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Semana 52: Día 362: Preparando la comida

Ya no queda nada para la carrera. Solo preparar lo que voy a tomar y comer y decidir en qué momentos lo voy a consumir.

El cálculo que hizo Romina, mi nutricionista, es que tengo que consumir 60 gramos de hidratos de carbono por hora, lo que da un total promediado de 2160 carbohidratos en toda la Espartatlón. Para eso elegimos y negociamos diferentes alimentos para ir rotando la fuente de nutrientes y obtener la mayor cantidad de energía (de calidad) durante las 36 horas.

Para eso preparé cantidades industriales de pinole: nueve litros (por alguna razón hice el doble de lo que calculaba, lo que solo se explica por mi ansiedad y algo de torpeza). También hice fainá y compramos pan, manzanas, pasas de uva, galletas de arroz, nachos, pretzels, y posiblemente hoy hagamos unas hamburguesas de arroz muy sabrosas. Además tengo sales hidratantes porque el agua de aquí es de bajo contenido de sodio, y tengo Red Bull para la cafeína.

Prefiero no consumir bebidas isotónicas (por eso hice el pinole), pero ante una emergencia sé que en muchos puestos la organización entrega tanto esto como pan, frutas, pasas y muchas cosas que ignoraré por no ser veganas. Ya habían avisado que se podía negociar comida especial para quien lo deseara, pero prefiero no depender de nadie y recurrir a ellos como último recurso.

Y ya no queda nada. Con lo de la comida resuelta, solo resta la acreditación, juntarme con los otros compatriotas argentinos y ver sin consigo hablar un ratito con Karnazes. En 18 horas comienza la gran odisea…

Semana 50: Día 350: Cita con la nutricionista

Hoy visité nuevamente a mi nutricionista, con quien me vengo asesorando desde que comencé el proyecto de Semana 52. Esta fue nuestra cita número 24, y por supuesto nos dedicamos a hablar del viaje a Grecia y todo lo que voy a necesitar para correr 246 km.

Con el tema de mi partida y la cantidad de cosas que tenía que adelantar para las tres semanas que no esté en el país, era bastante probable que mi entrenamiento se viese resentido. La última vez que vi a Ronima, mi nutricionista, fue en julio, y desde aquella vez casi que no puse un pie en el gimnasio. Me concentré en trabajar y entrenar en mis fondos y las tres veces a la semana que veo al Puma Running Team. Me había pagado tres meses en un gimnasio, sospechando que a más carca del viaje, menos posibilidades tenía de ir.

En esto pensaba mientras iba a la cita con Romina, ya que asumí que debía haber perdido masa muscular y ganado grasa. Quizá sea por nervios, pero últimamente estoy alimentándome principalmente a carbohidratos, quizás a un nivel donde no llego a quemarlo todo y tengo un excedente. Me siento y me veo bien, pero no en mi nivel más magro. Esto no es algo que me preocupe, pero ya me venía adelantando a la medición antropométrica.

Mis sospechas se confirmaron cuando el estudio dio como resultado que subí 500 gramos de grasa (no demasiado), y la sorpresa llegó con la confirmación de que subí 800 gramos de músculo, principalmente en las piernas. Me dediqué a correr y a hacer los ejercicios que indicaba Germán, nuestro entrenador: sentadillas, estocadas, burpees. No deja de sorprenderme que ese tipo de rutinas otorguen tantos cambios al cuerpo.

Pero lo jugoso de la entrevista con la nutricionista fue imaginar cómo iba a ser la carrera, ver cuántos puestos de asistencia iba a tener y qué convenía comer en todo ese trayecto. Hicimos un estimativo de 35 horas y arrojó que tenía que consumir más de 2100 gramos de hidratos de carbono… puesto así no parece tanto, pero si te cuento que una zanahoria tiene 5 gramos de carbohidratos, te empezás a dar una idea de que hay que comer mucho.

Por supuesto que la hidratación es fundamental, sobre todo porque se espera calor (una característica habitual de la Espartatlón). Resolvimos que tenía que tomar un litro y medio por hora, asegurándome de ponerle sales en caso de que sea baja en sodio. Sacando un promedio, los puestos están a una distancia de media hora entre sí, por lo que tendría que tomar algo cada vez que paro y vaciar mi caramañola de 500 cc en el camino.

En cuanto a la alimentación, lo ideal es variar las fuentes de hidratos de carbono para estimular a todos los receptores. Eso optimiza la absorción y utilización de energía. Me compadezco por ese norteamericano que dijo que iba a correr los 246 km tomando solo Coca Cola…

Para que se hagan una idea de la cantidad de comida que tengo que ingerir ese día y medio que dura esta ultramaratón, usaré de ejemplo un pan, tipo mignón. Una hogaza tiene 20 hidratos de carbono, por lo que si me alimentara solo con eso debería consumir 108 panes. Pero vamos a variar la ingesta con pasas, fruta, pinole, fainá, pretzels y quizás algunas pastas o nachos o lo que terminemos preparando una vez que estemos en Atenas.

Un consejo que me dio Romina, que no había pensado, era el de conseguir una heladerita térmica para mantener ciertas cosas perecederas, como puede ser el pinole (o al menos no tomarlo a la temperatura de un té) y alcohol en gel, porque no puede haber nada peor que tener que salirse de la carrera por una intoxicación alimenticia.

La cita duró casi una hora, y en el cierre planteamos el desafío de comparar mi peso antes de correr y al finalizar. Voy a intentar hacerlo, puede arrojar datos interesantes para saber el nivel de deshidratación y el de pérdida de masa muscular. En octubre, antes de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires (ya me dijo que estaba loco por querer correrla tres semanas después), vamos a hacer una nueva medición, para ver cómo responde mi cuerpo ante semejante paliza.

