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El día de Star Wars 2015

El día de Star Wars 2015

La Carrera: La Star Wars Run comenzó en Argentina el 4 de mayo de 2014, exactamente el Día de Star Wars. El origen de esta celebración se encuentra en que la famosa frase “May the Force be with you” (“Que la fuerza te acompañe”), suena parecido a “May the fourth”, o sea 4 de Mayo en inglés. Lo que empezó como un chiste entre los fans se convirtió en una celebración mundial.

El año pasado, el Club de Corredores y Disney organizaron esta carrera de 6 kilómetros, donde convivían los que disfrutaban de correr, los fanáticos de las películas y los que se encontraban en la mitad.

Ya hacía rato habíamos compartido entrenamientos con el director y conductor Seba De Caro, y cuando me dijo que se quería anotar para correrla, no pude evitar acompañarlo. Quería estar ahí para ser testigo de su primer intento en una competencia, y más en esa distancia, todavía desconocida para él (con el correr de los meses la superó con creces).
Las diferencias de la edición 2015 fueron varias. Primero, Seba pasó a ser el conductor en la previa y la llegada, por lo que no pudo participar como corredor. Pero yo sí, y tenía conmigo a mi hermano Santiago. Esta vez le tocaba a él ser el debutante.

Segundo, la “gran” diferencia respecto a 2014 fue que esta vez se corrían 7 kilómetros. MIentras que el año pasado cada mil metros representaba a uno de los episodios (la trilogía original y la de las precuelas), en esta oportunidad, a pesar de que estamos anticipando el estreno de Episodio 7 el 17 de diciembre (el día de mi cumpleaños, para qué negar ese dato), esta vez no hubo más que carteles indicadores de los kilómetros, con un diseño discreto pero no alusivo a cada capítulo de la saga.

La tercera diferencia, y la que probablemente hacía más divertida esta entrega, fue que se podía optar por correr por el lado de la Fuerza o de la Oscuridad, con una remera azul para los buenos (con el escudo de los Rebeldes) y la roja para los malos (con la insignia del Imperio Galáctico). Yo me puse del lado de Luke y Yoda, mientras que mi hermano encaró para los Sith.

El evento estuvo atestados de fans, muchos disfrazados de pies a cabeza o con máscaras, sables de luz y maquillaje. El público era tan diverso que adelante estaban los que iban a ganar, en el medio los que corrían para llegar, y atrás los que caminaban y sacaban fotos. Todos recorrieron la distancia, se divirtieron y conmemoraron la saga que, a casi cuatro décadas de su debut, sigue capturando la imaginación de gente de todas las edades.

En lo personal, nunca había corrido con mi hermano. No tenemos poderes ni entrenamiento Jedi, pero sí un enorme aprecio porque somos mellizos (aunque por el poco parecido hay quienes dicen que venimos de madres distintas). Él me endiosa porque cree que no podría correr las distancias que yo corro, así que decidí compartir esta aventura con él y que conozca mi mundo desde adentro.

Tuve el buen tino de avisarle un día antes que le había gestionado una inscripción, y pasó por diversos estados: pánico, euforia, nervios, alegría. Finalmente, cada uno con su remera fosforescente, fuimos al Hipódromo de San Isidro y aunque hicieron dos largadas separadas por color de remera, faltando poquitos minutos para que el cronómetro diera inicio a la carrera, fusionaron los dos coloridos grupos y pudimos correr a la par.

Si bien habían prometido hidratación en la mitad de la carrera, no llegó hasta el kilómetro 5. Eso fue duro porque era a lo que le veníamos apuntando. Santiago hizo un esfuerzo enorme, inédito para él, ya que su vida como padre, empleado y músico no le dejan momentos para entrenar. No me separé de él en ningún momento, cuando sentía que no podía más intentaba distraerlo con otros temas, y aunque caminamos en tres oportunidades para recuperar el aire (por muy pocos metros), cruzamos la meta a toda velocidad. La música de la celebración del final de Episodio I nos acompañó en ese sprint final, y fue realmente mágico. Uno de los momentos más emotivos que viví en una carrera, y que promete ser el primero de muchos para la dupla Casanova hermanos.

Lo bueno: La remera, que brilla en la oscuridad, es un hallazgo. Alguien dijo que la de la Fuerza debería brillar en la luz, pero no se pudo. La organización estuvo bien (tampoco fue impecable) para lo que es gestionar a más de 10 mil corredores, más familiares y acompañantes en las gradas. La marea de remeras del mismo color es una vista imponente.

El plato fuerte de esta carrera fue sin dudas la conducción de Seba de Caro. No lo digo yo porque lo aprecio y es mi amigo, sino porque es así. Mi hermano, que solo lo conoce de la tele, lo vio hablando con el público y me dijo “¡Es un showman!”. La trivia de Star Wars, la química con el público, todo salió en tiempo, natural y divertido. No imagino alguien mejor para conducir este evento.

Lo malo: La hidratación debió haber estado mucho antes, en mi humilde opinión. Si bien 7 km no es un desafío para un corredor experimentado, los que encaran esta distancia por primera vez deberían tener una “excusa” para detenerse, hidratarse, y seguir. Además estaría bueno que dejaran de dar agua con bajo contenido de sodio, ya que solo está indicada para hipertensos. Quienes estamos bien de la presión arterial necesitamos sí o sí agua CON sodio.

Es imposible que con tanta convocatoria, las cosas no se vayan de las manos. Si bien todo salió de forma muy fluida, cuando los 10 mil corredores fuimos al guardarropas para buscar nuestras cosas y cambiarnos, reinaba el caos. No se sabía cuál era la cola, el orden, y aunque había como 30 personas de la organización organizando las devoluciones, se demoró demasiado. ¿Hay solución para esto? Posiblemente no, y la lección sea que quizá convenga no dejar las cosas en el guardarropas si después vamos a querer irnos rápido a casa.

El veredicto: Star Wars Run es una carrera muy divertida, que hay que vivir de punta a punta (en la previa, la competencia y la llegada). Lo que podía hacerse bien se hizo muy bien, y lo que podía fallar falló muy poco. El crecimiento que tuvo en un año pone la vara muy alta, y seguramente en 2015 la podamos disfrutar con los nuevos personajes que conoceremos este año.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 6/10
Terreno: 7/10
Hidratación: 7/10
Nivel de dificultad: Para cualquier corredor, en especial los que recién se inician.

Puntaje final: 7,25

120 km en Patagonia Run 2015

Patagonia Run 2015

La carrera: Entre el viernes 10 y el sábado 11 de abril se corrió la sexta edición de Patagonia Run, una carrera muy profesional que va ganando adeptos cada año. Aunque el nombre alude a la palabra “correr” en inglés, se trata de trail running, que tiene más relación con subir y bajar montañas, en gran medida caminando.

La modalidad de separar las distancias en 10, 21, 42, 70, 100 y 120 km hizo que cualquiera que tuviese intenciones de probarse en la montaña, sin importar su nivel, pudiera hacerlo, y eso permitió reunir a más de 2600 corredores de todo el planeta. La novedad de este año fue el debut de los 120 km, que se corrieron entre las 21:30 del viernes y 22:30 del sábado, una prueba que, cuando se anunció en la charla técnica de Patagonia Run 2014, pensé que solo un loco podía querer hacer. Un año después, me encontraba entre esos locos, dispuesto a intentar esta dura prueba.

Siempre destaqué que la organización de Patagonia Run, a cargo de TMX y NQN eventos, era muy buena. Cabría aclarar que en San Martín de los Andes prácticamente se corre una carrera como esta cada fin de semana, seguramente por el atractivo de los paisajes, pero el atractivo particular de esta competencia es saber qué cosas no me van a fallar como corredor. La montaña te muele a palos, y uno se levanta para seguir avanzando y después recibe otra paliza más. Y otra y otra. Es importante, estando agotado, saber que los puestos están donde deberían, que habrá agua y comida, que gente capacitada va a velar por uno, y que no lo van a considerar un número más. Llegar a un puesto de asistencia y que alguien sea tan rápido como para buscarte en una planilla por tu número de corredor y empezar a llamarte por tu nombre de pila habla de una actitud diferente hacia el atleta. No me hacen sentir un cliente, y el aliento es constante.

El terreno para cualquiera de las distancias es muy variado, con poquísimo asfalto, muchos caminos de tierra, senderos y trepadas, algunas muy pronunciadas. El clima es un factor que hace que una carrera pueda cambiar completamente. Mientras que en años anteriores los corredores soportamos viento, temperaturas de menos de 10 grados bajo cero, barro y piedras con una patinosa capa de hielo, este año la ausencia de lluvias cambió muchísimo el panorama. Por ejemplo, el ascenso al Cerro Colorado, que en esta edición solo estaba en el circuito de 100 y 120 km, no fue tan extremo como otras veces. Al haber muy poco viento, la sensación térmica no bajó. Si bien hubo tramos a la madrugada con muchísimo frío y se sintió la helada de las primeras horas de sol (con el pasto escarchado), con un abrigo adecuado se hizo muy tolerable. La bajada de este cerro, que siempre es muy peligroso por el hielo sobre las rocas, fue muy estable y permitió resolverlo con mayor rapidez. Por otro lado, otro ascenso complicado, el del Cerro Quilanlahue (presente en las distancias de 70, 100 y 120 km), fue especialmente más agotador, por la gruesa capa de tierra que hacía más arduo cada paso.

