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Semana 23: Día 160: ¡Hidratate!

Cada vez que alguien comparte una carrera de aventura con nuestro amigo Mak, su recomendación es siempre la misma: ¡Hidratate! Hemos llegado al punto en que lo imitamos y nos reímos, pero ese podría ser el consejo más valioso que nos dio alguien jamás.

Somos 70% agua. No nos damos cuenta porque esto se encuentra dentro de nuestras células, pero pasa también con las frutas y verduras. Basta ver una pasa de uva para entender cómo se reduce su tamaño cuando se la seca, o la cantidad de líquido que saca una juguera. Uno creería que ante tamaño porcentaje no haría falta seguir tomando agua, pero para los deportistas es imprescindible. Entre otras cosas, porque mantener un buen nivel de hidratación evita, por ejemplo, calambres, algo que nos podría dejar afuera de una carrera. Además el agua en el estómago nos permite asimilar los geles (si es que los tomamos). Tomar también ayuda en la lubricación de las articulaciones y en mantener una correcta fluidez sanguínea.

Yo agregaría algo que generalmente no está dentro de las alarmantes recomendaciones de los sitios de internet, y es que el agua nos ayuda también a regular la temperatura corporal. Últimamente, por las distancias que estoy haciendo, prefiero las bebidas isotónicas, por sus niveles de electrolitos y la cantidad de hidratos que contienen, pero siempre me mojo la frente, la nuca, las muñecas… a veces incluso si hace un poco de frío y voy por el kilómetro veintipico. Es cierto que en días que no son tan calurosos no tengo la misma sed. Al transpirar menos el cuerpo no me pide tanto líquido, y es una excelente muestra de que cuando hace calor hay que tomar más.

¿Cómo saber cuánta agua beber? Yo creo que, como todo, no hay una fórmula universal. ¿Son dos litros diarios? ¿Dos y medio? ¿Tres? Una forma de medirlo es la orina, que tiene que ser lo más transparente posible, sin ser absolutamente incolora. Y tampoco creo que tenga mucho sentido esperar a la actividad física para tomar, uno directamente terminaría corriendo detrás de un árbol a hacer pis (los hombres, al menos, contamos con esa ventaja). La hidratación no empieza en el entrenamiento o la carrera… de hecho, ni siquiera empieza. Es algo constante. Hay que empezar el día hidratándose, por esas ocho horas de ayuno que uno trae al comienzo del día. Tomar algo cada tres horas es la mitad del camino.

Una vez por año algún diario saca un artículo que dice que no hace falta tomar tanta agua, que con infusiones y frutas alcanza, lo que colabora a la confusión general. Además muchos creen que uno puede acostumbrarse a bajar los niveles de hidratación, como para optimizar los tiempos de carrera. Solo los ganadores de las maratones se pueden dar el lujo de tomar poco y perder mucho peso por deshidratación. Pero son la elite, son el podio contra los otros siete mil corredores.

Yo me acostumbré a llevar mi botella de agua a todos lados. Es un hábito totalmente incorporado. A alguno quizá le moleste verme acarreando mi bebida a todas partes, pero la salud y un funcionamiento óptimo de mi cuerpo me resultan más importantes que la popularidad.

En las ultramaratones llevamos todo al extremo. Perder más del 25% del peso corporal en transpiración puede ser fatal, y en la Espartatlón hablamos de una pérdida mucho mayor. Con el calor constante, tomar agua va a ser algo tan obligado como respirar. Y yo sé que la costumbre de tomar líquido no empieza cuando ponga un pie en Atenas, sino que viene asentándose en mí desde hace rato…

Semana 13: Día 88: Balance de fin de año: LA BEBIDA

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Sin dudas el tema de la bebida, en especial el alcohol, fue el cambio más grande que hice desde que empecé este blog, en agosto de 2010. Se podría decir que en 2013 me di un par de libertades, que alguno creía que iba a mantener en secreto en este blog. Pero bueno, no podía ir a Londres y no pasar por un pub a tomar una cerveza. Tampoco podía dejar de lado el brindis de fin de año con los Puma Runners cuando Mak se apareció con un champagne de 3 litros.
Al igual que el reajuste con la comida, este año también significó un reajuste de la bebida. Intenté tomar toda el agua posible (bebo casi exclusivamente eso porque detesto a las gaseosas), y cuando me encontré corto de dinero, herví el agua de la canilla. Fue quizá mi momento de tocar fondo a nivel económico, y logré salir a flote gracias a la ayuda de mis padres y al ingenio. Además de poner la olla a hervir, recurrí a todo lo que había en la alacena, incluso esas cosas que había decidido dejar de lado, como el arroz blanco o las pastas que no eran integrales. El agua de la canilla está lejos de ser la mejor, tiene metales, cloro, y un sabor que a mí se me hace espantoso. Pero apenas salí de esa deuda que me significó irme de vacaciones a Europa, pude volver a comprar los botellones de agua mineral.
Y hubiese seguido así, dándole plata eternamente a Villa del Sur, hasta que encontré un filtro PSA muy barato en Mercado Libre (y a estrenar). Aunque mi canilla no tiene de dónde engancharle el pico (ya probé de todo), sostengo las mangeras con la mano cada vez que quiero llenar mis botellas de vidrio, las que van directo a la heladera. Ahora tengo agua todo el tiempo, cuando quiero, sin olores ni sabor extraño. Estoy seguro de que, a mayor escala, Villa del Sur hace exactamente lo mismo con los botellones que yo les compraba. Esto es muy liberador, y ya no me limito por la cantidad que compré, sino que tomo todo el tiempo, en especial en esta época de horrorosos calores.
Gracias a mi fobia al plástico me hice de un par de botellas de cerveza (vacías) con un pico de porcelana. Tomar de un envase de vidrio resulta mucho más refrescante, y hasta se me hace más higiénico. Siempre parece que estoy tomando alcohol, pero de algún modo se me hace que esto de renunciar al plástico va en sintonía con lo de comer más sano.
Tomar agua y dejar el alcohol fueron los cambios más importantes desde que empecé, pero la incorporación más espectacular de 2013 fue la juguera. Me cuesta recordar cómo era mi vida antes de este maravilloso aparato que me regalaron mis padres. Siempre me costó comer todas las verduras que debía, así que… ¿por qué no beberlas? Las colaciones, que siempre eran alguna fruta, ahora son jugos en un sinfín de combinaciones. Yo creía que el líquido no me iba a llenar, pero resultó ser todo lo contrario. No hay nada más natural y nutritivo que estas bebidas, sin conservantes, ni azúcar, ni colorante. Nada que ver a hacerse un licuado, y hasta es más sabroso que comer la fruta o la verdura al natural. Las peras, que siempre están duras, pasadas por la juguera dan un jugo riquísimo. Y lo probé dándole un vaso a quienes me visitan en mi departamento, y a todos les encanta. Por supuesto, la única contra que tiene este aparato es que hay que lavarlo después de cada uso, pero yo ya lo incorporé al proceso.
Siguen sin gustarme las gaseosas, y todo lo que tenga gas. En alguna fiesta que se acabó el agua tomé sorbos de Sprite y me resultó un jarabe espantoso. Es increíble cómo en una época era adicto a estas cosas…
La abstinencia es algo que seguramente mantenga en años venideros, si no es en toda mi vida. Además de lo poco que le aporta al cuerpo, desde que descubrí que podía hablar con mujeres y bailar sin tomar alcohol previamente, el cielo es el límite…

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