Archivo del Autor: Martín Casanova

100 millas de Patagonia Run: El después

100 millas de patagonia run - el despues

Completar una ultramaratón de casi 34 horas es difícil de describir. Intenté, en mis entradas anteriores, describir lo mejor posible las cosas que fui viviendo, pero inevitablemente muchas quedaron afuera. La reseña de la carrera hubiese sido muy diferente si yo no hubiese llegado.

Primero, cuando uno no cumple con el objetivo, los errores se vuelven más importantes. Uno sabe automáticamente todo lo que debería haber hecho diferente. Pero cuando se llega a la meta, esas cosas que hicimos mal quedan en segundo porque no fueron determinantes. ¿Estuve cerca de no llegar? Sí, las chances estaban, pero por suerte los aciertos superaron a los desaciertos.

Llegué en el puesto 54 de la general de 100 millas, de 175 corredores listados en la clasificación. De todos ellos, 89 cruzamos la meta. O sea, 121 inscriptos no completaron los 161 km (según la web de Patagonia Run, no hay datos de 10 corredores, que podrían no haberse presentado en la largada o haber tenido un chip defectuoso).

De los que abandonaron, la mayoría lo hizo en entre el puesto Rosales y el Portezuelo, que segmentaban la interminable subida al Cerro Colorado. De hecho, estudiando los abandonos de la carrera, los abandonos casi que se concentran en el segundo tercio, entre el km 50 y el 110, ya que ahí estaban ubicados tres cerros (Colorado, Centinela y Quilanlahue), donde el esfuerzo fue desgastante y se sintieron las horas más frías de toda la carrera.

Cuando estaba llegando a la meta, me sentía muy mal. Tenía mucho miedo a terminar internado, en especial porque no tenía obra social. Lo curioso es que terminé con resto. Cuando crucé la meta y me dieron ese pan que tanto ansiaba, me sentí muy entero. De hecho tuve que caminar las 5 cuadras que separaban la llegada de la cabaña, y no tuve ningún problema. Sí seguía sintiendo molestias estomacales, ya que el esfuerzo sostenido me inflamó los órganos (algo que ya había experimentado en el Spartathlon).

En la cabaña me di un necesario baño y me fui directo a la cama. Tenía la medalla en el pecho, y cuando la toqué, estaba hirviendo. De hecho, sentía mucho calor en la cara, así que me tomé un Ibuprofeno, con la esperanza de que a la mañana siguiente la fiebre hubiese desaparecido. Mi amiga Luciana no me perdonaría si dejo afuera el hecho de que me exprimió jugo de naranja y me lo llevó a la meta. Tomé un poco en la cama, y se sintió tan maravilloso bajando frío por mi garganta.

No dormí 14 horas como hubiese querido. Apenas 7 u 8 horas y ya estaba levantado, desayunando. Me abrigué y salí a caminar hasta la oficina de carrera para retirar mis bolsas de corredor. Extrañamente… me sentía bien. Caminaba sin problemas. Me resultó muy llamativo, cuando otros años hice menos distancia, muchas menos horas, y caminar era una tortura desde el cuello para abajo (con los cuádriceps y pies como epicentros del dolor).

Claro que tuve un poco de molestias en días posteriores, pero fueron muy mínimas: una contractura en la parte alta de la espalda y el golpe en la rodilla izquierda que me di contra una roca, bajando a la meta.

Intenté dedicarme a recuperar agua y comida, pero el hecho de que me sintiera tan bien me hizo pensar que mi nutrición en carrera fue buena. Me obligué a comer sin apetito, a pesar del tedio y el dolor de estómago. Seguramente eso me ayudó en la recuperación. También creo que sirvió tomarme la carrera con calma, descansando 5 o 10 minutos en los puestos. Era el tiempo que me tomaba cambiarme las medias, comer algo, tomar un té caliente.

Sin dudas el entrenamiento también hizo su parte. Me concentré mucho en las piernas, y las subidas a los morros de Rio, sin bastones, me dieron una ventaja extra. No sé si podría repetir un entrenamiento así el próximo año. De hecho, ni siquiera puedo pensar en volver a hacer 100 millas. Fue un esfuerzo muy grande y me siento muy feliz de haberlo hecho, pero a 10 días de haber cruzado la meta me resulta imposible considerar en regresar una vez más. Me gusta la idea de participar de una distancia menor, en la que pueda relajarme un poco más y no sentir que si no trago esa barrita de cereal, no voy a llegar al siguiente puesto.

Dejamos San Martín el domingo al mediodía, comimos algo en el auto para el almuerzo (en mi caso, sándwich de tofu con pan común) y terminamos con mi amigo Fran en Bariloche, ya que nuestro vuelo a Buenos Aires salía el lunes por la tarde. Lo acompañé a alquilar una bici para recorrer la ciudad, ya que no había completado sus 100 km y se sentía con mucha energía. Yo estaba bien, pero no como para pedalear. Me volví al hotel y me quedé en la cama tirado el resto del día, comiendo las diferentes cositas que me habían sobrado de la carrera y tomando un jugo Ades bastante empalagoso.

Al día siguiente fuimos al aeropuerto y nos comimos un vuelo demorado de 2 horas (recordemos que es la misma empresa que nos perdió los bastones en el viaje de ida y que todavía no nos lo reintegra).

Los días posteriores a la carrera fueron muy lindos. Charlé mucho con mis amigos, analizando qué cosas hicieron a esta edición especialmente dura. Por ejemplo (y no lo mencioné en mi reseña), toda la primera parte, hasta que llegamos a Puentes de Luz (km 55) estaba LLENA de cardos. Era ir juntándolos en las calzas, pasarlos a los guantes, y sacarlos con la boca. No se me ocurrió otro modo más práctico para resolverlo en carrera. Después, el Cerro Centinela fue especialmente duro y mal señalizado (no fui el único en perderse). Pareció innecesario, siendo que ya teníamos varios ascensos muy difíciles, pero imagino que tenía que estar para obtener los puntos ITRA que necesitaba la organización.

Mi papá me dijo algo muy lindo, que fue que yo era el primer argentino en completar el Spartathlon y las 100 millas de Patagonia Run. Ahí me puse a pensar que en general los ultramaratonistas de calle no hacen montaña. Después de todo son esfuerzos descomunales, pero diferentes. Tengo a mi favor que es la primera vez que se hacen estos 160 km en San Martín de los Andes, así que existe la posibilidad de que en cualquier momento otros espartatletas se le animen a los cerros, los ríos, los cardos, y las temperaturas bajo cero (Después de escribir esta reseña me enteré de que Fernando Petracci, tres veces finalista del Spartathlon, completó las 100 millas en 30 horas. ¡Lo siento, papá!).

Desde que volví de San Martín no hice otro entrenamiento fuerte. Lo máximo fueron unos 8 km. No sentí molestias para correr en ningún momento, pero seguramente me ayudó tomarme las cosas con calma. Regresar a la rutina y los días primaverales de este otoño ayudaron bastante.

Estoy muy feliz con toda esta experiencia. Lamenté mucho no haber cruzado la meta con Fernando como era nuestra intención, pero el lado positivo fue que pude medirme a mí mismo y adaptar toda la estrategia en torno a mí mismo. Hubiese sido difícil, con las cosas que pasé, tener que preocuparme por otra persona. También me podría haber ayudado tener a alguien que se preocupara por mí, pero las cosas se dieron así y salió todo bien.

Mi pronóstico es que volveré el año que viene a correr la Patagonia Run. Quizá 42 o 70 km, seguramente acompañando, y con la tranquilidad de que esta vez sí hice las cosas bien.

100 millas de Patagonia Run: La carrera

100 millas de patagonia run - la carrera

Las 100 millas de Patagonia Run fueron una fiesta. Pero no una cualquiera. Es una en la que llegás sin dormir, mal comido, y encima tenés que bailar durante 36 horas sin parar. Como si fuera poco, sentís que todos te están mirando y que tenés que poner buena cara para que nadie note cómo estás sufriendo por dentro.

Bueno, quizá no sea como una fiesta. Es algo único, y aunque muchos tengan tantas respuestas como corredores inscriptos, va a ser difícil responder la pregunta de “¿Por qué?”. Era algo que teníamos que intentar, y ahí estábamos, a las 12 del mediodía, largando desde la costanera del lago en San Martín de los Andes.

La idea era correr nuevamente con Fernando, mi compañero de los 145 km del año anterior, quien tuvo la inteligencia de abandonar antes de terminar internado como yo. Él venía muy bien preparado, mucho mejor que en la última edición. Lo mismo podría decir de mí, así que aunque teníamos una previsión “realista” de cuánto íbamos a tardar en cada puesto de la carrera, largamos con todas las pilas y sin mirar el reloj.

Con Fer hicimos algunos acuerdos:
1) El que estuviese más entero de los dos iba a ser el que tomara las decisiones. Principalmente seguir o abandonar.
2) Tomar agua cada 20 minutos y comer algo cada 40. Siempre.
3) Parar lo mínimo indispensable. 5 minutos en los puestos comunes y 20 en los principales. Después de los cerros (el PAS Quechuquina y Colorado 2), si teníamos mucho margen, podíamos parar un poco más.
4) Ir a nuestro ritmo. Si en un sendero nos bloqueaba un corredor más lento, pedir permiso con educación. Caminar valía, pero siempre marcando nosotros la marcha.

En un principio, todos los participantes de las 100 millas (entre 160 y 180 corredores) íbamos muy pegados, al punto que en la primera subida, saliendo del camino por un angosto sendero, se hizo un cuello de botella que nos frenó en seco. Algunos ya se empezaban a quejar, ¡y todavía quedaban 35 horas 50 minutos de carrera! Nos armamos de paciencia y empezamos a trepar.

Yo me sentía cómodo, y solo usaba los bastones si la situación se volvía demasiado vertical. Pero era el punto más caluroso del día, así que empecé a transpirar en forma efusiva. Me di cuenta de que a ese ritmo iba a mojar todo el abrigo que tenía, y aunque tenía la campera en la mochila, no iba a conseguir una térmica o buzo de repuesto hasta llegar al km 55. Así que me quité el gorro, el abrigo, y me dejé la remera de manga corta y los guantes. Las calzas largas se quedaban, por la amenaza de los cardos.

