Nunca se corre el mismo camino dos veces

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En septiembre de 2014 corrí el Spartathlon, quizá la carrera más fabulosa de toda mi vida. Es probable que jamás vuelva a vivir lo mismo, incluso si consigo acreditarme para una nueva edición. Es imposible que se repitan las mismas circunstancias, además de que yo no seré la misma persona.

Cuando fui a Atenas, al pie de la Acrópolis, tenía una mezcla de emoción y pánico. Iba a cumplir un sueño, en una madrugada lluviosa, con mis papás y amigos escoltándome. Si pudiera convencer a las mismas personas que me vuelvan a acompañar en 2018, algo no podría cambiar: yo ya hice esta carrera, y tener experiencia cambia totalmente toda la situación.

En primer lugar, estadísticamente es más difícil completar el segundo Spartathlon que el primero. Esto tiene que ver con que la confianza suele jugar una mala pasada. Al ser un inexperto, fui con mucha cautela, intentando guardar fuerzas, cuidando bien lo que hacía. Si volviese, estaría pendiente con volver a pasar por los mismos lugares, repetir lo que salió bien y evitar lo que falló.

En segundo lugar, reunir el dinero para el viaje sería mucho más difícil, ya que vendí una colección de comics que reuní durante 25 años y que ahora no tengo. Además, esa llovizna que marcó la previa de la carrera fue una rareza, ya que bajó la temperatura y es sabido que el Spartathlon suele tener un sol bastante implacable.

Todo esto sirve para confirmar eso que le escuché decir a Alejandro Dolina: “Uno nunca se baña en el mismo río dos veces”. Es probable que él estuviese citando a Borges, pero tengo algo de pereza y no lo voy a chequear en Google. No solo el agua fluye y no es la misma en la que volvemos a bañarnos; uno también cambió.

No voy a poder volver a correr mi primera maratón, ni voy a poder elegir mejor mi abrigo de Patagonia Run 2014. La experiencia me permite mirar hacia adelante desde otro lugar, y  puedo usarla para un nuevo intento, no para volver al pasado.

Nos pasamos la vida intentando repetir experiencias. Volver a enamorarnos como en la adolescencia, sentir el mismo placer al comprar la misma marca de galletitas, viajar a aquel destino remoto para reencontrarnos con el sentimiento de paz que está en nuestra memoria. A veces nos acercamos bastante al recuerdo, pero eso es todo.

Lejos de querer tener una reflexión pesimista, me parece que tenemos que mirar hacia adelante y buscar nuevas aventuras. Aceptar lo inesperado y no buscar generar las mismas condiciones con las que alguna vez fuimos feliz. Incorporar lo pasado en nuestra caja de herramientas para construir un mejor futuro, y ser conscientes de que tanto el río como nosotros somos diferentes.

Publicado el 31 enero, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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