Estos factores, que en algunos puntos favorecieron y en otros complicaron, hace que la planificación de la carrera nunca pueda ser precisa. Quizá quienes estén más experimentados en montaña puedan hacer una previsión, pero las ultramaratones tratan en muchos casos de improvisar y resolver en el momento. Por ejemplo, después de casi dos horas de ascenso al Quilanlahue, por culpa de no haber previsto tener la suficiente hidratación encima, estábamos agotados y muy desanimados. Una pera mordida al costado del camino, llena de tierra, se convirtió en el manjar más exquisito que me permitió reponer energía y alcanzar la cumbre. Hoy, sentado en mi silla frente a mi computadora, en mi cómodo hogar, podría parecer un espanto, pero en ese instante de carrera se convirtió en mi supervivencia.

Aunque la intención con Jorge, mi improvisado compañero durante casi toda la carrera, fue alcanzar la meta de día, conforme pasaban las horas se ajustó a “nos conformamos con llegar”. Es increíble cómo nos apoyamos mutuamente para terminar la Patagonia Run en 24 horas y media. Al principio yo lo alentaba y le presté uno de mis bastones, ya que él lo había dejado en las bolsas de corredor que entregaban en un puesto pasando la mitad de la carrera. Después me caí anímicamente y él me alentaba. Estuve considerando seriamente abandonar. Sabiendo que el ascenso al Quilanlahue iba a ser muy duro (ya llevábamos más de 90 km de carrera en 17:30 horas), quise optar por tomar un atajo de 3 km que me descalificaría de la carrera pero me permitiría completar el circuito. Jorge me convenció de que no valía la pena y con algo de vergüenza lo seguí. Su entereza y determinación, más la pera que levanté del piso, me permitieron vencer al áspero cerro. Y cuando los horarios de corte nos amenazaban con dejarnos afuera, de nuevo me tocó a mí alentarlo a apretar el paso y dejar de lado los dolores en todo el cuerpo, así como el agotamiento físico y mental. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a la meta y ya sabíamos que nada nos iba a impedir ese logro, nos dimos cuenta que sin la presencia del otro, ninguno de los dos hubiese completado los 124,4 km de la distancia oficial.

El siguiente análisis se va a basar en lo que experimentamos en la máxima distancia de esta edición, aunque es lógico suponer que se aplica a todas las categorías.

Lo bueno: Sin lugar a dudas, el máximo atractivo de Patagonia Run es su paisaje. San Martín de los Andes tiene lugares bellísimos que uno disfruta mucho más allá del agotamiento de la carrera. Lagos, montañas, una vegetación que vira entre los verdes y los marrones. A veces la escena se completa con el avistaje de aves, vacas, o el agradable sonido de un arroyo.

El otro punto a favor, que ya desarrollamos en la introducción, es la organización. Desde la inscripción hasta la llegada, pasando por la acreditación y el desarrollo de la carrera, todo es un reloj. Se nota que han ido haciendo ajustes a través de los años, y probablemente se sigan haciendo. La incorporación de bolsas de corredor para que uno pueda cambiarse de ropa o dejar comida y equipo extra fue un gran avance en su momento. Los cambios en los horarios de corte también, permitiendo que más gente pudiera llegar a la meta sin quedarse a mitad de camino (y todavía con energía para seguir). Los voluntarios en los puestos también lo hacen sentir a uno como que lo están cuidando, incluso los militares que hacen de banderilleros en el recorrido velan por nuestra seguridad.

Lo malo: Hay pocas cosas que hacen que esta carrera no alcance la puntuación perfecta, pero huelga decir que en lo personal me parece la más cercana a lograrlo. La hidratación es muy buena, y como ellos mismos aclaran, no alcanza para todo el recorrido y uno debe hacerse responsable de cargar bebida entre los puestos. Sin embargo, en el caso del agua que dan tiene bajo contenido de sodio, lo cual puede traer problemas para un ultramaratonista como es el caso de la hiponatremia. Podrían justificarse con que además siempre hay bebidas isotónicas. Yo no soy partidario del consumo de azúcar y siempre intento consumir cosas lo más sanas y naturales posibles. Sin embargo, empecé a notar que no me alcanzaba esa agua, que a pesar de estar tomando constantemente empezaba a hacer pis de un color oscuro, así que dejé de lado mis convicciones nutricionales y empecé a tomar Powerade. Si había comido una pera del suelo para subsistir, un poco de Jarabe de maíz de alta fructosa no podía ser más sacrificado. Los puestos no son aptos para vegetarianos, mucho menos para veganos. Estaría bueno que además de empanadas de jamón y queso hubiese pan, o fainá, o alguna opción para quienes no consumen proteína animal. De momento, con la incorporación de la bolsa de corredor, me pude arreglar en cada intento.

El kit de corredor, en esta edición, fue un poco pobre. La información que viene con la bolsa es excelente. La incorporación del chip descartable, que en otras carreras demostró ser un fracaso cuando se despegaba, aquí funcionó perfecto. La remera oficial tenía un diseño interesante y no estaba mal. Pero es inevitable comparar con otros años, cuando en el kit se incluía un obsequio como un pañuelo tipo buff, o guantes primera piel. Tiene que ver con la donación de los auspiciantes, por supuesto, pero para quienes venimos casi todos los años, nos quedamos esperando un poquito más.

El veredicto: Posiblemente para un atleta el terminar una carrera o no inclinaría la balanza hacia lo positivo o lo negativo. Patagonia Run, sobre todo en las distancias mayores, es una prueba durísima para el cuerpo, que hace que uno no pueda evitar el “¿Qué estoy haciendo acá?”. Cruzar la meta hace que todos los dolores, los agujeros en las zapatillas, las espinas clavadas en las manos y el estómago revuelto valgan la pena. El orgullo de enfrentar a la naturaleza y salir victorioso es indescriptible. Mencionamos cosas para mejorar porque Patagonia Run siempre tuvo un nivel alto y hasta ahora siguió mejorando. No dudo en que va a continuar creciendo. Y si se mantiene en este nivel, sin agua con sodio ni comida para veganos, va a seguir siendo la mejor ultramaratón de Sudamérica, que además tendrá poco para envidiarle a las del resto del mundo.

Puntaje:
Organización: 9/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 10/10
Hidratación: 9/10
Nivel de dificultad: Solo para temerarios. Pero existe una gran variedad de distancias que se ajusta al desarrollo deportivo de cada uno.

Puntaje final: 8,75

Los 8 km de la Demolition Race Pinamar 2014

Demolition Race Pinamar 2014

La Carrera: Si tengo que hablar de historia, sin lugar a dudas la Adventure Race de Tandil es la más especial para mí. Esta fue mi primera carrera de aventura, y si no cuento las “maratones” del colegio a fin de año, directamente debería decir que fue mi primera carrera. Era parte de un equipo de postas y cuando terminé la que me correspondía, la última, mi entrenador Germán me abrazó y yo no entendí bien por qué. Subestimé mi esfuerzo y no supe ver, como él, que esto era solo el principio de algo más grande.

En mi debut estaba auspiciada por Merrell, hoy por Terma. El recorrido no varió mucho con el paso de los años, con un terreno casi exclusivamente en arena, con muy poco camino de tierra, calle y el maravilloso campo de golf que es un deleite para los pies. Es una prueba agotadora, no es para cualquiera, pero conquistarla es un placer enorme. Y si tenemos suerte, va a tocar un buen día que amerite pasar unos días en la playa antes o después de correr.

El kit del corredor, como en todas las Adventure Race previas, está compuesto principalmente por dos botellones de Terma que terminan cortando las correas de la bolsa. No me fijé si venía algo más, porque ya estar acarreando el kit por dos tiras colgando me resultó un poco fastidioso.

Lo bueno: Esta clásica carrera de ventura se corre en la ciudad de Pinamar cada año. Si bien todavía es un evento que podría tener mayor convocatoria, va ganando presencia en Facebook a medida que se acerca el día de la competencia, y en cada nueva edición pueden verse caras nuevas.

Es difícil hablar de la Demolition Race, porque después de participar en tres ediciones, podríamos decir que ninguna es igual a la anterior. No importa tu experiencia, cómo era el terreno, nada. Uno se entera a qué se enfrenta estando ahí.

Al ser una carrera chica, la organización se maneja a pulmón, y no es algo peyorativo. El kit del corredor es bastante austero comparado con cualquier otra competencia similar, pero en esta edición la calidad de la remera mejoró bastante de la de 2013, y muchísimo más que la de 2012. Hay un código particular, el de ir a darlo todo, con el que muchos entusiastas podrían identificarse.

