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Semana 52: Día 363: La acreditación en la Espartatlón

Con el ansiado día de la ultramaratón tan cerca, llegó el turno del papelerío. Ya no queda nada.

Hoy alquilamos el auto que será la base de operaciones del equipo de asistencia. Mis papás vinieron al departamento donde me estoy quedando con los chicos (después de haberlos abandonado a ellos) y preparé todo lo que necesitaba: certificado médico, pasaporte y algo de dinero por las dudas.

Antes de salir me hicieron un regalo maravilloso. Yo no sabía nada, pero conectaron la notebook al LCD gigante que hay en el depto y le dieron play a un video que me hicieron los Puma Runners, cantando “Grecia, decime qué se siente”, lo cual no solo hizo que el insoportable tema del Mundial tuviese relevancia para mí, sino que me llenó de emoción. Fue tan emocionante ver esa muestra de afecto de los chicos que me dejaron mudo. El día empezó de la mejor manera.

Con el auto, de 9 plazas, tuvimos montones de problemas, como por ejemplo que las puertas no trababan. Pero no los voy a aburrir con esos detalles. Llegamos a tiempo a la acreditación, completé todos los trámites y hasta me sacaron sangre y me pesaron para un estudio independiente que compara mi estado antes y después de la carrera. Eso va a ser interesante.

Después del almuerzo pude conocer en persona a Dean Karnazes, ultramaratonista y motivador, quien acuñara una de mis frases favoritas: “Las carreras son 15% entrenamiento, 15% alimentación y 70% cabeza”. Sin saberlo, me perdí la charla técnica en inglés y terminé en la que se daba en griego, por lo que no entendimos absolutamente nada, al menos resolví mi única duda que era en qué lugar de la Acrópolis se largaba.

Ya con todo preparado, los 32 ítems que dejé repartidos en los 75 puestos y una buena cantidad de nervios, solo resta llegar a la meta en horario y correr. Estoy muy agradecido por toda la gente que me permitió estar acá. Espero estar a la altura.

Semana 52: Día 362: Preparando la comida

Ya no queda nada para la carrera. Solo preparar lo que voy a tomar y comer y decidir en qué momentos lo voy a consumir.

El cálculo que hizo Romina, mi nutricionista, es que tengo que consumir 60 gramos de hidratos de carbono por hora, lo que da un total promediado de 2160 carbohidratos en toda la Espartatlón. Para eso elegimos y negociamos diferentes alimentos para ir rotando la fuente de nutrientes y obtener la mayor cantidad de energía (de calidad) durante las 36 horas.

Para eso preparé cantidades industriales de pinole: nueve litros (por alguna razón hice el doble de lo que calculaba, lo que solo se explica por mi ansiedad y algo de torpeza). También hice fainá y compramos pan, manzanas, pasas de uva, galletas de arroz, nachos, pretzels, y posiblemente hoy hagamos unas hamburguesas de arroz muy sabrosas. Además tengo sales hidratantes porque el agua de aquí es de bajo contenido de sodio, y tengo Red Bull para la cafeína.

Prefiero no consumir bebidas isotónicas (por eso hice el pinole), pero ante una emergencia sé que en muchos puestos la organización entrega tanto esto como pan, frutas, pasas y muchas cosas que ignoraré por no ser veganas. Ya habían avisado que se podía negociar comida especial para quien lo deseara, pero prefiero no depender de nadie y recurrir a ellos como último recurso.

Y ya no queda nada. Con lo de la comida resuelta, solo resta la acreditación, juntarme con los otros compatriotas argentinos y ver sin consigo hablar un ratito con Karnazes. En 18 horas comienza la gran odisea…

Semana 52: Día 361: Un fondo de 20 km en Atenas

Finalmente hice mi último fondo antes de la gran carrera de mi vida. Lo hice en Atenas, donde todo comenzó.

En la capital griega hacen unos devastadores 33 grados, lo que obliga a tomar ciertas medidas: ropa cómoda y fresca, hidratación y lo que se pueda de sombra. Ante la sugerencia de mi amigo Antonios, el taxista que me trajo desde el aeropuerto, salí a las 6:30 de la mañana, cuando todavía es de noche.