Ese primer tramo en subida nos llevaba al filo del Cerro Chapelco, en el km 20, ubicado a a 1950 metros sobre el nivel del mar (salíamos a 600 msnm). Sabíamos que lo podíamos hacer rápido porque estábamos descansados y sin frío. Llegamos con más de una hora de margen respecto a nuestro pronóstico “optimista”, así que estábamos muy entusiasmados. Yo miraba todo el tiempo el reloj para marcar el momento de tomar y el de comer. Además, cada 2 horas, consumía una pastilla con sales de hidratación. Nuestra meta se volvió encontrar los carteles que decían “PAS a 2 km”, y que indicaban que el puesto estaba cerca.

Me sentía muy cómodo en las subidas. Fer me retaba porque no usaba los bastones, alegando que tenía que anticiparme al cansancio de piernas, al igual que tomando cada 20 minutos le ganábamos a la deshidratación. Pero el entrenamiento en los morros de Brasil y la fuerza de piernas en el gimnasio me hicieron una gran diferencia. Entendí la diferencia que hace para un porteño poder entrenar en un terreno agreste, técnico.

Cuando llegamos a la cima del Chapelco, el viento se hacía sentir. Pedí unos minutos a mi compañero para abrigarme, porque ya no se toleraba el frío. El puesto estaba en el centro de ski, donde cargamos bebida, comimos y fuimos al baño. Fue la primera vez de muchas que salí corriendo y me di cuenta que me había dejado los bastones apoyados por ahí. La organización agregó opciones aptas para celíacos, que incluía unas galletas de arroz que todos odiaban y yo amé. Era excelente tener una opción fue no fuese dulce, que no tuviese grasa y que estuviese crocante. Felicité a varios voluntarios por esta decisión, y me devolvían la mirada, intentando dilucidar si los estaba cargando o si estaba loco.

Todo este recorrido era completamente nuevo, así que no sabíamos qué podíamos esperar. Por suerte, la organización modificó la información que aparecía en cada puesto, lo cual mejoró muchísimo la experiencia. Ahora teníamos carteles con la altimetría solo de lo que esperaba hasta la siguiente parada, con la cantidad de kilómetros, el desnivel positivo acumulado, la altura donde estábamos, donde íbamos a estar, el punto más elevado y el más bajo. Como mi GPS estaba en modalidad ultramaratón, la medición es menos precisa y poco fiable. Llegué a tener 10 km menos que lo que declaraba la organización. Pero la altimetría era prácticamente exacta, así que empecé a memorizar las diferentes alturas que me esperaban para calcular cuándo estaba próximo al siguiente puesto.

Corrí con unas Saucony Glide 10, porque tienen realce en el arco y me resultaron muy bien en mis entrenamientos en los morros de Brasil. Pero cuando quise bajar entre la nieve del Chapelco, pegué unas patinadas peligrosas que me hicieron temer por aquella decisión. No tenía muchas opciones, era eso o correr descalzo. Por suerte, después de una bajada importante, llegamos a 1490 msn, en el kilómetro 25,4, donde estaba el que sin dudas era el puesto más lindo de todos, que además describía exactamente donde estaba ubicado: Laguna verde. Seguíamos ganándole al horario de corte.

Todo el tiempo comíamos y tomábamos, según indicaba el reloj. Pero aunque todavía teníamos energía y el sol nos acompañaba, algo empezó a fallar. Básicamente, el estómago de Fer. Empezó a tener náuseas, y en algunos momentos arcadas. Ya no quería comer. De a poco el sol se iba ocultando. Cruzamos el PAS Miramás, en el km 39, cerca de las 19 hs. No hacía todo el frío que haría después, así que me sorprendió cuando me enteré de que en este puesto se registraron más de 20 abandonos.

Seguimos bajando en dirección al PAS Vallescondido, en el km 49. Fer tenía cada vez más dificultades para comer, así que pidió asesoramiento al médico del puesto. Le dieron Reliverán y le aconsejaron no comer nada hasta la siguiente parada. Nuestro nuevo acuerdo era que íbamos a ver si podía comer. Eso definía si seguíamos juntos o nos separábamos. La idea de dejarlo no me entusiasmaba, pero tampoco esperar con él y enfriar el ritmo que traíamos. Las opciones eran que abandonara o que descansara para continuar solo, a su propio ritmo.

Llegamos al PAS Puentes de Luz, que parecía una escuelita, ubicada en el km 55,5, donde nos esperaba la primera bolsa de corredor. Eran las 21 hs, y nuestro pronóstico nos ubicaba ahí dos horas más tarde. Por fin íbamos a poder cambiarnos y tener algo de nuestros propios alimentos. El Reliverán no había hecho efecto, así que hasta ahí llegábamos juntos. Me cambié, comí y me despedí de Fer. Más tarde me enteraría de que, tras una siesta de una hora y de intentar comer una pizzeta, se retiró definitivamente de la carrera. Uno puede emular el terreno de una carrera, probar equipo y hasta entrenar con falta de sueño o frío, pero a veces es muy difícil anticipar cómo va a sentirse nuestro estómago.

A los pocos metros de salir de Puentes de Luz, me encontré con un extenso lago. No encontré otro paso más que el agua, así que saqué dos bolsas de consorcio, me las puse una en cada pie, y comencé a caminar. Si la masa de agua hubiese sido de 1 metro de ancho, hubiese sido una victoria, pero al segundo paso, el plástico cedió y no solo me empapé todas las zapatillas, sino que además tenía envueltas en las piernas dos inútiles bolsas. Lo que más me molestaba era que me había puesto un par de medias muy sofisticadas (y secas) 10 minutos antes.

En el km 60 pasábamos por el Cuartel desde donde arrancan todas las otras distancias. Los 100 km, donde tenía a mis amigos y compañeros de cabaña corriendo, largaban a las 21 hs. Yo pasé 1 hora y 20 más tarde, así que asumí que no los cruzaría hasta llegar a la meta. Enseguida comenzaba una subida interminable hasta el PAS Rosales, en el km 64. Lamentablemente en las oscuras horas de la noche no puede disfrutarse del paisaje. Es un momento muy solitario, donde muy esporádicamente uno se cruza con otro corredor. Solo se escucha la respiración, los pasos en los senderos de tierra, y ese sonido a lavarropas que hace la bolsa hidratadora. Son momentos duros si no se tiene experiencia o mucha entereza mental. En mi cabeza, por algún motivo, sonaban canciones de Les Luthiers (“Las majas del bergantín” y “La hija de Escipión”… y no me pregunten por qué, las ultramaratones solitarias son así).

Debo decir que todavía mantenía lo de beber cada 20 minutos y comer cada 40. Todavía tenía solo dos pares de guantes puestos, porque guardaba los de ski para el PAS Portezuelo, km 71,5, donde la subida ya nos acerca más y más a la cima del Cerro Colorado (1780 msnm). Tras un oportuno cambio de medias, cada arroyo que pasábamos me detenía para estudiar un camino alternativo, una piedra o un tronco sobre el que pisar y no mojarme.

Uno nota que está cerca de la cumbre del Colorado porque de pronto desaparecen los árboles y arbustos. El frío empieza a calar en los huesos, y eso hace que los movimientos se vuelvan menos precisos. Una bruma bajó hasta donde estaba y el viento, sin ningún reparo que lo detuviera, comenzó a hacerse sentir. Me puse todo el abrigo que tenía, que incluía la campera de guata por debajo de la de lluvia, mis tres pares de guantes, la baklava y el cuello de polar. Hice cumbre cerca de las 2:30 de la mañana, y por suerte la bajada, que es muy empinada y llena de piedras, no tenía hielo, por lo que se podía bajar sin arriesgar la vida. En ciertas partes más peligrosas, donde yo siempre me caía, colocaron unos troncos atravesados, a modo de escalones, lo que ayuda a ir frenando y a controlar la bajada.

Casi llegando al PAS Colorado 1, en uno de los tantos arroyos donde no pensaba mojarme los pies, me encontré con mis amigos de 100 km. Yo estaba llegando al km 83, o sea que en 20 km les saqué 1 hora 20 minutos. Me pareció que venían demasiado lento, pero no quise desmoralizarlos. Bajé mi marcha para seguir con ellos hasta el puesto, donde estaba la segunda bolsa de corredor. Aquí hice una pausa larga, de media hora. Comí, dejé la campera de guata, me cambié, y como los chicos de 100 km se lo tomaron todavía con más calma que yo, me despedí y seguí.

Aquí venía la parte nueva de este circuito, que era el ascenso al Cerro Centinela, a 1500 msnm. Se notaba que era la primera vez que cruzábamos estos senderos porque la marcación no era muy buena, y me perdí dos veces. La sugerencia es que si uno no ve cuadraditos refractantes o cintas colgadas en los árboles, hay que volver sobre nuestros pasos y buscar la última marca. Fue un ascenso y descenso bastante fastidioso, porque venía de un cerro complicado y me esperaba otro peor. Todo a varias horas de que el sol volviera a calentar.

El PAS Quilanlahue 1 fue siempre un establo. Ese era mi recuerdo, y cuando lo vi a lo lejos, después de un largo camino de tierra, empecé a buscar dónde teníamos que doblar para llegar hasta ahí. Cuando vi la flecha que indicaba ir a la izquierda, en mi cabeza entendí que tenía que doblar a la derecha. Llevaba más de 90 kilómetros, y la experiencia, esta vez, me jugó una mala pasada. De pronto estaba cruzando entre altos pastizales, sin poder ver el suelo, creyendo que por ahí se escondía el sendero, hasta que dejé de confiar en mi instinto y volví sobre mis pasos, a la marca anterior. No sé cómo confundí una clara flecha en un sentido para el absolutamente contrario, pero así fue.

Llegué al puesto, en el kilómetro 94, cerca de las 7:30 de la mañana. El sol empezaba de a poco a aclarar el cielo, aunque es sabido que en esas horas iniciales del día, la temperatura baja todavía más. No quise entretenerme demasiado, y comencé a subir el Cerro Quilanlahue, cuya cima está a 1650 msnm. El gran desafío es que es un ascenso muy empinado, y para complicar a los que ya teníamos experiencia, este año lo subimos en el sentido inverso que otros años. Fue una subida larga y tediosa (como siempre). Igual la subí lo más rápido que pude, aunque los cuádriceps los tuviese en llamas. De a poco se iluminaban las montañas, pero mi sendero todavía estaba en sombra y el sol no me calentaba. No fue sino hasta que llegué casi a la cima, a las 8:45, que Febo asomó y sus rayos iluminaron el histórico sendero a la cima.

