Llegar al límite

Llegar al límite

¿Conocés esa sensación de despertarte a la mañana totalmente relajado, después de haber dormido un sueño reparador? Yo lo extraño.

El miércoles por la noche se me ocurrió que sería muy interesante patear algo que estaba en el piso, y sumado a mi falta de habilidad innata en el fútbol, mi pie alcanzó el objetivo pero siguió viaje, hasta que de pronto mi cuerpo estaba suspendido en el aire. Mis piernas quedaron por encima de mi cabeza (me cuesta imaginar cómo, pero así fue) y mi espalda, justo a la altura de los homóplatos, dio de lleno contra el piso.

En esos milisegundos que estaba en gravedad cero, llegué a pensar: “Esto me va a doler”. El impacto me dejó sin aire, y cuando quise respirar, no podía. Ni siquiera era capaz de pedir ayuda. Resulta que me enteré del peor modo que hace falta inflar los pulmones primero para poder emitir sonidos audibles. Pero fueron pocos segundos, y de a poco pude empezar a respirar. No a mi máxima capacidad, sino que daba pequeñas bocanadas, porque el dolor en la espalda limitaba la capacidad de mi pecho.

Me puse boca abajo, y las lágrimas (de dolor) iban dibujando pequeñas islas en el piso de madera. No me imaginaba cómo iba a levantarme para salir de ahí. Me arrastré a la cama y me tiré, creyendo que era lo que necesitaba, aunque pronto descubrí que ninguna posición me podía calmar. Luciane me insistía en llamar a la ambulancia, pero quien tenía el dato del teléfono de emergencias era yo, y no podía pensar con claridad.

Me fui caminando a la guardia del Hospital San Isidro. Insisto: no podía pensar con claridad. En ese momento me pareció lo más rápido y lógico. Atrás mío, Luciane me insistía con llamar a mi servicio médico (que en el fondo detesto, y quizá por eso me negaba a considerarlo). Aunque era la 1 de la mañana, la gente se seguía amontonando en la guardia, y los pacientes entraban muy lentamente. Demasiado. Volvimos a casa y ahí llamamos a una ambulancia, que me revisó y no encontró señales de fractura. Me quisieron acostar en la camilla, pero el dolor me lo hizo imposible.

Me dieron una inyección intramuscular de Diclofenac y me mandaron a hacer reposo. Con eso pude dormir y me levanté bastante bien. Las mañanas siguientes no fueron tan buenas. En cuanto se pasó el efecto del analgésico, descubrí que estar acostado me pone peor. Sospecho que me estoy despertando entre las 5 y las 6 de la mañana por el dolor. Al principio me cuesta mucho incorporarme, a menos que tolere esa puntada en medio de los homóplatos. Después me quedo sentado un minuto o dos, resoplando, esperando que suene la campana y Apollo Creed deje de darme una paliza. Una vez que logro ponerme de pie y desayunar, el dolor se va.

El lector que todavía no se olvidó de este blog estará pensando en cómo me afecta esto al correr. Bueno, por suerte no me molesta. Sí me está resultando muy difícil activarme por la mañana, pero si me levanto temprano y empiezo con el día, después puedo trotar sin problema. En especial si lo hago en forma relajada. No intenté hacer trabajos de suelo como abdominales o flexiones, pero anoche estuvimos ordenando la cocina (levantando cosas, agachándome) y el dolor volvió por otro round.

No pude evitar pensar en volver a escribir, algo que en mi cabeza prometo volver a hacer para después no cumplirlo. Soy consciente de que mi último post fue una de las experiencias más duras de carrera que tuve que enfrentar, y no voy a mentir. Volver a entrenar, después de Patagonia Run, me costó mucho (por eso ni me detengo en lo difícil que es escribir). Me cuesta un poco describir el por qué todo se detuvo en ese evento y cómo de pronto aparecieron cosas que parecían más urgentes.

Se me ocurrió que tenía que dejar de escribir este blog en mi cabeza (como hago cada vez que salgo a correr), y volver al teclado. Aunque lo que salga sea horrible (como debe estar siendo esto). Me estoy preguntando qué quiero hacer de mi vida en los próximos meses. ¿Un escritor que corre? ¿Un diseñador gráfico? ¿Un marido? ¿Un lesionado? ¿Todo lo anterior? En principio siento que le debo a este blog (o sea, a mí mismo) poner mis cosas en orden, no dejar de lado los procesos de recuperación, y mantenerme activo. No prometo que mañana voy a estar de nuevo escribiendo, pero sí que aunque me esté resultando difícil y tortuoso, lo voy a seguir intentando.

Publicado el 29 mayo, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Vuelvo con mis tres nuncas: nunca es tarde, nunca dejes de soñar, nunca te rindas. Entretanto has sumado una responsabilidad por la que debes luchar y honrar en primer lugar. Abrazos dos. Juanca.

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