Archivos Mensuales: diciembre 2016

¿Adiós a las pasas de uva?

adios-a-las-pasas-de-uvaNo es una buena noticia para los corredores, o al menos para mí. ANMAT, siglas de Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica, desaconsejó esta semana el uso antibacteriales en jabones, aerosoles y productos de aseo personal, algo que se pudo leer en casi todos los medios y que va en línea con la FDA, la organización equivalente en los Estados Unidos. Se comprobó que el uso de antisépticos reduce la resistencia antimicrobiana.

Pero lo que nos interesa a los que corremos y hacemos carreras de aventura, es que parte de ese informe habla también de los procesos a los que se someten ciertos frutos secos para, justamente, quitarles microbios y bacterias. Siempre según el informe, “la exposición a largo plazo a ciertos ingredientes activos usados (…) podría presentar riesgos para la salud como la generación de resistencia a antimicrobianos y efectos hormonales”, lo que da a entender que comer pasas de uva aumenta nuestra defensa contra estos organismos, y dejar de comerlos provocaría el efecto contrario. Además, dichos productos están “dirigidos a individuos generalmente sanos en los cuales el riesgo de infección y el alcance de su propagación es relativamente bajo”.

Esto abre la puerta a muchas preguntas, como por ejemplo con qué podríamos reemplazar las pasas de uva. ANMAT recomienda elegir alimentos que no sufran el proceso químico de “encerado” de las frutas secas, como por ejemplo arvejas, nueces (sin cáscara) y açaí.

En mi caso personal consumo pasas de uva al menos dos veces al día en mi desayuno y mi merienda, si no se me ocurre ponerle a alguna ensalada. Es además mi comida de marcha en entrenamientos largos y en carreras de montaña. Cuesta imaginarse estar corriendo con un abrelatas, pero la ciencia ha demostrado, una vez más, que vivimos equivocados.

¡Felicidades!

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Vivir en la ciudad, correr en la montaña

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Quizás a vos te pase lo mismo que a mí, que disfrutás de correr en la montaña pero vivís en medio del cemento y la planicie de la ciudad. Pero a no desesperar, igual los que vivimos al nivel del mar podemos ir a correr subiendo entre las rocas. Es solo cuestión de ponerse creativos.

Si, como yo, estás preparando una carrera como Patagonia Run y no tenés la suerte de vivir en las provincias donde hay cerros y cadenas montañosas, vas a necesitar desarrollar dos cosas: resistencia y fuerza de piernas. Para lo primero hay que correr. Bastante. Para lo segundo, no solamente es necesario hacer cuestas, sino que también se pueden ejecutar ejercicios para fortalecer los músculos sin que necesariamente sea hacer cuestas.

Lo primero que deberíamos aceptar es que nunca vamos a poder emular lo que va a ser la montaña. Sería maravilloso, pero viviríamos en otro lado y no en la llanura metropolitana. Las progresiones ayudan mucho a tener piernas más fuertes. No hay que asustarse, no vamos a correr en forma progresiva en la montaña. De hecho tendremos suerte si la geografía nos permite hacer algo más rápido que una caminata vigorosa. Entonces, las progresiones, los cambios de ritmo, las pasadas a gran velocidad y todos los ejercicios como las sentadillas y estocadas nos van a ayudar a desarrollar las piernas que necesitamos. Hacer abdominales también va a ser clave para ayudar a elevar la pisada, sobre todo en subida. Todo esto se puede hacer en cualquier parte, desde una plaza hasta la vereda más dura.

Y como decía antes, no podemos emular a la montaña, pero sí podemos ponernos creativos. Yo creo que es clave hacer cuestas, y al menos en Buenos Aires las hay. Esta semana fui a despedir a mi novia a Aeroparque, y decidí volver corriendo hasta Acassuso para hacer un fondo que Google Maps declaraba de 11 km en el trayecto más corto. Lo hice por la costanera, y me encontré con un lugar al que había visitado una sola vez en toda mi vida, que era el Parque de la Memoria, donde se pueden hacer algunas cuestas suaves. Estaba completamente vacío, y pude ir y venir en las escalinatas y saltar sobre los bancos.

