100 millas de Patagonia Run: La carrera

100 millas de patagonia run - la carrera

Las 100 millas de Patagonia Run fueron una fiesta. Pero no una cualquiera. Es una en la que llegás sin dormir, mal comido, y encima tenés que bailar durante 36 horas sin parar. Como si fuera poco, sentís que todos te están mirando y que tenés que poner buena cara para que nadie note cómo estás sufriendo por dentro.

Bueno, quizá no sea como una fiesta. Es algo único, y aunque muchos tengan tantas respuestas como corredores inscriptos, va a ser difícil responder la pregunta de “¿Por qué?”. Era algo que teníamos que intentar, y ahí estábamos, a las 12 del mediodía, largando desde la costanera del lago en San Martín de los Andes.

La idea era correr nuevamente con Fernando, mi compañero de los 145 km del año anterior, quien tuvo la inteligencia de abandonar antes de terminar internado como yo. Él venía muy bien preparado, mucho mejor que en la última edición. Lo mismo podría decir de mí, así que aunque teníamos una previsión “realista” de cuánto íbamos a tardar en cada puesto de la carrera, largamos con todas las pilas y sin mirar el reloj.

Con Fer hicimos algunos acuerdos:
1) El que estuviese más entero de los dos iba a ser el que tomara las decisiones. Principalmente seguir o abandonar.
2) Tomar agua cada 20 minutos y comer algo cada 40. Siempre.
3) Parar lo mínimo indispensable. 5 minutos en los puestos comunes y 20 en los principales. Después de los cerros (el PAS Quechuquina y Colorado 2), si teníamos mucho margen, podíamos parar un poco más.
4) Ir a nuestro ritmo. Si en un sendero nos bloqueaba un corredor más lento, pedir permiso con educación. Caminar valía, pero siempre marcando nosotros la marcha.

En un principio, todos los participantes de las 100 millas (entre 160 y 180 corredores) íbamos muy pegados, al punto que en la primera subida, saliendo del camino por un angosto sendero, se hizo un cuello de botella que nos frenó en seco. Algunos ya se empezaban a quejar, ¡y todavía quedaban 35 horas 50 minutos de carrera! Nos armamos de paciencia y empezamos a trepar.

Yo me sentía cómodo, y solo usaba los bastones si la situación se volvía demasiado vertical. Pero era el punto más caluroso del día, así que empecé a transpirar en forma efusiva. Me di cuenta de que a ese ritmo iba a mojar todo el abrigo que tenía, y aunque tenía la campera en la mochila, no iba a conseguir una térmica o buzo de repuesto hasta llegar al km 55. Así que me quité el gorro, el abrigo, y me dejé la remera de manga corta y los guantes. Las calzas largas se quedaban, por la amenaza de los cardos.

Ese primer tramo en subida nos llevaba al filo del Cerro Chapelco, en el km 20, ubicado a a 1950 metros sobre el nivel del mar (salíamos a 600 msnm). Sabíamos que lo podíamos hacer rápido porque estábamos descansados y sin frío. Llegamos con más de una hora de margen respecto a nuestro pronóstico “optimista”, así que estábamos muy entusiasmados. Yo miraba todo el tiempo el reloj para marcar el momento de tomar y el de comer. Además, cada 2 horas, consumía una pastilla con sales de hidratación. Nuestra meta se volvió encontrar los carteles que decían “PAS a 2 km”, y que indicaban que el puesto estaba cerca.

Me sentía muy cómodo en las subidas. Fer me retaba porque no usaba los bastones, alegando que tenía que anticiparme al cansancio de piernas, al igual que tomando cada 20 minutos le ganábamos a la deshidratación. Pero el entrenamiento en los morros de Brasil y la fuerza de piernas en el gimnasio me hicieron una gran diferencia. Entendí la diferencia que hace para un porteño poder entrenar en un terreno agreste, técnico.