Mi instinto me llevó a correr hacia la Acrópolis, porque era un lugar más o menos conocido para mí y porque podía darle vueltas hasta completar la distancia, sin miedo a perderme. Lo que no tuve en cuenta es que la mitad del recorrido es en subida. No hubo problema, estoy muy preparado de piernas para estos ascensos y la Espartatlón va a tener mucho desnivel, así que lo encaré con ganas.

Poco a poco fue saliendo el sol y las calles comenzaron a iluminarse. Le gané a todos los turistas, así que el recorrido estaba bastante despejado. Lentamente la ciudad iba despertando (algunos se iban a dormir), se baldeaban las veredas, se sacaban las mesitas a la calle y las panaderías empezaban a abrir. Me sentía como cuando corro por Buenos Aires, y voy notando a los que terminan su jornada y los que la empiezan.

Correr a la sombra del Partenón es un flash, se mire por donde se mire. Es imposible no pensar en toda la historia que está concentrada en ese lugar. Si en Ortona mi cabeza se llenaba de imágenes del pasado de mi familia, en Atenas era del pasado de la civilización occidental. Me iba imaginando a la Grecia antigua, la ciudad como era hace 2500 años, cuando tuvo lugar la batalla de Maratón, que dio origen a la leyenda de Filípides (y la Espartatlón), pero que además redefinió la historia. El mundo sería muy diferente si hubiesen ganado los persas. Es imposible decir si hubiese sido mejor o peor, pero sin lugar a dudas hoy hablaríamos otro idioma y la sociedad tendría costumbres muy diferentes.

Terminé mi fondo promediando las dos horas, por supuesto que absolutamente perdido respecto a dónde estaba mi departamento. Es que una cosa es comenzar el recorrido en la oscuridad de la noche y otra terminarlo a plena luz del día. Ubicarse en los mapas, aunque leo algo de griego, es realmente complicado. Pero estaba a 200 metros, solo me hizo falta orientarme un poco y caminar.

Ahora ya está. Me queda descansar, terminar de definir los alimentos y la bebida de la carrera, y madrugar el viernes a la mañana. Este es un lugar con mucha historia. Es hora de escribir mi propio capítulo.

Semana 52: Día 360: Densos nubarrones sobre Atenas

Uno de los grandes desafíos de la Espartatlón es enfrentar al clima. Temperaturas que algunos años han superado los 35 grados, mucho frío en la noche y la posibilidad de enfrentarse a tormentas, ya que septiembre es temporada de lluvias en Grecia. Ya el pronóstico ha confirmado que este viernes vamos a quedar pasados por agua…

El hecho de que llueva puede ser tanto una bendición como lo contrario. Sin dudas la temperatura va a bajar y el sol no va a ser tan abrasador. Pero siendo que se esperan tormentas por la noche, esto podría convertirse en un problema. La perspectiva de enfrentar las once horas promedio de oscuridad con la ropa mojada no es muy alentadora.

Se debatió mucho si el clima iba a hacer que esta ultramaratón será más sencilla o más difícil que otros años. En 2012 hubo una ola de calor que dejó afuera a muchos competidores, en una carrera que de por sí ya no era sencilla. Yo he corrido mojado y sinceramente no me entusiasma, en especial por los pies que se llevan la peor parte. Creo que tengo abrigo ligero y un rompe viento como para protegerme la parte superior del cuerpo. Posiblemente necesite una cantidad importante de medias secas para hacer recambios…

El hecho de que llueva y que las temperaturas estén por debajo de los 30 grados me daría un poco más de confianza (igual ya venía bastante confiado). Al parecer, cada Espartatlón es única, y este año no será la excepción.

Semana 52: Día 359: Xiérete, Atenas

He arribado a la capital helénica, último destino antes de la Espartatlón. Me espera un fondo de 20 km, el encuentro con mi equipo y la largada en la Acrópolis el próximo viernes.

La partida de Ortona no fue fácil. No tuvimos complicaciones, simplemente no pensé que me iba a conectar así con mi familia y con su pueblo, y de ir con desconfianza pasé a abandonar la casa de mis tíos segundos con ganas de haber pasado más tiempo ahí. Este fue otro regalo que me dio esta aventura, conocer gente maravillosa que me sorprendió con su simpleza, su generosidad y su sentido del humor.

