100 millas de Patagonia Run: El después

100 millas de patagonia run - el despues

Completar una ultramaratón de casi 34 horas es difícil de describir. Intenté, en mis entradas anteriores, describir lo mejor posible las cosas que fui viviendo, pero inevitablemente muchas quedaron afuera. La reseña de la carrera hubiese sido muy diferente si yo no hubiese llegado.

Primero, cuando uno no cumple con el objetivo, los errores se vuelven más importantes. Uno sabe automáticamente todo lo que debería haber hecho diferente. Pero cuando se llega a la meta, esas cosas que hicimos mal quedan en segundo porque no fueron determinantes. ¿Estuve cerca de no llegar? Sí, las chances estaban, pero por suerte los aciertos superaron a los desaciertos.

Llegué en el puesto 54 de la general de 100 millas, de 175 corredores listados en la clasificación. De todos ellos, 89 cruzamos la meta. O sea, 121 inscriptos no completaron los 161 km (según la web de Patagonia Run, no hay datos de 10 corredores, que podrían no haberse presentado en la largada o haber tenido un chip defectuoso).

De los que abandonaron, la mayoría lo hizo en entre el puesto Rosales y el Portezuelo, que segmentaban la interminable subida al Cerro Colorado. De hecho, estudiando los abandonos de la carrera, los abandonos casi que se concentran en el segundo tercio, entre el km 50 y el 110, ya que ahí estaban ubicados tres cerros (Colorado, Centinela y Quilanlahue), donde el esfuerzo fue desgastante y se sintieron las horas más frías de toda la carrera.

Cuando estaba llegando a la meta, me sentía muy mal. Tenía mucho miedo a terminar internado, en especial porque no tenía obra social. Lo curioso es que terminé con resto. Cuando crucé la meta y me dieron ese pan que tanto ansiaba, me sentí muy entero. De hecho tuve que caminar las 5 cuadras que separaban la llegada de la cabaña, y no tuve ningún problema. Sí seguía sintiendo molestias estomacales, ya que el esfuerzo sostenido me inflamó los órganos (algo que ya había experimentado en el Spartathlon).

En la cabaña me di un necesario baño y me fui directo a la cama. Tenía la medalla en el pecho, y cuando la toqué, estaba hirviendo. De hecho, sentía mucho calor en la cara, así que me tomé un Ibuprofeno, con la esperanza de que a la mañana siguiente la fiebre hubiese desaparecido. Mi amiga Luciana no me perdonaría si dejo afuera el hecho de que me exprimió jugo de naranja y me lo llevó a la meta. Tomé un poco en la cama, y se sintió tan maravilloso bajando frío por mi garganta.

No dormí 14 horas como hubiese querido. Apenas 7 u 8 horas y ya estaba levantado, desayunando. Me abrigué y salí a caminar hasta la oficina de carrera para retirar mis bolsas de corredor. Extrañamente… me sentía bien. Caminaba sin problemas. Me resultó muy llamativo, cuando otros años hice menos distancia, muchas menos horas, y caminar era una tortura desde el cuello para abajo (con los cuádriceps y pies como epicentros del dolor).

Claro que tuve un poco de molestias en días posteriores, pero fueron muy mínimas: una contractura en la parte alta de la espalda y el golpe en la rodilla izquierda que me di contra una roca, bajando a la meta.

Intenté dedicarme a recuperar agua y comida, pero el hecho de que me sintiera tan bien me hizo pensar que mi nutrición en carrera fue buena. Me obligué a comer sin apetito, a pesar del tedio y el dolor de estómago. Seguramente eso me ayudó en la recuperación. También creo que sirvió tomarme la carrera con calma, descansando 5 o 10 minutos en los puestos. Era el tiempo que me tomaba cambiarme las medias, comer algo, tomar un té caliente.

