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Semana 29: Día 203: Guerra contra el azúcar

Cuando me volví vegano alcancé un extremo en la alimentación, o al menos eso es lo que se ve desde afuera. Cualquier cosa que se diferencie del común denominador parece más cercano al extremismo religioso que al placer. Si no me gustara lo que como, estaría al horno…

Dicho esto, cualquier cambio brusco para mí es más natural de lo que parece. Dejar de comer papas fritas, por ejemplo, no me costó nada porque era un paso más cerca hacia alimentarme sanamente. Cuando nos juntamos con amigos en algún restaurante, pareciera imposible pedirle al mozo otra cosa que papas fritas mientras esperamos la comida… yo mientras me entretengo con pan, agua o simplemente los miro comer y charlo…

Apenas me hice vegano frecuentaba una dietética en Colegiales, a la vuelta del departamento donde vivía, atendido por un simpático señor y empleadas que iban rotando. Ninguna estaba ahí más de un par de meses. Casi todas eran veganas. No investigué mucho el asunto de por qué iban siendo reemplazadas por otra vegana, pero bueno, hace un par de semanas pasé por la puerta y el local había desaparecido. En esos primeros intentos por abandonar la proteína animal, le comentaba al dueño que también quería dejar el azúcar. No recuerdo qué me llevó a esa decisión, supongo que era una cuestión de “siguiente paso lógico”. El vendedor me dijo que iba a ser imposible. Todo tiene azúcar. Incluso las cosas más insospechadas.

No es mi intención dejar el azúcar en su totalidad porque me resultaría imposible. Por ejemplo, la leche de soja con la que desayuno y meriendo la contiene. Pero creo que puedo reducir su consumo drásticamente, a un nivel mínimo. Ya empecé a mirar etiquetas, elegir salsas de tomate, conservas o salsa de soja sin azúcar. ¡Hay que mirar mucho! Pero se puede. El té lo tomo amargo, y el paladar me cambió. Es increíble las cosas que consumimos solo por costumbre.

Como mi campaña para no consumir azúcar es bastante pública, me acercaron este texto, publicado originalmente en EverydayHealth.com y recopilado en este blog. Me pareció interesante compartirlo porque es la experiencia de una mujer convenciendo a su familia de dejar absolutamente el azúcar durante un año. Algo así como una Semana 52 nutricional. He aquí el relato:

Mi familia dejó de comer azúcar por un año y esto fue lo que pasó…



Por Eva O. Schaub, 

Érase una vez una época en la que yo era sana – o al menos pensaba que lo era.
Naturalmente me faltaba la energía suficiente para terminar con el día, pero con todos los anuncios en la televisión promocionando bebidas energéticas para las masas cansadas de los Estados Unidos, siempre asumí que yo no era la única que sufría. Y, por supuesto, todo el mundo en mi familia temía las temporadas de resfriados y gripe, pero también pensé que al llegar enero, todas las personas desarrollan algún grado de enfermedad.
Al menos eso es lo que pensaba hasta que empece a escuchar nueva información inquietante, sobre los efectos del azúcar. Según varios expertos, el azúcar es lo que está causando que muchos estadounidenses tengan sobrepeso y enfermedades. Cuanto más pensaba en ello, esta nueva información empezó a tener sentido para mí – un montón de sentido. Uno de cada siete estadounidenses tiene sindrome metabólico. Uno de cada tres estadounidenses es obeso. La tasa de diabetes se ha disparado y las enfermedades cardiovasculares son la causa de mortalidad número uno de Estados Unidos.
Según esta teoría, todas estas enfermedades y muchas otras se pueden asociar con la presencia de este gran tóxico en nuestra dieta … el azúcar.