Nos levantamos temprano, desayunamos y Anna María nos preparó una vianda para el viaje. Cuando llegamos a la ciudad de Pescara, donde íbamos a tomar el micro hacia el aeropuerto de Fiumicino, el servicio que habíamos elegido estaba completo. Quedaba otro que arribaba a destino a las 12 del mediodía, según el chofer, y nuestro avión salía 12:35. Imposible llegar. Después se disculpó y dijo que íbamos a estar en Fiumicino a las 11:15, pero nuestra desconfianza se había instalado. Fuimos y vinimos por diferentes micros, rogando que nos dejaran subir, calculando con cuál llegábamos mejor. Rocco era nuestro irreemplazable intérprete de italiano, y sabía cómo imponerse y discutir por nosotros. Finalmente tomamos el de las 11:15 porque no quedó mejor opción.

En el camino aproveché para escuchar unos podcasts que me baje al iPad. Lo puse en ese bolsillo que hay en el asiento delantero del micro, y esa fue la última vez que lo vi. Por supuesto que llegamos a nuestro vuelo con tiempo de sobra, nos dejaron despachar mi equipaje sin cargo (lo cual fue un alivio, pero no terminé de comprobar si entraba en la cabina como yo esperaba), y aunque tuvo un breve retraso, llegamos a Atenas bastante bien. Incluso estuve recorriendo la revista de la aerolínea, haciendo cuentas a ver si me convenía comprarle a mi tableta el teclado bluetooth o el parlante imantado que permite pararlo. Todo esto sin saber que mi iPad seguía en el micro de la empresa Prontobus, y que ahí se quedaría para siempre.

Cuando busqué el aparato para escuchar otro podcast, en pleno vuelo, me di cuenta que nunca lo había guardado. Fue un baldazo de agua fría. Me sentí un tonto, y mis padres intentaron consolarme con la promesa de ayudarme a comprar otro (como todo padre que consiente a sus hijos). No tenía nada de valor ahí, solo lo estaba usando para actualizar Semana 52 y ver el Facebook, además de entretenerme con los podcasts en los viajes largos y para irme a dormir.

Igualmente me di cuenta que no tenía sentido lamentarme por algo reemplazable. Sí, soy un idiota, pero agradezco no haber perdido cosas más importantes como mi pasaporte, el poco dinero que me permitieron cambiar, o mi reloj con GPS. Ya habrá tiempo para comprar un chiche nuevo, tengo cosas más importantes en las que preocuparme.

Lo primero que nos recibió en Atenas fue un calor sofocante. Nada que ver con Roma ni Ortona ni Pescara. Incluso ahora que escribo esto y es de noche, el ambiente está caldeado y solo pienso en una ducha fría. El dato pintoresco fue el personaje que nos tocó de taxista, Antonios. Era muy parlanchín, nos dijo que ni se nos ocurra ir a Mykonos o Santorini porque Grecia tiene “300 islas, 50 son mejores que esas dos”, y me dijo que yo era vegano porque era soltero y no tenía una esposa que me diga “comé esto”. En la conversación, en inglés, salió que yo iba a correr la Espartatlón. Antonios se dio vuelta en un semáforo, sacó su celular y me mostró su fondo de pantalla. “¿Sabes quién es él?”, me dijo. era Giannis Kouros, el eterno campeón de la Espartatlón en sus primeras cuatro ediciones, una verdadera leyenda entre los griegos y entre los ultramaratonistas de todo el mundo. En la foto estaba el magnánimo corredor junto con Antonios y su pequeño hijo.

El taxista era maratonista aficionado, había recibido montones de consejos de Kouros y me los trasladó a mí. Algunos los incorporé, otros los olvidé al instante por impracticables. Me prometió salir a correr mañana conmigo el fondo de 20 km que me toca (o parte de él). No sé si cumplirá su promesa, pero ya la anécdota de que nuestro parlanchín taxista fuera corredor y amigo de Kouros fue más que suficiente.

Lamentablemente en domingo no hay supermercados abiertos en Atenas, ni siquiera las cadenas grandes. Con mi papá recorrimos grandes distancias bajo un implacable sol… ¡que se estaba ocultando! Finalmente dimos con una tienda mediana donde compramos lo que había y lo que entendimos de las etiquetas. Pude haber comprado jamón ahumado creyendo que eran cereales de maíz. Mañana en el desayuno lo confirmaré.