Sin dudas el entrenamiento también hizo su parte. Me concentré mucho en las piernas, y las subidas a los morros de Rio, sin bastones, me dieron una ventaja extra. No sé si podría repetir un entrenamiento así el próximo año. De hecho, ni siquiera puedo pensar en volver a hacer 100 millas. Fue un esfuerzo muy grande y me siento muy feliz de haberlo hecho, pero a 10 días de haber cruzado la meta me resulta imposible considerar en regresar una vez más. Me gusta la idea de participar de una distancia menor, en la que pueda relajarme un poco más y no sentir que si no trago esa barrita de cereal, no voy a llegar al siguiente puesto.

Dejamos San Martín el domingo al mediodía, comimos algo en el auto para el almuerzo (en mi caso, sándwich de tofu con pan común) y terminamos con mi amigo Fran en Bariloche, ya que nuestro vuelo a Buenos Aires salía el lunes por la tarde. Lo acompañé a alquilar una bici para recorrer la ciudad, ya que no había completado sus 100 km y se sentía con mucha energía. Yo estaba bien, pero no como para pedalear. Me volví al hotel y me quedé en la cama tirado el resto del día, comiendo las diferentes cositas que me habían sobrado de la carrera y tomando un jugo Ades bastante empalagoso.

Al día siguiente fuimos al aeropuerto y nos comimos un vuelo demorado de 2 horas (recordemos que es la misma empresa que nos perdió los bastones en el viaje de ida y que todavía no nos lo reintegra).

Los días posteriores a la carrera fueron muy lindos. Charlé mucho con mis amigos, analizando qué cosas hicieron a esta edición especialmente dura. Por ejemplo (y no lo mencioné en mi reseña), toda la primera parte, hasta que llegamos a Puentes de Luz (km 55) estaba LLENA de cardos. Era ir juntándolos en las calzas, pasarlos a los guantes, y sacarlos con la boca. No se me ocurrió otro modo más práctico para resolverlo en carrera. Después, el Cerro Centinela fue especialmente duro y mal señalizado (no fui el único en perderse). Pareció innecesario, siendo que ya teníamos varios ascensos muy difíciles, pero imagino que tenía que estar para obtener los puntos ITRA que necesitaba la organización.

Mi papá me dijo algo muy lindo, que fue que yo era el primer argentino en completar el Spartathlon y las 100 millas de Patagonia Run. Ahí me puse a pensar que en general los ultramaratonistas de calle no hacen montaña. Después de todo son esfuerzos descomunales, pero diferentes. Tengo a mi favor que es la primera vez que se hacen estos 160 km en San Martín de los Andes, así que existe la posibilidad de que en cualquier momento otros espartatletas se le animen a los cerros, los ríos, los cardos, y las temperaturas bajo cero (Después de escribir esta reseña me enteré de que Fernando Petracci, tres veces finalista del Spartathlon, completó las 100 millas en 30 horas. ¡Lo siento, papá!).

Desde que volví de San Martín no hice otro entrenamiento fuerte. Lo máximo fueron unos 8 km. No sentí molestias para correr en ningún momento, pero seguramente me ayudó tomarme las cosas con calma. Regresar a la rutina y los días primaverales de este otoño ayudaron bastante.

Estoy muy feliz con toda esta experiencia. Lamenté mucho no haber cruzado la meta con Fernando como era nuestra intención, pero el lado positivo fue que pude medirme a mí mismo y adaptar toda la estrategia en torno a mí mismo. Hubiese sido difícil, con las cosas que pasé, tener que preocuparme por otra persona. También me podría haber ayudado tener a alguien que se preocupara por mí, pero las cosas se dieron así y salió todo bien.

Mi pronóstico es que volveré el año que viene a correr la Patagonia Run. Quizá 42 o 70 km, seguramente acompañando, y con la tranquilidad de que esta vez sí hice las cosas bien.

Publicado el 18 abril, 2018 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Alejandro Pujol Allué

    Marín, Un placer leer tu blog. Escuché la entrevista que te hicieron sobre la Spartathlon. De hecho, así llegué a este blog.
    Para cuando escribes el libro?
    Saludos desde Barcelona.

    Alex.

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