Comencé a bajar, pero me tuve que sentar un momento a comer algo. Resultó que mi plan de comer cada 40 minutos se vio un poco trunco desde que me puse los guantes de ski, unos 20 km antes. Me costaba mucho usar las manos para abrir envoltorios y comer, así que me arreglaba con lo de los puestos, o frenaba un minuto. Así fue que hice una nueva pausa, me senté en un tronco y comencé a comer. Cuando me incorporé para seguir, estaba temblando, empapado por mi propia transpiración.

En estos momentos es donde cuesta hacer un puño con la mano. Perdemos la motricidad fina, y los dedos duelen. La mejor forma de contrarrestarlo, en carrera, es volviendo al ruedo. En actividad, la sangre fluye y de a poco va calentando las extremidades. Bajé hasta el PAS Coihue, kilómetro 101,5, a las 9:45. Ya no me acordaba cuál era mi pronóstico, e intentaba adivinar a qué hora iba a llegar a la meta… si es que llegaba. No tenía dudas, pero sí miedo de que me volviese a agarrar hipotermia o deshidratación.

Ya pude guardar mis guantes de ski y recuperar la movilidad de mis manos. Pero aunque ahora podía abrir paquetes y comer con comodidad… estaba harto. Ya me costaba comer. Lo que era peor… ¡no había ido al baño desde hacía más de un día! Todo lo que había estado comiendo se había quemado… o se acumulaba en mi estómago. Temía estallar como un globo en cualquier momento. Un par de veces me escondí tras los arbustos para intentar ir de cuerpo, pero era imposible.

Evitando meter los pies en el agua, obligándome a tomar y comer, cantando canciones de Les Luthiers en mi cabeza y pensando en que el estómago no estallara, llegué al PAS del Lago (km 110), exactamente al mediodía, lo que marcaba 24 horas de carrera. Desde allí se llega a una de las postales más lindas de la carrera, la costa del Lago Lacar, que es además una de las partes más incómodas para correr. Los tobillos van bailando encima de las piedras, y no queda otra que armarse de paciencia o demostrar qué tan fuertes tenemos las articulaciones. Yo no me quise arriesgar.

Cuando me adentré nuevamente en los senderos, empecé a notar el cansancio. Ya no corría tan seguido, sino que caminaba vigorosamente. A un costado del camino, protegido precariamente por unos arbustos, pude ir finalmente al baño. No entraremos en más detalles.

El camino subía y bajaba. Intenté trotar todo lo que pude, esquivando rocas, piñas y ramas. A las 13:15 estaba en el PAS Quechuquina, donde el año pasado maté mi carrera con malas decisiones. Así fue que hice otra parada larga, de media hora, ya que aquí teníamos la tercera bolsa de corredor. Me cambié las medias y la ropa de abrigo, cargué más comida (que me costaba ingerir), volví a llenar la mochila de agua (algo que venía haciendo más o menos cada 4 horas) y salí.

Para mí este puesto era muy importante. El año anterior había salido casi inmediatamente después de llegar, solo para no perder tiempo. No hice uso de mi bolsa de corredor, y lo que seguía eran 15 kilómetros muy largos y tediosos. Esta vez no me iba a pasar. Además, 119 kilómetros marcaba la distancia que había hecho antes de derrumbarme en una carpa a la espera de que vengan a rescatarme. Este año, en cambio, me sentía muy entero, con energía y abrigo.

En esta parte el pánico empezó a apoderarse de mí. Me pasó algo muy difícil de explicar, pero voy a intentarlo. En una ultramaratón, uno va solo con sus pensamientos. Puede repasar conversaciones con otras personas, como si escuchara realmente sus voces. Puede sonar un tema en nuestra cabeza una y otra, y otra, y otra vez. Quizás uno escuche las notificaciones de un celular que no está ahí en ese momento, o ver a una persona nítidamente, con su ropa, las arrugas de la tela, diversos colores, solo para darnos cuenta de que era un tronco cuando la tenemos a 20 centímetros de la cara. Se mezcla la falta de sueño con el agotamiento. Yo empecé a escuchar voces (claro que no las imaginaba, era como si estuviese recordando una escena que no había vivido). Era como el barullo de una cena con amigos, donde todos hablan a la vez, e intentan que su voz suene por encima de la de los demás. Empezó como un murmullo y fue creciendo hasta que todos hablaban a la vez. Me preocupé. ¿Qué era eso que estaba imaginando? ¿Cómo podía relajarme y poner la mente en blanco? Intenté cantar mantras y meditar, pero funcionaba a medias. En el instante en que me relajaba, esas voces que hablaban a los gritos volvían. ¿Podía aguantar 50 kilómetros así?

Entonces me di cuenta de qué era lo que estaba mal: estaba caminando. En el instante en que empecé a trotar, aunque fuese lento y tortuoso, la cabeza volvía a quedar en paz. Quizás era mi subconsciente intentando alterarme para que no me relajara, que siguiera esforzándome. Tenía margen para aminorar la marcha, pero algo me pedía que no lo hiciera.

Hice mi mayor esfuerzo, comiendo lo que podía, tomando, corriendo, para que pasara la parte más larga de la carrera. Alcancé el Quilanlahue 2, kilómetro 134, a las 16:30. Me costaba comer, así que me aseguraba de al menos terminarme una botella de Powerade y comer cualquier cosa que hubiese en el puesto. Lo que menos rechazo me causaba era el membrillo. A veces, alguna banana. Me senté a descansar unos minutos. Para mí era un triunfo haber cruzado aquel punto donde el año anterior había coqueteado con la muerte (no exagero, necesité 6 bolsas de suero antes de que me dieran el alta en el Hospital). Salí optimista, porque la meta estaba ahí, al alcance de la mano.

Pero… algo no andaba bien. Me empezó a doler el estómago. Perdí la fuerza. Sentía que no podía correr más. Estaba abrigado, pero todos sabíamos que en breve íbamos a tener lluvia, y aunque faltara poco, el agua que venía esquivando toda la carrera podía caer del cielo y echar a perder todo mi esfuerzo.

Pensé en el Spartathlon. En un momento de aquella mítica carrera no quise comer más. También, a partir del kilómetro 100, mi estómago empezó a rebelarse. Al igual que esta carrera, me obligué a seguir comiendo, aunque fueran raciones mucho más pequeñas. El alivio vino cuando Germán, mi entrenador en aquel entonces, pidió que dejaran de presionarme para que comiera. Con lo que tenía en el estómago era suficiente. Quería llegar a ese mismo punto, pero la diferencia fue que esto pasó a poco más de 10 km de la meta, en llano, y yo tenía todavía varias horas por delante. Ya no quería llegar a la meta, sino a un punto donde me sintiera seguro de no tener que probar otro bocado.

Fue difícil, pero con constancia y paciencia fui avanzando. Algo me daba seguridad: constantemente alcanzaba y pasaba a otros corredores de 100 y 160 km. Varias veces tenía que pedir paso y, cuando se hacían a un costado, corría y los dejaba atrás. Así terminé llegando al Colorado 2, en el km 142,5, a las 18:00, con la luz frontal encendida (y con pilas nuevas), a pesar de que el sol todavía iluminaba. Aquí teníamos nuevamente la bolsa de corredor, pero hice bastante rápido. Tomé mi campera de guata, la bandera argentina, algo de comida, y salí. Quería aprovechar todo lo posible la luz que quedaba.

La cercanía con la meta me entusiasmaba. El dolor de estómago me quitaba el entusiasmo. Pero me mantenía en ese equilibrio, entre la alegría de llegar a la meta y el pánico de terminar internado. ¿Les conté que no tengo obra social todavía, porque la di de baja cuando me fui a vivir a Brasil? Bueno, eso.

Sentía que desde el último puesto no iba a tener la obligación de comer. Cada tanto tragaba un damasco desecado y rogaba que se quedara adentro de mi estómago. A pesar del miedo y las molestias, todo el tiempo pasaba corredores que caminaban sus últimos kilómetros. La luz del sol se iba apagando y las nubes de lluvia iban cubriendo el cielo. Me costaba calcular cuánto faltaba para el puesto. ¿Eran diez subidas antes de llegar? ¿Cuántas voy?

Cada tanto alcanzaba a un corredor que venía caminando a un ritmo relajado y, sin que diga nada, se hacía a un costado cuando me escuchaba venir trotando. Un chico que venía guiando a dos corredoras se hizo a un costado y dijo: “Chicas, dejen pasar que viene uno de 100 millas”. Finalmente cayó la noche, y pasaron otras dos cosas casi al mismo instante: Llegué al PAS Bayos y comenzó a llover. Era el kilómetro 152, y el reloj marcaba las 19:40.

Me senté, saqué el teléfono y avisé a mis amigos que estaba a 9 km de la meta. Hice bien en detenerme porque en ese lapso dejó de llover. Comí alguna cosa, sabiendo que era lo último antes de llegar. De todos modos, me dio un antojo terrible de pan, así que pedí si me podían traer un poco a la meta. Me dolía la panza y me sentía un poco afiebrado. De hecho, empecé a convencerme de que iba a desmayarme en la meta, así que les rogué que de la meta me llevaran en auto directo a la cabaña.  Salí del puesto totalmente abrigado, con la advertencia de que se venía una subida que no iba a olvidar en mi vida. Cuánta razón tenían…

El camino no presentaba muchas dificultades. Continué pasando corredores, a pesar de que empecé a sentir un ruido en el pecho cada vez que inspiraba. Era como un silbido. Intenté no pensar mucho en eso. Tampoco en la frente que la sentía caliente, ni el dolor de panza que venía cada vez que tomaba un sorbo de agua. Troté lo que pude, porque en un punto, un gendarme me indicó que tenía que girar, tomar una calle de tierra y “bajar”. Debe haber sido irónico, porque comenzó una subida insoportablemente larga.

Convengamos que si una calle tiene una inclinación de dos o tres grados, no lo vamos a notar. A menos que llevemos más de 30 horas corriendo. Ahí sí se va a complicar. Lo único que quería era trotar a la meta para desfallecerme, ¡pero esa tenue subida no me dejaba! Caminé lo más rápido que pude, en un camino oscuro, iluminado solo por mi linterna y por algún corredor que pasaba. En un momento era tal mi agotamiento y la tensión en mi nuca, que decidí frenar un segundo. Quería estirar. De pie, en medio de la calle, me apoyé en los bastones, cerré los ojos y bajé la cabeza. Inmediatamente empecé a soñar. Abrí los ojos, asustado por la posibilidad de que el abrazo de Morfeo fuese para siempre, y continué mi lenta y tortuosa marcha.

