Archivos Mensuales: julio 2017

Corriendo en las favelas de Río (sin querer)

Corriendo en las favelas de Río

Hay algo que me resultó curioso de Río, que aplica a todas las grandes ciudades del mundo, y es cómo se nota la desigualdad de clases que conviven. Si uno mira por la ventana del lujoso Sheraton va a ver una enorme favela enfrenta, instalada en la ladera del morro Dois Irmãos. En la puerta de esos inmensos edificios de departamentos con expensas altísimas (porque tienen piscina, sauna, gimnasio, servicio de limpieza por departamento, etc), puede verse gente durmiendo en la calle.

Es un escenario triste, pero entiendo que Río no puede esconder su pobreza debido a su geografía. En Buenos Aires aprendimos a mirar a otro lado, a levantar paredones, y nunca veríamos a un vagabundo en Puerto Madero (quizá lo echen apenas se instale). La verdad es que la gente más pobre se arma su casa en los morros, unas elevaciones de muy complicado acceso (hay que subir escalinatas eternas). Todos los cariocas recomiendan evitar las favelas, aunque hay mucha presencia policial y militar.

En este contexto me encuentro yo, un expatriado intentando entrenar para una ultramaratón de 245 kilómetros. Me armé mi plan con los objetivos diarios, semanales y mensuales, y llegué a Río queriendo repetir todo lo que me funcionó en Buenos Aires. No me resultó tan sencillo como esperaba.

Correr por la playa es pintoresco, pero me encontré con algunos problemas. En primer lugar, no hay baños público gratuitos. O sea, un McDonald’s, una estación de servicio. Al ser un destino turístico, tampoco es fácil encontrar un árbol o algo de vegetación donde un hombre pueda hacer pis y seguir su marcha. Tampoco hay bebederos, ni canillas. Si uno quiere ir al baño o tomar agua, tiene que pagar.

Sin embargo, lo que me resultó más frustrante es el tráfico. En Río manejan casi tan mal como en Buenos Aires. La gente tampoco cruza bien la calle, pero entiendo el problema: las avenidas tienen semáforos muy largos. Si uno va en el sentido del tráfico puede correr sin detenerse, pero cruzar puede tomar un par de minutos de espera. Cuando uno está midiendo distancia y tiempo con el reloj, esto resulta muy molesto.

Estas son las cosas que fui aprendiendo en este mes que he estado en Río de Janeiro. Volviendo al tema de las favelas, empecé a recibir advertencias de no correr por ciertos lugares. El tema es que, con el tráfico que hay y mi necesidad de correr ciertas distancias, la playa empezó a quedarme muy chica. Desde Leblon hasta Leme hay unos 10 km. La Lagoa Rodrigo de Freitas es ideal para entrenar, pero tiene una circunferencia de solo 7,5 km. Así que intenté explorar un poco la ciudad para hallar nuevas rutas.

La ciclovía que recorre las playas de Río me fue llevando a superar la playa de Leblon y cruzar el Sheraton mencionado al inicio. Es el camino que hacemos en la Maratona y que une Barra de Tijuca con el Aterro do Flamengo. Así terminé frente a la favela de Vidigal. Con tantas advertencias empecé a tener un poco de aprehensión, pero decidí seguir, hasta que un enorme bloque de cemento en el camino cortaba el paso. Di media vuelta y me volví, frustrado de no poder ir a Barra de Tijuca.

Cuando le dije a mi esposa que había ido a la favela de Vidigal, casi le da un ataque. De hecho, si no me pega una bala perdida, ella va a ser la que me mate. Después nos dimos cuenta que ella creía que había entrado a la favela, cosa que no estaba en mis planes.

Sin embargo… en otro entrenamiento llegué a Leme, donde está el asentamiento del mismo nombre, y encontré que la playa terminaba. Buscando el paso al Aterro do Flamengo, rodeé la manzana y tomé una calle en subida. Que subía, y subía, y subía. Y subía. Con mis glúteos y cruádriceps en llamas, lo único que se me ocurrió era poner cara de que estaba corriendo ahí porque quería y no porque estaba perdido. Había gente paseando perros y señoras con bolsas de compras, así que no veía motivos para preocuparme.

