Correr, rezar, amar

correr-rezar-amar

Con el permiso de mis amigos agnósticos y no creyentes, nada me acercó a Dios más que correr.

Si tuviese que describir mi fe, diría que soy un católico bastante pobre. No realizo los ritos que son costumbre de la religión, y menos matar, incumplí todos los mandamientos. También quisiera que pasemos por alto los siete pecados capitales. Por favor. Pero como en exactamente dos meses me voy a casar, y por iglesia, tuve un acercamiento a una parroquia y unas charlas muy interesantes con el cura.

Cuando hablaba con el párroco, no me salió mentirle, y dije que era católico pero que no practicaba. Me preguntó si hacía caridad, y no me sentí el tipo más generoso del mundo. Me recordó a mi última Patagonia Run, donde acompañé varios kilómetros a una chica asustada, que tenía que cruzar el temible Cerro Colorado. También esa misma carrera, cuando acompañé a Fran en los últimos 40 kilómetros, abandonando toda intención de correr a mi ritmo. “¿Ves?”, me dijo el padre Martín. “Practicás la caridad, así que practicás el catolicismo”.

Curiosamente, los momentos donde me acerqué a una fe religiosa fue corriendo. Es en ese momento de extrema humildad, golpeado por el terreno, que uno corre pura y exclusivamente con fuerza de voluntad. Es algo difícil de medir científicamente, pero hay una energía que te lleva para adelante. Y en aquel temible Cerro Colorado, tuve una charla con Dios (que podríamos definir como un humillante ruego de que me sacara de ahí). Rezar me ayudaba, porque realmente la estaba pasando muy mal; estaba asustado.

Es iluso esperar una respuesta inmediata al rezar. Yo la obtuve de algún modo. Pedí fuerzas para superar el cerro y llegar al otro lado, y me contesté: “¿Acaso mi fuerza no me trajo hasta acá? Eso que estoy pidiendo ya lo tengo”. No lo vi como mi propia voz, sino justamente como la respuesta a mi plegaria (un balbuceo en voz baja, a 12 grados bajo cero, dando pasos cortos y constantes en un resbaladizo ascenso de rocas sueltas).

En el Spartathlon también sufrí el desamparo, que me llevó por unos instantes a hablar con Dios. Pasarían varios años hasta que aprendiese sobre la meditación, otra forma de acercarse a la divinidad. De hecho, correr es muy parecido a meditar. Ciertas corrientes del budismo de hecho están en contra de pensar en Dios como una entidad, ya que va en contra del desapego que ellos profesan.

Hoy estoy más cerca del Siddha Yoga que de la Iglesia, aunque no se trata de una religión sino de un camino espiritual. Es lo mismo que vive Elizabeth Gilbert, escritora de “Comer, rezar, amar” (quien se parece más a Maru Botana que a Julia Roberts). Muchas de las cosas que ella vive meditando en un ashram de la India lo pude vivir corriendo el Spartathlon o subiendo una montaña a pie. Esa divinidad que muchos buscamos afuera de nuestro cuerpo está hacia adentro. Hay que empezar por quererse a uno mismo y después valorar a los demás de la misma manera. Algo que se puede aprender a través del estudio de ciertas corrientes filosóficas, o corriendo hasta el límite del propio cuerpo.

Publicado el 18 enero, 2017 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Muy lindo tu relato y sentimientos. Cada uno tiene su propia experiencia y como nuestra existencia es finita, nos preparamos con El para el transito, para el afronte de las dificultades y para cuando aparezca por allí la última curva. En general vamos con El. Y si no, podemos agradecer por las dudas. No cuesta nada y hace bien a cada espíritu inquieto. Abrazo y felicidades por el próximo enlace. Juanca.

  2. Simón David

    Me encantó! Genio.

  3. Maqueca- mamá

    Me parece que el 4to mandamiento también los cumpliste y lo seguís cumpliendo.

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