Mañana fondo de 50 kilómetros, último largo antes de la carrera, y primera oportunidad para experimentar con la maca. Veremos qué resulta.

Semana 44: Día 303: Soluciones alternantivas a problemas cotidianos

Todo problema tiene una solución. Pareciera que esta frase hecha es un poco facilista, pero yo creo que es así. A todo hay que buscarle la vuelta, no quedarse con la primera opción. Cuando trabajaba en un estudio de diseño y nos pedían hacer la creatividad de alguna campaña, la norma era tirar 15 ideas para empezar a llegar a algo original.

Por supuesto que no todo problema tiene 15 soluciones, pero durante mucho tiempo fui de los que aceptaban su destino sin cuestionarlo demasiado. No tenía fuerzas para torcerlo. Hoy quienes me conocen piensan que tengo una fuerza de voluntad terrible, y aunque siento que la fórmula para llegar a ser el dueño de tu propio destino es muy sencilla, me costó muchísimo llegar ahí. Con esto quiero decir que no hay nadie tocado por la varita mágica, ni tampoco yo llegué a un punto inalcanzable para la mayoría de los mortales. Yo odiaba correr y hace diez días hice un fondo de 120 km. Lo que pasó en el medio fue mi búsqueda de alternativas y la paciencia que entrené. Por eso sé que ese camino que recorrí es accesible para casi todos.

A veces los problemas más complejos tienen soluciones sencillas. A veces los problemas sencillos tienen soluciones complejas. Decidí volverme vegano y con eso agregarle una pequeña complicación a mi vida. Me gusta desayunar con cereales, pero un día decidí no consumir más azúcar y ahí estaba yo, buscando cómo reemplazar mis desayunos y meriendas. En otra época de mi vida hubiese pensado que esto en lo que me embarcaba era muy difícil, bordeando lo imposible, y hubiese abandonado al instante. Pero por suerte me volví cabeza dura.

Pasar a cereales integrales fue más sencillo de lo que me imaginaba. Es increíble la cantidad de azúcar que tiene absolutamente todo lo que consumimos. Si leemos las etiquetas, que lista los ingredientes de mayor concentración a menor, vamos a ver que muchísimas marcas tienen más azúcar que cereal. Por favor, deténganse en esa frase. Los 400 gramos de copos de avena tienen más azúcar que cereal. Contabilizando algún que otro elemento externo (sal, conservante, colorante, etc) hablamos de que tranquilamente la mitad debería ser azúcar para que quede en primer lugar. Mi solución para escaparle a todo esto fue pasar a la avena instantánea. Lo fácil es que se consigue en casi cualquier supermercado.

Lo complicado, y esto sí no me lo esperaba, fue el reemplazo de la leche. Al principio opté por el AdeS natural, que es de soja, con dos grandes salvedades: tiene azúcar (al menos está en tercer lugar) y es muy difícil de conseguir. A pesar de que llamé a Unilever para decirles que en casi ninguna góndola está este sabor, no supieron darme una respuesta y ni siquiera tenían la opción de venta directa. La alternativa que me ofrecían era comprar al por mayor en alguna tienda de distribución. Mi problema es que, siendo peatón, no puedo ir hasta una de estas mega tiendas (que no están a la vuelta de la esquina) y acarrear conmigo 12 cartones de AdeS. Por eso, cada vez que veía este producto en el supermercado, cargaba todo lo que me era humanamente posible llevar.

La primera alternativa a este problema fue tomar las otras variantes de leche de soja, que son saborizadas, un poco más fluidas (las pondría cerca de los jugos), con un poco menos de proteína y más azúcar. No me dejaba del todo conforme, pero al menos seguía desayunando. Alguna vez conseguí que un alma caritativa me comprar el pack de 12 y me las fuera trayendo de a poquito, pero tampoco es una solución. Un poco cansado de angustiarme porque se me estaba por acabar el AdeS, pasé a la solución compleja para un problema que no lo es tanto: hacerme mi propia leche.

En sí es un proceso simple que requiere tiempo. Dejar 75gr de almendras en remojo unas 6 horas, escurrirlas, procesarlas en agua filtrada y colar con una tela para pasar el líquido blancuzco a un recipiente (unas 4 veces). Esto me dio un litro de leche de almendras, que complementé con unas gotas de esencia de vainilla. El gusto, por supuesto, es completamente diferente al AdeS natural, principalmente porque no tiene azúcar, pero además no cuenta con conservantes, lo cual para mí es otra ventaja. No tenía suficientes pasas de uva como para triturarlas y endulzarla con eso, así que le puse un poquito de stevia.

Así es que dejé de depender de los caprichos de un distribuidor o de una cadena de supermercados y logré mi independencia. Es un proceso complejo, la leche resultante me termina saliendo un poco más cara que el AdeS, pero al menos no dependo de nadie, y me llevo ese pequeño orgullo de hacer mi propio alimento.

Semana 43: Día 301: ¿De dónde obtengo mis proteínas?

Algo que parece preocuparle más a la gente que no me conoce que a mí mismo es de dónde obtengo mis proteínas, por la difundida creencia de que solo se obtiene de consumir animales. Pero estoy en mi punto de mayor masa muscular en toda mi vida, luego de casi dos años de veganismo (y casi una década y media de no comer carne). ¿Cómo logré esto?

Bueno, gracias a Dios que la proteína también se obtiene de los vegetales. Mi experimentación me llevó a corroborarlo. Hacer fondos eventualmente quema músculo, y con tres veces a la semana de gimnasio y un poco de ingenio, pude ganar masa muscular a un ritmo bastante bueno.