Cuando llegamos a la cima del Chapelco, el viento se hacía sentir. Pedí unos minutos a mi compañero para abrigarme, porque ya no se toleraba el frío. El puesto estaba en el centro de ski, donde cargamos bebida, comimos y fuimos al baño. Fue la primera vez de muchas que salí corriendo y me di cuenta que me había dejado los bastones apoyados por ahí. La organización agregó opciones aptas para celíacos, que incluía unas galletas de arroz que todos odiaban y yo amé. Era excelente tener una opción fue no fuese dulce, que no tuviese grasa y que estuviese crocante. Felicité a varios voluntarios por esta decisión, y me devolvían la mirada, intentando dilucidar si los estaba cargando o si estaba loco.

Todo este recorrido era completamente nuevo, así que no sabíamos qué podíamos esperar. Por suerte, la organización modificó la información que aparecía en cada puesto, lo cual mejoró muchísimo la experiencia. Ahora teníamos carteles con la altimetría solo de lo que esperaba hasta la siguiente parada, con la cantidad de kilómetros, el desnivel positivo acumulado, la altura donde estábamos, donde íbamos a estar, el punto más elevado y el más bajo. Como mi GPS estaba en modalidad ultramaratón, la medición es menos precisa y poco fiable. Llegué a tener 10 km menos que lo que declaraba la organización. Pero la altimetría era prácticamente exacta, así que empecé a memorizar las diferentes alturas que me esperaban para calcular cuándo estaba próximo al siguiente puesto.

Corrí con unas Saucony Glide 10, porque tienen realce en el arco y me resultaron muy bien en mis entrenamientos en los morros de Brasil. Pero cuando quise bajar entre la nieve del Chapelco, pegué unas patinadas peligrosas que me hicieron temer por aquella decisión. No tenía muchas opciones, era eso o correr descalzo. Por suerte, después de una bajada importante, llegamos a 1490 msn, en el kilómetro 25,4, donde estaba el que sin dudas era el puesto más lindo de todos, que además describía exactamente donde estaba ubicado: Laguna verde. Seguíamos ganándole al horario de corte.

Todo el tiempo comíamos y tomábamos, según indicaba el reloj. Pero aunque todavía teníamos energía y el sol nos acompañaba, algo empezó a fallar. Básicamente, el estómago de Fer. Empezó a tener náuseas, y en algunos momentos arcadas. Ya no quería comer. De a poco el sol se iba ocultando. Cruzamos el PAS Miramás, en el km 39, cerca de las 19 hs. No hacía todo el frío que haría después, así que me sorprendió cuando me enteré de que en este puesto se registraron más de 20 abandonos.

Seguimos bajando en dirección al PAS Vallescondido, en el km 49. Fer tenía cada vez más dificultades para comer, así que pidió asesoramiento al médico del puesto. Le dieron Reliverán y le aconsejaron no comer nada hasta la siguiente parada. Nuestro nuevo acuerdo era que íbamos a ver si podía comer. Eso definía si seguíamos juntos o nos separábamos. La idea de dejarlo no me entusiasmaba, pero tampoco esperar con él y enfriar el ritmo que traíamos. Las opciones eran que abandonara o que descansara para continuar solo, a su propio ritmo.

Llegamos al PAS Puentes de Luz, que parecía una escuelita, ubicada en el km 55,5, donde nos esperaba la primera bolsa de corredor. Eran las 21 hs, y nuestro pronóstico nos ubicaba ahí dos horas más tarde. Por fin íbamos a poder cambiarnos y tener algo de nuestros propios alimentos. El Reliverán no había hecho efecto, así que hasta ahí llegábamos juntos. Me cambié, comí y me despedí de Fer. Más tarde me enteraría de que, tras una siesta de una hora y de intentar comer una pizzeta, se retiró definitivamente de la carrera. Uno puede emular el terreno de una carrera, probar equipo y hasta entrenar con falta de sueño o frío, pero a veces es muy difícil anticipar cómo va a sentirse nuestro estómago.

A los pocos metros de salir de Puentes de Luz, me encontré con un extenso lago. No encontré otro paso más que el agua, así que saqué dos bolsas de consorcio, me las puse una en cada pie, y comencé a caminar. Si la masa de agua hubiese sido de 1 metro de ancho, hubiese sido una victoria, pero al segundo paso, el plástico cedió y no solo me empapé todas las zapatillas, sino que además tenía envueltas en las piernas dos inútiles bolsas. Lo que más me molestaba era que me había puesto un par de medias muy sofisticadas (y secas) 10 minutos antes.

