Archivos Mensuales: octubre 2016

Olor a plástico nuevo

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Cuando era chico me encantaba He-Man. Es una serie animada que no resiste el paso del tiempo. Si bien tiene un diseño de personajes muy interesante, los guiones y sus diálogos son increíblemente torpes y hasta perezosos. Pero claro, hay cosas sobre las que no se puede volver, menos con la mirada de un adulto.

Sin embargo, existen sensaciones que nunca cambian. Aunque de chico me encantaba He-Man, lo que más disfrutaba era sus muñecos. Y no digo “muñequitos”, como quizá podría llamar a los Super Amigos. Estos eran enormes. Bien ensamblados. Coloridos y con muchos detalles.

De vez en cuando, porque se me caía un diente o cumplía años, me regalaban un muñeco nuevo de He-Man. El blister transparente dejaba ver la figura, algunas veces con algún accesorio, y a sus espaldas una pequeña historieta de pocas páginas que yo odiaba, porque sus historias no tenían absolutamente nada que ver con el dibujo animado.

Pero el momento de gloria era abrir ese blister… el olor a plástico nuevo es un indicio de que las cosas no solo se admiran con la vista o al tacto, sino que también se huelen… Comprar un muñeco nuevo era todo un evento, y oler el plástico hacía que esa sensación de felicidad se grabara en la memoria. Hoy vuelvo a sentir ese olor y automáticamente viajo en el tiempo. De nuevo soy un niño sosteniendo en mi mano un muñeco nuevo.

¿Y cuándo vuelvo a sentir esos olores? Mi amigo Paco maneja un Ford Ka que huele a plástico nuevo. Lo curioso es que lo tiene de hace varios años, pero por alguna extraña razón ha logrado que el olor se conserve. Cada vez que me lleva a alguna parte, me siento e inspiro profundamente. Empecé a entender la pasión de muchos adultos por sus autos, que vendrían a ser sus juguetes de grandes.

Las zapatillas también tienen ese olor a plástico nuevo, que les dura realmente muy poco. Creo que los adultos seguimos buscando esos olores que se nos graben en el fondo del cerebro. Yo lo sentí, y no necesito tener el objeto en mi mano para volver a sentir la alegría de poseerlo.

Defender a Papá

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No contemplo la felicidad con arrepentimientos. Estar orgulloso de algo que hiciste es una forma de ser feliz.

Cuando vivíamos en Banfield teníamos una alfombra en el living, frente a la tele. Yo me tiraba con un almohadón del sillón como almohada y me quedaba dormido. En una casa con 4 hermanos, eso significaba perder el derecho al control remoto, por más que uno se despertara y mintiera con “Estaba viendo eso”.

Como cualquier noche, estábamos viendo la tele con mis hermanos, o mejor dicho ellos la estaban viendo, porque yo estaba sobre la alfombra, durmiendo profundamente. Mis padres volvieron y mamá subió a su habitación. Papá se quedó un rato afuera, bajando unos bolsos que estaban en el baúl del auto. Yo abrí un ojo y lo vi entrar diciendo “Chicos, esto es un asalto”. Papá siempre fue muy bromista, así que eso no sorprendió a ninguno de los que estábamos ahí, pero atrás de él se metieron dos hombres armados.

Se dividieron. El que parecía más experimentado en el manejo de armas (y de la situación) subió a la habitación donde estaba mamá. El otro, el novato, nos pidió que miráramos al suelo. Yo me senté en el sillón, todavía sin despertar del todo y preguntándome si eso realmente estaba pasando. Siempre se escucha de robos, pero uno nunca espera que alguien elija tu casa para entrar y sacarte tus cosas.

Decidieron subirnos a la habitación, donde mamá le preguntaba al ladrón, a los gritos, qué es lo que está pasando. El novato le dijo a papá que le entregara su alianza. Él intentó negociar, pero el ladrón no escuchaba razones. Entonces yo, un adolescente de 14 años, que todavía hoy no puede modular cuando habla, salí de mi trance por un segundo, levanté la mirada del piso, y dije algo absolutamente espontáneo: “Señor, déjeselo. Para él es mucho más importante de lo que va a ser para usted”. En mi cabeza había más palabras. Que el dinero no era tan significativo como el amor de una pareja. Que había cosas de más valor en la casa. Pero lo que salió fue eso.

