Archivos Mensuales: abril 2018

100 millas de Patagonia Run: El después

100 millas de patagonia run - el despues

Completar una ultramaratón de casi 34 horas es difícil de describir. Intenté, en mis entradas anteriores, describir lo mejor posible las cosas que fui viviendo, pero inevitablemente muchas quedaron afuera. La reseña de la carrera hubiese sido muy diferente si yo no hubiese llegado.

Primero, cuando uno no cumple con el objetivo, los errores se vuelven más importantes. Uno sabe automáticamente todo lo que debería haber hecho diferente. Pero cuando se llega a la meta, esas cosas que hicimos mal quedan en segundo porque no fueron determinantes. ¿Estuve cerca de no llegar? Sí, las chances estaban, pero por suerte los aciertos superaron a los desaciertos.

Llegué en el puesto 54 de la general de 100 millas, de 175 corredores listados en la clasificación. De todos ellos, 89 cruzamos la meta. O sea, 121 inscriptos no completaron los 161 km (según la web de Patagonia Run, no hay datos de 10 corredores, que podrían no haberse presentado en la largada o haber tenido un chip defectuoso).

De los que abandonaron, la mayoría lo hizo en entre el puesto Rosales y el Portezuelo, que segmentaban la interminable subida al Cerro Colorado. De hecho, estudiando los abandonos de la carrera, los abandonos casi que se concentran en el segundo tercio, entre el km 50 y el 110, ya que ahí estaban ubicados tres cerros (Colorado, Centinela y Quilanlahue), donde el esfuerzo fue desgastante y se sintieron las horas más frías de toda la carrera.

Cuando estaba llegando a la meta, me sentía muy mal. Tenía mucho miedo a terminar internado, en especial porque no tenía obra social. Lo curioso es que terminé con resto. Cuando crucé la meta y me dieron ese pan que tanto ansiaba, me sentí muy entero. De hecho tuve que caminar las 5 cuadras que separaban la llegada de la cabaña, y no tuve ningún problema. Sí seguía sintiendo molestias estomacales, ya que el esfuerzo sostenido me inflamó los órganos (algo que ya había experimentado en el Spartathlon).

En la cabaña me di un necesario baño y me fui directo a la cama. Tenía la medalla en el pecho, y cuando la toqué, estaba hirviendo. De hecho, sentía mucho calor en la cara, así que me tomé un Ibuprofeno, con la esperanza de que a la mañana siguiente la fiebre hubiese desaparecido. Mi amiga Luciana no me perdonaría si dejo afuera el hecho de que me exprimió jugo de naranja y me lo llevó a la meta. Tomé un poco en la cama, y se sintió tan maravilloso bajando frío por mi garganta.

No dormí 14 horas como hubiese querido. Apenas 7 u 8 horas y ya estaba levantado, desayunando. Me abrigué y salí a caminar hasta la oficina de carrera para retirar mis bolsas de corredor. Extrañamente… me sentía bien. Caminaba sin problemas. Me resultó muy llamativo, cuando otros años hice menos distancia, muchas menos horas, y caminar era una tortura desde el cuello para abajo (con los cuádriceps y pies como epicentros del dolor).

Claro que tuve un poco de molestias en días posteriores, pero fueron muy mínimas: una contractura en la parte alta de la espalda y el golpe en la rodilla izquierda que me di contra una roca, bajando a la meta.

Intenté dedicarme a recuperar agua y comida, pero el hecho de que me sintiera tan bien me hizo pensar que mi nutrición en carrera fue buena. Me obligué a comer sin apetito, a pesar del tedio y el dolor de estómago. Seguramente eso me ayudó en la recuperación. También creo que sirvió tomarme la carrera con calma, descansando 5 o 10 minutos en los puestos. Era el tiempo que me tomaba cambiarme las medias, comer algo, tomar un té caliente.

Sin dudas el entrenamiento también hizo su parte. Me concentré mucho en las piernas, y las subidas a los morros de Rio, sin bastones, me dieron una ventaja extra. No sé si podría repetir un entrenamiento así el próximo año. De hecho, ni siquiera puedo pensar en volver a hacer 100 millas. Fue un esfuerzo muy grande y me siento muy feliz de haberlo hecho, pero a 10 días de haber cruzado la meta me resulta imposible considerar en regresar una vez más. Me gusta la idea de participar de una distancia menor, en la que pueda relajarme un poco más y no sentir que si no trago esa barrita de cereal, no voy a llegar al siguiente puesto.

Dejamos San Martín el domingo al mediodía, comimos algo en el auto para el almuerzo (en mi caso, sándwich de tofu con pan común) y terminamos con mi amigo Fran en Bariloche, ya que nuestro vuelo a Buenos Aires salía el lunes por la tarde. Lo acompañé a alquilar una bici para recorrer la ciudad, ya que no había completado sus 100 km y se sentía con mucha energía. Yo estaba bien, pero no como para pedalear. Me volví al hotel y me quedé en la cama tirado el resto del día, comiendo las diferentes cositas que me habían sobrado de la carrera y tomando un jugo Ades bastante empalagoso.

Al día siguiente fuimos al aeropuerto y nos comimos un vuelo demorado de 2 horas (recordemos que es la misma empresa que nos perdió los bastones en el viaje de ida y que todavía no nos lo reintegra).

Los días posteriores a la carrera fueron muy lindos. Charlé mucho con mis amigos, analizando qué cosas hicieron a esta edición especialmente dura. Por ejemplo (y no lo mencioné en mi reseña), toda la primera parte, hasta que llegamos a Puentes de Luz (km 55) estaba LLENA de cardos. Era ir juntándolos en las calzas, pasarlos a los guantes, y sacarlos con la boca. No se me ocurrió otro modo más práctico para resolverlo en carrera. Después, el Cerro Centinela fue especialmente duro y mal señalizado (no fui el único en perderse). Pareció innecesario, siendo que ya teníamos varios ascensos muy difíciles, pero imagino que tenía que estar para obtener los puntos ITRA que necesitaba la organización.