Frené ante el cartel que decía “Meta a 4 km”, y le saqué una foto. Para eso me tuve, me quité los guantes de ski, encendí el teléfono, y como 10 corredores me pasaron. Guardé todo y me prometí no volver a perder el tiempo.

Por suerte todo acaba en algún momento, y fue lo que pasó con la subida, a la que le calculé unos 3 km. Ya con la inclinación de la calle a mi favor, empecé a trotar. Así llegué a un sendero entre rocas que rodeaba el lago desde donde habíamos salido, casi un día y medio atrás. Nunca me dolieron las piernas ni las articulaciones, salvo en ese momento, cuando hice un mal movimiento y golpeé mi rodilla contra una roca. Ese sería el único dolor fuerte que me acompañaría los días siguientes.

Llegué a la calle, me separaban 800 metros de la meta, y la lluvia volvió. Troté, todavía afiebrado y con el silbido adentro de mis pulmones, guiado por los voluntarios y la policía que cortaba el tránsito para que pasara. Ya tenía la bandera de Argentina puesta de capa. Troté por esas cuadras interminables, hasta que doblé en la calle San Martín y vi el arco de la meta. Los vecinos aplaudían cuando pasábamos y yo agradecí a cada uno de ellos.

Las cuadras pasaban y la intensidad de la lluvia aumentaba. Yo solo podía ver el arco de llegada. Por eso me sorprendí cuando vi que tenía a mis amigos a mi lado, gritando y alentándome. Mi foco estaba puesto más adelante, en la meta. En ese “¡Dale! ¡Dale!” sentí que me estaban diciendo que corra, así que empecé a aumentar la velocidad. Las zancadas se hicieron más largas, el braceo más veloz, y cuando ya podía acariciar la llegada, hice lo que en mi cabeza fue un sprint digno de los 100 metros olímpicos. Cuando reviví ese momento en los videos que filmaron mis amigos, esa pasada a toda velocidad parece poco más que el trote regenerativo que hacemos al final de cada entrenamiento, pero sé que puse todo lo que me quedaba.

Crucé la mantilla que registró mi chip a las 21:44, después de casi 34 horas de carrera. Salvo el Spartathlon, que fue en llano y con poquísimo desnivel, jamás había estado tantas horas en actividad, casi sin parar. De hecho nunca había subido más de dos cerros en una misma carrera. Venía de fracasar en mi intento anterior de alcanzar la meta, pero esta vez me sentía absolutamente diferente. A pesar del sufrimiento, el miedo y la angustia, crucé el arco de llegada con energía de sobra.

Me pusieron la pesada medalla, me saqué fotos abajo de la lluvia (que volvía a apaciguarse) y me comí ese delicioso pan que mi cuerpo me estaba pidiendo. Finalmente caminé las cinco cuadras a la cabaña, porque no había lugar para estacionar y porque realmente podía. Tenía los pies secos, no me dolían las piernas, e inmediatamente que terminé, desapareció ese silbido en mi pecho. Me sentía… ¡genial! ¿Cómo podía ser? Tenía mis teorías, que desarrollaré mañana. Porque la idea de esta reseña era hablar puntualmente de la carrera, y después de 161 kilómetros y 33 horas con 45 minutos, la Patagonia Run había finalizado.

100 millas de Patagonia Run: La previa

100 millas de Patagonia Run-La previa

Este fin de semana se corrió la novena edición de Patagonia Run, una carrera que me recomendaron en 2012 y a la que vuelvo cada año. Este dato cobra relevancia cuando agrego que mientras corría aquellos 100 km, en senderos y cerros de San Martín de los Andes, juré nunca más volver a correr en montaña. Y aunque tengo grabada en video esa promesa, cada año me las ingenio para romperla.

Aquel año era la tercera edición de Patagonia Run, y la primera vez que TMX y NQN Eventos organizaban la distancia de 100 kilómetros. En 2015 llevaron la prueba más larga a 120 km, en 2016 se fue a 130 km, en 2017 inauguraron los 145 km, y para este año ya inauguraron las 100 millas (160 km). El crecimiento progresivo, claramente, estuvo planeado.

Más allá de que era mi cita anual, se conjugaron muchísimas cosas en esta edición. Primero, que el año pasado había intentado correr esos 145 km, la distancia más larga en montaña de toda mi vida, y tuve que abandonar por hipotermia y deshidratación extrema en el km 119. Para las 100 millas podía corregir todos mis errores, que fueron muchos. Segundo, que el año pasado no fue mi primer abandono en una ultra de montaña. Allá a lo lejos, en mis inicios como corredor de ultramaratones, había intentado completar La Misión en Villa La Angostura, 160 km muy duros. Alcancé el km 112 antes de decir basta. Así es que tenía una cuenta pendiente con esa distancia y con Patagonia Run.

Pero había algo más. Desde que dejé de entrenar con Germán hace un par de años, no pude completar una prueba importante. Participé de carreras que, por mi preparación, me resultaban poco desafiantes. Los objetivos grandes, esos que me hacían sentir mariposas en el estómago, como la Patagonia Run o los 246 km del Ultra Desafío de 2017, por una causa u otra quedaron truncos. Necesitaba salir de la sombra de mi viejo entrenador y demostrarme que podía tomar todo lo que había aprendido y tener autonomía.

Entonces, tenía varias metas, pero dos objetivos bien claros: no deshidratarme y no sufrir hipotermia. Esto se resolvía armando una buena estrategia. Así fue que aproveché estar viviendo en Brasil y me compré en el Decathlon un gorro de polar extra, seis pares de medias (para cambiarme cada vez que me mojara) y un chaleco. Ya en Buenos Aires conseguí una remera térmica muy gruesa en Mercado Libre y una campera parecidas a las de pluma, pero de guata (o sea, veganas), en el Once. Ya mi eterna nutricionista, Romina Garavaglia, me había sugerido para el Spartathlon beber agua cada 20 minutos (o medio litro por hora) y comer cada 40 minutos. Así que tomé esa determinación, y empecé a calcular cuántos sorbos de agua equivalían a 500 cc en 60 minutos (son cinco). También en Brasil compré damascos desecados, bananinhas (unas bananas comprimidas, hechas un rectángulo) y bayas de goji. En el Barrio Chino y en dietéticas conseguí cous cous, pretzels, pasas de uva, barritas de cereal (con gustos e ingredientes muy variados), empanadas de seitán (este año no pensaba cocinar), y ya en San Martín compré galletitas Cachafaz, manzanas, y algo nuevo: unas pastillas con sales que vendían en la Expo de la carrera. Esta compra fue por puro pánico, ya que no quería sufrir hiponatremia, algo que ya experimenté en otras ultras.

El tema es así, en el recorrido suelen dar agua con bajo contenido de sodio, algo muy malo para los corredores que no sufrimos de hipertensión. No iba a estar 36 horas a bebidas isotónicas, en ya había probado en otras ediciones ponerle sales rehidratantes al agua de mi mochila (queda espantoso). Estas pastillas tenían gusto a naranja, y con 50 mg de sodio cada una, la idea era tomarlas cada 2 horas.

Ya más o menos resuelto lo que iba a comer y beber, además de todo el abrigo extra que iba a llevar, quedaba el tema del entrenamiento. Como dije antes, quería tener autonomía, así que me armé planes para reforzar mi fuerza de piernas, con saltos en banco, sentadillas, estocadas, progresiones, y muchas cuestas. Tuve la suerte de estar en Rio de Janeiro, donde en un principio entrenaba dos o tres veces en el Morro da Urca (una subida de 900 metros con 200 metros de desnivel positivo). Al ser un suelo de tierra y algunas piedras, se parecía bastante a la montaña. En mi último mes allá descubrí que se podía subir al Corcovado a pie, donde está el Cristo Redentor, así que iba con mi mochila hidratadora, para acostumbrarme a su peso, y subía lo más rápido que podía. Eran mañanas calurosas, donde transpiraba tanto que se me empapaban las medias, pero me fascinaba exigirme así. Eran 3,5 km con un desnivel positivo de 800 metros, en senderos todavía más técnicos que los de Urca.

En medio de esta preparación, donde mi foco estaba en volver a Argentina y hacer las 100 millas, me separé. No fue planeado, pero se venía gestando. Nos queríamos (nos queremos) mucho con Lu, pero vivíamos vidas muy diferentes bajo el mismo techo. Reconozco que me encerré en mis entrenamientos, quizá poniendo más distancia de la que había, ya que me iba tres o cuatro horas, y cuando volvía solo hablaba de lo que había hecho y qué cosas me faltaba comprar. La situación financiera no era buena, y solo seguía adelante con la carrera porque ya estaba toda paga de muchos meses antes. Entrenar se convirtió en el escapismo para una relación que no funcionaba, más allá de que los dos nos aferrábamos mucho a ella. Finalmente vine a Buenos Aires, no con la excusa de viajar a San Martín de los Andes, sino para instalarme definitivamente.

El viaje a la Patagonia no empezó bien. Camino al aeropuerto, me di cuenta que me había olvidado mi certificado médico, requisito imprescindible para correr. En una edición me olvidé el DNI en casa, y después de llorar y suplicar, me inscribieron igual (no fue fácil, pero logré conmover a alguien que hizo la excepción). Lo del certificado no suena a algo en lo que puedan negociar. La suerte estuvo de mi lado, y una amiga médica, a quien no nombraré para no comprometer, me hizo un certificado en el último segundo. Pero eso no fue todo. La aerolínea Andes extravió mis bastones, los cuales se despacharon en Aeroparque pero nunca llegaron a destino. Para colmo venían con otro par de mi amigo Fran, y se los venía trayendo desde el Decathlon de Rio de Janeiro. Aunque hicimos el reclamo y esperamos a que los encontraran, compramos cada uno bastones nuevos. El tiempo apremiaba.