El ladrón novato me miró un instante, dijo “bueno”, y continuó con el plan de llevarse todo el dinero y joyas de la casa, algunos objetos electrónicos y el auto de la familia, al que nunca más volví a ver.

Todavía recuerdo ese momento con orgullo. La rapidez con la que hablé y cómo esa situación salió bien (dentro de un contexto bastante desagradable). Nos repusimos de ese robo y repusimos las cosas que se llevaron. Papá todavía tiene su alianza, y siento que le devolví algo al hombre que me dio todo.

Cosas que me hacen feliz

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Estas últimas semanas me resultó muy difícil escribir. Podría excusarme por falta de tiempo sin faltar a la verdad, pero creo que en realidad tiene que ver con distintas situaciones personales que aplastaron mi voluntad contra el piso. No creo que sea prudente ventilar todos mis asuntos, pero uno de ellos tiene que ver con haber perdido un cliente que significaba la mayor parte de mis ingresos.

Esto no quiere decir que sea el tema más importante, es quizás el más trivial y común. Estoy embarcado en conseguir nuevos clientes y también nuevos alumnos, ahora que incursioné en las clases particulares (con resultados muy satisfactorios para mí). Descubrí que dar una clase estando con muchas preocupaciones me relaja muchísimo.

El universo me dio una mano entre todas estas situaciones. Volví a mis sesiones con Claudia, mi counselor, porque ella decidió que quería verme y que le canjee sus honorarios por diseño. En nuestro último encuentro hicimos un ejercicio de biodecodificación, un tratamiento que yo desconocía y al que, como todo al principio, le tenía desconfianza. Resultó ser una de las experiencias más impactantes en mi vida, al punto que me sacó un gran peso de encima. En ese ejercicio volví a un momento mío de mucha felicidad (que, por supuesto, tuvo que ver con el Spartathlon). Así que me puse a pensar si no me ayudaría escribir sobre las cosas que me hacen feliz.

Este va a ser mi ejercicio, quizá para las próximas 4 semanas. Si no tengo sobre qué escribir, volveré a un recuerdo de felicidad, como una instantánea de una situación positiva. Puesto en perspectiva, es probable que mi pasado me ayude a pasar el presente. Lo voy a poner en práctica, intentando un recuerdo por día, a ver qué sale…

Cazando pokemones bajo la lluvia 

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Quienes me conocen un poco saben que me gusta correr y que soy una persona seria. Los que me conocen mucho saben que en realidad lo que me gusta es cazar pokemones. En el momento en que casi todo el mundo coincide que Pokemon Go es un Titanic dándose contra un iceberg, yo sigo firme en mi promesa de atraparlos a todos.

Jamás me gustó el dibujo animado ni tuve ninguna clase de merchandising. En mi época, Pokemon era lo menos. Lo que estaba de moda eran los X-Men y Batman. Pero este año me sumé a la locura del juego de realidad aumentada, porque me fascinaba la idea de interactuar con tu entorno y tener que sumar kilómetros a pie.  Así que, cuando tengo que ir al banco o al supermercado, me pongo mis auriculares para disimular que tengo la aplicación activa y salgo a caminar.

Ayer no fue un buen día para mí. Muchas cosas por resolver, ansiedades y angustias. Cosas que entrenar suele pulir. Pero con la tormenta que se desató, el entrenamiento quedó cancelado. Necesitaba salir y hacer algo, así que me puse mi campera y salí a buscar alguna pokeparada. La lluvia entorpecía la pantalla, lo que hacía imposible apuntar las pokebolas. Pero no me importaba, lo que necesitaba era estar afuera. Explorar la ciudad, ir a calles desconocidas. Sumar kilómetros, eclosionar huevos y, principalmente, salir un rato de casa.

Muchos han criticado a este juego, y posiblemente ese sea el motivo por el que lo juegue a escondidas, apuntando con la cámara en forma disimulada. Para mí es un hallazgo que hayan inventado algo que te obligue a salir de tu casa y caminar. Hoy quizá no hubiese tenido una excusa para salir a correr bajo la lluvia. Y me hizo bien. Mejor que tirarme a ver Netflix, comer y autocompadecerme (cosas que, de todos modos, terminé haciendo igual).

