El Ultra Desafío 246 km

Ultra_Desafio_246

“A veces se gana, siempre se aprende”. Esta es la frase que estuve diciendo con cierta insistencia durante las últimas 48 horas. Pero… ¿qué es ganar?

Uno podría asumir que el triunfo radica en, por ejemplo, proponerse estar en la largada de una ultramaratón y llegar a la meta. Creo que ahí nos quedaríamos cortos, porque ganar no es eso, sino superar los límites, resolver, aprender. Todo el que escuchó en su cabeza “No puedo más” y siguió, venció una batalla interna.

El viernes a la noche llegamos algunos corredores a San Nicolás, preparados para enfrentarnos a los 246 km que separan a esta ciudad del Obelisco. A pesar de que habíamos estado viendo el pronóstico del tiempo, nos sorprendió el frío, un clima inusual para Noviembre. La cena fue en una pizzería, un par de horas antes de la largada de medianoche, y yo no paraba de temblar. Me abrigué, sabiendo que cuando saliésemos a la ruta el frío se iba a sentir todavía más.

Corrí casi toda la carrera junto a Leo Bugge, el ideólogo del Ultra Desafío, y con quien compartimos ser finishers del Spartathlon en 2014. Resultó un compañero ideal, que escuchaba a todos y acompañaba. Yo soy pésimo para ubicarme, y me gustaba tener a alguien a mano que conociera la ruta y en quien poder apoyarme.

Es difícil narrar una carrera de 21 horas sin que le tome al lector la misma cantidad de timpo leerla, porque las palabras son limitadas para reflejar todo lo que se vive ahí. Hubo un compañerismo conmovedor, tanto entre los corredores como de parte de los voluntarios que nos daban comida, bebida, aliento y hasta algunos masajes. Hubo un perro, al que apodamos Ultra, que corrió 60 kilómetros con nosotros. Tuvimos que defenderlo constantemente de otros perros que salían a atacarlo. Recién cuando salió el sol y estuvo un par de horas en el cielo pudimos dejar el abrigo y correr en remera. El recorrido, por colectora, era muy cómodo de transitar, pero ciertos tramos cortos por banquina eran terroríficos. Algunos intentaban dormir cinco o diez minutos en los puestos, y cuando se escuchaba la amenaza de abandonar, el resto sacaba alguna frase de la galera para incentivar a seguir peleándola. Fuimos 11 corredores, con once historias que ninguna entrada en ningún blog les haría justicia.

En lo personal me sentí tan bien que me sorprendió. Quizás algunos no tengan presente que hace dos meses salió a la luz una lesión en mi banda iliotibial, algo que fui cultivando en base a malas decisiones: calzado inadecuado, mala hidratación y una alimentación poco nutritiva para un ultramaratonista. Decidí replantear todo, aunque fue muy sobre la fecha de la carrera. Me compré zapatillas para pronador, inicié una rutina de rehabilitación con el fisioretapeuta Edson Mendoça y un plan alimentario con su esposa, Ana Paula Santos. Como terminé entrenando la mitad de lo que quería, llegué al Ultra Desafío con el objetivo de alcanzar la mitad de la carrera: 123 kilómetros.

Aunque tenía mi rodillera y un analgésico en crema, no lo necesité. Debo confesar que me di una inyección de Oxa B12 por miedo a sentir dolores. Aunque tuve algunas molestias menores, lo atribuyo a la intensidad de la carrera. Hoy, 24 horas después, solo siento el entumecimiento y las contracturas típicas de cualquier ultramaratón.

Creo que el plan alimentario fue clave. Me sentí con energía todo el tiempo, sin molestias estomacales. No tuve necesidad de dormir, y reconozco que me convertí en el pesado que se quejaba de que estábamos descansando demasiado en los puestos y arengaba a salir. Caminé más por acompañar que por necesitarlo. Tan bien me sentí que pasé de tener el objetivo de llegar a la mitad a armar la estrategia para completar los 246 km en menos de 36 horas.

