Archivos Mensuales: marzo 2017

Cómo organizar el equipaje antes de la carrera


Se acerca le ansiado viaje para esa aventura que vamos a vivir. ¿Por dónde empiezo a organizar mis cosas? Aplica a maleta y equipaje de mano: lo importante es ser metódico.
Siempre usando de referencia la Patagonia Run, podemos asumir que nos queda una semana. Algunos obsesivos con el orden ya empezarán a hacer la valija, y me saco mi inexistente sombrero ante ellos. Para quienes, como yo, la empezamos después de llamar al taxi que nos va a llevar al aeropuerto, tengo un único consejo infalible. Seguramente en estos días que quedan van a viajar en transporte público, ir al baño con el celular, esperar en el laboratorio a que llamen nuestro numerito, y tantas situaciones donde podemos pensar durante 5 minutos seguidos. Es la oportunidad para empezar la listita.

En una hoja de papel o en el bloc de notas del teléfono, empecemos por las cosas que nos da pánico olvidar. Yo empiezo por anotar que no me puedo olvidar el certificado médico. Inmediatamente paso a mi vestimenta. El camino es de los pies a la cabeza: zapatillas, medias (en mi caso aclaro “todas las que tenga”), polainas, tibialeras, calzas, remera térmica (x3, para recambio), buzos (también x3), chaleco de polar, rompeviento, campera de abrigo/lluvia, pañuelo tipo buff (x3), cuello polar, gorro de abrigo, lentes, reloj con GPS, guantes primera piel, guantes de ski. Ahí paso al accesorio más importante de todos: los bastones.

En este intermedio explico, ¿para qué anotar lo obvio? En esos diez minutos que le vamos a dedicar a guardar todo en la valija, vamos a contar con una guía de lo que hay que ir a buscar al placard, y va a haber sido escrita en un momento de tranquilidad y cierta lucidez. Es importante tomarse la molestia de aclarar si vamos a requerir variedad de una misma prenda, en el caso de que nuestra estrategia de carrera incluya recambio de ropa en los puestos en asistencia.

Sigue otro elemento imprescindible: la mochila. Después aclaremos no olvidar la bolsa hidratadora, porque damos por sentado que una cosa va adentro de la otra, cuando lo cierto es que solemos guardarlas por separado. Es el momento de pensar qué vamos a guardar adentro: comida de marcha (puede ser específico, como pasas de uva, galletitas), linterna frontal, manta térmica, pilas de repuesto, protector de labios, vaselina, cinta hipoalergénica. 

Acto seguido, anotar lo que no afecta directamente a la carrera, sino al viaje: ropa (jeans, remeras, abrigo), cargador de celular, cámara. Y por último, todo eso que es necesario tener a mano en el aeropuerto: impresiones del itinerario del viaje, hospedaje, reservas, y billetera (mágica fuente de dinero y de documentos de identidad).

Como extra, y no menos importante, es dejar la casa en condiciones. Por eso anoto sacar la basura (odiarás volver después de haberla dejado una semana en el tacho), lavar la cocina, dejarle mucha agua y comida al gato, y dejarle las llaves al vecino para que se asegure de que el gato no se quedó ni sin agua y sin comida.

Y ahora viene la parte divertida: hacerle caso a la lista. Yo la sigo la pie de la letra, confiando en que al escribirla contaba con todas mis facultades mentales. Como suele estar hecha en el teléfono o en el iPad, voy borrando las cosas a medida que las voy separando.

Siempre hay ropa que vuelve a casa sin haber sido usada, pero soy de los que creen que es mejor llevar de más que de menos. Y tengo un último consejo que me van a agradecer para una carrera como Patagonia Run: llevar bolsas plásticas para meter la ropa sucia. La carrera termina un sábado a la noche y generalmente estamos volviendo el domingo al mediodía. No da nada de tiempo para lavar, y toda la ropa de la carrera, en especial las zapatillas, vuelven con algunos kilos de barro de más.

Cómo sobrevivimos a nuestra boda

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Ahora que pasaron un par de días de nuestro casamiento, puedo decir que todo valió la pena. Yo hice una única promesa en todo este tema de la organización: poner mi mayor esfuerzo. Aunque parezca increíble, absolutamente todo salió bien.

Vayamos por el principio. Luciane tiene dos padres encantadores que viven en Mina Gerais. Como corresponde, le pedí a su padre su mano, en el mismo día en que él me veía por primera vez. Había mucho nervio porque se trata de un hombre muy respetado y tradicionalista. Incluso recibí la sugerencia de no mostrar el tatuaje de mi brazo (¿quizá cuando nazca nuestro segundo hijo?). Pero fue un momento muy emotivo, donde recibí toda la confianza que un padre puede poner en un yerno.