En el km 60 pasábamos por el Cuartel desde donde arrancan todas las otras distancias. Los 100 km, donde tenía a mis amigos y compañeros de cabaña corriendo, largaban a las 21 hs. Yo pasé 1 hora y 20 más tarde, así que asumí que no los cruzaría hasta llegar a la meta. Enseguida comenzaba una subida interminable hasta el PAS Rosales, en el km 64. Lamentablemente en las oscuras horas de la noche no puede disfrutarse del paisaje. Es un momento muy solitario, donde muy esporádicamente uno se cruza con otro corredor. Solo se escucha la respiración, los pasos en los senderos de tierra, y ese sonido a lavarropas que hace la bolsa hidratadora. Son momentos duros si no se tiene experiencia o mucha entereza mental. En mi cabeza, por algún motivo, sonaban canciones de Les Luthiers (“Las majas del bergantín” y “La hija de Escipión”… y no me pregunten por qué, las ultramaratones solitarias son así).

Debo decir que todavía mantenía lo de beber cada 20 minutos y comer cada 40. Todavía tenía solo dos pares de guantes puestos, porque guardaba los de ski para el PAS Portezuelo, km 71,5, donde la subida ya nos acerca más y más a la cima del Cerro Colorado (1780 msnm). Tras un oportuno cambio de medias, cada arroyo que pasábamos me detenía para estudiar un camino alternativo, una piedra o un tronco sobre el que pisar y no mojarme.

Uno nota que está cerca de la cumbre del Colorado porque de pronto desaparecen los árboles y arbustos. El frío empieza a calar en los huesos, y eso hace que los movimientos se vuelvan menos precisos. Una bruma bajó hasta donde estaba y el viento, sin ningún reparo que lo detuviera, comenzó a hacerse sentir. Me puse todo el abrigo que tenía, que incluía la campera de guata por debajo de la de lluvia, mis tres pares de guantes, la baklava y el cuello de polar. Hice cumbre cerca de las 2:30 de la mañana, y por suerte la bajada, que es muy empinada y llena de piedras, no tenía hielo, por lo que se podía bajar sin arriesgar la vida. En ciertas partes más peligrosas, donde yo siempre me caía, colocaron unos troncos atravesados, a modo de escalones, lo que ayuda a ir frenando y a controlar la bajada.

Casi llegando al PAS Colorado 1, en uno de los tantos arroyos donde no pensaba mojarme los pies, me encontré con mis amigos de 100 km. Yo estaba llegando al km 83, o sea que en 20 km les saqué 1 hora 20 minutos. Me pareció que venían demasiado lento, pero no quise desmoralizarlos. Bajé mi marcha para seguir con ellos hasta el puesto, donde estaba la segunda bolsa de corredor. Aquí hice una pausa larga, de media hora. Comí, dejé la campera de guata, me cambié, y como los chicos de 100 km se lo tomaron todavía con más calma que yo, me despedí y seguí.

Aquí venía la parte nueva de este circuito, que era el ascenso al Cerro Centinela, a 1500 msnm. Se notaba que era la primera vez que cruzábamos estos senderos porque la marcación no era muy buena, y me perdí dos veces. La sugerencia es que si uno no ve cuadraditos refractantes o cintas colgadas en los árboles, hay que volver sobre nuestros pasos y buscar la última marca. Fue un ascenso y descenso bastante fastidioso, porque venía de un cerro complicado y me esperaba otro peor. Todo a varias horas de que el sol volviera a calentar.

El PAS Quilanlahue 1 fue siempre un establo. Ese era mi recuerdo, y cuando lo vi a lo lejos, después de un largo camino de tierra, empecé a buscar dónde teníamos que doblar para llegar hasta ahí. Cuando vi la flecha que indicaba ir a la izquierda, en mi cabeza entendí que tenía que doblar a la derecha. Llevaba más de 90 kilómetros, y la experiencia, esta vez, me jugó una mala pasada. De pronto estaba cruzando entre altos pastizales, sin poder ver el suelo, creyendo que por ahí se escondía el sendero, hasta que dejé de confiar en mi instinto y volví sobre mis pasos, a la marca anterior. No sé cómo confundí una clara flecha en un sentido para el absolutamente contrario, pero así fue.

