Cómo transformé mi abuso en motivación

Cómo transformé mi abuso en motivación

Me gustaría, pero no puedo elegir no haber sufrido abuso sexual de chico. Pasó y tengo que lidiar con eso. Lo que sí pude hacer fue transformar mi trauma en motor de cambio.

Hace unos días leí un artículo en Infobae sobre Andrea Mila, activista contra la prescripción de delitos sexuales, quien sufrió abusos por parte de su hermano mayor. Siendo adulta, en un comienzo, no pudo avanzar con su denuncia por la proscripción del delito, pero eventuales cambios en la legislación (lo que se llamó “Ley de respeto a los tiempos de la víctima”) le permitieron seguir adelante.

En su historia encontré algunos puntos en común con la mía. Escribí a La Red, organización donde trabaja, y sorpresivamente ella misma me respondió. La conclusión de esa charla fue que uno debe transformar lo que vivió en motor para ayudar a otros. La verdad te libera, y posiblemente empiece a liberar a quienes todavía no pudieron expresarse.

En 2011 fui a correr desde Atenas hasta Maratón. Fue una promesa personal, ya que había pasado 52 semanas escribiendo en este blog sobre mi nuevo compromiso con el entrenamiento y la alimentación, y los cambios que habían ocurrido en mi cuerpo y mente. El broche de oro era correr por el sendero que había dado origen a la mítica maratón (42 km 195 metros). Lo hice y sentí un alivio muy grande… pero me quedaba una cosa pendiente. En 52 semanas había escrito sobre todo lo que había vivido, esquivándole siempre a un tema que cada tanto aparecía en el fondo de mi cabeza: la historia de mi abuso. Cuando sentí que todas mis metas estaban cumplidas, entendí que era hora de afrontarlo, y escribí esta entrada: Mi miedo a las arañas. Ahí conté cómo había sido abusado sexualemente por Mariano Donaldson, amigo de la familia, mientras dormía o a través de juegos supuestamente inocentes.

A pesar de aquel importantísimo paso que di,  me las ingenié para no mencionar que también había sido abusado parte de Lucas, mi hermano mayor. Cuando leí la historia de Andrea entendí que nunca iba a ser del todo libre hasta que pudiese contar contar la verdad completa.

Durante las décadas en que reprimí mi abuso, me convencí que era un completo inútil, incapaz de cumplir sus sueños. Buscaba constantemente afecto porque no tenía aprecio por mí mismo. Todo lo que me daba miedo me paralizaba, desde las arañas (representación de manos que se acercaban a tocarme) hasta enfrentar conversaciones incómodas. Odiaba que me tocaran mientras dormía. Pasé situaciones muy desagradables entre amigos, cuando me sacaban fotos mientras estaba dormido, algo que a ellos les parecía muy divertido y que a mí me generaba muchísima angustia. Entendí las pesadillas recurrentes, por qué hablaba en voz muy baja, mi tartamudez cuando estaba enojado o nervioso, y por qué me costaba sostener la mirada, tanto la ajena como la mía en el espejo. Durante mi adolescencia, si una chica me gustaba, me era imposible decírselo, solo podía aspirar a espiarla mientras se cambiaba: lo que fuera para no tener que hablar, no tener que mirar a nadie a los ojos y no sobresalir.

Un día me desafié a hacer todas esas cosas para las que no me creía capaz. Decidí salir a correr y cambiar mi cuerpo, que me desagradaba. Me comprometí a correr una maratón, algo que me parecía entre lejano e imposible. Cuando lo logré, decidí explorar un poco más mis límites y desafiarme a correr el Spartathlon, los 246 km que unen Atenas con Esparta. Me tomó tres años desde que me lo propuse hasta que lo hice, pero esa autopromesa había sido hecha cuando jamás había corrido más que 42 km. Todo empezó con esa sensación de que era un inútil y de que nunca iba a lograr cumplir mis sueños. Mi baja autoestima, consecuencia directa de haber sido abusado varias veces por dos amigos (Mariano y Lucas), me había impedido disfrutar de relaciones, desarrollarme con normalidad y ser feliz conmigo mismo.