Después vino la convivencia. En noviembre fui a buscar a Luciane a Rio de Janeiro, donde ayudé en la mudanza. Había un clima de ansiedad pero también de cierta tristeza. Ella abandonaba su país, sus amigos, su familia. El contacto con su tierra y sus seres queridos jamás se va a romper, pero es distinto saber que están a un viaje en ómnibus de distancia que a un tramo en avión. La primera vez que llegamos a mi departamento nos recibió una infestación de pulgas. Esos bichos malditos desaparecen en invierno, momento en que uno cree que las ha erradicado, pero en verdad están escondidas hasta los primeros calores. No es culpa de Santi, mi gato. Yo recibí este departamento con pulgas y en mi inocencia creí que las había vencido.

Este fue un momento muy difícil. ¿Cómo le podía prometer que todo iba a estar mejor a Luciane, que había abandonado una ciudad hermosa con playas increíbles, cuando las pulgas se subían por sus piernas? Después de varios tratamientos en el piso de madera, y de ventilar la casa, la situación se controló. Además el departamento empezó a tener el toque femenino que conmigo nunca tuvo, y empezó a convertirse en un lugar al que valía la pena regresar después del trabajo.

Entonces llegó el momento de planificar el casamiento. A toda la burocracia que requiere realizar un contrato entre dos personas, hay que sumarle el hecho de que uno de nosotros era extranjero. Y tuvimos suerte de que nuestros países integren el Mercosur, por lo que se facilitan mucho las cosas. No pudimos reservar turno en forma online, hubo que ir en persona, y Luciane tuvo que hacer una entrevista en español para demostrar que iba a entender lo que estaba firmando.

Y toda esta aventura tuvo muchos caprichos míos. Lo de casarnos en el Registro Civil Central, de Capital, fue una decisión personal. Me gustaba el edificio y no me molesté en hacer el cambio de domicilio para resolverlo cerca de mi casa. También lo de la iglesia fue idea mía (soy un poco tradicionalista, quizá por eso me llevo tan bien con mi suegro), así como el temita de hacer una fiesta para 90 personas. Y cada cosa requirió preguntar, buscar información en internet, buscar precios y hacer presupuestos. Mis papás bancaron el 90% de los gastos con un préstamo, que me tomará un tiempo devolver (pero ahora que soy un hombre casado tengo que afrontar esas responsabilidades).

En este proceso descubrí una cosa que me puso muy contento: Luciane tiene mucha suerte. Y de algún modo me la contagió a mí. Conseguí alquilar un traje digno de la entrega de los Oscars por muy bajo precio. Aunque fue insistencia mía, los dos nos pusimos de acuerdo en el estilo de fiesta que queríamos: decoración rústica y al aire libre. Buscamos muchísimos presupuestos (como cincuenta) y terminamos dando, no sé cómo, con un salón en San Isidro que era increíble. El precio resultó ser razonable (mientras que en algunos el costo era igual que comprar un cero kilómetro) y la dueña fue encantadora. Después se nos ocurrió preguntar en mi restaurante vegano favorito, Coconaranja, si hacían catering de boda. Resultó que nunca lo habían hecho y estaban dispuestos a intentarlo con nuestro casamiento. El presupuesto también fue muy razonable y la elección del menú fue inmejorable. Estuve tan agradecido con ellos que cuando en la boda hablé al micrónofo y les agradecí, muchos invitados pensaban que tenía un canje con ellos y me hacían un descuento cada vez que mencionaba el nombre del restaurante. Ojalá.

La ceremonia en la iglesia fue muy emotiva y distendida. Aunque veníamos sufriendo viento y lloviznas, el sábado hizo un sol espectacular y pudimos estar afuera todo el tiempo (cuando no estábamos en la pista, bailando). La madrina de Luciane, Bel, se encargó de los souvenirs (Havaianas para las chicas), el carnaval carioca, las bolsitas de arroz… muchas cosas que siguieron la temática rústica de la decoración. Yo imprimí fotitos nuestras en papel madera y estuve toda la noche previa recortando… Todo terminó confluyendo en una fiesta donde todo, absolutamente todo, salió bien. Lu estaba feliz con su familia y amigos que habían volado especialmente. Los tres oradores que elegí (dos para la iglesia y uno para el brindis) hicieron gala de una creatividad que superó mis mayores expectativas. Todos gustaron de la comida y la bebida, la cual no incluyó el sacrificio de ningún animal. La suerte estuvo de nuestro lado. Hasta se cortó la luz en un sector donde no afectó el funcionamiento, y volvió para cuando necesitamos la batidora para los daikiris y la consola para el DJ.