Así y todo, aprendí que a medida que uno sube en la favela, las construcciones empiezan a ser cada vez más precarias, al punto que desafían todas las normas arquitectónicas (y las leyes de la física). De pronto, enormes tablones sostenían construcciones imposibles. Yo seguía subiendo, y el camino al Aterro no aparecía. Cuando me encontré en una calle muy angosta (pero que igual era doble mano), me di cuenta de que estaba haciendo una tontería, así que di media vuelta y volví sobre mis pasos. Mi mujer tampoco se puso muy contenta con esta anécdota, y me prohibió correr por encima del nivel del mar.

No puedo decir que haya vivido algún intento de robo, ni tampoco vi nada que me asustara. Río me parece una ciudad pacífica, pero tiene esa constante presencia policial, con militares y tanques de guerra, que si no fueran necesarios no estarían ahí. De momento fui aprendiendo cuáles son los límites para armar mis recorridos, y dónde está el bendito túnel para pasar por debajo del morro y llegar al Aterro do Flamengo.

Llegar a los 40

Llegar a los 40

Cumplir 40 años es algo que ocurre una sola vez en la vida. Correr 40 kilómetros entra en otra categoría, pero no dejo de pensar que algo que puede convertirse en una cosa habitual sería impensada para otros.

Nunca planeé cumplir 40, algo que inevitablemente va a ocurrir en 5 meses. Si continúo contrastándolo con el entrenamiento, sí planifiqué correr 40 km el día de ayer, distancia que no hacía desde la Patagonia Run en abril. Fue difícil, aunque prefiero ahondar en eso después.

Hoy Natalia, una de mis mejores amigas en toda la vida, festeja sus 40 años, y yo me encuentro viviendo en otro país, sin poder asistir. Eso me hizo pensar dónde me voy a encontrar cuando cumpla mis cuatro décadas. También me llevó a recordar mis cumpleaños terminados en cero.

Me acuerdo la emoción que tenía cuando pasé a tener dos dígitos de edad. Cuando uno es chico, solo quiere ser grande. Tener 20 era una señal de madurez (algo que a algunos les da pánico), pero nunca me sentí de la edad que tenía. Me resulta imposible no compararme con mis padres, que a los 23 ya estaban casados. Los 30 los festejé en un pelotero para adultos. En ese entonces me vestía peor que ahora y estaba intentando correr un poco por mi cuenta, a meses de empezar con un grupo de entrenamiento.

En ninguno de esos cumpleaños se me ocurrió que algún día iba a estar 4 horas corriendo sin parar, y mucho menos mudado en Brasil. Eso habla de lo mucho que se puede cambiar con los años. Sin embargo, haber corrido 40 km está muy lejos de mi objetivo para noviembre de correr 245 km. De a poco estoy intentando volver a mi estado de hace 3 o 4 años, donde corría 40 km todos los fines de semana. Sí puedo decir que lo hice a un ritmo tranquilo, no el que usaría en una maratón, por lo que hoy no estoy convaleciente. Tengo un poco de cansancio en los cuádriceps y un poco de tensión en los hombros por la mochila hidratadora, pero nada que pueda usar de excusa para quedarme en la cama.

Además hoy es otro cumpleaños, pero de mi esposa (todavía está lejos de llegar a sus 40). Generalmente correría esa distancia un sábado como hoy, pero lo adelanté a viernes para no desaparecer cuatro horas, justo este día.

Llegar a los 40 (kilómetros) no me resultó fácil, como otros años, pero si no me cuesta siento que no me sirve. Cada número redondo, de esos que asustan, me pone un piso mental para seguir creciendo. Ese paralelismo debería trasladarlo a la edad, lo sé, pero el progreso deportivo es una elección mientras que la maduración mental es una obligación. Las dos llegan con esfuerzo y algo de inconformismo.