Mi papá me dijo algo muy lindo, que fue que yo era el primer argentino en completar el Spartathlon y las 100 millas de Patagonia Run. Ahí me puse a pensar que en general los ultramaratonistas de calle no hacen montaña. Después de todo son esfuerzos descomunales, pero diferentes. Tengo a mi favor que es la primera vez que se hacen estos 160 km en San Martín de los Andes, así que existe la posibilidad de que en cualquier momento otros espartatletas se le animen a los cerros, los ríos, los cardos, y las temperaturas bajo cero (Después de escribir esta reseña me enteré de que Fernando Petracci, tres veces finalista del Spartathlon, completó las 100 millas en 30 horas. ¡Lo siento, papá!).

Desde que volví de San Martín no hice otro entrenamiento fuerte. Lo máximo fueron unos 8 km. No sentí molestias para correr en ningún momento, pero seguramente me ayudó tomarme las cosas con calma. Regresar a la rutina y los días primaverales de este otoño ayudaron bastante.

Estoy muy feliz con toda esta experiencia. Lamenté mucho no haber cruzado la meta con Fernando como era nuestra intención, pero el lado positivo fue que pude medirme a mí mismo y adaptar toda la estrategia en torno a mí mismo. Hubiese sido difícil, con las cosas que pasé, tener que preocuparme por otra persona. También me podría haber ayudado tener a alguien que se preocupara por mí, pero las cosas se dieron así y salió todo bien.

Mi pronóstico es que volveré el año que viene a correr la Patagonia Run. Quizá 42 o 70 km, seguramente acompañando, y con la tranquilidad de que esta vez sí hice las cosas bien.

100 millas de Patagonia Run: La carrera

100 millas de patagonia run - la carrera

Las 100 millas de Patagonia Run fueron una fiesta. Pero no una cualquiera. Es una en la que llegás sin dormir, mal comido, y encima tenés que bailar durante 36 horas sin parar. Como si fuera poco, sentís que todos te están mirando y que tenés que poner buena cara para que nadie note cómo estás sufriendo por dentro.

Bueno, quizá no sea como una fiesta. Es algo único, y aunque muchos tengan tantas respuestas como corredores inscriptos, va a ser difícil responder la pregunta de “¿Por qué?”. Era algo que teníamos que intentar, y ahí estábamos, a las 12 del mediodía, largando desde la costanera del lago en San Martín de los Andes.

La idea era correr nuevamente con Fernando, mi compañero de los 145 km del año anterior, quien tuvo la inteligencia de abandonar antes de terminar internado como yo. Él venía muy bien preparado, mucho mejor que en la última edición. Lo mismo podría decir de mí, así que aunque teníamos una previsión “realista” de cuánto íbamos a tardar en cada puesto de la carrera, largamos con todas las pilas y sin mirar el reloj.

Con Fer hicimos algunos acuerdos:
1) El que estuviese más entero de los dos iba a ser el que tomara las decisiones. Principalmente seguir o abandonar.
2) Tomar agua cada 20 minutos y comer algo cada 40. Siempre.
3) Parar lo mínimo indispensable. 5 minutos en los puestos comunes y 20 en los principales. Después de los cerros (el PAS Quechuquina y Colorado 2), si teníamos mucho margen, podíamos parar un poco más.
4) Ir a nuestro ritmo. Si en un sendero nos bloqueaba un corredor más lento, pedir permiso con educación. Caminar valía, pero siempre marcando nosotros la marcha.

En un principio, todos los participantes de las 100 millas (entre 160 y 180 corredores) íbamos muy pegados, al punto que en la primera subida, saliendo del camino por un angosto sendero, se hizo un cuello de botella que nos frenó en seco. Algunos ya se empezaban a quejar, ¡y todavía quedaban 35 horas 50 minutos de carrera! Nos armamos de paciencia y empezamos a trepar.

Yo me sentía cómodo, y solo usaba los bastones si la situación se volvía demasiado vertical. Pero era el punto más caluroso del día, así que empecé a transpirar en forma efusiva. Me di cuenta de que a ese ritmo iba a mojar todo el abrigo que tenía, y aunque tenía la campera en la mochila, no iba a conseguir una térmica o buzo de repuesto hasta llegar al km 55. Así que me quité el gorro, el abrigo, y me dejé la remera de manga corta y los guantes. Las calzas largas se quedaban, por la amenaza de los cardos.

Ese primer tramo en subida nos llevaba al filo del Cerro Chapelco, en el km 20, ubicado a a 1950 metros sobre el nivel del mar (salíamos a 600 msnm). Sabíamos que lo podíamos hacer rápido porque estábamos descansados y sin frío. Llegamos con más de una hora de margen respecto a nuestro pronóstico “optimista”, así que estábamos muy entusiasmados. Yo miraba todo el tiempo el reloj para marcar el momento de tomar y el de comer. Además, cada 2 horas, consumía una pastilla con sales de hidratación. Nuestra meta se volvió encontrar los carteles que decían “PAS a 2 km”, y que indicaban que el puesto estaba cerca.

Me sentía muy cómodo en las subidas. Fer me retaba porque no usaba los bastones, alegando que tenía que anticiparme al cansancio de piernas, al igual que tomando cada 20 minutos le ganábamos a la deshidratación. Pero el entrenamiento en los morros de Brasil y la fuerza de piernas en el gimnasio me hicieron una gran diferencia. Entendí la diferencia que hace para un porteño poder entrenar en un terreno agreste, técnico.

Cuando llegamos a la cima del Chapelco, el viento se hacía sentir. Pedí unos minutos a mi compañero para abrigarme, porque ya no se toleraba el frío. El puesto estaba en el centro de ski, donde cargamos bebida, comimos y fuimos al baño. Fue la primera vez de muchas que salí corriendo y me di cuenta que me había dejado los bastones apoyados por ahí. La organización agregó opciones aptas para celíacos, que incluía unas galletas de arroz que todos odiaban y yo amé. Era excelente tener una opción fue no fuese dulce, que no tuviese grasa y que estuviese crocante. Felicité a varios voluntarios por esta decisión, y me devolvían la mirada, intentando dilucidar si los estaba cargando o si estaba loco.