Ahora que todos los invitados de Brasil regresaron a su hogar y le damos los últimos toques a la luna de miel, me queda una sensación extraña. La última vez que me sentí así fue al día siguiente de correr el Spartathlon. Casarme con Luciane y tener una fiesta como la que tuvimos era un sueño que terminé cumpliendo. Al igual que en Grecia, di mi mayor esfuerzo y lo conseguí. Hablo por mí, porque aunque pasamos por la experiencia juntos, sé que los dos lo vivimos desde lugares diferentes. Siento mucha paz, además de un sentimiento de inmensa gratitud. Me siento transformado.

¿Qué queda ahora? Seguir en este camino de cambios, que nos atraviesa durante nuestra luna de miel, pasar por nuestra primera ultramaratón como matrimonio (yo corriendo y ella en la meta), y continuar trabajando en equipo.

Casarse abre puertas

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En lugar de hablar de lo que pasó, que todos lo van a imaginar, me gustaría decir qué me imaginé yo que iba a pasar. Cuando decidí volver a escribir con cierta regularidad en el blog ya estaba planeando casarme con Luciane, la bellísima carioca que conocí en la Maratona do Rio. Supuse que iba a ir contando cómo era organizar tu propio casamiento, adornándolo con anécdotas y datos que los solteros no imaginábamos.

Debo admitir que muchas veces escribía los posts en mi cabeza. Estaba ese del catering, en el que entendía cómo los novios tenían reservas en sumar gente a la boda porque cobran por invitado (no lo sabía), o aquel en el que explicaba lo burocrático (y complicado) que es la ceremonia civil cuando el casamiento involucra a un extranjero. También el tema de si se priorizan los gustos alimenticios de los novios o si se le da importancia a lo que pueden llegar a querer los invitados, y cómo se organiza la playlist de la fiesta. Todas cosas que no me preocuparon hasta los últimos seis meses.

Pero claramente nada de eso pasó, porque hay otra cosa de la que vale la pena hablar, y es de las prioridades. Organizar una boda es demandante, y lo que terminó siendo importante fue trabajar para poder pagarla. Tuve que dejar de pensar en mí y empezar a pensar en dos personas. Así fue que escribir empezó a postergarse. Lo curioso es que recién encontré unos minutos en la mañana del día de la boda.

Casarse abre puertas. A la vida de otra persona, claro, pero sobre todo al corazón y la empatía de las personas. Conseguí fácilmente un sobreturno con el dentista porque le dije que me casaba. Disfrutamos, tanto Luciane como yo, de la generosidad de nuestros amigos y familiares, e incluso de desconocidos. Conseguimos el salón con el que soñábamos y la mejor comida que nos podíamos imaginar solo porque hay gente que pensó, al igual que nosotros, que en este día nos merecíamos lo mejor del mundo.

Mi mamá me dijo el jueves, después de la ceremonia del civil, que algo que nunca te dicen cuando te casan es que ya nunca más vas a volver a ser soltero. Podrás ser separado, viudo, divorciado, pero la etapa de la soltería es algo a lo que jamás vas a volver. Es un poco fuerte plantearlo así pero a la vez te hace dar cuenta de que tomaste un paso importante. Después de todo, uno no se casa para que su vida siga exactamente igual, sino todo lo contrario. Y, al igual que las carreras en las que me gusta participar, el proceso es agotador, hasta que se llega a la meta y todo valió la pena.

Así que no me siento mal de que esta boda se haya robado tantas horas de nuestra vida porque esa es la importancia que se merece. A partir de la semana que viene quizá vuelva a la normalidad, o a una normalidad donde las decisiones se toman de a dos. En cuanto a lo deportivo, con mi bella esposa ya decidimos que nuestra luna de miel va a ser en el sur, coincidiendo con Patagonia Run. Ahí volveré a mis desafíos personales, pero con el maravilloso incentivo de saber que ahora somos un equipo, y que la otra mitad me va a estar esperando en la llegada.

El miedo es el mejor incentivo

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Hubo una sola vez en toda mi vida que no sentí miedo antes de correr Patagonia Run y fue en mi primera edición, en 2012, cuando intenté los 100 km. Mi sueño era correr el Spartathlon, los 246 km que unen la Atenas griega con Esparta, y como nunca había corrido un ultramaratón, me pareció que esta era una buena oportunidad.

