Archivos Mensuales: septiembre 2018

La otra maratón

La otra maraton

Ayer domingo, en Buenos Aires, se volvieron a correr los 42 km 195 metros de esta histórica prueba, a la que me prometí correr a menos que algo me lo impidiese. Solo hay dos cosas que podrían dejarme afuera de la largada: estar en otra ciudad o estar lesionado. Un motivo me alejó el año pasado, cuando vivía en Brasil, el otro en 2014, cuando volví de haber completado el Spartathlon con un microdesgarro en el tibial.

Si bien el 4 de septiembre sufrí un dolor muy punzante después de un fondo de 30 km (el que autodiagnostiqué como una tendinitis en el tendón de Aquiles), decidí que si llegaba al día de la carrera sin dolor, la iba a correr. Me porté bien, hice todos los ejercicios de estiramiento que recomendaban en YouTube, prioricé el reposo, y aprendí cómo se hacen los automasajes (en forma transversal a las fibras, nunca acompañando). El jueves anterior a la prueba corrí 20 km sin dolor, así que me la jugué.

A todos los que me preguntaban cuánto tiempo quería hacer, les decía 3 horas y media. Esta es una estrategia un poco cobarde que tengo: decir en voz alta un tiempo mayor al que realmente quiero lograr. En mi cabeza sonaba de fondo un “3 horas y 15 minutos”. A veces me funciona. Como venía de dos semanas de estar parado y un solo fondo de 20 km en ese período, no tenía las expectativas muy altas. Mi único as en la manga era Andrea, una de las alumnas del team de INRun Buenos Aires (le pusimos nombre a nuestro grupo), quien me iba a acompañar en bici. Mi esperanza era esforzarme como para no pasar un papelón frente a ella, y que me ayudara a mantenerme motivado.

La salida, lamentablemente como pasa todos los años, fue un caos. Es cierto que yo esperé a último momento para ir a mi corral de 3:30 hs, pero había muchísima fila para entrar faltando poquísimos minutos, y la capacidad estaba totalmente desbordada. No culpo a la organización, aunque ellos podrían buscar un modo de mejorarlo, sino a la cantidad de corredores que no respetan su ubicación y a los cientos (o miles) de colados que sufrimos cada año.

Por suerte me pude acomodar cerca del arco de largada, y solo me tomó poco más de un minuto cruzarlo. Era tal la cantidad de corredores, que no nos pudimos encontrar con Andrea donde habíamos pactado, en la Av. Dorrego, sino recién en el microcentro. Largué rápido, a 4 min/km, para poder despegarme del malón y correr a mi ritmo. Iba saltando de la calle a la vereda y de vuelta al asfalto para poder esquivar corredores. Entonces pensaba en mi tendón y en que quizá no era lo ideal.

La carrera no tuvo muchos sobresaltos para mí. Fui intentando mantener bajas mis expectativas pero queriendo dar todo lo que tenía. El ritmo promedio iba en unos 4:20 min/km y las subidas las encaraba rápido. La organización decidió cambiar de marca de hidratación y pasar de Sierra de los Padres a Bonaqua. Esto significó dos cosas: una, que entregan agua baja en sodio, algo que me obliga a tomar bebidas isotónicas para no sufrir hiponatremia. Otra, que pasamos de unas botellas de 300 ml, muy cómodas para tomar en los puestos, a unas de 500 ml, hechas con un plástico que es una porquería. Solo abrirla mientras uno corre hace que el material se contraiga y salga el agua disparada. Y cuando creía que no podía ser peor, en la mitad de los puestos daban vasos, todavía más molesto de tomar en movimiento. Decidí sacrificar algunos segundos frenando y tomando mientras caminaba. Un par de sorbos en cinco pasos y a seguir corriendo.

Como corrí solo, ir viendo a Andrea esperándome y preguntándome si necesitaba algo me hacía sentir contenido (además de presionado para no aflojar). Fui escoltado todo el camino, salvo cuando, después de salir de La Boca para subir nuevamente a la autopista, la organización vedó la circulación de bicicletas y nos separamos varios kilómetros. Muchos corredores se quejaron, después de la finalización de la carrera, por las bicis que supuestamente les cortaban el paso. Esto no lo vi en ningún caso, pero doy fe que Andrea fue muy respetuosa a un costado, sin cruzarse ni frenarse en medio del camino.

Lamentablemente le di mal las indicaciones a mi papá de dónde nos podíamos encontrar, ya que el recorrido es diferente al de la media maratón (que era mi referencia). Él incluso se fue hasta la 9 de julio para ver si me cruzaba, y pasé por su lado sin que ninguno de los dos viera al otro. También le dije a mi amiga Vale que me podía venir a buscar a la llegada en Av. del Libertador y Monroe, cuando en realidad era en Figueroa Alcorta y Monroe, unas cuantas cuadras de distancia. Supongo que tenía la cabeza más puesta en mi miedo por el tendón que en dar datos precisos.