Llegué al puesto, en el kilómetro 94, cerca de las 7:30 de la mañana. El sol empezaba de a poco a aclarar el cielo, aunque es sabido que en esas horas iniciales del día, la temperatura baja todavía más. No quise entretenerme demasiado, y comencé a subir el Cerro Quilanlahue, cuya cima está a 1650 msnm. El gran desafío es que es un ascenso muy empinado, y para complicar a los que ya teníamos experiencia, este año lo subimos en el sentido inverso que otros años. Fue una subida larga y tediosa (como siempre). Igual la subí lo más rápido que pude, aunque los cuádriceps los tuviese en llamas. De a poco se iluminaban las montañas, pero mi sendero todavía estaba en sombra y el sol no me calentaba. No fue sino hasta que llegué casi a la cima, a las 8:45, que Febo asomó y sus rayos iluminaron el histórico sendero a la cima.

Comencé a bajar, pero me tuve que sentar un momento a comer algo. Resultó que mi plan de comer cada 40 minutos se vio un poco trunco desde que me puse los guantes de ski, unos 20 km antes. Me costaba mucho usar las manos para abrir envoltorios y comer, así que me arreglaba con lo de los puestos, o frenaba un minuto. Así fue que hice una nueva pausa, me senté en un tronco y comencé a comer. Cuando me incorporé para seguir, estaba temblando, empapado por mi propia transpiración.

En estos momentos es donde cuesta hacer un puño con la mano. Perdemos la motricidad fina, y los dedos duelen. La mejor forma de contrarrestarlo, en carrera, es volviendo al ruedo. En actividad, la sangre fluye y de a poco va calentando las extremidades. Bajé hasta el PAS Coihue, kilómetro 101,5, a las 9:45. Ya no me acordaba cuál era mi pronóstico, e intentaba adivinar a qué hora iba a llegar a la meta… si es que llegaba. No tenía dudas, pero sí miedo de que me volviese a agarrar hipotermia o deshidratación.

Ya pude guardar mis guantes de ski y recuperar la movilidad de mis manos. Pero aunque ahora podía abrir paquetes y comer con comodidad… estaba harto. Ya me costaba comer. Lo que era peor… ¡no había ido al baño desde hacía más de un día! Todo lo que había estado comiendo se había quemado… o se acumulaba en mi estómago. Temía estallar como un globo en cualquier momento. Un par de veces me escondí tras los arbustos para intentar ir de cuerpo, pero era imposible.

Evitando meter los pies en el agua, obligándome a tomar y comer, cantando canciones de Les Luthiers en mi cabeza y pensando en que el estómago no estallara, llegué al PAS del Lago (km 110), exactamente al mediodía, lo que marcaba 24 horas de carrera. Desde allí se llega a una de las postales más lindas de la carrera, la costa del Lago Lacar, que es además una de las partes más incómodas para correr. Los tobillos van bailando encima de las piedras, y no queda otra que armarse de paciencia o demostrar qué tan fuertes tenemos las articulaciones. Yo no me quise arriesgar.

Cuando me adentré nuevamente en los senderos, empecé a notar el cansancio. Ya no corría tan seguido, sino que caminaba vigorosamente. A un costado del camino, protegido precariamente por unos arbustos, pude ir finalmente al baño. No entraremos en más detalles.

El camino subía y bajaba. Intenté trotar todo lo que pude, esquivando rocas, piñas y ramas. A las 13:15 estaba en el PAS Quechuquina, donde el año pasado maté mi carrera con malas decisiones. Así fue que hice otra parada larga, de media hora, ya que aquí teníamos la tercera bolsa de corredor. Me cambié las medias y la ropa de abrigo, cargué más comida (que me costaba ingerir), volví a llenar la mochila de agua (algo que venía haciendo más o menos cada 4 horas) y salí.

Para mí este puesto era muy importante. El año anterior había salido casi inmediatamente después de llegar, solo para no perder tiempo. No hice uso de mi bolsa de corredor, y lo que seguía eran 15 kilómetros muy largos y tediosos. Esta vez no me iba a pasar. Además, 119 kilómetros marcaba la distancia que había hecho antes de derrumbarme en una carpa a la espera de que vengan a rescatarme. Este año, en cambio, me sentía muy entero, con energía y abrigo.