Mi amigo Fito, mi gurú en lo que se refiere a fitness, un día me bajó de un hondazo cuando hablábamos del cuerpo ideal al que aspirábamos tener y mencioné el de Brad Pitt. En aquel momento me dijo que como no consumía proteína animal, jamás iba a poder desarrollar esos abdominales. Le creí, después de todo él tenía una larga experiencia en gimnasio y en el desarrollo de su cuerpo. Esto fue antes de que yo empezar a correr como lo hago ahora. Fito me decía lo difícil que le resultaba a él, con todo el esfuerzo que hacía, para ganar un kilo de músculo al mes. ¿Qué posibilidades me quedaban a mí?

Aceleramos unos años más tarde, cuando empecé a ir a la nutricionista y me obligó a empezar a consumir lácteos. Eran, después de todo, una fuente de proteína de alto valor biológico. A duras penas empecé a incorporarlos. Después del gimnasio me hacía una colación que consistía en una chocolatada chiquita, un par de vainillas y un Gatorade con una cucharada de leche descremada en polvo. Hoy que no consumo lácteos y dejé de lado el azúcar, todo esto desapareció de mi dieta. Pero en ese momento alcanzó para que ganara algo de músculo y me ganara la sorpresa y el respeto de Fito.

El tema fue cuando mi nutricionista me confesó que un libro, The China Study, la estaba haciendo replantearse todo lo que ella sabía de nutrición. Me pasó esta investigación sobre la influencia de la proteína animal en el desarrollo de males como el cáncer, las cardiopatías y las enfermedades autoinmunes. Yo ya era vegetariano… ¿qué tan difícil podía ser vegano? De un momento a otro, tomé la decisión e hice el cambio. A mí ya no me gustaban demasiado los lácteos… era cuestión de dejar de forzarme a consumirlos. Pero… ¿qué pasaba con la colación post gimnasio, que me ayudaba a aumentar mi masa muscular?

Romina, mi nutricionista, tuvo un nuevo desafío (y esto fue antes de que le sumara mi deseo de dejar de consumir azúcar, jarabe de maíz de alta fructosa y harinas refinadas). Haciendo un poco de prueba y error llegamos a la colación ideal: un sándwich de pan con semillas y tofu (conocido como “queso de soja”). Y después de ir al gimnasio y comer esto, gané entre 800 gramos y un kilo de músculo, algo que una persona experimentada (y no vegana) consideraba como todo un logro.

Con el tiempo aprendí sobre otros alimentos, como el seitán, que también tenían proteína vegetal, o la combinación de dos alimentos, como los cereales y las legumbres, que dan la cadena de aminoácidos completa. Contrario a muchos mitos y a la desconfianza de mucha gente, seguí ganando músculo. Lo que verdaderamente hacía la diferencia en cuanto a mi físico era lo obvio: si entrenaba o no. Eso es lo único que realmente define el ritmo del progreso.

Mi gran fuente de proteína vegetal y causante de varios dolores de cabeza es la leche de soja. Siendo que desayuno y meriendo siempre avena con pasas de uva y unas rodajas de banana, obviamente necesito algo para que baje por mi garganta. Cuando quise dejar por completo el azúcar me compré leche de soja en el Barrio Chino y me encontré con un líquido de un sabor no muy agradable, que no duraba más de dos días en la heladera. La opción era el AdeS natural, que tiene la gran contra (que no he podido sortear) de que tiene azúcar. Puse en la balanza que la practicidad era más importante, y empecé a consumirlo en gran cantidad. El problema es que esta variante escasea en las góndolas. No sé por qué, si siempre se agota, las grandes cadenas no reponen constantemente. Llamé a la empresa para decirles lo difícil que era encontrar este gusto y no me ofrecieron ninguna respuesta. Cuando veía AdeS natural en un supermercado, me compraba todo lo que mi cuerpo era capaz de cargar (10 cartones).

Como había períodos de sequía, aprendí a hacer leche de almendras, mucho más caro y trabajoso, pero con la ventaja de que podía hacerlo de un día para el otro y de que me podía encargar de que no tuviese azúcar. Ahora, después de una época de bonanza en donde tenía tanto AdeS que tenía que guardarlo afuera de la heladera, de nuevo se me está acabando y sin reposición a la vista. Por eso me compré almendras, esencia de vainilla, y con los restos de mi minipimmer en breve me haré mi propia leche.

Y ya lo tienen. Entre todos los alimentos que consumo, más la soja y mis colaciones post gimnasio, obtengo toda la proteína que necesito. Mi cuerpo nunca estuvo mejor, y los defensores de la carne jamás estuvieron tan sorprendidos.

Semana 42: Día 294: Cita con la nutricionista

Estas han sido semanas complicadas. Mucho trabajo atrasado, por lo que ya van dos semanas que no voy al gimnasio. Estoy haciendo una terapia alternativa para acomodar los pajaritos y porque necesitaba un cambio a nivel interno (algo de eso hablé en este mismo blog). Para mí esta es una etapa de transición, donde la única constante es el running. A esa cita no he faltado, y sigue siendo mi ancla.

La hora de la verdad, en la que corroborar si vengo bien, es mi cita con mi nutricionista. Desde el 31 de agosto de 2010 me vengo controlando con ella, y ha sido quien me ayudó a convertirme en un maratonista vegetariano y en un ultramaratonista vegano. Si le habré dado desafíos, como cuando decidí no consumir más azúcar ni jarabe de maíz de alta fructosa, y a regañadientes me tuvo que buscar alternativas. Podría decir que mi progreso tiene tres aristas: la física, la mental y la nutricional. De todas me tengo que hacer cargo yo, pero por suerte tengo la guía de gente como Germán, mi entrenador, y en cada caso la clave para lograr cambios perdurables es el mismo: los hábitos.