Si bien venía bárbaro, manteniendo una velocidad bastante por debajo de los 5 min/km, cuando salimos de la 25 de mayo, me pinché. Mal. Sentía un hormigueo en las manos y un cansancio general muy pesado. No podía verla a Andrea (producto de ese largo desencuentro de la mitad), y cometí el peor error de un maratonista: empecé a tener pensamientos negativos. De pronto todo era demasiado difícil, la meta estaba muy lejos, no tenía las zapatillas adecuadas, el tendón de Aquiles me iba a pasar factura, no estaba correctamente alimentado ni hidratado, y quién me manda a mí a correr después de estar 2 semanas parado. No me di cuenta cuándo, pero empecé a caminar. Una chica de la organización me preguntó si estaba bien. Era el kilómetro 33, me faltaban números de un dígito para terminar, pero no me alcanzaba. Le pedí a Andrea que a partir de ahí no se separara de mí. Seguramente ella notó que me venía a pique, y me empezó a alentar, a decirme una gran verdad: yo podía.

Troté a la velocidad que salió. Empecé a correr un poco por encima de los 5 min/km. Comí de mis reservas de damascos, y la única estrategia que se me ocurrió para salir de esa situación fue correr. Pensar menos y poner un pie adelante del otro. Y así transité 6 km en modo ahorro de energía, hasta que pasó algo increíble.

Entrando en Ciudad Universitaria me crucé con Pato Reck, un corredor al que vi muy golpeado en otra maratón, en Zárate, faltando 5 km para la meta. Nos pusimos a correr juntos e intenté motivarlo. Lo obligué a correr, nada de caminar ni descansar con la meta al alcance de la mano. Por eso, cuando pasé al lado de él, me dijo “Hoy me vas a salvar de nuevo”. Así fue como de pronto empecé a correr a 4:30 min/km. Hacía media hora me estaba arrastrando, y de pronto volvía al ritmo de mis primeros kilómetros de carrera. En algún punto Pato pidió caminar y que después me alcanzaba. Se lo prohibí, lo mínimo que podíamos hacer era un trote.

Ver la cancha de River es una livio, porque significaba que la meta estaba muy cerca. La subida del puente de Udaondo es dura, pero tampoco dejé que Pato la caminara. Bajamos con el envión, doblamos en Figueroa Alcorta, y encaramos esos últimos metros a 4:15 min/km. Fue una sensación muy linda olvidarme de todas mis inseguridades y dolores para poder ayudar a otro. Crucé la meta con el tiempo oficial de 3:15:00, pero tiempo neto de 3:13:39. Maravilloso.

Recibimos la medalla, nos sacamos fotos, estiramos, y cerramos otra maratón inolvidable.

Pero lo que para mí terminó siendo una experiencia inolvidable, para muchos amigos míos y posiblemente miles de otros corredores, se tornó algo muy desagradable. A partir de las 4:30 hs de carrera, la organización… se quedó sin medallas. No es la primera vez que lo veo, recuerdo en la media maratón de 2010 que pasó lo mismo, y debo reconocer con bastante vergüenza que esa vez fueron mis primeros 21 km, y los corrí colado. Pedí mi medalla, aunque no me correspondía. No lo entendí en ese momento, incluso escribí una reseña en este blog sobre esa experiencia, pero un lector me hizo entender que colarse significa sacarle recursos a otro corredor que pagó su inscripción. Por eso nunca volví a hacerlo. De hecho, alguna vez me metí en una carrera para aprovechar el corte de la calle, sin cruzar nunca la meta ni tomar la hidratación de la organización.

Es evidente que la cantidad de colados hizo que muchas medallas no llegaran a sus legítimos destinatarios. Podemos culpar a Ñandú por esta falla, pero yo vi frente a mis ojos como le saltaron encima a un corredor que entró en el corral de la llegada. Aunque esta persona estaba a los gritos que venía acompañando a otro maratonista, no le permitieron seguir. Es difícil hacer esto con cada corredor que no está inscripto, más cuando algunos se fotocopian el dorsal de otro atleta, o reciclan uno de una vieja carrera. Pueden tener cientos de ojos, pero toda la organización funciona con seres humanos.

Es una pena que se empañe una fiesta así, siendo que la maratón es la prueba por excelencia para los corredores. Pero, ¿qué se puede hacer? Como los chips son descartables, no hay intercambio de este aparatito por la medalla, como solía ocurrir antes. Sin chip, no hay medalla. Punto.

Tengo una sugerencia. Es lindo el momento de llegar y que te cuelguen la medalla en el cuello, pero quizá haya que hacer como en otras carreras, donde uno tiene que ir a buscarla a una tienda al costado. Ahí, con el número de corredor, se ingresa al sistema para ver si está inscripto y si pasó por todos los controles. Si se quedó tomando una gaseosa en la 9 de julio para después cortar camino, no hay medalla. Si no está en los registros tampoco. Seguramente los colados que vienen con dorsales de otras carreras no van a ser tan caraduras de reclamar nada.

Terminé bastante bien a nivel físico, pero hoy me levanté de la cama con dolores en todo el cuerpo, y si bien el tendón de Aquiles no me duele, está inflamado. Me tranquiliza y a la vez me preocupa. El 7 de octubre me espera un fondo del Ultradesafío de unos 60 km, así que ese será mi próximo objetivo. Voy a intentar no sobreexigirme, ser consciente de mis limitaciones, y tratar de llegar de la mejor manera posible al 17 de noviembre.

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