El pronóstico del tiempo cambiaba día a día, pero existía la amenaza de lluvia, en especial hacia la tarde del sábado. Eso me obligó a poner más atención al abrigo y a sumar una capa de lluvia para el final. Parte de la estrategia, además de la comida y el agua, es el de la ropa, y esto se arma con los drop bags. Estos son puestos donde la organización lleva bolsas que uno deja previamente, y ellos las entregan allá. Como se inauguraban las 100 millas, a pedido de los corredores sumaron un punto nuevo de bolsa, así que teníamos tres colores para cada destino. La azul era la de Puentes de Luz, el primer puesto, que además era nuevo y se ubicaba en el kilómetro 55,5. La roja era la del Colorado, por donde pasábamos en el kilómetro 83 (después de hacer cumbre en el cerro del mismo nombre), y que luego visitábamos por segunda vez faltando 18 km para la meta. O sea, este puesto contaba doble, por lo que llevaba doble ración de ropa y comida. Por último estaba la bolsa amarilla, que representaba al Quechuquina, ubicado en el kilómetro 119,5. Este punto era clave para mí. Por un lado, era la distancia donde más o menos había abandonado el año pasado. Además, no había hecho uso de mi bolsa para cambiarme la ropa, por correr con los segundos contados, decisión que derivó en mi hipotermia. Tenía que hacer las cosas bien. Solo se fracasa cuando no se aprende.

Entre las tres bolsas dejé muchísima ropa de abrigo, en especial medias para cambiarme constantemente, ya que en 2016 sufrí mucho por correr con los pies mojados. Debo haber llevado 16 pares. Tenía dos chalecos, dos camperas, buzos, remeras térmicas, dos gorros de polar, una cantidad indecente de cuellos tubulares, la campera de guata, tres pares de guantes (primera piel, de micropolar y de ski), una baklava, y seguramente muchas cosas más que ahora estoy olvidando. Además dejé pilas de repuesto para la linterna frontal y la bandera de Argentina, que tenía planeado levantar en la meta. Esto era, si llegaba. En otro arranque de pánico me compré un gorro Windstopper, a pesar de que llevaba dos de micropolar. Pero es el peligro de tener dinero en la cuenta y mucho miedo de pasarla mal.

Con las bolsas ya entregadas, a las 20 hs del jueves fue la charla técnica, donde el director Marcelo Parada daba sus indicaciones y repasaba el recorrido. Él mismo bromeaba que nos íbamos a acordar de él y de su familia en ciertas partes, ¡y tenía mucha razón!

Ya habíamos hecho la inscripción, buscado la remera oficial, nos tomamos fotos, dejamos las bolsas (organizadas como nos imaginábamos que íbamos a necesitar), fuimos a la charla técnica, comimos toneladas de hidratos de carbono… solo quedaba correr.

El viernes me desperté a las 7 y me quedé dando vueltas en la cama, hasta que no me aguanté y me levanté. Me di una ducha caliente (algo que se convertiría en mi obsesión durante las heladas horas de la noche), desayuné en forma abundante, me envaseliné los pies y las partes privadas, me vestí y me fui hasta la meta. Tuvimos la gran suerte de hospedarnos frente al lago, así que el arco de largada estaba a 50 metros de nuestra puerta de entrada. Aunque estaba fresco, el sol brillaba y había pocas nubes.

Toda la estrategia que había armado no era únicamente para mí. El año pasado habíamos intentado los 145 km con mi amigo Fer, y él venía con mucho agotamiento por lo que abandonó unos kilómetros antes que yo. La revancha era para los dos, así que íbamos a intentar las 100 millas los dos juntos.

Pasamos por el arco, donde confirmaron que se leían nuestros chips en forma correcta, nos acomodamos hacia el final de los 180 inscriptos en esa distancia, y a las 12 en punto comenzó la carrera.

Acercándome a la Patagonia

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Todo tiene un final. Todo termina. Una carrera. Este blog. Un matrimonio. Quizá tenga que ver con la imposibilidad de revertir la entropía del universo. O con eso de que todo está en constante transformación, mutando y evolucionando.

Semana 52 va a cumplir 8 años en julio. No estoy actualizando diariamente como en aquellos días, pero me resulta fascinante tener una constante de casi una década en mi vida. ¿Qué otras cosas siguen presentes, como en 2010? Mi pasión por correr, mis inconformidad con mi cuerpo (aunque no al mismo nivel de desesperación como en aquellos días), mi trabajo como diseñador gráfico, mis amigos. Y si me acuerdo de algo más, lo sumaré a la lista en una eventual edición de esta entrada.

Pero mucho ha cambiado desde entonces. Mi cuerpo, con el que nunca estaré 100% conforme. Era vegetariano, pero me hice vegano (dejando de lado en el proceso la pizza con queso, las salchichas de soja, y muchas cosas que no sabía que tenían proteína animal). Corrí el Spartathlon, una de las pruebas a pie más duras del mundo. Inicié amistades, perdí otras, recuperé algunas. Conocí a mi futura esposa, tuve la boda que siempre soñé, me mudé a Brasil, y me terminé separando. Los motivos son muchos, y yo que he contado tantas cosas privadas en este blog, prefiero reservarme en esto para no dañar a otra persona. Basta con decir que intentamos, y que a veces el amor no alcanza.

Mientras mi matrimonio se iba marchitando, la Patagonia Run era lo único que me motivaba. Iba a entrenar tres veces a la semana al Corcovado, donde invertía dos horas en exigir mi cuerpo en ascenso. No era lo mismo que San Martín de los Andes, ya que corría con 30 grados, mientras que en el sur me esperan temperaturas bajo cero, pero me servía para calmar mi ansiedad y llegar a esa fecha. Finalmente terminé acelerando mi regreso a Buenos Aires. Mentiría si dijera que nos extraño a Lu y mi vida en Río. De hecho, preferiría no separarme. Pero seguir implicaba que dos personas dejen de lado su propia felicidad, y no era negocio para ninguno.

En este nuevo empezar, me hice un nuevo tatuaje, volví a convivir con mis padres, y estoy embarcado en este escapismo que es el Running. Literalmente embarcado porque estoy escribiendo esto arriba de un avión. Y sé que se trata de eso, de tapar una situación triste. Son 100 millas, quizás una prueba más dura que el Spartathlon, pero me dio un foco. Fui mucho la gimnasio, tanto en mi último mes en Brasil como en el primero de vuela en Argentina, repasé todos mis errores le año pasado, compré equipo para no pasar frío y planifiqué bien mi alimentación. Puse en práctica todo lo que aprendí.

Y el Running (o el utramaratonismo) tiene un poco eso, aplicar el aprendizaje para tratar de mejorar. Es algo que también quiero replicar en otros aspectos de mi vida. Todo esto no quiere decir que no esté ansioso y con muchos nervios. La paso muy mal antes de volar, no porque tenga miedo de hacerlo, sino porque siempre tengo esa paranoia de que no me van a dejar embarcar por algún motivo. Camino al aeropuerto, siempre pienso “¿Qué me habré olvidado?” (ahí tienen otra constante de los últimos 8 años). Esta vez me dejé la cámara de fotos y le apto médico. No es la primera vez que me pasa. Por suerte, tengo tiempo para resolverlo.

A pesar de que la vida es cambio, a veces buscados y otras no, me gusta pensar en todo lo que soy, lo que logré y lo que podría llegar a hacer. No puedo evitar sentirme triste por mi matrimonio, pero no es el fin de mi camino, sino una parada intermedia. Quizá mi problema fue creer que era un punto de partida y haberle puesto tantas expectativas. Bueno, no quería que esta entrada girara exclusivamente alrededor de mi ruptura. Estoy en vuelo, camino a Bariloche, paso previo a llegar a San Martín de los Andes. Me espera una gran aventura, y después volver a casa y retomar definitivamente mi vida.

En 8 años cambiaron muchas cosas. ¿Quién sabe qué voy a ver en 2026, cuando mire para atrás? Ojalá que otro campeonato mundial de fútbol para la Argentina, entre otras cosas, pero tanto incorporé en este tiempo, que sé que todavía me esperan aventuras, alegrías y enseñanzas por delante.

Cómo es mi preparación para Patagonia Run

Cómo es mi preparación para Patagonia Run

Falta poco más de un mes para Patagonia Run, y cuando vi que en su Fan Page varios corredores compartían sus entrenamientos y tips de carrera, se me ocurrió preguntarles si querían que escribiera algo similar. Creo que los atrajo la idea de que sea un argentino viviendo y entrenando en Brasil.

Finalmente publicaron mi texto, perdido en la descripción de un video de 21 segundos donde estoy corriendo en el Morro de Urca, así que decidí rescatarlo. Una, porque no hay mucho para leer sobre el entrenamiento de un ser humano normal que no vive de ganar ultramaratones de montaña. Dos, porque el título de mi texto, que se los pasé yo, es el mismo que usé dos entradas atrás, y es inexacto: lo que escribí es cómo me preparo, y no cómo completar la prueba. Para eso haría falta otro texto, donde dar consejos para no sufrir hipotermia ni deshidratación extrema como me pasó el año pasado.

Es gracioso porque este texto lo escribí antes de empezar el gimnasio, donde estoy haciendo casi todo el trabajo de fortalecimiento de espalda, brazos y core, sino que después descubrí que se puede subir al Corcovado a pie. Eso merece un post aparte que espero escribir en breve. Así que, sin más preámbulos, aquí está cómo estoy preparando (más o menos) esta inminente ultra de montaña:

Dicen que no hay que copiar la fórmula de otro corredor, pero me gustaría compartirles cómo es mi preparación para encarar las 100 millas de Patagonia Run.

Si vas a correr estos 163 km, podría suponer que no es tu primera ultramaratón de montaña y que, faltando menos de tres meses para la largada, hace rato que ya empezaste a entrenar. Un corredor de ultra generalmente está siempre activo, y cuando se acerca la fecha de la prueba, es momento de hacer los últimos ajustes.

Actualmente estoy haciendo tres clases de entrenamientos. Por un lado, el trabajo de fondos para desarrollar resistencia. Los hago con una botella de 500 cc de agua, y corro entre 30 y 50 km. En julio me mudé de Zona Norte del Gran Buenos Aires a Rio de Janeiro, en Brasil. No solo se modificaron mis paisajes, sino también las temperaturas de mis fondos. El recorrido que armé, donde atravieso el Aterro do Flamengo, termina en el Aeropuerto Santos Dumont, parada estratégica para rellenar la botella de agua y seguir corriendo.

El segundo pilar de mi entrenamiento son los circuitos de fuerza. En la montaña, levantar las piernas para ascender involucra muchos músculos, entre ellos los abdominales. Por eso es importante desarrollar el “core” (o sea, toda la región abdominal y la parte baja de la espalda). No es solamente hacer bolitas, sino también realizar ejercicios lumbares, dorsales y fortalecimiento de glúteos y cadera. Además intento no dejar de lado las flexiones de brazos y el desarrollo de los hombros y la espalda, para soportar el peso de la mochila y ayudarme con los bastones.