Semana 51: Día 352: Por qué odio volar

Se acerca el esperado viaje a Atenas para correr la ultramaratón más gloriosa del mundo. Y este viaje no viene ajeno a estrés y unas ganas terribles de que todo esto pase pronto.

En una primera impresión uno podría creer que le tengo miedo a volar. Nada más alejado de eso. Soy de los que se creen invencibles y que sobreviviría aferrado a una pelota Wilson a cualquier desastre aéreo. Probablemente no pase eso y mis restos desaparezcan en el fondo del mar, pero realmente nada de esto me preocupa. Los aviones no me resultan particularmente cómodos para dormir, aunque pienso hacerlo desde que salgamos de Ezeiza hasta que aterricemos en Fiumicino. De hecho disfruto mucho de ese tiempo para ver una película, leer o descansar de los preparativos previos al viaje. Y es eso lo que me desarticula: toda la previa.

Mi estrés viene particularmente de adelantar trabajo para los días que no esté. Cuando uno es autónomo, nadie hace tu trabajo en tu ausencia. Uno no es el engranaje de una máquina que anda sola, sino que es el técnico que solo puede repararla cuando deja de funcionar (y se rompe a cada rato). Así que todo lo que pude lo tercericé, y lo que no intenté adelantarlo. ¿Alguna vez les pasó que hicieron un backup de un terabyte con todo el trabajo de una editorial, y cuatro días antes de viajar se rompe el disco externo y es imposible que la máquina lo reconozca? Me acaba de pasar. ¿Qué hago ante una situación como esta? Llorar.

Todo ese ajetreo del trabajo me quita horas de sueño, aunque este año hice malabares para que no me quitara horas de entrenamiento. Todavía no sé cómo lo logré. Probablemente a costa de tener que dejar algunos asuntos pendientes, o de tercerizar trabajos con amigos. Esto, obviamente, también me impide armar la valija a tiempo. De hecho, no tengo valija. Nunca tuve, todavía no me han prestado, y mañana, lunes a la noche, 48 horas antes de salir, voy a ir a buscar una que me presta mi prima. Recién el martes podría empezar a guardar mis cosas… si es que me da el tiempo. No es que me angustie demasiado hacer las cosas a último momento, pero vivo con la sensación de que me voy a terminar olvidando de algo.

A esta altura no tengo idea de cómo voy a ir a Ezeiza, pero supongo que mis padres lo tienen resuelto. Quiero llevarme cosas veganas para el viaje, como harina de garbanzos, harina de maíz, maca, levadura… y voy fantaseando que voy a terminar preso como en Expreso de Medianoche porque van a confundir eso con sustancias ilegales. Y este es mi gran trauma: aduana y migraciones. Rara vez tuve algún problema, pero en cada viaje tengo la sensación de que me van a impedir volar. Viajando a una convención de cómics en Montevideo me impidieron viajar en el barco por no haber declarado la mercadería que llevaba (cómics de mi editorial), y volando de Londres a Madrid para enganchar mi vuelo a Buenos Aires, una arpía de Easy Jet no me dejó volar porque no tenía mi boleto de regreso a casa. O sea, ¿qué le importaba? De todo el vuelo fui al único que le pidió este requisito, supongo que por tener pasaporte argentino. Y cuando quería tomar este vuelo no estaba tan paranoico…

En definitiva, hasta no pisar territorio europeo, sepan que la voy a estar pasando muy mal. Y si en el avión se confunden con mi comida especial vegana y se la dan a otro pasajero (como me ha pasado), además de estresado voy a estar de mal humor.

Así que empezaré a disfrutar de este viaje cuando esté del otro lado, haya pasado migraciones, y finalmente sea otro turista más, y no un deportado en potencia…

Semana 50: Día 349: Cuenta regresiva a Grecia

Faltan 7 días para que viaje a Europa. ¿Qué cosas tengo pendiente antes de poner un pie en Atenas?

Primero, compromisos laborales. MUCHOS. Los voy resolviendo como puedo, intentando vencer al sueño, el tedio y los nervios. Tengo dos cómics de Los Simpsons por plantar, uno de ellos lo tengo que traducir, más un libro de 190 páginas de Hulk y revisar otras publicaciones diseñadas por otros. Son cosas que hace un año me enloquecían de felicidad y hoy las hago con cierto fastidio.

Pero esa es la parte aburrida de mi vida. El viernes voy a ver a Romina, mi nutricionista, con quien vamos a cerrar el plan alimentario para la carrera. Ella me asesora desde que empecé con Semana 52 y hasta ha colaborado económicamente con el viaje, como tantas otras personas. Mi idea es verla ahora y lo más pronto posible a mi regreso, para medir los cambios que se produzcan en mi cuerpo después de correr la ultramaratón más gloriosa del planeta.

En cuanto a running, este sábado tengo un fondo de 50 kilómetros, el último largo antes de la carrera. Me siento confiado que llego bien, y me entusiasma mucho seguir probando la ropa que me donó Puma para la carrera (nunca hay que estrenar prendas el día de una competencia). Tengo dos pares de zapatillas por ablandar, así que las voy a ir alternando para poder disponer de ambos en la Espartatlón. El lunes será mi último entrenamiento con el Puma Running Team, porque el miércoles ya estoy volando desde el Aeropuerto de Ezeiza hacia Roma.

Italia va a ser mi entrada a Europa. Cuando lleguemos con mis papás al Aeropuerto de Fiumicino nos tomaremos un micro hasta Pescara, donde se encuentran los Casanova que no abandonaron el viejo continente. Van a ser dos días en este pueblo, algo alejado de Roma, en el que seguro meteré un fondo de 20 km. El 21 de septiembre, día de la primavera en Buenos Aires pero del otoño en Grecia, estaré llegando a Atenas. Supongo que al día siguiente voy a hacer otro fondo de 20 km, el último antes de la Espartatlón. El 23 recibo a mi equipo en el Aeropuerto Venizelos y a partir de ahí puliremos la estrategia, iremos a buscar el kit de corredor, e intentaré dar rienda suelta a mi cholulismo y charlar dos palabras con Dean Karnazes. Este inmenso atleta y motivador ha sido infinitamente citado por mí, y sería un honor para mí poder hablar con él y sacarme una foto. El día de la carrera, obviamente, pienso seguirlo aunque sea un kilómetro.

En el medio, por supuesto, tendré distintos pequeños desafíos, como encontrar opciones veganas en Roma y en Atenas, descansar, actualizar el blog, monitorear el sitio de 300runners.com, y descansar. Sé que ya lo había dicho, pero tengo que hacerlo el doble de lo que vengo haciéndolo en casa…

Faltan 7 días para viajar, 15 para correr. No. Puedo. Más.

Semana 39: Día 271: Otro paso más cerca de Grecia

Hoy con mis padres, main sponsors de la Espartatlón, elegimos la estadía en Atenas, actividad estresante si las hay. Pero lo resolvimos, y gracias a que en Grecia son más austeros, pagamos un precio que ni siquiera podríamos encontrar en Argentina.

Tener un lugar propio, con baño privado, es más importante para las mujeres que para los hombres, ya que nosotros nos arreglamos con cualquier cosa. Pero bueno, también quiero que mi mamá esté cómoda, así que pusimos como parámetro no tener que compartir las instalaciones. Contratamos un servicio por una página que permite contactar dueños directos, y con eso uno baja los costos a la mitad si se comparan con un hotel. A poquitas cuadras de la Acrópolis, que es donde se larga la Espartatlón el viernes 26 de septiembre. Es más, ¡voy a ir caminando! Todavía no sé si voy a ir a la premiación o si me voy a escapar unos días a alguna isla, para reflexionar sobre lo que pasó y descansar el cuerpo.

Como nos cancelaron el vuelo de regreso y lo movieron un día más tarde, ahora nos surgió un día extra en Roma, así que sacamos hospedaje ahí también, a la vuelta del Vaticano. ¿Tendré mi oportunidad de conocer al Papa Francisco y contarle que soñé con él? Todavía me acuerdo. En el primer sueño, él estaba en mi casa, vestido “de civil”. Se había escapado de sus obligaciones eclesiásticas e intentaba mantener un perfil bajo. Estaba un poco decaído anímicamente, pero en el fondo seguía siendo una persona carismática. En el segundo sueño, me encontraba con él y le contaba eso que había soñado. No lo sorprendía demasiado.