Soy humano. Tengo mis trivialidades, mis momentos de debilidad y mis días de que no quiero hacer nada. Antes llenaba esos días vacíos y sin sentido con Tinder. Hoy, a pesar de la lluvia, salí a correr, sin reloj, a donde me llevaran los pokemones. Y gracias a eso, no fue un día perdido.

Los enemigos de lo sano

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Siempre que queramos hacer un bien, alguien intentará —con el mismo entusiasmo— demostrar que estamos equivocados. Algo así dijo Newton en su tercera ley, la de la “acción y reacción”: Si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), este reacciona contra aquel con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario.

Desde hace más de seis años que empecé a escribir este blog, donde me dediqué a investigar qué era lo mejor para mi cuerpo. De una vida sedentaria pasé a una activa, así que estuve de los dos lados como para dar fe de cuál es el camino más saludable. No me considero un especialista, pero sí puedo defender mi postura utilizándome como ejemplo (después de todo, fui mi propio conejillo de indias). Cuando empecé tuve muchos desmotivadores, o enemigos de lo sano. Me decían que estaba loco hasta que me iba a hacer mal (porque correr y comer en forma saludable, para mucha gente, es un riesgo para la salud).

¿Por qué hay gente que necesita demostrar que los cambios son malos y que la gente con hábitos saludables son infelices? Es difícil saberlo. Quizá tenga que ver con que necesitan reafirmar que sus elecciones son las correctas. “¿Por qué decís que tomar gaseosa es malo? Mi nutricionista me dijo que podía tomar una botella de medio litro por día”. “¿De dónde sacaste que la leche hace mal a los huesos? ¿Con qué la vas a reemplazar?”. “Todos los extremos son malos”. “Lo mejor es comer de todo un poco” (y nunca toca una ensalada).

Me he topado con muchas discusiones parecidas. Aparentemente si uno tiene una opinión de un profesional, como un nutricionista, se puede desarticular cualquier argumento. No hay una realidad, y quizás el huevo sea nutritivo (después de todo, muchos animales los comen), pero que un especialista considere que se puede comer uno por día, no quiere decir que no haya otro que considere que es demasiado. Lamentablemente la nutrición tiene tantos intereses creados y tantos años de no cuestionar nuestro menú, que lo que hay son opiniones dispares. Uno elige a quién creerle, pero el problema está cuando uno insiste en que el otro elija lo mismo.

“Comete un asado y sé feliz”. Lo escuché unas cuentas veces. ¿Tan poco vale la felicidad? ¿Una comida? Para mí la felicidad es mi superación personal, y para eso no necesito un asado, sino hábitos saludables, entrenamiento y paz mental. Si un choripán me diese todo eso, probablemente lo comería. Pero tengo la firme convicción de que va mucho más allá.

A fin de cuentas, de nada sirve tener el permiso de un nutricionista para tomar Coca Cola, la opinión de un profe de gimnasio que cree que la creatina de suero de leche es lo mejor para formar músculo, o un primo vegetariano con problemas cardíacos para demostrar que hasta la gente sana tiene problemas de salud. Lo que sirve es elegir un camino donde podamos desarrollar todo nuestro potencial (y nunca va a ser el camino más cómodo). Seguramente con nuestro ejemplo inspiremos a mucha gente… y asustemos a otras , que intentarán convencernos de que no tenemos que salir de la media.

¿Tiene que doler después de una carrera?

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Día 2 post-maratón. Hoy fue el turno de conocer a mi alumna nueva de personal, turno mañana. Confundí la dirección y pensé que nos juntábamos en una punta del Hipódromo, cuando en realidad era en la opuesta. Normalmente hubiese hecho un trote, pero esta vez mis piernas no respondían. Me sinceré y avisé que iba a llegar tarde.

Subir escaleras no es tan doloroso como bajarlas. De hecho hay un modo de caminar donde apoyo el peso de mi cuerpo sobre los cuádriceps y el dolor es importante. Si me relajo y descanso el peso en gemelos y tibiales, la caminata se tolera.