Lo bueno: Si bien es una carrera corta, de 8 km, esta edición no fue para nada sencilla. Diversos obstáculos en todo el camino hacen que uno la corra agotado incluso antes de llegar a la mitad. Al menos en esta edición hubo que correr por arena suelta y por el bosque, saltar paredes, subirse a containers resbaladizos, echarse cuerpo a tierra, meterse al agua y la clásica trepada por un muro de tres metros, ayudados por una soga.

Es raro que el día no acompañe en diciembre (aunque podría pasar). En el día de la largada había mucho sol, y el recorrido tenía bastante reparo, sobre todo cuando uno se internaba en el bosque. Los voluntarios asistieron muy bien, ofreciendo ayuda, agua y servicio médico a quienes lo necesitaran.

Lo malo: Si bien, como dije, la organización está hecha a pulmón y los voluntarios le ponen, valga la redundancia, mucha voluntad, el hecho de que nunca hagan un recorrido igual he decidido ponerlo como algo negativo. Es cierto que se trata de una carrera corta, pero en base a la experiencia del año anterior convencimos a muchos debutantes para que participen y terminaron agotados, algunos llorando. La camaradería que tienen los corredores hizo que muchos obstáculos fueran sorteados gracias a la ayuda entre nosotros, como el caso del container cuyo techo era peligrosamente resbaladizo.

Ciertos detalles dan la sensación de que las cosas son medio caóticas. En la largada, la explicación del recorrido y todos los obstáculos que íbamos a encontrar resultaban tremendamente confusos. Arrancamos con unas bolsas que debíamos cargar de, supuestamente, un kilo de arena, pero a mí se me hicieron como cinco, y no había dos paquetes iguales: el de algunos era la mitad que el mío. Y lo peor de todo fue que no alcanzó para todos, algo que debería preverse teniendo en cuenta la cantidad de inscriptos.

Aunque los puestos de hidratación estaban estratégicamente ubicados a la sombra, es muy desagradable hidratarse con agua a temperatura ambiente (o sea, caliente). Entiendo que a veces el clima suma y a veces resta, y también que los recursos están bastante ajustados a una carrera que, todavía, necesita tiempo para crecer, pero cuando uno está en un evento donde quiere darlo todo, espera lo mismo de los organizadores.

Y mi GPS, al que le creo, me dio 7 km. Con lo agotado que estaba, agradecí ese kilómetro de menos, pero no creo que a todos les agrade del mismo modo.

El veredicto: Si bien la Demolition necesita unos minutos de horno para convertirse en una carrera obligatoria en el calendario anual del running, algunos van a encontrar que el hecho de que no haya dos ediciones iguales es un gran componente en el desafío. Lamentablemente no podría recomendarle esta carrera a un debutante, a menos que yo supiera que es fanático de los campamentos militares y que tiene mucha energía para gastar. Yo mismo me considero un corredor experimentado y en el primer obstáculo tropecé y me lastimé mucho la pierna (pero culpo más a mi ineptitud y ansiedad que a la organización). En resumen, la Demolition no deja de ser una experiencia que vale la pena vivir, no para cualquiera, y que tiene muchas cosas que ajustar.

Puntaje:
Organización: 6/10
Kit de corredor: 3/10
Terreno: 10/10
Hidratación: 6/10
Nivel de dificultad: Para corredores experimentados o debutantes suicidas

Puntaje final: 6,25

Spartathlon 2014: Cómo la viví

La ambulancia llegó al departamento de la calle Agion Asomaton con sus luces celestes intermitentes. No creímos que vinieran a verme a mí. Llevaba varias horas intentando comunicarme con mi aseguradora de viaje para que viniera a examinarme un médico, pero nunca habían confirmado horario de visita (y mucho menos, que sería un espectáculo semejante). Mi papá decidió bajar, armado de su inglés súper básico, y preguntar.

Era de noche, a pocas cuadras estaba la Acrópolis, una maravilla del hombre que solo pude ver de cerca el viernes 26 de septiembre, día que largamos el Spartathlon. Pero esta visita médica es mucho posterior, del 2 de octubre, mientras yo tenía la pierna derecha con un dolor tan fuerte que me hizo llorar varias veces.

La ambulancia sí venía a verme a mí, para mi sorpresa, y la aseguradora me llamó por teléfono después de que se fue para “avisarme” que estaban en camino. El médico cortó con su tijera las vendas que separaban al mundo de la piel de mi pierna. No esperaba ver la hinchazón todavía ahí, ni el color rojo todavía presente. El doctor me preguntó cómo me había hecho eso, y le expliqué que corriendo una ultramaratón de Atenas a Esparta. El dolor y la hinchazón habían comenzado en el km 80, y decidido a terminarla, no quise parar y me aguanté.

Esperaba la pregunta que escuché varias veces en estos días: “¿En qué kilómetro abandonaste?”. Los que me veían sufriendo, con muletas, sin poder pisar, estaban convencidos de que me había visto forzado a renunciar. Pero no me conocían. Tenía el diploma, las medallas y una historia imborrable en mi cabeza que demostraban que yo había sido uno de los tantos que habían conquistado los 246 km del Spartathlon, quizá la proeza a pie más grandiosa del mundo.

El doctor me preguntó cuándo volvía a mi país. “Mañana viajo a Roma y pasado a Buenos Aires”. El médico miró a su enfermero, luego a mis angustiados padres, y dijo: “Usted así no puede volar. Esto no es un golpe ni una lesión. Esto es inflamación del tejido blando. Si vuela, la diferencia de presión podría provocarle un ataque vascular o un aneurisma”. Todo esto en inglés con un marcado acento griego.

Yo solo necesitaba que viniese para que llenarn un formulario de la aerolínea, que me habilitara para pedir asistencia especial (por ejemplo, que me pasaran a business para mantener la pierna levantada, lo único que me calmaba el dolor). Esto de que mi vida estuviese en riesgo era nuevo para mí. “Necesito radiografías y quizás una resonancia magnética”. Intentó darnos un turno para las 9 de la mañana, pero el vuelo de mis padres salía a las 10. Por eso nos metimos en un taxi con mi papá y salimos disparados a la clínica.

Seis días antes, el Spartathlon empezaba a despertar. Llegamos con el equipo a la Acrópolis, todavía de noche, todos entusiasmo y optimismo. A llegar había diez personas. Esto es importante, porque por algún motivo siempre llegamos tarde a las careras, demasiado sobre la hora para mi gusto. Pero como estábamos alojados en Atenas, llegamos caminando y casi todo el resto de los corredores vino en un gigante contingente de varios micros, ya que todos se alojaban en Glyfada, un barrio muy cercano.

Ya los pronósticos lo adelantaban, pero comenzó a llover con intensidad y nos refugiamos debajo de un árbol. De a poco se empezaba a llenar el predio, y así me encontré con los otros nueve corredores de Argentina. Había, por supuesto, gente de todo el mundo. Los japoneses tenían un cupo máximo de 70 atletas, por lo que en 350 participantes destacaban mucho. Nos cubrimos con unas bolsas de residuo que improvisamos como camisetas. Fue una imagen muy triste, que no combinaba con las hermosas Faas 1000 que Puma me había regalado para esta carrera.

Esa llovizna y un cielo nublado auguraban una carrera más sencilla que otros años. No tuve tiempo de pensar, de ponerme nervioso… Había entrenado, había dejado en los dropbags toda la comida que se me ocurría que iba a necesitar, y los chicos, junto a mis padres, me iban a asistir y a filmar. Estaba todo en marcha. Pero pasó tan rápido que seis días después no sé si soñé lo que pasó o si las expectativas hicieron que la carrera fuera muy fugaz para mí.

Salí solo, porque aunque había argentinos, no conocía a nadie. No sabía qué ritmo mantener, solo tenía mi reloj por el que no me quería guiar. Había puesto el GPS en modalidad ahorro de batería pero porque quería grabar el recorrido. En este estado el ritmo que se informa tampoco es exacto, y la única opción que tenía era aprender sobre la marcha.

Los primeros kilómetros, casi el primer tercio de carrera, los hice con Martin Córdoba, un espartatleta que tenía una llegada a la meta de tres intentos, y venía este año a confirmar que podría “defender” el título. En algún lado estaba Dean Karnazes, Piotr Qurylo (el polaco que llegó caminando a Atenas, empujando un carrito y durmiendo en el camino), y muchas otras leyendas del running, algunos campeones de esta misma carrera.

Correr con Martín me ayudó a despejar muchas dudas. Aprendí, por ejemplo, que otros años la largada era mucho más calurosa. El clima iba a jugar a nuestro favor. Los puestos no estaban separados en más de 5 km, algunos mucho menos, pero en un principio los horarios de corte eran muy ajustados. Casi obligaban a mantener un ritmo de 7 minutos el kilómetro como máximo. Parece muy holgado, pero cuando uno frena para comer, a ir al baño,  hacerse unos masajes o charlar con su equipo en los puestos autorizados, ese tiempo muerto sale de lo que uno le gane a ese implacable reloj.