Todo este recorrido era completamente nuevo, así que no sabíamos qué podíamos esperar. Por suerte, la organización modificó la información que aparecía en cada puesto, lo cual mejoró muchísimo la experiencia. Ahora teníamos carteles con la altimetría solo de lo que esperaba hasta la siguiente parada, con la cantidad de kilómetros, el desnivel positivo acumulado, la altura donde estábamos, donde íbamos a estar, el punto más elevado y el más bajo. Como mi GPS estaba en modalidad ultramaratón, la medición es menos precisa y poco fiable. Llegué a tener 10 km menos que lo que declaraba la organización. Pero la altimetría era prácticamente exacta, así que empecé a memorizar las diferentes alturas que me esperaban para calcular cuándo estaba próximo al siguiente puesto.

Corrí con unas Saucony Glide 10, porque tienen realce en el arco y me resultaron muy bien en mis entrenamientos en los morros de Brasil. Pero cuando quise bajar entre la nieve del Chapelco, pegué unas patinadas peligrosas que me hicieron temer por aquella decisión. No tenía muchas opciones, era eso o correr descalzo. Por suerte, después de una bajada importante, llegamos a 1490 msn, en el kilómetro 25,4, donde estaba el que sin dudas era el puesto más lindo de todos, que además describía exactamente donde estaba ubicado: Laguna verde. Seguíamos ganándole al horario de corte.

Todo el tiempo comíamos y tomábamos, según indicaba el reloj. Pero aunque todavía teníamos energía y el sol nos acompañaba, algo empezó a fallar. Básicamente, el estómago de Fer. Empezó a tener náuseas, y en algunos momentos arcadas. Ya no quería comer. De a poco el sol se iba ocultando. Cruzamos el PAS Miramás, en el km 39, cerca de las 19 hs. No hacía todo el frío que haría después, así que me sorprendió cuando me enteré de que en este puesto se registraron más de 20 abandonos.

Seguimos bajando en dirección al PAS Vallescondido, en el km 49. Fer tenía cada vez más dificultades para comer, así que pidió asesoramiento al médico del puesto. Le dieron Reliverán y le aconsejaron no comer nada hasta la siguiente parada. Nuestro nuevo acuerdo era que íbamos a ver si podía comer. Eso definía si seguíamos juntos o nos separábamos. La idea de dejarlo no me entusiasmaba, pero tampoco esperar con él y enfriar el ritmo que traíamos. Las opciones eran que abandonara o que descansara para continuar solo, a su propio ritmo.

Llegamos al PAS Puentes de Luz, que parecía una escuelita, ubicada en el km 55,5, donde nos esperaba la primera bolsa de corredor. Eran las 21 hs, y nuestro pronóstico nos ubicaba ahí dos horas más tarde. Por fin íbamos a poder cambiarnos y tener algo de nuestros propios alimentos. El Reliverán no había hecho efecto, así que hasta ahí llegábamos juntos. Me cambié, comí y me despedí de Fer. Más tarde me enteraría de que, tras una siesta de una hora y de intentar comer una pizzeta, se retiró definitivamente de la carrera. Uno puede emular el terreno de una carrera, probar equipo y hasta entrenar con falta de sueño o frío, pero a veces es muy difícil anticipar cómo va a sentirse nuestro estómago.

A los pocos metros de salir de Puentes de Luz, me encontré con un extenso lago. No encontré otro paso más que el agua, así que saqué dos bolsas de consorcio, me las puse una en cada pie, y comencé a caminar. Si la masa de agua hubiese sido de 1 metro de ancho, hubiese sido una victoria, pero al segundo paso, el plástico cedió y no solo me empapé todas las zapatillas, sino que además tenía envueltas en las piernas dos inútiles bolsas. Lo que más me molestaba era que me había puesto un par de medias muy sofisticadas (y secas) 10 minutos antes.

En el km 60 pasábamos por el Cuartel desde donde arrancan todas las otras distancias. Los 100 km, donde tenía a mis amigos y compañeros de cabaña corriendo, largaban a las 21 hs. Yo pasé 1 hora y 20 más tarde, así que asumí que no los cruzaría hasta llegar a la meta. Enseguida comenzaba una subida interminable hasta el PAS Rosales, en el km 64. Lamentablemente en las oscuras horas de la noche no puede disfrutarse del paisaje. Es un momento muy solitario, donde muy esporádicamente uno se cruza con otro corredor. Solo se escucha la respiración, los pasos en los senderos de tierra, y ese sonido a lavarropas que hace la bolsa hidratadora. Son momentos duros si no se tiene experiencia o mucha entereza mental. En mi cabeza, por algún motivo, sonaban canciones de Les Luthiers (“Las majas del bergantín” y “La hija de Escipión”… y no me pregunten por qué, las ultramaratones solitarias son así).

Debo decir que todavía mantenía lo de beber cada 20 minutos y comer cada 40. Todavía tenía solo dos pares de guantes puestos, porque guardaba los de ski para el PAS Portezuelo, km 71,5, donde la subida ya nos acerca más y más a la cima del Cerro Colorado (1780 msnm). Tras un oportuno cambio de medias, cada arroyo que pasábamos me detenía para estudiar un camino alternativo, una piedra o un tronco sobre el que pisar y no mojarme.

Uno nota que está cerca de la cumbre del Colorado porque de pronto desaparecen los árboles y arbustos. El frío empieza a calar en los huesos, y eso hace que los movimientos se vuelvan menos precisos. Una bruma bajó hasta donde estaba y el viento, sin ningún reparo que lo detuviera, comenzó a hacerse sentir. Me puse todo el abrigo que tenía, que incluía la campera de guata por debajo de la de lluvia, mis tres pares de guantes, la baklava y el cuello de polar. Hice cumbre cerca de las 2:30 de la mañana, y por suerte la bajada, que es muy empinada y llena de piedras, no tenía hielo, por lo que se podía bajar sin arriesgar la vida. En ciertas partes más peligrosas, donde yo siempre me caía, colocaron unos troncos atravesados, a modo de escalones, lo que ayuda a ir frenando y a controlar la bajada.

Casi llegando al PAS Colorado 1, en uno de los tantos arroyos donde no pensaba mojarme los pies, me encontré con mis amigos de 100 km. Yo estaba llegando al km 83, o sea que en 20 km les saqué 1 hora 20 minutos. Me pareció que venían demasiado lento, pero no quise desmoralizarlos. Bajé mi marcha para seguir con ellos hasta el puesto, donde estaba la segunda bolsa de corredor. Aquí hice una pausa larga, de media hora. Comí, dejé la campera de guata, me cambié, y como los chicos de 100 km se lo tomaron todavía con más calma que yo, me despedí y seguí.

