¿Tiene que doler después de una carrera?

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Día 2 post-maratón. Hoy fue el turno de conocer a mi alumna nueva de personal, turno mañana. Confundí la dirección y pensé que nos juntábamos en una punta del Hipódromo, cuando en realidad era en la opuesta. Normalmente hubiese hecho un trote, pero esta vez mis piernas no respondían. Me sinceré y avisé que iba a llegar tarde.

Subir escaleras no es tan doloroso como bajarlas. De hecho hay un modo de caminar donde apoyo el peso de mi cuerpo sobre los cuádriceps y el dolor es importante. Si me relajo y descanso el peso en gemelos y tibiales, la caminata se tolera.

Estoy escribiendo esta entrada a una hora de ver a otro grupo de alumnos, a los que también deberé confesarles que no voy a mostrarles los ejercicios trotando, ni voy a ser el ejemplo para realizar sentadillas. Y todas esas explicaciones me llevan a la gran pregunta de: “¿Es necesario que duela después de una carrera?”.

Hay dos posturas que vienen a mi mente: sí y no. Empecemos por la segunda y dejemos mi defensa de la autoflagelación del corredor para el final. Yo podría haber corrido el domingo los 42 km y estar hoy bailando charleston en la cima de una bandera. Pero para eso tendría que haber corrido mucho más lento, manteniéndome lo máximo posible por debajo de mi umbral de ácido láctico. Podría haber tardado una hora más, quizá dos. Hubiese sostenido un ritmo agradable, que me permitiera disfrutar del paisaje, frenar para beber tranquilo y sonreír a las cámaras. Y después de estirar y de tener un sueño reparador, hubiese entrenado el lunes sin mayores percances.

Pero lo que ocurrió fue otra cosa. Intenté dejar todo, tardar lo menos posible y ni siquiera mirar a los fotógrafos de reojo. Disfruté del recorrido, pero mantener la velocidad era más importante. Miré el reloj una vez cada 3 minutos, hice cuentas de a qué hora llegaría si bajaba el ritmo a 5 minutos por kilómetro (aunque me negaba a hacerlo) e intenté exigirme en cada instante. Algo de eso lo vi en los números finales: la primera mitad la corrí en 1:29:59 y la segunda mitad en 1:38:51. Es bastante, un promedio de 25 segundos más cada kilómetro (si mi calculadora no me falla).

Hoy, después de haber dado todo lo que tenía (no me quedé con nada), siento muchos dolores, y esa sensación de que si alguien me mira fijo me voy a agarrar una gripe. Pero visto mis dolores con mucho orgullo. Quiere decir que me exigí, que acaricié mis límites. En este momento no tengo la incertidumbre de qué podría haber pasado si apretaba un poco más, y eso es bastante liberador.

Sentir dolor no tiene que ser algo vergonzoso. Somos humanos, con un físico que soporta hasta cierto punto. Que duela es un recordatorio de que salimos de nuestra zona de confort, y mientras más duela, más lejos nos aventuramos afuera de nuestros límites.

Publicado el 11 octubre, 2016 en Semana 52. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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