Archivos Mensuales: noviembre 2017

El Ultra Desafío 246 km

Ultra_Desafio_246

“A veces se gana, siempre se aprende”. Esta es la frase que estuve diciendo con cierta insistencia durante las últimas 48 horas. Pero… ¿qué es ganar?

Uno podría asumir que el triunfo radica en, por ejemplo, proponerse estar en la largada de una ultramaratón y llegar a la meta. Creo que ahí nos quedaríamos cortos, porque ganar no es eso, sino superar los límites, resolver, aprender. Todo el que escuchó en su cabeza “No puedo más” y siguió, venció una batalla interna.

El viernes a la noche llegamos algunos corredores a San Nicolás, preparados para enfrentarnos a los 246 km que separan a esta ciudad del Obelisco. A pesar de que habíamos estado viendo el pronóstico del tiempo, nos sorprendió el frío, un clima inusual para Noviembre. La cena fue en una pizzería, un par de horas antes de la largada de medianoche, y yo no paraba de temblar. Me abrigué, sabiendo que cuando saliésemos a la ruta el frío se iba a sentir todavía más.

Corrí casi toda la carrera junto a Leo Bugge, el ideólogo del Ultra Desafío, y con quien compartimos ser finishers del Spartathlon en 2014. Resultó un compañero ideal, que escuchaba a todos y acompañaba. Yo soy pésimo para ubicarme, y me gustaba tener a alguien a mano que conociera la ruta y en quien poder apoyarme.

Es difícil narrar una carrera de 21 horas sin que le tome al lector la misma cantidad de timpo leerla, porque las palabras son limitadas para reflejar todo lo que se vive ahí. Hubo un compañerismo conmovedor, tanto entre los corredores como de parte de los voluntarios que nos daban comida, bebida, aliento y hasta algunos masajes. Hubo un perro, al que apodamos Ultra, que corrió 60 kilómetros con nosotros. Tuvimos que defenderlo constantemente de otros perros que salían a atacarlo. Recién cuando salió el sol y estuvo un par de horas en el cielo pudimos dejar el abrigo y correr en remera. El recorrido, por colectora, era muy cómodo de transitar, pero ciertos tramos cortos por banquina eran terroríficos. Algunos intentaban dormir cinco o diez minutos en los puestos, y cuando se escuchaba la amenaza de abandonar, el resto sacaba alguna frase de la galera para incentivar a seguir peleándola. Fuimos 11 corredores, con once historias que ninguna entrada en ningún blog les haría justicia.

En lo personal me sentí tan bien que me sorprendió. Quizás algunos no tengan presente que hace dos meses salió a la luz una lesión en mi banda iliotibial, algo que fui cultivando en base a malas decisiones: calzado inadecuado, mala hidratación y una alimentación poco nutritiva para un ultramaratonista. Decidí replantear todo, aunque fue muy sobre la fecha de la carrera. Me compré zapatillas para pronador, inicié una rutina de rehabilitación con el fisioretapeuta Edson Mendoça y un plan alimentario con su esposa, Ana Paula Santos. Como terminé entrenando la mitad de lo que quería, llegué al Ultra Desafío con el objetivo de alcanzar la mitad de la carrera: 123 kilómetros.

Aunque tenía mi rodillera y un analgésico en crema, no lo necesité. Debo confesar que me di una inyección de Oxa B12 por miedo a sentir dolores. Aunque tuve algunas molestias menores, lo atribuyo a la intensidad de la carrera. Hoy, 24 horas después, solo siento el entumecimiento y las contracturas típicas de cualquier ultramaratón.

Creo que el plan alimentario fue clave. Me sentí con energía todo el tiempo, sin molestias estomacales. No tuve necesidad de dormir, y reconozco que me convertí en el pesado que se quejaba de que estábamos descansando demasiado en los puestos y arengaba a salir. Caminé más por acompañar que por necesitarlo. Tan bien me sentí que pasé de tener el objetivo de llegar a la mitad a armar la estrategia para completar los 246 km en menos de 36 horas.