Aquí venía la parte nueva de este circuito, que era el ascenso al Cerro Centinela, a 1500 msnm. Se notaba que era la primera vez que cruzábamos estos senderos porque la marcación no era muy buena, y me perdí dos veces. La sugerencia es que si uno no ve cuadraditos refractantes o cintas colgadas en los árboles, hay que volver sobre nuestros pasos y buscar la última marca. Fue un ascenso y descenso bastante fastidioso, porque venía de un cerro complicado y me esperaba otro peor. Todo a varias horas de que el sol volviera a calentar.

El PAS Quilanlahue 1 fue siempre un establo. Ese era mi recuerdo, y cuando lo vi a lo lejos, después de un largo camino de tierra, empecé a buscar dónde teníamos que doblar para llegar hasta ahí. Cuando vi la flecha que indicaba ir a la izquierda, en mi cabeza entendí que tenía que doblar a la derecha. Llevaba más de 90 kilómetros, y la experiencia, esta vez, me jugó una mala pasada. De pronto estaba cruzando entre altos pastizales, sin poder ver el suelo, creyendo que por ahí se escondía el sendero, hasta que dejé de confiar en mi instinto y volví sobre mis pasos, a la marca anterior. No sé cómo confundí una clara flecha en un sentido para el absolutamente contrario, pero así fue.

Llegué al puesto, en el kilómetro 94, cerca de las 7:30 de la mañana. El sol empezaba de a poco a aclarar el cielo, aunque es sabido que en esas horas iniciales del día, la temperatura baja todavía más. No quise entretenerme demasiado, y comencé a subir el Cerro Quilanlahue, cuya cima está a 1650 msnm. El gran desafío es que es un ascenso muy empinado, y para complicar a los que ya teníamos experiencia, este año lo subimos en el sentido inverso que otros años. Fue una subida larga y tediosa (como siempre). Igual la subí lo más rápido que pude, aunque los cuádriceps los tuviese en llamas. De a poco se iluminaban las montañas, pero mi sendero todavía estaba en sombra y el sol no me calentaba. No fue sino hasta que llegué casi a la cima, a las 8:45, que Febo asomó y sus rayos iluminaron el histórico sendero a la cima.

Comencé a bajar, pero me tuve que sentar un momento a comer algo. Resultó que mi plan de comer cada 40 minutos se vio un poco trunco desde que me puse los guantes de ski, unos 20 km antes. Me costaba mucho usar las manos para abrir envoltorios y comer, así que me arreglaba con lo de los puestos, o frenaba un minuto. Así fue que hice una nueva pausa, me senté en un tronco y comencé a comer. Cuando me incorporé para seguir, estaba temblando, empapado por mi propia transpiración.

En estos momentos es donde cuesta hacer un puño con la mano. Perdemos la motricidad fina, y los dedos duelen. La mejor forma de contrarrestarlo, en carrera, es volviendo al ruedo. En actividad, la sangre fluye y de a poco va calentando las extremidades. Bajé hasta el PAS Coihue, kilómetro 101,5, a las 9:45. Ya no me acordaba cuál era mi pronóstico, e intentaba adivinar a qué hora iba a llegar a la meta… si es que llegaba. No tenía dudas, pero sí miedo de que me volviese a agarrar hipotermia o deshidratación.

Ya pude guardar mis guantes de ski y recuperar la movilidad de mis manos. Pero aunque ahora podía abrir paquetes y comer con comodidad… estaba harto. Ya me costaba comer. Lo que era peor… ¡no había ido al baño desde hacía más de un día! Todo lo que había estado comiendo se había quemado… o se acumulaba en mi estómago. Temía estallar como un globo en cualquier momento. Un par de veces me escondí tras los arbustos para intentar ir de cuerpo, pero era imposible.

Evitando meter los pies en el agua, obligándome a tomar y comer, cantando canciones de Les Luthiers en mi cabeza y pensando en que el estómago no estallara, llegué al PAS del Lago (km 110), exactamente al mediodía, lo que marcaba 24 horas de carrera. Desde allí se llega a una de las postales más lindas de la carrera, la costa del Lago Lacar, que es además una de las partes más incómodas para correr. Los tobillos van bailando encima de las piedras, y no queda otra que armarse de paciencia o demostrar qué tan fuertes tenemos las articulaciones. Yo no me quise arriesgar.

Cuando me adentré nuevamente en los senderos, empecé a notar el cansancio. Ya no corría tan seguido, sino que caminaba vigorosamente. A un costado del camino, protegido precariamente por unos arbustos, pude ir finalmente al baño. No entraremos en más detalles.

El camino subía y bajaba. Intenté trotar todo lo que pude, esquivando rocas, piñas y ramas. A las 13:15 estaba en el PAS Quechuquina, donde el año pasado maté mi carrera con malas decisiones. Así fue que hice otra parada larga, de media hora, ya que aquí teníamos la tercera bolsa de corredor. Me cambié las medias y la ropa de abrigo, cargué más comida (que me costaba ingerir), volví a llenar la mochila de agua (algo que venía haciendo más o menos cada 4 horas) y salí.

Para mí este puesto era muy importante. El año anterior había salido casi inmediatamente después de llegar, solo para no perder tiempo. No hice uso de mi bolsa de corredor, y lo que seguía eran 15 kilómetros muy largos y tediosos. Esta vez no me iba a pasar. Además, 119 kilómetros marcaba la distancia que había hecho antes de derrumbarme en una carpa a la espera de que vengan a rescatarme. Este año, en cambio, me sentía muy entero, con energía y abrigo.