Y dejo para el final la parte que más me divierte de mis entrenamientos: la potencia de piernas. Aquí me preparo para la montaña con lo que la ciudad me permita. Además de las progresiones y los cambios de ritmo (tanto en llano como en cuestas), fortalezco los cuádriceps haciendo 3 series de 20 saltos subiendo al banco de una plaza, o también 3 sentadillas de 30 segundos en una pendiente (con los muslos alineados con el horizonte). Otro trabajo interesante es el de correr en escaleras, haciendo tres series subiendo primero de a un escalón, luego de a dos y por último de a tres. Siempre aprovecho el descenso para bajar de costado, como debería hacer en la montaña (así, si me caigo, lo hago de espaldas). También subo en estocadas o en sentadillas con salto, 3 series de 15, y cuando vuelvo a casa dejo el ascensor de lado y subo por las escaleras.

Al principio hacía todos los ejercicios de potencia, en especial las progresiones, cuestas y trabajo en escaleras, solo con mi botellita de medio litro de agua, pero ahora incorporé la mochila con un peso similar al que tendré en la carrera. Por supuesto que esto hace que el entrenamiento sea mucho más desgastante, pero busco acostumbrarme a subir y bajar con esa presión sobre mis hombros. Como dije, el objetivo es emular todo lo posible a la montaña y lo que viviremos en abril… aunque esté entrenando con 35 grados a la sombra y un mono saltando de un árbol a otro por encima de mi cabeza.

Cómo transformé mi abuso en motivación

Cómo transformé mi abuso en motivación

Me gustaría, pero no puedo elegir no haber sufrido abuso sexual de chico. Pasó y tengo que lidiar con eso. Lo que sí pude hacer fue transformar mi trauma en motor de cambio.

Hace unos días leí un artículo en Infobae sobre Andrea Mila, activista contra la prescripción de delitos sexuales, quien sufrió abusos por parte de su hermano mayor. Siendo adulta, en un comienzo, no pudo avanzar con su denuncia por la proscripción del delito, pero eventuales cambios en la legislación (lo que se llamó “Ley de respeto a los tiempos de la víctima”) le permitieron seguir adelante.

En su historia encontré algunos puntos en común con la mía. Escribí a La Red, organización donde trabaja, y sorpresivamente ella misma me respondió. La conclusión de esa charla fue que uno debe transformar lo que vivió en motor para ayudar a otros. La verdad te libera, y posiblemente empiece a liberar a quienes todavía no pudieron expresarse.

En 2011 fui a correr desde Atenas hasta Maratón. Fue una promesa personal, ya que había pasado 52 semanas escribiendo en este blog sobre mi nuevo compromiso con el entrenamiento y la alimentación, y los cambios que habían ocurrido en mi cuerpo y mente. El broche de oro era correr por el sendero que había dado origen a la mítica maratón (42 km 195 metros). Lo hice y sentí un alivio muy grande… pero me quedaba una cosa pendiente. En 52 semanas había escrito sobre todo lo que había vivido, esquivándole siempre a un tema que cada tanto aparecía en el fondo de mi cabeza: la historia de mi abuso. Cuando sentí que todas mis metas estaban cumplidas, entendí que era hora de afrontarlo, y escribí esta entrada: Mi miedo a las arañas. Ahí conté cómo había sido abusado sexualemente por Mariano Donaldson, amigo de la familia, mientras dormía o a través de juegos supuestamente inocentes.

A pesar de aquel importantísimo paso que di,  me las ingenié para no mencionar que también había sido abusado parte de Lucas, mi hermano mayor. Cuando leí la historia de Andrea entendí que nunca iba a ser del todo libre hasta que pudiese contar contar la verdad completa.

Durante las décadas en que reprimí mi abuso, me convencí que era un completo inútil, incapaz de cumplir sus sueños. Buscaba constantemente afecto porque no tenía aprecio por mí mismo. Todo lo que me daba miedo me paralizaba, desde las arañas (representación de manos que se acercaban a tocarme) hasta enfrentar conversaciones incómodas. Odiaba que me tocaran mientras dormía. Pasé situaciones muy desagradables entre amigos, cuando me sacaban fotos mientras estaba dormido, algo que a ellos les parecía muy divertido y que a mí me generaba muchísima angustia. Entendí las pesadillas recurrentes, por qué hablaba en voz muy baja, mi tartamudez cuando estaba enojado o nervioso, y por qué me costaba sostener la mirada, tanto la ajena como la mía en el espejo. Durante mi adolescencia, si una chica me gustaba, me era imposible decírselo, solo podía aspirar a espiarla mientras se cambiaba: lo que fuera para no tener que hablar, no tener que mirar a nadie a los ojos y no sobresalir.

Un día me desafié a hacer todas esas cosas para las que no me creía capaz. Decidí salir a correr y cambiar mi cuerpo, que me desagradaba. Me comprometí a correr una maratón, algo que me parecía entre lejano e imposible. Cuando lo logré, decidí explorar un poco más mis límites y desafiarme a correr el Spartathlon, los 246 km que unen Atenas con Esparta. Me tomó tres años desde que me lo propuse hasta que lo hice, pero esa autopromesa había sido hecha cuando jamás había corrido más que 42 km. Todo empezó con esa sensación de que era un inútil y de que nunca iba a lograr cumplir mis sueños. Mi baja autoestima, consecuencia directa de haber sido abusado varias veces por dos amigos (Mariano y Lucas), me había impedido disfrutar de relaciones, desarrollarme con normalidad y ser feliz conmigo mismo.

¿Por qué un niño no cuenta sobre su abuso? Al igual que en la historia de Andrea, nunca recibí una amenaza para no contar sobre los juegos de la “estatua”, donde el desafío era quedarme quieto mientras me manoseaban y me apoyaban un pene erecto en la cola. Tampoco me prohibieron compartir la vez que mi hermano me invitó a la bañera para explicarme cómo se hacían los bebés, que fue una excusa para enseñarme a masturbarme y que además lo hiciera frente a él. O cuando me metía un dedo en la cola mientras jugábamos a la lucha. Ni tantas otras cosas que me resultaban desagradables pero que callaba, como cuando cocinábamos juntos y me hacía probar las mezclas chupándole el dedo. No entendía por qué no usaba una cuchara, y aunque me daba asco, no podía contradecir a mi hermano mayor. Recuerdo que él decía “Tomá, probá”, y metía su dedo en mi boca. Yo hacía el esfuerzo por lamer la mezcla sin tocar su índice.

Pude hablar de mi abuso en terapia, pero al principio elegí no hablar de Lucas. Pasaron muchos años hasta que mi admiración por él empezó a caerse. No casualmente fue el mismo año en que completé el Spartathlon. Yo estaba en mi pico de autoestima, y él había decidido hostigar públicamente a mis padres por cualquier cosa, culpándolos de todo lo que lo le funcionaba en su vida. En ese entonces, él y yo trabajábamos para una ONG por los derechos de gays y lesbianas. Su expareja tenía un cargo importante en ese organismo, y Lucas comenzó un raid destructivo, acusándolo de haberle robado y extorsionando a la comisión directiva para que le den dinero. La imagen de mi hermano brillante, talentoso, un activista por la igualdad de derechos, se hizo pedazos. Empezó a morder la mano de los que le daban de comer y a torturar a mis padres. Un día dije basta, lo eliminé de mis contactos, y le escribí a la comisión directiva para contarles mi verdad. Fue la primera vez que lo puse por escrito: “Mi hermano no es ninguna víctima. Siendo un niño él abusó de mí, y está empecinado a destruir a quienes siempre lo cuidaron”. Les propuse testificar en su contra si avanzaba su amenaza de una demanda judicial.

Ese fue el final de mi relación con Lucas, quien por supuesto cesó con sus amenazas a la ONG. ¿A quién culpó de mi carta a la ONG? A mis padres, claro. También intentó hacerlos responsables de los abusos (a mí, a otro de mis hermanos, a primos), porque ellos estaban “ausentes”. El año anterior a mi propia boda, él se fue a vivir a Noruega. Fue un alivio inmenso para mí saber que está muy lejos. Todavía les manda mails a mis padres intentando torturarlos emocionalmente. Les sugerí dejar de leer sus mensajes y afrontar la realidad de que Lucas quiere ser una víctima y decirle a todo el mundo que su familia lo rechazan. La verdad, a la que él nunca se podrá enfrentar, es que nunca va a poder hacerse cargo de sus actos.

Y así llegamos al día de hoy, donde todavía siento la angustia y las secuelas de haber sido abusado. Es algo que te acompaña toda la vida, pero que cede cada vez que uno hace escuchar su voz. En una reunión de amigos hice público mis abusos y cómo había logrado transformar eso en la motivación para correr ultramaratones. Seguidamente, una amiga contó que también había sido abusada de niña. Duele revivir tu historia y escuchar que alguien pasó por algo similar, pero hay un alivio muy grande en darte cuenta de que hablar ayuda a que otras personas puedan hacerlo.

Siento mucha pena por mis padres, que no pierden las esperanzas de recuperar a aquel hijo que decidió distanciarse su familia. Pero entendí que la relación entre ellos no tiene nada que ver conmigo.

Mi vida cambió radicalmente cuando decidí enfrentar a los miedos que me paralizaban. ¿Creen que no me da pánico haber escrito todo esto y estar a punto de subirlo a internet? El corazón se me acelera y me está costando tipear con mis manos todas transpiradas. Pero hay miles y miles de excusas para quedarse quietito, callado, sin sobresalir. Es lo que hice casi toda mi vida. Al principio me costó muchísimo hacer lo contrario a lo que me indicaba el miedo, pero cada esfuerzo te fortalece, al igual que cualquier ejercicio. Con el tiempo, todo se va haciendo más fácil. Todo.

Uno es el único obstáculo para cumplir nuestros sueños. Nos encantaría elegir olvidar o no haber pasado por lo que nos lastimó, pero la única alternativa que existe es la opción de fortalecernos. Y para eso hay que dar el primer paso, que es afrontar la verdad

Así fue que recuperé el control de mi vida y me di cuenta de que nada más que yo mismo me limitaba a cumplir mis sueños. No existe la opción de no haber pasado por lo que pasamos, pero sí la de hacernos más fuertes.