Estoy escribiendo esta entrada a una hora de ver a otro grupo de alumnos, a los que también deberé confesarles que no voy a mostrarles los ejercicios trotando, ni voy a ser el ejemplo para realizar sentadillas. Y todas esas explicaciones me llevan a la gran pregunta de: “¿Es necesario que duela después de una carrera?”.

Hay dos posturas que vienen a mi mente: sí y no. Empecemos por la segunda y dejemos mi defensa de la autoflagelación del corredor para el final. Yo podría haber corrido el domingo los 42 km y estar hoy bailando charleston en la cima de una bandera. Pero para eso tendría que haber corrido mucho más lento, manteniéndome lo máximo posible por debajo de mi umbral de ácido láctico. Podría haber tardado una hora más, quizá dos. Hubiese sostenido un ritmo agradable, que me permitiera disfrutar del paisaje, frenar para beber tranquilo y sonreír a las cámaras. Y después de estirar y de tener un sueño reparador, hubiese entrenado el lunes sin mayores percances.

Pero lo que ocurrió fue otra cosa. Intenté dejar todo, tardar lo menos posible y ni siquiera mirar a los fotógrafos de reojo. Disfruté del recorrido, pero mantener la velocidad era más importante. Miré el reloj una vez cada 3 minutos, hice cuentas de a qué hora llegaría si bajaba el ritmo a 5 minutos por kilómetro (aunque me negaba a hacerlo) e intenté exigirme en cada instante. Algo de eso lo vi en los números finales: la primera mitad la corrí en 1:29:59 y la segunda mitad en 1:38:51. Es bastante, un promedio de 25 segundos más cada kilómetro (si mi calculadora no me falla).

Hoy, después de haber dado todo lo que tenía (no me quedé con nada), siento muchos dolores, y esa sensación de que si alguien me mira fijo me voy a agarrar una gripe. Pero visto mis dolores con mucho orgullo. Quiere decir que me exigí, que acaricié mis límites. En este momento no tengo la incertidumbre de qué podría haber pasado si apretaba un poco más, y eso es bastante liberador.

Sentir dolor no tiene que ser algo vergonzoso. Somos humanos, con un físico que soporta hasta cierto punto. Que duela es un recordatorio de que salimos de nuestra zona de confort, y mientras más duela, más lejos nos aventuramos afuera de nuestros límites.

La Maratón: El día después

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Si ayer corriste la Maratón de Buenos Aires, existen dos posibilidades: que la hayas hecho por debajo de tu umbral de ácido láctico, o que la hayas corrido por encima. Eso posiblemente incida en si hoy es una tortura intentar levantarte de la silla o no.

Para un corredor es difícil no asociar los dolores físicos con el orgullo de haber completado un desafío. Si cruzamos la meta, lo demás no importa. Todo valió la pena. La sed, el calor, las ampollas, las contracturas, la batalla mental por no bajar los brazos (y no dejar de trotar)… todo eso fueron las paradas intermedias hasta llegar a la línea de llegada.

Si hablo de mi experiencia, tengo que decir que dejé todo. No se me ocurre el modo en que podría haber ido más rápido y sostenido esa velocidad durante las 3:08:50 hs. Frené para darle un beso y un abrazo a mi papá, y para tomar de un sorbo el Gatorade (así no me lo volcaba en la cara). Si no me hubiese detenido, quizá podría haber ganado un minuto, que es lo mismo que nada. Si hubiese corrido más rápido, probablemente me hubiese quedado sin fuerzas un par de kilómetros antes, aunque es imposible saberlo. El paso bajo nivel de Sarmiento, que me escupió en el Planetario, me quitó mucha energía, y supongo que eso fue lo que me hizo tan difícil los últimos kilómetros.

Hay una apuesta que uno hace en una carrera, y es a qué velocidad va a ir. Si me pongo en fanfarrón, puedo hacer progresiones a 2:50 minutos por kilómetro. Esa podría ser mi velocidad máxima… pero no me veo sosteniéndola más de 50 metros. Es el final de un sprint. Me siento muy cómodo (quizá demasiado) corriendo a 5:00 min/km, y es en el medio en donde hay que buscar el ritmo que te permita ir rápido y lejos. A menos que tu objetivo sea hacer distancia, entonces ubicarte en una velocidad cómoda te va a ayudar a sostener el esfuerzo físico por más tiempo.