En mi primera cita, mi peso era de 76,9 kg, mi masa adiposa era 25,1 kg y mi masa muscular 31,2 kg, con el resto dividiéndose entre huesos, piel y mi masa residual (órganos y comida en el estómago). De esto se desprendía un dato interesante: mi cuerpo era 32,6% grasa. A menos que quisiera convertirme en nadador de aguas heladas, no me era de mucha ayuda.

La medición de hoy fue la número 23. Ya al principio tuve cambios importantes, con el único problema de que perdía músculo cada vez. Me tomó casi un año subir algo mi masa muscular. Alcancé mi pico histórico en abril pasado, y hoy, tres meses más tarde, volví a mejorar mis niveles. Ahora, después de cuatro años, volví a estar por encima de los 70 kg de peso total, pero por suerte eso no significó que subí de grasa. Mi masa adiposa es de 14,1 kg (20% de mi peso total) y mi masa muscular es de 34,6 kg, lo que significa 800 gramos por mes desde la última medición.

¿A qué le podría atribuir haber progresado y no haberme estancado? Al entrenamiento. A pesar de no haber ido al gimnasio las últimas dos semanas, estuve haciendo un mínimo de tres veces por semana, además de la rutina en los Puma Runners. Estoy corriendo mucho, y eso influye en seguir bajando grasa, y estoy prestándole atención a lo que como… y haciendo caso.

Comparando mi primera medición con la de hoy, bajé exactamente 11 kg de grasa y subí 3,4 kg de músculo. Aquella vez no sabía lo que era correr una maratón, el veganismo me parecía una locura, y participar de la Espartatlón ni siquiera era una opción a considerar. Mi sueño en aquellos días era llegar a correr 80 km. En dos horas voy a salir para correr 120, y no en una carrera, sino como parte de mi entrenamiento.

Si llegue o no, realmente no me preocupa. Siento que mi experiencia y estrategia me van a jugar a mi favor. Creo que solo una situación muy extrema me va a dejar afuera. He aprendido a atravesar el dolor y a confiar en mí mismo.

Ahora me resta entrenar, seguir probando cosas para aplicar en la Espartatlón (para la que faltan 70 días, nada más) y una última cita con la nutricionista, unos días antes de viajar a Europa. Este es mi mejor momento a nivel físico, pero quizá lo pueda mejorar todavía un poquito más…

Semana 42: Día 291: Recetas ultramaratonistas: El pinole

Hubo un gran cambio en mi alimentación de carrera cuando descubrí el pinole. Al principio me costaba mucho imaginarme cómo hacerlo, así que indagué en internet y me leí montones de recetas para terminar en una gran frustración.

El pinole es básicamente maíz tostado y triturado, que al mezclarse con agua forma una bebida energizante, muy característica entre los tarahumaras, el pueblo mexicano de ultracorredores. Entre todas las experiencias que encontré en la web estaban quienes no lo recomendaban por su sabor y textura (el maíz no se disuelve realmente) y hasta los que sentían que beberlo no les hacía ninguna diferencia. Yo lo probé en fondos largos (o sea, de 70 o 100 km) y mi veredicto es que sí, funciona.

El primer problema con el que me encontré fue el de la preparación. Me compré una minipimmer para triturar el maíz, después de tostarlo en una sartén, y a la primera destrocé el aparato. La preparación quedó bastante bien, pero era muy trabajoso hacerlo. Creo que fue mi nutricionista quien me dijo que pruebe con polenta. Para mí era algo completamente diferente. En algunas recetas hasta recomendaban no pulverizar el maíz al punto de la harina. Pero ante la necesidad hice caso, compré polenta, me salteé el paso del triturado y directamente la tosté. El resultado fue espectacular. Ya no tenía que romper ninguna minipimmer, el paquete de harina de maíz es todo lo que necesitaba.

Fui probando distintas alternativas para la preparación (semillas de chía, por ejemplo) hasta que di con una receta que a mí me funciona muy bien. Es cierto que la polenta tostada no se diluye en el agua, pero es simplemente ir en contra de lo que estamos acostumbrados. ¿Por qué tiene que estar diluido? El objetivo es que nos dé energía de asimilación lenta para un fondo largo, y eso se cumple a la prefección. Decidí agregarle pasas de uva trituradas (con lo que me quedó de la minipimmer), así además de energía de asimilación lenta, tenía también de asimilación rápida. De esa manera llegué a una bebida isotónica, que me levanta al instante y me da “polenta” para el resto de la carrera.

Yo tomo 250 cc de pinole cada 10 kilómetros. Supongo que la cantidad varía en cada uno, pero es lo que me ha venido funcionando en estos meses.

Ingredientes para 1 litro
Harina de maíz (o polenta) a gusto
Un puñado de pasas de uva
1 g de sal marina
Jugo de limón a gusto
1 litro (aproximado) de agua mineral o filtrada

Preparación
Tostar la harina de maíz en una sartén, sacudiéndola constantemente, hasta que cambie de color. En lo posible que quede una capa fina sobre la sartén para controlar mejor que no se queme. Dejar enfriar.
Previamente poner en remojo las pasas de uva, para ablandarlas. Triturarlas hasta que quede una mezcla homogénea.
En un recipiente (yo uso las botellas de vidrio vacías de Gatorade) echar la harina de maíz tostada. La cantidad es a gusto, yo suelo poner dos dedos (la capacidad de la botella es de 450 cc). Agregar la sal (para esa botella sería la mitad) y el jugo de limón.
Verter las pasas de uva trituradas y completar con agua.

