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Semana 50: Día 345: Los 21 km de la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

Otro año, otra media maratón que se corre en las calles porteñas. Este emblema deportivo y turístico atrae cada vez a más entusiastas del running, y en esta edición reunieron a más de 20 mil corredores. Solo podría lograrse si las cosas se hacen de manera prolija, y realmente este es el caso.

La Carrera: En el año 2009 se creó la Fundación Ñandú, quien se hizo cargo la Maratón en la Ciudad de Buenos Aires, que se venía disputando desde 1984. En aquella primera edición participaron 900 atletas, número que crece año a año. Me encantaría darles el dato de desde cuándo se realiza la Media Maratón, una distancia un poco más accesible (21 kilómetros, para los que no lo saben). Realmente esta carrera es opacada por los 42 km en cuanto a la importancia que le da la internet a este tipo de eventos, pero donde sí no tiene punto de comparación es en la convocatoria: para esta edición se inscribieron más de 20 mil corredores.

El circuito es bien turístico. Comenzó en Monroe y Figueroa Alcorta para recorrer las calles de Belgrano, Palermo, Retiro y el microcentro. El marco de la Ciudad es uno de los principales atractivos, y uno puede sentir el placer de correr sobre la Avenida del Libertador, junto al Obelisco, en Avenida de Mayo y entrando a la Autopista desde la 9 de julio.

Para esta edición decidí tomarme las cosas con calma y aprovechar para acompañar a dos amigas, Sol y Ceci, en sus primeros 21 km. Estaban muy nerviosas pero a la vez muy entusiasmadas por animarse a esta distancia. Cuando hicimos la acreditación les dije que eligieran la pulsera violeta que indica una llegada entre 2 y 2:25 hs. Me trataron de loco en ese momento y me aseguraron que llegaríamos en 3 horas… Les dejo picando ese dato.

Lo bueno: La organización es el punto fuerte en este evento. Seguro, a veces hay cosas que fallan, como los guardarropas el año pasado (lo que propició a que hoy decidiéramos dejar las cosas en un auto), o el caos que puede llegar a ser tomar agua durante el recorrido. Pero esto no tiene nada que ver con desprolijidades, sino con que ya somos tantos participantes que hay pocas chances de no estar a punto de chocarte con el que tenés adelante.

El otro pilar en el que se basa esta media maratón es la Ciudad misma. Muchos odian las carreras de calle y las comparan, injustamente, con las de aventura, que se podría llegar a correr en Pinamar o Tandil. Entiendo y comparto que el contacto con la naturaleza es algo fantástico, pero poder invadir las avenidas principales es una reivindicación para cualquier atleta. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de trotar por el centro de la 9 de julio? ¿O pasar el peaje de la autopista corriendo?

La hidratación está muy bien medida, con amplias mesas (pero la cantidad de público, inevitablemente, hace terribles embotellamientos en las primeras). Está tan estudiada la cantidad promedio que toma un atleta en estas carreras que desarrollaron una botellita más chica con el agua justa.

Lo malo: Quizá sería injusto hablar de los problemas de tener a una multitud de corredores y cómo organizarlos. Pero se supone que en la largada uno debía acomodarse según su pulsera para que saliéramos más ordenados, de acuerdo al tiempo que uno pensaba hacer. Esto no se controló, y es bastante ingenuo pretender que seamos los corredores los que nos acomodemos solos.

Este año me pareció notar que había menos shows en vivo que en ediciones anteriores. Y me cambiaron a los imitadores Los Beatles por una banda (bastante decente) que hacía covers de cualquier banda. ¡Media pila! Con la banda de Liverpool no se jode…

Si hay algo que podríamos criticar es el pobre kit del corredor. La supuesta “Expo maratón” es muy linda, cada año aumenta en tamaño y prestigio, pero la bolsa que te entregan cuando vas a buscar tu remera debería traer algo. Una bebida isotónica, una barrita de cereal, ALGO. El costo de inscripción me parece barato, pero si somos 20 mil personas y a los extranjeros le cobran más caro… ¿tanto cuesta? A la hora de ponernos en quisquillosos y buscar cosas por mejorar, esta sería una.