No hace falta aclarar que la montaña me comió crudo. Me torcí el tobillo y me frustré mucho por no poder correr. A pesar de mi dolor, el terreno no me daba muchas opciones: incontables subidas, un suelo muy técnico, y la inexperiencia corriendo más de 5 horas (tardé 18). Mientras avanzaba y trepaba, recuerdo una promesa que nunca cumplí: “Nunca más voy a volver a correr esta carrera”. No es esta la edición en la que no sentí miedo. No, no. Estaba aterrado. Empecé confiado, creyendo que se podía correr 100 km en menos de 10 horas (algo imposible en montaña). El frío del Cerro Colorado me dejó muy consternado, y aunque daba mi mayor esfuerzo, estaba convencido de que venía último en la carrera. Ahí desarrollé mi miedo de volver a pasar por lo mismo.

En 2013 volví, pero para correr 63 km. Ya tenía más experiencia, y esta vez acompañaba a mi novia, que en el año anterior había intentado esta distancia y no había llegado al último corte. La presión estaba en alcanzar los puestos antes del horario límite, pero me relajé. Confié en la estrategia, sabía en qué sectores acelerar y en cuáles relajarse, y cruzamos la meta antes de lo que había imaginado. Fue la única vez en que no sentí que Patagonia Run era demasiado para mí.

Al año siguiente la vida me encontró soltero nuevamente, y necesitaba algo que me desafiara. El año 2014 fue además en el que iba a correr el Spartathlon, en septiembre, así que Patagonia Run parecía un buen entrenamiento de resistencia. Por algún motivo, el miedo de volver a correr 100 km era la excusa para intentarlo. Ya había probado hacer una distancia que me resultara cómoda, y aunque los paisajes de la Patagonia son maravillosos, ¿para qué volver si no era para sentirme desafiado? Aunque estaba mejor preparado, con experiencia y sin haberme lesionado, tardé una hora más que en mi primera edición. En el Cerro Colorado el frío era tan terrible que congeló el agua de mi mochila hidratadora. Me acordé de Dios y le supliqué para que ese ascenso terminara pronto. Bajé por rocas con hielo, con pavor de patinarme y romperme la cabeza. Pero el miedo no me paralizó, sino todo lo contrario. Me hizo ir con cuidado, preservándome. Fue un gran alivio cruzar la meta.

Para la edición de 2015, la distancia máxima pasaba a ser 120 km. Lo primero que pensé, cuando anunciaron esta nueva categoría con bombos y platillos, fue que era una locura. ¿Quién podía prestarse a semejante absurdo? Respuesta: yo. Y si se preguntan por qué terminé inscribiéndome en una distancia que era un 20% mayor a mis dos palizas anteriores, seguro sospechan la respuesta: me daba mucho miedo enfrentarme a eso. A esa altura de mi vida, ya con el Spartathlon conquistado (246 km en 35 horas con 44 minutos, de los cuales 180 km fueron con un desgarro en el tibial) necesitaba algo que me desafiara. Ya había aprendido que el miedo es el mejor incentivo, porque es nuestro indicador de que salimos de nuestra zona de confort. Y aunque en esta edición no hizo el frío de otros años, me costó mucho. Me tomó 24 horas y media llegar a la meta. En el camino me encontré con un amigo corredor al que le presté un bastón y no lo solté hasta asegurarme de que íbamos a terminar.

Mi última incursión en Patagonia Run fue en 2016, cuando la distancia máxima pasó a ser 130 km. Alguno creerá que después de mis intentos anteriores, el miedo era cosa del pasado. Aunque la experiencia ayuda mucho, es imposible no sentir mariposas en la panza. Hay tantas cosas que preparar antes de salir, una estrategia de la que vamos a intentar no despegarnos mucho (pero es inevitable terminar improvisando) y la incertidumbre de cómo va a afectarnos el clima. En esta edición hizo frío, pero el miedo a volver a sufrirlo en mis huesos y terminar teniendo charlas con Dios para que me sacara de ahí hizo que subiera el Cerro Colorado con abrigo de más. De hecho, terminé regalándole un gorro rompeviento a una chica corredora a la que vi poco preparada. El ascenso al Quilanlahue fue especialmente complicado, porque la lluvia del otro lado de la cumbre obligaba a que hagamos ida y vuelta por el mismo sendero empinado. Nuevamente el miedo hizo que redoblara mis esfuerzos por cuidarme, no caerme, y no tirar al que venía en sentido contrario. También levanté a un amigo corredor en el camino, a quien exceptuando cargarlo a caballito, hice todo lo posible por que cruzara la meta. Fue muy arduo, bajé muchísimo mi ritmo, y mis pies quedaron destrozados, pero nada es tan grave si al final de cuentas alcanzamos la línea de llegada. Tardé 26 horas y media, y sentí que fue mi ultra más exigente, muy lejos del Spartathlon.

