Lo que extraño de correr en Buenos Aires

Lo que extraño de correr en Buenos Aires

Uno suele apreciar las cosas cuando ya no las tiene. También es cierto que uno distorsiona los recuerdos, y todo tiempo pasado parece mejor. Sin embargo, hay algunas cosas que extraño de cuando entrenaba en Buenos Aires.

Lo primero que debería reconocer, ya que es la ciudad en la que elegí vivir, es remarcar las ventajas de Río de Janeiro. El hecho de que amanezca más temprano es algo que me encanta. Quienes me conocen saben que mi cerebro se desconecta unos 15 minutos después de cenar. Soy una persona diurna, y en Buenos Aires no podía evitar despertarme cuando todavía era de noche. En Río, durante el pleno invierno, a las 6:30 ya hay claridad como para salir a entrenar.

Otra cosa que me gusta es la cercanía que tiene la ciudad con el mar. Uno puede ir a correr junto a la playa, pero… la novedad se agota pronto. Y hay mucho tráfico que pasa haciendo mucho barullo junto a la ciclovía, lo que hace que la experiencia de entrenar en Copacabana o Ipanema sea un poco estres– ah, perdón. Dije que iba a hablar de las ventajas. Sí, playas. Es un punto a favor.

Río tiene muchos, muchos corredores. Le da la bienvenida a los atletas con sendas para hacer bici o correr, estaciones para entrenar, e incluso pesas hechas con caños y cemento. Da un look medio presidiario, pero ahí están para que las use quien quiera.

Aquí también hay mucha seguridad. Quienes teman andar por la calle pueden ir contabilizando la cantidad de policías o agentes de tránsito. Tampoco imaginen un estado paramilitar. Hablamos de cariocas con camisa de manga corta, gorrita, paseando o andando en bici.

Buenos Aires, por otro lado, tenía algo esencial que aquí perdí: baños públicos y bebederos. Como todos los problemas, se resuelve con plata. Río de Janeiro tiene estaciones donde uno puede hacer sus necesidades, pero son pagas. También hay montones de vendedores ambulantes que te venden un agua sin gas de medio litro por R$ 2,50 ($14), que es lo que te cobran en promedio por usar un baño público.

Supongo que, como hombre, me sentí culturalmente avalado para hacer pis donde quisiera. En el baño de una estación de servicio, en un McDonald’s, en un frondoso arbusto o tras el tronco de un árbol. Los hombres solo necesitamos dar la espalda, como si con esa simple acción nos volviésemos invisibles.

Los bebederos son algo que realmente extraño. Se venía dando, en los últimos años, la proliferación de esta agua de cortesía en muchos puntos de Zona Norte del Gran Buenos Aires y Capital. Era clave para mis fondos largos, donde solo tenía que preocuparme por tener algo de comer. Ahora, cada vez que corro una distancia mayor a 30 km, tengo que ponerme la mochila hidratadora si quiero tener autonomía, con el consiguiente dolor de espalda. Esa molestia uno lo tolera después de cruzar la meta, porque después de terminar una carrera de aventura o de montaña, todo va a doler igual. En cambio, cuando es un entrenamiento frecuente, no es tan simpático.

Otra cosa que extraño de entrenar en Buenos Aires es la facilidad de encontrar un camino sin mucha gente y con poco tráfico. Al vivir en una ciudad nueva, no conozco tanto como para poder alejarme de los puntos turísticos (difícil). Es cierto que correr bien temprano, como me gusta a mí, me da una cierta privacidad, pero casi siempre empalmo con el horario de entrada al trabajo, y más de una vez tengo que esquivar oficinistas y señoras que hacen las compras. Con el volumen del tráfico, correr en la ciudad también es un poco riesgoso. Me acostumbré a correr con música, básicamente para tapar el ruido de los coches y los colectivos.

¿Es mejor correr en Buenos Aires que en Río? No lo sé todavía. Llevo un mes y medio acá, así que entiendo que todavía me falta conocer. Estoy armándome mis rutas, y casi llevo perfeccionado mi camino para hacer 30 km, que es la distancia que más voy a repetir estos meses. La idea es seguir encontrándole la vuelta, seguir pagando los baños públicos, y encontrar una canilla en la que poder rellenar mi botellita.

Publicado el 5 agosto, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Terapia Shiatsu Myriam

    genio!!! me encantó tu descripción. Se te extraña Martín!!! 🙂

  2. Eduardo Casanova

    Hola Martín! Un gusto leer tus notas! Trataba de imaginar un nombre para estos escritos y se me ocurrio “Diarios de a pie”. Besos!

  3. grande martin!! contanos un poco mas de rio.

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