El veredicto: La media maratón es una carrera sobre la que le pesa una gran expectativa, y este año no decepcionó. Todo salió como tenía que salir, el recorrido se disfrutó mucho, la hidratación alcanzó. Esta es una competencia muy digna, ideal como objetivo de quien necesita una meta para esforzarse y progresar. La recomendaría a absolutamente cualquiera que tenga ganas de empezar.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 4/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 10/10
Nivel de dificultad: Para corredores avanzados

Puntaje final: 8,00

Semana 42: Día 292: Un año en el microcentro

Me acabo de dar cuenta de que cumplí un año desde que me mudé a este departamento. Aprendí a quererlo, y me di cuenta que si lo tengo ordenado o desordenado responde a mi estado de ánimo. ¿Ordenarlo me pone de mejor humor, o si estoy anímicamente bien lo tengo cuidado? No lo sé.

Lo primero que me llamó la atención de esta zona eran los arreglos que estaban haciendo en las calles y veredas, convirtiendo algunas en semi-peatonales. Era realmente complicado caminar. 52 semanas después, San Martín está casi totalmente transitable, pero el desorden (perdón, las obras) sigue para el lado de Maipú y más allá.

Lo segundo con lo que me encontré fue no saber dónde estaban las verdulerías o las dietéticas. Me costó ir descubriéndolas, viendo dónde me asesinaban con los precios y en qué locales podía encontrar lo que un vegano ultramaratonista necesita para seguir avanzando. Ahora ya sé para qué lado encarar cuando tengo que abastecerme, y a dónde ir para pagar de más (en el caso de estar apurado). Igual, como vegano, sigo prefiriendo hacer compras en el Barrio Chino, aunque no me queda cerca.

Lo tercero que descubrí de esta zona es lo alborotada que es de 9 a 19 horas, el bullicio que hay en la zona de los bares por la noche, y cómo los sábados y domingos quedan todos los locales cerrados y casi ningún alma por las calles. Detesto caminar por Florida porque me quemaron la cabeza con el “Cambio, cambio, change money, troco reales”. Prefiero caminar de más y evitar a los ochenta “arbolitos” que hay por cuadra. Pero el ritmo de vida acá me sigue pareciendo raro, incluso un año después. ¿Cómo puede ser que la pizzería de la esquina cierre a las 18:30? Les debe ir muy bien.

Es lindo mirar atrás y ver la etapa oscura y triste que dejé atrás. No sé si encontré mi centro en este monoambiente, pero hice una movida por mí mismo y siento que me salió bien. Estoy mejor que hace un año y un mes, y mi proceso de tener mi propio espacio y recuperar mi vida comenzó luego de mi Maratón de Río de Janeiro, cuando volví a Buenos Aires y me esperaba este modesto departamento.

Semana 3: Día 18: Cómo mejoré mi tiempo

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Pasado mi estupor inicial por haber roto mi marca en 21 minutos (un 11,5% menos que mi mejor tiempo), me restó ponerme a pensar cómo lo logré. Ni yo estoy muy seguro, pero tengo algunas teorías que me gustaría compartir.
Primero que nada, descartar la suerte o el azar. Sí, pudo influir que haya estado nublado, pero no podría saber cuánto. No creo que el desempeño de uno varíe fortuitamente. No depende de los astros, de las cábalas o del karma. Uno se prepara, independientemente de los designios del destino. No hay nada escrito.
Supongo que lo que sí influye es la experiencia. Esta es mi quinta maratón, y esta distancia ya dejó de ser un misterio. Más o menos sé qué esperarme, dónde me voy a cansar, y en qué kilómetro me espera una cuesta o un show. Habrá que ver cómo me va haciendo 42 km en una ciudad que no conozca, pero lo que sí conozco es mi cuerpo y cómo voy a reaccionar. Aprendí qué necesitaba, cómo superar los momentos más difíciles y cómo sostener el ritmo estando muy cansado. Esto se logra, simplemente, corriendo varias veces la maratón.

El descanso es clave. En mi segunda maratón, en Atenas, apenas había dormido cuatro horas. En Río fue similar. Evidentemente correr en el exterior hace que duerma menos… Pero bueno, el sábado anterior hice una siesta (esa de la que me desperté creyendo que se me había pasado el día de la carrera) y a la noche dormí seis horas. No es lo ideal, pero me quedé tirado en la cama toda la tarde, viendo tele y descansando, así que no necesité más. Estaba muy relajado.

