento cansado y que la perspectiva de correr dos horas en la noche, mientras la mayoría está cenando o disfrutando de una película, no es un plan muy alentador. Quizás hasta llueva mientras esté volviendo. Pero en el fondo quiero esto. Necesito acostumbrarme a correr incómodo. A veces se me revienta una ampolla y pienso “¡Perfecto! Puedo practicar cómo es seguir avanzando con dolor y ver si me acostumbro”.

Falta un mes para la Patagonia Run y siete para la Espartatlón. Va a ser un año poco cómodo y confortable para mí, pero espero salir más fortalecido y más sabio de todo esto.

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