¿Por qué un niño no cuenta sobre su abuso? Al igual que en la historia de Andrea, nunca recibí una amenaza para no contar sobre los juegos de la “estatua”, donde el desafío era quedarme quieto mientras me manoseaban y me apoyaban un pene erecto en la cola. Tampoco me prohibieron compartir la vez que mi hermano me invitó a la bañera para explicarme cómo se hacían los bebés, que fue una excusa para enseñarme a masturbarme y que además lo hiciera frente a él. O cuando me metía un dedo en la cola mientras jugábamos a la lucha. Ni tantas otras cosas que me resultaban desagradables pero que callaba, como cuando cocinábamos juntos y me hacía probar las mezclas chupándole el dedo. No entendía por qué no usaba una cuchara, y aunque me daba asco, no podía contradecir a mi hermano mayor. Recuerdo que él decía “Tomá, probá”, y metía su dedo en mi boca. Yo hacía el esfuerzo por lamer la mezcla sin tocar su índice.

Pude hablar de mi abuso en terapia, pero al principio elegí no hablar de Lucas. Pasaron muchos años hasta que mi admiración por él empezó a caerse. No casualmente fue el mismo año en que completé el Spartathlon. Yo estaba en mi pico de autoestima, y él había decidido hostigar públicamente a mis padres por cualquier cosa, culpándolos de todo lo que lo le funcionaba en su vida. En ese entonces, él y yo trabajábamos para una ONG por los derechos de gays y lesbianas. Su expareja tenía un cargo importante en ese organismo, y Lucas comenzó un raid destructivo, acusándolo de haberle robado y extorsionando a la comisión directiva para que le den dinero. La imagen de mi hermano brillante, talentoso, un activista por la igualdad de derechos, se hizo pedazos. Empezó a morder la mano de los que le daban de comer y a torturar a mis padres. Un día dije basta, lo eliminé de mis contactos, y le escribí a la comisión directiva para contarles mi verdad. Fue la primera vez que lo puse por escrito: “Mi hermano no es ninguna víctima. Siendo un niño él abusó de mí, y está empecinado a destruir a quienes siempre lo cuidaron”. Les propuse testificar en su contra si avanzaba su amenaza de una demanda judicial.

Ese fue el final de mi relación con Lucas, quien por supuesto cesó con sus amenazas a la ONG. ¿A quién culpó de mi carta a la ONG? A mis padres, claro. También intentó hacerlos responsables de los abusos (a mí, a otro de mis hermanos, a primos), porque ellos estaban “ausentes”. El año anterior a mi propia boda, él se fue a vivir a Noruega. Fue un alivio inmenso para mí saber que está muy lejos. Todavía les manda mails a mis padres intentando torturarlos emocionalmente. Les sugerí dejar de leer sus mensajes y afrontar la realidad de que Lucas quiere ser una víctima y decirle a todo el mundo que su familia lo rechazan. La verdad, a la que él nunca se podrá enfrentar, es que nunca va a poder hacerse cargo de sus actos.

Y así llegamos al día de hoy, donde todavía siento la angustia y las secuelas de haber sido abusado. Es algo que te acompaña toda la vida, pero que cede cada vez que uno hace escuchar su voz. En una reunión de amigos hice público mis abusos y cómo había logrado transformar eso en la motivación para correr ultramaratones. Seguidamente, una amiga contó que también había sido abusada de niña. Duele revivir tu historia y escuchar que alguien pasó por algo similar, pero hay un alivio muy grande en darte cuenta de que hablar ayuda a que otras personas puedan hacerlo.

Siento mucha pena por mis padres, que no pierden las esperanzas de recuperar a aquel hijo que decidió distanciarse su familia. Pero entendí que la relación entre ellos no tiene nada que ver conmigo.