La alimentación también fue fundamental. Esa dieta de muchos hidratos y poca fibra asegura tener reservas de energía al máximo y molestias gástricas al mínimo. También, sumado a la experiencia, yo ya sabía qué iba a necesitar durante la maratón. Con mis tres geles (uno cada 10 km) y mis pasas de uva de emergencia, iba a tener más que suficiente. Además, arranqué con un desayuno bien completo de avena, leche de soja y pasas de uva. ¡No me faltó nada!

La hidratación es otra clave de una maratón. Pero esta vez hice un pequeñísimo cambio. Yo siempre tomo mucha agua los días previos y en la mañana de la carrera. Lo que me terminaba pasando era que siempre andaba con ganas de hacer pis, incluso en la competencia. Amparado en los árboles y en que los hombres hacemos donde y cuando queremos, lo fui resolviendo, ¡pero eso quema segundos vitales! Esta vez, en lugar de tomar 750 cc de agua al levantarme, tomé un vaso menos. Eso mantuvo el equilibrio. Después, durante la maratón, me agarré una botellita en cada puesto, sin excepción, y fui tomando de a sorbos. El Gatorade en vaso casi me ahoga, así que lo dejé de lado.

El entrenamiento también fue primordial. Esto quizá se pise con la experiencia, pero desde hace rato que vengo corriendo y entrenando con constancia. Llegué bien al día de la carrera, sin venir parado de una lesión ni tirándome a chanta.

Y probablemente el factor más aleatorio de todos fue la motivación. Estos últimos tiempos han sido muy buenos para mí, anímicamente. Me siento centrado en mi vida, estoy contento con lo que tengo y no sufro por lo que me falta. De hecho, creo que me falta muy poco, si no es nada. Y eso seguramente influye en el desempeño, porque los patitos están todos en fila, y la cabeza se dedica solo a una cosa: disfrutar.

No hay una fórmula mágica. Soy la misma persona que corrió los 42 km en julio, con 3 hs 27 minutos, y el que lo hizo el domingo, con 3 hs 3 minutos. En aquel entonces fallaron muchos de los ítems (descanso, alimentación, etc), y ahora todos jugaron a mi favor. Puntualmente a quien quiera mejorar su marca le diría que la clave es una sola: correr muchas maratones, aprender sobre uno mismo, y aplicarlo. Eso nunca podría fallar.

Semana 3: Día 17: Imágenes de la maratón

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Mientras espero las fotos oficiales, estuve rastreando mis apariciones en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires… Creo que ir bien adelante y haberme pegado a la décima mujer en la categoría femenina (Yanina Forgia) hizo que saliera en muchas fotos. Por supuesto que en casi todas me tapa alguien, estoy fuera de foco o de costado, pero bueno, me pude encontrar fácilmente.
Mi papá hizo su experiencia periodística y además de filmarme a mí, capturó a los keniatas haciendo historia… así que los dejo con las imágenes, mientras me sigo recuperando. Tengo una ampolla dolorosa en el arco del pie derecho, que hoy ya no me impide caminar, y estoy empezando a sentir molestias en la espalda, cuello y cuádriceps. Pero, como decía esa famosa publicidad sobre el día después de la maratón, hay una sola parte de mi cuerpo que no me odia en este instante: mi corazón.

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Semana 3: Día 16: Los 42 km de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires

INTRODUCCIÓN
Me quedé dormido. Así, lisa y llanamente. Abrí un ojo, vi que de entre la persiana entraba luz del día. Afuera se escuchaban algunos autos. ¿Qué hora era? ¡Me había quedado dormido! ¡LA CARRERA!
Pegué un salto, agarré el reloj y me horroricé al ver que eran las 18:30. ¡Me había perdido la maratón! ¡Y por muchísimas horas! Solté un agónico “¡NOOOOOOOOOOO!”. ¿Cómo había podido dormir tanto?
El corazón me latía con fuerza. Me sentía un imbécil. Me tomó varios segundos darme cuenta de que todavía era sábado, y que la maratón era al día siguiente.

