145 km de Patagonia Run

 

145 km de Patagonia Run

Era la primera persona que veía en 10 kilómetros. “Por favor”, le dije, “necesito que me vengan a buscar”.

Tenía mucho frío y no paraba de temblar. Sabía que tenía una manta de supervivencia en la mochila, pero no tenía fuerzas para sacármela y volvérmela a poner. Lo que me asustó, y me hizo definir que tenía que abandonar la Patagonia Run, era un dolor muy fuerte en el centro del pecho.

No estábamos muy lejos del Puesto de Asistencia Quilanlahue. Ya había pasado el cartel que decía que faltaban 2 km, pero hacía una hora que solo podía caminar, y cada vez más lento. Podía ver el establo y los vehículos estacionados, pero llegar hasta ahí por mis medios me parecía imposible.

El rescatista me hizo entrar a su carpa. Le pedí disculpas por embarrarla toda, y me aseguró que igual la tenía que lavar. Me dio un aislante para que me acostara encima, me tapó con su bolsa de dormir y una campera. Yo no paraba de temblar. Cuando me preguntaba si estaba mejor le respondía que un poco, disimulando que estaba llorando.

Cualquiera podría creer que el dolor en el pecho era angustia, pero cuando me desmayé en el hospital, volviendo del baño, la doctora confirmó que era por la hipotermia.

Supongo que debería contar esta reseña en modo cronológico, pero al momento de abandonar, todo pasó a segundo plano. Igual puedo hacer un resumen en el que repase lo que fue y lo que podría haber sido. Salimos puntuales, 18 hs del viernes, desde el Centro Cívico de San Martín de los Andes. Le tenía pánico al frío, así que salí muy bien abrigado. Con el correr de los kilómetros me fui sacando ropa, reservándome para los momentos de montaña.

La idea era correr con Fernando, mi compañero con quien habíamos estado entrenando en los últimos tiempos. Él se fracturó la mano hace un par de meses, pero llegó a recuperarse justo a tiempo para poder apoyar el peso de su cuerpo en sus bastones. Empezamos muy bien, animados y aprovechando que la salida era de día y se podía apreciar el paisaje. Corríamos todo lo que se podía y nos preservábamos en las subidas.

El principio éramos muy conscientes de la hidratación. Cada 20 minutos tomaba agua. No lo vi a Fer alimentarse como debía, y se lo mencioné algunas veces. Hacia el kilómetro 35 empecé a sentir dolor en la rodilla izquierda, en especial en las bajadas. ¿Iba a aguantar 120 kilómetros más?

Cuando subimos el Cerro Colorado, hizo todo el frío que me imaginaba. Fernando empezó a tener arcadas, y el fantasma de abandonar empezó a sobrevolar su cabeza. El ascenso fue muy lento. Nos pusimos detrás de una pareja que caminaba muy despacio. Le pedí a mi compañero pasarlos, pero él decía que no podía más. Comprobé que sí, que nuestra caminata era mucho más rápida que la de ellos, porque dos veces nos quedamos a un costado, esperando a ver si las arcadas pasaban a ser un vómito, y después de caminar unos minutos quedábamos de nuevo pegados atrás de la pareja.

Hicimos cumbre en el Cerro, en medio del hielo, y agradecí que bajásemos lentamente porque mi rodilla estaba muy dolorida. Cuando llegamos al Puesto de Asistencia Total Colorado 1, Fernando había decidido abandonar definitivamente. Era el kilómetro 70. Nos quedamos 45 minutos, comiendo, cambiándonos de ropa, y convenciéndolo de que siguiera. Mi mejor argumento fue que tenía que darle a su hijo, Nico, el ejemplo de que en la vida siempre había que intentar.