Para hacer mucho pinole suelo tostar en dos tandas, para tener mejor control de que no se queme. Las botellas de Gatorade se las voy pidiendo a mis amigos. El vidrio es más higiénico que el plástico, aunque pese más en la mochila. Obviamente hay que sacudir bien antes de tomar, o la harina de maíz va a quedar toda en el fondo. Me hubiese gustado ser más preciso con las medidas, pero está todo armado a ojo, según el diámetro de mi sartén, la capacidad de las botellas y la inspiración del momento.

¿Es rico el pinole? No es desagradable. Tiene un dejo a tutucas. Lo raro puede ser la consistencia arenosa de la bebida, pero sin lugar a dudas lo que cuenta es la energía que aporta. He corrido 70 km casi exclusivamente con esto y anduve fenómeno. Solo complementé con agua y fainá o pretzels si necesitaba algo sólido para comer.

Semana 41: Día 287: Recetas ultramaratonistas: Fainá

Una de las cosas que más satisfacción me dio fue descubrir que podía prescindir del azúcar y de muchos alimentos refinados y químicos para poder correr grandes distancias. Al principio, como cualquier corredor que se inicia, fui a lo seguro, a lo que consumía todo el mundo. Obviamente bebidas isotónicas y geles. Era imposible pensar en una carrera sin eso. Pero bueno, ese era el preconcepto que tenía. Ya descubrí que no es tan así.

Abrir la cabeza y cuestionar lo establecido no es fácil. A mí me costó mucho. Pero siendo vegetariano estaba un poco acostumbrado a ir a contramano del mundo. Por eso el paso al veganismo fue más fácil de lo que esperaba. Nunca imaginé que iba a terminar en una cruzada en contra de las harinas refinadas, el azúcar blanca, los químicos en los alimentos procesados y el nefasto jarabe de maíz de alta fructosa. Creemos, porque así nos educaron, que cualquier cosa de la góndola del supermercado nutre, y no queremos volvernos paranoicos y pensar que lo que las empresas quieren es producir mucho a bajo costo, dejando el tema de la nutrición en último plano.

Es imposible hacer una ultra y no estar correctamente hidratado y alimentado. Lo sé por experiencia personal. Los geles y las bebidas isotónicas SÍ sirven… pero, ¿son la única opción?

Cuando decidí dejar el azúcar descubrí que está presente en casi todos los alimentos que se pueden comprar en un supermercado. Hasta en las latas de garbanzos (porque, justamente, son un conservante barato). Es por eso que pasé a la variante de comprar las legumbres secas y dejarlas en remojo toda la noche. Es más trabajoso, pero al menos soy un poco más consciente de lo que estoy comiendo. No quiero hilar fino y ponerme a hablar de los pesticidas, los alimentos transgénicos y todas las cosas que no podemos ver. No todos tenemos acceso a granjas orgánicas. Hay mucho que se puede hacer por la salud, y por supuesto que soy consciente de que me queda mucho por hacer.

Cuando decidí dejar los geles, la alternativa a la que llegué con mi nutricionista para obtener hidratos de carbono de asimilación lenta fue la fainá. Este alimento, muy típico de Argentina, es nada menos que harina de garbanzo. Al principio compraba un preparado muy fácil de cocinar, pero que en los ingredientes tenía montones de químicos y conservantes. Sentí que estaba a mitad de camino. Hasta que compré directamente harina de garbanzo en el Barrio Chino (un kilo por el mismo precio que los 200 gramos del preparado). Le hice algunas variantes y llegué a esta receta, pensada para un fondista.

FAINÁ PARA CARRERA
Ingredientes:
200 gr de harina de garbanzos
una pizca de sal
pimienta (a gusto)
semillas de chía trituradas (a gusto)
600 cc de agua

Preparación:
Echar en un bowl la harina de garbanzos, la sal, la pimienta y las semillas. Se puede probar cualquier otra semilla, estas en particular me gustan (tiñen un poco la preparación de marrón), y al estar trituradas se mezclan mejor.
Echar el agua y revolver hasta que no queden grumos.
Aceitar una fuente para horno con fritolim mientras dejamos descansar la preparación unos minutos en el bowl.
Volver a batir, ya que seguramente quedó mucho sedimento por debajo.
Colocar en horno fuerte hasta que la parte de arriba se dore. Bajar y cocinar unos 20 minutos más.

Los tiempos de cocción varían. Yo uso un horno eléctrico, pero en algunas recetas de internet recomiendan precalentar el horno. A veces, después de que se terminó de cocinar, noto que la fainá queda muy blanda, casi como un flan. Es cuestión de dejarla reposar y toma consistencia.

Para los fondos la corto en cuadrados y lo meto en una bolsita, para poder guardarlo en algún bolsillo de la mochila hidratadora. Si te estás preguntando si los garbanzos y las semillas pueden dar gases, te respondo que sí, seguramente. El tema de la fibra y cualquier alimento que provoque una revolución en tu estómago es algo a lo que yo le escapaba. Lo importante era correr y que nada lo entorpeciera. Pero llegó un día en el que pasé a las ultramaratones, y prácticamente cualquier cosa puede molestarte, hasta una correa que cuelga de la mochila y te golpea a cada paso el hombro. Esas cosas, si te distraen, pueden enloquecerte.