En esta parte el pánico empezó a apoderarse de mí. Me pasó algo muy difícil de explicar, pero voy a intentarlo. En una ultramaratón, uno va solo con sus pensamientos. Puede repasar conversaciones con otras personas, como si escuchara realmente sus voces. Puede sonar un tema en nuestra cabeza una y otra, y otra, y otra vez. Quizás uno escuche las notificaciones de un celular que no está ahí en ese momento, o ver a una persona nítidamente, con su ropa, las arrugas de la tela, diversos colores, solo para darnos cuenta de que era un tronco cuando la tenemos a 20 centímetros de la cara. Se mezcla la falta de sueño con el agotamiento. Yo empecé a escuchar voces (claro que no las imaginaba, era como si estuviese recordando una escena que no había vivido). Era como el barullo de una cena con amigos, donde todos hablan a la vez, e intentan que su voz suene por encima de la de los demás. Empezó como un murmullo y fue creciendo hasta que todos hablaban a la vez. Me preocupé. ¿Qué era eso que estaba imaginando? ¿Cómo podía relajarme y poner la mente en blanco? Intenté cantar mantras y meditar, pero funcionaba a medias. En el instante en que me relajaba, esas voces que hablaban a los gritos volvían. ¿Podía aguantar 50 kilómetros así?

Entonces me di cuenta de qué era lo que estaba mal: estaba caminando. En el instante en que empecé a trotar, aunque fuese lento y tortuoso, la cabeza volvía a quedar en paz. Quizás era mi subconsciente intentando alterarme para que no me relajara, que siguiera esforzándome. Tenía margen para aminorar la marcha, pero algo me pedía que no lo hiciera.

Hice mi mayor esfuerzo, comiendo lo que podía, tomando, corriendo, para que pasara la parte más larga de la carrera. Alcancé el Quilanlahue 2, kilómetro 134, a las 16:30. Me costaba comer, así que me aseguraba de al menos terminarme una botella de Powerade y comer cualquier cosa que hubiese en el puesto. Lo que menos rechazo me causaba era el membrillo. A veces, alguna banana. Me senté a descansar unos minutos. Para mí era un triunfo haber cruzado aquel punto donde el año anterior había coqueteado con la muerte (no exagero, necesité 6 bolsas de suero antes de que me dieran el alta en el Hospital). Salí optimista, porque la meta estaba ahí, al alcance de la mano.

Pero… algo no andaba bien. Me empezó a doler el estómago. Perdí la fuerza. Sentía que no podía correr más. Estaba abrigado, pero todos sabíamos que en breve íbamos a tener lluvia, y aunque faltara poco, el agua que venía esquivando toda la carrera podía caer del cielo y echar a perder todo mi esfuerzo.

Pensé en el Spartathlon. En un momento de aquella mítica carrera no quise comer más. También, a partir del kilómetro 100, mi estómago empezó a rebelarse. Al igual que esta carrera, me obligué a seguir comiendo, aunque fueran raciones mucho más pequeñas. El alivio vino cuando Germán, mi entrenador en aquel entonces, pidió que dejaran de presionarme para que comiera. Con lo que tenía en el estómago era suficiente. Quería llegar a ese mismo punto, pero la diferencia fue que esto pasó a poco más de 10 km de la meta, en llano, y yo tenía todavía varias horas por delante. Ya no quería llegar a la meta, sino a un punto donde me sintiera seguro de no tener que probar otro bocado.

Fue difícil, pero con constancia y paciencia fui avanzando. Algo me daba seguridad: constantemente alcanzaba y pasaba a otros corredores de 100 y 160 km. Varias veces tenía que pedir paso y, cuando se hacían a un costado, corría y los dejaba atrás. Así terminé llegando al Colorado 2, en el km 142,5, a las 18:00, con la luz frontal encendida (y con pilas nuevas), a pesar de que el sol todavía iluminaba. Aquí teníamos nuevamente la bolsa de corredor, pero hice bastante rápido. Tomé mi campera de guata, la bandera argentina, algo de comida, y salí. Quería aprovechar todo lo posible la luz que quedaba.

La cercanía con la meta me entusiasmaba. El dolor de estómago me quitaba el entusiasmo. Pero me mantenía en ese equilibrio, entre la alegría de llegar a la meta y el pánico de terminar internado. ¿Les conté que no tengo obra social todavía, porque la di de baja cuando me fui a vivir a Brasil? Bueno, eso.

Sentía que desde el último puesto no iba a tener la obligación de comer. Cada tanto tragaba un damasco desecado y rogaba que se quedara adentro de mi estómago. A pesar del miedo y las molestias, todo el tiempo pasaba corredores que caminaban sus últimos kilómetros. La luz del sol se iba apagando y las nubes de lluvia iban cubriendo el cielo. Me costaba calcular cuánto faltaba para el puesto. ¿Eran diez subidas antes de llegar? ¿Cuántas voy?

Cada tanto alcanzaba a un corredor que venía caminando a un ritmo relajado y, sin que diga nada, se hacía a un costado cuando me escuchaba venir trotando. Un chico que venía guiando a dos corredoras se hizo a un costado y dijo: “Chicas, dejen pasar que viene uno de 100 millas”. Finalmente cayó la noche, y pasaron otras dos cosas casi al mismo instante: Llegué al PAS Bayos y comenzó a llover. Era el kilómetro 152, y el reloj marcaba las 19:40.

Me senté, saqué el teléfono y avisé a mis amigos que estaba a 9 km de la meta. Hice bien en detenerme porque en ese lapso dejó de llover. Comí alguna cosa, sabiendo que era lo último antes de llegar. De todos modos, me dio un antojo terrible de pan, así que pedí si me podían traer un poco a la meta. Me dolía la panza y me sentía un poco afiebrado. De hecho, empecé a convencerme de que iba a desmayarme en la meta, así que les rogué que de la meta me llevaran en auto directo a la cabaña.  Salí del puesto totalmente abrigado, con la advertencia de que se venía una subida que no iba a olvidar en mi vida. Cuánta razón tenían…

El camino no presentaba muchas dificultades. Continué pasando corredores, a pesar de que empecé a sentir un ruido en el pecho cada vez que inspiraba. Era como un silbido. Intenté no pensar mucho en eso. Tampoco en la frente que la sentía caliente, ni el dolor de panza que venía cada vez que tomaba un sorbo de agua. Troté lo que pude, porque en un punto, un gendarme me indicó que tenía que girar, tomar una calle de tierra y “bajar”. Debe haber sido irónico, porque comenzó una subida insoportablemente larga.