LA MARATÓN
Después de semejante julepe, no quise dejar nada librado al azar. Me puse el despertador a las 5 de la mañana y me fui a dormir bien temprano, con toda la ropa preparada. Hasta había enganchado el número al pantalón con los alfileres de gancho. No le puse el chip a la zapatilla porque era demasiado.
Todo salió bien. TODO. Bueno, soñé con zombies. Que querían entrar a donde estaba yo, y los mantenía a raya con un revólver y, sin balas, recurría a clavarles una lapicera en el cerebro. Hasta que una cebra zombie mordía al resto de los animales del zoológico y se desataba el pandemonium. En fin, un poco de manifestación de la angustia. El despertador sonó cuando tenía que sona, me desperté, desayuné, tomé agua y desde mi aplicación en el celular confirmé que el tren que va a Tigre estaba funcionando (¡el resto de las líneas y los subtes no funcionan hasta después de las 8 de la mañana!).
A las 6:05 estaba arriba del Mitre, camino a la estación Belgrano, desde donde caminé hacia la largada, en Figueroa Alcorta y Monroe. Me crucé con un debutante y fuimos charlando durante la caminata. Un grupo de exaltados borrachines me insultó desde un auto y no pude evitar reírme. Ellos terminando su gira de excesos y nosotros a punto de empezar la nuestra.
Me encontré con Marcelo, mi co-equiper en Puma Runners. Esta vez los guardarropas sí funcionaban ordenadamente, así que dejamos nuestras cosas y nos dirigimos a la salida. La largada era 7:30, así que quince minutos antes estábamos acomodados bien adelante. No tuvimos que abrirnos paso a los codazos (aunque recibimos algunos) y no sufrimos el embudo cuando arrancó la maratón, con una puntualidad asombrosa.
Mi carrera junto a Marce no duró mucho. Nos separamos enseguida, porque yo quería abrirme del pelotón y correr cómodo. Miré para atrás un par de veces y no lo vi. Ya habíamos dejado en claro algo que nunca hicimos en una carrera de calle, que es “nadie espera a nadie”. El clima de una maratón, para quien nunca lo vivió, es difícil de describir. Todos están muy concentrados, pero a la vez se respira un entusiasmo increíble. Yo venía casi volando. A 4 minutos el kilómetro, a veces menos. Me sorprendió una gran falencia de la carrera, y fue que no había liebres (o pacers) más rápidos que 5 minutos el kilómetro. Me hubiese gustado para ayudarme en mi meta hacer marca (mi mejor maratón fue en 2010, con 3:24:16, y este año en Río de Janeiro llegué 3 minutos después que eso). Me conformaba con llegar en 3 horas 23 minutos. Pero para eso iba a tener que apretar, y no me sentía muy seguro (¿por qué? Cagazo, nada más).
Identifiqué a un grupo que venía con un buen ritmo. Iban entre 4:10 y 4:15. Decidí usarlos de referencia, así que contínuamente nos íbamos pasando. Recorrimos la ciudad con sus shows, gente aplaudiendo, y automovilistas que nos querían matar a todos. Este ritmo para un fondo tan largo era desconocido para mí. El único referente previo que tenía era el de la Media Maratón que se corrió hace un mes, donde hice los 21 km en 01:26:45. Según la página de la organización, matemáticamente tenía que terminar los 42 en 3:05. ¡Imposible! ¿Cómo podían asumir que iba a sostener ese ritmo tanto tiempo? Pero ahí estaba, apretando como si no faltasen 35 km para terminar. Pasamos por mi show en vivo favorito, que siempre está a la altura del Museo de Bellas Artes, y son los imitadores de Los Beatles. Les festejé y juro que Paul me sonrió.
Corrí con mi baticinturón nuevo, con una caramañola con tres geles diluídos (para tomar cada 10 km) y otra con agua. En el bolsillo frontal tenía el celular y una bolsita con pasas de uva, dos cosas que no toqué durante toda la carrera. El cielo estaba nublado, y la temperatura era la propicia para correr. Cometí mi primer error al querer tomar Gatorade en los puestos. ¿Cómo pueden estos sádicos entregar esto en vasos? Quise tomar sin parar y me volqué todo. En el segundo intento, tragué mucho aire y empecé a toser desaforadamente. Después de dibujarme los bigotes de bebida energizante, decidí confiar en el agua que daban y mis geles para tirar toda la carrera.