De ahí seguí mi camino hacia Figueroa Alcorta, subiendo todas las escaleras que pudiese encontrar, en especial los del tren, como eran las que se encontraban en la estación de Ciudad Universitaria. Debo reconocer que el sol estaba extremadamente fuerte. Esto no es para nada lo que voy a encontrar en abril en la Patagonia, pero al menos aceleraba un proceso con el que inevitablemente nos encontramos en una ultramaratón: la deshidratación. Así que, además de buscar subidas, ya sean cuestas, rampas y escaleras, también estaba atento a los bebederos y a mantener mi botella de agua llena.

Después fui hasta el Paseo Costero, en Vicente López, donde no hay muchas escaleras y cuestas, pero sí un terreno bastante irregular al acercarse al río. Si uno quiere correr por el pasto, eventualmente va a tener que dar un salto para trepar algunas elevaciones. Con una hora y media corriendo a un ritmo mucho mayor que el de la carrera, las piernas estaban agotadas, y eso era lo que buscaba: exigirme estando cansado.

Me fue inevitable tener que pasar a correr por la Avenida Libertador, que tiene poco y nada para ofrecer, hasta llegar a Paraná y el Río, en La Lucila, donde hay unas cuestas imponentes, más la escalera del Tren de la Costa. Fue la primera vez que tuve que caminar por el cansancio, pero era lo que estaba buscando. No es indigna la caminata; en montaña es casi obligatoria.

Terminé llegando a casa, en Acassuso, antes de pasar por la panadería a comprar un cuarto de pan. No es el mejor alimento, pero en ese momento, después de más de 20 km y de 2 horas corriendo y exigiéndome, el cuerpo me pedía hidratos y no iba a esperar a que me pusiera a cocinar. Quizá la próxima esté mejor preparado para el banquete post entrenamiento.

La idea no es que otros corredores imiten este entrenamiento improvisado, sino que vean que la ciudad no es impedimento para entrenar para montaña. Todo sirve para fortalecer los tobillos: el empedrado, las veredas rotas, el pasto, la arena… Y cuando no hay calles en subida, seguramente hay alguna escalera o una rampa.

Un último consejo: aunque muchos recomiendan mantener la cabeza erguida, en un fondo exigido con irregularidades en el suelo, hay que estar atentos a dónde pisamos. El cansancio más una superficie que no es plana puede jugarnos una mala pasada y podemos tropezarnos o torcernos el tobillo. Mi técnica es de ir mirando cómo está el suelo y anticipar dónde voy a pisar con cada pie. Es un estado de mucha concentración, porque una vez que un pie se apoyó en el suelo, ya tenemos que haber encontrado dónde va a pisar el otro. En la montaña también vamos a necesitar hacerlo, y no estaría mal dominar la técnica, aunque sea en la plana ciudad.

Todo corredor es un inconformista

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Todos somos, en el fondo, inconformistas.

Suena curioso, porque también somos orgullosos y nos gusta sentirnos los mejores del mundo. Pero quizá solo se trate de un recurso de nuestra psiquis para compensar que, en el fondo, siempre pensamos que podríamos haberlo hecho mejor.

Pienso en mis mejores carreras. El Spartathlon, que completé en mi primer intento. La Maratón de Buenos Aires 2013, que completé en 03:03 hs. La ultramaratón en la selva de Yaboty, donde llegué noveno de la general. Son algunos de mis puntos máximos en mi carrera como atleta, y en todas me quedé pensando en que podría haber finalizado en menor tiempo o más entero.