Convengamos que si una calle tiene una inclinación de dos o tres grados, no lo vamos a notar. A menos que llevemos más de 30 horas corriendo. Ahí sí se va a complicar. Lo único que quería era trotar a la meta para desfallecerme, ¡pero esa tenue subida no me dejaba! Caminé lo más rápido que pude, en un camino oscuro, iluminado solo por mi linterna y por algún corredor que pasaba. En un momento era tal mi agotamiento y la tensión en mi nuca, que decidí frenar un segundo. Quería estirar. De pie, en medio de la calle, me apoyé en los bastones, cerré los ojos y bajé la cabeza. Inmediatamente empecé a soñar. Abrí los ojos, asustado por la posibilidad de que el abrazo de Morfeo fuese para siempre, y continué mi lenta y tortuosa marcha.

Frené ante el cartel que decía “Meta a 4 km”, y le saqué una foto. Para eso me tuve, me quité los guantes de ski, encendí el teléfono, y como 10 corredores me pasaron. Guardé todo y me prometí no volver a perder el tiempo.

Por suerte todo acaba en algún momento, y fue lo que pasó con la subida, a la que le calculé unos 3 km. Ya con la inclinación de la calle a mi favor, empecé a trotar. Así llegué a un sendero entre rocas que rodeaba el lago desde donde habíamos salido, casi un día y medio atrás. Nunca me dolieron las piernas ni las articulaciones, salvo en ese momento, cuando hice un mal movimiento y golpeé mi rodilla contra una roca. Ese sería el único dolor fuerte que me acompañaría los días siguientes.

Llegué a la calle, me separaban 800 metros de la meta, y la lluvia volvió. Troté, todavía afiebrado y con el silbido adentro de mis pulmones, guiado por los voluntarios y la policía que cortaba el tránsito para que pasara. Ya tenía la bandera de Argentina puesta de capa. Troté por esas cuadras interminables, hasta que doblé en la calle San Martín y vi el arco de la meta. Los vecinos aplaudían cuando pasábamos y yo agradecí a cada uno de ellos.

Las cuadras pasaban y la intensidad de la lluvia aumentaba. Yo solo podía ver el arco de llegada. Por eso me sorprendí cuando vi que tenía a mis amigos a mi lado, gritando y alentándome. Mi foco estaba puesto más adelante, en la meta. En ese “¡Dale! ¡Dale!” sentí que me estaban diciendo que corra, así que empecé a aumentar la velocidad. Las zancadas se hicieron más largas, el braceo más veloz, y cuando ya podía acariciar la llegada, hice lo que en mi cabeza fue un sprint digno de los 100 metros olímpicos. Cuando reviví ese momento en los videos que filmaron mis amigos, esa pasada a toda velocidad parece poco más que el trote regenerativo que hacemos al final de cada entrenamiento, pero sé que puse todo lo que me quedaba.

Crucé la mantilla que registró mi chip a las 21:44, después de casi 34 horas de carrera. Salvo el Spartathlon, que fue en llano y con poquísimo desnivel, jamás había estado tantas horas en actividad, casi sin parar. De hecho nunca había subido más de dos cerros en una misma carrera. Venía de fracasar en mi intento anterior de alcanzar la meta, pero esta vez me sentía absolutamente diferente. A pesar del sufrimiento, el miedo y la angustia, crucé el arco de llegada con energía de sobra.

Me pusieron la pesada medalla, me saqué fotos abajo de la lluvia (que volvía a apaciguarse) y me comí ese delicioso pan que mi cuerpo me estaba pidiendo. Finalmente caminé las cinco cuadras a la cabaña, porque no había lugar para estacionar y porque realmente podía. Tenía los pies secos, no me dolían las piernas, e inmediatamente que terminé, desapareció ese silbido en mi pecho. Me sentía… ¡genial! ¿Cómo podía ser? Tenía mis teorías, que desarrollaré mañana. Porque la idea de esta reseña era hablar puntualmente de la carrera, y después de 161 kilómetros y 33 horas con 45 minutos, la Patagonia Run había finalizado.

100 millas de Patagonia Run: La previa

100 millas de Patagonia Run-La previa

Este fin de semana se corrió la novena edición de Patagonia Run, una carrera que me recomendaron en 2012 y a la que vuelvo cada año. Este dato cobra relevancia cuando agrego que mientras corría aquellos 100 km, en senderos y cerros de San Martín de los Andes, juré nunca más volver a correr en montaña. Y aunque tengo grabada en video esa promesa, cada año me las ingenio para romperla.

Aquel año era la tercera edición de Patagonia Run, y la primera vez que TMX y NQN Eventos organizaban la distancia de 100 kilómetros. En 2015 llevaron la prueba más larga a 120 km, en 2016 se fue a 130 km, en 2017 inauguraron los 145 km, y para este año ya inauguraron las 100 millas (160 km). El crecimiento progresivo, claramente, estuvo planeado.

Más allá de que era mi cita anual, se conjugaron muchísimas cosas en esta edición. Primero, que el año pasado había intentado correr esos 145 km, la distancia más larga en montaña de toda mi vida, y tuve que abandonar por hipotermia y deshidratación extrema en el km 119. Para las 100 millas podía corregir todos mis errores, que fueron muchos. Segundo, que el año pasado no fue mi primer abandono en una ultra de montaña. Allá a lo lejos, en mis inicios como corredor de ultramaratones, había intentado completar La Misión en Villa La Angostura, 160 km muy duros. Alcancé el km 112 antes de decir basta. Así es que tenía una cuenta pendiente con esa distancia y con Patagonia Run.

Pero había algo más. Desde que dejé de entrenar con Germán hace un par de años, no pude completar una prueba importante. Participé de carreras que, por mi preparación, me resultaban poco desafiantes. Los objetivos grandes, esos que me hacían sentir mariposas en el estómago, como la Patagonia Run o los 246 km del Ultra Desafío de 2017, por una causa u otra quedaron truncos. Necesitaba salir de la sombra de mi viejo entrenador y demostrarme que podía tomar todo lo que había aprendido y tener autonomía.