Mi experiencia me indicó que a todo nos acostumbramos. Incluso a la fibra. Por eso me puse como objetivo acostumbrarme a comer y correr. Empecé a hacer mis fondos inmediatamente después de un suculento desayuno, y a llevarme cualquier tipo de comida en mis fondos y carreras. Es increíble cómo el cuerpo cambia con los hábitos. La capacidad está en uno mismo. Con esta sencilla receta yo dejé por completo las bebidas isotónicas. Ahora con agua mineral o filtrada y estos cuadraditos de fainá ya tengo lo que necesito para entrenar para mis ultramaratones. Pero por supuesto que no es lo único que consumo. Dejaré mi receta del pinole para otra ocasión…

Semana 32: Día 221: El Chino Maidana no se hizo a alfajores

Hubo una época en mi vida, pre-Semana 52, donde era completamente adicto a los alfajores, puntualmente al Mini Torta Águila. También el Cachafaz era un excelente reemplazo cuando no encontraba el otro. En mi trampa mental era una recompensa que me daba por haber obtenido un logro, o era lo que me levantaba si tenía un mal día. Como la vida se compone de momentos buenos y momentos malos alternadamente, terminaba comiendo un alfajor diariamente.

Me costó mucho dejar de asociar el sabor rico con la alimentación. Hoy podría parecerle un bicho raro a cualquiera que crea que abandoné las golosinas por propia voluntad, al punto de que no las extraño ni me tientan. Me cuesta recordar aquellos días de grasas saturadas y azúcares, pero las viví. Fue también una época donde tenía sobrepeso, estaba disconforme con mi físico y eso me deprimía constantemente (me levantaba el ánimo, brevemente, con golosinas, y el ciclo volvía a empezar).

Los alfajores no eran lo único “no sano” que comía, y no puedo endilgarles a ellos todos mis traumas. Pero eran parte de un mal hábito. Cuando empecé con Semana 52 aprendí casi inmediatamente a leer las etiquetas de los alimentos, a dejar de lado lo que tenía alto contenido de grasa, y cuando mi físico alcanzó un punto de equilibrio, ya había aprendido a apreciar los verdaderos alimentos y no el placer efímero de la comida chatarra.

Ayer viajaba en el tren y vi a un muchacho comiéndose un alfajor Guaymallén. Pensé inmediatamente en el Chino Maidana, y cómo que un referente del deporte nacional esté auspiciado por esta marca y se haya comido un alfajor en cámara termina impactando en la gente. Quizá la asociación no sea consciente ni directa, pero si un campeón, con un físico espectacular, se come en todas sus peleas una golosina… seguramente si yo hago lo mismo, obtendría sus músculos y su fuerza… ¿no?

Difícil. Guaymallén auspicia a Maidana desde hace 5 años. Antes de la pelea con Mayweather tenía el 8% del mercado argentino. Hoy seguramente haya disparado sus ventas, al punto de que la empresa hizo declaraciones de que están interesados en expandirse a otros países.

Analicemos lo que se comió el Chino y el muchacho del tren.

Un alfajor Guaymallén tiene 38 gramos. Aporta:

Energía 678 kj
162 kcal
Carbohidrato 24 g
Proteína 2 g
Grasa 6 g
  Grasa Saturada 2,5 g
  Grasa Trans 1,2 g
Fibra 0,5 g
Sodio 90 mg

Desglose de Calorías: 34% grasa, 61% carbohidratos, 5% proteínas.

Mi fórmula para medir si un alimento es sano o no es que tenga menos del 5% de grasas. Para calcular ese valor, hay que llevar la porción a 100 gramos. O sea, si en 38 gramos hay 6 de grasa, quiere decir que hay 15,8% de grasas en un alfajor Guaymallén. Bastante lejos de mi parámetro saludable, y el de cualquier nutricionista.

Los alfajores poseen grasas trans, que provocan un incremento en sangre del colesterol LDL (el llamado “colesterol malo”), que al estar en exceso tiende a adherirse a las paredes de arterias y venas entorpeciendo la circulación. Esto ocasiona a su vez una disminución del colesterol HDL (conocido como “colesterol bueno”), lo que lleva al organismo a perder progresivamente su capacidad para regular, eliminar y reciclar el colesterol.

Cualquiera podría decir que un alfajor de vez en cuando no hace mal, pero difícilmente te acerque a un objetivo de un físico como el de Maidana. Comparémoslo con una fruta, por ejemplo una banana (100 gramos):

Energía 372 kj
89 kcal
Carbohidrato 22,84 g
Azúcar 12,23 g
Proteína 1,09 g
Grasa 0,33 g
  Grasa Saturada 0,112 g
  Grasa Poliinsaturada 0,073 g
  Grasa Monoinsaturada 0,032 g
Colesterol 0 mg
Fibra 2,6 g
Sodio 1 mg

Desglose de Calorías: 3% grasa, 93% carbohidratos, 4% proteínas.

Sin dudas, para un atleta de cualquier disciplina, una fruta va a ser preferible que un alfajor. Lamentablemente las bananas no tienen la misma prensa que las golosinas. Solo se usan para insultar a futbolistas. Cuánto nos ayudaría si después de una pelea el Chino Maidana le diese un mordisco a una manzana…

El motivo por el que las grasas trans resultan tan peligrosas se debe a que provocan un incremento en sangre del colesterol LDL (el llamado “colesterol malo”), que al estar en exceso tiende a adherirse a las paredes de arterias y venas entorpeciendo la circulación. Esto ocasiona a su vez una disminución del colesterol HDL (conocido como “colesterol bueno”), lo que lleva al organismo a perder progresivamente su capacidad para regular, eliminar y reciclar el colesterol.