Todo esto nos lleva a 2017, cuando estoy por correr 145 km, una distancia impensada para el inexperto corredor que era en 2012. Por supuesto que tengo miedo y esta no es una sensación irracional. Sé lo que es tener que avanzar con el frío calándote los huesos, trepar una cuesta interminable con el último sorbo de agua en tu botella (y el próximo puesto a dos horas), trotar con un potente dolor unificado de la cintura para abajo, volver sobre tus pasos porque se te cayó un guante, obligarte a comer a pesar de estar inapetente, estar demasiado cerca de los horarios de corte, y tantas cosas inesperadas que pueden surgir sin previo aviso. Pero cuando aparece el miedo también surge la necesidad de conquistarlo, de aprender. Es muy fácil realizar un esfuerzo físico descomunal y saber que vas a terminar. Yo no corro Patagonia Run porque sé que voy a llegar a la meta. Lo hago porque no lo sé. Ese miedo y esa incertidumbre es lo que me obliga a volver cada año.

Últimas semanas de soltería

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Cuando empecé este blog lo hice con algo puntual en mente: no iba a volverme más joven. Eventualmente me iba a casar, tener hijos, y las responsabilidades de la vida adulta me iban a impedir entrenar y desarrollar el físico de Tobey Maguire en Spider-Man.

Eso fue a mediados de 2010. Había muchas cosas que no imaginaba en ese entonces. Por ejemplo, que no iba a tener el físico de Tobey Maguire en Spider-Man. Lo más importante, huelga decir, es que encontré que podía superar mis límites en formas que no me entraban en la cabeza, y así pasé de correr medias distancias a hacer maratones, ultra maratones, y la frutilla del postre que fue el Spartathlon en 2014.

Pero mi vida continuó, más allá de que mi presencia en el blog disminuyó bastante. Seguí creciendo, y esta actividad me llevó a conocer a Luciane en la Maratona do Rio, en Brasil. En 14 días nos casamos por civil, y 48 horas después daremos “el sí” en la iglesia.

A las expectativas de cómo sería mi vida post 30 años le tengo que sumar, ahora que estoy pisando los 40, la de un hombre casado que comparte su tiempo con una (hermosa) compañera. Por ahora todo parece indicar que voy a seguir haciendo ultramaratones. Mi prometida es tan maravillosa que aceptó hacer coincidir el final de nuestra luna de miel con los 145 km de la Patagonia Run. Mientras nos debatimos si pasaremos los próximos años en Brasil o en Argentina, también accedió a estar en Buenos Aires a mediados de Noviembre, para que pueda correr el Desafío Obelisco, el homenaje al Spartathlon donde vamos a correr desde San Nicolás hasta la Capital Federal (unos 245 km).

Lejos de querer una despedida de soltero, estoy imaginando cuál va a ser mi último fondo largo antes de mi casamiento. Es increíble lo desgastante que es planificar una boda, y cuando puedo sentarme unos minutos a escribir, estoy realmente agotado. Así que aprovecho esta noche para poner por escrito cómo sigue mi vida, y qué planeo hacer en mis últimas semanas de soltería. Probablemente el fin de semana del 11 de marzo corra 60 km. Luego, ya casado, haré lo que hace la mayoría de los hombres, que es dejar crecer mi panza en forma directamente proporcional al paso de los años (quizá no, pero es mejor abrir el paraguas).

Y en mi corazón siempre va a estar el deseo de encontrar el espacio para seguir escribiendo sobre mi vida y el running. Estoy muy feliz de haber encontrado a una persona que quiere compartir sus días conmigo y que se quiere sumar a esta locura de viajes y kilómetros. Patagonia Run va a ser la primera vez que una pareja mía vaya a esperarme en la meta, con el agregado de que también va a ser mi esposa.

En 2010, cuando empecé a escribir Semana 52, no me vi corriendo 145 km en montaña ni tampoco estando casado con una chica brasileña. Pero a veces la realidad supera a nuestra más ferviente imaginación.

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