Cómo completar Patagonia Run 2018

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De los errores se aprende, incluso de los ajenos. A fuerza de sentir hambre, deshidratación, agotamiento, hipotermia, dolores, y un desamparo que me convirtió, brevemente, en el corredor más religioso del planeta, pude ir aprendiendo y ajustando mi estrategia para la Patagonia Run. Y así y todo, abro con una conclusión que puede resultar pavorosa: nunca se termina de aprender.

Patagonia Run es una de mis carreras favoritas del año, no solo por estar enmarcada en un paisaje increíble y tener la mejor organización que vi en mi vida, sino porque me permite estar constantemente desafiando mis límites.

La carrera transcurre en la geografía de San Martín de los Andes, una ciudad en la provincia de Neuquén, próxima a Bariloche. Se corre a principios de Abril, y lleva gente de todo el mundo. Tengo la suerte de correrla ininterrumpidamente. Mi debut fue además mi primera ultramaratón: 100 km (2012). Luego participé en 65 km (2013), volví por la revancha de los 100 km (2014), y comencé el lento ascenso cada vez que aumentaban la distancia máxima al correr 120 km (2015), 130 km (2016) y 145 km (2017, esta con abandono en el km 119 por deshidratación extrema e hipotermia).

Para la edición de 2018 las distancias oficiales son 10, 21, 42, 70 y 100 km. Además, es el debut de las 100 millas, que equivalen a poco más de 160 km. Quizá mis consejos se apliquen más a las distancias de ultramaratón, porque son las que van a lidiar con varias horas de noche y, consecuentemente, de frío. Las otras categorías podría englobarlas en un único consejo: disfruten (todo lo posible), porque no tienen idea lo mal que la va a pasar el resto.

Entrenamiento: Los cerros Chapelco, Colorado, Centinela y Quilanlahue son absolutamente realizables, pero de nada sirve si solo estamos corriendo en calle. Hay que trabajar mucho las piernas: progresiones, cuestas, escaleras y saltos. También circuitos de fuerza para el tren superior: brazos, hombros y espalda, para tolerar el peso de la mochila y los los bastones (son tantos los ascensos que difícilmente puedan guardarlos, por lo que quizá tengan que llevarlos en la mano de principio a fin).

Alimentación: El consejo más importante de todos es comer sin hambre y beber sin sed. La demanda energética es muy alta, no solo por el esfuerzo, sino que el frío hace que el cuerpo necesite más calorías para mantener su temperatura. Conviene automatizarse para beber, ya que sentir sed es un signo de deshidratación y queremos anticiparnos. La comida tiene que ser todas cosas que nos hayan funcionado antes y de fácil digestión. Las ultramaratones de montaña dejan poco lugar al margen de error, y un alimento que nos caiga mal nos puede dejar afuera.

Estrategia: Decidir de antemano qué y cuándo vamos a comer y beber. Tener presente que hay tramos muy largos y la comida de los puestos va a ser insuficiente. Por ejemplo, cruzar el Quilanlahue puede tomar un mínimo de 3 horas. Si salimos del puesto anterior sin líquido suficiente en la mochila, la vamos a pasar muy mal.

Bolsa de corredor: Patagonia Run cuenta estos “drop bags” donde uno puede dejar lo que quiera (ropa, comida, equipo). Esto ocurre en los puestos del Colorado (por el que se pasa dos veces) y el Quechuquina. Se comenta que agregarían uno para las 100 millas en el km 58. ¿Qué dejar aquí? Comida que sabemos que vamos a necesitar después, abrigo extra, pilas para la linterna. Yo dejo muchas medias, para ir cambiando las mojadas que llevo en la mochila (se cruzan muchos arroyos). También dejo una bolsa vacía para ir dejando la ropa transpirada. ¿Qué no dejar? Los bastones. Aunque no lo crean, hay gente que los deja para más adelante, sufriendo las interminables y empinadas cuestas.

Horarios: La organización entrega en el número de corredor un gráfico con los puestos, las distancias entre sí, las cumbres y los horarios de corte. No hay que desesperarse, pero tampoco subestimarlos. Por eso conviene frenar el tiempo absolutamente necesario. En 2017 estuve 50 minutos en el Colorado 1, lo cual lamenté cuando el apuro por no quedarme afuera hizo que descuidara toda mi estrategia y terminara deshidratado y con hipotermia (por no querer perder tiempo cambiándome la ropa mojada). No es fácil, en montaña, anticipar cuánto vamos a tardar de un puesto al otro, así que conviene calcular de más.

No subestimar al frío: Estadísticamente, Patagonia Run es una carrera donde hace bastante frío, sobre todo a la noche y en las primeras horas de la madrugada. Tuve una edición (2015) donde hizo mucho calor. El pronóstico indicaba 24 grados durante el día, así que dejé mi campera de abrigo en casa. Lo lamenté muchísimo a la madrugada, cuando temblaba de frío. A veces queremos llevar lo mínimo indispensable en la mochila, y creo que es preferible cargar peso extra o tener calor a sufrir hipotermia. Uno puede desabrigarse, pero si no tenemos ropa extra, no hay nada que podamos hacer. Otro consejo: esas medias extra que llevamos en la mochila pueden servir de guantes en la subida al Colorado, donde se registran las temperaturas más bajas. Lo que vamos a necesitar proteger es el pecho, las manos y la cara (nariz y orejas).

Confiar: Es imposible adelantarse a todo. Murphy lo dijo, si algo puede fallar, seguramente falle. Entonces vamos a tener que improvisar. La preparación previa nos va a ayudar en esos momentos, pero lo último que tenemos que hacer es desesperarnos o tirarnos abajo. Algunas veces creí que no llegaba o que venía cerrando la carrera, y no era así. Mi cabeza intentó convencerme de que tenía que abandonar, pero aunque estaba agotado, mi cuerpo todavía podía continuar. No conocemos nuestros límites reales. El instinto de autopreservación nos va a intentar detener antes. Con abrigo adecuado, agua y comida, todos son capaces de llegar a la meta.

Etiqueta del corredor: Esto no nos va a ayudar a terminar la carrera, pero sí a ser un buen ejemplo. Cuando uno quiere pasar a un corredor que está adelante nuestro, conviene avisar antes de pasarlo por encima. Por ejemplo, “paso por tu izquierda”, para que sepa por dónde vamos a aparecer. Los bastones siempre tienen que ir hacia afuera del camino cuando estamos en el llano, para que si alguien nos pasa por el costado no se los clavemos en los tibiales. Y los corredores no son puntos de apoyo. Si queremos rebasar a alguien, no hay que apoyarse en él, ya que existe la posibilidad de que le hagamos perder el equilibrio. Esto me pasó, corriendo junto a un acantilado, y podría haberme matado. Bueno, supongo que si nadie nos arroja al vacío, ayuda a terminar la carrera.

Lo que no sabías sobre la mente de los corredores

Lo que no sabías sobre la mente de los corredores

Existen dos mentes. Una es el cerebro en sí, la parte central del sistema nervioso de los vertebrados, donde el hemisferio izquierdo le indica al pie derecho que avance, y todo ocurre a través de una complejísima red de tejidos nerviosos.

Otra es la parte intangible, esa voz que suena en nuestra cabeza y, al menos en mi caso, reprueba más de la mitad de las decisiones tomadas. Prefiero hablar sobre esa mente, la que quizá no sabías que se puede entrenar, fortalecer y mejorar.

Los corredores somos capaces de todo lo que nos propongamos, dentro de los límites reales de nuestras capacidades. El tema es que, justamente, la mente siempre se detiene antes. Si decidimos correr nuestra primera maratón y esa vocecita decide que es demasiado esfuerzo, nos vamos a quedar antes de la llegada, convencidos de que nuestro cuerpo no daba para más. Y seguramente el 99% de las veces estábamos equivocados, pero nunca podremos saberlo. La duda nos carcomerá el resto de nuestra vida. El corredor que nunca se preguntó “¿Y si hubiese seguido?” debería ser encerrado en un laboratorio para que le realicen exhaustivos análisis.

Adentro de la mente de un corredor, durante una competencia, pasan millones de cosas. Así como Ricardo Montaner cantaba sobre una mujer que era “enfurecida y tranquila”, el hecho de correr nos da mucha paz, pero a la vez angustia. Disfrutamos de no pensar en nada, de relajarnos y poner la mente en blanco, a la vez que repasamos si estamos pisando bien y cuándo llega el siguiente puesto de hidratación. Es una calma total mientras cantamos por dentro nuestra canción favorita. Una. Y otra. Y otra. Y otra vez.

(Scott Jurek le recomendaba a los ultramaratonistas que, si se les pegaba un tema, mejor que sea uno que les gustara porque los podía acompañar durante horas).

La mente es inflexible y a veces injusta. Nos obliga a identificar todo lo que hicimos mal y nos tortura imaginando lo bien que nos podría haber ido si no nos hubiésemos equivocado… pero, ¿nos permite ver nuestros aciertos una vez que cruzamos la meta? Al corredor le resulta más fácil ponerse en juicio y aprender (lo cual tampoco está mal), pero a la vez se le olvida rápidamente todo ese conjunto de cosas que hizo bien. Ese pie bien puesto, la comida justa, la hidratación adecuada… todo queda relegado por la alegría de la llegada, lo que otorga una seguridad que, en la siguiente carrera, puede transformarse en exceso de confianza (y en un nuevo error).

¿Cómo se ejercita la mente? Hay una sola cosa que podemos hacer: salir de nuestra zona de confort. ¿Cómo prepararnos para la inseguridad que nos da el dolor físico y el cansancio extremo? Entrenando más allá de nuestra comodidad. El corredor que sufre en el kilómetro 30 debería, como mínimo, entrenar 5 mil metros más que eso. La mejor forma de apagar esa voz que dice que no podemos hacerlo es hacerlo de todas maneras.

El corredor a veces se equivocará. Sucumbirá ante la presión autoimpuesta. Se le pegará una canción horrible durante toda la noche en una ultramaratón. Repasará las tareas pendientes que tiene que hacer el lunes aunque se juró no pensar en trabajo. Pero si no abandona en sus intentos y vuelve por más, será un poco más fuerte. Aunque no lo note al principio. Un día podrá mirar atrás y se dará cuenta de que esa vocecita que le decía que no podía, un día dejó de criticar y empezó a alentar.