Seguiremos progresando.

Guía para poder estafarme

Guía para poder estafarme

Me considero una persona medianamente inteligente. Ese terminó siendo mi punto débil, ya que la confianza mata al hombre.

¿Cómo se logra una estafa en internet? Fácil, se manda el mismo mail a millones de personas, con la esperanza de que alguno se confíe de más. Pero hay un factor caótico, imposible de predecir, que es el de las casualidades. Pongo un ejemplo: Imaginemos por un instante que trabajamos en una librería. Recién volvemos de un viaje de un mes en Europa, con la idea de renunciar y comenzar un nuevo camino. Pero como no queremos dejar a nuestros socios a la deriva, recién bajados del avión vamos a atender el local.

Detrás de la caja, y con el reloj todavía en el huso horario de Madrid, es difícil saber el precio de todo. Tampoco es fácil identificar quiénes son los clientes frecuentes ni los nuevos amigos que pasan diariamente a saludar. A minutos del cierre, cuando solo queremos ir a casa, llega una persona hablando por su celular, diciendo que la grúa le acarreó el auto tras haberse alejado un momento. Corta y Pregunta por los otros chicos que suelen estar en la caja. Le contestamos que no están. Repite la historia del acarreo y pregunta si le podemos dar una mano porque se dejó la billetera adentro.

Uno, fuera del contexto de esta historia, dudaría. Pero la casualidad nos puso por primera vez en un mes detrás de un mostrador que ya no nos es familiar. Pide $400 para el acarreo, le decimos que vamos a llamar a nuestro socio (porque un poco desconfiamos), y cuando estamos contando la historia, el hombre pide hablar que le pasemos el teléfono.

Solo podemos escuchar cómo relata la misma historia del acarreo y le promete a nuestro socio devolver el dinero lo antes posible. Corta, le preguntamos con cierto fastidio si con $400 le alcanza, y dice: “Dame $500, por las dudas”. Alguno ya se habrá dado cuenta de que esta historia es real: el que estaba atrás del mostrador era yo. Todo ese contexto especial me hizo caer en el engaño. Cuando llamé a mi socio, 20 segundos después de que se fue el hombre, me dijo que no tenía ni idea de a quién le había pasado. Salí corriendo del local, pero el estafador había desaparecido.

Volviendo al presente, a mi cambio de banco por causas de mi mudanza, a mi intento por generar una clave de Visa Home desde Brasil, la casualidad volvió a jugarme una mala pasada. Mientras intentaba resolver esas cuestiones financieras apareció en mi Gmail una notificación de Visa: por operaciones sospechosas habían bloqueado mi cuenta. Para liberarla, me pedían verificar mis datos. Y entré mansamente a un link donde dejé mi número de tarjeta, vencimiento, clave de seguridad, DNI, dirección, fecha de nacimiento… todo eso que el mismo banco advierte que no hay que decirle a nadie por mail, ni por teléfono, ni nada.

Pero todo cerraba.

Me di cuenta de que había sido engañado un minuto después de enviar toda mi información, y me tomó una desesperante media hora conseguir hablar desde Brasil con alguien de Visa Argentina para que den de baja mi novísima tarjeta (la tenía desde hacía 3 días).

Es posible que algún día me pierda la oportunidad de que el Príncipe de Nigeria comparta su fortuna conmigo, o de que un empleado de un banco extranjero me dé una comisión si lo ayudo a reclamar los fondos de una cuenta sin titular, pero siempre, siempre voy a desconfiar. El tema va a ser cuando la teoría del caos haga que todo se ponga en línea y no me den tiempo de pensar. Ahí volveré a comprobar que para estafar a alguien no es cuestión de buscar al más confiado, sino tirar la mentira al voleo, millones de veces, y esperar que justo coincida con nuestra realidad.

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