Cualquiera podría creer que el paisaje de la ciudad no es muy lindo para una ultramaratón, pero estar en ese lugar, donde se hizo tanta historia, es mágico. Los corredores contagian, la gente aplaudiendo y alentando, los autos tocando bocina… Magia pura. Hay que ponerse en sintonía.

Disfruté mucho todo ese primer tercio. Comía, tomaba, me sentía invencible. Cuando hicimos 24 km dije mi típico chiste: “Vamos, que es solo diez veces esto que acabamos de correr”. Los puestos se acumulaban, los kilómetros también, y todo era charlar, reír, soñar. El objetivo era llegar al km 80, donde estaba la primera estación de asistencia importante. El resto eran mesas con comida y bebida.

Estuve todo el año perfeccionando la receta de pinole, la bebida energizante que beben los tarahumara y que se popularizó con el libro “Nacidos para correr”. Consiste en harina de maíz y agua, más algún agregado como por ejemplo quinoa o chía. Yo lo perfeccioné (a mi gusto) con una pizca de sal, limón y pasas de uva trituradas. Llegar a esa fórmula obedecía a una decisión mía de no consumir azúcar ni jarabe de maíz, verdaderos venenos que abundan en las carreras. Fue mi base en fondos de 100 km e iba a ser la vedette de mi plan nutricional en el Spartathlon. Hice 9 litros, una barbaridad. Lo dejé afuera toda la noche, las pasas de uva fermentaron y le quedó un espantoso sabor a vino de mala calidad. Así que en los puestos no me esperaba el pinole que tanto me había acompañado en casa. Pero las ultramaratones no son solo planificación, en la gran mayoría de las horas que toma completarlas hay que improvisar y resolver imprevistos. Podemos adelantarnos todo lo posible, pero las cosas casi nunca salen como esperamos, y la diferencia entre llegar a la meta y abandonar es poder reaccionar.

La primera vez que mi equipo me podía asistir y que podía hablarme sin riesgo de descalificación era en Nemea, km 42. Realmente tenía ganas de ver a mi mamá y darle un beso, porque en la Acrópolis no había visto a mis padres y eso me preocupaba un poco. En ese punto llovía torrencialmente, pero como no hacía frío me resultaba divertido. Las risas terminaron cuando no vi a la camioneta ni a nadie de mi equipo en Nemea. Dudé unos instantes. ¿Los esperaba? ¿Seguía? ¿Les habría pasado algo?

Decidí correr y aguantarme la angustia. Imaginé muchos escenarios, como que se hayan perdido en el camino (lo más probable), o que hubiesen tenido un accidente (lo menos probable). La mente siempre se queda con el peor escenario posible. Fue horroroso.

El sol asomó en el km 45 y a partir de ahí empezó a picar fuerte. Las vacaciones habían terminado. Ahora empezaba el típico Spartathlon. Adelante mío escuché unas bocinas y al levantar la mirada me volvió el alma al cuerpo: era mi equipo completo. Estaban todos bien. Los insulté por haberme hecho preocupar, y por ese beso que le quería dar a mi mamá y que no sabía hasta cuándo lo iba a tener que aguantar. Pero decidieron frenar en el siguiente puesto de hidratación, y contra todas las reglas, me crucé de vereda y le estampé un beso a mi mamma en el cachete. ¿Me retaron? Sí, mi entrenador. Pero para mí era necesario.

Por suerte llegamos a Corinto, km 80, y en el puesto especial permitían que uno reciba asistencia del equipo. Esto fue una noticia excelente para mí, porque en lugar de en nueve instancias, ahora podía interactuar con ellos en quince. Y los extrañaba. Me mojaron las piernas, comí, me tiré a que me hagan masajes. Dos chicas me frotaban las piernas y no pude evitar decirles que estaban cumpliendo una de mis fantasías. Por suerte compartieron la humorada.

En este punto me dolía un poco el tibial derecho. Nada para alarmarse, pero yo ya había decidido que no existía situación que me sacara de esta carrera. La iba a terminar como sea. Me cambié las medias y largué solo.

Era inevitable pasar y que después te pasaran los mismos corredores, una y otra vez. Ganabas posiciones y después las perdías. De algún modo esa cotidianidad te daba cierta seguridad. Por eso me encontré con Martín Córdoba y otros argentinos varias veces.

En el km 101 nuevamente había un puesto donde me podían asistir, y otra vez mi equipo no estaba. Ahora no me quedaba otra que esperar porque ellos tenían mi abrigo y la linterna. Probablemente me iba a agarrar la noche minutos más tarde y ya tenía que salir preparado. Por suerte aparecieron a los quince minutos. Les pasó lo mismo que en Nemea: se habían perdido. No es muy difícil perderse en una ciudad europea que no habla tu idioma ni tampoco escribe sus carteles con tus mismos caracteres.

Salí con mi rompeviento Puma y mi linterna frontal en el bolsillo. Todavía se veía bien, y pude disfrutar de cruzar un puente, uno de los tantos paisajes que disfruté en esta carrera. Ese recorrido podía ser mágico por el simple hecho de su historia, pero correr al lado del mar, junto a un acantilado que baja a las aguas turquesas… es algo que solo se podría apreciar estando ahí.

Tenía 101 km adentro, me quedaba hacer esa distancia nuevamente, más un maratón, y estaba en la meta. Parecía tan fácil que casi se sentía hacer trampa. Pero la parte sencilla se había terminado. Me di cuenta de que me estaba costando mucho comer. Había decidido rotar mis fuentes de hidratos de carbono, y con algunas cosas de los puestos tenía bastante variedad, pero en un punto empecé a repetirme y hartarme. Esto es un peligro muy grande en una ultramaratón que se paga muy caro. No pude obligarme a seguir con el mismo nivel de ingesta, pero me forzaba a masticar algo en cada uno de los puestos, aunque fuese mínimo. “Comer sin hambre, beber sin sed”. Ese lema me salvó.

Pasado el kilómetro 120 ocurrió algo maravilloso: estaba pasando la distancia máxima que había corrido sin parar en toda mi vida. Esa carrera ya era un rompe récords para mí. Si entrábamos a una ciudad, las luces de la calle nos iluminaban, pero en el camino todo se volvía oscuro y no se veía más allá de tu propia luz.

Llegué al segundo tercio de la carrera, algo difícil de dimensionar. Hacer más de 150 km, casi sin parar… Ni siquiera yo me lo imaginé el día en que decidí empezar a correr. Las subidas se me hacían muy complicadas por mi dolor de tibial. Frenaba para comer, a veces para charlar un minuto con el equipo, y luego arrancar era doloroso. Cada vez más. Yo le tenía miedo a “la montaña”, un ascenso de 1200 metros que te consagra por el solo hecho de cruzarla. Aquí la organización pone una marca honoraria, que permite a quien la cruce volver a inscribirse en el Spartathlon sin tener que acreditar otra ultramaratón ni marcas de tiempo.

Pero mi gran “miedo” a esa montaña no me dejó prever lo que la precedía. Los dos puestos anteriores estaban en una subida en zigzag  que parecía interminable. En ese punto estaba fresco pero agradable. El dolor del tibial y el miedo de cansarme por demás me llevaron a caminar. No sabía cuánto duraba esa subida, y solo se veían algunas lucecitas estáticas a lo lejos. Mientras caminaba, en esa situación de comodidad, empecé a ver cosas y a escuchar voces. Estaba soñando despierto.

Me pegué un cachetazo de cada lado. No, demasiado suave. Otra vez, más fuerte. Seguí caminando y noté que estaba caminando en forma errática, tambaleándome. Tuve miedo de caer por el acantilado, así que me pegué al lado de la montaña. Pero ahí estaba del lado de los autos, y tenía bastante miedo de zigzaguear y terminar atropellado. Las opciones eran esas, caer al vacío o ser arrollado. En ese momento sentí un gran desamparo. En la noche, sin referencias de corredores atrás ni adelante, sin saber dónde me encontraba ni cuánto faltaba, me sentí más solo que nunca. Fue el momento más duro del Spartathlon para mí. Solo tenía una alternativa: seguir avanzando.

Contrario a mí, un carro con pedales aprovechaba la bajada y venía a toda velocidad. Sus pasajeros gritaban, eufóricos. En el asiento de adelante, pedaleando y manejando el volante, estaba yo. Germán a mi derecha. Leandro y Nico atrás. Fueron dos segundos, y me bastó uno para darme cuenta de que no era real. Cuando uno tiene miedo de dormirse porque puede a) caer por un acantilado, o b) morir atropellado, tener visiones como esa no ayudan en absoluto.

No pude correr en ningún momento, solo en los últimos metros antes de llegar al puesto. Pensaba que ahí habría masajes y me decepcionó mucho ver que no era así. Un voluntario, al que Nico apodó indiscretamente “Leslie Nielsen”, escuchó mis lamentos, me sentó en una silla y me empezó a masajear los hombros. Me repuso y me hizo olvidar todo lo que había sufrido. Me cambié para tener ropa seca y más abrigo, y salí. No pierdan la noción de que en toda la carrera estaba luchando contra dos monstruos: el dolor en el tibial y la inapetencia.