Es fácil mirar hacia atrás y ver cómo nos afectaron las decisiones. No aplica solo al deporte, también tengo la costumbre de cuestionar qué hubiese pasado si en lugar de decir esto hubiese dicho aquello. Seguramente es por eso que me resultan fascinantes las historias de viajes en el tiempo, con Volver al futuro a la cabeza, donde una reacción diferente altera el curso de la vida de una familia. También pienso en “El ruido del trueno”, aquel cuento de Ray Bradbury en el que un cazador que viaja en el tiempo para cazar un dinosaurio sin querer pisa una mariposa, haciendo que en el presente la sociedad sea gobernada por el totalitarismo.

Aunque las decisiones en una carrera suelen ser algo más que pisar una mariposa y tienen efectos menos políticos, afectan nuestro resultado de un modo que solo podemos dimensionar cuando todo terminó. Así y todo, no me pasa que quiera darme una palmada en la espalda y felicitarme por haber dado lo mejor. En mi vida conocí a un solo atleta que dijo “Hice exactamente la carrera que quería”, y es una frase que probablemente jamás salga de mis labios.

Me consuela saber que el problema no es solo mío, pero es el consuelo de un tonto. Y te pregunto, querido lector, cuándo fue la última vez que hiciste algo y consideraste que todas las decisiones que te llevaron a eso fueron las correctas, que pensaste que el resultado no se podría haber mejorado. Y sin saber la respuesta, hago una última pregunta: ¿Sirve no conformarse, o conviene abrazar el resultado? Quizá ambas posturas sirvan para seguir haciendo camino.

Por qué fracasar es bueno

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La frase dice “Un ganador es un perdedor que nunca se rindió”. Winston Churchill tiene otra cita que también es muy buena que dice “El éxito es ir de fracaso en fracaso”. Dicho de otro modo, no se puede triunfar sin haber saboreado la derrota previamente, y no hay que sentirse mal porque las cosas no salgan bien al principio. Fallar puede sernos útil.

En mi caso lo experimenté en 2012, cuando quise correr 100 km en menos de 10 horas y media para utilizarlo como clasificatorio para el Spatathlon. Terminé en el km 70 vomitando al costado del camino, absolutamente agotado. Pero no me desanimé, porque era la primera vez que corría más de 42 km, y toda esa experiencia la pude volcar en todas mis ultramaratones posteriores. Incluso cuando reintenté esos 100 km, en 2013, y lo logré.

Entonces, la primera conclusión es que los fracasos son experiencia.

¿Alguna vez te pasó de decir “¿Cómo puede ser que esto me pase siempre?”? En una carrera nocturna de 30 km sentía unos fuertes dolores abdominales. Al principio no entendía qué era, y después descubrí que se trataba de uno de los grandes enemigos de los corredores: los flatos (o gases). En mi caso descubrí que me pasaba si descuidaba mi alimentación previa, como por ejemplo cuando ese mismo día comía mucha fibra. ¿Pero aprendí mi lección? ¡Claro que no! En la Maratona do Rio 2013 lo volví a sufrir, ya que a la tarde siguiente de largar me comí una bolsa de pochoclos. En Patagonia Run 2016, mi largada fue espantosamente agónica, ya que salimos a las 7 de la tarde y al mediodía había almorzado media pizza de tomates y morrones. “¿Cómo puede ser que siempre tenga esos molestos gases en las carreras?”. Mi respuesta: porque creo que los consejos de alimentación que siempre doy no se aplican a mí.

Entonces, la segunda conclusión es que los fracasos son experiencia, siempre y cuando aprendamos y no los ignoremos.

Es muy difícil que el fracaso del otro nos sirva. Hay que intentar y no tener miedo a equivocarse. Escuché a muchísimos corredores considerar que caminar en su primera maratón era algo indigno, y que si no llegaban a la meta sin frenar era un fracaso. En verdad hay que saber interpretar qué es fracasar. Para mí es no poder cumplir con un objetivo, pero no tiene sentido poner la vara demasiado alta, porque ahí estamos propiciando el fracaso. Dudo que ese sea el mecanismo para aprender. Sí, por supuesto, hay que salir de la zona de confort, desafiarse a uno mismo y crecer, pero yo no puedo considerar hoy que si corro la Maratón Des Sables en enero voy a salir hecho un sabio, porque no puedo prepararla en un mes.

Entonces, la tercera conclusión es que los fracasos son experiencia, siempre y cuando aprendamos, no los ignoremos, y no nos pongamos metas imposibles de alcanzar.

Qué es la Zona de Confort

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Mucho hemos leído y escuchado sobre la Zona de Confort. Pero, ¿qué es? ¿Dónde queda? ¿Qué colectivo me acerca? Todas estas preguntas serán respondidas, pero tenga a bien saber que surgirán otras nuevas que no tendremos tiempo de abordar.

La Zona de Confort es un lugar cálido en invierno y muy fresco en verano. Es donde las expectativas son bajas y donde mañana es un mejor día para hacer las cosas que hoy. Para cada persona es diferente, pero en todos los casos hay una coincidencia: ahí no se puede crecer.

Para Claudia F., de Mataderos, siempre es domingo y el lunes va a empezar a comer sano. A veces sale de su Zona de Confort 24 horas, alguna vez se fue dos días completos, para regresar a comer dulces y chocolates, porque es lo que la hace “feliz”. Para Aníbal M., de Escobar, es fumar “nada más” cinco cigarrillos diarios, porque antes fumaba dos atados y con eso ya se queda conforme. Para Betiana B., de Palermo, es hacer zumba una vez a la semana, porque con eso siente que está haciendo algo (y correr o ir al gym la aburre).

En algún momento, el ser humano puso todos sus recursos y su herencia evolutiva en convencerse de que la felicidad era estar cómodo. Los grandes fantasmas eran esforzarse, transpirar, sentir dolor, tener sed, sueño y hambre. Quienes salen de su Zona de Confort, aunque sea por unos instantes, puede hacer un pequeño experimento. Hagan público que están entrenando, comiendo sano, o dejando un vicio de lado. ¿Cuándo comienza nuestro entorno a intentar traernos de regreso a la Zona? Si prestamos atención vamos a empezar a escuchar que nos hablan de que todos los extremos son malos, que prefieren ser felices, que la vida hay que vivirla, y comienzan a repetir los slogans que básicamente venden que es mejor no hacer esfuerzos y no intentar cambiar. “¿Para qué corrés si igual te vas a morir?”. “Hay que comer un poco de cada cosa”. “Parecés anoréxico”. “Correr fija la celulitis, agranda el corazón y te destruye las rodillas”. Etcétera…

Aunque los medios se encargan, cada tanto, de denunciar los riesgos de quedarse en la Zona (sedentarismo, principalmente), también le hacen el juego y, cada tanto, publican un artículo donde dicen que beber tanta agua no es tan bueno como se creía, o la vida de esa abuelita asiática de 105 años que bebe vino a diario y fuma 20 cigarrillos por día. Y aunque la información está al alcance para comprobar que quienes se esfuerzan cosechan la recompensa de una mejor salud, cada uno elige a qué hacerle caso y a qué no. A esto le llamamos “argumentos de la Zona” y sirven no solo para que cada uno se quede donde está, sino para que critique al que se destaque.

Nada es gratis en la vida. Tener una buena salud requiere esfuerzo, pero vivir en la Zona de Confort no es gratis. Es un préstamo que se paga con intereses. Y dejar esos esfuerzos para mañana van a hacer que pasado tengamos que invertir en tratamientos médicos, y una vez que el deterioro comienza, vamos a darnos cuenta de que no se puede volver el tiempo atrás. Pero cuidado. Es otra trampa. Si bien cada día que pasa hace un poco más difícil revertir los años atrapados en la Zona, creer que ya es tarde para nosotros es la excusa para seguir ahí, estancados. Siempre se puede escapar. Mientras antes lo hagamos, mejor.

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