Pero eso no sucedió. Comenzamos siendo 11 corredores (el perro no cuenta) y con el paso de las horas fuimos sufriendo las bajas. Se armaron dos pelotones, uno adelante y otro atrás, con algunos ultramaratonistas que se alternaban entre uno y otro. Un grupo de autos se turnaba para asistirnos (era una bendición cada vez que los veíamos esperándonos), y a veces se convertían en los rescatistas de un atleta que había llegado a su límite. El frío fue sin dudas lo que frenó a la mayoría, en otros el sueño. Ninguno de los que estaba ahí era un improvisado en las ultras.

Intenté ser el tipo optimista que alienta, pero en un momento tuve que decir lo que realmente estaba pensando. Mientras corríamos con Leo, instantes antes de la segunda noche, le dije mi mal presagio: “Creo que esto se está convirtiendo en una competencia a ver quién llega más lejos”. La mitad ya había abandonado, y abrigados con lo que teníamos (la ropa de la noche anterior estaba toda mojada) llegamos al puesto del kilómetro 145 solo tres corredores, con un cuarto que había abandonado dos kilómetros antes. Pero solo estábamos Leo y yo en condiciones de seguir. Por primera vez en casi 40 horas me tiré a dormir, tapado con una frazada. Al despertarme cinco minutos después, el Ultra Desafío se había suspendido oficialmente.

Los motivos eran tan válidos que nadie podría haberlos cuestionado. Quedaban 100 kilómetros, al menos 9 horas de oscuridad, frío, viento, y no teníamos ropa de abrigo seca para encarar ese tramo. Podíamos haber seguido, si eso de terminar internados en el hospital con hipotermia no hubiese sido un problema para nuestras esposas.

Sentí un poco de alivio. Más que nada porque me conmovió el dolor de muchos corredores que habían abandonado, y sentí que eso les iba a reafirmar que esta prueba fue extenuante para todos, muy difícil, y que no fueron los únicos en llegar a su límite. Creo que la organización también aprendió mucho de la experiencia. La intención de correr durante dos noches para que el calor no fuese un problema, terminó convirtiendo a la carrera en una misión imposible. Sí, con abrigo adecuado quizás alguno hubiese alcanzado el objetivo de alcanzar la meta. Pero, ¿quién se abriga a mediados de Noviembre? Fue una suerte haber llevado una remera térmica y un chaleco de polar, que estaba seguro de que no iba a necesitar.

La asistencia fue impecable. Si bien llevé mi propio alimento que repartí en dos coches, había comida suficiente para sostener a cualquier corredor vegano. Dejé de lado mis convicciones antiazúcar y consumí bebidas isotónicas auto de por medio, clave para mantenerme hidratado. No tengo nada que reprocharle a la carrera ni a mí mismo. Es la primera competencia que no completo donde siento que jugué bien todas las cartas que tenía en la mano.

Mi mudanza a Brasil hizo que no pudiese involucrarme en el proceso de creación de este  Ultra Desafío. A casi todos los participantes (atletas y asistentes) los conocí ahí mismo, en San Nicolás, pero nos unió la experiencia de correr juntos. En pocas circunstancias me he sentido tan bienvenido. Aunque ahora estoy un poco cansado y con ganas de volver a mi casa en Rio de Janeiro, ya estoy fantaseando con volver en Noviembre del año que viene y participar de una nueva edición. Ojalá se haga, porque todos ganamos y aprendimos algo. Nos merecemos hacer uso de la experiencia y las nuevas amistades para seguir superándonos.

Estrategia de ultramaratón

Estrategia de ultramaratón

No se puede completar una carrera, mucho menos una ultramaratón, sin una estrategia. A menos que tengamos la intención de ser Filípides y morir corriendo, claro está.

Voy a soltar algo así, casualmente, para que ustedes lo analicen en sus casas: a veces tenemos una estrategia, y no lo sabemos. No siempre vamos a competir rememorando lo que vamos a hacer en cada puesto o en cada situación inesperada. Sin embargo, la experiencia nos da esa ventaja de, por default, estar preparados. Si ya llevamos una botella con agua, un puñado de comida de marcha que nos gusta y un objetivo intermedio antes de la meta, entonces tenemos una estrategia que ya se escribió en algún lugar de nuestro cerebro.

