Fracturarme el pie cambió mi vida

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Me resulta apasionante mirar hacia atrás en mi vida y revisar todas mis decisiones. A veces encuentro que las cosas podrían haber sido muy diferentes si una cosa muy pequeña no hubiese ocurrido. Pido disculpas de antemano por quienes ya conocen esta historia, que de algún modo ya la reflejé en este blog, pero algo cambió desde entonces, y es mi mirada.

Fui un adolescente hasta muy entrados mis 20s. No sabía qué estudiar ni había definido mi vocación. Lo único que hacía era juntarme una vez por semana con mis amigos y pasar toda la noche en vela (o al menos lo intentaba, porque muchas veces me quedaba dormido). Quizás alguno imagine que íbamos a bailar, o tomábamos cerveza y escapábamos de la policía, pero la verdad es que éramos muy inocentes. Jugábamos a la Play durante horas, veíamos videos en VHS, o nos juntábamos en alguna estación de servicio a tomar jugo y solo hablar. Fue, sin dudas, una época muy feliz de mi vida, la cual en ese entonces era incapaz de disfrutar.

Algo que hacíamos de vez en cuando era jugar al fútbol, siempre pasada la medianoche. En alguna oportunidad nos metimos por el agujero de una reja a la cancha del colegio Otto Krause. Otra vez tuvimos un partido memorable en la 9 de Julio con un grupo de operarios que estaban por entrar a trabajar (sus palas clavadas en el piso hacían de arco). Pero el recuerdo que toma relevancia fue el que hicimos con tres amigos en la Plaza San Martín.

Eran las horas previas al amanecer. Nunca fui habilidoso (esta historia lo demostrará) y jamás me gustó el fútbol, sin embargo disfrutaba mucho de esa cita semanal con mis amigos de Capital. La pelota con la que jugábamos era chica, así que usábamos los bancos de la plaza como arcos. El arquero era volante, yo hacía lo que podía con mi falta de habilidad. En una oportunidad, marcando a un contrincante, giré sobre mi pie, que quedó fijo en el suelo. Sentí un dolor espantoso, como un flash, y caí al piso gritando. Me revisaron, me movieron el pie, que no me dolía, y me pidieron amablemente que me haga a un lado para seguir jugando.

El sol empezaba a iluminar, y yo estaba tirado en el suelo. Me levanté y rengueé hasta la estación del subte C. Fue un largo camino hasta Banfield. Cuando salí al hall central para tomar el tren, caminaba tan lento que un caracol hubiese llegado antes. Cuando bajé en mi estación, en la zona sur del Gran Buenos Aires, mi paso era todavía más lento, proporcional con el dolor que sentía. Un pasajero se apiadó de mí y me dijo que esperara. Era dueño de una agencia de remises, recientemente recuperado de una operación de rodilla, así que entendía mi padecimiento.

En casa quise ir a dormir, pero al sacarme la media vi que mi tobillo se había hinchado hasta desaparecer, y estaba tomando un color violáceo. Desperté a mi papá y le pedí que me acompañase al hospital. Una vez ahí confirmaron una fractura del maléolo del peroné. La teoría fue que el ligamento cortó el hueso, separándolo por completo. Al parecer tuve suerte, porque si hubiese sido al revés y se hubiese cortado el ligamento, la recuperación habría sido mucho peor.

Al principio me pusieron un yeso por 30 días. No podía pisar por una semana, y después podía caminar con un taco. Al día siguiente entraba a trabajar a la Feria del Libro, y cuando le pregunté al traumatólogo si iba a poder ir, se limitó a reír.

No tuve el yeso 30 días, sino que terminaron siendo 60. El hueso no se había soldado. Había dejado de comer carne unos 6 meses antes, y el médico me confirmó que no tenía nada que ver. Cuando finalmente me sacaron el maldito yeso, la pierna estaba amarilla y la falta de el taco que tuve por 2 meses me hacía renguear, como si hubiese perdido 5 centímetros de un lado.

Hice mis sesiones de kinesiología, donde me hacían masajes y magnetoterapia. Me recomendaron hacer natación para empezar a moverme, después bicicleta, y por último… correr. Esa actividad que odiaba de chico.

Hoy, 17 años después de esta lesión, me doy cuenta de que ahí empezó mi carrera como corredor. Empecé a trotar por mi cuenta, en el mismo recorrido que hacía con mi papá los sábados cuando me preparaba para las carreras de la escuela. Así redescubrí esa actividad, necesaria para mi rehabilitación. Pude conectarme con el running para entender que me hacía bien a la cabeza.

Empecé y dejé de correr montones de veces, pero la semilla fue germinando de a poco. Después vino la recomendación de empezar a entrenar en un running team, luego las ganas de hacer mi primera maratón, más tarde la locura de hacer el Spartathlon, y ahora mi casamiento en un mes y medio.

¿Qué tiene que ver mi boda con esta historia? Bueno, muchísimo. Correr me cambió por completo. No solo mi cuerpo, con el tatuaje que me hice en el brazo (y que sedujo a mi futura esposa). Mi autoestima aumentó, lo que me dio mucha más confianza para abrirme a otras personas. Correr me hizo conocer otros lugares a los que nunca había imaginado ir, como Río de Janeiro, donde conocí a Luciane. Si bien mi carrera laboral se alineó con el diseño gráfico, la actividad física tuvo un impacto muy grande en mi vida. Esto es algo que, en el momento en que me saqué la media en casa y mi tobillo se hinchaba en vivo, no podía ver.

Somos el resultado de las decisiones que tomamos y las cosas que nos pasan. ¿Qué me definió para descubrir el running y las ultramaratones? ¿Fue mi atolondrada fractura? ¿Fue juntarme todas las semanas con mis amigos? ¿Fue el que tuvo la brillante idea de ir a jugar a la pelota en la Plaza San Martín a las 5 de la mañana? ¿Fue el consejo de la kinesióloga de que corra como último paso en mi rehabilitación? ¿Fueron los genes atléticos de mi padre, latentes en mí? Quizá fue todo eso y mucho más.

Todo lo bueno y lo malo de mi pasado me llevaron a ser el hombre que soy ahora, así que con mucha humildad agradezco todo lo que viví, y reconozco haber aprendido que las cosas hay que mirarlas hacia atrás y no sufrir por el presente. Lo mejor siempre está por venir.

Publicado el 28 enero, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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