En esta parte el pánico empezó a apoderarse de mí. Me pasó algo muy difícil de explicar, pero voy a intentarlo. En una ultramaratón, uno va solo con sus pensamientos. Puede repasar conversaciones con otras personas, como si escuchara realmente sus voces. Puede sonar un tema en nuestra cabeza una y otra, y otra, y otra vez. Quizás uno escuche las notificaciones de un celular que no está ahí en ese momento, o ver a una persona nítidamente, con su ropa, las arrugas de la tela, diversos colores, solo para darnos cuenta de que era un tronco cuando la tenemos a 20 centímetros de la cara. Se mezcla la falta de sueño con el agotamiento. Yo empecé a escuchar voces (claro que no las imaginaba, era como si estuviese recordando una escena que no había vivido). Era como el barullo de una cena con amigos, donde todos hablan a la vez, e intentan que su voz suene por encima de la de los demás. Empezó como un murmullo y fue creciendo hasta que todos hablaban a la vez. Me preocupé. ¿Qué era eso que estaba imaginando? ¿Cómo podía relajarme y poner la mente en blanco? Intenté cantar mantras y meditar, pero funcionaba a medias. En el instante en que me relajaba, esas voces que hablaban a los gritos volvían. ¿Podía aguantar 50 kilómetros así?

Entonces me di cuenta de qué era lo que estaba mal: estaba caminando. En el instante en que empecé a trotar, aunque fuese lento y tortuoso, la cabeza volvía a quedar en paz. Quizás era mi subconsciente intentando alterarme para que no me relajara, que siguiera esforzándome. Tenía margen para aminorar la marcha, pero algo me pedía que no lo hiciera.

Hice mi mayor esfuerzo, comiendo lo que podía, tomando, corriendo, para que pasara la parte más larga de la carrera. Alcancé el Quilanlahue 2, kilómetro 134, a las 16:30. Me costaba comer, así que me aseguraba de al menos terminarme una botella de Powerade y comer cualquier cosa que hubiese en el puesto. Lo que menos rechazo me causaba era el membrillo. A veces, alguna banana. Me senté a descansar unos minutos. Para mí era un triunfo haber cruzado aquel punto donde el año anterior había coqueteado con la muerte (no exagero, necesité 6 bolsas de suero antes de que me dieran el alta en el Hospital). Salí optimista, porque la meta estaba ahí, al alcance de la mano.

Pero… algo no andaba bien. Me empezó a doler el estómago. Perdí la fuerza. Sentía que no podía correr más. Estaba abrigado, pero todos sabíamos que en breve íbamos a tener lluvia, y aunque faltara poco, el agua que venía esquivando toda la carrera podía caer del cielo y echar a perder todo mi esfuerzo.

Pensé en el Spartathlon. En un momento de aquella mítica carrera no quise comer más. También, a partir del kilómetro 100, mi estómago empezó a rebelarse. Al igual que esta carrera, me obligué a seguir comiendo, aunque fueran raciones mucho más pequeñas. El alivio vino cuando Germán, mi entrenador en aquel entonces, pidió que dejaran de presionarme para que comiera. Con lo que tenía en el estómago era suficiente. Quería llegar a ese mismo punto, pero la diferencia fue que esto pasó a poco más de 10 km de la meta, en llano, y yo tenía todavía varias horas por delante. Ya no quería llegar a la meta, sino a un punto donde me sintiera seguro de no tener que probar otro bocado.

Fue difícil, pero con constancia y paciencia fui avanzando. Algo me daba seguridad: constantemente alcanzaba y pasaba a otros corredores de 100 y 160 km. Varias veces tenía que pedir paso y, cuando se hacían a un costado, corría y los dejaba atrás. Así terminé llegando al Colorado 2, en el km 142,5, a las 18:00, con la luz frontal encendida (y con pilas nuevas), a pesar de que el sol todavía iluminaba. Aquí teníamos nuevamente la bolsa de corredor, pero hice bastante rápido. Tomé mi campera de guata, la bandera argentina, algo de comida, y salí. Quería aprovechar todo lo posible la luz que quedaba.

