El miedo es el mejor incentivo

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Hubo una sola vez en toda mi vida que no sentí miedo antes de correr Patagonia Run y fue en mi primera edición, en 2012, cuando intenté los 100 km. Mi sueño era correr el Spartathlon, los 246 km que unen la Atenas griega con Esparta, y como nunca había corrido un ultramaratón, me pareció que esta era una buena oportunidad.

No hace falta aclarar que la montaña me comió crudo. Me torcí el tobillo y me frustré mucho por no poder correr. A pesar de mi dolor, el terreno no me daba muchas opciones: incontables subidas, un suelo muy técnico, y la inexperiencia corriendo más de 5 horas (tardé 18). Mientras avanzaba y trepaba, recuerdo una promesa que nunca cumplí: “Nunca más voy a volver a correr esta carrera”. No es esta la edición en la que no sentí miedo. No, no. Estaba aterrado. Empecé confiado, creyendo que se podía correr 100 km en menos de 10 horas (algo imposible en montaña). El frío del Cerro Colorado me dejó muy consternado, y aunque daba mi mayor esfuerzo, estaba convencido de que venía último en la carrera. Ahí desarrollé mi miedo de volver a pasar por lo mismo.

En 2013 volví, pero para correr 63 km. Ya tenía más experiencia, y esta vez acompañaba a mi novia, que en el año anterior había intentado esta distancia y no había llegado al último corte. La presión estaba en alcanzar los puestos antes del horario límite, pero me relajé. Confié en la estrategia, sabía en qué sectores acelerar y en cuáles relajarse, y cruzamos la meta antes de lo que había imaginado. Fue la única vez en que no sentí que Patagonia Run era demasiado para mí.

Al año siguiente la vida me encontró soltero nuevamente, y necesitaba algo que me desafiara. El año 2014 fue además en el que iba a correr el Spartathlon, en septiembre, así que Patagonia Run parecía un buen entrenamiento de resistencia. Por algún motivo, el miedo de volver a correr 100 km era la excusa para intentarlo. Ya había probado hacer una distancia que me resultara cómoda, y aunque los paisajes de la Patagonia son maravillosos, ¿para qué volver si no era para sentirme desafiado? Aunque estaba mejor preparado, con experiencia y sin haberme lesionado, tardé una hora más que en mi primera edición. En el Cerro Colorado el frío era tan terrible que congeló el agua de mi mochila hidratadora. Me acordé de Dios y le supliqué para que ese ascenso terminara pronto. Bajé por rocas con hielo, con pavor de patinarme y romperme la cabeza. Pero el miedo no me paralizó, sino todo lo contrario. Me hizo ir con cuidado, preservándome. Fue un gran alivio cruzar la meta.

Para la edición de 2015, la distancia máxima pasaba a ser 120 km. Lo primero que pensé, cuando anunciaron esta nueva categoría con bombos y platillos, fue que era una locura. ¿Quién podía prestarse a semejante absurdo? Respuesta: yo. Y si se preguntan por qué terminé inscribiéndome en una distancia que era un 20% mayor a mis dos palizas anteriores, seguro sospechan la respuesta: me daba mucho miedo enfrentarme a eso. A esa altura de mi vida, ya con el Spartathlon conquistado (246 km en 35 horas con 44 minutos, de los cuales 180 km fueron con un desgarro en el tibial) necesitaba algo que me desafiara. Ya había aprendido que el miedo es el mejor incentivo, porque es nuestro indicador de que salimos de nuestra zona de confort. Y aunque en esta edición no hizo el frío de otros años, me costó mucho. Me tomó 24 horas y media llegar a la meta. En el camino me encontré con un amigo corredor al que le presté un bastón y no lo solté hasta asegurarme de que íbamos a terminar.

Mi última incursión en Patagonia Run fue en 2016, cuando la distancia máxima pasó a ser 130 km. Alguno creerá que después de mis intentos anteriores, el miedo era cosa del pasado. Aunque la experiencia ayuda mucho, es imposible no sentir mariposas en la panza. Hay tantas cosas que preparar antes de salir, una estrategia de la que vamos a intentar no despegarnos mucho (pero es inevitable terminar improvisando) y la incertidumbre de cómo va a afectarnos el clima. En esta edición hizo frío, pero el miedo a volver a sufrirlo en mis huesos y terminar teniendo charlas con Dios para que me sacara de ahí hizo que subiera el Cerro Colorado con abrigo de más. De hecho, terminé regalándole un gorro rompeviento a una chica corredora a la que vi poco preparada. El ascenso al Quilanlahue fue especialmente complicado, porque la lluvia del otro lado de la cumbre obligaba a que hagamos ida y vuelta por el mismo sendero empinado. Nuevamente el miedo hizo que redoblara mis esfuerzos por cuidarme, no caerme, y no tirar al que venía en sentido contrario. También levanté a un amigo corredor en el camino, a quien exceptuando cargarlo a caballito, hice todo lo posible por que cruzara la meta. Fue muy arduo, bajé muchísimo mi ritmo, y mis pies quedaron destrozados, pero nada es tan grave si al final de cuentas alcanzamos la línea de llegada. Tardé 26 horas y media, y sentí que fue mi ultra más exigente, muy lejos del Spartathlon.

Todo esto nos lleva a 2017, cuando estoy por correr 145 km, una distancia impensada para el inexperto corredor que era en 2012. Por supuesto que tengo miedo y esta no es una sensación irracional. Sé lo que es tener que avanzar con el frío calándote los huesos, trepar una cuesta interminable con el último sorbo de agua en tu botella (y el próximo puesto a dos horas), trotar con un potente dolor unificado de la cintura para abajo, volver sobre tus pasos porque se te cayó un guante, obligarte a comer a pesar de estar inapetente, estar demasiado cerca de los horarios de corte, y tantas cosas inesperadas que pueden surgir sin previo aviso. Pero cuando aparece el miedo también surge la necesidad de conquistarlo, de aprender. Es muy fácil realizar un esfuerzo físico descomunal y saber que vas a terminar. Yo no corro Patagonia Run porque sé que voy a llegar a la meta. Lo hago porque no lo sé. Ese miedo y esa incertidumbre es lo que me obliga a volver cada año.

Publicado el 3 marzo, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Martin: Seguis entrenando a distancia ? de ser así te pido si podes enviarme …un correo privado.

  2. Fernando Fantin

    Martín, a mi me interesa también lo del entrenamiento personalizado a distancia. ¿Qué costo tiene y como se maneja el tema? Saludos

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