Salimos trotando, ya de día. Las cuentas no nos daban para llegar, pero preferíamos no pensarlo. Íbamos a darlo todo. Subimos el Cerro Quilanlahue, una proeza demoledora, y bajamos trotando, a un ritmo que me sorprendió. Para un corredor no hay nada más estresante que correr contra el reloj. Una cosa es combatir el sueño, el cansancio, el hambre… pero contra las horas que pasan, no hay mucho para hacer.

En este apuro por ganarle minutos a los cortes pueden haber estado los problemas. No tomar bebidas isotónicas, no cambiarse la ropa mojada, agarrar media banana y creer que eso es suficiente. Pero a cada puesto que llegábamos nos decían que si no nos apurábamos no llegábamos. Yo era el único optimista que creía que sí podíamos.

En el km 95, Fernando me convenció de seguir solo. Él no podía más y no quería que abandone por él. Le pregunté si estaba conforme con su esfuerzo, y me respondió que sí, así que seguí.

En mi guerra contra las matemáticas, si avanzaba a un promedio de 10 minutos el kilómetro (entre caminatas y trotes), tenía posibilidades de llegar. Tenía que alcanzar el Puesto de Asistencia Total Quechuquina antes de las 15:30 para demostrarlo, y llegué 10 minutos antes. Ese puesto cerraba a las 17 hs, así que tenía un margen holgado. ¿Por qué todo el mundo insistía con que si no me apuraba no iba a llegar?

Pero ahí se había terminado mi carrera. Salí intentando trotar, pero me esperaban 15 km hasta el siguiente puesto, Quilanlahue 2, que cerraba a las 19 hs. El problema, además de la distancia, es que empezaba en subida. Cuando terminaba mi caminata en pendiente, el corazón se me salía del pecho, y no podía trotar. Intentaba, pero no me salía. No es lo mismo hacer ese esfuerzo solo que acompañado. Además tenía mucha sed, y aunque tomaba y tomaba, no la podía saciar. Intenté meditar para calmarme y encontrar fuerzas adentro, pero me quedaba dormido. Me despertaba en medio de un sendero, preguntándome qué hacía en ese lugar.

En mi cabeza todavía hacía cuentas, pensando que quizá podía caminar todo lo que faltaba y así llegar. Pero al dejar de correr me enfrié, y empecé a sentir las manos y los pies congelados. A eso le siguió el dolor punzante en el pecho.

Habré caminado unos 10 km sin cruzarme con ningún rescatista. Utilicé mis últimas fuerzas para hacer sonar mi silbato, con la esperanza de que apareciera alguien de atrás de un árbol para socorrerme. Soñé con cuatriciclos de bolsillo, un motociclista al que sobornar, una tirolesa… pero solo podía salir de ahí avanzando.

Finalmente vi al rescatista a las 18:15, antes de llegar al Quilanlahue 2, y casi de inmediato consiguió que una camioneta viniera a buscarme. Pusieron la calefacción y me llevaron a reparo. Me cubrieron con mantas, me dieron té (y el café más espantoso que tomé en mi vida), botellas calientes para meterme adentro de la ropa, y me ayudaron a ponerme abrigo seco. Me frotaban los hombros y los brazos, mientras me caían las lágrimas. Nunca me había sentido tan abatido.

En una combi nos llevaron a un grupo de zombies (yo era el menos vivo de todos) hasta el Centro Cívico. Me prestaron camperas, guantes, y me cubrieron los pies descalzos con un buzo (mis zapatillas estaban mojadas y era preferible estar así). Me conmovió tanta dedicación. De hecho, por mi pésima condición me dejaron en mi cabaña, donde mi maravillosa esposa me esperaba con una campera y zapatillas secas.

Me quedé un rato junto a la estufa y después de un baño caliente me fui a acostar. No podía quitarme la sed, sin importar lo que tomara, y después comencé a tener fiebre. Mucha.