Solo queda resolver un gran interrogante… ¿quiénes van a poder venir para ser mi equipo de asistencia? Porque tiene que ser alguien que maneje (no es el caso de mis padres), y dependiendo de cuántos sean habrá que conseguir alojamiento para ellos… Por ahora la búsqueda de sponsors viene mal, y todos los costos los estamos afrontando mis padres y yo (que les voy devolviendo lo que gastamos con la tarjeta). No tengo problema en pagarme lo mío y si pudiese le pagaría el viaje a todos.

Pero soy pobre. Quizá un día me convierta en un millonario y me dedique participar en carreras por todo el mundo, pero por ahora me tengo que conformar con mi trabajo de diseñador gráfico y combinar mis ratos libres con entrenamiento… No es fácil, pero es la vida que elegí, y no me quejo…

Grecia espera…

Semana 2: Día 8: Mi primera maratón en Grecia

Hace dos años, cuando terminó la primera temporada de Semana 52, me copié de Murakami y me fui a correr a Grecia. Fue una experiencia alucinante, que capturé en video imaginando un eventual documental… que nunca ocurrió. Hoy estoy coqueteando con la idea de inscribirme en la Maratón clásica, que se corre el 10 de noviembre. Falta muy poco, lo tendría que cerrar ya… Pero mientras lo pienso, decidí revivir esa maratón furtiva que me mandé.
Esta es una selección de videos, algunos duran pocos segundos, pero son algunas piezas del rompecabezas del viaje. El más emocionante de todos es la llegada, donde caí a los pies de la estatua en homenaje al dios Hermes (y a los 2500 años de la batalla de Maratón). Por un lado no fue hace tanto, por otro parece una eternidad. Fue dos mudanzas atrás, en otra situación sentimental, con otro entrenamiento y otra cabeza. Empieza en mi departamento en Palermo, donde actualizo el blog… fuera de escena me afeito. De ahí pasamos directamente a la madrugada de Atenas, donde largo escoltado por mi amigo Gerjo… va saliendo el sol, y con él la llegada a la meta en Maratón. En el último tengo una emotiva conversación telefónica con mi papá…
Odio mi voz, pero si los ven igual me hacen un favor…

Semana 1: Día 2: Volver a donde empezó todo

Si algo diferenció a esta tercera temporada de Semana 52 que finalizó el viernes fue que no tuvo una carrera de cierre. O sea, en el primer año fue la maratón en Atenas “guerrilla style” (o sea, de prepo, sin pedir permiso, yo solo contra la soledad y a contramano). El segundo era la Espartatlón, a la que no llegué. El tercero se suponía que era la definitiva de la Espartatlón, pero me quedé sin cupo (ya me cantaron que las inscripciones abren a fines de enero). Me quedé pensando qué podía hacer para cerrar la tercera temporada… y no apareció nada. Pero eso no quiere decir que no haya tenido desafíos ni logros. Hice la media maratón en un tiempo que me sorprendió, y en dos semanas nada más tengo la maratón de la Ciudad de Buenos Aires, mi carrera preferida.
Y ahí quedó todo. Estoy muy satisfecho con mi desempeño, con cómo me sentí durante un año entero de veganismo… y, ya que estamos, debería aclarar que esta etapa fue en la que me sentí más veloz y que más masa muscular desarrollé…
Entonces me puse a pensar en que a veces la vida avanza y uno acompaña. No todo se puede planificar, a veces surgen oportunidades que no hay que dejar pasar. De pronto apareció en el calendario una maratón, que se corre desde hace 30 años en un país europeo. Se trata de Atenas, el recorrido clásico, el que, de algún modo, empezó todo. Desde la ciudad de Maratón hasta la Acrópolis. Esa que yo hice furtivamente, haciendo el recorrido inverso. ¿Y si voy en contra de mis esquemas y me anoto? Ir a correrla solo… ya dejó de ser algo que me da pánico, como comprobé yendo por mi cuenta a Yaboty. ¿Y si en lugar de meter una carrera tan trascendente al final de la temporada, la meto al principio? Como dije antes, ¿para qué dejar pasar las oportunidades?
Hoy es un deseo. De explorar, de improvisar, de dejarme llevar por los impulsos. Pero ahí está mi deseo, volver a donde empezó todo. Cerrar el círculo, aferrarme a aquello que me apasiona, reconocer el valor de la historia y de aquello que nos marcó.
La maratón de Atenas se corre el 10 de noviembre de este año. Todavía hay cupos… y quería escribir un post sobre eso, que lo estoy pensando… En estos días lo defino.

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