Vivir en la ciudad, correr en la montaña

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Quizás a vos te pase lo mismo que a mí, que disfrutás de correr en la montaña pero vivís en medio del cemento y la planicie de la ciudad. Pero a no desesperar, igual los que vivimos al nivel del mar podemos ir a correr subiendo entre las rocas. Es solo cuestión de ponerse creativos.

Si, como yo, estás preparando una carrera como Patagonia Run y no tenés la suerte de vivir en las provincias donde hay cerros y cadenas montañosas, vas a necesitar desarrollar dos cosas: resistencia y fuerza de piernas. Para lo primero hay que correr. Bastante. Para lo segundo, no solamente es necesario hacer cuestas, sino que también se pueden ejecutar ejercicios para fortalecer los músculos sin que necesariamente sea hacer cuestas.

Lo primero que deberíamos aceptar es que nunca vamos a poder emular lo que va a ser la montaña. Sería maravilloso, pero viviríamos en otro lado y no en la llanura metropolitana. Las progresiones ayudan mucho a tener piernas más fuertes. No hay que asustarse, no vamos a correr en forma progresiva en la montaña. De hecho tendremos suerte si la geografía nos permite hacer algo más rápido que una caminata vigorosa. Entonces, las progresiones, los cambios de ritmo, las pasadas a gran velocidad y todos los ejercicios como las sentadillas y estocadas nos van a ayudar a desarrollar las piernas que necesitamos. Hacer abdominales también va a ser clave para ayudar a elevar la pisada, sobre todo en subida. Todo esto se puede hacer en cualquier parte, desde una plaza hasta la vereda más dura.

Y como decía antes, no podemos emular a la montaña, pero sí podemos ponernos creativos. Yo creo que es clave hacer cuestas, y al menos en Buenos Aires las hay. Esta semana fui a despedir a mi novia a Aeroparque, y decidí volver corriendo hasta Acassuso para hacer un fondo que Google Maps declaraba de 11 km en el trayecto más corto. Lo hice por la costanera, y me encontré con un lugar al que había visitado una sola vez en toda mi vida, que era el Parque de la Memoria, donde se pueden hacer algunas cuestas suaves. Estaba completamente vacío, y pude ir y venir en las escalinatas y saltar sobre los bancos.

De ahí seguí mi camino hacia Figueroa Alcorta, subiendo todas las escaleras que pudiese encontrar, en especial los del tren, como eran las que se encontraban en la estación de Ciudad Universitaria. Debo reconocer que el sol estaba extremadamente fuerte. Esto no es para nada lo que voy a encontrar en abril en la Patagonia, pero al menos aceleraba un proceso con el que inevitablemente nos encontramos en una ultramaratón: la deshidratación. Así que, además de buscar subidas, ya sean cuestas, rampas y escaleras, también estaba atento a los bebederos y a mantener mi botella de agua llena.

Después fui hasta el Paseo Costero, en Vicente López, donde no hay muchas escaleras y cuestas, pero sí un terreno bastante irregular al acercarse al río. Si uno quiere correr por el pasto, eventualmente va a tener que dar un salto para trepar algunas elevaciones. Con una hora y media corriendo a un ritmo mucho mayor que el de la carrera, las piernas estaban agotadas, y eso era lo que buscaba: exigirme estando cansado.

Me fue inevitable tener que pasar a correr por la Avenida Libertador, que tiene poco y nada para ofrecer, hasta llegar a Paraná y el Río, en La Lucila, donde hay unas cuestas imponentes, más la escalera del Tren de la Costa. Fue la primera vez que tuve que caminar por el cansancio, pero era lo que estaba buscando. No es indigna la caminata; en montaña es casi obligatoria.

Terminé llegando a casa, en Acassuso, antes de pasar por la panadería a comprar un cuarto de pan. No es el mejor alimento, pero en ese momento, después de más de 20 km y de 2 horas corriendo y exigiéndome, el cuerpo me pedía hidratos y no iba a esperar a que me pusiera a cocinar. Quizá la próxima esté mejor preparado para el banquete post entrenamiento.

La idea no es que otros corredores imiten este entrenamiento improvisado, sino que vean que la ciudad no es impedimento para entrenar para montaña. Todo sirve para fortalecer los tobillos: el empedrado, las veredas rotas, el pasto, la arena… Y cuando no hay calles en subida, seguramente hay alguna escalera o una rampa.

Un último consejo: aunque muchos recomiendan mantener la cabeza erguida, en un fondo exigido con irregularidades en el suelo, hay que estar atentos a dónde pisamos. El cansancio más una superficie que no es plana puede jugarnos una mala pasada y podemos tropezarnos o torcernos el tobillo. Mi técnica es de ir mirando cómo está el suelo y anticipar dónde voy a pisar con cada pie. Es un estado de mucha concentración, porque una vez que un pie se apoyó en el suelo, ya tenemos que haber encontrado dónde va a pisar el otro. En la montaña también vamos a necesitar hacerlo, y no estaría mal dominar la técnica, aunque sea en la plana ciudad.

Publicado el 22 diciembre, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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