Ahora sí, venía la montaña tan temida. Pasarla era un triunfo intermedio. Germán me acompañó los primeros metros para darme aliento. El suelo era de piedras sueltas. Aunque estaba todo muy bien señalizado, había cierto riesgo. El cansancio y la confusión hacia que algunos pasaran por encima de las cintas de peligro, siguiendo un camino imaginario hacia la nada misma. Germán intentó asegurarse de que estuviera tranquilo y motivado. Me dio el mejor consejo de todos: “Pensá en tus pasos como tambores. Toc, toc, toc, toc”. Me dejó ir porque ya se empezaba a ver ada vez menos y tenía que volver a oscuras, solo, y a mí todavía me quedaba mucho ascenso.

Recordé a Scott Jurek y su consejo de aplicar el bushido. La mente en blanco. No pensar. Solo visualizar ese tambor. Toc, toc, toc, toc. Maravillosamente, funcionaba. Fue duro, sí. Me caí una vez, patiné en las piedras sueltas otras tantas, pero avancé a un ritmo constante y llegué a la cima. Me acompañó Leo Bugge, quien iba por su cuarto intento de terminar el Spartathlon, y terminaría llegando primero de todo el contingente argentino.

En la cima había un puesto donde me pedí un té caliente y me lo dieron apenas tibio. No me quise entretener mucho, por lo que salí junto a Leo. La bajada ea mucho más fría que la subida, por el viento, y más peligrosa, por las malditas piedras sueltas. Algunos corredores nos pasaban corriendo y en las curvas cerradas se veían obligados a frenar y repensar la estrategia. Fue una bajada larga y un tanto tediosa, pero como todo la conquistamos con paciencia y constancia.

Como estas zona eran bastante impenetrables, el auto que me acompañaba recién me iba a cruzar dos o tres puestos más adelante. Esa incertidumbre de no saber cuándo los vería me mataba. En cada puesto donde me encontraba a los chicos o mis padres, el solo hecho de verlos me devolvía la energía al cuerpo.

Llegué a un puesto, todavía de noche, donde pedí masajes en mis piernas. Fe jugado, porque no tenía tanto margen de tiempo a mi favor. Me masajeó una de las chicas que me había atendido en el puesto del km 80. Le pedí casamiento, me dijo que no sabía. Le dije que “eso no es un no, es un quizás”. Salí caminando, dolorido, cansado.

Mi objetivo era volver a ver el sol. De a poco se fue asomando, hasta que pude apagar mi linterna frontal. Saliendo de un puesto, masticaba una galleta de arroz. Quise beber de mi caramañola para ablandar un poco la comida y que bajara más fácil, pero cuando eché la cabeza para atrás vino una arcada. Inmediatamente escupí lo que tenía en la boca. Me doblé y quedé unos segundos mirando al piso, esperando un vómito que no llegó. Me lloraban los ojos y llegué a sentir el estómago revuelto, pero todo quedó ahí. Una vez más, comer (y sin hambre) se volvía un desafío inmenso.

Estaba tan dolorido que empecé a aplicar cambios de ritmo: corría doscientos pasos, caminaba cien. Con eso mantenía una constancia y hacía más rápido que solo caminar. Pero resultó no ser suficiente. Llegué a un puesto con unos diez minutos de margen. Tomé, llené mi caramañola, comí algo y salí con solo tres minutos a mi favor. Germán fue duro conmigo: “Mirá que tienen uno o dos minutos de tolerancia. Si te pasás, te sacan”. Tenía como 190 km encima. Había llegado la hora de volver a correr.

Mi tibial estaba rojo y parecía que tenía un chichón. Dolía, sí, pero más cuando frenaba. Decidí correr sin detenerme. Mente en blanco. Bushido. Toc, toc, toc, toc.

No sé de dónde salió esa fuerza. Nunca se me había cruzado la posibilidad de no llegar a la meta, pero quedar afuera por no cumplir los horarios de corte empezaba a ser muy plausible. Hacía más de un día que estaba corriendo, tenía dolor en el tibial, dificultades para tomar y comer todo lo que había planificado, y sin embargo podía avanzar sin detenerme. Al primer puesto desde que retomé la marcha le gané cinco minutos. Al siguiente mi margen se había ampliado al doble. De a poco iba eliminando el fantasma de la descalificación.

A pesar de mi determinación y de intentar mantener un buen margen, las subidas las tenía que hacer caminando. Me sentía muy bien de energía, pero igual necesitaba tomarme esas cuestas con calma. Este segundo día tenía más sol que el anterior, y el calor se sentía cuando el cielo no estaba dominado pos las nubes.

Pero mi gran problema era que las caminatas me daban sueño. Cada tanto me daba una bofetada de cada lado e intentaba mantener un camino recto. Si miraba a mis pies, a las piedritas y ramitas que iba dejando atrás, ese movimiento empezaba a transformarse en otra cosa. Una máquina tragamonedas. Carteles de publicidad. El paisaje a través de la ventana de un tren. Sueños despierto. Sentía que si cerraba los ojos, mi carrera se terminaba ahí mismo.

Frenar en los puestos era imperativo. Para obligarme a comer y tomar. Para intercambiar dos palabras con alguien y no sufrir tanto el desamparo. Yo era consciente de que cada vez me volvía más lento. En cada puesto la historia se repetía: intentar comer algo, tomar un vasito de agua, llenar la caramañola y preguntar cuánto faltaba para el siguiente puesto y cuántos minutos tenía para hacerlo.

Las cuestas se volvieron mi gran frustración. Estaba harto de subir, y el dolor del tibial derecho crecía más y más. De a poco la distancia a Esparta se iba achicando, pero esta etapa fue sin dudas la más exigente. Mis padres y el equipo me daban aliento y me motivaban para que corriese, pero era muy difícil salir de cada puesto trotando. Caminaba intentando acostumbrarme al dolor y así poder volver a correr.

Además del dolor, seguía luchando contra la inapetencia. Faltando menos de 20 km, mi entrenador le pidió a todos que dejaran de insistirme con que comiese. Ya tenía toda la energía que iba a necesitar. Eso me quitó un pequeño peso de encima, algo menos por lo que preocuparme. Me restaba solo seguir corriendo y bebiendo.

Lo estaba haciendo. Lo sabía, nunca había dudado de mí. El margen de los horarios de corte me permitía tomarme las cosas con calma. En uno de los últimos puestos volví a quejarme del dolor. Prácticamente me mandaron a la calle a los empujones y me instaron a que corra. Intenté trotar, pero no pude. Caminaba y cuando creía que el dolor se volvía tolerable, intentaba un trote, pero ya mi cuerpo no respondía. Me largué a llorar, desconsolado. Cuando pasaba un auto en el sentido contrario, me tapa a la cara con mi pañuelo. Otros corredores lograban pasarme, y también intentaba ocultarles mis lágrimas.

Ver la cercanía de los puestos me ayudaba a correr aunque fuera los últimos metros. Era muy frustrante, porque tenía la energía para trotar, no me sentía fatigado ni dolorido por el esfuerzo. Era solo ese maldito tibial que dolía más y más desde el km 80.

Ya arrimándonos a Esparta se veía cada vez más gente, que aplaudía y alentaba. El sol calentaba desde arriba, prometiendo que todo iba a estar bien. Llegué al anteúltimo puesto, el que precedía a la meta. Quedaban 2,4 km hasta la meta y mucho margen para hacerlo. Mis padres nos tomaron una foto al equipo junto al cartel que indicaba las distancias. Me saqué el abrigo y el gorro, porque ya pensaba en la meta y quería que la cámara capturara sin problemas que era yo el que estaba completando esta gigantesca ultramaratón. Me dieron la bandera de Argentina y me la puse de capa.

Germán y Leandro me acompañaron, uno de cada lado, mientras mis papás y Nico iban en el auto a la meta. Me dijeron de correr, pero no podía. Me largué a llorar nuevamente, una mezcla absurda de frustración por mi lesión y felicidad por estar terminando esa carrera. Mientras caminábamos, la gente en los balcones se asomaba y aplaudía al grito de “¡Bravo! ¡Bravo!”. Yo saludaba a todos, mientras las lágrimas me empapaban la cara.

Mi sensación en ese momento, aunque parezca paradójica, es que todo había pasado demasiado rápido. A pesar del dolor, había disfrutado enormemente de todo. Estaba cumpliendo ese sueño monstruoso, que me asustaba y a la vez me entusiasmaba. Me sentía orgulloso de estar terminando aunque fuese caminando, porque había sufrido muchísimo para llegar hasta ahí.

Algunos espartanos reconocían la bandera y me gritaban “¡Argentina! ¡Messi!”. ¿Sabían ellos que este era mi sueño, que me había preparado años para lograrlo, y que había sacrificado muchísimo por lograrlo?

A medida que nos acercábamos a la llegada, la gente se amontonaba más y más. Los “¡Bravo!” se hacían constantes, junto con los aplausos. Doblamos una esquina y a lo lejos se veían las banderas de varios países, que además eran el marco de la estatua del rey Leónidas. Decidí correr. Tenía que llegar hasta ahí corriendo.

Desaté la bandera y la levanté con ambas manos. Germán y Lean empezaron a correr conmigo. Nico apareció con la cámara a inmortalizar el momento. Mi papá nos sacaba fotos, y capturó una hermosa instantánea de los cuatro corriendo lado a lado, con la bandera de Argentina flameando sobre mi cabeza.

Llegué a las 35:43:44 horas. Era un tumulto de gente, estábamos llegando todos juntos, así que tuve que hacer fila, pero finalmente tuve mi momento besando los pies de la estatua de Leónidas. Estaba fría y tenía gusto a monedas. Me pusieron una corona de laureles, me dieron un medallón dorado y muy pesado y una remera amarilla de finisher. Una de las vírgenes que esperan en la llegada me dio el dichoso cuenco con agua del río Éufrates. Sabía fresca y deliciosa. Me abracé con mi mamá y después con mi papá, y compartimos el llanto juntos. A ambos les dije que lo habíamos logrado. Ese triunfo les pertenecía. También me fundí en un abrazo con Ger, Nico y Lean. Ellos me habían ayudado a llegar hasta ahí.

Me sentía en la gloria. Ni siquiera recordaba todo el dolor que venían sintiendo. Un niño me regaló un dibujo, y mientras le agradecía en griego, alguien me tomó fuertemente del brazo. Me llevó a la carpa médica donde me revisaron y me tomaron sangre. No era obligatorio, pero pedí que me pesaran. Había perdido cuatro kilos, todo deshidratación, y quizás algo de pérdida de masa muscular.

La sensación de euforia y adrenalina no duró mucho. Me sorprendía ver a tantos corredores en camilla, algunos con suero, mientras yo estaba fantástico. Me puse a charlar con la mujer de Martín Córdoba, a quien le pisé los talones toda la carrera, y de pronto me mareé. Una doctora me dijo que me sentara y tomase agua. Al principio eso me hizo sentir mejor, pero de nuevo me mareé. Me llevaron a una camilla donde me pusieron suero. Entonces vinieron los escalofríos. No podía parar de temblar. Como su fuera poco, el tibial empezó a dolerme mucho, y los cuádriceps ardían en llamas.

Me masajearon mientras estaba cubierto por una gruesa manta. El dolor era tan fuerte que lloraba mientras todo mi cuerpo temblaba. Me costó recuperarme como para que me puedan subir a una silla de ruedas y meterme en un auto.

Luego de una noche de sueño, todo mejoró… excepto el tibial. Caminar se había vuelto algo imposible. El dolor era inmenso. Decidí quedarme una noche extra en Esparta, no tenía ganas de viajar. Todo el domingo estuve con dolor, manteniendo la pierna elevada. Cuando no pude más, pedí que me llevaran al hospital. Allí me hicieron placas y me recetaron antibióticos y un analgésico antiinflamatorio. El diagnóstico era una tendinitis con inflamación.

La historia del tibial no terminó ahí. De hecho, estoy terminando esta crónica días después del Spartathlon y todavía tengo un dolor infernal. En Atenas, el lunes, fue cuando peor me sentí. No podía caminar pero quería ir a la cena donde entregaban los diplomas y la medalla de finisher. No conseguimos muletas, así que fui saltando en un pie. Nos tocó una mesa al fondo del salón porque llegamos tarde. La pasé realmente muy mal. Creo que eso se notó cuando subí al escenario, ayudado por Germán. Mi pierna vendada y mi falta de movilidad me ganaron dos o tres aplausos extra, más un “¡bravo!”.

Volvimos al departamento en taxi, e hice casi todo el camino con lágrimas de dolor. Pedí un médico a domicilio para que completara un formulario de la aerolínea, a ver si tenían una atención especial conmigo. El doctor me dijo que probablemente iba a tener que quedarme unos días más en Grecia, porque volar podía poner mi vida en riesgo.

Fuimos a una clínica privada, donde me hicieron otra placa. El especialista que me atendió consideró que tenía un absceso. Me autorizó a volar, pero bajo la promesa de que no iba a ir desde el aeropuerto a mi casa, sino directamente a un hospital. Si fuera por él, me internaba y me abría a ver qué tenía.

Por fortuna el vuelo de regreso fue tranquilo. La jefa de azafatas se apiadó de mí y me trajo un cajón de aluminio para mantener el pie elevado las doce horas del viaje. Ya en Buenos Aires fui a la guardia, me cortaron la hinchazón del tibial, y por suerte encontraron que era solo una hematoma, sin infección. Me hicieron una ecografía que confirmó un pequeño desgarro sin rotura de fibra.

Una segunda consulta reveló que el tendón que pasa sobre el tibial derecho no responde como debería. No puedo girar el pie hacia arriba. No me hace caso, y cuando logro moverlo, duele increíblemente. Yo sentía una gran mejoría, pero cuando me sacaron los analgésicos me di cuenta de que eso era lo que me estaba ayudando. Ahora estoy con dolor, fastidioso. Extraño algo tan sencillo como caminar.

Pero… No quiero que piensen que estoy mal. Soy el hombre más feliz del mundo. O sea… ¡Terminé el Spartathlon! Era mi sueño, y a pesar de TODO, pude estar ahí y conquistarlo. Yo siempre digo que lo bueno nunca es gratis en la vida, y este es un precio bajo para mí. Seguro estaré retirado un tiempo de las carreras, y me espera una rehabilitación de quién sabe cuánto tiempo, pero no me preocupa. Valió la pena. Esta carrera me ha cambiado, y siento que esto es solo el principio.

Después de tanto esfuerzo, quizá me merezca este descanso. Mi cuerpo me llevó más allá de mis límites. Es momento de escucharlo, de hacerle caso y de ayudarlo a que se recupere. Quién sabe a dónde me llevará la próxima vez…

Semana 52: Día 364: El que se atreve, gana

Los griegos dicen “O tolmon nika”, que se traduce como “El que se atreve, gana”. Esto quiere decir, sencillamente, que quienes se animan a enfrentar un desafío automáticamente son ganadores, y no precisamente de una medalla o un podio.

Escribo estas líneas antes de correr la Espartatlón. Por supuesto que no pude dormir todas las horas que hubiese deseado, pero tener todas estas horas antes de ir a la Acrópolis me permite preparar las cosas con más calma, contestar los mensajes de todos mis amigos que están ansiosos por mi carrera, y escribir estas líneas.

Van a ser 36 horas de carrera para muchos. Mi largada va a ser a la 1 de la mañana en Argentina, y al mediodía del sábado será la llegada.

Me siento… Agradecido. Nervioso. Con ganas de correr y no parar por nada. Hice todo lo que pude. Algunas cosas no las pude preparar como hubiese querido. Me compliqué con la comida que voy a dejar en los puestos. No sé si salir con abrigo de lluvia o no, porque sabemos que va a llover pero no cuánto. No sé qué hacer todavía con mis pies, si encintármelos o ponerme vaselina. No me preparé el pañuelo en la gorra, para protegerme del sol en la nuca. Cosas que resolveré, claro, pero igual tengo esa incertidumbre dándome vueltas en la cabeza.

Imagino que este blog no volverá a tener actividad hasta el domingo. No pudimos resolver lo de tuitear en vivo, compramos un chip con datos y llamadas internacionales que nos duró quince minutos. La mejor opción será seguir la carrera desde la página web. Soy el corredor número 183.

O pueden esperar al lunes y averiguar qué pasó. Va a ser toda una aventura. Ahora no sé si vale la pena toda esta movida para no llegar. O sea, sí, conocí a Karnazes, tuve esas enormes muestras de afecto de mis amigos del Team Puma y de mis familia (en especial de mis padres). Viajé con el mejor equipo del mundo, recorrí, me relajé, descansé y me conecté con mis raíces. Pero no viajé 15 mil kilómetros para no llegar a la meta. No me jugué todas las cartas disponibles para abandonar.

Por más que ya salgo mucho más sabio de toda esta experiencia, necesito llegar. Creo que lo merezco, o al menos voy a hacer todo lo posible por ser merecedor de ese honor. Espero que en el próximo post pueda decir “Llegué”.

Semana 52: Día 362: Preparando la comida

Ya no queda nada para la carrera. Solo preparar lo que voy a tomar y comer y decidir en qué momentos lo voy a consumir.

El cálculo que hizo Romina, mi nutricionista, es que tengo que consumir 60 gramos de hidratos de carbono por hora, lo que da un total promediado de 2160 carbohidratos en toda la Espartatlón. Para eso elegimos y negociamos diferentes alimentos para ir rotando la fuente de nutrientes y obtener la mayor cantidad de energía (de calidad) durante las 36 horas.