100 días

100_dias

2810 kilómetros es lo que registró mi reloj Suunto como todas las actividades del año. No es un dato exacto, ya que alguna vez olvidé mi reloj al salir a entrenar, y en otras llegué a la meta y olvidé apagarlo (con lo cual terminé sumando un viaje en auto a una pizzería, por ejemplo). Pero me queda una sensación certera: siento que podría haber sido más.

Ese inconformismo me caracteriza. Es tanto un aliado como un peso enorme. Por un lado, reconozco que hay que ser muy terco para correr ultradistancias y por el otro me gustaría decir que estoy conforme y que es hora de colgar los botines (las zapatillas). No, no pienso en abandonar el running. Por algo estoy escribiendo esto después del Día de los Inocentes, para que no parezca una broma.

Mi vida cambió mucho con el correr de los años. Este blog era algo central en mi fin de año de 2010. No actualizarlo era algo terrible que ni se me cruzaba por la cabeza. Hoy no encuentro el espacio para sentarme media hora a escribir. También es algo que me pesa y que debe tener que ver con el inconformismo.

Como quiero evolucionar y dejar de sentir que “no es suficiente”, se me ocurrió que lo mejor era darle un cierre a mi etapa de “blogger”. No hoy, sino en unos 100 días, cuando esté escribiendo mi reseña de las 100 millas de Patagonia Run. Esta distancia fue una suerte de cuenta pendiente cuando me inscribí en La Misión y tuve que abandonar. Hoy me siento mucho más preparado, y es una buena excusa para escribir la última entrada de Semana 52.

Me encanta correr y me encanta escribir. Son dos cosas que no me gusta hacerlas a medias, y que me da culpa cuando las dejo de lado. No creo que deje la escritura, sino simplemente quiero cerrar un capítulo de mi vida. Estoy dejando de lado el que podría ser el verdadero motivo, y que es que Semana 52 nació en el seno de un grupo de entrenamiento donde ya no estoy, rodeado de personas que ahora están lejos. Todavía sueño, de vez en cuando, que vuelvo y que me están esperando con los brazos abiertos. Que las diferencias quedan de lado y que no hace falta que nadie pida permiso ni disculpas. No puedo decir que me mudé a Brasil por esto, pero sin dudas fue el impulso que necesitaba para ponerlo en marcha.

Entonces, aunque Semana 52 fue enteramente mío y me acompañó en un crecimiento personal que nunca hubiese imaginado, lo sigo sintiendo ligado a una etapa de mi vida que ya no existe más. Quizá parte del proceso del luto sea cerrar el blog. Por eso es que le pongo punto final en abril de 2018. Veremos qué nos depara el cuatrimestre que queda, cómo preparo esta magnífica (y dificilísima) carrera, y averiguo qué viene después.

Gracias a todos por leer y por estar.

El Ultra Desafío 246 km (segunda parte)

Ultra_Desafio246_km

Cuando escribí el post anterior, hace más de un mes, no imaginé que habría una segunda parte. Pero la vida te da sorpresas (y algunas veces es uno el que tiene que sorprenderse a sí mismo).

Primero, algunos contextos: Nací el 17 de diciembre de 1977. Por algún motivo que se desentrañó varias veces en este blog, me gusta correr. No me asusta el paso del tiempo, pero cumplir 40 años, viviendo en otro país, era extraño. Quería pasarlo con mi familia y amigos, pero acababa de viajar a Buenos Aires. Luego de consultarlo con mi consciencia (o sea, mi esposa), vi que sacar dos pasajes en 18 cuotas era viable. Entonces, con mi cambio de década acercándose y una visita a Argentina en carpeta… ¿por qué no aprovechar para correr?

Antes de hacer el Ultra Desafío, conocimos la historia del gran ultramaratonista Adalberto Maidana, quien en Noviembre de 1988 había intentado unir la Plaza del Congreso (donde está el mojón del km 0) con San Nicolás, en un recorrido inverso al que habíamos intentado. La narración que hace en primera persona es apasionante, y quizás aproveche alguna oportunidad para compartirla. Diversas circunstancias y errores lo llevaron a abandonar en el km 130, y en febrero de 1989 volvió a ese punto para completar lo que le faltaba. Entonces, casi inmediatamente a que decidí visitar Buenos Aires para mi cumpleaños, se me ocurrió… ¿qué tal si le copiamos la idea a Adalberto y completamos nuestra carrera?

El tema no era solo el capricho de completar los 246 km (de los cuales nos faltaban, en teoría, 101), sino que aquel sábado a la medianoche conocí otros ultramaratonistas, y la verdad es que no conozco casi corredores de esta exigencia. Sí, tengo amigos con los que hemos compartido ultramaratones, pero fueron de montaña. Aquello de correr en una calle durante horas y horas no pude experimentarlo muchas veces. Y se crearon nuevas amistades… ¿cómo no querer volver a compartir una carrera en la ruta?

Cuando consulté si había interesados en completar el Ultra Desafío, sabía que lo más importante era contar con Horacio, quien coordinó a los asistentes y que tenía muy en claro cómo eran las paradas. Podíamos ser mil ultramaratonistas yendo de la mano, pero sin él, no llegábamos. Por suerte fue de la partida, y de los 11 que salimos de San Nicolás, la agenda (y sus piernas) le permitió participar a 5 corredores (incluyéndome a mí). Lo curioso fue que la única fecha en que podíamos largar era el sábado 16 de diciembre… y al día siguiente era mi cumpleaños.

Debo admitir que me parecía una forma original de festejarlo. La idea era largar desde la misma estación de servicio donde se canceló la carrera, llamada kilómetro 103. Era a la misma hora, a las 9 de la noche. No me preparé con la misma intensidad y miedo que un mes antes. Hacer 101 kilómetros no me daba tanto miedo. Igual tuve a favor todo lo que había aprendido en el intento de noviembre. Por ejemplo, lo fantástico que me había resultado el cous cous como comida de marcha.

Salimos estos nuevos cinco amigos, comandados por el spartatleta Leo Bugge. Ahí estaban Ale Fasano, Fabián Frade y Germán Efler, ¡todos en el ranking de la asociación de ultramaratonistas argentinos! Me sentía jugando en primera. El cielo era un sinfín de relámpagos y rayos que cruzaban de un lado de la colectora al otro. Creo que teníamos más miedo de morir electrocutados que por el cansancio.

Hacia las 11 de la noche, cuando íbamos 20 kilómetros, se largó un diluvio de lo más impresionante. Había mucho viento, así que llovía de costado, y el agua se me metía directamente en el oído. Me cubrí con un buff las orejas y avancé con optimismo. La intensidad bajó a una lluvia moderada, y así llegué a las 12 de la noche, comenzando mi cumpleaños corriendo.

Prácticamente llovió sin parar durante 4 horas. Cuando empezó a amanecer, levantó la temperatura y el calor era insoportable. Nos desabrigábamos mientras de algunos boliches de esos parajes remotos la gente salía de bailar. Duró poco, porque lo que había pasado era que había dejado de soplar el viento. Cuando volvió, de nuevo empezamos a temblar de frío. No me desabrigué casi por el resto de la carrera.

Es muy extraño poder describir ahora, una semana después de haber corrido, lo que se siente estar tantas horas corriendo. Uno ingresa a un estado zen, de equilibrio y disfrute, incluso cuando los músculos gritan de dolor y la panza se revuelve por el esfuerzo de digerir mientras corremos. Esa paz que tiene la ruta, la sensación de compañerismo, el estar con TU gente… es maravilloso. Me gustaría recomendárselo a todo el mundo, pero no tengo idea de cómo se traslada correr una ultra con amigos a otros ámbitos de la vida.

Para todos tuvo gusto a revancha. Para mí fue el mejor cumpleaños que podría haber deseado. Cada tanto actualizaba mi Facebook para que mis amigos y familia sepan dónde estaba. En la colectora de Panamericana, altura Acassuso, se sumó mi amigo Juan Pablo, quien fue a “probar” y terminó llegando por sus propios medios al obelisco. Nosotros ya sabíamos que llegábamos. Nos pusimos algunos objetivos intermedios como Zárate o Pacheco, pero sin el frío espantoso que había hecho el mes anterior y con el equipo de asistencia de lujo de Horacio y Patricia, nada nos podía detener.

Por la colectora de Panamericana terminamos llegando a Avenida del Libertador, una calle por la que corrí muchísimo en mis fondos más largos. Me sorprendió una molestia en la cadera derecha, como un pinchazo que se hacía presente cada tanto. Intenté no perder la calma, como dije, nada me podía detener.

Al principio permanecíamos bastante unidos, pero ya acercándonos a Capital nos fuimos separando. En Palermo nos juntamos, justo en un cartel que indicaba que faltaban 5 km hasta el obelisco. Esa era una confirmación a nuestras sospechas: la distancia daba más de 101 km. Llegamos finalmente a la 9 de julio, y a alguien se le ocurrió desafiarme a correr esa calle en subida, una cuesta importante cuando se tienen más de cien kilómetros encima. Como no sé achicarme cuando me mojan la oreja, sin chistar subí al trote.

La llegada al obelisco fue muy emocionante. Ahí nos esperaban familiares y amigos. Luciane, mi mujer, traía mi torta vegana para quien fuera lo suficientemente valiente. También ahí recibí una bandera de argentina firmada por mis compañeros de ruta como regalo de cumpleaños (para alguien que se fue a vivir al exterior, esto tiene un valor todavía más grande). Me hicieron brindar con cerveza negra, la cual no desprecié por respeto a mis compañeros (pero era muy amarga para mi gusto). La emoción era tan grande que no quería que esa llegada se terminase.

Pero, como todo lo bueno, las cosas llegan a su fin. Cada uno partió hacia su casa, para un merecido descanso luego de 14 horas corriendo. Creo que los que hicieron el mayor esfuerzo fueron Horacio y Patricia, manejando y frenando cada 5 kilómetros para asistirnos.

Fue una jornada de lujo, aunque mi viaje se vio un poquito opacado por el paro de transportes, que me obligó a quedarme en Buenos Aires dos días más (con mucha angustia por haber dejado a mi gato solo en casa).

Dicen que la vida empieza a los 40. Yo lo empecé de la forma que más me gusta: corriendo. Y encima una ultramaratón. Es difícil que vuelva a hacer algo así, y me gusta que me haya pasado en un número tan alto como el 40. Siendo que corrí con algunos que promediaban los 50 años, siento que me quedan muchos años más coqueteando con los límites.

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