Corriendo en las favelas de Río (sin querer)

Corriendo en las favelas de Río

Hay algo que me resultó curioso de Río, que aplica a todas las grandes ciudades del mundo, y es cómo se nota la desigualdad de clases que conviven. Si uno mira por la ventana del lujoso Sheraton va a ver una enorme favela enfrenta, instalada en la ladera del morro Dois Irmãos. En la puerta de esos inmensos edificios de departamentos con expensas altísimas (porque tienen piscina, sauna, gimnasio, servicio de limpieza por departamento, etc), puede verse gente durmiendo en la calle.

Es un escenario triste, pero entiendo que Río no puede esconder su pobreza debido a su geografía. En Buenos Aires aprendimos a mirar a otro lado, a levantar paredones, y nunca veríamos a un vagabundo en Puerto Madero (quizá lo echen apenas se instale). La verdad es que la gente más pobre se arma su casa en los morros, unas elevaciones de muy complicado acceso (hay que subir escalinatas eternas). Todos los cariocas recomiendan evitar las favelas, aunque hay mucha presencia policial y militar.

En este contexto me encuentro yo, un expatriado intentando entrenar para una ultramaratón de 245 kilómetros. Me armé mi plan con los objetivos diarios, semanales y mensuales, y llegué a Río queriendo repetir todo lo que me funcionó en Buenos Aires. No me resultó tan sencillo como esperaba.

Correr por la playa es pintoresco, pero me encontré con algunos problemas. En primer lugar, no hay baños público gratuitos. O sea, un McDonald’s, una estación de servicio. Al ser un destino turístico, tampoco es fácil encontrar un árbol o algo de vegetación donde un hombre pueda hacer pis y seguir su marcha. Tampoco hay bebederos, ni canillas. Si uno quiere ir al baño o tomar agua, tiene que pagar.

Sin embargo, lo que me resultó más frustrante es el tráfico. En Río manejan casi tan mal como en Buenos Aires. La gente tampoco cruza bien la calle, pero entiendo el problema: las avenidas tienen semáforos muy largos. Si uno va en el sentido del tráfico puede correr sin detenerse, pero cruzar puede tomar un par de minutos de espera. Cuando uno está midiendo distancia y tiempo con el reloj, esto resulta muy molesto.

Estas son las cosas que fui aprendiendo en este mes que he estado en Río de Janeiro. Volviendo al tema de las favelas, empecé a recibir advertencias de no correr por ciertos lugares. El tema es que, con el tráfico que hay y mi necesidad de correr ciertas distancias, la playa empezó a quedarme muy chica. Desde Leblon hasta Leme hay unos 10 km. La Lagoa Rodrigo de Freitas es ideal para entrenar, pero tiene una circunferencia de solo 7,5 km. Así que intenté explorar un poco la ciudad para hallar nuevas rutas.

La ciclovía que recorre las playas de Río me fue llevando a superar la playa de Leblon y cruzar el Sheraton mencionado al inicio. Es el camino que hacemos en la Maratona y que une Barra de Tijuca con el Aterro do Flamengo. Así terminé frente a la favela de Vidigal. Con tantas advertencias empecé a tener un poco de aprehensión, pero decidí seguir, hasta que un enorme bloque de cemento en el camino cortaba el paso. Di media vuelta y me volví, frustrado de no poder ir a Barra de Tijuca.

Cuando le dije a mi esposa que había ido a la favela de Vidigal, casi le da un ataque. De hecho, si no me pega una bala perdida, ella va a ser la que me mate. Después nos dimos cuenta que ella creía que había entrado a la favela, cosa que no estaba en mis planes.

Sin embargo… en otro entrenamiento llegué a Leme, donde está el asentamiento del mismo nombre, y encontré que la playa terminaba. Buscando el paso al Aterro do Flamengo, rodeé la manzana y tomé una calle en subida. Que subía, y subía, y subía. Y subía. Con mis glúteos y cruádriceps en llamas, lo único que se me ocurrió era poner cara de que estaba corriendo ahí porque quería y no porque estaba perdido. Había gente paseando perros y señoras con bolsas de compras, así que no veía motivos para preocuparme.

Así y todo, aprendí que a medida que uno sube en la favela, las construcciones empiezan a ser cada vez más precarias, al punto que desafían todas las normas arquitectónicas (y las leyes de la física). De pronto, enormes tablones sostenían construcciones imposibles. Yo seguía subiendo, y el camino al Aterro no aparecía. Cuando me encontré en una calle muy angosta (pero que igual era doble mano), me di cuenta de que estaba haciendo una tontería, así que di media vuelta y volví sobre mis pasos. Mi mujer tampoco se puso muy contenta con esta anécdota, y me prohibió correr por encima del nivel del mar.

No puedo decir que haya vivido algún intento de robo, ni tampoco vi nada que me asustara. Río me parece una ciudad pacífica, pero tiene esa constante presencia policial, con militares y tanques de guerra, que si no fueran necesarios no estarían ahí. De momento fui aprendiendo cuáles son los límites para armar mis recorridos, y dónde está el bendito túnel para pasar por debajo del morro y llegar al Aterro do Flamengo.

Publicado el 29 julio, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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