Para eso preparé cantidades industriales de pinole: nueve litros (por alguna razón hice el doble de lo que calculaba, lo que solo se explica por mi ansiedad y algo de torpeza). También hice fainá y compramos pan, manzanas, pasas de uva, galletas de arroz, nachos, pretzels, y posiblemente hoy hagamos unas hamburguesas de arroz muy sabrosas. Además tengo sales hidratantes porque el agua de aquí es de bajo contenido de sodio, y tengo Red Bull para la cafeína.

Prefiero no consumir bebidas isotónicas (por eso hice el pinole), pero ante una emergencia sé que en muchos puestos la organización entrega tanto esto como pan, frutas, pasas y muchas cosas que ignoraré por no ser veganas. Ya habían avisado que se podía negociar comida especial para quien lo deseara, pero prefiero no depender de nadie y recurrir a ellos como último recurso.

Y ya no queda nada. Con lo de la comida resuelta, solo resta la acreditación, juntarme con los otros compatriotas argentinos y ver sin consigo hablar un ratito con Karnazes. En 18 horas comienza la gran odisea…

Semana 51: Día 354: Cómo seguir la Espartatlón en vivo

Me está dando la impresión de que esta ultramaratón pone más nerviosa a la gente que me rodea que a mí mismo. Para ellos les quiero dejar un instructivo de cómo seguir el desarrollo de esta carrera.

Es muy seguro que vamos a estar tuiteando constantemente con el hashtag #PumaEnEsparta. Depende que resolvamos cuestiones técnicas (el roaming sale una fortuna y media), pero la intención es que las actualizaciones de la Espartatlón sean en vivo, tanto en la previa como durante las 36 horas que dure. También lo posterior, como para que sepan qué se siente correr 246 km (por ejemplo, averiguar si uno puede seguir de pie después de eso).

Pero más allá de las redes sociales, que creo que las vamos a hacer de goma, la organización tiene una página web bastante aceitada en la que se puede seguir a todos los corredores. La dirección es http://www.spartathlon.gr.

Una vez que uno ingresa, a menos que sea un especialista en lengua griega, debería pasar los textos a inglés a través de un simple click en una bandera británica. Además de toda la información muy interesante, está la sección “Live Data“, que es la que nos interesa.

Hasta que no comience la carrera no vamos a poder ver los datos, pero ahí se puede seguir a los corredores por su número de dorsal. El mío es el 183. Se puede consultar el desarrollo por corredor o por puesto (son 74 más el de la meta). El horario de inicio de la carrera es a las 7 de la mañana del viernes 26, hora local. La diferencia horaria es de seis horas, así que para mis familiares y amigos en Buenos Aires, la aventura comienza a la 1, en plena medianoche. La llegada límite es a las 19, hora local, o las 13 en Argentina.

En nueve puestos la información del chip es en vivo. Esto corresponde al inicio, el 4º (km 19,5), el 11º (km 42,2, que es el primero en el que me permiten recibir asistencia de mi equipo), el 22º (km 80), el 35º (km 123,3), el 47º (km 159,5, en la base de la montaña, que da comienzo a la parte más dura de toda la carrera), el 52º (km 171,5, y llegar hasta aquí, Nestani, me preclasifica para volver a correr la Espartatlón los próximos 3 años), el 60º (km 195,3), el 69º (km 226,7) y el 75º (km 246,8, la meta).

El resto de los puestos se actualiza a mano, y desconozco si se podrán ver en tiempo real. Pero con estos indicios ya se puede seguir en vivo esta carrera gloriosa. Ojalá llegue.

Semana 45: Día 313: Los 27 km de la Terma Adventure Race Pinamar 2014

Corrimos esta carrera el domingo y debía la crónica. Ahí vamos.

La Carrera: Si tengo que hablar de historia, sin lugar a dudas la Adventure Race de Tandil es la más especial para mí. Esta fue mi primera carrera de aventura, y si no cuento las “maratones” del colegio a fin de año, directamente debería decir que fue mi primera carrera. Era parte de un equipo de postas y cuando terminé la que me correspondía, la última, mi entrenador Germán me abrazó y yo no entendí bien por qué. Subestimé mi esfuerzo y no supe ver, como él, que esto era solo el principio de algo más grande.

En mi debut estaba auspiciada por Merrell, hoy por Terma. El recorrido no varió mucho con el paso de los años, con un terreno casi exclusivamente en arena, con muy poco camino de tierra, calle y el maravilloso campo de golf que es un deleite para los pies. Es una prueba agotadora, no es para cualquiera, pero conquistarla es un placer enorme. Y si tenemos suerte, va a tocar un buen día que amerite pasar unos días en la playa antes o después de correr.

El kit del corredor, como en todas las Adventure Race previas, está compuesto principalmente por dos botellones de Terma que terminan cortando las correas de la bolsa. No me fijé si venía algo más, porque ya estar acarreando el kit por dos tiras colgando me resultó un poco fastidioso.

Lo bueno: Para variar la organización fue muy buena. Sería extraño que no sea así, con todos sus años de experiencia. La largada (sin Carna este año) es puntual, emocionante, y te lleva de lleno desde la calle central de la ciudad a la playa, para empezar una buena cantidad de kilómetros en la arena.

La dificultad de esta competencia es su terreno, ya que al ser un suelo blando come muchas piernas. Pero este año los participantes recibieron una mano de la madre naturaleza, y las copiosas lluvias de los días anteriores asentaron la arena, en especial en la parte de los médanos. Esto dio mucha más tracción, además de que generó un pequeño lago a esquivar en la mitad de la carrera. Quienes debutaron en esta edición quizá se lleven una sorpresa el año próximo, cuando sientan que están corriendo en el lugar en vez de avanzar.

Esa variedad en el terreno, que incluye asfalto (bastante poco), calle de tierra, bosque lleno de pinocha y ondulaciones, además de la playa y los interminables médanos, le dan mucha variedad a esta carrera. Quienes conocemos el recorrido sabemos lo que nos espera, y por eso seguimos volviendo. Me costó mucho dejar de padecer el bosque, probablemente la parte más dura de la Adventure Race. Muchos creen que lo difícil son los médanos, pero con un tranco corto en subidas y llanos y largo en las bajadas, se tolera mucho más.

Los puestos de hidratación están muy bien colocados, aunque hay quienes podrían quedarse corto en bebida y comida si no llevan algo extra entre puesto y puesto.

Detalle aparte, que suma: el reloj me dio exactamente 27 km, distancia prometida. El problema es que no anda bien y no lo pude detener, así que me dio que hice 135 km (se le acabaron las pilas en la ruta, volviendo a Buenos Aires).

Lo malo: Nuevamente, la mala costumbre del Club de Corredores de asociarse con una marca de cervezas, que regalaban en la llegada a cambio de la entrega del chip. No quiero seguir aburriendo con los efectos nocivos del alcohol en un organismo que se sometió a varias horas de ejercicio intenso. Es cierto que cada uno decide qué hacer de su salud, pero sigo esperando que una organización deportiva, con el prestigio que tiene el club, recapacite en lo que le está haciendo a los miles de corredores que confían en ellos. No estoy solo en este reclamo, sé de muchos atletas que se indignan ante esta situación, pero algunos cometen el error de aceptar la lata igual, aunque no la tomen. Supongo que somos minoría, y que la mayoría se tomó esa cerveza apenas terminó. Es una pena, realmente.

Lo mismo pasa con los puestos de hidratación, donde por un convenio comercial solo ofrecen agua con bajo contenido de sodio, mientras los que no somos hipertensos (imagino que la gran mayoría), necesitamos sales y minerales.

En uno de los puestos se ve que alguien tuvo la pésima idea de pelar las bananas, lo que terminó generando una fruta pegajosa, que daba la impresión de haber sido manoseada. Me dio un poco de asco. Me llamó la atención que esto no pasó en otros puntos.

El veredicto: A diferencia de Colón, esta edición de la Adventure Race es bastante exigente, y no es apta para debutantes en carreras de aventura. Hay que estar bien preparado, sobre todo en el trabajo de fortalecimiento de piernas. Es muy divertida, y la considero ideal para realizar acompañado. Este año tuve la suerte de hacer la mitad con dos amigos y la segunda parte con una debutante. Poder transmitir mi propia experiencia, alentar y ayudar a que cada uno saque lo mejor de sí es muy gratificante.

Puntaje:
Organización: 8/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 9/10
Hidratación: 6/10
Nivel de dificultad: Para corredores experimentados o debutantes suicidas

Puntaje final: 7,50


Semana 40: Día 276: Los 25 km de la Terma Adventure Race El Palmar

Finalmente encuentro un hueco en mi día para reseñar esta carrera que forma parte del circuito Adventure Race que organiza el Club de Corredores. Ahí vamos.