Pero eso no sucedió. Comenzamos siendo 11 corredores (el perro no cuenta) y con el paso de las horas fuimos sufriendo las bajas. Se armaron dos pelotones, uno adelante y otro atrás, con algunos ultramaratonistas que se alternaban entre uno y otro. Un grupo de autos se turnaba para asistirnos (era una bendición cada vez que los veíamos esperándonos), y a veces se convertían en los rescatistas de un atleta que había llegado a su límite. El frío fue sin dudas lo que frenó a la mayoría, en otros el sueño. Ninguno de los que estaba ahí era un improvisado en las ultras.

Intenté ser el tipo optimista que alienta, pero en un momento tuve que decir lo que realmente estaba pensando. Mientras corríamos con Leo, instantes antes de la segunda noche, le dije mi mal presagio: “Creo que esto se está convirtiendo en una competencia a ver quién llega más lejos”. La mitad ya había abandonado, y abrigados con lo que teníamos (la ropa de la noche anterior estaba toda mojada) llegamos al puesto del kilómetro 145 solo tres corredores, con un cuarto que había abandonado dos kilómetros antes. Pero solo estábamos Leo y yo en condiciones de seguir. Por primera vez en casi 40 horas me tiré a dormir, tapado con una frazada. Al despertarme cinco minutos después, el Ultra Desafío se había suspendido oficialmente.

Los motivos eran tan válidos que nadie podría haberlos cuestionado. Quedaban 100 kilómetros, al menos 9 horas de oscuridad, frío, viento, y no teníamos ropa de abrigo seca para encarar ese tramo. Podíamos haber seguido, si eso de terminar internados en el hospital con hipotermia no hubiese sido un problema para nuestras esposas.

Sentí un poco de alivio. Más que nada porque me conmovió el dolor de muchos corredores que habían abandonado, y sentí que eso les iba a reafirmar que esta prueba fue extenuante para todos, muy difícil, y que no fueron los únicos en llegar a su límite. Creo que la organización también aprendió mucho de la experiencia. La intención de correr durante dos noches para que el calor no fuese un problema, terminó convirtiendo a la carrera en una misión imposible. Sí, con abrigo adecuado quizás alguno hubiese alcanzado el objetivo de alcanzar la meta. Pero, ¿quién se abriga a mediados de Noviembre? Fue una suerte haber llevado una remera térmica y un chaleco de polar, que estaba seguro de que no iba a necesitar.

La asistencia fue impecable. Si bien llevé mi propio alimento que repartí en dos coches, había comida suficiente para sostener a cualquier corredor vegano. Dejé de lado mis convicciones antiazúcar y consumí bebidas isotónicas auto de por medio, clave para mantenerme hidratado. No tengo nada que reprocharle a la carrera ni a mí mismo. Es la primera competencia que no completo donde siento que jugué bien todas las cartas que tenía en la mano.

Mi mudanza a Brasil hizo que no pudiese involucrarme en el proceso de creación de este  Ultra Desafío. A casi todos los participantes (atletas y asistentes) los conocí ahí mismo, en San Nicolás, pero nos unió la experiencia de correr juntos. En pocas circunstancias me he sentido tan bienvenido. Aunque ahora estoy un poco cansado y con ganas de volver a mi casa en Rio de Janeiro, ya estoy fantaseando con volver en Noviembre del año que viene y participar de una nueva edición. Ojalá se haga, porque todos ganamos y aprendimos algo. Nos merecemos hacer uso de la experiencia y las nuevas amistades para seguir superándonos.

Publicado el 19 noviembre, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. raul montenegro.

    Hola .amigo,..Al final importa una mierda si las cosas no salen como queremos,por que mas vale tener una cicatriz por valiente,que piel intacta de cobarde. (bruce lee). a seguir adelante,que este deporte es maravilloso y te da revancha cuando uno decida,abrazo desde la ferrere,prov de bs as .

  2. Hola Martín! Te felicito por la carrera, por tu proceso previo y por la forma de contarla… “a corazón abierto”. Te cuento que el lunes parado te robé la frase “A veces se gana, siempre se aprende”; porque comenzaba la competencia de Tenis de Mesa Máster en Monterrey y por falta de inscriptos teníamos que jugar en Equipos +60 en lugar de +70. No ganamos, pero creo que aprendí un par de cosas. Un abrazo fuerte “Hijo y Maestro”!!

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