Leer más en http://www.eldia.com.ar/edis/20131117/Grasas-trans-veneno-oculto-muchos-alimentos-causa-estragos-salud-informaciongeneral5.htm

El motivo por el que las grasas trans resultan tan peligrosas se debe a que provocan un incremento en sangre del colesterol LDL (el llamado “colesterol malo”), que al estar en exceso tiende a adherirse a las paredes de arterias y venas entorpeciendo la circulación. Esto ocasiona a su vez una disminución del colesterol HDL (conocido como “colesterol bueno”), lo que lleva al organismo a perder progresivamente su capacidad para regular, eliminar y reciclar el colesterol.

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Semana 29: Día 203: Guerra contra el azúcar

Cuando me volví vegano alcancé un extremo en la alimentación, o al menos eso es lo que se ve desde afuera. Cualquier cosa que se diferencie del común denominador parece más cercano al extremismo religioso que al placer. Si no me gustara lo que como, estaría al horno…

Dicho esto, cualquier cambio brusco para mí es más natural de lo que parece. Dejar de comer papas fritas, por ejemplo, no me costó nada porque era un paso más cerca hacia alimentarme sanamente. Cuando nos juntamos con amigos en algún restaurante, pareciera imposible pedirle al mozo otra cosa que papas fritas mientras esperamos la comida… yo mientras me entretengo con pan, agua o simplemente los miro comer y charlo…

Apenas me hice vegano frecuentaba una dietética en Colegiales, a la vuelta del departamento donde vivía, atendido por un simpático señor y empleadas que iban rotando. Ninguna estaba ahí más de un par de meses. Casi todas eran veganas. No investigué mucho el asunto de por qué iban siendo reemplazadas por otra vegana, pero bueno, hace un par de semanas pasé por la puerta y el local había desaparecido. En esos primeros intentos por abandonar la proteína animal, le comentaba al dueño que también quería dejar el azúcar. No recuerdo qué me llevó a esa decisión, supongo que era una cuestión de “siguiente paso lógico”. El vendedor me dijo que iba a ser imposible. Todo tiene azúcar. Incluso las cosas más insospechadas.

No es mi intención dejar el azúcar en su totalidad porque me resultaría imposible. Por ejemplo, la leche de soja con la que desayuno y meriendo la contiene. Pero creo que puedo reducir su consumo drásticamente, a un nivel mínimo. Ya empecé a mirar etiquetas, elegir salsas de tomate, conservas o salsa de soja sin azúcar. ¡Hay que mirar mucho! Pero se puede. El té lo tomo amargo, y el paladar me cambió. Es increíble las cosas que consumimos solo por costumbre.

Como mi campaña para no consumir azúcar es bastante pública, me acercaron este texto, publicado originalmente en EverydayHealth.com y recopilado en este blog. Me pareció interesante compartirlo porque es la experiencia de una mujer convenciendo a su familia de dejar absolutamente el azúcar durante un año. Algo así como una Semana 52 nutricional. He aquí el relato:

Mi familia dejó de comer azúcar por un año y esto fue lo que pasó…



Por Eva O. Schaub, 

Érase una vez una época en la que yo era sana – o al menos pensaba que lo era.
Naturalmente me faltaba la energía suficiente para terminar con el día, pero con todos los anuncios en la televisión promocionando bebidas energéticas para las masas cansadas de los Estados Unidos, siempre asumí que yo no era la única que sufría. Y, por supuesto, todo el mundo en mi familia temía las temporadas de resfriados y gripe, pero también pensé que al llegar enero, todas las personas desarrollan algún grado de enfermedad.
Al menos eso es lo que pensaba hasta que empece a escuchar nueva información inquietante, sobre los efectos del azúcar. Según varios expertos, el azúcar es lo que está causando que muchos estadounidenses tengan sobrepeso y enfermedades. Cuanto más pensaba en ello, esta nueva información empezó a tener sentido para mí – un montón de sentido. Uno de cada siete estadounidenses tiene sindrome metabólico. Uno de cada tres estadounidenses es obeso. La tasa de diabetes se ha disparado y las enfermedades cardiovasculares son la causa de mortalidad número uno de Estados Unidos.
Según esta teoría, todas estas enfermedades y muchas otras se pueden asociar con la presencia de este gran tóxico en nuestra dieta … el azúcar.