Entonces, tenía varias metas, pero dos objetivos bien claros: no deshidratarme y no sufrir hipotermia. Esto se resolvía armando una buena estrategia. Así fue que aproveché estar viviendo en Brasil y me compré en el Decathlon un gorro de polar extra, seis pares de medias (para cambiarme cada vez que me mojara) y un chaleco. Ya en Buenos Aires conseguí una remera térmica muy gruesa en Mercado Libre y una campera parecidas a las de pluma, pero de guata (o sea, veganas), en el Once. Ya mi eterna nutricionista, Romina Garavaglia, me había sugerido para el Spartathlon beber agua cada 20 minutos (o medio litro por hora) y comer cada 40 minutos. Así que tomé esa determinación, y empecé a calcular cuántos sorbos de agua equivalían a 500 cc en 60 minutos (son cinco). También en Brasil compré damascos desecados, bananinhas (unas bananas comprimidas, hechas un rectángulo) y bayas de goji. En el Barrio Chino y en dietéticas conseguí cous cous, pretzels, pasas de uva, barritas de cereal (con gustos e ingredientes muy variados), empanadas de seitán (este año no pensaba cocinar), y ya en San Martín compré galletitas Cachafaz, manzanas, y algo nuevo: unas pastillas con sales que vendían en la Expo de la carrera. Esta compra fue por puro pánico, ya que no quería sufrir hiponatremia, algo que ya experimenté en otras ultras.

El tema es así, en el recorrido suelen dar agua con bajo contenido de sodio, algo muy malo para los corredores que no sufrimos de hipertensión. No iba a estar 36 horas a bebidas isotónicas, en ya había probado en otras ediciones ponerle sales rehidratantes al agua de mi mochila (queda espantoso). Estas pastillas tenían gusto a naranja, y con 50 mg de sodio cada una, la idea era tomarlas cada 2 horas.

Ya más o menos resuelto lo que iba a comer y beber, además de todo el abrigo extra que iba a llevar, quedaba el tema del entrenamiento. Como dije antes, quería tener autonomía, así que me armé planes para reforzar mi fuerza de piernas, con saltos en banco, sentadillas, estocadas, progresiones, y muchas cuestas. Tuve la suerte de estar en Rio de Janeiro, donde en un principio entrenaba dos o tres veces en el Morro da Urca (una subida de 900 metros con 200 metros de desnivel positivo). Al ser un suelo de tierra y algunas piedras, se parecía bastante a la montaña. En mi último mes allá descubrí que se podía subir al Corcovado a pie, donde está el Cristo Redentor, así que iba con mi mochila hidratadora, para acostumbrarme a su peso, y subía lo más rápido que podía. Eran mañanas calurosas, donde transpiraba tanto que se me empapaban las medias, pero me fascinaba exigirme así. Eran 3,5 km con un desnivel positivo de 800 metros, en senderos todavía más técnicos que los de Urca.

En medio de esta preparación, donde mi foco estaba en volver a Argentina y hacer las 100 millas, me separé. No fue planeado, pero se venía gestando. Nos queríamos (nos queremos) mucho con Lu, pero vivíamos vidas muy diferentes bajo el mismo techo. Reconozco que me encerré en mis entrenamientos, quizá poniendo más distancia de la que había, ya que me iba tres o cuatro horas, y cuando volvía solo hablaba de lo que había hecho y qué cosas me faltaba comprar. La situación financiera no era buena, y solo seguía adelante con la carrera porque ya estaba toda paga de muchos meses antes. Entrenar se convirtió en el escapismo para una relación que no funcionaba, más allá de que los dos nos aferrábamos mucho a ella. Finalmente vine a Buenos Aires, no con la excusa de viajar a San Martín de los Andes, sino para instalarme definitivamente.

El viaje a la Patagonia no empezó bien. Camino al aeropuerto, me di cuenta que me había olvidado mi certificado médico, requisito imprescindible para correr. En una edición me olvidé el DNI en casa, y después de llorar y suplicar, me inscribieron igual (no fue fácil, pero logré conmover a alguien que hizo la excepción). Lo del certificado no suena a algo en lo que puedan negociar. La suerte estuvo de mi lado, y una amiga médica, a quien no nombraré para no comprometer, me hizo un certificado en el último segundo. Pero eso no fue todo. La aerolínea Andes extravió mis bastones, los cuales se despacharon en Aeroparque pero nunca llegaron a destino. Para colmo venían con otro par de mi amigo Fran, y se los venía trayendo desde el Decathlon de Rio de Janeiro. Aunque hicimos el reclamo y esperamos a que los encontraran, compramos cada uno bastones nuevos. El tiempo apremiaba.

El pronóstico del tiempo cambiaba día a día, pero existía la amenaza de lluvia, en especial hacia la tarde del sábado. Eso me obligó a poner más atención al abrigo y a sumar una capa de lluvia para el final. Parte de la estrategia, además de la comida y el agua, es el de la ropa, y esto se arma con los drop bags. Estos son puestos donde la organización lleva bolsas que uno deja previamente, y ellos las entregan allá. Como se inauguraban las 100 millas, a pedido de los corredores sumaron un punto nuevo de bolsa, así que teníamos tres colores para cada destino. La azul era la de Puentes de Luz, el primer puesto, que además era nuevo y se ubicaba en el kilómetro 55,5. La roja era la del Colorado, por donde pasábamos en el kilómetro 83 (después de hacer cumbre en el cerro del mismo nombre), y que luego visitábamos por segunda vez faltando 18 km para la meta. O sea, este puesto contaba doble, por lo que llevaba doble ración de ropa y comida. Por último estaba la bolsa amarilla, que representaba al Quechuquina, ubicado en el kilómetro 119,5. Este punto era clave para mí. Por un lado, era la distancia donde más o menos había abandonado el año pasado. Además, no había hecho uso de mi bolsa para cambiarme la ropa, por correr con los segundos contados, decisión que derivó en mi hipotermia. Tenía que hacer las cosas bien. Solo se fracasa cuando no se aprende.

Entre las tres bolsas dejé muchísima ropa de abrigo, en especial medias para cambiarme constantemente, ya que en 2016 sufrí mucho por correr con los pies mojados. Debo haber llevado 16 pares. Tenía dos chalecos, dos camperas, buzos, remeras térmicas, dos gorros de polar, una cantidad indecente de cuellos tubulares, la campera de guata, tres pares de guantes (primera piel, de micropolar y de ski), una baklava, y seguramente muchas cosas más que ahora estoy olvidando. Además dejé pilas de repuesto para la linterna frontal y la bandera de Argentina, que tenía planeado levantar en la meta. Esto era, si llegaba. En otro arranque de pánico me compré un gorro Windstopper, a pesar de que llevaba dos de micropolar. Pero es el peligro de tener dinero en la cuenta y mucho miedo de pasarla mal.