Algo recurrente en las carreras es no saber qué hacer y sumarse al plan de otro. Generalmente es un desconocido al que vemos más entero y creemos que tiene la respuesta para sacarnos de nuestra penosa situación. Algunas veces puede salirnos bien, pero copiar el pan de un tercero no garantiza que funcione para nosotros.

Las estrategias de carrera son personales. Tienen que ver con la formación atlética de cada uno, sus gustos personales y cómo se encuentran en ese momento emocional y deportivamente. Hay algo común en todas las planificaciones y es que hay que alimentarse e hidratarse. Es imposible completar una ultramaratón si no se está muy pendiente de lo que entra en el cuerpo.

Después, cada uno escribirá su guion e intentará seguirlo al pie de la letra. En el caso del Ultra Desafío 246 km, como salimos a la medianoche, mi primer objetivo va a ser llegar al amanecer. No lo veo como algo difícil, porque vamos a estar frescos. Calculo que a unos 70 km de carrera ya vamos a estar disfrutando de la claridad. Mi segundo objetivo va a ser llegar al almuerzo, donde vamos a descansar un poco (objetivo bonus: poder seguir corriendo después de frenar y sentarme). El tercer objetivo, la cena, el cuarto volver a ver el amanecer, y el quinto llegar al Obelisco, como sea. No parece un objetivo demasiado diferente al que podría tener cualquiera de los otros corredores. En mi caso, lo más importante es que pase la noche, donde abundan los fantasmas mentales. Luego es cuestión de sostener y no aflojar.

Voy a intentar beber 600 cc de agua cada hora, comer todo lo que me indicó Ana, mi nutricionista, y no olvidar los consejos de postura y elongación de mi fisioterapeuta Edson Mendoça. Esa es mi estrategia, a grandes rasgos, y la iré puliendo durante la semana previa a la ultra.

Una pequeña ayuda en las carreras

Una pequeña ayuda en las carreras

El running es una de las pocas actividades que me vienen a la mente donde los que participan no les importa si llegan primero. Claro, hay tres o cinco que van adelante de todo donde eso sí les resulta imprescindible, pero viven una realidad paralela en la que no nos vamos a adentrar en este día.

El tema de la superación, y ser mejor de lo que fuimos ayer, es lo que cuenta. Y en las carreras te permiten alcanzar ese objetivo con ayuda. Si uno se tuerce el tobillo y no puede seguir por sus medios, otro corredor puede llevarnos andando, sin ningún riesgo de descalificación. Diferente es si alguien externo, que no está corriendo, es el que nos da esa ayudita. De nuevo, no se me ocurre otra actividad donde la colaboración con un tercero se permita y se incentive.

Siempre intento dar una mano en las carreras, ya sea compartiendo agua, alentando, sosteniendo un alambrado. Lo han hecho por mí alguna vez y me siento en la obligación a hacerlo. También he visto cómo algunos familiares y amigos ayudan a un competidor (algo que está en contra del reglamento), con actitudes que van desde alcanzarle una banana a subirlo a un cuatriciclo.

A veces esa ayuda que nos acerca a la meta es espiritual. ¿Quién no rezó en un momento de desesperación? Me recuerdo en varias competencias muy exigentes pidiéndole fuerzas a Dios, y de algún modo sentí que no me podía dar resistencia o fuerzas, porque esas eran cosas que ya estaban adentro mío.

Sin embargo, la ayuda externa que más impacta en nosotros, no llega durante la prueba, sino antes. Quienes nos apoyan en nuestros largos entrenamientos, los que acompañan desde el aliento o lo económico, ese profesional que nos ayudó en nuestra planificación nutricional, el fisioterapeuta que lideró nuestra recuperación… y todos los que aportaron consejos y motivación. Uno puede estar corriendo solo, pero llegar al día de la carrera implica el trabajo de muchas personas.