 Una idea brillante
Tomé todo este conocimiento recién descubierto y formulé una idea. Quería ver cuan difícil sería para nuestra familia – mi marido, nuestras dos hijas (de 6 y 11) y yo – pasar todo un año sin consumir alimentos con azúcar añadido. Cortamos de nuestra dieta cualquier alimento con ázucar añadido, ya fuera azúcar de mesa, miel, melaza, jarabe de maple, agave o jugo de frutas. También se excluyó cualquier cosa hecha con edulcolorantes o alcoholes de azúcar. A menos que la dulzura fuese original en el alimento (por ejemplo, una pieza de fruta), no lo comeríamos.
Una vez que empezamos a buscar, encontramos el azúcar en los lugares más increíbles: tortillas, salchichas, caldo de pollo, ensaladas preparadas, fiambres, galletas, mayonesa, tocino, pan, e incluso en fórmula para bebés. ¿Por qué añadir toda esta azúcar? Para hacer estos artículos más agradables al paladar, preservar por más tiempo los alimentos, y abaratar la producción de alimentos empacados.
Llámenme loca, pero evitar azúcares añadidos durante todo un año me parecía una gran aventura. Tenía curiosidad de lo que sucedería. Quería saber cuan difícil iba a ser y qué cosas interesantes podrían suceder. ¿Cómo iba a cambiar mi forma de cocinar y hacer compras?
Después de haber realizado mi investigación estaba convencida que eliminar el azúcar nos haría todos más saludables. Lo que no esperaba fue cómo el hecho de no comer azúcar me hizo sentir mucho mejor de una manera muy real y tangible.
 Un año sin azúcar más tarde…
Era sutil, pero perceptible: cuanto más tiempo pasaba sin comer azúcar añadido, me sentía mejor y con más energía. Y por aquello de las dudas, algo que sucedió confirmó la conexión entre dejar el azúcar añadido con sentirme mejor: el cumpleaños de mi marido.
 Durante nuestro año de NO azúcar, una de las reglas era que como familia, podríamos tener al mes, un postre con contenido de azúcar y si era el cumpleaños de alguno de los miembros de la familia, este lo podía elegir.
Por ahí de Septiembre ya notamos nuestros paladares cambiados y poco a poco, empezamos a disfrutar menos de nuestro postre mensual.
Pero cuando nos comimos el decadente pastel de varias capas con crema de banano que mi marido había solicitado para la celebración de su cumpleaños, yo sabía que algo nuevo estaba ocurriendo. No sólo no me gustó mi rebanada de pastel, ni siquiera la pude terminar. Tenía un sabor extremadamente dulzón para mi paladar ahora sensible, hizo que mis dientes dolieran,  mi cabeza comenzó a latir con fuerza y mi corazón empezó a acelerarse… Me sentía muy mal.
 Estuve tumbada en el sofá con la cabeza apunto de estallar, por una hora antes de empezar a recuperarme. “Caray”, pensé “El azúcar siempre me hizo sentir mal, pero debido a que estaba en todas partes, nunca lo realicé”.
Después que nuestro año sin azúcar añadido terminó, conté las ausencias de mis hijos en la escuela y las comparé con años anteriores. La diferencia fue dramática. Mi hija mayor, Greta, pasó de 15 ausencias en el año anterior, a sólo dos.

Hoy en día, habiendo pasado ese año, la forma en que comemos es muy diferente. Apreciamos el azúcar en cantidades drasticamente más pequeñas, lo evitamos en los alimentos diarios (en el que no debería estar en primer lugar), y guardamos el postre para momentos muy particulares. Mi cuerpo parece estar dándome las gracias por ello. No me preocupo por quedarme sin energía. Y cuando aparece la temporada de gripe, ya no siento la necesidad de esconderme con mis hijas debajo de la cama. Si nos enfermamos sabemos que nuestros organismos están mejor equipados para luchar, nos enfermamos menos y nos recuperamos más rápidamente. Para mi sorpresa, después de nuestro año sin azúcar, todos nos sentimos más sanos y fuertes. Y eso no es nada despreciable.

Semana 27: Día 183: ¿Se puede abandonar el azúcar?

Hay una máxima que dice que todos los titulares en forma de pregunta tienen como respuesta “no”. Y la verdad que abandonar el azúcar es una tarea muy compleja. La cantidad de alimentos que tienen esta sustancia es inmensa, pero ahí está el tema: no tomamos consciencia de lo que nos venden adentro de los alimentos refinados, y a veces ni siquiera tenemos opción.