Como sea, me exigí todo lo que mi cuerpo me dio ese día, y hoy me duelen bastantes partes del cuerpo, algunas que nunca dejan de sorprenderme. Van los dolores, de 1 (casi nada) a 10 (agonía absoluta):
Cuádriceps: 8
Tibiales: 4
Plantas de los pies: 2
Espalda: 5
Hombros: 4
Bíceps: 6
Gemelos: 3
Nuca: 5
Abdominales: 1

Ahora, mi duda es, ¿mañana dolerá menos o más? Además tengo la boca pastosa, y me encantaría que alguien me aclarara a qué se debe. Google, por esta vez, no ha sido de ayuda.

Pero el día post maratón no es solo de dolores. Es también el momento en que uno se enfrenta a la frustración de no encontrarse en ninguna de las galerías de fotos que suben a Internet, en donde te buscás en el Excel de la clasificación general. En mi caso también es una oportunidad de reflexionar, y me gustó algo que me dijo mi papá. Justo hoy, 10 de octubre, se cumplen 6 años de mi primera maratón. Él me recordó mi terror al muro de los 30 km (que ayer volví a comprobar que es más mental que físico), y cómo elegí correr con mochila.

No pude evitar relacionar todas las precauciones que uno toma por miedo. En mi caso, en aquella primera experiencia llevaba agua encima, turrones, geles y probablemente vaselina y alguna curita de emergencia. También una cámara de fotos y mi celular. Es un contraste grande porque ayer fui mucho más minimalista. Me di cuenta que con la experiencia uno se deshace de sus miedos, y deja de cargar con su mochila. Es un paso de fe que, por suerte, en algún momento me animé a dar. Recordar hoy todas las cosas que superé me hace sentir muy bien conmigo mismo.

La Maratón de Buenos Aires subió la dificultad

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La Carrera: Si mis cálculos no me fallan, esta es mi décima maratón. Tenía un componente extra para mí, ya que en la semana el equipo de ESPN Run me estuvo entrevistando y grabando en mis entrenamientos, y esta carrera era la frutilla del postre. Todo tenía que salir bien.

En la entrevista que me hicieron el jueves, dije que me gustaría hacer entre 3:15 horas y 3:30. El viernes, en la acreditación, me jugué por un 3:20 hs. La presión de tener un buen desempeño estaba.

Alegan que había 13 mil inscriptos, el doble que el primer año que corrí 42 km, en 2010. El recorrido cambió respecto a otros años. Por ejemplo, ya no corremos por Paseo Colón, sino que de Plaza de Mayo nos íbamos a Cerrito y de ahí subíamos por la autopista para llegar a Barracas, y de ahí a La Boca. La parte de Costanera Sur, frente a la Reserva Ecológica, estaba mejor resuelta, y después de pasar por Retiro nos metíamos en un tramo de la Autopista Illia.

Estos cambios, que al principio agradecimos porque significaban tramos más rectos, escondían una dolorosa verdad: la Maratón ganó más cuestas. Esto explica el por qué el ganador de los 42 km tardó 2:20 hs, cuando suelen llegar diez minutos más rápido. El consenso de los que iban llegando fue el mismo: es mucho más dura. Sorprendentemente, muchos lo marcan como una falencia. Y yo me pregunto, ¿a qué va la gente a correr, sino es a superarse? Yo no esperaba que me costara tanto, pero me da mucha más satisfacción terminar algo difícil que algo que no me desafía. Lo que no te desafía, no te cambia.

El día estuvo mejor de lo que el pronóstico aventuró. Pocas nubes y mucho sol. En las partes en autopista o más cerca de la costa casi no había sombra, y ahí se sentía el clima. Me mojé constantemente la cabeza, la nuca, y sobre el final me iba dando una ducha en brazos y piernas.