A dos semanas de los 246 km

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¿Sigue funcionando este blog? Aunque llevo más de un mes sin pasar por aquí sí, está activo y en mi cabeza constantemente.

Entonces, lo último que escribí fue sobre mi lesión, el 30 de septiembre. Desde entonces tuve que darme un baño helado de humildad y dejar de subir todas esas fotos en mi Instagram con los resultados de mis fondos. Venía bárbaro, metiendo más de 100 km por semana. Cometí el error imperdonable (para mí) de correr con zapatillas que me hacían pronar más de la cuenta, y de reemplazarlas por unas viejas y muy desgastadas. Tampoco me dediqué a fortalecer mi zona media ni me hidraté como debía, cosas que van colaborando con este tipo de lesiones en la banda iliotibial.

Así fue que tiré al diablo mi Excel con todos mis entrenamientos programados y empecé de nuevo, caminando. Compré un nuevo par de zapatillas, mucho más estables, una rodillera, y me armé de paciencia. No me bajé de los 246 km que voy a correr el 18 de noviembre, aunque lo empecé a sentir más lejano que nunca.

Edson Mendoça, mi terapeuta, me dijo que podía comenzar a trotar hasta 8 km, día por medio, porque esa era la distancia en la que me había empezado a doler. Después pasamos a trotar hasta una hora (entre 10 y 11 km). Me interioricé más en cómo recuperarse de una inflamación en la banda iliotibial, y recomiendan trotar si el dolor es de 1 a 3 en una escala donde 1 es una leve molestia y 10 es llanto desconsolado. A partir de ahí se podía aumentar entre 10 y 20% la distancia semanalmente, sin abusar de la rodillera para no atrofiar los músculos que buscamos fortalecer.

Con metas más humildes y ganas de mejorar, llegué a correr 20 km casi sin dolor, luego 30 km y el domingo pasado hice 41 km con nivel 0 de molestia. Hasta ahí todo bien, hasta que levanté una cama poniendo el peso en mis piernas, mientras el costado de la rodilla se apoyaba en una de las patas, y creo que esa combinación de esfuerzo y presión sobre la zona otrora lesionada me hizo doler (diría que nivel 4), y desde entonces (ya van 6 días), me duele cuando me toco (por lo que decidí no tocarme). No volví a correr desde entonces más que 20 km, sin molestia, pero con bastante miedo.

Claramente esto está teniendo un impacto anímico más grande que el que me permití admitir. No por nada mi poca actualización del blog pasó a ser una nula actualización, y hasta dejé de lado mi Instagram, que venía lleno de posteos en la semana.

Mañana, domingo, haría mi último fondo largo, porque no tiene sentido matarme a pocos días de correr, y para la ultra decidí que me voy a bajar cuando sienta un dolor nivel 5. No estoy para hacer la heroica, y prefiero pasar a asistir a mis compañeros que inmolarme. Dicho de otro modo, aunque vengo esperando este desafío desde hace un año, no estoy para empeorar mi lesión y no poder correr (ni caminar) en los próximos meses.

A pesar de que este posteo puede parecer un poco pesimista, ¿qué expectativas tengo? Qué bueno que lo pregunten. Quiero correr y quiero llegar. Hay un cuenco estilo griego de obsequio para quienes terminen, y lo necesito. Extraño muchísimo correr horas y horas. En mi entrenamiento no pude experimentar esto, pero confío en mi experiencia previa. Lesionarme y dar algunos pasos hacia atrás me hizo sentir más enfocado y comprometido con la carrera (a diferencia de cuando parecía un objetivo lejano en el tiempo). Se supone que algunos amigos van a acompañarme en el tramo final (no sé cuánto, ni si realmente lo harán), y solo esa posibilidad me dan ganas de llegar, al menos, hasta Escobar para verlos. Y voy a estar entre otros 11 ultramaratonistas, algunos finishers del Spartathlon, y me entusiasma mucho correr codo a codo con ellos y aprender de su experiencia.

En 14 días, a esta hora, estaré corriendo o me habré bajado para luchar otras batallas.

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