La cercanía con la meta me entusiasmaba. El dolor de estómago me quitaba el entusiasmo. Pero me mantenía en ese equilibrio, entre la alegría de llegar a la meta y el pánico de terminar internado. ¿Les conté que no tengo obra social todavía, porque la di de baja cuando me fui a vivir a Brasil? Bueno, eso.

Sentía que desde el último puesto no iba a tener la obligación de comer. Cada tanto tragaba un damasco desecado y rogaba que se quedara adentro de mi estómago. A pesar del miedo y las molestias, todo el tiempo pasaba corredores que caminaban sus últimos kilómetros. La luz del sol se iba apagando y las nubes de lluvia iban cubriendo el cielo. Me costaba calcular cuánto faltaba para el puesto. ¿Eran diez subidas antes de llegar? ¿Cuántas voy?

Cada tanto alcanzaba a un corredor que venía caminando a un ritmo relajado y, sin que diga nada, se hacía a un costado cuando me escuchaba venir trotando. Un chico que venía guiando a dos corredoras se hizo a un costado y dijo: “Chicas, dejen pasar que viene uno de 100 millas”. Finalmente cayó la noche, y pasaron otras dos cosas casi al mismo instante: Llegué al PAS Bayos y comenzó a llover. Era el kilómetro 152, y el reloj marcaba las 19:40.

Me senté, saqué el teléfono y avisé a mis amigos que estaba a 9 km de la meta. Hice bien en detenerme porque en ese lapso dejó de llover. Comí alguna cosa, sabiendo que era lo último antes de llegar. De todos modos, me dio un antojo terrible de pan, así que pedí si me podían traer un poco a la meta. Me dolía la panza y me sentía un poco afiebrado. De hecho, empecé a convencerme de que iba a desmayarme en la meta, así que les rogué que de la meta me llevaran en auto directo a la cabaña.  Salí del puesto totalmente abrigado, con la advertencia de que se venía una subida que no iba a olvidar en mi vida. Cuánta razón tenían…

El camino no presentaba muchas dificultades. Continué pasando corredores, a pesar de que empecé a sentir un ruido en el pecho cada vez que inspiraba. Era como un silbido. Intenté no pensar mucho en eso. Tampoco en la frente que la sentía caliente, ni el dolor de panza que venía cada vez que tomaba un sorbo de agua. Troté lo que pude, porque en un punto, un gendarme me indicó que tenía que girar, tomar una calle de tierra y “bajar”. Debe haber sido irónico, porque comenzó una subida insoportablemente larga.

Convengamos que si una calle tiene una inclinación de dos o tres grados, no lo vamos a notar. A menos que llevemos más de 30 horas corriendo. Ahí sí se va a complicar. Lo único que quería era trotar a la meta para desfallecerme, ¡pero esa tenue subida no me dejaba! Caminé lo más rápido que pude, en un camino oscuro, iluminado solo por mi linterna y por algún corredor que pasaba. En un momento era tal mi agotamiento y la tensión en mi nuca, que decidí frenar un segundo. Quería estirar. De pie, en medio de la calle, me apoyé en los bastones, cerré los ojos y bajé la cabeza. Inmediatamente empecé a soñar. Abrí los ojos, asustado por la posibilidad de que el abrazo de Morfeo fuese para siempre, y continué mi lenta y tortuosa marcha.

Frené ante el cartel que decía “Meta a 4 km”, y le saqué una foto. Para eso me tuve, me quité los guantes de ski, encendí el teléfono, y como 10 corredores me pasaron. Guardé todo y me prometí no volver a perder el tiempo.

Por suerte todo acaba en algún momento, y fue lo que pasó con la subida, a la que le calculé unos 3 km. Ya con la inclinación de la calle a mi favor, empecé a trotar. Así llegué a un sendero entre rocas que rodeaba el lago desde donde habíamos salido, casi un día y medio atrás. Nunca me dolieron las piernas ni las articulaciones, salvo en ese momento, cuando hice un mal movimiento y golpeé mi rodilla contra una roca. Ese sería el único dolor fuerte que me acompañaría los días siguientes.