A la medianoche una ambulancia vino a buscarme. Mis recuerdos son un poco difusos, como si todo lo que siguiese a continuación haya sido un sueño. Me llevaron en silla de ruedas hasta una camilla donde me pusieron un suero, el primero de un total de cinco. Tenía 38.2 de temperatura. La doctora dijo que había sufrido una deshidratación extrema. ¿Por qué? ¿Habrá sido el apuro por no perder tiempo? ¿O haber tomado pocas bebidas isotónicas? Solo podemos conjeturar.

En medio de la noche pedí permiso para ir al baño. Llevé mi suero, hice lo mío, y cuando me levanté para ir hasta la puerta, empecé a marearme. Alcancé a pedirle ayuda al enfermero, y según Luciane caí de boca al piso. Tres personas me levantaron y me llevaron a la camilla.

El análisis de sangre arrojó niveles interesantes. Por ejemplo, el CPK mide la cantidad de músculo destruido tras una sesión de ejercicio intenso. En valores normales está por debajo de 200, y se estima que luego de un entrenamiento normal se duplica. En mi caso me dio por encima de 2200.

Luego de la quinta bolsa de suero, me dieron el alta. Pero no porque estuviese recuperado, sino porque a las 14 hs venían a buscarnos por la cabaña para llevarnos al aeropuerto, y de ahí volar a Buenos Aires. En el hospital me querían dejar un día en observación. Igual me sentí muy bien cuidado, y me sorprendió levantarme de la camilla sin sentir dolores musculares. Ahí entendí la función del suero de purificar la sangre. Por eso, querido lector ultramaratonista, te recomiendo una internación hospitalaria en la noche posterior a la carrera. Vas a levantarte como nuevo.

Aunque dormí un poco al volver a la cabaña, me sentí muy cansado el resto del domingo. Recién hoy, que dormí en mi cama, puedo decir que soy un ser humano semi normal. Y que lo intentamos. Fernando fue del km 70 al 104, después de haberse prometido abandonar. Yo corrí contra el reloj, aún sabiendo que los números no estaban de mi lado.

Si hubiese llegado a la meta, esto que sigue a continuación jamás lo hubiese dicho, pero ahora que abandoné, tengo que hacerlo. El tiempo límite para 145 km está mal. Nos daban 29 horas para completar el recorrido, lo que implica tener una velocidad promedio de 5 km por hora, o 12 minutos por kilómetro. Para la distancia de 100 km, el límite eran 26 horas, para lo cual tenían que avanzar a 3,9 km por hora o 15 minutos por kilómetro. Es un esfuerzo muy desfasado. Tres horas para una diferencia de 45 km. Quizá, con menos presión del tiempo, hubiese podido atenerme a mi estrategia. Que hayan llegado 57 corredores de 107 es una señal de que fue una prueba brutal.

Después de un día entero de correr en el frío, de extrañar a mi mujer, de una dieta líquida de bebidas azucaradas, lo que menos puedo pensar es en la revancha. Hay algo de amargura por no haber alcanzado la meta, pero también mucha paz interna porque frené cuando el cuerpo no pudo más.

Publicado el 10 abril, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Eduardo Casanova

    Hola Martín! Me conmovió tu relato, imagino los momentos difíciles que pasaste con Fermando y solo, muy solo. Afortunadamente el rescate funcionó a tiempo. Comparto la pena y habrá entonces que aprender algo: sobre propósitos, límites, evaluación de riesgos, el valor de la vida. No necesitás demostrar nada más, te quiero mucho! Pá

  2. Dejaste todo! Eso es lo mas importante!!! Los resultados van y vienen. Felicitaciones una vez mas por los huevos que tenes. Abrazo grande!

  3. Bueno… primero me alegro que estés vivo porque a sido al filo. Segundo que la mejor enseñanza es que debemos amigarnos con nuestras posibilidades. En algún punto siempre aparece la amarilla y generalmente no la queremos ver. La tercera, como muy bien lo sabes y esto es característico de la resiliencia de los corredores, solo nos agachamos para atarnos los cordones, de modo que una vez que termines de atarlos levántate y anda. Abrazo Juanca.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: