El Ultra Desafío 246 km (segunda parte)

Ultra_Desafio246_km

Cuando escribí el post anterior, hace más de un mes, no imaginé que habría una segunda parte. Pero la vida te da sorpresas (y algunas veces es uno el que tiene que sorprenderse a sí mismo).

Primero, algunos contextos: Nací el 17 de diciembre de 1977. Por algún motivo que se desentrañó varias veces en este blog, me gusta correr. No me asusta el paso del tiempo, pero cumplir 40 años, viviendo en otro país, era extraño. Quería pasarlo con mi familia y amigos, pero acababa de viajar a Buenos Aires. Luego de consultarlo con mi consciencia (o sea, mi esposa), vi que sacar dos pasajes en 18 cuotas era viable. Entonces, con mi cambio de década acercándose y una visita a Argentina en carpeta… ¿por qué no aprovechar para correr?

Antes de hacer el Ultra Desafío, conocimos la historia del gran ultramaratonista Adalberto Maidana, quien en Noviembre de 1988 había intentado unir la Plaza del Congreso (donde está el mojón del km 0) con San Nicolás, en un recorrido inverso al que habíamos intentado. La narración que hace en primera persona es apasionante, y quizás aproveche alguna oportunidad para compartirla. Diversas circunstancias y errores lo llevaron a abandonar en el km 130, y en febrero de 1989 volvió a ese punto para completar lo que le faltaba. Entonces, casi inmediatamente a que decidí visitar Buenos Aires para mi cumpleaños, se me ocurrió… ¿qué tal si le copiamos la idea a Adalberto y completamos nuestra carrera?

El tema no era solo el capricho de completar los 246 km (de los cuales nos faltaban, en teoría, 101), sino que aquel sábado a la medianoche conocí otros ultramaratonistas, y la verdad es que no conozco casi corredores de esta exigencia. Sí, tengo amigos con los que hemos compartido ultramaratones, pero fueron de montaña. Aquello de correr en una calle durante horas y horas no pude experimentarlo muchas veces. Y se crearon nuevas amistades… ¿cómo no querer volver a compartir una carrera en la ruta?

Cuando consulté si había interesados en completar el Ultra Desafío, sabía que lo más importante era contar con Horacio, quien coordinó a los asistentes y que tenía muy en claro cómo eran las paradas. Podíamos ser mil ultramaratonistas yendo de la mano, pero sin él, no llegábamos. Por suerte fue de la partida, y de los 11 que salimos de San Nicolás, la agenda (y sus piernas) le permitió participar a 5 corredores (incluyéndome a mí). Lo curioso fue que la única fecha en que podíamos largar era el sábado 16 de diciembre… y al día siguiente era mi cumpleaños.

Debo admitir que me parecía una forma original de festejarlo. La idea era largar desde la misma estación de servicio donde se canceló la carrera, llamada kilómetro 103. Era a la misma hora, a las 9 de la noche. No me preparé con la misma intensidad y miedo que un mes antes. Hacer 101 kilómetros no me daba tanto miedo. Igual tuve a favor todo lo que había aprendido en el intento de noviembre. Por ejemplo, lo fantástico que me había resultado el cous cous como comida de marcha.

Salimos estos nuevos cinco amigos, comandados por el spartatleta Leo Bugge. Ahí estaban Ale Fasano, Fabián Frade y Germán Efler, ¡todos en el ranking de la asociación de ultramaratonistas argentinos! Me sentía jugando en primera. El cielo era un sinfín de relámpagos y rayos que cruzaban de un lado de la colectora al otro. Creo que teníamos más miedo de morir electrocutados que por el cansancio.

Hacia las 11 de la noche, cuando íbamos 20 kilómetros, se largó un diluvio de lo más impresionante. Había mucho viento, así que llovía de costado, y el agua se me metía directamente en el oído. Me cubrí con un buff las orejas y avancé con optimismo. La intensidad bajó a una lluvia moderada, y así llegué a las 12 de la noche, comenzando mi cumpleaños corriendo.

Prácticamente llovió sin parar durante 4 horas. Cuando empezó a amanecer, levantó la temperatura y el calor era insoportable. Nos desabrigábamos mientras de algunos boliches de esos parajes remotos la gente salía de bailar. Duró poco, porque lo que había pasado era que había dejado de soplar el viento. Cuando volvió, de nuevo empezamos a temblar de frío. No me desabrigué casi por el resto de la carrera.

Es muy extraño poder describir ahora, una semana después de haber corrido, lo que se siente estar tantas horas corriendo. Uno ingresa a un estado zen, de equilibrio y disfrute, incluso cuando los músculos gritan de dolor y la panza se revuelve por el esfuerzo de digerir mientras corremos. Esa paz que tiene la ruta, la sensación de compañerismo, el estar con TU gente… es maravilloso. Me gustaría recomendárselo a todo el mundo, pero no tengo idea de cómo se traslada correr una ultra con amigos a otros ámbitos de la vida.

Para todos tuvo gusto a revancha. Para mí fue el mejor cumpleaños que podría haber deseado. Cada tanto actualizaba mi Facebook para que mis amigos y familia sepan dónde estaba. En la colectora de Panamericana, altura Acassuso, se sumó mi amigo Juan Pablo, quien fue a “probar” y terminó llegando por sus propios medios al obelisco. Nosotros ya sabíamos que llegábamos. Nos pusimos algunos objetivos intermedios como Zárate o Pacheco, pero sin el frío espantoso que había hecho el mes anterior y con el equipo de asistencia de lujo de Horacio y Patricia, nada nos podía detener.

Por la colectora de Panamericana terminamos llegando a Avenida del Libertador, una calle por la que corrí muchísimo en mis fondos más largos. Me sorprendió una molestia en la cadera derecha, como un pinchazo que se hacía presente cada tanto. Intenté no perder la calma, como dije, nada me podía detener.

Al principio permanecíamos bastante unidos, pero ya acercándonos a Capital nos fuimos separando. En Palermo nos juntamos, justo en un cartel que indicaba que faltaban 5 km hasta el obelisco. Esa era una confirmación a nuestras sospechas: la distancia daba más de 101 km. Llegamos finalmente a la 9 de julio, y a alguien se le ocurrió desafiarme a correr esa calle en subida, una cuesta importante cuando se tienen más de cien kilómetros encima. Como no sé achicarme cuando me mojan la oreja, sin chistar subí al trote.

La llegada al obelisco fue muy emocionante. Ahí nos esperaban familiares y amigos. Luciane, mi mujer, traía mi torta vegana para quien fuera lo suficientemente valiente. También ahí recibí una bandera de argentina firmada por mis compañeros de ruta como regalo de cumpleaños (para alguien que se fue a vivir al exterior, esto tiene un valor todavía más grande). Me hicieron brindar con cerveza negra, la cual no desprecié por respeto a mis compañeros (pero era muy amarga para mi gusto). La emoción era tan grande que no quería que esa llegada se terminase.

Pero, como todo lo bueno, las cosas llegan a su fin. Cada uno partió hacia su casa, para un merecido descanso luego de 14 horas corriendo. Creo que los que hicieron el mayor esfuerzo fueron Horacio y Patricia, manejando y frenando cada 5 kilómetros para asistirnos.

Fue una jornada de lujo, aunque mi viaje se vio un poquito opacado por el paro de transportes, que me obligó a quedarme en Buenos Aires dos días más (con mucha angustia por haber dejado a mi gato solo en casa).

Dicen que la vida empieza a los 40. Yo lo empecé de la forma que más me gusta: corriendo. Y encima una ultramaratón. Es difícil que vuelva a hacer algo así, y me gusta que me haya pasado en un número tan alto como el 40. Siendo que corrí con algunos que promediaban los 50 años, siento que me quedan muchos años más coqueteando con los límites.

Publicado el 24 diciembre, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. raul montenegro

    Felicitaciones por haber terminado,el ultra, abrazo desde laferrere,argentina.

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