Llegué a la calle, me separaban 800 metros de la meta, y la lluvia volvió. Troté, todavía afiebrado y con el silbido adentro de mis pulmones, guiado por los voluntarios y la policía que cortaba el tránsito para que pasara. Ya tenía la bandera de Argentina puesta de capa. Troté por esas cuadras interminables, hasta que doblé en la calle San Martín y vi el arco de la meta. Los vecinos aplaudían cuando pasábamos y yo agradecí a cada uno de ellos.

Las cuadras pasaban y la intensidad de la lluvia aumentaba. Yo solo podía ver el arco de llegada. Por eso me sorprendí cuando vi que tenía a mis amigos a mi lado, gritando y alentándome. Mi foco estaba puesto más adelante, en la meta. En ese “¡Dale! ¡Dale!” sentí que me estaban diciendo que corra, así que empecé a aumentar la velocidad. Las zancadas se hicieron más largas, el braceo más veloz, y cuando ya podía acariciar la llegada, hice lo que en mi cabeza fue un sprint digno de los 100 metros olímpicos. Cuando reviví ese momento en los videos que filmaron mis amigos, esa pasada a toda velocidad parece poco más que el trote regenerativo que hacemos al final de cada entrenamiento, pero sé que puse todo lo que me quedaba.

Crucé la mantilla que registró mi chip a las 21:44, después de casi 34 horas de carrera. Salvo el Spartathlon, que fue en llano y con poquísimo desnivel, jamás había estado tantas horas en actividad, casi sin parar. De hecho nunca había subido más de dos cerros en una misma carrera. Venía de fracasar en mi intento anterior de alcanzar la meta, pero esta vez me sentía absolutamente diferente. A pesar del sufrimiento, el miedo y la angustia, crucé el arco de llegada con energía de sobra.

Me pusieron la pesada medalla, me saqué fotos abajo de la lluvia (que volvía a apaciguarse) y me comí ese delicioso pan que mi cuerpo me estaba pidiendo. Finalmente caminé las cinco cuadras a la cabaña, porque no había lugar para estacionar y porque realmente podía. Tenía los pies secos, no me dolían las piernas, e inmediatamente que terminé, desapareció ese silbido en mi pecho. Me sentía… ¡genial! ¿Cómo podía ser? Tenía mis teorías, que desarrollaré mañana. Porque la idea de esta reseña era hablar puntualmente de la carrera, y después de 161 kilómetros y 33 horas con 45 minutos, la Patagonia Run había finalizado.

Publicado el 12 abril, 2018 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 14 comentarios.

  1. Martan lpm qué bien escribís, describís, y relatas. Más que merecidas felicitaciones!!!!. Tremenda ultra. Se puede imaginar en cada detalle lo que fuiste experimentando y vivenciando.
    Abrazo grande! Lobo.

  2. Ah y contento estoy que sigas escribiendo!!
    Abrazo, Lobo.

  3. Eduardo Casanova

    Hola Martín! Felicitaciones, por el relato… la conciencia total, el registro “absoluto”. Esta palabra me apareció como síntesis, luego de leer tu post. Me emocioné (no es novedad), admiré tu desempeño y esa capacidad para observarte, y la destreza para transmitirlo. Grande Martín! Seguí disfrutando de tu impresionante logro, resultado de años de trabajo! Abrazo y beso!

  4. Felicitaciones,espectacular vivi tu relato como si la estuviera corriendo,un genio,abrazo enorme y vamos por mas esto .recien empieza.Dale campeon ,dale campeon,

  5. felicitaciones martin por haberlo logrado y el relato es magnifico parece que uno esta a tu lado . salucos

  6. Alfred MEYER

    ¡¡¡¡FELICITACIONES MARTIN!!!! … UN CREADOR COMO VOS diría que solamente lo que tiene intensidad de vida puede tener intensidad de forma… tu proceso creador queda sublimado en los resultados… abrazo. al..

  7. Martin Roldan

    Genio. Me parece y creo que soy el muchacho,chico (gracias) que te dio paso!!! Que venia acompañando a dos ultras ahora amigas!! Pura emocion Patagonia Run. Lo vivi igual que vos pero recien mis primeros 100km. Abrazo gigante!! A disposicion desde Miramar

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