Mi vida cambió radicalmente cuando decidí enfrentar a los miedos que me paralizaban. ¿Creen que no me da pánico haber escrito todo esto y estar a punto de subirlo a internet? El corazón se me acelera y me está costando tipear con mis manos todas transpiradas. Pero hay miles y miles de excusas para quedarse quietito, callado, sin sobresalir. Es lo que hice casi toda mi vida. Al principio me costó muchísimo hacer lo contrario a lo que me indicaba el miedo, pero cada esfuerzo te fortalece, al igual que cualquier ejercicio. Con el tiempo, todo se va haciendo más fácil. Todo.

Uno es el único obstáculo para cumplir nuestros sueños. Nos encantaría elegir olvidar o no haber pasado por lo que nos lastimó, pero la única alternativa que existe es la opción de fortalecernos. Y para eso hay que dar el primer paso, que es afrontar la verdad

Así fue que recuperé el control de mi vida y me di cuenta de que nada más que yo mismo me limitaba a cumplir mis sueños. No existe la opción de no haber pasado por lo que pasamos, pero sí la de hacernos más fuertes.

Publicado el 12 febrero, 2018 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 19 comentarios.

  1. Eduardo Casanova

    Hola Martín! Admiro tu valentía y tu fortaleza! Abrazo y bezo! Pá

  2. Marto, recuerdo los años de secundaria, tu caracter introvertido… pero te leo ahora, superando obstáculos de toda índole (deportivos y personales) y no hace mas que sentirme orgulloso de mi compañero del secundario quien me dedico una caricatura de Cazador (o algo así, el nombre) en la foto de fin de curso.
    Abrazo grande y coincido plenamente con tu papa (quien recuerdo experto en el tenis de mesa). Admiro tu valentia.
    Juan

    • ¡Juancho! Debo decir que recordás las cosas exactamente como sucedieron. Te dibujé un Cazador y mi papá sigue siendo un as del Tenis de Mesa, a sus 70 jóvenes años. Gracias por tu apoyo, que ya viene de hace varios años. Realmente es muy importante para mí.

  3. ¡¡¡Valentía pura!!! Felicitaciones.

  4. hasta hoy admiraba tu fortaleza por correr mucho. Ahora admiro ademas tu fortaleza emocional. seguro te ayudara mucho, y ayudara a otras personas tu relato. un abrazo grande

  5. Maria Cristina De Bernardi

    Martin, ADMIRO TU VALENTIA¡¡¡ AMO A TUS PADRES ¡¡¡

  6. Campeón, siempre. ¡Qué grande es Semana 52!

  7. Yo tmb. Tengo los mejores recuerdos de vos del secundario! Tmb. Tengo caricaturas (las voy a buscar ! Eran excelentes!!) Y el mejor regalo q me hicieron en mi vida y todavía conservo, un historieta de “Calvin & Hobbes”. Sos muy valiente por contar tu historia! Un beso grande!
    Mery

  8. Lloro . Siento un vacío en el corazón me da ganas de abrazarte y decirte. Cuanto más valor tiene todo lo que lograste . ….. Pero me pone mal decirlo . Por que me hubiera gustado que no pases esa situación. Sigo llorando y admiro aun más a esa persona que sólo conozco por redes sociales y de verlo en carreras. La misma que me entreno online 4 meses y logre correr el KM a 5,3. Sigo llorando

    • ¡Hola, Claudia! ¿Cómo estás, tanto tiempo? Hay cosas por las que pasamos que no podemos elegirlas. Sí podemos elegir qué hacer aquí y ahora, y yo elijo todos los días ser mi mejor versión. ¡Gracias por escribir!

  9. María Eugenia Giménez

    Martín, valiente el paso que diste! Y sanador para vos… Te mando un beso enorme!!! Recuerdo los sábados al mediodía que pasabas con el colo por casa. Sos muy fuerte y por sobre todo valiente… Demostraste una capacidad de resiliencia admirable. Un fuerte abrazo!
    Maru.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: