Lo que no sabías sobre la mente de los corredores

Lo que no sabías sobre la mente de los corredores

Existen dos mentes. Una es el cerebro en sí, la parte central del sistema nervioso de los vertebrados, donde el hemisferio izquierdo le indica al pie derecho que avance, y todo ocurre a través de una complejísima red de tejidos nerviosos.

Otra es la parte intangible, esa voz que suena en nuestra cabeza y, al menos en mi caso, reprueba más de la mitad de las decisiones tomadas. Prefiero hablar sobre esa mente, la que quizá no sabías que se puede entrenar, fortalecer y mejorar.

Los corredores somos capaces de todo lo que nos propongamos, dentro de los límites reales de nuestras capacidades. El tema es que, justamente, la mente siempre se detiene antes. Si decidimos correr nuestra primera maratón y esa vocecita decide que es demasiado esfuerzo, nos vamos a quedar antes de la llegada, convencidos de que nuestro cuerpo no daba para más. Y seguramente el 99% de las veces estábamos equivocados, pero nunca podremos saberlo. La duda nos carcomerá el resto de nuestra vida. El corredor que nunca se preguntó “¿Y si hubiese seguido?” debería ser encerrado en un laboratorio para que le realicen exhaustivos análisis.

Adentro de la mente de un corredor, durante una competencia, pasan millones de cosas. Así como Ricardo Montaner cantaba sobre una mujer que era “enfurecida y tranquila”, el hecho de correr nos da mucha paz, pero a la vez angustia. Disfrutamos de no pensar en nada, de relajarnos y poner la mente en blanco, a la vez que repasamos si estamos pisando bien y cuándo llega el siguiente puesto de hidratación. Es una calma total mientras cantamos por dentro nuestra canción favorita. Una. Y otra. Y otra. Y otra vez.

(Scott Jurek le recomendaba a los ultramaratonistas que, si se les pegaba un tema, mejor que sea uno que les gustara porque los podía acompañar durante horas).

La mente es inflexible y a veces injusta. Nos obliga a identificar todo lo que hicimos mal y nos tortura imaginando lo bien que nos podría haber ido si no nos hubiésemos equivocado… pero, ¿nos permite ver nuestros aciertos una vez que cruzamos la meta? Al corredor le resulta más fácil ponerse en juicio y aprender (lo cual tampoco está mal), pero a la vez se le olvida rápidamente todo ese conjunto de cosas que hizo bien. Ese pie bien puesto, la comida justa, la hidratación adecuada… todo queda relegado por la alegría de la llegada, lo que otorga una seguridad que, en la siguiente carrera, puede transformarse en exceso de confianza (y en un nuevo error).

¿Cómo se ejercita la mente? Hay una sola cosa que podemos hacer: salir de nuestra zona de confort. ¿Cómo prepararnos para la inseguridad que nos da el dolor físico y el cansancio extremo? Entrenando más allá de nuestra comodidad. El corredor que sufre en el kilómetro 30 debería, como mínimo, entrenar 5 mil metros más que eso. La mejor forma de apagar esa voz que dice que no podemos hacerlo es hacerlo de todas maneras.

El corredor a veces se equivocará. Sucumbirá ante la presión autoimpuesta. Se le pegará una canción horrible durante toda la noche en una ultramaratón. Repasará las tareas pendientes que tiene que hacer el lunes aunque se juró no pensar en trabajo. Pero si no abandona en sus intentos y vuelve por más, será un poco más fuerte. Aunque no lo note al principio. Un día podrá mirar atrás y se dará cuenta de que esa vocecita que le decía que no podía, un día dejó de criticar y empezó a alentar.

Publicado el 11 enero, 2018 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Eduardo Casanova

    Muy bueno Martín! de mente!

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