 Una idea brillante
Tomé todo este conocimiento recién descubierto y formulé una idea. Quería ver cuan difícil sería para nuestra familia – mi marido, nuestras dos hijas (de 6 y 11) y yo – pasar todo un año sin consumir alimentos con azúcar añadido. Cortamos de nuestra dieta cualquier alimento con ázucar añadido, ya fuera azúcar de mesa, miel, melaza, jarabe de maple, agave o jugo de frutas. También se excluyó cualquier cosa hecha con edulcolorantes o alcoholes de azúcar. A menos que la dulzura fuese original en el alimento (por ejemplo, una pieza de fruta), no lo comeríamos.
Una vez que empezamos a buscar, encontramos el azúcar en los lugares más increíbles: tortillas, salchichas, caldo de pollo, ensaladas preparadas, fiambres, galletas, mayonesa, tocino, pan, e incluso en fórmula para bebés. ¿Por qué añadir toda esta azúcar? Para hacer estos artículos más agradables al paladar, preservar por más tiempo los alimentos, y abaratar la producción de alimentos empacados.
Llámenme loca, pero evitar azúcares añadidos durante todo un año me parecía una gran aventura. Tenía curiosidad de lo que sucedería. Quería saber cuan difícil iba a ser y qué cosas interesantes podrían suceder. ¿Cómo iba a cambiar mi forma de cocinar y hacer compras?
Después de haber realizado mi investigación estaba convencida que eliminar el azúcar nos haría todos más saludables. Lo que no esperaba fue cómo el hecho de no comer azúcar me hizo sentir mucho mejor de una manera muy real y tangible.
 Un año sin azúcar más tarde…
Era sutil, pero perceptible: cuanto más tiempo pasaba sin comer azúcar añadido, me sentía mejor y con más energía. Y por aquello de las dudas, algo que sucedió confirmó la conexión entre dejar el azúcar añadido con sentirme mejor: el cumpleaños de mi marido.
 Durante nuestro año de NO azúcar, una de las reglas era que como familia, podríamos tener al mes, un postre con contenido de azúcar y si era el cumpleaños de alguno de los miembros de la familia, este lo podía elegir.
Por ahí de Septiembre ya notamos nuestros paladares cambiados y poco a poco, empezamos a disfrutar menos de nuestro postre mensual.
Pero cuando nos comimos el decadente pastel de varias capas con crema de banano que mi marido había solicitado para la celebración de su cumpleaños, yo sabía que algo nuevo estaba ocurriendo. No sólo no me gustó mi rebanada de pastel, ni siquiera la pude terminar. Tenía un sabor extremadamente dulzón para mi paladar ahora sensible, hizo que mis dientes dolieran,  mi cabeza comenzó a latir con fuerza y mi corazón empezó a acelerarse… Me sentía muy mal.
 Estuve tumbada en el sofá con la cabeza apunto de estallar, por una hora antes de empezar a recuperarme. “Caray”, pensé “El azúcar siempre me hizo sentir mal, pero debido a que estaba en todas partes, nunca lo realicé”.
Después que nuestro año sin azúcar añadido terminó, conté las ausencias de mis hijos en la escuela y las comparé con años anteriores. La diferencia fue dramática. Mi hija mayor, Greta, pasó de 15 ausencias en el año anterior, a sólo dos.

Hoy en día, habiendo pasado ese año, la forma en que comemos es muy diferente. Apreciamos el azúcar en cantidades drasticamente más pequeñas, lo evitamos en los alimentos diarios (en el que no debería estar en primer lugar), y guardamos el postre para momentos muy particulares. Mi cuerpo parece estar dándome las gracias por ello. No me preocupo por quedarme sin energía. Y cuando aparece la temporada de gripe, ya no siento la necesidad de esconderme con mis hijas debajo de la cama. Si nos enfermamos sabemos que nuestros organismos están mejor equipados para luchar, nos enfermamos menos y nos recuperamos más rápidamente. Para mi sorpresa, después de nuestro año sin azúcar, todos nos sentimos más sanos y fuertes. Y eso no es nada despreciable.

Semana 29: Día 201: Sí, se puede

A veces es necesario que te digan que no podés hacer algo. No es una cuestión de rebeldía. Tampoco es cruzar semáforos en rojo solo porque está prohibido. Hablo de cuando no te tienen fe, e indirectamente te están regalando un objetivo.

Cuando terminé la Merrel Adventure Race Tandil 2010 en 3:45 hs, unos conocidos en un foro de Internet le restaron importancia. No les parecía un desafío muy grande. Decían que un vegetariano nunca iba a poder dedicarse al deporte de alto rendimiento. La discusión venía de que el vegetarianismo podía ser sano, pero nunca ibas a ser tan fuerte como si comieras carne.

En aquel entonces yo pensaba que estaba en mi cima, que nunca iba a poder correr más que aquellos 27 km. Estar casi cuatro horas haciendo actividad física sin parar me parecía un esfuerzo muy grande, pero probablemente fuese cierto que se podía terminar independientemente de si comsumías animales o no.

Aquella discusión ya había empezado y me sumé por un excelente motivo: hablaban de los vegetarianos y ninguno lo era. E más, hablaban de deporte de alto rendimiento y ninguno lo practicaba.

No pude convencerlos de que el vegetarianismo no era un impedimento. Pero nunca me olvidé de que al igual que ellos, muchos creían que no iba a llegar lejos. Lo mismo cuando en 2012 me pasé al veganismo, y que varias personas creían que era lo mismo que decir que iba a dejar de comer y punto.

Hoy todavía no sé lo que es el alto rendimiento. Quizá lo practique, quizá me falte, pero pude correr 100 km sin consumir carne, ni derivados de animales, ni azúcar ni JAMF (o sea que ni geles ni Gatorade). Alguno podría considerar que era algo extremo, pero yo lo tenía bajo control. ¿Tenía miedo de fallar? Siempre. Pero eso me ayuda a estar focalizado y tomármelo en serio.

Pasaron cuatro años de esa discusión en Internet. Tengo la fantasía de revivir ese topic y aportar nuevas pruebas, pero seguramente me decepcionaría cuando viese que a nadie le importa. Esto lo hice para mí, y para el que tenga la duda de si se puede hacer deporte sin recurrir a preparados artificiales.

¿Sirven los geles, el Gatorade, Powerade, Red Bull, Coca Cola y las barritas? Sí, sirven. ¿Es lo único que se puede consumir para sostener una actividad física por tanto tiempo? No. También podés hacerte tus propios preparados que van a tener el mismo desempeño, sin esos conservantes, colorantes y endulzantes que tu organismo no necesita.

¿Se puede correr sin consumir lo que dictamina un departamento de marketing? Sí, se puede. Podés hacer lo que quieras, sin importar lo que los demás crean. El mundo sería un lugar mucho más chico si no hubiese existido gente que, a pesar del qué dirán, se dedicaron a explorar.

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