Mi estrategia fue intentar hacer el menor tiempo posible. Puede sonar a una obviedad, pero recordemos que yo tenía la presión de no hacer un papelón ante las cámaras. Ataque de yaguaretés, rodillas dislocadas, un tropezón que me hiciera caer desde la autopista… todo podía pasar. Me había dado dos inyecciones de OxaB12 por mi dolor de cadera, y hacia el kilómetro 33 sentí algunas molestias, lo que me hace pensar que o no funcionó, o funcionó y sin eso me hubiese dolido infinitamente más. Pero no estuve ajeno a dolores. Sentí el cuello contracturado (el agua fría me hacía bien), dolor en la planta de los pies, y las piernas en llamas a partir del km 28.

Empecé oscilando entre 4:15 y 4:20 el kilómetro. Quería estar lo más cerca posible de las 3 horas y lo más lejos que pudiera de las 3 horas y media. Mantuve ese ritmo, frenando solo para tomar de un trago el vaso de Gatorade. Mi primer objetivo era ver a mi papá, que me esperaba en Plaza de Mayo, km 11. Venía pensando en darle un abrazo, un beso, y agradecerle todos esos años que salió a correr conmigo los sábados. Mi primer entrenador. De algún modo, que yo estuviese corriendo esa décima maratón, con las cámaras de ESPN Run apuntándome, era gracias a él. Quise decirle todo eso, pero cuando lo vi, después del beso y el abrazo, le dije “Estoy acá por vos”. Él no entendió si eso era algo bueno o algo malo.

En la hora exacta de carrera estaba en el km 14. Era un tercio de carrera, y mantener ese ritmo me ponía en las 3 horas (y algunos segundos). Pero sabía que mi cuerpo iba a volverse más lento. Algunos tienen la estrategia de empezar despacio y apretar al final. Yo hago lo contrario, porque es lo que me sale. Me apuro, para despegarme del pelotón, y después me acomodo en una velocidad que intento sostener a duras penas.

Después de pasar por La Boca y meternos a la Costanera Sur, me empezó a costar mantener la velocidad. El primer tercio de maratón había tenido un promedio de 4:20, y yo estaba intentando hacer el segundo tercio en 4:30. Si podía llegar al km 28 en dos horas, el resto me podía relajar y al menos cumplir mi pronóstico final de las 3 hs 20 minutos. Estuve cerca, me pasé por unos segundos. Pero las piernas no daban más. Ver de nuevo a mi papá, que me venía siguiendo, me levantó la moral. “¡Te veo en el puente!”, me gritó, y cortó camino. No fue el único, me dijo que varios corredores tomaron atajos. ¿Para qué? ¿A quién quieren engañar, a sus amigos o a ellos mismos?

En ese momento tuve momentos en que el reloj me marcaba 4:45 el kilómetro, en otras apretaba los dientes y llegaba a 4:15. Mi objetivo era ver a mi papá una vez más, en el puente de Puerto Madero. Ahí me sacó una foto imitando la pose de Bolt, y me prometió verme en la meta. Me dijo que venía muy bien.

Fue difícil mantener el ritmo. Intenté sentarme en la velocidad de varios corredores, ignorando el fuego en mis cuádriceps. Tuve mucha consciencia de tomar agua y Gatorade, que para mí es un gran sacrificio porque es una bebida que no me gusta. Pero decidí no llevarme comida, así que era eso o no llegar. Cuando tuve un puesto de fruta a la mano agarré media banana, pero mi predilección eran las naranjas. Claro que agarrar un gajo corriendo es más difícil de lo que parece, y dos veces de cuatro puestos me fui con las manos vacías.

La subida a la Autopista Illia, que no me esperaba, me liquidó. El problema fue que no me guardé nada, no quise ser conservador y bajar la velocidad. Todo el tiempo miraba el reloj, sabiendo que si lograba estar por abajo de los 5 minutos el kilómetro iba a poder llegar por debajo de mis prometidas 3 horas 20. Me sentía con posibilidades de lograrlo, pero no tenía claro cómo iba a sostener ese ritmo.

Corrí con lo que tenía. Le puse mucho corazón, y sobre el final no podía evitar estar en 5 minutos el kilómetro, a veces un poco más. Apreté y faltando un kilómetro empecé a hacer zancadas más largas. Crucé el arco en un sprint final y solté un grito en la meta. Mi reloj marcó 3:08:50. Cumplí conmigo, en una Maratón de Buenos Aires más exigente que otros años.

Después de que me dieron la medalla que me acredita en el “Top 1000”

Lo bueno: En lo personal siempre me gustó el recorrido, y aunque cambió un poco, hay ciertos clásicos como el Obelisco, La Boca, Puerto Madero, el Planetario… es como ir tachando puntos emblemáticos hasta llegar a la meta.

El kit de la maratón, en comparación con el de la media maratón, venía bastante cargado de productos, y fue una mejoría. Como todos los años, la hidratación estuvo muy bien ubicada.

Lo malo: No le terminan de encontrar la vuelta a la largada. El cronómetro estaba en cero y por los costados seguía entrando gente.

El veredicto: La Maratón de Buenos Aires sigue poniendo, a mi juicio, el listón alto en cuanto a organización. Después de correr me fui enterando de las quejas de mucha gente. A algunos no les gustó la musculosa, a otros les pareció mal que el recorrido fuera más difícil… no se puede conformar a todo el mundo. Los 42 K hay que hacerlos, y si es en esta Ciudad, mucho mejor.

Puntaje:
Kit del corredor: 8/10
Organización: 9/10
Hidratación: 10/10
Terreno: 10/10
Puntaje final: 9,25

Camino a una nueva maratón

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Mañana será una nueva edición de la Maratón de Buenos Aires, una de mis carreras favoritas en el calendario. Es, además, una ocasión muy especial en mi vida, porque desde hace unos días me siguen dos cámaras de ESPN Run, grabando todos los preparativos.

Siempre que estuve encarando una maratón, sentí que iba a ser mi peor performance. Que no entrené lo suficiente, que las zapatillas no son las adecuadas y que hay dolores que pueden llegar a empeorar y dejarme afuera de la carrera. Este año, por fortuna… no es la excepción. Como una suerte de cábala, puedo enumerar montones de situaciones penosas que me van a impedir llegar a la meta, o hacerlo arrastrándome. No es que no me tenga fe. De hecho aposté a la cámara que iba a terminar entre 3:15 y 3:30. Supongo que me gusta repasar los peores escenarios posibles porque es una forma de exorcizar mis miedos. Nunca pasa lo que me imagino, ni bueno ni malo, así que desde que me atropella un conductor desquiciado para abajo, ya fantaseé con todo lo que puede llegar a pasar.

Lo que no es mi imaginación es un dolor en la cadera que me viene molestando desde que corrí la Maratona de Rio y la Adventure Race El Palmar. Fueron carreras muy pegadas, donde me esforcé mucho, y volví con “algo” que no llega a ser dolor pero que me preocupa. Va y viene. Como parte del programa de ESPN sobre la inminente maratón, fuimos a Tigre a entrenar y obtener algunas imágenes. Me sentí en mi salsa, simplemente porque lo que mejor me sale en mi vida es correr, así que le hice muy fácil la jornada al productor. Las pasadas no eran largas, a veces de pocos metros. Repetíamos el trote para tomarlo desde otro ángulo, o buscando un fondo interesante. Y en la sumatoria de esos trotecitos cortos, la molestia de la cadera estaba ahí, recordándome que existía y que no la iba a poder ignorar toda la vida.

Es la primera vez que me inyecto un desinflamatorio como medida preventiva. No es algo que me guste hacer, y la idea nunca se asentó en mi cabeza, hasta que me encontré en el compromiso de tener una cámara enfocada en mí y una promesa de lograr un buen desempeño. A mí me sorprende recurrir a un químico para desinflamar, pero lo que al resto le está sorprendiendo más es que sea yo mismo quien se inyecte en el cuadrante superoexterno de su propia nalga (dos veces). Pero corrí un Spartathlon… ¿cómo no voy a poder darme una inyección? Había recibido la advertencia de que después iba a hacer pis de color rojo, por la vitamina B12. Es normal, pero aumenta mi incomodidad por no haber logrado un control de mi cuerpo de forma “natural”. Me hice la promesa de que después de la carrera voy a consultar a un traumatólogo, para que la molestia no pase a ser una lesión.