La hidratación estuvo bien ubicada. Yo pedía por favor que me dieran botellas con tapita, porque en lugar de mojarme y hacer buches para tirarla, me la guardaba para tomar sorbitos hasta el siguiente puesto, separados cada uno por 5 km. Si al llegar me quedaba agua, me la tiraba encima y pedía otra botellita. Con eso fui tirando y pasamos por Recoleta, Retiro, el Colón, el Obelisco, Diagonal Sur, Plaza de Mayo. Ahí me esperaba mi papá, que intercambiaba el partido de Del Potro con venir a verme. Lo agarré distraído, pero por suerte hacíamos un ida y vuelta y volvíamos hacia la Casa Rosada. Me filmó, y quizá lo suba mañana. “Te sigo”, me dijo.
Nos dirigimos a Barracas, yo siempre siguiendo secretamente al pelotón de 4:10 el kilómetro. Sabía que, como mínimo, hasta la mitad los iba a poder seguir. Empecé a hacer las cuentas en mi cabeza de qué pasaría si a partir de ahí bajaba a 5 minutos. ¿Hacía marca? Pasamos de ahí al puerto, y fue muy extraño porque generalmente subimos por una rampa y corremos al costado del río, pero aunque el cartel de 18 km estaba ahí, a nosotros nos hicieron transitar por la calle del costado.
Por supuesto, yo tenía ganas de ir al baño. Pero no muchas, así que dije o me hago encima o me aguanto. Por suerte no pasé por ninguna de las dos cosas. No me hice y la urgencia fue desapareciendo. En el km 25, junto a la Reserva Ecológica, había baños químicos. Pero pensé que ni a ganchos frenaba. No iba a dejar ir a mi pelotón.
Llegué al kilómetro 27, donde en 2011 hice mi gran diferencia, sumándome a la liebre de 4:30, y todavía no puedo entender cómo no había en esta carrera (mi récord de 3 hs 24 minutos fue en ese año). Pasamos junto a los lujosos edificios de Puerto Madero, y yo rogaba por no perder a esos corredores que me ayudaban a sostener el ritmo (aunque empecé a sospechar que ellos me seguían a mí). Ahí me pasó un corredor que leyó “SEMANA52” en mi remera y se confesó lector del blog. Tenía un ritmo espectacular y lo perdí de vista. En el 28 pasé exactamente a las 2 horas de carrera. Apareció el bendito kilómetro 30, donde podía aparecer el muro. No quise pensar mucho en eso, pero era imposible. Mi papá me volvió a interceptar, y me dijo “Te veo en la meta”.
Mi ritmo estaba en 4:10, 4:15… ¡lo estaba manteniendo! Sabía que si llegaba al 32, podía bajar a 5 y hacer marca. Todo el tiempo estaba haciendo cuentas en mi cabeza, cuando no cantaba la Serenata Mariachi de Les Luthiers para mis adentros (siempre se me pega una canción distinta). “Diez días y diez noches, a mi porto prendido… desde Guadalajara este charro ha venidooooooo”. Cruzamos el paso bajo nivel y del otro lado me encontré con Germán, otro lector del blog con el que alguna vez compartí un fondo en la Reserva Ecológica. Su choque de palmas me dio más energía que los geles.
Nadie estaba más asombrado que yo de estar sosteniendo esa velocidad. Me dio calor y me saqué la remera, para así poder encontrarme mejor en las fotos. Pasamor por el Planetario… ¡y todavía aguantaba! ¿Muro? ¿Qué muro? En el kilómetro 37 entrábamos a los lagos de Palermo, y yo seguía haciendo cuentas… me daba que tenía que estar llegando en menos de  3 horas 10 minutos… ¡una locura! Pero ahí empecé a sentir el cansancio. ¡Apareció el límite! Veía cómo mi ritmo iba bajando. El pelotón de 4:10 se había dispersado, uno salió disparado y el resto quedó atrás mío. No tenía a nadie a quien seguir, y tampoco podía subir demasiado. Tenía que salir de esos lagos y volver a Figueroa Alcorta, para terminar.
Los últimos kilómetros fueron eternos y tediosos. Quería que se terminara de una vez. Me fastidiaba el asfalto, quería llegar, gritar, y sobre todo COMER. Hice mi mayor esfuerzo por subir la velocidad, cosa que me costaba muchísimo. Pero era todo una cuestión mental, era la cabeza la que me fallaba, porque seguía corriendo. Era cuestión de tener paciencia. Sostener. Pasamos el kilómetro 40. Yo ya sabía que hacía marca, así que intenté relajarme y dejar el sprint para el final. En el kilómetro 41 ya veía a la gente y se vislumbraba el arco de llegada. En ese momento, la mini-catástrofe: obviamente sentí el dolor de una ampolla, casi instantáneamente, pero la sensación era que me clavaban una aguja hasta el fondo del arco del pie… y tuve que seguir corriendo con eso, clavándose en cada pisada. Grité, pero no de dolor, sino de bronca. Decidí correr con las medias con dedos, que para evitar ampollas en los dedos son fantásticas, pero nada más. El resto del pie queda desprotegido, y es algo que tenía que haber previsto.
Cerca de la llegada estaba lleno de gente que aplaudía y arengaba. Empecé a abrir la zancada. Era todo lo que tenía. Pasé corredores y me centré en el arco de más adelante. Llegué con un ritmo frenético… ¡y no era el final! Ok, no pasaba nada, unos 50 o 100 metros más adelante estaba el de adidas… ese era el final… ¡pero no! Todavía faltaba el último, donde estaba el lector del chip. Sostuve ese sprint desquiciado y grité a todo pulmón “¡ESPARTAAAAAAAAA!”. Yo quiero que entiendan, soy una persona de perfil bajo. Puedo contar muchas cosas personales en el blog, pero me ayuda que es escritura y que no me están viendo a la cara. El único momento de mi vida donde no me importa el ridículo, o llamar la atención, o que todos se den vuelta es ahí, en la meta, donde lo largo todo. Yo sé que es eso o la terapia, y me gusta descargarme por este lado.
Detuve mi reloj y no podía creer mi tiempo. 3:03:20. Es una hora menos que mi primera maratón, en 2010, 20 minutos menos que mi mejor tiempo, 27 minutos abajo que mi experiencia en Río, mis últimos 42 km, el 7 de julio. Los primeros metros que caminé me sentía aturdido, casi mareado. No me quedaba NADA MÁS. Me hidraté con un abotella fría de Gatorade que bebí en tres enormes sorbos. Me tuve que pedir otra. Me pusieron la medalla saliendo del corralito de llegada, y sentí una felicidad inmensa. Algo que hizo la organización que me pareció GENIAL fue que entregaban unas lonas de nylon con la marca de adidas para abrigarte. Espero que lo hagan siempre, porque con la energía depletada y el día nublado, se mantenía perfecto el calor corporal.
Aproveché que había poca gente y fui a hacerme masajes y estiramientos. Espectacular. Ahí me encontré con mi papá, que por pocos minutos no llegó a verme cruzando la meta. Lo quise esperar, pero no pude. Poco después nos encontramos con Marcelo, que llegó en 3 horas 28 y también hizo marca. Fue un día perfecto.

EPÍLOGO
De ahí nos fuimos con mi papá a almorzar a su casa, donde nos esperaba mi mamá. Me cocinaron unos fideos con salsa y me prestaron plata, conmovidos (o consternados) por mi post de ayer. No había sido mi intención darles lástima, y me avergonzaba muchísimo toda la situación, pero me convencieron con el débil argumento de que si la aceptaba los dejaba tranquilos. Hablamos de la carrera, de mis tiempos anteriores. En una conversación telefónica con mi hermano Matías, me tuvo que reconocer que mi desempeño desterraba sus creencias de que un deportista necesitaba carne para progresar. No creo que sea casualidad que mis mejores tiempos hayan sido a un año de ser vegano. No hay ningún secreto, solo entrenar constantemente y comer sano. Nada más.
Ahora estoy en mi departamento, en patas, muy contento… y todavía sorprendido. Es una sensación que en pocos días va a desaparecer, cuando me ponga el siguiente objetivo y empiece a trabajar para conquistarlo.

ALGUNAS FOTOS

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