Con las bolsas ya entregadas, a las 20 hs del jueves fue la charla técnica, donde el director Marcelo Parada daba sus indicaciones y repasaba el recorrido. Él mismo bromeaba que nos íbamos a acordar de él y de su familia en ciertas partes, ¡y tenía mucha razón!

Ya habíamos hecho la inscripción, buscado la remera oficial, nos tomamos fotos, dejamos las bolsas (organizadas como nos imaginábamos que íbamos a necesitar), fuimos a la charla técnica, comimos toneladas de hidratos de carbono… solo quedaba correr.

El viernes me desperté a las 7 y me quedé dando vueltas en la cama, hasta que no me aguanté y me levanté. Me di una ducha caliente (algo que se convertiría en mi obsesión durante las heladas horas de la noche), desayuné en forma abundante, me envaseliné los pies y las partes privadas, me vestí y me fui hasta la meta. Tuvimos la gran suerte de hospedarnos frente al lago, así que el arco de largada estaba a 50 metros de nuestra puerta de entrada. Aunque estaba fresco, el sol brillaba y había pocas nubes.

Toda la estrategia que había armado no era únicamente para mí. El año pasado habíamos intentado los 145 km con mi amigo Fer, y él venía con mucho agotamiento por lo que abandonó unos kilómetros antes que yo. La revancha era para los dos, así que íbamos a intentar las 100 millas los dos juntos.

Pasamos por el arco, donde confirmaron que se leían nuestros chips en forma correcta, nos acomodamos hacia el final de los 180 inscriptos en esa distancia, y a las 12 en punto comenzó la carrera.

Acercándome a la Patagonia

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Todo tiene un final. Todo termina. Una carrera. Este blog. Un matrimonio. Quizá tenga que ver con la imposibilidad de revertir la entropía del universo. O con eso de que todo está en constante transformación, mutando y evolucionando.

Semana 52 va a cumplir 8 años en julio. No estoy actualizando diariamente como en aquellos días, pero me resulta fascinante tener una constante de casi una década en mi vida. ¿Qué otras cosas siguen presentes, como en 2010? Mi pasión por correr, mis inconformidad con mi cuerpo (aunque no al mismo nivel de desesperación como en aquellos días), mi trabajo como diseñador gráfico, mis amigos. Y si me acuerdo de algo más, lo sumaré a la lista en una eventual edición de esta entrada.

Pero mucho ha cambiado desde entonces. Mi cuerpo, con el que nunca estaré 100% conforme. Era vegetariano, pero me hice vegano (dejando de lado en el proceso la pizza con queso, las salchichas de soja, y muchas cosas que no sabía que tenían proteína animal). Corrí el Spartathlon, una de las pruebas a pie más duras del mundo. Inicié amistades, perdí otras, recuperé algunas. Conocí a mi futura esposa, tuve la boda que siempre soñé, me mudé a Brasil, y me terminé separando. Los motivos son muchos, y yo que he contado tantas cosas privadas en este blog, prefiero reservarme en esto para no dañar a otra persona. Basta con decir que intentamos, y que a veces el amor no alcanza.

Mientras mi matrimonio se iba marchitando, la Patagonia Run era lo único que me motivaba. Iba a entrenar tres veces a la semana al Corcovado, donde invertía dos horas en exigir mi cuerpo en ascenso. No era lo mismo que San Martín de los Andes, ya que corría con 30 grados, mientras que en el sur me esperan temperaturas bajo cero, pero me servía para calmar mi ansiedad y llegar a esa fecha. Finalmente terminé acelerando mi regreso a Buenos Aires. Mentiría si dijera que nos extraño a Lu y mi vida en Río. De hecho, preferiría no separarme. Pero seguir implicaba que dos personas dejen de lado su propia felicidad, y no era negocio para ninguno.

En este nuevo empezar, me hice un nuevo tatuaje, volví a convivir con mis padres, y estoy embarcado en este escapismo que es el Running. Literalmente embarcado porque estoy escribiendo esto arriba de un avión. Y sé que se trata de eso, de tapar una situación triste. Son 100 millas, quizás una prueba más dura que el Spartathlon, pero me dio un foco. Fui mucho la gimnasio, tanto en mi último mes en Brasil como en el primero de vuela en Argentina, repasé todos mis errores le año pasado, compré equipo para no pasar frío y planifiqué bien mi alimentación. Puse en práctica todo lo que aprendí.

Y el Running (o el utramaratonismo) tiene un poco eso, aplicar el aprendizaje para tratar de mejorar. Es algo que también quiero replicar en otros aspectos de mi vida. Todo esto no quiere decir que no esté ansioso y con muchos nervios. La paso muy mal antes de volar, no porque tenga miedo de hacerlo, sino porque siempre tengo esa paranoia de que no me van a dejar embarcar por algún motivo. Camino al aeropuerto, siempre pienso “¿Qué me habré olvidado?” (ahí tienen otra constante de los últimos 8 años). Esta vez me dejé la cámara de fotos y le apto médico. No es la primera vez que me pasa. Por suerte, tengo tiempo para resolverlo.

A pesar de que la vida es cambio, a veces buscados y otras no, me gusta pensar en todo lo que soy, lo que logré y lo que podría llegar a hacer. No puedo evitar sentirme triste por mi matrimonio, pero no es el fin de mi camino, sino una parada intermedia. Quizá mi problema fue creer que era un punto de partida y haberle puesto tantas expectativas. Bueno, no quería que esta entrada girara exclusivamente alrededor de mi ruptura. Estoy en vuelo, camino a Bariloche, paso previo a llegar a San Martín de los Andes. Me espera una gran aventura, y después volver a casa y retomar definitivamente mi vida.

En 8 años cambiaron muchas cosas. ¿Quién sabe qué voy a ver en 2026, cuando mire para atrás? Ojalá que otro campeonato mundial de fútbol para la Argentina, entre otras cosas, pero tanto incorporé en este tiempo, que sé que todavía me esperan aventuras, alegrías y enseñanzas por delante.

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