Ayer grabamos en la entrega de kits, que tiene mucho más contenido que el de la media maratón. Siento que vamos a tener una mejoría ahí. Decidí correr sin nada más que mis calzas, mi remera, las medias y las zapatillas. Quizá un pañuelo para la transpiración, pero nada más. Después será arreglarme con los puestos de agua y el Gatorade. Frenaré un poco cuando me den vaso para no atragantarme y seguiré mi camino. En Río no necesité comida (las pasas de uva no las podía tragar), así que tengo esperanzas de que en estos 42 km me arregle con un desayuno potente y las bebidas energizantes. Si puedo mantenerme debajo de las 3 hs y media (ideal 3:20) voy a declararme victorioso. Y si no, pensaré en mis errores e intentaré aprender.

Del blog a la televisión

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Suena el teléfono. Miro el identificador de llamada y leo “Cone”, apodo de Germán, mi socio/entrenador/hermano de la vida. Lo atiendo y apenas empieza a hablar, lo noto entusiasmado. Se hace un poco el misterioso y me asegura que es una pena que esté de novio, porque lo que tiene preparado, me asegura, pondrá a todas las mujeres a mis pies (okey, quizá no me haya dicho eso, pero me pareció que quedaba bien empezar así este relato).

Cierto programa de televisión por cable, llamado ESPN Run, narra carreras desde la mirada de algún corredor elegido. En este caso el postulado soy yo, el mismo que escribe estas líneas, y la prueba a presentar son los 42 km de Buenos Aires, que se corre este domingo 9 de octubre.

No me cuestioné por qué era yo. No soy atleta de elite (estoy bastante lejos de serlo), pero creo que tengo un buen ritmo. Gozo de buena salud, tengo un cuerpo con el que estoy muy conforme, y visto un tatuaje que espero que salga bien en cámara. Además estoy esperando la oportunidad de volver a correr con la musculosa de Bolt. Sin embargo, me asaltaron muchas dudas. Las de todas las carreras… ¿Y si me va mal? ¿Y si esta molestia mínima que siento en la cadera se transforma en un dolor insoportable que no me deja alcanzar la meta? ¿Y si me va peor que nunca? ¿Y si…?

De todos modos, fui escéptico. Le dije que lo iba a creer cuando lo viera. Hablé con el productor del programa, quedamos en organizar más tarde cuándo íbamos a juntarnos a grabar. Pensé que seguramente nunca iba a volver a llamarme. No sería la primera vez. Todavía estoy esperando que Ronnie Arias me llame de su programa de radio para hablar de cuando fui a correr a Grecia… en 2011. El año pasado iba a salir al aire en la Rock & Pop para discutir sobre running, y en su lugar salió otra persona. Y por supuesto, yo le había avisado a mis amigos y a mi familia.

Pero el productor llamó. Y acordamos que venían a las 10 de la mañana a mi casa para grabarme desayunando y preparándome para entrenar. Eso me obligó a levantarme muy temprano y ordenar la casa (para un hombre, ordenar la casa es igual a esconder la mugre y meter todo en ese cuartito donde van las cosas que no tienen un lugar definido). Pensé que o no venían, o se iban a demorar. Llegaron 9:55.

Cuando sacaron una steady-cam y una cámara con triple y una lente cuyo precio cubriría mi alquiler los próximos seis meses, me di cuenta de que esto realmente estaba pasando. Me filmaron preparándome, desde varios ángulos, y en cámara lenta. Una acción sencilla como agarrar las llaves y cruzar la puerta se convirtió en la toma de Armageddon. No estaba saliendo afuera de mi departamento, estaba caminando a un cohete para ir a salvar al planeta Tierra.

La jornada siguió entrenando en Tigre, donde me limité a correr y a hacer caso a todo lo que me sugerían. Fue realmente fascinante.

La lluvia interrumpió la grabación, que se va a retomar mañana. En lo único que pienso es en no hacer el ridículo el domingo. No me suele pasar. Muchas veces siento la mirada puesta en mi desempeño, pero una cosa es grabarme cruzando el marco de una puerta y repetirlo si al pasar caminando pateo una silla sin querer, y otra es la Maratón de Buenos Aires. Para eso hay una sola toma. Y realmente está pasando.

Mamá, llegué a la tele.

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