La Carrera: Históricamente, para nuestro grupo estas carreras eran llamadas “las Merrel”, porque esta marca de ropa las auspiciaba. De hecho, como me inicié en el mundo del atletismo con toda esta movida ya bastante empezada, primero pensé que ese era su nombre y después me enteré de que se trataba de un auspiciante, como es el caso de la Copa Libertadores, que depende de quién ponga el dinero es la marca que lleva adelante. Esto no es algo dicho en tono despectivo, me parece absolutamente inteligente asociarse con una marca que abarate costos o le sume valor al evento. Terma es una bebida que en lo personal no me gusta (difícil sacarme del agua mineral en esta etapa de mi vida), pero lo prefiero mil veces que la cerveza o la Coca-Cola… y sobre eso hablaré en el desarrollo de la reseña.

Esta Adventure Race, parte del circuito que empieza con Tandil en Marzo y ahora sigue en Agosto con Pinamar, tuvo una diferencia respecto a las versiones en otras ciudades y es que la distancia promocionada era de 25 km. Esto vino acompañado con una reducción de los equipos de postas: en lugar de cuatro participantes se redujo a tres. El recorrido era un misterio para mí, lo imaginaba metiendo las patas en el agua, en un terreno muy técnico y dificultoso. Pero esto fue porque no me dediqué a investigarlo y me quedé con la idea en la cabeza de los circuitos de Salomon. La Adventure Race de El Palmar, comparada con Tandil o Pinamar, es mucho más sencilla en cuanto al nivel de dificultad, más noble con las articulaciones y una buena opción para hacerla la primera carrera de aventura de tu vida.

El kit del corredor no fue la gran cosa: dos botella de Terma de un litro (obviamente), una barrita de cereal, unos cereales Mix Tropical (con demasiada azúcar para mi gusto, pero veganas) y una edición de la revista Ochentamundos del año pasado. Regalé todo, pero entiendo que hay gente que apreció mucho su contenido.

No quiero ponerlo como algo malo porque no sé bien por qué pasó, pero la distancia de mi reloj fue de 23 km en lugar de 25. Al principio coincidía bastante bien y en un momento nos empezamos a distanciar, para terminar en una diferencia de 2 km. Me llamó mucho la atención. Cruzamos la meta a las 2 horas con 22 minutos, y se cumplió mi intención de correrla relajado, acompañado de amigos, y no enloquecido por el tiempo y poniendo en riesgo mis tobillos. 

Lo bueno: La organización de la carrera fue muy buena, algo que muchas veces es criticado. El horario de salida, pautado para las 10 de la mañana, se retrasó a las 10:30. Esto, que podría ser parte de “Lo malo”, para nosotros fue excelente, porque en el camino nos perdimos y llegamos tardísimo. Supongo que hicieron esto no por problemas organizativos, sino porque al correrse dentro de La Aurora del Palmar, que es un predio alejado de ciudades como Colón, cualquier citadino como nosotros se podía retrasar y perderse la salida.

Los puestos estaban bien ubicados, por lo que tranquilamente se podía correr sin hidratación propia (aunque nunca está de más). También había mucha fruta, algo que uno espera en una zona conocida por sus naranjas. Y este posiblemente haya sido el punto principal de esta carrera, ya que sobre el final corríamos por una plantación de naranjos que además de pintoresco era irresistible. Corrí en un equipo improvisado de cuatro corredores: Germán, mi entrenador, Nico, Lean y yo. Mientras yo hacía una parada técnica, ellos sacaban una naranja cada uno, la pelaban con sus manos y la saboreaban mientras caminaban. Corrí hasta ellos y me ofrecieron tomar una fruta de uno de los naranjos. Desconfiado, me negué, pensando que iba a ser muy ácida y me iba a caer mal. Ante la insistencia y las acusaciones de que me cortaba solo ante el equipo, tomé una naranja, la pelé y la comí. Creo que fue la fruta más sabrosa y jugosa que probé en mi vida. Y eso solo lo viví en esta carrera.

Otro tramo del recorrido destacable fue un sendero angosto dentro de un bosque, donde uno tenía que agacharse de vez en cuando o estar atento a las raíces y troncos en el suelo. Si bien el sol y la entrada en calor nos hizo olvidar de que estábamos en invierno (y de que la mañana estuvo muy áspera), al estar en un entorno a la sombra, muy cerrado, obligado a bajar la velocidad por la fila india que se había armado, me volví a enfriar. Salir a la luz del sol, en medio del palmar, fue una bendición. 

Lo malo: Sin dudas, otro desacierto del Club de Corredores, que es asociarse con productos que no son buenos para el deporte. En lo menos malo está dar como hidratación agua con bajo contenido de sodio, lo que propaga la idea errónea de que esto es más saludable. Esto sí puede ser ideal para personas con hipertensión, ¡pero los corredores necesitamos sodio! Me sorprende el riesgo al que nos someten en tantas carreras, y lo que más bronca me da es que estoy seguro de que es algo que ni siquiera se lo plantean. Luego, en los puestos también había ese jarabe con agua carbonatada que se usa para aflojar tuercas oxidadas, llamado Coca-Cola. Sé de ultramaratonistas que recurren a este líquido negro y espantoso por su alto nivel de azúcar, como para darse un shock de glucosa y tirar unos kilómetros más. Para mí es un horror que incentiven a los deportistas a tomar esto, en lugar de adoptar un criterio de salud y nutrición. La cereza del postre es la lata de cerveza Quilmes que regalaban en la llegada, en el mismo instante en que uno retiraba su medalla de finisher. ¿En serio? ¿Recibo mi reconocimiento de haber terminado una carrera, algo difícil de alcanzar, y en el mismo acto me dan alcohol para terminar de saturar a mi vapuleado hígado? Creo que una organización deportiva debería velar por la salud de los competidores y no descuidar estos detalles. Porque se supone que ellos saben más que quienes se inscriben en sus carreras. Y tranquilamente podrían imponer un estilo de vida más sano, que acompañe al esfuerzo físico que hacen los deportistas. Por suerte descubrí que no soy el único extremista con este tema, a nivel general a todos en el grupo les sorprendió que regalaran cerveza como si fuese una recompensa por terminar.

Otro punto criticable, que lo vi al día siguiente de esta edición, fue el tema de las fotografías de la carrera. Uno debe buscarlas de acuerdo a su número de corredor, y un sistema automatizado publica la galería en Facebook. El tema es que hay muchas fotos que las suben giradas a 90 grados. Yo me considero lo suficientemente apto para acomodarlas al derecho, pero la marca de agua de la Terma Adventure Race queda girada. Siendo algo automático, es frustrante ver cómo elige las fotos, y muchísimas otras no aparecen (las terminé tomando de galerías que le generó a amigos míos). Además tengo una sola foto de la carrera (espantosa, porque soy cero fotogénico) y me hubiese gustado tener más del recorrido. Me parece mejor cuando arman álbumes de fotos y uno se busca una por una, que esto donde está totalmente cerrado y uno apela al buen criterio de un algoritmo matemático.

El veredicto: Una muy buena carrera sin mucha dificultad, ideal para quienes quieren debutar en una carrera de aventura y tienen miedo de destrozarse en el proceso. El terreno no es muy técnico, pero algún que otro cambio de paisaje la hacen interesante, y si bien los puestos de asistencia tienen alimentos que para mí son una pésima decisión, también tienen opciones sanas como las frutas. Difícilmente se replanteen este aspecto, así que le recomiendo a quien pueda darse ese lujo, que corra con su propia hidratación.

Puntaje:
Organización: 7/10
Kit de corredor: 7/10
Terreno: 8/10
Hidratación: 5/10
Nivel de dificultad: Para corredores novatos

Puntaje final: 6,75

Semana 32: Día 224: Crece la lista de argentinos en la Espartatlón

Esta es la orgullosa delegación argentina que va a participar en la Espartatlón 2014:

Martín Casanova
Hector Bengolea
Leo Bugge
German Cordisco
Martin Cordoba
Fabian Alberto Duarte
Gerardo Re
Gustavo Claudio Rigassio
Guillermo Sivori
Alejandro De Brandi
Ivana Farias

La fortuna quiso que quede primero, seguramente porque pude resolver mi inscripción (incluyendo el pago) primero. Pero soy un debutante (y el varón más joven, como pueden apreciar en la imagen), mientras que entre los otros veo nombres de corredores experimentados, muchos ya han completado el recorrido entre Atenas y Esparta… ¡algunos más de una vez!

Otro ítem a destacar es que contamos con la presencia de una mujer (y la más joven de todos), Ivana Farías… ¡un lujo!

En la lista de espera quedan un par de corredores que están ansiando por un lugar. Tal es el caso de Nico Kierde, quien terminó los 246 km en una oportunidad, relato que alguna vez rescaté para este mismo blog.

Es un grupo muy diverso, de gente más madura que yo, lo cual me intimida un poco. Pero ya estamos debatiendo estrategias de entrenamiento, intercambiando tips de viaje… ¡me siento entre amigos! No los conozco personalmente a ninguno, pero nos hermana la locura de este sueño… Son la delegación argentina, pero los veo como guerreros espartanos, con quienes haremos la formación en la que cada uno protege al otro con su propio escudo.

Por la gloria.

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