Estoy muy acostumbrado a leer las etiquetas en el supermercado. Al principio, cuando solo era vegetariano, me fijaba que no tuviesen grasa bovina refinada (principalmente pastelería, galletitas). Después me enteré de que la gelatina se hacía con huesos y cartílagos (o sea, involucraba que muriese un animal), así que dejé de consumir una gran porción de productos (quesos crema, mermeladas, golosinas). Ya en ese punto un tercio (o más) de lo que se vendía del supermercado dejó de interesarme.

Cuando me hice vegano, leer las etiquetas se volvió más minucioso. Ahora estaba queriendo dejar la proteína animal, así que una inmensa cantidad de alimentos pasaron a la lista negra (huevos, leche, quesos, margarina, helados, yogures, casi todos los panes de molde, el restante de las galletitas y crackers, tortas, pastas frescas y prácticamente todas las comidas preparadas como empanadas, tortillas, pizzas, etc).

Este blog no pretende sermonear ni obligar a nadie a cambiar su alimentación. Esto es algo mío, muy personal, y que siempre se me dio en forma natural. Como hice un click en mi forma de pensar, me empezó a llamar mucho la atención las compras de la gente. Veía lo que iban poniendo en la caja para que les cobren e iba listando mentalmente las cosas que iban a comer y los potenciales riesgos a la salud. Pero, como dije, son cosas mías… nunca me sentí obligado a dejar de consumir ciertos productos, simplemente no los quise más en mi vida.

Dejar el azúcar se convirtió prácticamente en un abandono de prácticamente todos los cereales, las mermeladas que no tenían gelatina, el dulce de batata y membrillo, y casi diría que el total del supermercado excepto por las frutas, verduras y ciertos cereales como la avena. Ayer, sin ir más lejos, fui a hacer las compras y tomé consciencia de que mi rutina es ir salteando góndolas.

Pero como decía en el título de post, es una incógnita si se puede dejar el azúcar. El haber dejado la leche me significó pasarme al AdeS natural como reemplazo de un líquido fluido y con proteínas para el desayuno y la merienda. Y claro, tiene azúcar. Supuestamente su concentración es menor que en otros alimentos (por ejemplo, en los cereales casi siempre hay más endulzante que cereal), pero sigue siendo algo que quiero dejar. Probé con leche de soja más casera, sin azúcar o con stevia, y resultó un verdadero espanto. En una época me hacía leche de almendras, y quizá sea el camino que tome en un futuro cercano.

Y si hay algo peor que el azúcar, es el jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF), que viene en una gran cantidad de alimentos. No es el reemplazo que estaba buscando, sino todo lo contrario. Las ventajas que tiene el JMAF es que es menos costoso que el azúcar, se mezcla mejor con los líquidos, y también se usa como preservante. Las desventajas son que posee mayor fructosa, por lo que aumenta los riesgos de las enfermedades relacionadas como el sobrepeso (hipertensión, obesidad, cardiopatías, etc). El JMAF metaboliza la grasa del organismo más rápidamente que cualquier otro azúcar y daña el hígado y aumenta los triglicéridos, un precio muy alto para que las compañías que venden alimentos procesados y gaseosas bajen sus costos.

Ahora bien… dejar el JMAF me implica algo que para mí es muy complejo, y es abandonar las bebidas isotónicas como el Powerade y el Gatorade. Si bien su aporte de hidratos y electrolitos es imprescindible para las ultramaratones, sigo en la búsqueda de consumir en forma responsable. Esto no quiere decir que voy a pasar exclusivamente al agua, sino que necesito encontrar una alternativa. Y como todo, no puedo esperar a que la industria alimenticia lo invente: lo tengo que hacer yo. Es por eso que en los próximos días voy a experimentar con una bebida isotónica casera, a ver si la puedo usar en la Patagonia Run. Creo que sería fantástico poder volverme autosustentable, y comprobar que con un poco de esfuerzo puedo consumir exclusivamente lo que mi cuerpo necesita, y no lo que precisa una empresa…

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